Archivos Mensuales: febrero 2012

Cunnilingus

Hablas de ello como si fuera una FP de mecánica, dice el novio sediento. A lo mejor te viene bien tomártelo así, responde el asesor; verás, dice, es más, deberías hacer como que esta tarde va a ser eso, tu FP, una FP de un día; haz como si hubiera un título de por medio; no eras buen estudiante para ir a la universidad y has decidido aprender un oficio para que algún día te dejen en paz y así poder olvidar las aulas y todo ese coñazo: Sabrina y yo seremos tus tutores; ella es cariñosa y atenta, y no es para nada estrecha o frígida.
Pero lo que es, sobre todo, dice, es comprensiva, y deberás aprovecharlo, porque en esto no hay muchas personas así.
Los tres, el novio sediento, el asesor y Sabrina, toman café en un bar antes de ir al piso de ella. Sabrina es la novia del asesor. El novio sediento también tiene novia; ella no es muy abierta en cuanto al sexo oral se refiere (cosquillas, alega). Ese es el motivo de la reunión.
Y que el asesor y el novio son amigos desde la infancia.
No debes sentirte culpable, dice el asesor, nosotros somos una pareja liberal; no vas a hacer nada malo por llevar a cabo una lección práctica. Lo que pasa, añade, es que los tíos siempre solemos quejarnos de ellas con eso, que si porque la chupan poco, o porque dedican muy poco tiempo, que si porque no quieren chuparla… pero lo que nunca tenemos en cuenta es que la mayoría de tíos no saben comerse un coño; y es muy importante aquí recalcar las palabras «comer» y «coño», no estamos en la consulta del médico; de eso se trata, de saber comer y de que no eres un ginecólogo, por dios, eres un novio sediento. Hay capullos que son capaces de pelar gambas con cuchillo y tenedor, añade, y luego practican sexo con sus novias como si estuvieran sobre un toro mecánico…
Sabrina hace piececitos por debajo de la mesa con el novio sediento; a él le parece que es todo planeado, ella intenta que se relaje, quizá incluso que se ponga cachondo: y aunque él cree que es el asesor quien le debe haber aconsejado eso, lo cierto es que está funcionando; ella subraya con su actitud un aspecto y un temple que parecen los idóneos para lo que va a pasar más tarde.
Tú eliges, dice el asesor, si no recurres a nosotros, que somos tus amigos, lo que te queda es llegarte hasta una prostituta con la esperanza de que se salga cinco minutos de su papel y te cuente cómo funciona su coño cuando ella lo usa en las horas libres.

Ya en el piso, ella se desnuda de cintura para abajo y se estira en la cama. El asesor le dice al novio sediento que se olvide de los remilgos. Para esto hay que ser un poco cabrón, dice, no existe la moral. Hay que saber hacer “sufrir”, alargar el tema, expulsar tu aliento en la dirección adecuada. Literalmente. Verás, dice, todo ese rollo de que con ellas hay que trabajarse antes el cerebro, no es del todo mentira; pero ojo, llega un punto en que ese rollo puede comenzar a hacerse pesado, y la mecánica es más importante de lo que la mayoría está dispuesto a reconocer. Hablamos de comer, dice, recuérdalo, esto tiene gracia sobre todo cuando a ella comienza a hacerle gracia, pero no deja ser un banquete, con la diferencia de que en este caso la carne no se consume, no mengua. Pero podrás sorberla.
El asesor invita al novio sediento a acercarse y ponerse en posición, venda los ojos a la chica. Ella no va a ver nada, dice, eso te va a ayudar a calmarte, porque ella sólo va a sentir, y no pasa nada porque sabe quién hay entre sus piernas.
La zona interior del muslo, murmura bajando la voz, es una parte sensible; todo el mundo sabe lamer y besar, así que lame y besa esa parte, ese “alrededor de”. Ni siquiera te acerques aún a la zona, susurra, deja la rajita en paz por el momento; ese es el fallo de la mayoría, se amorran enseguida, lo cual puede estar bien si la chica lo quiere así, pero en condiciones normales hay que “cocinar” antes la zona; cocinar antes de empezar a comer.
El novio sediento besa y lame lentamente esa zona interior de los muslos. La chica sonríe y le alienta, dispuesta a colaborar.
El asesor susurra que ahora el novio ya puede comenzar a besar y lamer la rajita, pero sin llegar a profundizar, aún es momento de seguir cocinando. Ella ahora siente tu aliento ahí, susurra, se trata de que tú empieces con “algo más” cuando ella ya quiera ese algo más; y ni tan siquiera en ese momento, sino un poco después. Recuerda, le dice, que no hablamos de un polvo en un lavabo; hay diversas razones por las que las prostitutas no se corren.
El novio sigue besando y apenas lamiendo; ella cierra los ojos y parece abstraerse de las palabras del asesor, que ahora, casi al oído, le aconseja a su colega que empiece pronto a profundizar con la lengua entre los pliegues de la vagina.
Así, tras unos minutos de “cocina”, el novio sediento profundiza lentamente pero con diligencia (otro de los consejos del asesor: lo importante es no pararse, aquí no puede haber pausas, respira por la nariz). La chica se mueve levemente buscando más contacto. (Acompaña sus movimientos, no los fuerces o contravengas.) (Es el momento de abrir con los dedos esa zona. Deja ir algo de saliva y lame bien.) El novio abre la rajita con dos dedos, y hunde despacio la lengua en ella, fornicando lenta pero profundamente. (Ataca el clítoris. Pero asegurate de que está mojado, y empieza a darle toques suaves con la punta de la lengua.) (Si el clítoris se esconde, búscalo, desperézalo.)
El novio sediento aletea sobre el clítoris. La chica suspira. (Luego rodéalo con los labios, sin dejar de lamer, y empieza a sorber poco a poco.)
El novio sorbe suavemente hasta que la chica susurra un «más fuerte», a lo que él sorbe un poco más ídem. (No pares.) Los labios rodean el clítoris, la lengua lo lame sin parar; toda la saliva y el calor se concentran en esa zona. (Dedo índice y dedo medio. Comienza a penetrarla despacio con ellos. Despacio, al principio.)
El muchacho mete los dedos poco a poco y los saca… los mete y casi los saca, los mete y apenas los saca. Comienza a fornicar la vagina con ellos, y va aumentando el ritmo mientras lame sin descanso el clítoris. El asesor, que ha estado en cuclillas todo el tiempo junto a ellos, ahora se pone de pie, y habla con normalidad. La chica ya no escucha ni atiende, todo da igual. (No pares. Si ella reacciona o pide más, aumentas el ritmo.) (Ahora ya estás comiendo. Come en serio.)
La pelvis de ella se eleva. Una mano aprieta la cabeza del novio contra la vagina. (Si paras ahora, harás que quede fatal. Ni aunque se te mee en la mano…)

Cosquillas otra vez, le dice al día siguiente el novio sediento a su asesor (solos en el mismo bar de ayer). Religión, contesta el asesor. No va nunca a la iglesia, dice el novio. Es una hipócrita, dice el asesor. No te pases, dice el novio. Ni folla ni deja follar, dice el asesor. Eh, oye…, dice el novio sediento. Te vas a morir de sed, dice el asesor. Ella dice que cree en algo, pero no necesariamente en Dios. Llámalo Dios o llámalo algo, pero para ti es un espejismo, un oasis de mentira en el desierto, tiene que liarse con alguien a quien también le dé asco el sexo. Te estás pasando. ¿Hiciste lo mismo que habías hecho por la tarde? Me frenó cuando comencé a besarla en los muslos. Compites con la Biblia, más vale que te pongas a escribir evangelios nuevos y se pongan de moda; o eso o tendrás que dejarla. No voy a dejarla. No voy a dejar que vuelvas a comerselo a mi novia, y ten en cuenta que ni tan siquiera me importaría si no te dejaras arrastrar por esa chica hacia el aburrimiento de alcoba. Estás siendo injusto. Estás siendo tonto. Tampoco estaría con una chica como tu novia. ¿Con una chica como mi novia? Exacto. ¿Y qué clase de chica es mi novia? Ya lo sabes. Creo que ya es hora, tienes que ir a Misa… Ya sabes que yo no creo en Dios. Ya, es que estás enamorado. Es posible. Como tú digas. El sexo no es tan importante. Ya, quieres decir que no lo es tanto como la monogamia. Tú no eres mejor que yo por no ser monógamo. No, sólo soy más libre. Si quedara con tu novia a tus espaldas, te molestaría, en el fondo eres tan monógamo como yo. Si quedaras con mi novia ella me lo diría, esa es la diferencia entre las parejas liberales y las monógamas, nosotros nos liamos con otros pero nos decimos la verdad, vosotros os liáis con otros y os mentís. No siempre es así. Ayer hablábamos de mecánica, ¿quieres que hoy hablemos de estadística? Lo que pasa es que tú no quieres entender que cada cual practica el sexo como quiere. No, tú no lo practicas como quieres. Pero no voy a abandonar a una persona por eso. No estoy intentando ganar en la conversación, sólo intento que no te traiciones a ti mismo; sé más original, eso es lo que hace todo el mundo. Sí intentas ganar. Tú crees que no puede haber un vínculo emocional sincero si el sexo no funciona con una sola persona. No… es decir, no. Has dudado. No. Sí, y has dudado porque nunca te has atrevido a ser como eres, y ahora que te lo estás planteando, te da demasiado miedo afrontarlo. Creo que me voy a ir, en serio, tengo cosas que hacer. No creo que nada de lo que tengas que hacer sea más importante que esta conversación; sólo echas de menos el ruido, el tener la cabeza ocupada para no tener que pensar; ese modo de vivir es una cama perfecta para la comodidad de los prejuicios, para mantener las tradiciones, sobre todo las morales y religiosas. Estás equivocado. Lo que yo creo es que tu novia seguramente nunca se ha corrido de verdad. No es verdad, sí lo ha hecho. Digo de verdad; no puede ser tan ignorante como para no saber que si hay algo que les gusta a las chicas es una buena mamada. Te estás metiendo más de la cuenta en mi vida. Lo que podríamos hacer es lo mismo de ayer, pero tú, yo y tu novia. Eres un gilipollas. ¿Por qué, por querer hacerle a tu novia lo mismo que le hiciste ayer tú a mi novia? No vas a tocar a mi novia. No estés muy seguro de que no haya nadie tocándola ya sin necesidad de que estés tú en la misma habitación; es lo que hacéis los monógamos. En serio, me estás cabreando. Tú crees que yo me siento superior a ti por llevar mi relación como la llevo, y lo irónico es que la realidad es al revés, tú eres quien se siente superior; tú eres quien quiere controlarlo todo; y no sólo el que quiere controlarlo todo, sino el que además cree que puede controlarlo todo; yo creo que tu modo de vida es igual de respetable que el mío, pero tú piensas que eres mejor que yo. Eso no es así. Pero tú puedes comerle el coño a mi novia y yo no puedo tocar a la tuya. Tú me dejaste comérselo. No, tú podrías haberte negado, pero viviste como yo vivo durante una hora traicionando tu modo de vida, y aun así sigues considerándote mejor que yo. ¿Me dejaste hacer lo que hice ayer para echarme hoy el sermón? No te tendí una trampa, te quería ayudar; llevas dos años hablándome de «follar de verdad», puede que no sea yo el más obcecado con el sexo en esta mesa; puede que de ahí sea de donde salen los adictos; vuestra manía de “buenos chicos” por respetar ciertas directrices morales hace que el tema os obsesione cada vez más, hasta que dejáis de verlo como algo natural y comenzáis a verlo como una droga; y poco a poco os va sorbiendo el seso…; si aún no me has pegado un puñetazo hoy es porque ayer hiciste algo que llevas años queriendo hacer; ¿no has oído hablar de esa gente que pasa tanta hambre que luego cuando pueden comer al fin, tragan y tragan hasta enfermar?… no te conviertas en uno de ellos. No te entiendo. Por eso tu novia no ve el sexo como algo natural. Sigo sin entenderte. Está obsesionada con cierto tipo de dignidad que sólo hace daño a las personas; creo que tu novia cree que si un día se corre de verdad eso será como perder el control; es más, será perder el control delante de ti, en teoría la persona de quien más respeto espera ella. Me he perdido. Tu novia no quiere follar de verdad por lo mismo por lo que estudió empresariales en lugar de hacer bellas artes, que era lo que más de mil veces me dijiste tú que ella quería hacer. Ajá… entiendo. El tono sarcástico no te pega; y ¿sabes?, creo que cada vez tengo más ganas de ligarmela. No sigas por ahí. Sí, me pone ese rollo en plan frígida. Más vale que te calles. El día que explote de verdad será digno de verse. Tío, en serio… Tienes como pareja al santo grial de los orgasmos potenciales, y ella ni tan siquiera se deja lamer entre las piernas; pero creo que yo podría… Cállate. Yo podría intentarlo; a veces, las chicas, con el “tío nuevo” deciden soltarse, ya no tienen que seguir haciendo el anterior papel, ¿entiendes? Me estás cabreando de verdad. Lo que creo es que bastaría con que yo le abriera lentamente las piernas, y por el solo hecho de no ser tú, se dejaría hacer lo que yo quisiera; es algo muy clásico de los monógamos: hipocresía instantánea. Me estás poniendo de los nervios, déjalo ya. Créeme, lo he visto ya mil veces, estás en un camino sin salida, cientos de años de tradición pseudomonógama apoyan mi argumento. Ella no es pseudomonógama. Ya, pero no me dejarías ponerla a prueba; no me dejarías intentar abordarla cuando estuviese sola y contigo bien lejos: porque sabes que todo ese rollo profundo y exclusivo entre dos que la mayoría defendéis, se puede venir abajo ante la primera tentación que penséis que vais a poderle ocultar a vuestra vida “oficial”. Ella no es así. Entonces en qué quedamos; no es la idiota que yo digo pero tampoco es humana; ¿qué es, un cyborg que has creado tú?, ¿no te salieron bien las cuentas?, ¿será posible que al final lo de la mecánica no sea metafórico?, ¿cuando consigas chupárselo le sabrá a estaño derretido? En serio, eres gilipollas. No sabes sacarle el jugo a ella igual que no sabes sacárselo a la vida… estoy seguro que aun con toda tu fidelidad, no quieres a esa chica ni la mitad de lo que yo quiero a la mujer a la que ayer te dejé comerle el coño. Tú no sabes lo que yo la quiero. Es verdad; pero es obvio que hace mucho tiempo que lo tuyo con esa chica se ha convertido en una cuestión de orgullo: tienes una relación más íntima con el no-cunnilingus que con ella. Creo que lo que pasa es que ella te gusta. No lo dudes ni un segundo; pero recuerda a quién le estás diciendo eso; recuerda que yo no vivo en medio de culebrones reales; por eso ayer te pudiste poner las botas; la libertad ahora te sabe a coño, ¿verdad? No entiendo cómo puedes vivir así. ¿Así, cómo? Sin entregarte a nadie. Yo hace mucho que me entregué a mi novia; mucho más de lo que tu novia se ha entregado a ti; yo sigo viendo tu estilo de vida (o intento de estilo de vida) igual de respetable que el mío, créeme, pero tú todavía te crees mejor que yo: el Diablo juega la partida con nosotros, colega, pero sigues pensando que él siempre tendrá la peor mano.

[Siguiendo con el estilo post-relato de este blog, como de posters de taller mecánico, arriba, después de Letterman, Kate Upton en el programa de Jimmy Kimmel (hay segunda parte si la queréis ver). Parece que la muchacha está haciendo la ruta de los late nights… Abajo + pin-up. AQUÍ, Reuniones en la cumbre; y os podéis dar una vuelta por DESAPAREZCA AQUÍ.]

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El mejor chiste posible

El fotógrafo da las órdenes. Están el novio y la novia; los padres de ambos; tíos; sobrinos; los niños de todos. Eso se supone. Todo el mundo va elegante y es guapo. El día brilla como debe brillar, según los planes. Sonrisas de anuncio y poses de maniquí de escaparate. El novio sujeta la mano de la novia, que sujeta el cuchillo, que se clava en un pastel de cinco pisos. Él pone una cara expresiva de sorpresa, la cara de ella es una amplia sonrisa que alude de algún modo a su propia torpeza cortando el pastel. El pastel parece de nata y fresa. Y el fotógrafo dispara una ráfaga.
Dos niñas juguetean en un jardín con una señora mayor, la cual podría ser una tía de ellas. Una de las niñas es rubia y la otra morena. La rubia tiene grandes ojos verdes, la morena unos saltones ojos marrones. Ambas están encantadoras con sus vestiditos; ángeles concebidos vía casting. Y el fotógrafo aprovecha y dispara una ráfaga.
Luego, tres tíos de unos treinta años; amigos del novio, se podría suponer. Los tres tienen caras angulosas, sonrisas brillantes, pelazo, y llevan camisa y corbata (las chaquetas cuelgan de sus sillas), y no sudan ni tienen granos; no les sobra ni un kilo y hablan entre sí y sonríen dejando entrever que quizá van algo achispados (aunque no borrachos), es una imagen típica de sobremesa, de distensión, de alargamiento de comida de boda.
Y el fotógrafo dispara una ráfaga.
Un señor mayor rodea con el brazo a otro, los dos de pie. Ambos tienen un frondoso pelo canoso. Van vestidos aún con la chaqueta, detrás tienen unos setos en los que se refleja la luz del sol. Podrían ser (los señores, no los setos) los padres del novio y la novia. Como sea, ambos se sonríen con ganas el uno al otro como si acabaran de oír el mejor chiste posible. Uno de ellos, dado su aspecto de macarra bonachón recién entrado en la tercera edad, podría sujetar un puro, por ejemplo, pero no lleva nada en las manos. Los dos señores son saludables en apariencia, bajo sus trajes impecablemente planchados no se vislumbra sobrepeso alguno (de hecho tampoco parece que tengan arrugas en la cara o las manos). Son felices porque es una boda y ellos probablemente los padres de la pareja, esa es la idea. Y el fotógrafo dispara una ráfaga.
También dos señoras, sentadas a una mesa de jardín. Quizá las madres de los recién casados. La una posa una mano en el brazo de la otra, y hace ademán de contarle alguna confidencia al oído. La otra se lleva una mano a la boca, que abre en forma de o, y pone los ojos como platos; son señoras de mediana edad avanzada, y lo suyo es cuchichear. Esa es la idea. Eso sí, ambas están impecablemente vestidas y maquilladas, y también peinadas, la una con un recogido color castaño que brilla a la luz del sol, y la otra con una media melena canosa de las que dan distinción. Es un día especial y son felices y consuegras, y se llevan de maravilla. Entonces, el fotógrafo dispara una ráfaga.
Una figurante (una invitada), se acerca al fotógrafo y le susurra algo mientras señala una mesa llena de porciones del pastel de boda, en la que también hay bombones. Cariño, le dice el fotógrafo en voz alta, ahora para ti el chocolate debería ser como el cianuro.
Algunos invitados bailan en el césped. La chica pregunta qué es el cianuro.
Toda la supuesta boda es en el césped en realidad, en el jardín. Y el fotógrafo camina entre ellos y fotografía a discreción. El novio y la novia se cogen de las manos y apenas si son capaces de coordinar los pasos. Un consuegro baila con una consuegra, por ejemplo. La música caribeña de soporte, de sonido neutro, como de ascensor, sale de una radio pequeña que alguien ha dejado encima de una de las mesas de jardín. Las niñas, la morena y la rubia, dan vueltas y vueltas agarradas de las manos, y el fotógrafo las alienta para que sigan y no deja de enfocarlas.
¡Estáis contentos!, grita el fotógrafo, ¡es una una boda! Y todos los invitados, unos treinta contando figuración, sonríen y hablan animadamente entre ellos; bailan y mueven la boca porque están alegres y están comentándolo. Esa es la idea general.
También una chica vomita detrás de un seto. Pero basta con no fotografiar eso. Es por el catering; el fotógrafo sólo espera que no sea el principio de una intoxicación general. El novio y la novia no saben bailar, o bien les da vergüenza hacerlo de verdad con un desconocido.
A ver, la parejita -dice el fotógrafo-, vais a pasar toda la vida juntos, así que, un poco de complicidad.
No es por la ropa. Se trata más bien de una muestra, una celebración de escaparate. Como cuando caminas por un centro comercial y llegas a la zona de los ordenadores y los juguetitos. Te los encuentras todos ahí impecables y en fila. Ves todos los Ipads y demás. Y si pasas el dedo por una de las pantallas, ves que una foto da paso a otra. Una chica que sonríe, que da paso a una pareja neutra de novios que sonríen, que dan paso a una pareja de cincuentones que ídem. Puede ser una excursión campestre, o una cena elegante, o una boda ficticia. Sea como sea, la definición de la pantalla luce más si las fotos que ves en ella son de gente atractiva con apariencia de salud y felicidad.
Y alguien tiene que hacer esas fotos que no son ni tan siquiera un catalogo de moda.

Lo bueno de las bodas -le susurra el fotógrafo a la figurante a la que llamó gorda antes- es que suelen ser impostadas de por sí. Excepto por la complicidad entre los novios -que en una boda real sí suele darse-, todo lo demás es igual que aquí, dice, desconocidos o parejas que llevan años juntas y que están malgastando otro domingo que de todas formas usarían para ver la tele.
Se trata de dar empaque al aburrimiento, se trata de magnificar lo tradicional. De devolverle la dignidad una y otra vez. Eso se supone, dice el fotógrafo.
Los “actores” y los figurantes se arrellanan ahora en sillas y en el césped. Una pausa. Cuatro de la tarde. La novia es una mujer morena y delgada de metro ochenta, ahora va de un lado a otro con su vestido de boda, parece hacer ejercicios de respiración, un ritual personal. Mírala, le dice el fotógrafo a la figurante, está representando justo lo contrario de lo que es; es como coger a una mujer de cien kilos con la cara quemada e intentar que desfile en París sin que resulte grotesco. ¿Alguna vez has visto fotos de boda de verdad?
La figurante pregunta qué es el cianuro.
El fotógrafo se aleja de ella e inicia una charla con el padre ficticio del novio. Coquetea. No parece que entre el supuesto hijo y el supuesto padre se lleven más de quince años. La novia sigue caminando de un lado a otro. Cierra los ojos y respira, levanta los brazos y los baja soltando el aire. Un figurante se acerca a la figurante. Le dice que el cianuro es veneno, y señala con el mentón a la novia. Ya pasa de los treinta y cinco años, murmura, pero aún quiere ser actriz. Fíjate, dice, en eso te conviertes después de veinte años leyendo revistas femeninas; nada es espontáneo, todo es planeado; y el mayor plan es parecer natural y espontánea, de forma que es imposible que lo sea o lo parezca. La figurante asiente. La figurante tiene unos veinte años y lleva cinco leyendo revistas femeninas y aparentando ser natural. Y sonríe mientras ve a la novia, que ahora se ha sentado en la posición de la flor de loto, con los ojos cerrados y muy concentrada. El figurante salió durante siete años con ella; tiene cuarenta años y sigue haciendo ocasionales trabajos de publicidad. El cielo se encapota.

El hotel que resguarda por la noche a actores y figurantes y todo el personal, es de cuatro estrellas. Alguien ha tirado la casa por la ventana. Nadie está lo suficientemente cerca de su hogar como para irse y volver mañana. Y todo eso a la espera de que haga sol.
Es uno de esos edificios desde la azotea de los cuales si dejas caer una sandía, abajo explota abarcando con los restos una circunferencia enorme y putrefacta, como de vómito. Al estilo de los saltadores forzados del 11-S.
La figurante tiene una habitación para ella sola en la planta doce. Justo en la de al lado se hospeda el fotógrafo. Ella sabe que desde el primer momento la eligió como confidente porque se sentía mucho más inteligente que ella. De la habitación llegan gemidos apagados (el fotógrafo y el padre ficticio del novio). Han de gritar muy fuerte, piensa ella, esto no es lo que se dice una pensión sencilla para quienes buscan sólo techo y cama.
Dos pisos por encima, comparten habitación los novios ficticios. Una broma (no se han quejado); aunque son camas separadas. Ella practica yoga de cara a la ventana (un cristal que va del suelo al techo); él yace en su cama arropado, oculta una erección. No siente nada hacia ella, sólo se trata de la situación, están solos; está cachondo por una cuestión de mera lógica física. Él podría encajar en ella si ella se dejara; como sea, ella no es muy habladora, y aunque le sonríe cuando se supone que viene a cuento, las sonrisas suelen ser muecas exageradas. Da la sensación de que nada de lo que hace es de verdad; ahora mismo no está relajada, sólo tacha una actividad más de las que tenía en su agenda de hoy.
Un piso por encima, el figurante que había tenido una relación de siete años con la novia ficticia, ha conseguido convencer a otra figurante de que le acompañe a su habitación. Dicha figurante es una aspirante a actriz de veinticinco años, pelirroja. De momento solo hablan. Han pedido comida, bebida; todo se carga a la cuenta de cierta productora. La pelirroja ya va algo borracha, y camina de un lado a otro de la habitación, jugueteando con su cabellera rizada. Fuera llueve, lleva horas lloviendo, ya son casi las once de la noche, el agua chorrea por los cristales. El figurante se levanta y abraza por la cintura a la pelirroja, que suelta un gritito pero no intenta zafarse.
El fotógrafo se corre dentro del padre ficticio.
La figurante se ha dormido.
Los novios ficticios también (excepto él, que ahora también finge que está dormido).
La pelirroja dice que «por ahí, no».

A las nueve de la mañana suena el teléfono despertador de todos los miembros de la sesión de fotos. El sol ha vuelto, adaptándose al guión. Nadie imagina su boda durante un día gris, es importante seguir alimentando la fantasía de que uno puede planear los días más felices de su vida. Esos días no son más que una lista de puntos que uno planifica; esa es la idea.
El fotógrafo y el padre del novio despiertan, y echan uno rápido antes de ir hacia el ascensor y bajar a la calle.
La pareja de novios no echa ninguno rápido antes de salir de la habitación. Él siente un pequeño dolor agudo en la zona de los testículos.
El figurante y la pelirroja follan en la ducha. Y son los últimos en vestirse, bajar en el ascensor, y ver la zona acordonada en que yace espachurrado el cadáver de la figurante pocas horas antes desconocedora de lo que era el cianuro.

El fotógrafo hace una llamada telefónica desde el vestíbulo. Dice que el trabajo no está acabado, pero que «una chica de figuración se ha suicidado». Ahora sólo tiene de ella el recuerdo de su torso reventado en la acera, las tripas por fuera, salpicaduras de sangre en todas direcciones y hasta varios metros de distancia, el cráneo aplastado contra el asfalto y los brazos y las piernas doblegados de modo antinatural.
La figurante pelirroja llora en el abrazo de su figurante amante. Aproximadamente unas cuarenta personas entre actores y figurantes y equipo de luces y maquilladoras, colapsan la calle sin saber cuál es el siguiente paso. El fotógrafo sale del vestíbulo, y grita para que todos le oigan. De momento, dice, ya que estamos aquí, lo mejor será que vayamos hasta los jardines para despejar esto.
El lugar está a unas tres manzanas, y realmente es un jardín privado alquilado para la sesión de fotos. En principio todo tenía que durar un día, pero se ha conseguido convencer a los propietarios para que den su permiso para un día más. Los propietarios tienen que restar a lo que cobren el costo de los daños de tener a cuarenta personas vagando por su propiedad y fingiendo que están de fiesta.
Al llegar, todos forman un círculo alrededor del fotógrafo. Hay gestos de gravedad. El figurante que va con la pelirroja, pregunta al fotógrafo cómo se llamaba la chica. Luego pregunta a otros figurantes. Esto no hace más que provocar más lloros de la pelirroja, que se contagian a otras chicas. Nadie sabe cómo se llamaba la figurante. A ver, dice el fotógrafo, yo tengo la lista de todos. De su bolso, saca tres hojas grapadas. Lo que podemos hacer -murmura- si queréis, es pasar lista. Os tengo divididos -dice- en tres categorías: actores principales, figurantes y empleados; ella debería estar en la lista de figurantes.
El fotógrafo dice que sabe que la situación es desagradable, pero que para saber a qué familia hay que llamar para darle la noticia, necesita un nombre.
A medida que los miembros de figuración levantan la mano al oír su nombre, el ambiente se va volviendo cada vez más y más deprimente. Algunas de las maquilladoras han comenzado a hablar conscientemente en voz alta de lo «asqueroso y elitista» que es el fotógrafo, a sabiendas de que él era quien más hablaba con ella, siempre altivo y con burlas cada vez que podía.
Unos cinco minutos después, el fotógrafo hace una marca a lápiz en la lista y dobla el papel. Ya está, dice.
¡¿Cómo se llamaba, soplapollas?!, ¡dilo al menos!, grita una de las maquilladoras.
El fotógrafo desdobla la hoja con manos temblorosas:
Alicia Orejuela Sánchez, dice, ¿estás contenta?

Verán, señores Orejuela, su hija era importante para nosotros. Alicia era el sol que iluminaba toda la sesión de fotos. Era una chica realmente bella; tímida pero encantadora. Jamás imaginamos que su estado de ánimo se hubiese deteriorado hasta tales extremos. Yo, como fotógrafo, siempre procuré que todos estuviesen cómodos, y debo decir que ella fue mi confidente e incluso mi guía. Sus consejos y sugerencias jamás cayeron en saco roto. Ella nos alentaba cuando las cosas se torcían, podría contarle unas cuantas anécdotas. Su iniciativa era férrea, y tenga en cuenta que le hablo de un solo día. En pocas horas, me di cuenta de su valía como persona, en incluso llegué a pensar que en un futuro podría albergar ciertos sentimientos por ella. Espero no se molesten por ser tan claro. Su muerte me ha afectado de un modo inesperado. Al ver su imagen, su cuerpo destrozado en el asfalto, mi corazón dio un vuelco del que creo nunca se recuperará del todo.
Alicia fue de las primeras en llegar al set. Se presentó y dijo estar muy interesada por el proceso. Yo enseguida vi que valía la pena tenerla cerca. Sus conocimientos en la materia casi igualaban los míos, pero me encandiló de tal forma que no me importaba que eso fuera así. Debido a su carácter, algunas de las otras chicas (otras figurantes, maquilladoras…) tuvieron sus más y sus menos con ella por una mera cuestión de celos o envidia. Su hija sufría de aquello que suelen sufrir los que valen de verdad: no todos los demás estaban dispuestos a aceptar lo de ser inferiores a alguien tan cercano.
En cualquier caso, quería mandarles esta carta en mi nombre y el de la productora, para hacerles saber que no sabemos lo que la impulsó a hacer lo que hizo, pero que muy probablemente lo que la hacía brillante fue lo mismo que la mató. Era brillante de cara al exterior pero seguramente estaba atormentada interiormente. Espero que el tiempo les ayude pronto a ir superando esta terrible perdida.

[Ando recuperando a los Pumpkins, y sí, me he decidido por no ser original y he puesto su video más mítico. Abajo + pin up.]

Turbulenta historia de amor

¿Qué puedo hacer yo?, se dice el escritor otra vez, si sólo sé hacer esto: rajar. No soy lo suficientemente valiente ni bondadoso, se dice, lo que sé hacer es argumentar quejas. Y lo piensa mientras comienza a escribir otro cuento en que el protagonista es un escritor. No le puedes pedir a alguien así que ayude a las viejecitas a cruzar pasos de cebra, se dice. Alguien con tal narcisismo mal disimulado. Queriendo ser desgraciado al estilo de los escritores malditos porque son anti-héroes guays en la literatura y el cine sobre ellos. Así que lo que haré será seguir rajando, se dice, no soy mejor que eso.
Es verdad, no puedes esperar de él algo más que monólogos pseudo-políticos que claman justicia a la puerta de un bar mientras se pela de frío con otros fumadores. Referencias, citas de otros, chulería; la misma inutilidad de siempre. De hecho, en múltiples ocasiones el escritor ha condenado no demasiado convencido ciertos actos de vandalismo en las manifestaciones; aunque él sabe que ese clamor por la paz y la no protesta de tipo activista, a veces no es más que un modo de justificar su propio no activismo. A veces los discursos por la no violencia podrían encubrir cierta apología del conservadurismo. Cualquiera sabe que los cambios históricos importantes casi siempre han sido producto de un baño de sangre. Y nadie quiere ser un conejillo de indias o un héroe. Hoy, ser inteligente, tiene que ver con creer en la idea de que esos cambios se podrían hacer a través del diálogo. Lo que se pregunta el escritor mientras escribe sobre otro escritor que sólo es otra vez otro alter ego suyo, es sí eso no será una utopía. Es decir, ¿cuándo en un país eso ha sido así? Ni siquiera hace falta pensar en dictaduras, en las democracias basta con salir a la calle y gritar tu opinión en primera línea para que te dejen frito a palos… Así pues, ¿cómo se dialoga si quienes toman las decisiones delegan en tíos que van con cascos y armados? ¿Cómo razonas con alguien que sólo sabe “dispersarte” si te haces oír demasiado?
Aun así, el escritor suele redactar columnas semanales, en las que para evitar que se pueda pensar que está loco o es un inconsciente, insiste en discursos épicos a favor del «diálogo». No puedes hartarte de nada, tienes que calmarte y seguir tragando, como el ser inteligente, optimista y reposado que eres.
Tienes que ir a votar incluso con esa democracia.
Al menos si aún no te va del todo mal.

El escritor relee los tres párrafos de cuento que lleva. Es vagamente interesante, estiloso. Seguramente vacío. Es para una revista y no pagan mal. El texto tiene una pátina de modernidad y realismo sucio que puede hacer que a algunos les guste. Es un cuento sin muchas ideas pero con un traje bonito, y da pie a varias etiquetas potenciales para definirlo. Se basa en lo que ya casi es un subgénero: un escritor que está bloqueado, y la subsiguiente y aburrida odisea solitaria+alcohol+muchas mujeres (nota: sí, en la ficción siempre suele haber alrededor de estos tíos aproximadamente diez veces más mujeres que en la realidad).
Si el escritor mira por la ventana, vuelve a comprobar que debería comprar cortinas (es un asunto que ha estado evitando desde que se instaló hace cinco meses), y además puede ver el aparcamiento enorme de cierto supermercado en el que trabaja Clarisa (llamada normalmente Isa), una chica de unos veinticinco años, tranquila y apolítica; algo así como lo contrario a una universitaria copada de tareas que sufre por dudas como si estudiar un master o no, o por cómo puede parecer segura e inteligente en ciertas reuniones con gente de treinta ya con masters y trabajos de alto perfil.
Un día el escritor fue a hacer su compra diaria, y al salir decidió fumarse un cigarro junto a unas mesas y asientos de granito que parecen dispuestas para el tiempo de descanso de los trabajadores (sobre todo en primavera y verano, pero que en invierno también son útiles si fumas). Clarisa estaba apoyada en una de esas mesas, fumaba su cigarrillo. Él dejó sus dos bolsas con la compra sobre una mesa adyacente, y procedió a encenderse el suyo. Luego -aunque con el tiempo al escritor le ha extrañado dada la timidez de Clarisa- se produjo uno de esos momentos de colegueo entre drogadictos de bajo perfil. Hablaron sobre el frío que hacía, sobre que ya no se puede fumar en sitio alguno, sobre la “inmortalidad” de los no-fumadores… Fueron unos quince minutos (dos cigarros por cabeza) de relajada conversación. Luego ella entró en el supermercado otra vez (había acabado su tiempo de descanso), y el escritor volvió a su cuchitril pensando en salir a hacer la compra a la misma hora al día siguiente.
De hecho, desde su ventana, puede ver a lo lejos las mesas y los asientos de granito.

Ahora, el escritor hace una pausa de su relato, un poco más satisfecho que unos párrafos atrás (aunque no borrará nada); su personaje ha conocido a una chica que trabaja en un edificio de oficinas, y cada día se hace coincidir con ella en cierto bar al que la muchacha va sola en su tiempo de descanso. El cuento es absolutamente ficticio, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. De hecho el personaje de la chica se llama Verónica, es oficinista y tiene siempre una opinión sea cual sea el asunto social o político. Hay muchos aspectos que… bueno, que hacen que el cuento no tenga nada que ver, en absoluto, para nada, con la realidad.
Lo del potencial romance entre los personajes y demás… es algo genérico, universal, ¿acaso el escritor no puede abordar ese tema sin que haya absurdas sospechas?
La gente ve demasiados programas del corazón, eso es lo que pasa, se dice el escritor.
Se viste y prepara para salir a hacer la compra diaria. Ya son las once de la mañana. Clarisa suele salir a comer y fumar a eso de las once y veinticinco, y vuelve al trabajo a las doce. El escritor sabe que su turno es el de siete a tres de la tarde. Hace semanas que, casi a diario, coinciden (…) en esas mesas de granito, y comentan la jugada, observan pasar a la gente con sus carritos, ponen los ojos en blanco cuando pasa alguna familia con dos críos armando escándalo, etc. Él, para ella -por lo que parece- aún sigue siendo sólo ese tipo que hace la compra a eso de las once. Ella, para él, bueno, ya es muchas cosas; en resumen, esencialmente esas cosas tienen que ver con buena parte del contenido de la música, el cine y la literatura producidos a nivel mundial hasta la fecha. Eso, y unos siete relatos y medio escritos por el propio escritor. Relatos que, para nada, en absoluto, de ningún modo o manera, son autobiográficos. ¿Qué cojones se piensa todo el mundo?, ¿que el escritor no tiene imaginación? Putos paletos que sólo ven televisión…

En la calle hace el frío cojonero habitual de esta época en la ciudad. El escritor intenta recordar cuánto hace que conoció a la muchacha; cree que hace dos meses. Se sube la cremallera de la chaqueta a conciencia. Cruza la calle y luego entra en la zona de aparcamientos. La relación del escritor con el clima cuando éste baja de los cinco grados, es poco agradecida. Suele sentir el frío, obviamente, sobre todo en la cara y las orejas, en las manos. Y cuando intenta llevar bufanda o guantes, acaba prescindiendo de ambas prendas a los pocos minutos. Los guantes le dificultan el fumar, y la bufanda siempre le pica y le acaba dando más calor del que necesita.
Con lo cual, ahora le tenemos caminando incómodo entre coches. Más o menos el setenta por ciento del estacionamiento está lleno de coches. Es el habitual culto al coche; hay gente por doquier que ya no sabe calcular lo que se tarda en llegar andando a ningún sitio. Todos miran al escritor con incredulidad cuando él asegura que sí, que fue al cine o a comprar ropa andando hasta el centro de la ciudad (25 minutos). Nadie entiende por qué no coge su coche y se tira una hora buscando aparcamiento y lidiando con los otros coches y los peatones. La gente le mira con los ojos como platos, como si ir en coche a cualquier sitio fuera algo que se limitara al trayecto en sí y luego tocaras un botón y el vehículo se convirtiera en una capsula que pudieras guardarte en el bolsillo. El escritor considera que caminando gana en tranquilidad, sólo está él y sus bolsillos, su tabaco; sólo debe alejarse del peligro; lo que a su juicio, significa aceras estrechas y familias numerosas; y ciertos locales; esos que suelen estar llenos de señoras mayores y niños; un ambiente a menudo resultado de centenares de chicas demasiado jóvenes que no abortaron por cabezonería de los padres o pura culpabilidad. O a veces simplemente son los hijos de aquellas personas que antes de tenerlos no paraban de decir que ellos seguirían haciéndolo todo igual, sólo que con sus hijos (claro, mientras estos estén con la abuela o la canguro). El amor es una cosa, pero cuando tienes críos el día no tiene de repente diez horas más. Y además, esos capullines… ¡son totalmente dependientes! Es como si a todo el mundo ese asunto de la procreación le pillara por sorpresa.
El escritor, aun así -e incluso con el frío-, considera que caminar es mucho mejor; y no es que él sea un deportista nato; bien sabe que se asfixia a los doscientos metros de carrera. Pero eso no significa que no pueda usar las piernas, o que vaya a ahorrarse el placer de simplemente llegar a un sitio y entrar, en favor de zonas azules y parkings. Sin olvidar que él sí tiene muy claro que en la vida puedes elegir entre tener hijos o no, con lo cual está ya bastante seguro de que sus retoños no le joderán a nadie nunca la tarde en una cafetería o el cine.

Es encantador, dice Clarisa, donde antes había fumadores ahora hay críos pequeños. Contaminación acústica, dice él. Vómitos, dice ella. Biberones en las mesas junto a cafés y cervezas, murmura él. Sí, dice ella, ahora es navidad todo el año. Hablan ambos sentados a la misma mesa de granito, fumando y sin mirarse, mirando a la gente que pasa, que entra y sale. Los niños se tiran de cabeza contra la cosas, dice él, lo hacen constantemente. Un pediatra diría que lo hacen por «experimentar», murmura ella. Las familias vienen y van. Es sábado, y al poco rato el aparcamiento ya está lleno hasta los topes. Se tiran de cabeza, dice él, y luego lloran como si alguien les hubiera dado deliberadamente el golpe, como si fuera una injusticia. Tiene su gracia, dice ella, de crío lloras gratis, por tonto, y de mayor pueden darte por saco a diario y te callas y pones el culo. Así eres digno, dice él. Deberíamos tener un crío, dice ella, ponerle Cancerbero de nombre y educarlo nosotros para variar, sin abuelas ni canguros de por medio.
Lo que hay en la mesa: restos del bocadillo de Clarisa, papel de plata arrugado, una botella de agua vacía, dos paquetes de tabaco a medio vaciar, un libro de Tom Wolfe (de ella), dos mecheros, dos latas de cerveza a medio tomar.
Ella habla con un tono cínico y neutro; debido a ello, puede decir prácticamente cualquier cosa sin que suene burda o fuera de lugar. El escritor le sigue el juego, aunque en realidad no le cuesta en absoluto, ya que su carácter es parecido. Eso no significa que ambos no puedan sufrir o padecer, o que no sean capaces de sentir celos. Estos encuentros son como lo que hay al otro extremo de un cumpleaños o una comida familiar. No tienes que preocuparte por nada, ella no le exige nada más que el hecho de que la deje compartir el momento con él, lo cual la hace particularmente atrayente. Jamás sonreirá sólo para complacerle; del mismo modo que no espera de él actuación alguna, ella no va a actuar tampoco. Es sencillo, y eso proporciona paz. Tanta, que a él le resulta estúpido exigir algo más de ella. Al menos por ahora. Ahora la relación es pura a varios niveles. No es etiquetable. Nadie le debe nada a nadie, y ninguno busca nada del otro. (Bueno, él sí querría más de ella, pero aún no sufre hasta niveles insoportables, por lo que de momento prefiere dejar en paz la situación.) Como sea, ella hace que se sienta bien. Cierto es que su carácter lo promueve algún tipo de desesperanza, pero eso le va más a él que el típico joven demasiado lleno de planes y ambiciones; el cual, con los años, ha comenzado a hacerle desconfiar; cree que es ese tipo de gente la que acaba con cargos de responsabilidad, y por los que muchas cosas son como son (y no precisamente las que son buenas).

Serse fiel a sí mismo siempre ha sido la base de la guerra del escritor consigo mismo. Y no solo a la hora de escribir. A la hora de escribir, de hecho, es relativamente fácil para él hacer eso. Le basta con no imaginarse a nadie concreto leyendo lo que escribe. Pero la vida que pisa y calza, eso es otra cosa. Ahí no puede obviar del todo a las demás personas. Ni a la chica del supermercado. Ahora, es a ella a la que menos puede obviar. No todo el mundo le produce la sensación de estar mirando el mar sin niños alrededor, sin ruidos, sin coches. Y ella consigue hacerle sentir así con niños alrededor, con ruido, con coches.
El personaje de su relato acaba suicidándose. Una noche sufre una especie de ataque de ansiedad; la chica oficinista ha tenido un accidente y ha quedado en silla de ruedas. El escritor -el del cuento- sabe que no es lo suficientemente fuerte como para afrontar eso, o digerirlo de algún modo. Se siente como basura. Y esa sensación comienza a comerle el seso a toda prisa durante la noche en que acaba llenando la bañera para cortarse las venas. Así dicho suena horroroso y muy duro, pero la narración lo ha suavizado considerablemente. Trucos sucios para salvar de algún modo el alma del protagonista; de hecho, su muerte sólo es un intento desesperado por parte del escritor -y aquí me refiero al narrador- por hacer quedar bien a su personaje de algún modo. Es una especie de cuento de hadas turbio: acaba mal pero al menos puede acabar mínimamente bien para el lector si éste se deja llevar por la retórica y los trucos de estilo a la hora de valorar el cuento. Es una trampa para lectores. El escritor no sabía cómo desarrollar el cuento, y mucho menos cómo acabarlo; con lo cual, se ha sacado de la manga un accidente de coche para zanjar el asunto. Un accidente de coche es realista: pasa todos los días y suele ser mero producto de la estadística. Habiendo tantos coches es imposible que de tanto en tanto alguno no acabe como un acordeón y chorreando sangre y tripas.
Esa es la trampa para osos que ha elaborado el escritor. Poco sutil, minimalista, hipster (este apelativo lo incluirá en el cuerpo del mensaje del e-mail en el que adjunte el relato; podría colar perfectamente), un cuento perfecto para la revista que lo requiere.

Es horrorosamente previsible cómo evolucionan los sentimientos cuando va pasando el tiempo y el escritor sigue viendo a la chica del supermercado. Hacia el tercer mes ya comienza a ensayar qué le dirá cuando intente decirle algo al respecto. Sabe que ella ahora no tiene pareja, «ni ganas»; aunque pocos días después, dijo: «creo que ahora sólo te soportaría a ti»; luego se sonrojó y sonrió. Y el escritor también sabe que vive sola, al igual que él, en un piso minúsculo que se lleva casi todo su dinero cada mes, «soy libre… ¿la libertad es así, no?».
Hay poderosos motivos por los cuales muchas películas románticas dejan de contarte la historia cuando ha terminado la primera fase del noviazgo entre los protagonistas. O incluso cuando aún no ha empezado y sólo se vislumbra.

[Arriba, entrevista de Letterman a Kate Upton. ¿Habrá tenido algo que ver en su escalada hacia el éxito la promoción sin cuartel que se le hizo en este blog el año pasado??… Pues no. Pero me ha hecho gracia verla ahí. Creo que le han dado algún premio, o quizá es “sólo” por la portada de Sports illustrated, o la han elegido como tía más buenorra del planeta o algo así, ni idea… En todo caso, me alegro, es una muchacha sana y con curvas… Abajo + pin-up. Y recordad, pasaros por Reuniones en la cumbre, esa cosa nueva en la que estoy metido; y ya de paso daros un paseo también por DESAPAREZCA AQUÍ.]

El paraíso

El chico vuelve a despertar solo, las tres de la tarde del domingo. Dolor de espalda y de cabeza. Una botella de vodka vacía en la mesilla. El cuerpo aturullado; tendría hambre si no fuera por la resaca. Vuelve a ese bar en el que siempre imagina a Hunter S. Thompson montándoselo con alguna desdichada en el lavabo. Cree que es porque el sitio le recuerda a alguna película basada en alguno de sus libros. Hay todo tipo de fauna. Abuelos recordando los tiempos del combustible fósil, jóvenes bebiendo para olvidar que ayer seguían bebiendo y que lo vuelven a hacer hoy… El local está saturado de humo, porque las leyes cambian y no tiene importancia. Prostitutas. El negocio del placer y de las drogas de todo tipo siempre se abre camino, porque la humanidad sigue su camino. La filosofía del carpe diem sigue escupiendo cianuro hacia el futuro. Todo se ha mezclado. Hay un universitario con una grabadora; pidiendo permiso, se ha sentado en una mesa junto a una pareja de tortolitos. El chico conecta el radar desde la barra. El chaval les hace preguntas detalladas, como: «¿Estáis enamorados de verdad, o solo se trata del típico y antiguo acuerdo de sexo y pose y cariño a largo plazo?». Hay cosas que no cambian, pero el sistema económico, las tradiciones y cierto instituto de estadística están dinamitando conductas típicas en tiempos; aquellos comportamientos de dudosa autenticidad que muchas personas llevaban a cabo con tal de conseguir ciertos objetivos de estatus. Pero la mayoría de gente sigue sin saber estar sola. Ahora muchas parejas celebran un aniversario cada quince días. Quince días es un logro. Se ha instaurado cierto malestar relacionado con la verdad implícita en todas las emociones (de cuya naturaleza también se ha apropiado el capitalismo), la inevitable verdad entre la paja que nosotros creamos alrededor de ella.
La mayoría de los grandes negocios, esos complejos de ocio a reventar de grupos de amigos «correctos» de clase media y media/alta, son centros neurálgicos para el blanqueo de dinero. Las sonrisas de fin de semana puestas al servicio del fin de los días. El chico está convencido de que vive flotando en medio de un lento armagedón. A la gente le sigue dando todo igual, por supuesto. A veces hay protestas, manifestaciones masivas, etc., pero tarde o temprano todo eso se enfría. Todo el mundo anda demasiado ocupado pagando a cámara súperlenta algún piso minúsculo que seguirán pagando sus hijos (de tenerlos), o se lo quedará algún banco. El trato es que podrás vivir con dignidad a cambio de apenas tener una vida propia (y digna).
Teniendo en cuenta esa situación de «esclavos por la “dignidad”», sumada al hecho de que casi nadie sabe estar solo, pues bien, todo es un caldo de cultivo sin fin para las preguntas incómodas. Las que le hace el -al menos aparente- universitario a la pareja de tortolitos. La evolución del capitalismo actual hacia el ahogo constante e imparable de la mayoría de la población, arrincona muchas posibilidades de que quieras fiarte de nadie para, por ejemplo, abrir una cuenta compartida, o arriesgarte a perder más dinero del que te puedes permitir en una futura separación. Aun así, como por efecto rebote, eso ha hecho que, cuando alguien te dice que te quiere, normalmente es porque lo siente de verdad. Hay tantas implicaciones materiales en una declaración de amor (me refiero a una real: ojos llorosos, dudas, sufrimiento…), que la mayoría de personas reaccionan derritiéndose la mayoría de veces, y enamorándose casi al instante de quien es capaz de pronunciar según qué palabras de adoración.
En cada barrio, las pocas parejas que llevan años juntas, suelen ser populares, ya que prácticamente no hay cabida para el fingimiento. El sexo ya no es algo que deba estar necesariamente amparado por la ilusión de monogamia de larga duración. La gente sigue siendo monógama, pero en serie. Todo el mundo sabe lo que implica alquilar un piso con alguien o tener abogados para problemas conyugales. Las necesidades básicas han aumentado en número, y siguen siendo casi todas carísimas. Años atrás muchas parejas se quedaron en la ruina debido a demandas de divorcio. Personas que se casaron y acabaron a los pocos meses debajo de un puente. La proliferación de la inflación de precios en ciertos servicios, con el tiempo ha hecho que todo el mundo se ande con mucho ojo. La evolución de las parejas que se casaban por mandato de los padres a las que lo hacían en teoría por amor, ha inflado un orgullo sentimental que hace que muy poca gente siga teniendo una vida en pareja simplemente por mantener la estabilidad económica. El amor sigue sin ser el motor real del mundo (o eso parece), pero ahora puede reconocerse cuando se ve, como un oasis en el desierto. El amor ahora es otra ficha clave del capitalismo. La integridad de la gente puede reportar muchos dividendos. Si quieres salvaguardar el último milímetro de lo que aún te hace ser tú mismo, tendrás que pagar mucho por ello. En realidad, simplemente tendrás que pagar mucho. Punto.

No hay que ser un genio para sacar la conclusión inmediata de que, obviamente, así la tasa de natalidad va caer cada año en picado. No solo por la poca predisposición de la mayoría a emparejarse y tener hijos aunque sólo sea por apariencia y construir un nido, sino porque obviamente, si hay algo caro, es un hijo. Sobre todo desde el nuevo impuesto de nacimiento, a pagar mensualmente hasta que el crío tiene diez años. Ser soltero es muy caro. Comprometerse es demasiado arriesgado. Tener hijos va casi contra el sistema. En realidad, lo mires como lo mires, no hay salida: el único modo aparente de que mucha gente pudiera salvarse en el sentido místico, es poner una bomba.
Se trata de que, quieras o no ser tú mismo, te cueste un riñón.
Cuanto más íntegra ha querido ser la gente en relación a ciertos sentimientos, más caro les ha costado eso (también). Ha sido el modo en que el nuevo capitalismo ha pasado no sólo a condicionar tu carrera profesional y tus ilusiones, sino también tu vida personal. Hay cientos de paradojas y discusiones sobre el sistema y las nuevas tradiciones. Demasiada confusión y aparentes contradicciones para que puedas expresarte con un mensaje que quepa en una pancarta de manifestación.
La gente mayor se muere, y cada vez más gente vive sola, no se reproduce, y a la larga…
Es un extinción lenta pero sin pausa. Las pocas personas que tienen mucho dinero, también tienen en su poder la calma, y la carencia casi total de miedo. Hay estudios sobre hasta qué punto puede condicionar esta sociedad los sentimientos de la clase media. ¿Qué grado de relajación y confianza económica se requiere a nivel personal para que te puedas enamorar de alguien? ¿Habrás dejado pasar muchas oportunidades por miedo a la mendicidad?

El chico bebe, y piensa en que mañana tiene que volver al trabajo. Lo cual le va a reportar mucho… trabajo, y nada más (quizá excepto más ganas de beber). Lee un artículo; revueltas en la ciudad, el coche de un ministro lleno de graffitis. La articulista denuncia el acto de vandalismo. Eres íntegro, no puedes hacer algo así.
La maldad te condena, la bondad también, el amor más popular de antaño -conformista y de dudosa autenticidad- ya no digamos. Solo queda seguir igual, esforzado y alimentando el sistema incluso sabiendo lo que es el sistema. Es el proceso de desgaste físico y emocional de la mayoría contribuyente, un proceso que ahora incluso parecer llevar a la extinción literal -a no muy largo plazo- de la clase social trabajadora.
Pero claro, piensa el chico, si se cargan a quienes explotan, ¿cómo van a poder seguir siendo unos hijos de puta avariciosos?
Ahí es donde entra la esperanza. Por decirlo así.
Al menos si no sabes de los planes de Cupido. Al menos si no sueles creer en los rumores…

Conforme han pasado los años, el chico siempre ha estado convencido de que el fin de los días no se anunciaría en los medios supuestamente serios. Serían las webs de apariencia poco fiable las que sacarían el tema a la palestra, los blogs, todo lo que se gestara en circuitos sensacionalistas. Del mismo modo que muchas veces no son tus padres quienes te enseñan las cosas importantes de la vida.

Todo nace con cierto mamotreto de dimensiones enciclopédicas llamado “¿Seguro que le quieres?, No pasa nada por pensarlo”, al cual siguió al cabo de dos años “¿Seguro que la quieres?, ¿O se trata más bien de pereza?”
Los dos tomos se podían encontrar en la sección de autoayuda. No se habían visto cifras de venta parecidas desde el lanzamiento de La guía Tab. El que iba dirigido a las mujeres era el doble de gordo. El que se dirigió a los hombres se podía resumir con alguna frase tipo: “Hace cinco años o menos no te hubieras atado ni loco, tío”.
El primer tomo tenía, pues, teorías interesantes, incluso revolucionarias, y el segundo parecía más bien un capricho de la editorial Oscuridad Interrogante. Como fuera, los dos tomos provocaron una lluvia de dinero. Y aunque para el segundo la mayoría de críticas se podían resumir con un “Por dios…”, el primero sigue siendo objeto de análisis.

Lo que se cuenta es que el autor que ha vuelto a hacer rica a Oscuridad Interrogante, es uno de esos capitalistas que controlan la mayor parte del consorcio económico mundial. Por supuesto, las capas inferiores de ese control las conforman los empresarios un poco menos hijos de puta, pero sobre todo los millones y millones de obreros que hacen que la rueda gire, que siguen empeñados en que si se esfuerzan todo va a ir bien. Es la historia de siempre. Quienes saben cómo funciona todo de verdad, exprimen a quienes tienen buena voluntad, no saben demasiado y están dispuestos a ser burros de carga toda la vida simplemente por sobrevivir.
Puedes creerlo o no, pero lo que se cuenta es que el hijo de puta es llamado Cupido en ciertos ambientes. Porque, a cierto nivel, y por supuesto como el capitalista que es, también es un mafioso; un mafioso sobre el que alguien inventó cierta historia cachonda y algo terrorífica, que ha corrido como la tinta o la sangre. El tío se enamoró de alguien y mató a Cupido, dice la historia, porque el primer paso para tener a esa mujer sólo para él, era acabar con la fuente de todas las complicaciones potenciales.
Escribe un libro y usa tu fortuna en publicidad (lo que el escritor canadiense Jonathan S. Cuthbert ya ha calificado como «la publicación más importante desde La Biblia»). Apoya con argumentos sólidos la idea del amor verdadero. Lleva a toda la población mundial que maneja el dinero de verdad a cierto colapso personal. Lo profesional ya está cubierto, así que ataca el otro talón de Aquiles. Los sueños.
Habla con cierta empresa. Pretecnotimes. Ellos están a punto de elaborar cierta inyección para la regeneración total de células. ¿Cuánto puede tardar la muerte natural en hacer que el planeta se quede sólo con los descendientes de quienes se enamoraron de verdad y los capitalistas más auténticos y cabrones? Como sea, el primer paso era la clase trabajadora, el grueso de la población. La idea no era el fin del mundo. El planeta es un buen lugar aún. ¿No se ha vendido siempre la idea de que podemos conectar con una sola persona y que eso basta para ser feliz? Pues el capitalista en cuestión cree en esa idea, se dice, y quiere llevársela al extremo. Enamorado, inmortal, y con ella.
A solas.
Ya tiene a la mujer. Ahora tiene que preparar el escenario. Un nuevo paraíso para Adán y Eva sin Dios de por medio que pueda joderlo todo. Sin serpiente. Sin manzana.
Su mayor baluarte, se dice, es la incredulidad. A millones de personas que se levantan cada día a las siete para currar y hacen cola en todos lados y lo más parecido a la libertad que han conocido son los pocos segundos del orgasmo, no puedes irles con historias. Saldrán perdiendo del mismo modo que siempre han salido perdiendo con todo. Nadie va a creer en la inmortalidad porque Pretecnotimes no se la va a vender a cualquiera, no va a publicitarla; saben que quienes pueden pagarla ya están informados. Lo cierto, se dice, es que el empresario cree a pies juntillas que muy poca gente se enamora de verdad. Ése es el secreto. El condón será lo que acabe con la humanidad. Es una táctica que coge un poco de allí y otro poco de allá; amor real, un poco de libertad sexual, otro poco de fanatismo religioso, algunas ideas de izquierdas, otras de derechas, comunismo, fascismo, anarquismo… Todo vale si tienes el suficiente poder. Es lo que la mayoría de gente no entiende. Que quizá desde hace un tiempo sí sea el amor lo que está moviendo el mundo. Y el amor es apolítico, y un asunto muy jodido.

El chico vuelve a casa con un pack de seis cervezas. En cierta web se dice que parte del plan de Cupido incluirá la devastación nuclear del tercer mundo. Tiene sentido, piensa el chico, es algo que siempre se ha hecho para sacar un beneficio; y tal y como lo ve Cupido, lo que él sacará no es más que eso, un beneficio. Hay montajes porno fotográficos con la mujer del tío. Es una cuarentona atractiva que parece tener la misma mentalidad que el trabajador medio. Muy dispuesta a tragar en todos los sentidos, y muy crédula e incrédula a la vez. Crédula porque cree que su marido es empresario y escritor, y eso es todo (de hecho ésa es la versión oficial). E incrédula porque tampoco se creería jamás la historia sobre el nuevo paraíso. Y supongo que es normal, ¿no?, se dice a sí mismo el chico. ¿Lo es?

[Arriba, un poco más de Pixies, que nunca viene mal, y abajo + pin up. Y por otro lado, informaros de que mi otro blog, el mierdas, quizá quedará algo arrinconado, ya que un colega y yo hemos iniciado algo llamado REUNIONES EN LA CUMBRE, un blog escrito a cuatro manos en el que, como buenos hijos del VHS y el cassette, nos centraremos en el mundo de la música y el cine. Así que animaos y pinchad en el enlace. Será un blog con mucho desvarío y lindezas de todo tipo. Fanatismo del bueno.]

La mascota de la existencia

Tu vida es un edificio inmenso de cristal en el centro de cierta ciudad, en realidad dos: una ratonera tipo torres gemelas. Hay tantas… Es otra granja de hormigas orgullosas. Miles de mentes brillantes planeando el modo de que pese a los bandazos políticos todo siga igual. Todos con tareas individuales, tan concretas y vistas tan de cerca que es imposible que se sientan profesionalmente culpables de absolutamente nada. Forman parte de las empresas que lo manejan todo a su aire. A todos les ha costado demasiado llegar hasta ahí como para permitirse el lujo de tener ataques de ética o moral (o poesía). Demasiado profesionales para tener demasiados principios o una visión global de nada. Porque hay mucha pasta en juego, hay incluso ligues en juego, toneladas de aceptación y miradas de aprobación. Sexo pseudo-monógamo. Lo que importa es lo que te reporta a corto plazo tu puesto, tu papel en el engranaje.
Un trabajo de bajo perfil era la peste.
Tú tenías que ser un piso amplio o una casa a las afueras, planes, viajes. El coche que querías. Quizá la mujer que pegaba contigo.
Eras empresas legales y con los papeles en regla. Limpias de polvo y paja según las leyes. La era de la tecnología, de la confusión. La sobreinformación como aliada. Barriste en la selectividad e hincaste codos en la universidad. Unos pocos años y ya te considerabas algo más que digno de respeto. Pensaste en un máster para competir con la inflación académica (porque todo era una competición). Señalaste a una Julieta con el dedo y ella acudió al sentirse halagada. Elegiste un sitio en el que vivir. Un estilo de vida. Porque tú «controlabas». En tu fuero interno, agradecías el haber estado demasiado ocupado para dudar. Agradecías el hecho de que muchas mujeres se hubieran aferrado a cierto tipo de feminismo para pasar a ser una especie de versión tuya con tetas. Eras diligente, luego eráis diligentes en pareja, y luego erais inteligentes sorteando los baches conyugales y vitales. Cierta sesgada filosofía optimista os ayudaba a barrer la mierda bajo la alfombra si algún día todo olía particularmente mal y no sabíais por qué.
Ese olor os irritaba. Pero vosotros erais unos «luchadores», sabíais mover el culo cuando hacía falta. Sabíais sonreír antes de ser felices. El orden era el siguiente: Sonrisa-acción-recompensa-sonrisa. No cabía la idea de venirse abajo. Qué coño, el mundo era un lugar maravilloso, y vosotros ejemplos a seguir en su seno. Ésa era la actitud.
Tuviste en las manos un par de libros delgados de Borges que no compraste, sólo acompañabas a un amigo. Conociste a una chica que te emocionaba y ponía patas arriba, pero ya tenías novia y vivías con ella. Porque tú sabías organizarte.
Pero esa otra chica se convirtió en un fantasma; eso te hizo dudar sobre si ibas a saber controlar la realidad como tú creías. Puede que no todo se redujera a nóminas y escaparates y el placer de las pequeñas cosas. Quizá te comenzaras a preguntar de qué hablaban las canciones. Al parecer había algunas mierdas que no sabías barrer bien bajo la alfombra. Las reuniones sociales revitalizantes y los álbumes de fotos digitales podían comenzar a ser cada vez menos útiles. Tenías miedo de no saber cómo seguir alimentando tu ego en el futuro. El piso era bonito, todos tus amigos lo decían cuando les invitabas a pasar al salón, a la cocina, los dormitorios, dos lavabos. Ésa era tu vida. Y aun así el terror surgió y podía adoptar distintas formas. Puede que en cada foto con tu novia se viera un resplandor extraño en una esquina: el fantasma; la kriptonita de tu sentido del control. De repente sentías pánico de haber tenido demasiado pánico por llegar a los treinta sin haberlo hecho todo. Y un día escuchas cierto tema de The doors y no es bailable ni alegre, y te das cuenta de que aun así te gusta. En suma, tienes un sueño recurrente; caes y caes hacia el suelo desde el piso tropecientos de tu edificio de oficinas. Y en cada ventana por delante de la que pasas, ves el reflejo no de tu cuerpo, sino del cuerpo de cierta chica que no es la que te ha asegurado mientras ibais de anticuarios que quiere tener hijos antes de los veintiocho.
Te preguntas qué habrá sido de los demás, la peña de tu promoción. Si ellos también estarán bordeando los treinta con una sensación de inseguridad que no tiene nada que ver con la sensación de seguridad que tenías a los veinticinco. No es justo, piensas, me han vendido toda la vida que esto iba de seguir fórmulas. Y hasta los viajes de una amiga a África como “misionera”, ahora se te antojan poco más que otro dato de una de esas fórmulas que de golpe comienzas a sospechar que sólo son reales de algún modo en los papeles. Fotocopias, logros, tu gloriosa huella, tus notas. Guardas tus notas ejemplares desde la primaria, y no entiendes por qué si superaste todas las pruebas con creces ahora no sabes cómo seguir sintiendo la sensación de seguridad que siempre ha formado parte de ti. ¿Era todo mentira?
¿Es posible que hayas comenzado a sentir cuando te ha dado por comenzar a pensar? No lo sabes, pero estás acojonado. Vuelve cada noche tu sueño recurrente, y comienzas a convivir con cierto ardor en el estómago porque no dejas de pensar en la chica, esa que no es la que te besa a diario a la vez que te da el bolso mientras pone el primer pie dentro de la siguiente tienda.
«Sentimientos. Qué sensación tan rara», te murmuras a ti mismo. Quizá es porque ahora tienes demasiado tiempo libre por las tardes. Ese es el problema, te estás dejando. Has cogido unos kilos. Te estás acomodando. Te ves sentado en casa pensando cosas que te parecen infantiles y a la vez venenosas, cosas como: «¿Por qué esa chica me gusta más que mi novia si mi novia es más guapa?». Hacéis buena pareja tu novia y tú, y dice que te quiere. Y tú también se lo dices a ella. Pero no contabas con ciertos imprevistos potenciales; como el de que no sería tu agenda siempre quien decidiera tu futuro. O el de que los fantasmas existen, pero no sólo los que hacen bajar el alquiler de ciertas casas supuestamente encantadas. O el imprevisto más gordo de todos: el de que quizá le estuvieras diciendo «Te quiero» a alguien, sí, pero puede que fuera más por el sentido de propiedad que aplicas a todo que por un sentimiento real. Quiero acabar mi carrera. Quiero mi piso. Quiero una mujer. Quiero un microondas nuevo.
Sigues sentado una de esas tardes, y te invade la terrible idea de que quizá te has comido toda la mierda tú en lugar de al menos barrerla o librarte de ella. Has oído que incluso hay gente que mete toda esa mierda en bolsas y la alejan de sí mismos, aunque todo ese rollo casi te suena a leyenda urbana. Y en todo caso, eso es gente rara, seguro que se acaban quedando solos, y seguramente son poco fiables. Además, ¿cómo vas a justificarte si intentas cambiar las cosas? Siempre has sido transparente y estás orgulloso de ello. Ahora tu vida es plácida. Y así, sentado, decides que todo va bien. Hazlo una vez más, te dices. Fuerzas tus comisuras y empiezas a formar una mueca con tu cara. Esa mueca se va pareciendo poco a poco a una sonrisa. Es lo que dicen: sonríe. Sonrííííe. No seas un amargado. Si sonríes, la felicidad vendrá sola. Aprende a valorar lo que tienes, es lo que dicen. Tu vida, tu mundo tal y como es. El edificio de cristal, la granja de hormigas, todos tus logros. Tu mujer, que es más guapa que esa otra (obvia ese vuelco al corazón que te acaba de dar, sólo traerá problemas). Sé realista y deja las cosas en paz. Pon la tele. Ahora tu mueca ya es casi el reflejo de una risa de verdad. Así se hace. Así controlarás tu vida.

[Arriba, un temilla de The Doors. Aabajo + pin-up.]

LQY

Ahora los tres escritores (primer premio, segundo y accésit) tienen que subir al atril y leer sus relatos cortos ante todos. El resto -unas cincuenta personas- estamos sentados en sillas plegables acolchadas; somos los no-ganadores, invitados por decisión del jurado al considerar nuestros textos… textos de perdedores, perdedores dignos, supongo.
(Obviamente estamos en ese punto en el que ya se ha proclamado solemnemente quiénes eran los ganadores.)
Primero leerá la chica que ha ganado el accésit. Su cuento lleva por título: “La mecedora”. La muchacha es «altamente follable», como me indica el colega que tengo sentado al lado (también aficionado a los tacos, Bret Easton Ellis y las metáforas absurdas). Ambos nos presentamos a concurso y a ambos nos llamaron a los dos meses por teléfono para informarnos de que «tienes posibilidades»; luego nos indicaron el lugar de la entrega de premios y nos desearon suerte. La voz de la organizadora que llamaba era, según mi colega, «de locutora», y por tanto «seguro que estaba buena».
La muchacha comienza a leer “La mecedora”. Empieza así:
La madre de mi madre era una mujer robusta. En el jardín de su casa había un manzano que yo me quedaba mirando por la ventana mientras ella me preparaba la merienda. Recuerdo el tacto de sus manos, arrugadas pero suaves y experimentadas…
La muchacha lee con seguridad, pero en cierto momento sus ojos se llenan de lágrimas y tiene que detener un momento la lectura (la gente aplaude; se oye un «¡guapa!»). Mi colega me da un codazo y pone los ojos en blanco. Luego sabríamos que el texto era autobiográfico, y que la abuela había muerto recientemente. Con todo, el cuento resulta neutro y hace que te ruborices en muchos pasajes (los pasajes en los que debería emocionar). La prosa es correcta y tan académica como cabe esperar, y el final es de esos para echar al montón, una imagen pretendidamente poética en la que se ven las costuras de planificación por todos lados. El texto no respira por sí solo, es totalmente dependiente de las concesiones del lector. Y lo peor es que ni siquiera es un tío quien lo ha escrito (con el dañino ímpetu mojabragas que eso puede conllevar), así que encima la chica ha sido honesta, lo cual te lleva a la conclusión de que no tiene y no tendrá jamás ningún talento real.

Luego va a leer el tío del segundo premio. Cabe decir que antes de la lectura, la organizadora/presentadora tiene una pequeña charla con el escritor (y me refiero a una charla en el atril, delante de todos). La mujer hace un pequeño resumen del currículum del ganador, y va apostillando con preguntas. En este caso, el segundo premio se lo ha llevado un señor de unos cuarenta años que es panadero. La tía le hace comentarios como: «Y con lo que madrugas y demás, aún tienes tiempo para escribir?», o, «¿Conoces a más gente de tu profesión que escriba?», e incluso «Vaya vaya, panadero y escritor eh…». Cuando dicha charla cristaliza al fin en cierta humillante condescendencia, dejan que el hombre comience a leer su texto (cara roja, claramente mosqueado). El titulo: “Amor sin par”.
Enseguida descubrimos que el tono es el mismo que el de la chica sin abuela materna. Todo es… superficialmente profundo… o profundamente superficial. Nuevamente el texto es como un crío al que tienes que llevar protegido a todos lados, inocente, que no alcanza a tocar casi nada con su manita porque su propio creador no le deja. Es como esas parejas que se dicen «Te quiero» y «Cariño» con tanta asiduidad que a la larga las palabras ya sólo son ruido, y carecen de significado, por más que sean producto de la sinceridad.
Éste es aún peor que la chica, me susurra mi colega. A mí me parece igual, le digo. No, me contesta, la chica al menos era guapa… Es el tipo de diálogos que solemos tener. En cierto modo nos divertimos constatando el correcto y previsible “buen gusto” del jurado (algo muy habitual en los certámenes). El panadero ya ha abandonado el atril. Lo ha hecho entre los institucionales aplausos, dejando la mano derecha de la presentadora suspendida en el aire cuando esta intentaba darle la enhorabuena nuevamente.

El ganador del primer premio firma como Florencio Sabato Kirchner. La presentadora se esmera en pronunciarlo correctamente. A mi colega le comienza un ataque de risa que no puede sofocar (indicativo de que antes cuando se nombraron los ganadores no se había enterado). ¿Así se llama?, susurra, no me jodas, así hubiera ganado el certamen hasta presentando un extracto bancario de la cuenta corriente…
Cuando el tipo sube al atril, bueno… eso no ayuda a sofocar las risas de mi colega, que además se me están contagiando. El hombre lleva un jersey blanco de cuello alto, perilla, pelazo, unas gafas de montura marrón de tamaño considerable. Tiene treinta años y seguramente unas cuatro páginas de currículum (el tiempo que tarda la mujer en resumirlo sólo empeora la situación), la organizadora habla con él como un hobbit que tuviera a Gandalf delante (eso me da mala espina; se avecina un coleccionista de braguitas echadas a perder, pienso). Todo hace que nos sea muy difícil frenar el cachondeo; cualquier detalle de la charla te hace pensar en la presentadora y él cenando con velas, «haciendo el amor», yendo al cine o haciéndose regalos.
Como sea, somos los únicos a los que nos hace gracia el hombre, su nombre y todos sus logros. Mi colega le mira, me mira y dice: «Era el destino…». Nos tapamos la boca justo antes de que el tío empiece con la lectura. La presentadora alza un brazo y nos mira; representa una posturita de profesora enfadada. Entonces, el claro ganador del certamen por designio divino, empieza a leer.
Título: “La mancha”.
Reconozco que el tío tiene muchos más recursos que el segundo premio y el accésit. Aun así, ninguna acción o descripción de la narración escapa nunca de provocar seguro en muchos lectores la sensación de que luego necesitarán algún tipo de Almax para el cerebro. A medida que el cuento avanza, por otro lado, se vuelve cada vez menos “Faulkneriano de garrafón” y cada vez más previsiblemente mojabragas. La historia es la de una mujer que pierde a su marido y tiene que sacar ella sola a dos niños adelante. Pasa de secretaria a camarera, y de camarera a prostituta. Todo viene a ser una especie de disección lírica con «mensaje» que guarda relación con la «crisis económica» y la, a menudo inevitable -y para mí ya irritante- apología de la madre coraje (o mujer sola, etc.).
Al final, en estilo creo que la lectura ha sido destacable (aunque muy pesada, de las que te presentan al autor quitándose un par de costillas para poder “llegarse”), y el contenido en general, tan trascendente como aburrido (debido sobre todo a las formas).
El aplauso es atronador. Supongo que es un tipo listo y sabe vestir. Mi colega, aún imbuido en su coña, aprovecha para gritar: «¡Queremos verte ese pollón!».
Ya hemos visto esto decenas de veces. Sea como sea, ambos sabemos que, sobre todo, lo que es el tío, es un mentiroso.

Una hora más tarde estamos en cierto bareto cercano, y nos damos cuenta de que hay mucha gente de la que había en la entrega de premios (por cierto: 5000 eurazos para PseudoFaulkner, 2000 para el panadero, y 1000 para Heidi).
Al fondo, vemos al ESCRITOR de pie con dos amigos. Pedimos cerveza y no podemos evitar observarle. Dos chicas que estuvieron en la lectura se acercan a saludarle.
Sigue funcionando, dice mi colega.
Claro que funciona, le digo. La gente se llena la boca con la Verdad y lo importante que es, pero eso muchas veces no suele ser más que otro argumento para quedar bien, para destacar, para ligar. Es decir, otra mentira.
Ese tío no ha escrito un relato, ha diseñado un vehículo para su lucimiento apelando a uno de los trucos más manidos (mujeres que lo pasan mal, pobrecitas). Su gesto ha cambiado radicalmente al pasar de hablar con sus colegas a hablar con las dos chicas. Poco después ellas le conducen a un reservado, y comienza lo que parece una entrevista. Una revista digital, dice mi colega. Es increíble que algunas aún tengan estómago para tragarse… eso, digo. Las tiene en el bote, tío, dice mi colega. Seguro que también escribe poesía, digo. Voy al lavabo, dice mi colega.
No puedo evitar acercarme (disimulando fatal) a la zona de la entrevista. Una de las dos chicas tiene una libreta en la que toma notas. Las dos le miran con algo entre adoración y timidez. Sentiría envidia -o más envidia- si no fuera porque lo que hace el tipo es como sacar una zanahoria para que los conejitos acudan a la trampa. Porque eso es lo que es, y es lo que más se lleva, lo que casi nadie quiere reconocer que en el fondo no es más que eso, engañar. Además, lo más triste del asunto es que la mayoría de gente no podría escribir un buen cuento o un libro, pero este tío podría. Es lo que creo. Tiene todo el potencial necesario para hacerlo; pero en lugar de eso, lo único que él quiere son lo que mi amigo llama siempre: «chochitos».
La gran paradoja, es que todo ese talento y sensibilidad que ellas ven en él, no es más que un plan. Donde ellas ven a alguien atento y capaz, en realidad sólo hay un pseudo-intelectual que raya la misoginia. Es la clase de persona que no mueve un dedo si no puede conseguir algo a cambio. No se trata del arte. Casi nunca se trata del arte.
Ese halo de superioridad que se ve en algunos artistas (o artistas oficiales), surge precisamente de esa actitud que consiste en centrar todas tus energías no en la obra, sino en el después de la obra. ¿Qué pasará con esta obra? ¿Me conseguirá algo? Da igual si son chochitos o dinero o reconocimiento. Si quieres lastrar tu idea, sácala del núcleo fuerte de tus esfuerzos, conviértela en mero peldaño para subir un poco más en cualquier faceta de tu vida.
Lo que el tío está haciendo es vender la monserga de que es él mismo, en la vida y en la literatura. De que no hay sótano ni buhardilla ni cajones secretos en él. Él ama los libros. En lo poco que he oído de la entrevista, ha vertido unas veinte referencias. Tantos autores y tan densos, que incluso a los treinta años -y teniendo en cuenta su frondoso currículum-, es difícil que haya podido leerlos a todos con la suficiente atención como para acordarse de algo más que el título y los colores de las cubiertas. Leer a la mayoría de autores que salen de su boca, a bote pronto es como masticar cartón. Quiere hacerles creer a las chicas que él es selectivo, cuidadoso, crítico; pero en general, sobre todo dice, pues eso, que tiene un pollón, y que si alguna de ellas va a querer verlo.
Mi colega vuelve del lavabo. Se llega hasta donde estoy, observa la escena con descaro. Es increíble, me dice, a los veinte años eso es normal, pero ¿ser LQY a los treinta? La entrevista se alarga y alarga. El motivo por el cual mi colega y yo tenemos un radar de lo más fino para captar a este tipo de sutiles farsantes, es que nosotros lo fuimos años atrás. Es casi un estilo literario (y de vida). Un género. No siempre es impotencia, llega un momento en que sabes que si te esfuerzas, al menos un diez por ciento de lo que escribas no será basura. Pero a cierta edad es posible que eso te importe un carajo. Date una vuelta por entregas de premios o lugares en que reine ese ambiente. Al principio está muy bien jugar sólo a impresionar, y quizá incluso metas mano o consigas algún polvo gracias a poemas baratos o prosa pseudo-melancólica; pero a la larga, es como convencer a dos chicas ebrias para ir a tu piso, y una vez allí, hacerles un espectáculo de marionetas mientras les pides que por favor no se desnuden. Te das cuenta de que lo que podrías hacer (o crear) a largo plazo, se está perdiendo por culpa de tu ansia de placer ya. Crees que estás aplicando tu habilidad perfectamente para conseguir cosas a cambio, pero lo único que estás haciendo es irte de la fiesta antes de tiempo.
Mi colega y yo miramos al tío ya sin disimular. Es nuestro nuevo proyecto científico. Treinta años… Para nosotros es como haber descubierto el hueso de un dinosaurio no catalogado. ¿Has visto lo que hace con las manos?, dice mi colega. Cada vez que nombra un autor, se rasca la nariz y mira hacia otro lado. Cabrón, murmuro… Practica algo muy sutil. Mi colega y yo teníamos un amigo en la universidad que hacía exactamente lo mismo. Era una especie de timidez ensayada; para cuando la chica se quería dar cuenta, ya tenía la lengua de aquel capullo perforándole el ano. Pero a lo que se refiere mi colega, es a que este tío tiene la técnica tan perfeccionada que es prácticamente imposible pillarle en falso. Sólo hay algo que le delata, y es lo mismo que en sus textos: sobrecarga tanto la actuación que podría acabar haciendo que las chicas pasaran de estar impresionadas a comenzar a resoplar mentalmente. Todo en su lenguaje corporal es casi perfecto, pero le pierde la verborrea.

Hace unos ocho años que se disolvió el LQY (acrónimo de Lo Quiero Ya). Poco después de graduarnos, nueve chicos (entre los que estábamos mi colega y yo), estudiábamos el modo de parecer realmente auténticos siendo en realidad unos farsantes. Muchos acudíamos a talleres literarios (lo cual, ahora sé que era una especie de autoflagelación por nuestra actitud). Teníamos básicamente dos objetivos: Mujeres lectoras y Certámenes literarios con dotación económica. Pero era complicado. Dependiendo de la mujer había que trazar uno u otro plan (teníamos catalogados más de veinte procedimientos que sabíamos habían funcionado), y dependiendo del certamen, había que idear un relato u otro, y también especificar el estilo, investigar al jurado… En cuanto a las mujeres lectoras, en las categorías más importantes, las había clásicas (poesía renacentista), más “fáciles” (toneladas de prosa de bestseller y novela romántica), y luego las había con ansia por descubrir “nuevos estilos” (algunas veces bastaba con hacer imitaciones cutres de Bukowski). Al principio todo aquello parecía una estupidez, como una versión literato-terrorista de “El club de los poetas muertos”. Pero con el tiempo descubrimos que funcionaba al menos la mitad de las veces. Parecía haber perfiles de lectora igual que había perfiles de certamen literario. Llegamos a recaudar entre todos treinta y cuatro mil euros en cinco años. Algunos de los miembros acabaron casados con chicas que habían conocido vía poesía impostada y artificial (aunque no supimos más de ellos).
Ahora sé que aquello no se trataba de fórmulas. Lo que pasaba es que allí había chavales con talento, un talento irrefrenable. Y algo más positivo que descubrí, es que aquel experimento hizo que nos hartáramos de escribir de aquel modo maquinal, y todos respiramos aliviados cuando todo acabó y pudimos soltarnos y escribir de verdad.

El ESCRITOR se disculpa con las chicas (no sabemos si ya ha acabado la entrevista, él actúa todo el tiempo) y se va al lavabo. Mi colega me da un codazo. Le seguimos. Ese ejemplar de nuevo LQY tiene que saber que al menos nosotros le hemos calado. Nosotros, que apenas hemos conseguido publicar nada, y mucho menos ganarnos la vida con ello. Porque en cierto momento decidimos ser honestos con nosotros mismos. (Nota: Hay algo más, y es que las técnicas del LQY no funcionaban con las editoriales, y a ellos no les ibas a incluir en el currículum los siete orgasmos que le provocaste un día a Fulanita porque antes de quedar contigo te había leído y pensaba que eras auténtico…)
Mi colega comienza a hacer de poli malo. Es una afición extraña que tiene, la de acosar a gente en los lavabos. Es algo habitual siempre que salimos de fiesta. Se acerca a los tipos que están meando e intenta provocarles. Eso es lo que hace ahora el ESCRITOR, mear. Esperamos a que un chaval salga y nos quedamos solos con él.
Así que… ¿LQY?, dice mi colega en voz alta.
¿Es a mí?, dice el ESCRITOR. No lo sé, dice mi colega, ¿es a ti? (Nota: El inicio de este diálogo tiene una explicación. Después del fin del LQY, hubo más LQY’s con otros nombres, aunque todo el mundo supiera del original. Hubo más escritores que se unieron en pos de follarse todo lo que se moviera; también hubo estudiantes de bellas artes, hubo escultores, ha habido de todo, y todo bajo la sombra del LQY. Así que no es de extrañar que el escritor sepa de sobras de qué habla mi colega, aunque él pueda formar parte de un grupo bautizado de un modo distinto.)
Dime, dice mi colega, ¿de dónde has salido?
¿Cómo?, dice el ESCRITOR.
Que de dónde has salido, le susurra al oído, y luego poco a poco va subiendo la voz a medida que sigue hablando: porque tío, tu forma de escribir canta opera, y el show que estás montando ahí fuera con Lolita y Lolita 2 ya da directamente vergüenza.
Y qué, dice el ESCRITOR, ¿qué vas a hacer?, aunque tengas razón no puedes hacer nada… (Otra nota: Es verdad, da igual que nos hayamos percatado de la verdadera naturaleza del ESCRITOR. El fenómeno del LQY sólo ha llamado la atención entre los tíos; ninguna mujer necesitaría impresionar a nadie con un puto poema o un relato, y quizá a ningún hombre le hace falta que una mujer tenga mundo interior para pasar “un buen rato” con ella. Lo cual quiere decir que, para ellas todo ese rollo del LQY se ha quedado en leyenda urbana, y, muy erróneamente, suelen creer que no las podrán engañar. Sin olvidar que el tema no da para salir del lavabo y dejar al tío en bragas con dos frases; habría que dar demasiadas explicaciones; tantas que antes quedaríamos nosotros como unos frikis que él como el farsante que es.)
Miro a mi colega, que respira en plan matón y mira con desafío la nuca del ESCRITOR. El tío ya se está subiendo la cremallera. Se da la vuelta, mira a mi amigo y dice: ¿Qué pasa?
Mi colega y yo nos quedamos mirándonos. No hay nada que hacer.
Bienvenidos de vuelta al mundo real, dice el ESCRITOR.

[Arriba, un poco de PJ Harvey, que siempre viene bien. Abajo + pin-up.]

El ascetismo natural

Al parecer el tío se llama Bruno, y dice que promete no volver a hacerlo. Y lloriquea, aunque casi nadie en el local sabe qué ha hecho. Hay seis tíos trajeados y armados. Que se sepa, nadie ha llamado a la policía. Alguien ha cerrado la puerta y ha arrastrado una maquina tragaperras para bloquearla. Dentro hay unas veinte personas, casi todo universitarias (hay cuatro mesas copadas de apuntes, sillas con mochilas, carpetas, las respectivas Lolitas sentadas en las sillas; y al menos al principio, están llorando o a punto de llorar. Uno de los matones no deja de mirarlas y se acaricia la entrepierna). No es lo que se dice un «bar» en realidad, es más bien uno de esos antros minimalistas, decorados con ínfulas de arte moderno, sirven frankfurts y bocadillos (llamémoslos así) que encajan sospechosamente con la estética decorativa; es la clase de lugar que atrae a ciertos jóvenes de los que evitan meterse en tugurios de obreros en los que nadie tiene conocimientos sobre arte pictórico, en los que nadie ha leído un libro desde hace ya la tira.
Y Bruno, arrodillado en el suelo, no deja de lloriquear y de repetir que no volverá a hacerlo. Uno de los matones le apunta con una pistola -con ademán aburrido- a la cabeza. Quien parece el cabecilla, el Padrino o lo que sea, le hace preguntas a Bruno, y todas reciben la misma respuesta. Una chica interrumpe de vez en cuando. Parece tener unos dieciocho años, lleva aparatos y dice que «lo más coherente sería que nos dejaran salir a los demás de aquí». Pero en ningún momento ninguno de los cinco mafiosos ni el cabecilla ha prestado aún atención a la muchacha.
Bruno dice que no volverá a hacerlo porque está arrepentido. Su tono es el de alguien que no puede mentir ni decir la verdad; demasiado asustado para tener convicciones o una opinión sobre nada. Al rato, la universitaria que interrumpía, ha dejado de hacerlo y se ha puesto a dibujar en una libreta, mira la escena y dibuja, mira… y dibuja.
Cuando ya han pasado veinte minutos y Bruno ya está comenzando a recibir culatazos en la sien, algunas chicas se han calmado y han comenzado a consultar su móvil. Y Bruno grita que sí, que lo ha hecho, pero que no volverá a hacerlo, en serio, por favor. El cabecilla le dice que si le matara ahora mismo, no tendría que preocuparse por que un cabrón mentiroso como él siga danzando por la ciudad, con sus triquiñuelas asquerosas, su boca apestosa largando más de la cuenta.
El relato que empieza a escribir en su portátil uno de los pocos universitarios varones que hay en el local, empieza así:
“Su boca era la eterna promesa de un mañana mejor. La redondez de sus labios púrpura, dejaba entrever todo el placer que el ímpetu femenino podía provocar con un solo beso…”
El matón que no deja de acariciarse la entrepierna (un ostentoso bulto ha crecido en sus pantalones), también pistola en mano, dice en voz alta que si oye a alguien hablar por su móvil, «no dudaré». Ahora ya casi todas las estudiantes han vuelto a sus apuntes; las que trastean en sus “teléfonos” han levantado levemente la cabeza con gesto neutro para mirar al mafioso, y luego han vuelto a lo suyo.
Bruno recibe otro culatazo y esta vez la nariz le empieza a chorrear sangre (el tabique roto); el cabecilla se la pinza con dos dedos y le zarandea, el tipo grita de dolor.
Una de las universitarias alza el brazo con convición. El hombre corpulento del bulto en el pantalón la mira y le concede la palabra. “Necesito ir al baño…” El mafioso afirma con la cabeza, y se va detrás de ella. Un chico sonríe mirando la pantalla de su Iphone, se lo muestra a la chica que tiene al lado; la chica sonríe y llama la atención de otra chica que está sumergida en su Smartphone; los cinco universitarios de esa mesa acaban mirando todos la misma pantalla. Todos sonríen y luego enseguida se vuelven a centrar en sus asuntos. Para entonces, el cabecilla ya le está arrancando un diente a Bruno con unos alicates salidos del bolsillo interior de su chaqueta. El suelo entre ellos está cada vez más pringoso de sangre. Ahora resulta que quizá Bruno tenga cierta información que interesa a los tíos trajeados.
La chica que había ido al lavabo, sale a los pocos minutos de él recolocándose la falda, enseguida sumergida otra vez en la pantalla de su Htc. El mafioso sale detrás de ella, ya sin ningún bulto en el pantalón.
“Oídme -dice la universitaria que dibuja y sin levantar la vista de la libreta-, no sé vosotros, pero yo esta noche aún tengo que hacer un trabajo, luego por la mañana voy a currar, y por la tarde tengo que ir a la uni, así que…”
¿Tú no tienes que ir al lavabo, cariño?, le dice el mafioso que ya no tiene un bulto en el pantalón.
No, gracias, estoy bien -y murmura-: yo no soy de esas…
Bruno ha comenzado a vomitar. Porque uno de los cinco mafiosos se ha meado en su boca mientras otros dos le sujetaban. Yo tengo ganas de cagar, ha dicho luego el cabecilla, así que ya puedes estar largando lo que queremos oír…
En una de las mesas, las universitarias ya hablan entre ellas cuchicheando. Un tal Dani le ha puesto los cuernos a su novia, «¡llevaban cinco años!». El «chico nuevo de segundo» ha tenido «un accidente de moto y se ha quedado tetrapléjico…; en serio, ¡no os riáis!». Una de las chicas se echa a llorar mientras habla de su conflictivo novio y lo poco que «está por mí». «El profe de lite es genial», «Lo creas o no, yo siempre compro en Zara», «Para los picores ahí, hay remedios, tía», «¿Qué entra en el examen del viernes?», «Hay un chico que me encanta, tiene veinticinco años y ha montado una editorial»…
Bruno grita atragantándose mientras el cabecilla le arranca el dedo meñique de la mano derecha (lo hace con sus propias manos). Quien había dejado de tener un bulto en el pantalón, no ha dejado de acariciarse y vuelve a tenerlo. Otra chica acaba alzando el brazo. “Pero yo quiero ir sola”, dice. No-no-no, murmura el del bulto, si vas tiene que ser conmigo, cariño. “Pues me mearé encima”, dice ella. No te dejaré, dice él. La chica se levanta de golpe, corre hacia la puerta del lavabo e intenta llegar y poner el pestillo antes de que el mafioso llegue. No lo consigue.
Bruno pierde otro dedo. Lo que hace el cabecilla es romperlo, y luego tironea hasta separarlo de la mano. “¿Nos vas a decir lo que queremos saber, Brunito?” Alrededor, excepto los mafiosos, todo el mundo consulta su móvil de forma unánime otra vez. Una de las muchachas abre mucho los ojos mirando una pantalla, y susurra: «¡Qué mono!». La chica que sigue dibujando, pregunta con tono neutro «quién de vosotros» va a ser el que hable mañana con cierto profesor para que entienda por qué ella no ha tenido tiempo hoy de acabar cierto trabajo. La segunda chica que fue al lavabo, sale ahora de él junto al mafioso nuevamente sin bulto, lleva el rímel corrido y la blusa descolocada; camina temblorosa hasta la mesa en la que estaba con cuatro amigas más. Al sentarse, la que tiene al lado deja de mirar la pantalla de su Iphone y murmura con repentina gravedad: «¿Qué te ha pasado, guapa?». No quiero hablar de ello, contesta la muchacha. «¿Por qué?». No quiero; me da palo, tía. «¿Por qué?». Porque no. «Pero si hablamos te sentirás mejor; yo siempre te lo cuento todo…». Ya, pero no quiero hablar de esto. «Pero si no lo hablas…». ¡Me han violado!, ¿vale?, ¿ya estás contenta? Todas las chicas en su mesa se miran entre ellas con gravedad. La de su lado dice: «¿Cuándo ha sido, cariño?, si nos lo cuentas te sentirás mejor».
Bruno tiene ahora un globo ocular colgando. Uno de los tipos trajeados le inyecta algo en el cuello. No sirve de nada. El hombre ya no habla, sólo balbucea, grita y babea; ya no es un transmisor potencial de información. Muy buena idea, le dice el cabecilla a uno de los compañeros. Eres gilipollas, añade, y: dame esa cuchara, haz el favor.
La música ha estado puesta todo el tiempo en el bar, aunque los camareros han desaparecido, seguramente por alguna puerta trasera. Suena un tema de Jamiroquai; dos chicas se levantan y comienzan a bailar la una muy cerca de la otra, lentamente; sonríen y se miran con artificial lascivia. Bruno se arrastra y pide haciendo gárgaras con sangre que lo maten, por favor. El cabecilla le ha cortado el cuello pero no ha dado con la yugular, y ahora todo está realmente perdido de sangre y nadie ha muerto aún. El tío del bulto habitual en el pantalón, le quita la navaja al cabecilla. «Déjeme a mí.» Empieza a rebanar el cuello hasta que el arma blanca toca en algo duro. Luego clava el cuchillo con insistencia hasta que consigue partir hueso. Después tira de la cabeza y la separa del cuerpo. Una chica se levanta contoneándose y riendo, y va hacia el lavabo. El tío del bulto suelta la cabeza y esta rueda hasta los pies de la muchacha del dibujo. La chica la aparta de sí de una patada, diciendo: «Por Favor… Qué Perdida… De Tiempo». El tío de las erecciones se arrodilla, se saca el pene enhiesto y coge el cuerpo tirando de los brazos. Dos chicas cuchichean entre ellas, se tapan la boca y sonríen. Un chico espolea a la que parece su novia para que mire; esta le empuja con una risita y prosigue con su pantalla táctil. El mafioso mete su pene en lo que parece el conducto de la traquea, y comienza a embestir con los ojos cerrados.
Son las once de la noche. En pocos segundos, el semen sale disparado hasta el interior del cadáver. Dos de los trajeados apartan la máquina tragaperras de la puerta. Fuera en la calle no hay nadie, excepto algunos chicos que han salido a fumar de un bar de enfrente. La chica del dibujo sale del local resoplando, incluso antes que los mafiosos. Dentro, algunas chicas se quedan un rato más. Dos de ellas deciden desnudar el cadáver para solucionar una apuesta. Una de las mesas sigue con sus seis universitarias enganchadas a sus teléfonos. Todo lo que importa está fuera, lejos; todo aquel que te importe. Eso dicen sus ojos neutros, el reflejo de una pantalla clara en ellos. Una de las que ha desnudado el cuerpo aún caliente, quiere hacer otra apuesta: «treinta si ahora se la chupas treinta segundos». No se oyen sirenas de la policía. La última chica que entró en el lavabo, sigue en él sentada en una taza; sigue esperando la visita del mafioso que se fue hace ya rato, tranquilo y satisfecho, silbando con el resto de hombres trajeados.

[Arriba, un par de temas de Pixies, para amenizar la velada, la que sea … Abajo + pin-up.]