El ascetismo natural

Al parecer el tío se llama Bruno, y dice que promete no volver a hacerlo. Y lloriquea, aunque casi nadie en el local sabe qué ha hecho. Hay seis tíos trajeados y armados. Que se sepa, nadie ha llamado a la policía. Alguien ha cerrado la puerta y ha arrastrado una maquina tragaperras para bloquearla. Dentro hay unas veinte personas, casi todo universitarias (hay cuatro mesas copadas de apuntes, sillas con mochilas, carpetas, las respectivas Lolitas sentadas en las sillas; y al menos al principio, están llorando o a punto de llorar. Uno de los matones no deja de mirarlas y se acaricia la entrepierna). No es lo que se dice un «bar» en realidad, es más bien uno de esos antros minimalistas, decorados con ínfulas de arte moderno, sirven frankfurts y bocadillos (llamémoslos así) que encajan sospechosamente con la estética decorativa; es la clase de lugar que atrae a ciertos jóvenes de los que evitan meterse en tugurios de obreros en los que nadie tiene conocimientos sobre arte pictórico, en los que nadie ha leído un libro desde hace ya la tira.
Y Bruno, arrodillado en el suelo, no deja de lloriquear y de repetir que no volverá a hacerlo. Uno de los matones le apunta con una pistola -con ademán aburrido- a la cabeza. Quien parece el cabecilla, el Padrino o lo que sea, le hace preguntas a Bruno, y todas reciben la misma respuesta. Una chica interrumpe de vez en cuando. Parece tener unos dieciocho años, lleva aparatos y dice que «lo más coherente sería que nos dejaran salir a los demás de aquí». Pero en ningún momento ninguno de los cinco mafiosos ni el cabecilla ha prestado aún atención a la muchacha.
Bruno dice que no volverá a hacerlo porque está arrepentido. Su tono es el de alguien que no puede mentir ni decir la verdad; demasiado asustado para tener convicciones o una opinión sobre nada. Al rato, la universitaria que interrumpía, ha dejado de hacerlo y se ha puesto a dibujar en una libreta, mira la escena y dibuja, mira… y dibuja.
Cuando ya han pasado veinte minutos y Bruno ya está comenzando a recibir culatazos en la sien, algunas chicas se han calmado y han comenzado a consultar su móvil. Y Bruno grita que sí, que lo ha hecho, pero que no volverá a hacerlo, en serio, por favor. El cabecilla le dice que si le matara ahora mismo, no tendría que preocuparse por que un cabrón mentiroso como él siga danzando por la ciudad, con sus triquiñuelas asquerosas, su boca apestosa largando más de la cuenta.
El relato que empieza a escribir en su portátil uno de los pocos universitarios varones que hay en el local, empieza así:
“Su boca era la eterna promesa de un mañana mejor. La redondez de sus labios púrpura, dejaba entrever todo el placer que el ímpetu femenino podía provocar con un solo beso…”
El matón que no deja de acariciarse la entrepierna (un ostentoso bulto ha crecido en sus pantalones), también pistola en mano, dice en voz alta que si oye a alguien hablar por su móvil, «no dudaré». Ahora ya casi todas las estudiantes han vuelto a sus apuntes; las que trastean en sus “teléfonos” han levantado levemente la cabeza con gesto neutro para mirar al mafioso, y luego han vuelto a lo suyo.
Bruno recibe otro culatazo y esta vez la nariz le empieza a chorrear sangre (el tabique roto); el cabecilla se la pinza con dos dedos y le zarandea, el tipo grita de dolor.
Una de las universitarias alza el brazo con convición. El hombre corpulento del bulto en el pantalón la mira y le concede la palabra. “Necesito ir al baño…” El mafioso afirma con la cabeza, y se va detrás de ella. Un chico sonríe mirando la pantalla de su Iphone, se lo muestra a la chica que tiene al lado; la chica sonríe y llama la atención de otra chica que está sumergida en su Smartphone; los cinco universitarios de esa mesa acaban mirando todos la misma pantalla. Todos sonríen y luego enseguida se vuelven a centrar en sus asuntos. Para entonces, el cabecilla ya le está arrancando un diente a Bruno con unos alicates salidos del bolsillo interior de su chaqueta. El suelo entre ellos está cada vez más pringoso de sangre. Ahora resulta que quizá Bruno tenga cierta información que interesa a los tíos trajeados.
La chica que había ido al lavabo, sale a los pocos minutos de él recolocándose la falda, enseguida sumergida otra vez en la pantalla de su Htc. El mafioso sale detrás de ella, ya sin ningún bulto en el pantalón.
“Oídme -dice la universitaria que dibuja y sin levantar la vista de la libreta-, no sé vosotros, pero yo esta noche aún tengo que hacer un trabajo, luego por la mañana voy a currar, y por la tarde tengo que ir a la uni, así que…”
¿Tú no tienes que ir al lavabo, cariño?, le dice el mafioso que ya no tiene un bulto en el pantalón.
No, gracias, estoy bien -y murmura-: yo no soy de esas…
Bruno ha comenzado a vomitar. Porque uno de los cinco mafiosos se ha meado en su boca mientras otros dos le sujetaban. Yo tengo ganas de cagar, ha dicho luego el cabecilla, así que ya puedes estar largando lo que queremos oír…
En una de las mesas, las universitarias ya hablan entre ellas cuchicheando. Un tal Dani le ha puesto los cuernos a su novia, «¡llevaban cinco años!». El «chico nuevo de segundo» ha tenido «un accidente de moto y se ha quedado tetrapléjico…; en serio, ¡no os riáis!». Una de las chicas se echa a llorar mientras habla de su conflictivo novio y lo poco que «está por mí». «El profe de lite es genial», «Lo creas o no, yo siempre compro en Zara», «Para los picores ahí, hay remedios, tía», «¿Qué entra en el examen del viernes?», «Hay un chico que me encanta, tiene veinticinco años y ha montado una editorial»…
Bruno grita atragantándose mientras el cabecilla le arranca el dedo meñique de la mano derecha (lo hace con sus propias manos). Quien había dejado de tener un bulto en el pantalón, no ha dejado de acariciarse y vuelve a tenerlo. Otra chica acaba alzando el brazo. “Pero yo quiero ir sola”, dice. No-no-no, murmura el del bulto, si vas tiene que ser conmigo, cariño. “Pues me mearé encima”, dice ella. No te dejaré, dice él. La chica se levanta de golpe, corre hacia la puerta del lavabo e intenta llegar y poner el pestillo antes de que el mafioso llegue. No lo consigue.
Bruno pierde otro dedo. Lo que hace el cabecilla es romperlo, y luego tironea hasta separarlo de la mano. “¿Nos vas a decir lo que queremos saber, Brunito?” Alrededor, excepto los mafiosos, todo el mundo consulta su móvil de forma unánime otra vez. Una de las muchachas abre mucho los ojos mirando una pantalla, y susurra: «¡Qué mono!». La chica que sigue dibujando, pregunta con tono neutro «quién de vosotros» va a ser el que hable mañana con cierto profesor para que entienda por qué ella no ha tenido tiempo hoy de acabar cierto trabajo. La segunda chica que fue al lavabo, sale ahora de él junto al mafioso nuevamente sin bulto, lleva el rímel corrido y la blusa descolocada; camina temblorosa hasta la mesa en la que estaba con cuatro amigas más. Al sentarse, la que tiene al lado deja de mirar la pantalla de su Iphone y murmura con repentina gravedad: «¿Qué te ha pasado, guapa?». No quiero hablar de ello, contesta la muchacha. «¿Por qué?». No quiero; me da palo, tía. «¿Por qué?». Porque no. «Pero si hablamos te sentirás mejor; yo siempre te lo cuento todo…». Ya, pero no quiero hablar de esto. «Pero si no lo hablas…». ¡Me han violado!, ¿vale?, ¿ya estás contenta? Todas las chicas en su mesa se miran entre ellas con gravedad. La de su lado dice: «¿Cuándo ha sido, cariño?, si nos lo cuentas te sentirás mejor».
Bruno tiene ahora un globo ocular colgando. Uno de los tipos trajeados le inyecta algo en el cuello. No sirve de nada. El hombre ya no habla, sólo balbucea, grita y babea; ya no es un transmisor potencial de información. Muy buena idea, le dice el cabecilla a uno de los compañeros. Eres gilipollas, añade, y: dame esa cuchara, haz el favor.
La música ha estado puesta todo el tiempo en el bar, aunque los camareros han desaparecido, seguramente por alguna puerta trasera. Suena un tema de Jamiroquai; dos chicas se levantan y comienzan a bailar la una muy cerca de la otra, lentamente; sonríen y se miran con artificial lascivia. Bruno se arrastra y pide haciendo gárgaras con sangre que lo maten, por favor. El cabecilla le ha cortado el cuello pero no ha dado con la yugular, y ahora todo está realmente perdido de sangre y nadie ha muerto aún. El tío del bulto habitual en el pantalón, le quita la navaja al cabecilla. «Déjeme a mí.» Empieza a rebanar el cuello hasta que el arma blanca toca en algo duro. Luego clava el cuchillo con insistencia hasta que consigue partir hueso. Después tira de la cabeza y la separa del cuerpo. Una chica se levanta contoneándose y riendo, y va hacia el lavabo. El tío del bulto suelta la cabeza y esta rueda hasta los pies de la muchacha del dibujo. La chica la aparta de sí de una patada, diciendo: «Por Favor… Qué Perdida… De Tiempo». El tío de las erecciones se arrodilla, se saca el pene enhiesto y coge el cuerpo tirando de los brazos. Dos chicas cuchichean entre ellas, se tapan la boca y sonríen. Un chico espolea a la que parece su novia para que mire; esta le empuja con una risita y prosigue con su pantalla táctil. El mafioso mete su pene en lo que parece el conducto de la traquea, y comienza a embestir con los ojos cerrados.
Son las once de la noche. En pocos segundos, el semen sale disparado hasta el interior del cadáver. Dos de los trajeados apartan la máquina tragaperras de la puerta. Fuera en la calle no hay nadie, excepto algunos chicos que han salido a fumar de un bar de enfrente. La chica del dibujo sale del local resoplando, incluso antes que los mafiosos. Dentro, algunas chicas se quedan un rato más. Dos de ellas deciden desnudar el cadáver para solucionar una apuesta. Una de las mesas sigue con sus seis universitarias enganchadas a sus teléfonos. Todo lo que importa está fuera, lejos; todo aquel que te importe. Eso dicen sus ojos neutros, el reflejo de una pantalla clara en ellos. Una de las que ha desnudado el cuerpo aún caliente, quiere hacer otra apuesta: «treinta si ahora se la chupas treinta segundos». No se oyen sirenas de la policía. La última chica que entró en el lavabo, sigue en él sentada en una taza; sigue esperando la visita del mafioso que se fue hace ya rato, tranquilo y satisfecho, silbando con el resto de hombres trajeados.

[Arriba, un par de temas de Pixies, para amenizar la velada, la que sea … Abajo + pin-up.]

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8 comentarios en “El ascetismo natural

  1. Bestial, el día de Navidad en la mesa éramos casi doce personas, mi tío y mi tía me miraban atónitos mientras ocho de los allí presentes miraban sus smartphones y hablaban sobre ofertas, gigas, megapíxeles y mensajes… Fue un día de navidad extraño. Mira si soy burro que no sabía hasta hace unos instantes que lo he buscado en internet que era ser ascético, no sé si es correcto, pero esa comida de Navidad fue un tanto ascética. Relato brutal

  2. Demasiado gore para mi gusto. Entiendo (o creo entender) lo que persigues al contrastar esa sangría con la actitud de los miradores de smartphones, pero yo hubiera preferido una violencia más contenida. Claro que a lo mejor el efecto no habría sido el mismo. En cualquier caso, es tu cuento, no el mío.

    Me ha gustado mucho esto: Una de las mesas sigue con sus seis universitarias enganchadas a sus teléfonos. Todo lo que importa está fuera, lejos;. Creo que es un colofón brillante. Sin embargo, no entiendo muy bien la frase que viene a continuación: todo el que te importe. ¿Es correcta? ¿Querías ponerla exactamente así?

    1. Uh, me ha sonado rara ahora esa frase sí, la he corregido. En cuanto a la violencia, de haber sido más contenida habría resultado más “realista” (aunque pasan cosas así en el mundo), y eso habría hecho que la actitud de indiferencia alrededor quizá no contrastara como yo quería. Los personajes tenían que ser una parodia de personas reales. Lo que pasa en el cuento pasa en la vida real, sólo que no pasa en un mismo contexto, ni en la misma habitación, aunque las consecuencias sigan siendo terribles y las actitudes sean igual de condenables. Ese era el ejercicio que quería intentar.

      Gracias por pasara y leer.

      1. Probablemente tengas razón. Si cogiésemos muchas de las cosas que pasan en el mundo en grupos reducidos de a dos y las pusiéramos en la misma habitación, a lo mejor el efecto resultaría aún más grotesco e irreal. Y lo peor es que no lo es.

        Gracias a ti por escribir

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