La mascota de la existencia

Tu vida es un edificio inmenso de cristal en el centro de cierta ciudad, en realidad dos: una ratonera tipo torres gemelas. Hay tantas… Es otra granja de hormigas orgullosas. Miles de mentes brillantes planeando el modo de que pese a los bandazos políticos todo siga igual. Todos con tareas individuales, tan concretas y vistas tan de cerca que es imposible que se sientan profesionalmente culpables de absolutamente nada. Forman parte de las empresas que lo manejan todo a su aire. A todos les ha costado demasiado llegar hasta ahí como para permitirse el lujo de tener ataques de ética o moral (o poesía). Demasiado profesionales para tener demasiados principios o una visión global de nada. Porque hay mucha pasta en juego, hay incluso ligues en juego, toneladas de aceptación y miradas de aprobación. Sexo pseudo-monógamo. Lo que importa es lo que te reporta a corto plazo tu puesto, tu papel en el engranaje.
Un trabajo de bajo perfil era la peste.
Tú tenías que ser un piso amplio o una casa a las afueras, planes, viajes. El coche que querías. Quizá la mujer que pegaba contigo.
Eras empresas legales y con los papeles en regla. Limpias de polvo y paja según las leyes. La era de la tecnología, de la confusión. La sobreinformación como aliada. Barriste en la selectividad e hincaste codos en la universidad. Unos pocos años y ya te considerabas algo más que digno de respeto. Pensaste en un máster para competir con la inflación académica (porque todo era una competición). Señalaste a una Julieta con el dedo y ella acudió al sentirse halagada. Elegiste un sitio en el que vivir. Un estilo de vida. Porque tú «controlabas». En tu fuero interno, agradecías el haber estado demasiado ocupado para dudar. Agradecías el hecho de que muchas mujeres se hubieran aferrado a cierto tipo de feminismo para pasar a ser una especie de versión tuya con tetas. Eras diligente, luego eráis diligentes en pareja, y luego erais inteligentes sorteando los baches conyugales y vitales. Cierta sesgada filosofía optimista os ayudaba a barrer la mierda bajo la alfombra si algún día todo olía particularmente mal y no sabíais por qué.
Ese olor os irritaba. Pero vosotros erais unos «luchadores», sabíais mover el culo cuando hacía falta. Sabíais sonreír antes de ser felices. El orden era el siguiente: Sonrisa-acción-recompensa-sonrisa. No cabía la idea de venirse abajo. Qué coño, el mundo era un lugar maravilloso, y vosotros ejemplos a seguir en su seno. Ésa era la actitud.
Tuviste en las manos un par de libros delgados de Borges que no compraste, sólo acompañabas a un amigo. Conociste a una chica que te emocionaba y ponía patas arriba, pero ya tenías novia y vivías con ella. Porque tú sabías organizarte.
Pero esa otra chica se convirtió en un fantasma; eso te hizo dudar sobre si ibas a saber controlar la realidad como tú creías. Puede que no todo se redujera a nóminas y escaparates y el placer de las pequeñas cosas. Quizá te comenzaras a preguntar de qué hablaban las canciones. Al parecer había algunas mierdas que no sabías barrer bien bajo la alfombra. Las reuniones sociales revitalizantes y los álbumes de fotos digitales podían comenzar a ser cada vez menos útiles. Tenías miedo de no saber cómo seguir alimentando tu ego en el futuro. El piso era bonito, todos tus amigos lo decían cuando les invitabas a pasar al salón, a la cocina, los dormitorios, dos lavabos. Ésa era tu vida. Y aun así el terror surgió y podía adoptar distintas formas. Puede que en cada foto con tu novia se viera un resplandor extraño en una esquina: el fantasma; la kriptonita de tu sentido del control. De repente sentías pánico de haber tenido demasiado pánico por llegar a los treinta sin haberlo hecho todo. Y un día escuchas cierto tema de The doors y no es bailable ni alegre, y te das cuenta de que aun así te gusta. En suma, tienes un sueño recurrente; caes y caes hacia el suelo desde el piso tropecientos de tu edificio de oficinas. Y en cada ventana por delante de la que pasas, ves el reflejo no de tu cuerpo, sino del cuerpo de cierta chica que no es la que te ha asegurado mientras ibais de anticuarios que quiere tener hijos antes de los veintiocho.
Te preguntas qué habrá sido de los demás, la peña de tu promoción. Si ellos también estarán bordeando los treinta con una sensación de inseguridad que no tiene nada que ver con la sensación de seguridad que tenías a los veinticinco. No es justo, piensas, me han vendido toda la vida que esto iba de seguir fórmulas. Y hasta los viajes de una amiga a África como “misionera”, ahora se te antojan poco más que otro dato de una de esas fórmulas que de golpe comienzas a sospechar que sólo son reales de algún modo en los papeles. Fotocopias, logros, tu gloriosa huella, tus notas. Guardas tus notas ejemplares desde la primaria, y no entiendes por qué si superaste todas las pruebas con creces ahora no sabes cómo seguir sintiendo la sensación de seguridad que siempre ha formado parte de ti. ¿Era todo mentira?
¿Es posible que hayas comenzado a sentir cuando te ha dado por comenzar a pensar? No lo sabes, pero estás acojonado. Vuelve cada noche tu sueño recurrente, y comienzas a convivir con cierto ardor en el estómago porque no dejas de pensar en la chica, esa que no es la que te besa a diario a la vez que te da el bolso mientras pone el primer pie dentro de la siguiente tienda.
«Sentimientos. Qué sensación tan rara», te murmuras a ti mismo. Quizá es porque ahora tienes demasiado tiempo libre por las tardes. Ese es el problema, te estás dejando. Has cogido unos kilos. Te estás acomodando. Te ves sentado en casa pensando cosas que te parecen infantiles y a la vez venenosas, cosas como: «¿Por qué esa chica me gusta más que mi novia si mi novia es más guapa?». Hacéis buena pareja tu novia y tú, y dice que te quiere. Y tú también se lo dices a ella. Pero no contabas con ciertos imprevistos potenciales; como el de que no sería tu agenda siempre quien decidiera tu futuro. O el de que los fantasmas existen, pero no sólo los que hacen bajar el alquiler de ciertas casas supuestamente encantadas. O el imprevisto más gordo de todos: el de que quizá le estuvieras diciendo «Te quiero» a alguien, sí, pero puede que fuera más por el sentido de propiedad que aplicas a todo que por un sentimiento real. Quiero acabar mi carrera. Quiero mi piso. Quiero una mujer. Quiero un microondas nuevo.
Sigues sentado una de esas tardes, y te invade la terrible idea de que quizá te has comido toda la mierda tú en lugar de al menos barrerla o librarte de ella. Has oído que incluso hay gente que mete toda esa mierda en bolsas y la alejan de sí mismos, aunque todo ese rollo casi te suena a leyenda urbana. Y en todo caso, eso es gente rara, seguro que se acaban quedando solos, y seguramente son poco fiables. Además, ¿cómo vas a justificarte si intentas cambiar las cosas? Siempre has sido transparente y estás orgulloso de ello. Ahora tu vida es plácida. Y así, sentado, decides que todo va bien. Hazlo una vez más, te dices. Fuerzas tus comisuras y empiezas a formar una mueca con tu cara. Esa mueca se va pareciendo poco a poco a una sonrisa. Es lo que dicen: sonríe. Sonrííííe. No seas un amargado. Si sonríes, la felicidad vendrá sola. Aprende a valorar lo que tienes, es lo que dicen. Tu vida, tu mundo tal y como es. El edificio de cristal, la granja de hormigas, todos tus logros. Tu mujer, que es más guapa que esa otra (obvia ese vuelco al corazón que te acaba de dar, sólo traerá problemas). Sé realista y deja las cosas en paz. Pon la tele. Ahora tu mueca ya es casi el reflejo de una risa de verdad. Así se hace. Así controlarás tu vida.

[Arriba, un temilla de The Doors. Aabajo + pin-up.]

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5 comentarios en “La mascota de la existencia

  1. Así controlarán tu vida, será el perfecto muñeco de cuerda…

    Me encantan tus relatos, aunque con el tamaño de letra y es poco espaciado de líneas, me cueste un esfuerzo leerte.

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