Turbulenta historia de amor

¿Qué puedo hacer yo?, se dice el escritor otra vez, si sólo sé hacer esto: rajar. No soy lo suficientemente valiente ni bondadoso, se dice, lo que sé hacer es argumentar quejas. Y lo piensa mientras comienza a escribir otro cuento en que el protagonista es un escritor. No le puedes pedir a alguien así que ayude a las viejecitas a cruzar pasos de cebra, se dice. Alguien con tal narcisismo mal disimulado. Queriendo ser desgraciado al estilo de los escritores malditos porque son anti-héroes guays en la literatura y el cine sobre ellos. Así que lo que haré será seguir rajando, se dice, no soy mejor que eso.
Es verdad, no puedes esperar de él algo más que monólogos pseudo-políticos que claman justicia a la puerta de un bar mientras se pela de frío con otros fumadores. Referencias, citas de otros, chulería; la misma inutilidad de siempre. De hecho, en múltiples ocasiones el escritor ha condenado no demasiado convencido ciertos actos de vandalismo en las manifestaciones; aunque él sabe que ese clamor por la paz y la no protesta de tipo activista, a veces no es más que un modo de justificar su propio no activismo. A veces los discursos por la no violencia podrían encubrir cierta apología del conservadurismo. Cualquiera sabe que los cambios históricos importantes casi siempre han sido producto de un baño de sangre. Y nadie quiere ser un conejillo de indias o un héroe. Hoy, ser inteligente, tiene que ver con creer en la idea de que esos cambios se podrían hacer a través del diálogo. Lo que se pregunta el escritor mientras escribe sobre otro escritor que sólo es otra vez otro alter ego suyo, es sí eso no será una utopía. Es decir, ¿cuándo en un país eso ha sido así? Ni siquiera hace falta pensar en dictaduras, en las democracias basta con salir a la calle y gritar tu opinión en primera línea para que te dejen frito a palos… Así pues, ¿cómo se dialoga si quienes toman las decisiones delegan en tíos que van con cascos y armados? ¿Cómo razonas con alguien que sólo sabe “dispersarte” si te haces oír demasiado?
Aun así, el escritor suele redactar columnas semanales, en las que para evitar que se pueda pensar que está loco o es un inconsciente, insiste en discursos épicos a favor del «diálogo». No puedes hartarte de nada, tienes que calmarte y seguir tragando, como el ser inteligente, optimista y reposado que eres.
Tienes que ir a votar incluso con esa democracia.
Al menos si aún no te va del todo mal.

El escritor relee los tres párrafos de cuento que lleva. Es vagamente interesante, estiloso. Seguramente vacío. Es para una revista y no pagan mal. El texto tiene una pátina de modernidad y realismo sucio que puede hacer que a algunos les guste. Es un cuento sin muchas ideas pero con un traje bonito, y da pie a varias etiquetas potenciales para definirlo. Se basa en lo que ya casi es un subgénero: un escritor que está bloqueado, y la subsiguiente y aburrida odisea solitaria+alcohol+muchas mujeres (nota: sí, en la ficción siempre suele haber alrededor de estos tíos aproximadamente diez veces más mujeres que en la realidad).
Si el escritor mira por la ventana, vuelve a comprobar que debería comprar cortinas (es un asunto que ha estado evitando desde que se instaló hace cinco meses), y además puede ver el aparcamiento enorme de cierto supermercado en el que trabaja Clarisa (llamada normalmente Isa), una chica de unos veinticinco años, tranquila y apolítica; algo así como lo contrario a una universitaria copada de tareas que sufre por dudas como si estudiar un master o no, o por cómo puede parecer segura e inteligente en ciertas reuniones con gente de treinta ya con masters y trabajos de alto perfil.
Un día el escritor fue a hacer su compra diaria, y al salir decidió fumarse un cigarro junto a unas mesas y asientos de granito que parecen dispuestas para el tiempo de descanso de los trabajadores (sobre todo en primavera y verano, pero que en invierno también son útiles si fumas). Clarisa estaba apoyada en una de esas mesas, fumaba su cigarrillo. Él dejó sus dos bolsas con la compra sobre una mesa adyacente, y procedió a encenderse el suyo. Luego -aunque con el tiempo al escritor le ha extrañado dada la timidez de Clarisa- se produjo uno de esos momentos de colegueo entre drogadictos de bajo perfil. Hablaron sobre el frío que hacía, sobre que ya no se puede fumar en sitio alguno, sobre la “inmortalidad” de los no-fumadores… Fueron unos quince minutos (dos cigarros por cabeza) de relajada conversación. Luego ella entró en el supermercado otra vez (había acabado su tiempo de descanso), y el escritor volvió a su cuchitril pensando en salir a hacer la compra a la misma hora al día siguiente.
De hecho, desde su ventana, puede ver a lo lejos las mesas y los asientos de granito.

Ahora, el escritor hace una pausa de su relato, un poco más satisfecho que unos párrafos atrás (aunque no borrará nada); su personaje ha conocido a una chica que trabaja en un edificio de oficinas, y cada día se hace coincidir con ella en cierto bar al que la muchacha va sola en su tiempo de descanso. El cuento es absolutamente ficticio, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. De hecho el personaje de la chica se llama Verónica, es oficinista y tiene siempre una opinión sea cual sea el asunto social o político. Hay muchos aspectos que… bueno, que hacen que el cuento no tenga nada que ver, en absoluto, para nada, con la realidad.
Lo del potencial romance entre los personajes y demás… es algo genérico, universal, ¿acaso el escritor no puede abordar ese tema sin que haya absurdas sospechas?
La gente ve demasiados programas del corazón, eso es lo que pasa, se dice el escritor.
Se viste y prepara para salir a hacer la compra diaria. Ya son las once de la mañana. Clarisa suele salir a comer y fumar a eso de las once y veinticinco, y vuelve al trabajo a las doce. El escritor sabe que su turno es el de siete a tres de la tarde. Hace semanas que, casi a diario, coinciden (…) en esas mesas de granito, y comentan la jugada, observan pasar a la gente con sus carritos, ponen los ojos en blanco cuando pasa alguna familia con dos críos armando escándalo, etc. Él, para ella -por lo que parece- aún sigue siendo sólo ese tipo que hace la compra a eso de las once. Ella, para él, bueno, ya es muchas cosas; en resumen, esencialmente esas cosas tienen que ver con buena parte del contenido de la música, el cine y la literatura producidos a nivel mundial hasta la fecha. Eso, y unos siete relatos y medio escritos por el propio escritor. Relatos que, para nada, en absoluto, de ningún modo o manera, son autobiográficos. ¿Qué cojones se piensa todo el mundo?, ¿que el escritor no tiene imaginación? Putos paletos que sólo ven televisión…

En la calle hace el frío cojonero habitual de esta época en la ciudad. El escritor intenta recordar cuánto hace que conoció a la muchacha; cree que hace dos meses. Se sube la cremallera de la chaqueta a conciencia. Cruza la calle y luego entra en la zona de aparcamientos. La relación del escritor con el clima cuando éste baja de los cinco grados, es poco agradecida. Suele sentir el frío, obviamente, sobre todo en la cara y las orejas, en las manos. Y cuando intenta llevar bufanda o guantes, acaba prescindiendo de ambas prendas a los pocos minutos. Los guantes le dificultan el fumar, y la bufanda siempre le pica y le acaba dando más calor del que necesita.
Con lo cual, ahora le tenemos caminando incómodo entre coches. Más o menos el setenta por ciento del estacionamiento está lleno de coches. Es el habitual culto al coche; hay gente por doquier que ya no sabe calcular lo que se tarda en llegar andando a ningún sitio. Todos miran al escritor con incredulidad cuando él asegura que sí, que fue al cine o a comprar ropa andando hasta el centro de la ciudad (25 minutos). Nadie entiende por qué no coge su coche y se tira una hora buscando aparcamiento y lidiando con los otros coches y los peatones. La gente le mira con los ojos como platos, como si ir en coche a cualquier sitio fuera algo que se limitara al trayecto en sí y luego tocaras un botón y el vehículo se convirtiera en una capsula que pudieras guardarte en el bolsillo. El escritor considera que caminando gana en tranquilidad, sólo está él y sus bolsillos, su tabaco; sólo debe alejarse del peligro; lo que a su juicio, significa aceras estrechas y familias numerosas; y ciertos locales; esos que suelen estar llenos de señoras mayores y niños; un ambiente a menudo resultado de centenares de chicas demasiado jóvenes que no abortaron por cabezonería de los padres o pura culpabilidad. O a veces simplemente son los hijos de aquellas personas que antes de tenerlos no paraban de decir que ellos seguirían haciéndolo todo igual, sólo que con sus hijos (claro, mientras estos estén con la abuela o la canguro). El amor es una cosa, pero cuando tienes críos el día no tiene de repente diez horas más. Y además, esos capullines… ¡son totalmente dependientes! Es como si a todo el mundo ese asunto de la procreación le pillara por sorpresa.
El escritor, aun así -e incluso con el frío-, considera que caminar es mucho mejor; y no es que él sea un deportista nato; bien sabe que se asfixia a los doscientos metros de carrera. Pero eso no significa que no pueda usar las piernas, o que vaya a ahorrarse el placer de simplemente llegar a un sitio y entrar, en favor de zonas azules y parkings. Sin olvidar que él sí tiene muy claro que en la vida puedes elegir entre tener hijos o no, con lo cual está ya bastante seguro de que sus retoños no le joderán a nadie nunca la tarde en una cafetería o el cine.

Es encantador, dice Clarisa, donde antes había fumadores ahora hay críos pequeños. Contaminación acústica, dice él. Vómitos, dice ella. Biberones en las mesas junto a cafés y cervezas, murmura él. Sí, dice ella, ahora es navidad todo el año. Hablan ambos sentados a la misma mesa de granito, fumando y sin mirarse, mirando a la gente que pasa, que entra y sale. Los niños se tiran de cabeza contra la cosas, dice él, lo hacen constantemente. Un pediatra diría que lo hacen por «experimentar», murmura ella. Las familias vienen y van. Es sábado, y al poco rato el aparcamiento ya está lleno hasta los topes. Se tiran de cabeza, dice él, y luego lloran como si alguien les hubiera dado deliberadamente el golpe, como si fuera una injusticia. Tiene su gracia, dice ella, de crío lloras gratis, por tonto, y de mayor pueden darte por saco a diario y te callas y pones el culo. Así eres digno, dice él. Deberíamos tener un crío, dice ella, ponerle Cancerbero de nombre y educarlo nosotros para variar, sin abuelas ni canguros de por medio.
Lo que hay en la mesa: restos del bocadillo de Clarisa, papel de plata arrugado, una botella de agua vacía, dos paquetes de tabaco a medio vaciar, un libro de Tom Wolfe (de ella), dos mecheros, dos latas de cerveza a medio tomar.
Ella habla con un tono cínico y neutro; debido a ello, puede decir prácticamente cualquier cosa sin que suene burda o fuera de lugar. El escritor le sigue el juego, aunque en realidad no le cuesta en absoluto, ya que su carácter es parecido. Eso no significa que ambos no puedan sufrir o padecer, o que no sean capaces de sentir celos. Estos encuentros son como lo que hay al otro extremo de un cumpleaños o una comida familiar. No tienes que preocuparte por nada, ella no le exige nada más que el hecho de que la deje compartir el momento con él, lo cual la hace particularmente atrayente. Jamás sonreirá sólo para complacerle; del mismo modo que no espera de él actuación alguna, ella no va a actuar tampoco. Es sencillo, y eso proporciona paz. Tanta, que a él le resulta estúpido exigir algo más de ella. Al menos por ahora. Ahora la relación es pura a varios niveles. No es etiquetable. Nadie le debe nada a nadie, y ninguno busca nada del otro. (Bueno, él sí querría más de ella, pero aún no sufre hasta niveles insoportables, por lo que de momento prefiere dejar en paz la situación.) Como sea, ella hace que se sienta bien. Cierto es que su carácter lo promueve algún tipo de desesperanza, pero eso le va más a él que el típico joven demasiado lleno de planes y ambiciones; el cual, con los años, ha comenzado a hacerle desconfiar; cree que es ese tipo de gente la que acaba con cargos de responsabilidad, y por los que muchas cosas son como son (y no precisamente las que son buenas).

Serse fiel a sí mismo siempre ha sido la base de la guerra del escritor consigo mismo. Y no solo a la hora de escribir. A la hora de escribir, de hecho, es relativamente fácil para él hacer eso. Le basta con no imaginarse a nadie concreto leyendo lo que escribe. Pero la vida que pisa y calza, eso es otra cosa. Ahí no puede obviar del todo a las demás personas. Ni a la chica del supermercado. Ahora, es a ella a la que menos puede obviar. No todo el mundo le produce la sensación de estar mirando el mar sin niños alrededor, sin ruidos, sin coches. Y ella consigue hacerle sentir así con niños alrededor, con ruido, con coches.
El personaje de su relato acaba suicidándose. Una noche sufre una especie de ataque de ansiedad; la chica oficinista ha tenido un accidente y ha quedado en silla de ruedas. El escritor -el del cuento- sabe que no es lo suficientemente fuerte como para afrontar eso, o digerirlo de algún modo. Se siente como basura. Y esa sensación comienza a comerle el seso a toda prisa durante la noche en que acaba llenando la bañera para cortarse las venas. Así dicho suena horroroso y muy duro, pero la narración lo ha suavizado considerablemente. Trucos sucios para salvar de algún modo el alma del protagonista; de hecho, su muerte sólo es un intento desesperado por parte del escritor -y aquí me refiero al narrador- por hacer quedar bien a su personaje de algún modo. Es una especie de cuento de hadas turbio: acaba mal pero al menos puede acabar mínimamente bien para el lector si éste se deja llevar por la retórica y los trucos de estilo a la hora de valorar el cuento. Es una trampa para lectores. El escritor no sabía cómo desarrollar el cuento, y mucho menos cómo acabarlo; con lo cual, se ha sacado de la manga un accidente de coche para zanjar el asunto. Un accidente de coche es realista: pasa todos los días y suele ser mero producto de la estadística. Habiendo tantos coches es imposible que de tanto en tanto alguno no acabe como un acordeón y chorreando sangre y tripas.
Esa es la trampa para osos que ha elaborado el escritor. Poco sutil, minimalista, hipster (este apelativo lo incluirá en el cuerpo del mensaje del e-mail en el que adjunte el relato; podría colar perfectamente), un cuento perfecto para la revista que lo requiere.

Es horrorosamente previsible cómo evolucionan los sentimientos cuando va pasando el tiempo y el escritor sigue viendo a la chica del supermercado. Hacia el tercer mes ya comienza a ensayar qué le dirá cuando intente decirle algo al respecto. Sabe que ella ahora no tiene pareja, «ni ganas»; aunque pocos días después, dijo: «creo que ahora sólo te soportaría a ti»; luego se sonrojó y sonrió. Y el escritor también sabe que vive sola, al igual que él, en un piso minúsculo que se lleva casi todo su dinero cada mes, «soy libre… ¿la libertad es así, no?».
Hay poderosos motivos por los cuales muchas películas románticas dejan de contarte la historia cuando ha terminado la primera fase del noviazgo entre los protagonistas. O incluso cuando aún no ha empezado y sólo se vislumbra.

[Arriba, entrevista de Letterman a Kate Upton. ¿Habrá tenido algo que ver en su escalada hacia el éxito la promoción sin cuartel que se le hizo en este blog el año pasado??… Pues no. Pero me ha hecho gracia verla ahí. Creo que le han dado algún premio, o quizá es “sólo” por la portada de Sports illustrated, o la han elegido como tía más buenorra del planeta o algo así, ni idea… En todo caso, me alegro, es una muchacha sana y con curvas… Abajo + pin-up. Y recordad, pasaros por Reuniones en la cumbre, esa cosa nueva en la que estoy metido; y ya de paso daros un paseo también por DESAPAREZCA AQUÍ.]

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5 comentarios en “Turbulenta historia de amor

  1. Para mí no es de los mejores, pero casi. Muy bueno (el muy en negrita).
    Nunca se pierde el tiempo al leerte, gracias por eso Jordi y disculpa por no comentar tan seguido. A los amigos con los que he compartido el link de tu blog les da pena poder decirte algo, es normal, creo. Igual quedan impresionados (al menos, que lo sepas).
    Saludos! 🙂

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