El nuevo cuento de terror moderno

El edificio de cristal que ves, creció de un terraplén hará unos diez años, dicen que sobre todo para blanquear dinero. Si entras al vestíbulo, cuando llegas a los ascensores, puedes observar entre los dos en la pared un rótulo indicativo (también de cristal) que te hace saber qué empresa ocupa qué planta.
Un chico espera ahí: traje de chaqueta, veintimuypocos, bolsa de mensajero a lo hipster; en ella: varias cosas y muy caras, tecnología. Pero sobre todo, hoy, su currículum: tres páginas y media.
El chico resopla. El ascensor no llega y no sabe en qué pensar, no hay nada en su cabeza. Sólo tiene una vaga sensación de miedo por lo que pueda pasar en la entrevista.
Luego, un par de chicas vuelven a su mente como por inercia, casi para que el cerebro tenga algo de comer. Una es menuda, morena, le gusta; aunque ha terminado un máster y eso no le gusta tanto: él solo tiene una carrera acabada, no tiene trabajo e intenta estudiar algo más a distancia. La otra es morena también, más guapa que la anterior y de la misma edad que el chico; también tiene (sólo) una carrera acabada igual que el chico; él se siente más cómodo con ella.
Aunque sabe perfectamente que interpreta a la perfección su papel de persona respetuosa, libre e individual con ambas; aun sabiendo que para los demás él no es alguien a quien le preocupen las clases sociales y las jerarquías, y que no valora a las personas según ciertos méritos sino por su humanidad. Aunque casi ha conseguido engañarse incluso a sí mismo respecto a todo eso, en el fondo sabe que es mentira, y que le trastorna bastante comenzar a salir con una chica con más estudios que él, aunque para él eso sea infinitamente mejor que salir, por ejemplo, con una cajera o, que sé yo, con una carnicera (a no ser que esos trabajos de bajo perfil estén sirviendo para pagar unos estudios, o para eso y para tener algo que hacer por las mañanas y no ser unas parásitas sociales, sino personas maduras que saben al menos dar la sensación de que respetan esos trabajos. Calmadas, inteligentes, no les importa llevar un delantal o servir copas, aunque enseguida te aclaren que en realidad están cursando a la vez algo para ser “alguien” en el futuro.
Todos estos pensamientos pasan en muy pocos segundos por la mente del chico, son un clásico en su cabeza. El ascensor no acaba de llegar, ninguno de los dos. El chico recuerda una novia que tuvo hará dos años; era unos años mayor que él. Estuvo realmente enamorado de ella (quizá la única vez que lo ha estado de alguien); ella jamás le juzgó. Entonces él comenzó a juzgarla y ella le dejó. La muchacha trabajaba en una librería, y no quería estudiar ninguna carrera de las que el chico, «por su bien», consideraba perfectas para ella. La muchacha, incluso pensó en estudiar unas oposiciones para en el futuro dejar de preocuparse por el trabajo y disfrutar de su tiempo libre más descansada y menos agobiada por la posibilidad de irse al paro de un día para otro. El trabajo era algo secundario para ella, y no digamos ya cierto tipo de ambición. Con el tiempo, el muchacho lo comentaba con sus amigos y la mayoría estaban de acuerdo: esa chica estaba perdida, estaba tirando su futuro, y si él no tenía intereses comunes con ella, lo mejor era que dejara de preocuparse por esa relación. Además, era ella la que le había dejado; seguramente por su propia inseguridad, que no sólo la dejaba impedida para labrarse una buena carrera profesional, sino también para tener una buena relación. Un tiempo después, el chico supo que la muchacha se lió con un bombero «o algo así» (al que incluso él llegó a conocer), y luego no supo nada más del tema.
La espera en el vestíbulo se le hace eterna. Le comienzan a sudar las manos. Él sí quiere hacer cosas, llegar lejos, y hacerlo del modo más lógico. Él sí se siente en la realidad, no construye castillos en el aire. Ha visto hacer eso algunas veces; pero él no va a caer en eso, va a madrugar todos los días y va a salir al mundo para adaptarse a sus reglas, va a repetir frases como «qué se le va a hacer » o «es lo que hay» todas las veces que haga falta. Sacrificio, él sabe que donde funcionan el sacrificio y el esfuerzo, es dentro del sistema. Conoce todos los mecanismos que dividen y unen a la gente, que te hacen parecer respetable o un perdedor; un vago o alguien realmente responsable. Sabe que, por suerte o por desgracia, lo importante es salir en la foto junto al sabio canoso tarde o temprano. Contactos, buena imagen, alimento para el prejuicio positivo ajeno. ¿Por qué escoger otro camino o intentar otra cosa?: el tiempo es oro. Y además, cuando se plantea otros modos de vida, su mente entra en un estado de vacío, un vacío extraño…
Es lo único que le desconcierta. De dónde procede ese vacío: por qué no puede llenarlo con algún tipo de lógica aprehendida en la vida real, con la que él cree tan capaz es de enfrentarse.

Varios años atrás. (No muchos…)
El chico se llama Andrés. Desde los siete u ocho años, se convierte en el favorito mental de mamá y papá, por encima de su hermana mayor, la cual es, según sus padres (y a no mucho tardar, él mismo): «una viva la vida». En el colegio no es exactamente un empollón, pero todos los profesores valoran su esfuerzo, su capacidad para acumular notables e incluso algún sobresaliente. No es un niño remilgado, no tapa con la mano su hoja del examen para que no le copien ni discute con los maestros para convertir un 7’5 en un 8. Tiene un carácter colaborativo e intenta siempre cumplir con sus tareas. Si algún día no ha podido hacer los deberes, llega a clase con una amplia nota explicativa de papá en la que el mismo se culpa de haberle entretenido con algún viaje o quehacer familiar, y que debido a eso «Andrés no ha podido hacer su tarea».
Al entrar en la adolescencia, su comportamiento se hace cada vez más recto y ejemplar. Con los años, se va construyendo una opinión sobre prácticamente cualquier cosa. Muchas veces, eso sí, se siente como una especie de farsante, al desarrollar teorías o conceptos para con los demás en ocasiones sin saber bien lo que significan o qué está diciendo, pero que, como sea, resultan, suenan creíbles. Ese modo de acción le hará aprobar algunas asignaturas incluso en la universidad.
Cuando tiene veinte años, está completamente seguro de que, sea lo que sea él, tiene calado al sistema, a la vida. No intenta desarrollar un proceder propio, sino que observa y hace un análisis cuidado sobre lo que «funciona», para luego intentar aplicarlo él.
No se trata de tener principios, piensa él. Se trata de seguir los únicos principios comunes que hay, sean los que sean. Lo cual es una de esas cosas que jamás diría en voz alta, y que sabe es el único principio en la vida de la mayoría de la gente.
De todo eso, obviamente, solo es consciente en los contados momentos en los que intenta averiguar «qué pasa», «quién es él» o «en qué clase de mundo habita». Pero por suerte para él, esos momentos de reflexión nunca pueden durar mucho, ya que normalmente siempre «está de camino», tiene que «acabar algo», «ir a dormir», «llamar a», contestar algún correo, preparar tal o cual proyecto, actualizar el currículum… Todo ese proceso, de durar el día diez horas más, podría hacerle pensar realmente, quizá recordar los tiempos en que salía al patio y los niños eran diferentes entre sí, y él diferente a todos ellos. Pero lo cierto es que, Andrés, siempre ha estado demasiado preocupado por enfrentarse a la vida del modo que todos esperan, demasiado para enfrentarse alguna vez a la cuestión de qué significa o puede significar eso, lo cual sería enfrentarse a sí mismo y quizá incluso acabar reivindicándose algún día, algo con lo que seguramente, piensa él, no se llega a ningún lado ni se consigue un trabajo respetable.

Al fin llega el ascensor. En el último momento, entra con él una chica. Al final, el tedio de la espera ha servido para que Andrés vuelva a esos pensamientos oscuros antes mencionados. Esas ideas inútiles que sólo pueden hacerle daño. Cuando has pasado tu vida hincando codos y confiando ciegamente en las manos firmes que te han guiado, resulta demasiado duro reconocer la posibilidad de que ese sistema pueda tener taras mucho más graves de lo que se cree, o de que pueda haber una vida igual o mejor fuera de él. Eso no puede ser. No puede haber tantos fallos de raíz, tiene que poderse arreglar la máquina aún y que no sea necesario tirarla e idear otra; no puede estar todo tan viciado, no puede ser que él haya entregado su vida y haya dedicado el núcleo fuerte de sus esfuerzos a la opción equivocada; o no necesariamente la equivocada, sino simplemente la opción que era equivocada para él. La idea de que quizá haberse arrodillado ante ese sistema haya podido moldear en él algo que ni se acerque a lo que es en realidad, es aterradora.
Sólo espera que todo eso no trascienda, que no se convierta en el nuevo cuento de terror moderno.
Aún hay argumentos sólidos (o que al menos suenan sólidos), con los que seguir quedando estupendamente aunque acabes siendo un hijo de puta metido en la más hija de puta de las empresas que haya en pos del capitalismo y la cultura del “vótanos, pero la única solución es que trabajes aún más por incluso menos”. (Lo de ser o no tú mismo, piensa Andrés, es un debate que la mayoría de gente ni se plantea, lo cual le hace respirar tranquilo. Él cree, muy en el fondo, que esa clase de conceptos de autorrealización auténtica casi abstractos hoy en día, son los que transforman a la gente y revolucionan la vida y la sociedad. Pero cabe recordar que la sociedad vigente, es la sociedad por la que él lucha queriendo o sin querer, y en la que encaja perfectamente.)

La chica del ascensor mira raro a Andrés. No como cuando una chica tiene curiosidad, ni porque Andrés tenga la cremallera bajada. Y desde luego no es porque la chica parezca atraída por él (es algo más alta, tiene algunos años más, y por cómo viste ni parece que trabaje en el edificio). No es que mire fijamente; sólo echa un vistazo de vez en cuando, y hasta parece dibujar con la boca algún tipo de sonrisa cínica. Andrés cree que nunca nadie le ha mirado así. Luego piensa con pavor que quizá sí le hayan mirado así muchas veces, pero cuando no se daba cuenta. Pero luego vuelve a estar seguro de que nunca nadie le ha mirado así, ni tan siquiera su hermana. Parece un gesto de sutil repulsión. Algo sin precedentes en el mundo de Andrés.
El ascensor parece ir a cámara lenta. Es como si esa mujer no sólo intuyera en él lo que todo el mundo intuye a bote pronto (buen aspecto, estudios, buen futuro, etc.), sino que además parece ver más allá de su camisa y sus ojos; es decir, también la parte cabrona, la parte que tanto le ha ayudado a estar donde está. Su facilidad para encajar al precio que sea. Es horrible, ella le hace sentir de un modo horrible; sus ojos azules, esos tejanos, el suéter… su boca maquillada, ese rojo explosivo, la melena castaña; aunque incluso le gustaría si no fuera por su modo de escrutarle y torcer esos labios.
El ascensor no acaba de llegar arriba. Andrés mira el marcador que indica los pisos por los que pasan, pero no hay ninguno iluminado. Sencillamente el ascensor sube y sube. La chica cada vez le mira con más descaro, ya sin apartar la vista cuando él le mira a los ojos. Él mira su reloj, ¿cuánto llevan ahí dentro ya, cinco minutos? Es entonces cuando intenta hablar con ella sobre el tema, le señala el marcador roto, le pregunta si ella trabaja en el edificio. Pero ella no dice nada, y a la vez ya no deja de mirarle, no hace pausas; la media sonrisa casi imperceptible se va volviendo cada vez más amplia y siniestra a juego con la mirada.
Él empieza a sudar. Esto tiene que ser una broma. Al mirar a la chica, que ya no deja de reírse claramente de él, su expresión parece así casi exacta a la de la novia librera que tuvo, la que le dejó aun teniendo él más ambición y currículum que ella, aun siendo él un «partidazo» e intentando ayudarla con su futuro, diciéndole que aún podía estudiar una carrera y convertirse en «alguien», que era tonta porque él lo estaba haciendo y obtendría su título, pero que ella así siempre viviría con su ínfima preparación y muchas más dificultades. Y cuanto más piensa en aquella chica que, joder, se repite una y otra vez, encima fue ella la que le dejó, más reveladora se vuelve la risa de la chica que le mira, como si supiera exactamente lo que él piensa.
Se aleja de ella todo lo que el ascensor le deja. Cada pared del mismo es un espejo de cintura para arriba. Eso no ayuda. La chica chica ríe y ríe, sólo para para respirar. Si él le dice algo, ella sólo ríe con más fuerza. Él se siente como si ese mundo abstracto y confuso que tanto teme, pudiera estar empezando a comerse el que él ha aprendido a amar, el del sacrificio siempre, el de poner la otra mejilla y el culo, el que lo ha traducido todo a números fuera posible o no; el que ha hecho que él escoja un camino frío y aséptico pero seguro, para así no tener que afrontar quizá ilusiones a las que temía, otros proyectos en los que no soportaría fracasar, y con los que a largo plazo no se sentiría mejor pensando que al menos lo intentó.
Entonces, pasados unos diez minutos de subir sin parar, el ascensor se detiene brúscamente, y la luz parpadea, aun sin irse. La chica se carcajea viendo la expresión de susto de Andrés. Él comienza a insultarla, sin conseguir reacción nueva alguna por su parte. La luz del ascensor vuelve a parpadear, lo hace a intervalos de unos cinco segundos. No hay teléfono ni botón alguno para llamar a nadie. Andrés saca su móvil y comienza consultar su lista de contactos sin saber qué hacer. La chica ríe tanto que se lleva la mano al estómago, como si ya le doliera de tan divertido que le parece todo. Se oye un sonido metálico arriba, fuera, como chispas, alguien cortando algo. La chica mira hacia el techo, pone la boca en forma de o, sin dejar de mirar de esa forma a Andrés. ¿Están cortando los cables o qué?, piensa él. Y comienza a gritar. ¡¡Eh, estamos aquí!! ¡¡Estamos aquí, joder!!
El marcador de pisos vuelve a funcionar de golpe; Andrés lo mira después de oír una especie de sonido líquido, casi imperceptible. Parpadean los pisos 27 y 28. Estamos entre dos pisos, le dice a la chica. Y ella empieza a reírse de él otra vez con fuerza. Él es claustrofóbico desde siempre, y cree que ella se burla de él por eso. O eso quiere creer, que se ha dado cuenta de eso y solo está siendo cruel. Pero lo cierto es que si es sincero consigo mismo (algo que tiende a evitar), la sensación sigue siendo la de que esa chica es el primer ser humano vivo que le ha calado del todo, incluso más que la librera o sus propios padres. Siente terror por primera vez en su vida. Terror físico, y también esa sensación de que alguien que no querías que supiera algo terrible sobre ti, acaba de enterarse, y además se está descojonando a tu costa mientras tú pierdes absolutamente cualquier tipo de encanto o crédito que hayas conseguido forjar en la impresión que esa persona tuviera de ti.
Luego, cuando él ya se ha sentado en el suelo (pero ella no; de hecho sigue tan fresca como una lechuga), el ruido sobre el ascensor ha cesado. La chica le sigue mirando, y aunque ha dejado de reírse, su expresión sigue encendida del peor modo, mirándole, y le mira como si fuera el peor despojo; hace que no con la cabeza, lentamente. “Te he pillado. Tu vida tal y como la concibes ya nunca volverá a ser la misma”. Hace que no con la cabeza. “Soy la mujer de tu vida”. Todo eso parece asegurarle sin mover los labios. “Soy la mujer de tu vida quieras o no, respondas lo que respondas cuando te pregunten. Este ascensor es lo más importante que te ha pasado nunca.”
A él le cuesta dejar de mirarla, pero no sabe por qué. Ella cambia su expresión poco a poco hasta su semblante inicial, su boca torcida, escrutando a Andrés. “La gente como tú es la que tiene la auténtica culpa de todos los males del mundo”.
Entonces, un ruido seco, metálico. Alguien usa una herramienta desde el piso 28, y hace palanca para forzar las puertas. ¡Estamos aquí!, grita Andrés. Alguien contesta que no se muevan por nada del mundo, que enseguida les sacarán. Andrés no puede dejar de mirar a la chica, y ella, a cada ruido de la herramienta, vuelve a reír otra vez. ¿Quién coño eres?, pregunta él, gritando. Ella se pone seria de repente, guiña el ojo izquierdo y vuelve a reír. “La mujer de tu vida”. Las puertas se están abriendo. Hay un hueco no demasiado amplio para salir. Es la primera vez que me pasa esto, piensa Andrés, sin saber muy bien a qué se refiere, y monta en pánico debido a ello, con las risas atravesando sus oídos. La herramienta consigue forzar del todo las puertas. Hay tres hombres uniformados. “Qué pequeño es el mundo…”. Uno de los bomberos le dice que si está bien. Sí, dice Andrés, estamos bien. ¿Estamos?, dice el bombero. La chica comienza a carcajearse descontroladamente, incluso señala con el dedo a Andrés. “Me río de ti, ignorante, recuérdalo siempre”. Uno de los bomberos le alcanza la mano. Andrés la sujeta. Su corazón comienza a bombear más rápido cuando ve que el tío es el novio de la librera. Andrés rompe a llorar como no lo hacía desde niño; su corazón, de hecho, bombea combustible fósil, y es la primera vez que no sabría jactarse de ello. La chica se arrodilla en el suelo, tose sin poder controlar las carcajadas.
Cuando Andrés ya está sobre el piso 28, respira hondo y mira hacia el ascensor. No hay nadie. ¿Estás bien?, le pregunta el novio de la librera.

[Arriba, trailer de “Prometheus”, la película más esperada por quien escribe de las que tienen que venir en mucho tiempo. Vuelvo a confiar en Ridley Scott. Abajo + pin up.]

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Un comentario en “El nuevo cuento de terror moderno

  1. Buenísimo. Claro que es el cuento de Terror de nuestras vidas. El statu quo se ríe en la cara de tu versión honrada, sacrificada y profesional que intenta no preguntarse demasiado qué m… significa todo eso y a quién le conviene que sea así. Lo de “lo has hecho todo bien para que todo vaya mal” es una de las frases que no me olvido de haber leído por acá.
    Tus relatos provocan a esas preguntas que uno no se quiere hacer y cuesta recuperarse. Siempre. Algunos quedamos tontos y nos olvidamos de comentar 🙂
    Un beso, gracias por este y por los anteriores.

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