Archivos Mensuales: abril 2012

Apocalipsis Calabaza

De repente pasa que cada vez que un chico recibe calabazas, las recibe literalmente. Intentas entrarle a una chica en una discoteca porque sigues creyendo que es el ambiente idóneo para hablar con ella porque crees que ella estará más abierta en todos los sentidos. Y ella te da una calabaza enorme de huerta que apenas puedes sujetar. Y ves la discoteca toda llena de tíos con calabazas entre las manos, el cubata roto en el suelo, y sin saber dónde dejar el muerto. Pero la chica había puesto varios “me gusta” en algunas publicaciones tuyas de Facebook y pensaste que era una invitación a algo, porque era una desconocida; y viste sus fotos –en apariencia todas abiertas al público–, estaba buena y pensaste que era una buena idea chillarle sugerencias el siguiente sábado por encima de la música en el local al que un pajarito (de esos que hay tantos que no veríamos la luz del sol si se materializaran como las calabazas) te dijo que la chica casi seguro iría, para quizá conseguir su teléfono y puede que planear un bombardeo controlado de mensajes más personalizados en los que se leyera entre líneas que, aunque no estás lo que se dice enamorado, has visto sus fotos, y que la vida son dos días y quizá podríais iniciar una sana relación sobre todo sexual amparada en una suerte de supuesto sentimentalismo que pocas veces suele ser real más allá de algo de cariño o la susodicha necesidad de sexo con alguien a quien tu grupo de amigos dé el visto bueno digan lo que digan luego entre ellos cuando no estás delante.
Pero lo de las calabazas se ha puesto de moda, y ahora en todos los locales hay calabazas por doquier (proporcionadas por los propios locales) y se ha disparado el mercado de las calabazas. Y los garitos de turno amanecen con la calle de turno llena de calabazas abiertas o reventadas, y nadie sabe muy bien cómo reaccionar con todo el asunto.
La cosa se vuelve cada vez menos higiénica y más asquerosa, de modo que algunas marcas comienzan vender calabazas artificiales en las tiendas de ropa y complementos que básicamente son habitadas por el mismo target consumista que las discotecas. Y comienza a haber calabazas Gucci y Prada y etc., y Zara comercializa una suerte de calabaza estándar que revienta el mercado hortícola artificial convirtiéndose en la sensación entre las chicas jóvenes, que pronto comienzan a llevar su calabaza los viernes y los sábados con ellas del mismo modo que llevan el bolso, el móvil y el maquillaje putero empastado en la cara. (Lo cierto es que la moda de las calabazas llega después de otra especie de moda, un uso generalizado “2.0” del maquillaje, que aumenta en cantidad –normalmente triplicándolo– el que las chicas se aplicaban antes, haciendo que al día siguiente, ver a la misma chica desmaquillada sea como ver su versión «humana», en contraposición con la versión histérica y excesiva nocturna.
Se abre cierto debate en los medios más idiotas sobre si lo de las calabazas no es una crueldad, y se suele comentar mucho lo violento que es el ritual de rechazo en las contadas ocasiones en que una chica recibe una calabaza sin ni tan siquiera haber tenido una noche de sexo con su objetivo (normalmente, además, el chico de turno la ha comprado exclusivamente para esa chica al saber que ella podía intentar algo con él, ya que raramente se ve al típico animal de discoteca engominado cargando una calabaza con él, ya sea real o de diseño).
Darle una calabaza a una chica es humillarla unas diez veces más que antes de la moda de las calabazas. De ese modo, la chica no puede cobijarse en lo alta que está la música o lo abarrotada que está la discoteca; no puede volver con su grupo de amigas y decir que el chico se ha ido o que no lo ve o que de cerca era tan feo que al final a decidido «pasar». Así pues, un chico que recibe una calabaza tiende a volver con sus amigos a veces incluso riendo y mostrándola casi sin vergüenza; pero una chica puede sentirse como si ni tan siquiera fuera válida para que se la follen, aunque al día siguiente despertara sola con la sensación de haber sido «utilizada».

Luego la calabaza comienza a verse fuera del ámbito de los locales nocturnos. Mujeres que se van de casa y en lugar de escribir una nota dejan una calabaza real en medio de la mesa del salón, y sus cajones y su parte del armario vacíos. Chicos que llegan a la bolera y en lugar de lanzar la primera bola, compran una calabaza artificial en el mismo centro, y la lanzan por la pista a modo de despedida ante sus novias (esto suele darse después de infidelidades femeninas descubiertas). Amas de casa que hacen ensaladas de calabaza. Cenas íntimas de Halloween en las que el anfitrión o anfitriona no ha vaciado ni perfilado ninguna sonrisa siniestra en la calabaza decorativa, para que la vea su pareja. Bodas en las que tras nuevos casos de infidelidad sabida, la novia o el novio le piden a alguien que les guarde la calabaza hasta que llegue el momento de decir «sí». Camareras que no sólo se dejan el anillo de casadas puesto durante el trabajo, sino que además llevan un pin-calabaza sonriente que te mira desde la pechera del uniforme. Novias de amigos que quedan un día para ir al cine contigo y que llevan el mismo pin a modo de broma que no es ninguna broma. Chicas recepcionistas que tienen siempre una calabaza “decorativa” plantada en el mostrador como aviso (muy habitual en los gimnasios). Anillos de boda con forma de calabaza. Tarta de calabaza en fiestas de cumpleaños infantiles llenas de padres y niños disconformes (con la tarta), como broma y a la vez no-broma, normalmente tras supuestos rumores de adulterio en el barrio. El caso de una mujer que dejó en coma a su marido a golpes de calabaza tras él sugerirle las bodas de plata después de haber tenido sexo con una veinteañera durante un año. Hombres que se follan a ligues y que no solo salen huyendo por la mañana, sino que dejan las puertas abiertas y vuelven al piso con una calabaza para dejarla en su lado de la cama. Un zeppelin con forma de calabaza que sobrevuela la mansión Playboy en respuesta de una de las chicas a Hefner-hijo tras una petición de boda. El grupo Calabaza Caliente, que arrasa en las discotecas durante un verano con la canción: “No me des la calabaza, mamita”. El meteorito-calabaza avistado por la NASA (en realidad no tiene forma de calabaza). En un estadio, grupos de danza perfilan formas con atuendos de colores en la ceremonia de clausura de las olimpiadas, formas de distintos tipos de calabaza, y acaban señalando al cielo y todo el mundo grita y aplaude mirando la luz de allí arriba y haciéndole cortes de manga. En los telediarios comienza a hablarse del “Apocalipsis Calabaza”. Se triplican las ventas de calabazas reales, y se multiplican por diez las de las calabazas de marca. A muy poco tiempo del fin del mundo, se comienza a vender el Ford Calabaza, el Opel Calabazas, el Calabazas Benz, etc. Un multimillonario crea la escudería Calabaza 1. Una chica inglesa se opera la cara y la cabeza para parecerse a la última calabaza de diseño de Gucci. Los coches se amontonan intentando huir de las ciudades por el Apocalipsis Calabaza. El ámbar de los semáforos ya es una calabaza que se ilumina. Hay antenas parabólicas con forma de calabaza. Tapaderas de cloaca. Condones sabor calabaza. Un chico colombiano se cambia el nombre por el de “Calabazo”. Existe la secta de Las Calabazas sagradas, la de Nuestro Señor Calabaza y la de Calabazas Vírgenes. Los moteros se tatúan el meteorito (falseando su forma para que realmente parezca una calabaza). Muchas familias se suicidan todos en la misma habitación junto a todas la calabazas reales y de diseño que tienen en propiedad. Se rumorea que los multimillonarios están huyendo del planeta en naves de una tecnología secreta hacia otro planeta habitable: el planeta bautizado como «Nueva Calabaza». Mucha gente comienza a llevar pins en los que se ve una calabaza-meteorito dentro de la señal de prohibido, junto a otro pin en el que se ve una sana calabaza terrícola. Muchas parejas agotan los últimos días practicando el sexo-calabaza, que consiste en juguetear con las tripas de la calabaza entre los dos cuerpos, mientras echan un traguito de zumo de calabaza entre coito y coito. El único canal (Canal Naranja) que sigue emitiendo en la recta final, ofrece casi todo el tiempo la repetición del concurso “Toma Calabazas”, en el que los concursantes comen calabaza y gana quien vomita el último. La revista Calabaza Total también se sigue distribuyendo hasta el final; el “Apocalipsis Calabaza” cubre casi todo el contenido; a excepción de la sección “La Calabaza da esperanza”, que sigue dando útiles consejos hortícolas sobre cómo cultivar las calabazas más sanas y hermosas posibles. Una pareja francesa insiste en casarse en un enorme huerto de calabazas a pesar del inminente apocalipsis ídem. La Miss Calabazas (alusión a los pechos) de 2032 declara a Canal Naranja: «esto ya lo dijeron los mayas-calabaza». La ilustre periodista Adriana Jonás escribe su último artículo para Calabaza Total; lleva por título: “Iglesias con forma de calabaza, y Dios ya se ha cansado”. Se forman reuniones a campo abierto de gente dándose la mano, cantando y brincando alrededor de montañas de calabazas (con el tiempo la calabaza natural pasa a ser llamada “calabaza analógica”; la calabaza artificial pasa a ser llamada digital). Se descubren bosques llenos de gente suicidada y abrazada a calabazas con valor sentimental. Normalmente familias, pero también multitud de nuevas sectas. Las sectas ganan más dinero que nadie poco antes del fin del mundo; todas se vuelven naranjas (en la jerga: alusión a que todas meten calabazas a presión en sus discursos). El ejercito dispara armas nucleares contra la piedra espacial (en un costado de cada misil hay una calabaza dibujada en blanco y negro; de hecho, la calabaza es el nuevo logo de cientos de empresas), pero no sirve de nada. Un polemista dice en el Canal Naranja que la humanidad merece morir; lo cual provoca la primera muerte en directo a golpes de calabaza por parte de un publico descontrolado (cabe aclarar que todo el mundo acabó llevando una calabaza consigo a todas partes; también los niños al colegio; lo cual hacía que no llevar una fuera casi como ir sin ropa de cintura para abajo). Muy poco antes del final, en las paredes de algunas ciudades hay artículos enteros escritos con graffiti sobre la redención-calabaza; sobre morir en un momento álgido consumista; sobre morir durante el mayor éxito de una campaña de marketing (de hecho ya existía el marketing-calabaza). Unos pocos se enterraron en dinero haciendo suyos los derechos de imagen de la calabaza como producto de huerta y símbolo (sobre todo un ex propietario de discoteca, que se rumorea ha creado una suerte de búnker-(forma de)calabaza subterráneo). Cuando el meteorito ya está llegando, algunas personas deambulan solas por las ciudades, aferrados a sus calabazas y a menudo llorando. Se abrazan a ellas, y tienen lo que todos ellos decidieron llamar: la propia tristeza-calabaza.

[Arriba un poco de Gorillaz. Abajo + pin up.]

Tres no-fábulas metálicas

MAEBA METAL

Planta ochenta y seis del músculo financiero de la ciudad. Una idea complaciente pasa por la mente de Maeba; sonríe hacia nadie y comparte la idea con ídem. Su vaso de cóctel a medias brilla de tal modo por la luz artificial que parece vino aun siendo ponche. Se han recolocado las mesas de oficina y se ha adecuado la planta para celebrar el vigésimo aniversario de la empresa. Se han instalado luces estroboscópicas, focos convencionales de colores; se ha contratado un Dj llamado Turbo y alguien ha querido incluir globos (todos azules y con el logo empresarial) que campan a sus anchas rebotando de unos dedos de manicura perfecta a otros. Los ventanales van del techo al suelo. Son antibalas. El edificio, de hecho, está pensado para soportar la colisión de hasta dos aviones comerciales.
Maeba sabe que su apodo entre los compañeros es Maeba Metal (acentuando en la segunda sílaba siempre, nunca aludiendo al heavy). Maeba Metal porque se la considera una de las chicas más impenetrables (en todos los sentidos) de la planta; se le presume una frialdad que a la larga ella ha agradecido, ya que la leyenda ha crecido hasta el punto de haber apartado a más de un moscón a quien considera poco más que un saco de semen corporativo.
Maeba tiene miedo de algunos de sus compañeros de ese modo en que se puede tener miedo de que un vecino tuyo pueda ser un violador o un pederasta. Los hombres de la planta ochenta y seis son todos productos de la autosuperación medida, con la cara siempre afeitada y brillante, siempre oliendo a cualquier cosa que no sea olor corporal, siempre con cierta actitud de humildad que parece disimular bastante mal algunos egos que prácticamente se pueden palpar ya a unos metros de distancia. La mayoría de hombres, pues, son tan tópicos como cabe esperar en este ambiente.
La mayoría de mujeres se parecen más a Maeba de lo que muchas querrían reconocer; y aun así son bastante distintas entre sí, con ciertas clases de filosofías volubles sobre si están viviendo como quieren, o hasta que punto querrían vivir de otra forma o estar con otros hombres que no son sus parejas actuales (un dato importante es que en la planta ochenta y seis casi todas las empleadas tienen novio o marido, y que a pesar de que el ambiente rebosa cierta clase de oquedad chic de principios del siglo XXI, la promiscuidad o el adulterio no parecen ser una constante).

Maeba oye ecos de las conversaciones. Todo rezuma ese ambiente de hilo de Facebook en que leas lo que leas casi todo carece de autenticidad debido a la inabastable distancia irónica (cuando no se trata directamente del típico peloteo) que aporta el tono general; hasta el punto de que si alguien llega a decir algo que parece de verdad (sea un comentario más o menos acertado), el contraste con el ambiente que todos han aceptado hace que esa sinceridad resulte violenta y totalmente fuera de lugar.
La ventaja que da la distancia irónica hace que puedas decirle incluso te quiero a alguien sin que eso incomode a nadie (a la vez que le incomodará mucho más de lo normal en ese contexto si parece que lo dices de verdad). Es algo así como la versión sobria de cuando dos borrachos se profesan amor eterno ya al borde del coma etílico. Es verdad y no lo es. No lo has pensado, la acción no ha sido inteligente, o puede que fuera verdad pero da lo mismo. Etc.
Obviamente al paso de las horas el alcohol va sustituyendo a la distancia irónica. Maeba Metal mira por los amplios ventanales. La ciudad abajo es una siembra de luces cada vez más escasa al margen del alumbrado público; los otros edificios son ya bloques de cristal vacíos regentados ahora por señoras de la limpieza del turno de noche.
Es viernes y es la cima del mundo, la de verdad, olvida a los escaladores. Dos tíos discuten cerca de Maeba sobre si un suicida saltando desde esta planta no moriría casi seguro infartado antes de estrellarse contra el suelo. Hacen muecas de probable saltador infartado, hablan del 11-S, se ríen y beben.

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MICROONDAS DE EMPRESA

Fíjate en esa zorra de hierro y sin corazón humano. Cada día la primera en la sala de recreo. Con su no sé qué comestible de administrativa pija. Cada día a las seis y media de la mañana (una hora antes de tener que ocupar su mesa). Me abre la puerta y mete esa especie de desayuno en plan postre caliente. No pongas ninguna servilleta encima, no, zorra idiota, deja que vuelva a salpicar todo aquí dentro.
Y luego enseguida llega el pipiolo, ése que es jefe o jefecillo, y que cada mañana se harta de mirarle el culo a la zorra. Cada mañana insinúa una posible cita entre ellos dos, a la que ella responde rechazandole con una indirecta (magistralmente bien orquestada y tajante para no ser directa). Hay que reconocerle habilidad a la zorra. El pipiolo sólo usa la máquina de café (créeme, seguro que has tenido máquinas de compañía más simpáticas). Los dos profesionales proceden a sentarse a una de las mesas. A ella no le importa que él espere a que ella elija una para sentarse él en la misma. Es todo tan patético que le dan ganas a uno de meterse varios rollos de papel de aluminio dentro y ponerse al máximo. El idiota se suele levantar para poner la tele de la sala de recreo (no hay mando a distancia), y mira a la administrativa esperando a que ella elija canal… Da mucha vergüenza ajena, a veces uno preferiría vivir en un piso de estudiantes calentando pizzas recalentadas todo el día. El pipiolo se va directo al canal que sabe que a ella le gusta, pero aun así siempre le pregunta si no prefiere ver otra cosa. Uno se pregunta qué clase de virilidad o ingenio está mostrando este tío para que ella pueda sentir por él algo más que un poco de pena. Te puedes imaginar tanto al tío fornicando con ella como a un secador de manos popular que contenta a todos. Menudo aguantavelas por voluntad propia. El primer aguantavelas que no necesita estar con una pareja; él se basta y se sobra sólo con la mujer.
Al cabo del rato el tío siempre suele volver a intentar concertar algún tipo de cita con ella. La segunda vez suele ser algo más directo. Al hecho indiscutible de que el tipo no tiene puta idea de cómo hablar con la administrativa, se suma la dificultad de que además él es jefe y ella empleada rasa. Eso lo hace todo aún más triste cuando ves que en ningún momento él parece en absoluto una figura autoritaria; ella en ningún momento se muestra cohibida o nerviosa. Así, habla con naturalidad, sarcasmo e indirectas otra vez muy directas, y vuelve a plantar otra calabaza enorme en el regazo del pipiolo mientras este sonríe estúpidamente antes de entrar a trabajar.

En esta empresa dejada de la mano de Dios, cuando la gente no tiene la suficiente imaginación para salir a almorzar fuera, vuelven a esta habitación inmunda con sus portátiles para verme a mí y a la maquina de café, la maquina de café siempre deprimida… Imaginate a uno de esos dramaturgos de ego inflado a quien las críticas teatrales siempre dejan por los suelos, y te harás una idea de cómo es la maquina de café.
Aquí, como decía, cuando la gente no sabe qué hacer, acaban en la sala de recreo soltando las perlas de siempre, rajando de todo el mundo y diciendo cosas como: “Si las paredes tuvieran oídos…”. Payasos oficinistas de alma amputada…
Al final, en el fondo, quien me cae mejor es el pipiolo. El pipiolo es un perdedor, pero al menos parece tener eso que llaman sentimientos. La zorra obviamente parece bastante lejos de tenerlos. Y el resto del personal… bueno, recuerdan bastante a los muñequitos del MSN, todos iguales, siempre iguales y planos por más que quieras cambiar el diseño (resulta irónico que ya no quieran usar precisamente MSN, es como si la herramienta hubiera comenzado a revelarse como ese reflejo metafórico de ellos y ellos lo hubieran notado…).
Es algo muy común en esta empresa, todos creen que cambiando detalles exteriores se podrán cambiar también por dentro. Si eres chico te compras otro móvil, si eres chica te cambias el peinado. Y todos juntos se pasan algún día a medios digitales de aspecto exterior más pulido. Para seguir diciendo cosas como: “Si esta mesa pudiera hablar…”.

El último día, a la hora del almuerzo, todos los muñequitos de MSN vienen como siempre, desfilan con sus víveres y sus portátiles y bolsos masculinos y femeninos. Caras perfectamente anodinas y redondas y sin expresión, dándote a entender que son un individuo más en el mundo y eso es todo, porque eso es todo lo que querían ser (y si les pones en tela de juicio, se desgañitarán por demostrarte que eso es lo que querían ser y punto). A diferencia de las mujeres, las cuales se podrían dividir al menos en dos o tres grupos, aquí los hombres se adaptan a la metáfora MSN de un modo natural y óptimo. No hay ninguno especialmente alto o bajo o viejo o joven, no hay ninguno especialmente guapo ni especialmente feo. Todos rondan los treinta, incluso los superiores, los jefes y jefecillos. Todos pertenecen a otra generación perdida más. Todos conservando y conservando y procurando que nada cambie (sea o no eso lo que les convierte en iconos de la depresión potencial).
El último día es cuando decido que, efectivamente, el pipiolo es el único que parece tener sentimientos, el único que parece entender que uno no puede hacer que los días sean especiales y luminosos cuando casi todas las horas y energías las dedicas a algo que te es indiferente u odias. Cuando la mujer a la que quieres es como el icono de un témpano de hielo, y que ni siquiera va a hablar contigo con tacto para al menos no lanzarte bruscamente más calabazas, e intentar darte la última con el mayor cariño posible.
El último día es el último porque el pipiolo espera a que todos vuelvan a sus mesas de trabajo, para abrirme la puerta y meter su cabeza en mi estómago. Nadie llega para impedir nada. La maquina de café y yo presenciamos impotentes el espectáculo. Huele fatal. El derrame cerebral llega mucho antes de lo que cabría esperar.

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PROTÓN, EL AMIGO DE LOS NIÑOS

Todos los niños le llamaban Protón. Por algo que un día les contó él sobre los protones, y que ningún niño entendió a pesar del entusiasmo de Protón al contarlo.
Protón tenía 43 años y trabajaba muchos sábados en cierto edificio de oficinas. A media mañana le gustaba almorzar en un parque en el que había un banco al que había cogido cariño para almorzar. En el parque había siempre un grupo de chavales del barrio que solían acudir a él para que les contara alguna historia o leyenda escabrosa que jamás oirían de boca de sus padres.
A Protón le gustaba complacer a los niños, así que solía quedarse un momento en silencio, y pensaba en alguna anécdota que pudiera exagerar o ficcionar para cubrir las expectativas de los críos.

Un día, Protón decidió enseñar a los niños algo más. Les comenzó a hablar sobre el precio del petróleo brent, sobre el IBEX y la teoría de las ondas de Elliot. Los niños se reían y decían cosas como: “Hoy Protón está en ese plan…”
Pero Protón insistió en que eso era la realidad, y que cuanto antes la asumieran, sería mejor para ellos. “No entendemos nada, Protón”, decían los niños.
A Protón se le pasó la hora del almuerzo intentando hablar sobre las fluctuaciones de la bolsa, y sobre qué precauciones hay que tomar para invertir con cerebro. Los niños ya resoplaban, querían oír una historia, un cuento. Protón no dejaba de insistir en que le escucharan, por favor, en que ya no eran unos críos (aunque lo eran), y en que les estaba hablando del mundo real.
Unas niñas se acercaron y saludaron a Protón. En aquel momento ya estaba sudoroso, con la cara roja, y hablaba de la zona euro, yéndose por las ramas y desgranando sus argumentos de tal forma que parecía un beatnik, haciendo que los niños comenzaran a dispersarse (algunos ya incluso asustados). Las niñas, que eran dos, se quedaron sentadas a sus pies, y ya se estaban riendo de él. Protón intentaba hacerse entender, pero sus argumentos, ya de por sí complejos, se estaban liando cada vez más.
Hacía un sol de justicia. Poco después, todos los niños, exceptuando a las dos crías, ya estaban jugando a la pelota al margen de Protón. A veces alguno se acercaba, escuchaba, y miraba a los otros negando con la cabeza y volviendo a alejarse; las niñas se desgañitaban en risas viendo todo ese proceso. Protón comenzó a gritar para que todos los niños del parque le oyeran. Gritaba sus teorías sobre cómo las familias debían invertir en bolsa, sobre el papel de los bancos en la crisis, sobre las empresas punteras en la gestión de las vacas flacas. Sobre contratación y despido. Sobre que la vida es así y asá y que todos deberían escucharle. Una de las dos niñas le preguntó que si iba a vomitar, y las dos estallaron en risas. Protón la miro a los ojos. Le dijo que ya conocía a las de su calaña, él también había ido al colegio; le dijo que ya conocía el fracaso escolar, y que ella seguro que sería una de esas alumnas dentro de poco, desarraigadas y sin preparación, perdidas en el océano académico. La niña sólo reía más y más. El mundo es tal y como te estoy contando, le decía a la niña ya furioso, y no va a cambiar, ¿entiendes?… ¡Qué miedo!, decía la niña con sarcasmo. ¿No va a cambiar?, decía la otra también riendo. Sois todos unos ignorantes, gritaba ya Protón. Algunos adultos ya se habían cerciorado de que algo pasaba en el parque. Las niñas se habían puesto de pie y se habían alejado un poco, pero seguían mirando y riéndose de las evoluciones emocionales protónicas. Un señor mayor se acercó al banco y se quedó mirando cómo Protón ya había estallado en sollozos. Los niños del parque habían dejado de jugar y observaban desde lejos. El anciano se sentó junto a Protón y le preguntó “Qué pasa, hombre, por qué se pone así”… Protón sólo conseguía sollozar más y más fuerte. “Venga, hombre, ya pasó, ya pasó…”, le decía el anciano dándole palmaditas en la espalda, “Asúmalo y ya está…”.

[Arriba, otro de esos videos (ni siquiera sé bien qué es) en los que en absoluto se explota la faceta física de kate Upton. Abajo + pin up. Y por favor NO entréis en DESAPAREZCA AQUÍ para leer y comentar el relato que he publicado (publicidad pretendidamente efectista y viral).]

Memorias

El problema, me dijo la Mujer, es cuando alguien a quien respetabas y querías comienza a dejar de echarte de menos para siempre.
Es decir, me dijo, cuando sin saber cómo, te has convertido en el grano en el culo de alguien con quien no te querías convertir en su grano del culo; de algún modo has cruzado alguna línea que no debías, y, por decirlo así, ya eres irrecuperable en lo tocante a esa persona que respetabas y querías. Te has vuelto incomoda para esa persona, me dijo, te has convertido en lo contrario a alguien que la apacigua o relaja o hace reír, etc.
Y lo de que comienza a dejar de echarte de menos para siempre, viene a querer decir que por más tiempo que pase sin que estéis en contacto, me dijo, ya es muy difícil que aun así las cosas se solucionen, por ya demasiado corroídas.
¿Tengo manos de vieja?, me preguntó en cierto momento.
Verá, me dijo, yo era una chica para quien un beso en la boca ya era perturbador (antes y después de haberlos experimentado). Perturbador, insistió; lo que quizá para muchas chicas es el sexo anal ahora; sólo un beso en la boca; para mí era un mero intercambio de gérmenes, y además la invasión de una lengua extraña, extraña en plan extranjera, como si algo que no hablara mi mismo idioma intentara comunicarse conmigo de forma insistente a pesar de mis quejas e intentos de que se callara.
No sé si las chicas de ahora que no quieren practicar el sexo anal serán vistas como mojigatas en el futuro, me dijo, pero dígame, ¿acaso meter la lengua en la boca de otra persona no es tan inútil o poco romántico en cierto modo como el sexo anal?
¿Usted qué edad tiene?, me preguntó de sopetón. Se la dije, y dijo: ¿Qué edad ha dicho que tiene?
Él tenía una terraza, dijo, una terraza idílica que daba a un paisaje idílico que era básicamente el mar y los atardeceres en tus morros; para mí era tan romántico que algunas tardes de sábado acabábamos teniendo discusiones absurdas porque yo no sabía decirle por qué tenía los ojos llorosos si sólo estábamos en la terraza bebiendo algo y holgazaneando; ya sabe usted. Él creía, me dijo la Mujer, que me había molestado de alguna forma, por algo que hubiese dicho o hecho; lo cierto es que yo no se lo ponía fácil, se lo puede figurar, era callada y… bueno, ya podrá usted deducir por lo dicho antes que para mí el sexo aún era como un monstruo conyugal de tres cabezas con el que me veía obligada a lidiar…
Además, dijo, yo debía tener 22 o 23 años, lo cual quizá sea el equivalente mental en muchos aspectos de una niña de 11 u 12 hoy en día; él era mayor, pero no mucho más, lo que pasaba es que yo era una niña de aldea, y él venía a verme desde la ciudad, una ciudad para mí en aquellos tiempos era algo así como el lugar al que sólo viajaba la gente realmente preparada del pueblo; preparados para encajar allí, con mentalidad adaptable a la ciudad; cuando alguien se iba a estudiar o aprender un oficio a la ciudad, era porque todos decían que era una mente privilegiada (ni se imagina el chasco que tuve unos años después con todo tipo de ex universitarios y empresarios…); pero él no, con él tuve lo que mi madre llamaba «una caída al pozo», era la forma que tenía ella de hablar de la gente que parecía enamorada de alguien; y yo lo estaba, hasta el punto de que él se comenzó a cansar de mí; porque yo comencé a preocuparme por él, a sufrir por él de forma irracional, y a sentir que me moría por dentro cada vez que había una mínima posibilidad de que hubiera conocido a otra mujer.
Ya se figurará por dónde van los tiros, me dijo, él no quería ponerle nombre a lo nuestro; yo solía pensar en si existe la posibilidad de seguir queriendo a alguien a ciertos niveles aunque ese alguien pueda no ser exclusivo para ti; lo que mi madre llamaba «no saber salir del pozo».

No, continuó la Mujer, vale, no creo que me esté explicando muy bien, no quisiera banalizar esto; no quiero hacer como esa gente que habla con una facilidad pasmosa de relaciones pasadas como si hubieran sido algo liviano y tonto y sin importancia, siempre me da la sensación de que me mienten y de que estarían más bonitos callados; una buena dosis de discreción y callarse la boca la mitad de las veces que quieren hablar, les sentaría muy bien a muchas y muchos; así que no, olvide lo que he dicho antes, o no lo tenga muy en cuenta; todo fue mucho más complicado; lo que me da terror es que usted no tenga ni idea de cómo enfocar estas memorias, yo no soy más especial que otras mujeres, pero no quiero que todo lo llorado y sufrido se queden en un par de reflexiones sobre una niñata colada por un pimpollo que tenía miedo al compromiso; la verdad siempre es mucho más compleja, intentaré ser más sincera; eso que mi madre llamaba «acercarse al Diablo».
Él, me dijo la Mujer, parecía tener lo que mi madre catalogó como «miedo al miedo»; era un chico del pueblo que enseguida huyó de él; estudió fuera y se especializó en todo lo que pilló, no había materia que se le resistiera; vivía, digamos, de puertas para fuera; con el tiempo entendí que no había mundo interior en él; todo lo que había en él era caminos a medio recorrer, metas a medio alcanzar…; recuerdo que yo escribía poesía, y que para él ver uno de mis poemas era como haberse enterado de otra media hora más no-productiva de alguien en el planeta; me sonreía y decía que no se me daba mal, y que debía canalizar el talento hacia algo más práctico.
Pero no crea, me dijo, que –a pesar de lo tonta que era para cuestiones sexuales–, no era inteligente; la verdad es que leía mucho, y por más burra que seas, si lees todos los días algo más que novelas románticas, algo sacas en claro; incluso con mi padre por allí vigilando todo el tiempo para que mis hermanas y yo nos mantuviéramos ignorantes siempre, aun así leí y leí a escondidas; aunque ni a mi madre le gustara que lo hiciera, leía todo lo que caía en mis manos.
¿De verdad tiene usted sólo 24 años?, me preguntó.
¿Ha visto a Dios alguna vez?, me dijo, yo he visto a Dios; yo tenía todo el mundo interior que le faltaba a aquel gilipollas al que quise más que a nada durante años; tuve mundo interior por los dos; todo lo exterior era mundano y se quemaba, se corroía; todo resultaba de lo más artificial, era todo… ya sabe, soportes para el ego, todas las conversaciones y los cariños falsos, todos los saludos, los signos de exclamación… era como las redes sociales hoy en día, pero todo concentrado sólo en la vida real; figúrese lo que era ir a una fiesta o intentar decirle a alguien que le querías; tus sentimientos estaban separados de la persona amada por mil capas de mediocridad solida y salida de una hormigonera existencial que en el fondo siempre ha sido más o menos la misma; toda esa apología de la sencillez y la normalidad y el “ir tirando”, hace que cuando crees que sientes algo de verdad, te sientas muy lejos de saber expresarlo como querrías; y eso no es todo, porque además te pedirán que lo etiquetes, querrán que etiquetes sentimientos que pueden hacerte llorar si te detienes más de tres minutos en ellos; en algún momento de la Historia nos hemos quedado clavados a nivel reflexivo, pero otros elementos superficiales han seguido hacia delante, evolucionando, transformándose en preciosas joyas y espectáculos al servicio de ese atontamiento no reflexivo que está llevando a todo ese mundo exterior al colapso: es como si nuestro sistema estuviera a punto de ahogarse con sus propios vómitos de marca.

No creo en Dios, me dijo, pero eso no quiere decir que Dios no pueda ser una invención de cada uno de nosotros, como si te da la gana llamar Dios a alguien a quien admiras; esa clase de dioses sí existen, suelen ser los que saben expresar o provocar todo eso que le decía antes, muchacho; para contar mi vida, en realidad tendría que hablar de la vida de muchas mujeres, ya que para todas siguen surgiendo los mismos problemas siempre, las mismas preguntas sin respuesta y los mismos orgasmos sin sentimiento; el hecho de que yo sea una especie de semicelebridad no me hace especial, sólo me hace más famosa, así que en lo tocante a las cosas importantes de la vida, puede sufrir o disfrutar cualquiera a los mismos niveles.
Me dicen siempre, me dijo, que por qué no me busco ya un compañero… ¿lo ha oído bien?, “un compañero”, para no estar tan sola en casa y demás…; quieren que deje de pensar en el pasado, en aquellos momentos en los que me sentía viva de verdad; es una lástima que no siempre el hecho de estar viva coincida con la conciencia de que lo estás; pero yo de joven era demasiado inocente en algunos aspectos; y ahora quieren que me busque algún viejito para que me traiga flores o me acompañe a ver a mis nietos y que así mi hijo y su parienta puedan dormir tranquilos por no estar yo sola y muriéndome en mi casa; como si ellos no vivieran muertos la mayor parte del tiempo y rodeados de gente; lo que ha entendido él por ser feliz ha sido correr para vivir con una mujer antes de los treinta y tener un coche que recibe tantos cuidados que… mucho me temo debe ser lo más cerca que va a estar de enamorarse si sigue así…; y no digo yo que uno pueda elegir enamorarse; esa es la mayor desgracia ¿sabe?, puedes elegir emparejarte e hipotecarte y un montón de opciones logísticas, pero enamorarte…; pero mi hijo opina que todo funciona por la elección propia, que todo funciona igual que cuando era niño y le daba por pensar que cuanto más patatas fritas comiera más salado se volvería, o que si se atiborraba a bombones luego él sería un bombón; y lo peor es que eso que era un juego cuando era crío, ahora ya se lo cree de verdad; no hay misterios para él en el mundo; y además cierra los ojos a esa posibilidad; ¿usted cree que alguien sufriría por alguien si la gente pudiera elegir a quien querer?…; pues mi hijo cree que todo eso son chorradas; ¿usted cree que el matrimonio tendría tan mala fama ya si no fuera porque en realidad está todo plagado de gente como mi hijo?
Le diré una cosa más sobre mi juventud, me dijo, yo al menos era honesta; el motivo por el que el amor de mi vida me dejó fue porque en realidad se parecía mucho a mi hijo; para empezar obviamente no estaba enamorado de mí, y eso se sumaba al hecho de que no concebía en absoluto ese sentimiento infinitamente complejo más allá de unos cuantos arrumacos… y del sexo: el sexo, digan lo que digan muchos, es un pilar básico para sostener esas relaciones ficticias: mucha gente no se enamora, realmente lo que parecen hacer es buscar a alguien que no sea muy complicado para tener una vida sexual monógama y bien vista, para poder hacer vida de pareja y fabricar recuerdos para el futuro…; no da la sensación de que se enAMORen, es más bien como si se enSEXOaran; ¿le gusta la palabra?

Ya sé que le parecerá que estoy tirando balones fuera, dijo, que evito hablar de cosas propias, más personales o lo que sea, pero no se confunda como hacen todos, le estoy abriendo mi alma, o al menos lo estoy intentando; lo que caracteriza a la gente no es su fecha de nacimiento o si salen cada sábado hasta vomitar o cierto tipo de anécdotas; lo que caracteriza a la gente suele ser algo muy complicado de exponer; el sólo hecho de intentarlo debería ser suficiente para usted, además de que eso de las “memorias” hoy en día no es más que gente leyendo libros y subrayando datos sórdidos…; y perdone, pero mis memorias no serán así, así que ya puede ir metiéndoselo en la cabeza.
A estas edades, expuso, es probable que te dé por pensar, porque puede que antes ni siquiera te hayan dado la oportunidad; …siempre he tenido la impresión de que todo eso del consumismo va aún más allá de comprar ropa o cambiarse el teléfono cada cinco meses; creo que a cierto nivel lo que hacemos a menudo es comprar una versión distinta de nosotros mismos para evitar interiorizar de verdad en nuestras opiniones por puro miedo a hacerlo, por no saber en qué nos convertiría eso… o por si eso pudiera hacer que nos quedáramos solos.
Cada vez que sales y te pruebas cosas, decía, cada vez que pagas para obtener algo innecesario a cambio, estás comprando tu propio gusto, tu olor, la opinión de los demás, tu estatus; no se trata sólo de un pañuelo o una blusa; mucha gente de hecho se pasa la vida pagando un dineral para seguir ignorantes, pagan más por eso que por cualquier otra cosa, que por sus casas o sus coches; créame, lo que más caro –a todos los niveles– les cuesta a muchos, es su propia estupidez, su petulancia, son capaces de canjear cualquier logro por la Habilidad de que Nada les Afecte, sus triunfos sólo son vehículos para perfilar el mundo que están perfilando: así era el amor de mi vida.
Y ya puede reírse con ganas si quiere, dijo, pero yo intenté ser una de esas personas; acabé en la ciudad yendo tras él, sin saber aún que para él yo era poco más o menos que un buen accesorio personal (algo como el vibrador en el bolso de una chica); y vale, no quiero exagerar, pero de verdad que amar a ese tío fue como intentar jugar a tenis en una pista de frontón; jugué todo el tiempo sola, cegada por todo eso que le conté antes; fui enterrándome a mí misma…
Silencio.
… aun así, si una cosa es posible en la ciudad, lo crea usted o no, es acabar escapando de eso para volver a ser la persona que eras (o más bien la que eres de verdad).
Creo que una puede llegar a volver una y otra vez a ser la persona que es de verdad, me aseguró, y creo que la herramienta es el conocimiento y el criterio atesorados por voluntad propia; cuando usted lee dos libros y decide cuál le gusta más; o cuando escucha dos discos o ve dos películas o conoce a dos personas… pero obviamente creo que eso sucede sólo a ese nivel “autodidacta”; si siempre coincide con la opinión o los actos de alguien, quiere decir que o bien usted no tiene carácter, o bien no lo tiene la otra persona;
…algo falla ahí, y puede que sea lo mismo que falla a nivel global si tenemos en cuenta que todos los alumnos deben aprobar los mismos exámenes, y que todos suelen codiciar más o menos lo mismo para el futuro; ¿antes le hablé de lo de “ir tirando, verdad?
Yo aprobé la tira de exámenes de todo tipo, dijo, se lo aseguro, y sin embargo al final sólo me sentía como quien acierta a todos los palillos con una escopeta de balines en una feria; …y luego me dieron todos esos peluches que probaban nada más que mi puntería.

Pero el mundo seguía siendo más fácil si fingías que sus reglas ya estaban bien para ti, dijo; seguro que piensa que esto se está volviendo más racional o frío de lo que usted quería para las memorias, pero no crea que todo lo que le digo se aleja tanto de los sentimientos; eso de que el amor mueve el mundo… no sé cuál será su opinión, pero yo creo que el amor no es más que una molestia para quienes se han adaptado fielmente y con cierto convencimiento a las reglas de este mundo; porque, sinceramente, creo que el amor está siempre descontrolado, tiene un poco de anárquico… y la anarquía es algo que casi nadie está dispuesto a aceptar para ninguna de las facetas de su vida.
Una vez más, murmuró, yo caí como todos también en eso; acabé tan agotada después de la relación fallida con quien yo realmente quería, que después sólo tuve fuerzas para arrimarme a un tío (el padre de mi hijo), que, por no enrollarme mucho con eso, era tan solo una persona que sólo buscaba compañía conyugal, una persona resignada que jamás se hubiese metido en una discusión que fuera más allá de los tomates de su huerto a las afueras…; pobre hombre…, descanse en paz.

Ahora, aseguró, a mi edad ya sólo me queda esperar, no voy a echarme novio ni voy a hacer ninguna de esas cosas que podrían dar pie a que mi hijo se sintiese un “mejor hijo”; no voy a presentarme en cenas de familia con el viejito desconocido de turno para que todos esos burros de carga existenciales de mediana edad sonrían; no voy a permitir que poco antes de la muerte nadie vuelva a tratarme otra vez como una niña; tengo derecho a envejecer como me dé la gana; tengo derecho a ser cínica ya a mi edad; tengo derecho a dejar claro que ya no soy la niña estúpida de veinte años que fui; lo que haré será intentar compensar un montón de años de frustración sentimental haciendo exactamente lo que me dé la gana hasta que muera, y reaccionando de forma arisca cada vez que algún idiota que esté tirando su juventud por la borda a base de pose y mentiras elegantes, se atreva siquiera a darme un sólo consejo; ya seguí muchos consejos…; y no sé si ya tendrá suficiente para la introducción al menos, pero esta vieja decrépita ahora necesita irse a odiar el mundo un rato a solas.

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Hola, Sistema Educativo

SOBRE EL DÍA DE LA HUMILLACIÓN

Fue en una clase de matemáticas (mi otro gran terror era el inglés, clase en la que la profesora – algunos dirán que acertadamente, discusión en la que ni voy a entrar– casi no soltaba una sola palabra en español –aunque supiera que la mitad de la clase no la estaba entendiendo– y en la que anduve perdido aproximadamente desde el tercer día de mi vida en que hice clase de inglés). Éramos treinta y seis alumnos de trece y catorce años. La profesora de matemáticas era una mujer visible y básicamente ofuscada; no se vislumbraba vocación alguna en ninguno de sus gestos o en las –en-ningún-momento-disimuladas– muecas de asco marca de la casa. Daba la sensación de que los niños sólo le producían (en el mejor caso) mucha irritación y (en el peor caso) dolores de cabeza y afonía por los gritos que nos propinaba cuando hacíamos… cosas de niños de trece años. De hecho la mayoría de profesores de primaria parecían no entender que un niño no sabe comportarse como un oficinista de cuarenta años con su mujer en estado, o un inmigrante dispuesto a todo con tal de mandar algo de dinero a su país. De niño, a un nivel subconsciente, supongo que aún crees que vas a poder imponer mínimamente tu carácter sobre los constantes mandatos y exigencias adultos. Pero no pasa mucho tiempo hasta que, por la vía de la humillación –o potencial humillación– te bajan enseguida los “humos” (con todo lo que eso conlleva).
A mí me los bajaron en un solo día cuando la cabrona de las mates me sacó a la pizarra a resolver algún tipo de ecuación que ella sabía que yo no iba a saber resolver, y que además ella no podía enseñarme a resolver en ese momento delante de treinta y cinco compañeros a base de gestos no-vocacionales y muecas de asco. No solo me hizo levantarme del pupitre para darme el susto del día; además me tuvo el resto de la hora de pie ante la operación mientras ella continuaba con la clase y hasta sacaba a la pizarra a otros alumnos para resolver otras operaciones. Me hizo estar allí no sólo hasta que acabó esa clase, sino también durante toda la siguiente clase de Castellano (que ella también daba), para darme alguna especie de lección que en aquel momento sólo me llevó al borde del lloro, y que ya en la edad adulta, y en retrospectiva, sólo me parece el reflejo de la incapacidad docente de una hija de puta que –como tantos otros adultos por aquel entonces y ahora– creía que la única forma de enseñar era infundiendo en los alumnos una intensa frustración y un miedo atroz al futuro.
Suspendí matemáticas. A largo plazo, había dos clases de alumnos; aquellos a los que ese ambiente –en general pasivo opresivo– les “motivaba” (simplemente para evitar humillaciones), y aquellos a los que con el tiempo nos comenzó a dejar de importar ser humillados aprobáramos o no, y que sólo cerrábamos los ojos intensamente (amparados en una apacible sensación de dulce y puro hastío cínico) de vez en cuando, para poder centrarnos en el único alivio personal de que siempre había un viernes en perspectiva.
No nos podíamos quejar de comportamientos docentes así –según muchos adultos– , entre otras cosas porque, a) En nuestro colegio los maestros no nos pegaban con una regla o algún tipo de vara (cosa que aún se hacía en algunos centros), b) A nuestros padres sí les pegaban aún en el colegio, c) No teníamos argumentos para quejarnos (es decir, los había, pero no éramos conscientes de ello), d) Cierto tipo de orgullo adulto; por aquel entonces profesores y padres aún se aliaban por “nuestro bien”, y cualquier sugerencia que hicieras no tenía validez alguna simplemente porque sólo eras un crío cuya única misión era cumplir órdenes, y e) Si hacías algún tipo de sugerencia o te quejabas por algo, alguien blandía tus mediocres notas (que eran lo único que eras para el mundo, como sigue sucediendo) y te decía que sólo estabas echando la culpa a los demás de algo en lo que la culpa sólo era tuya.
Y en la opinión de este humilde producto del fracaso escolar, no es de extrañar que tantas personas se conviertan esencialmente en gilipollas pedantes al acabar la carrera o un máster –aun con tanta formación educativa–; en cierto modo tiene que deberse a todo un proceso de adaptación personal a un sistema de formación que –desde fuera– te hace ver a un estudiante simplemente como a alguien tremendamente obstinado y sacrificado (y en el fondo –mucho más a menudo de lo que cabría esperar– nada más), y que a cierto nivel puede dar la sensación de ser un cromo repetido y con un montón de ramificaciones creativas, intelectuales y personales arrancadas de raíz durante el trayecto.

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RESACA

Durante el proceso de humillación escolar, aquel mismo día, al principio muchos compañeros se reían de mí. Estaba allí de pie frente a la ecuación, con la tiza en la mano, la cara totalmente roja, sufriendo de verdad (sí, a los trece años sufres por cosas así, y la puta de la profesora lo sabía perfectamente), deseando volver a mi pupitre. Y además, no recuerdo qué día era, pero recuerdo que no era viernes, lo cual habría aliviado mi forma de afrontar el embarazoso proceso de tortura “constructiva” al que aquella zorra que espero de verdad haya muerto muy mayor y decrépita en alguna residencia para víboras ex-EGB, me condenó.
Como digo, al principio casi todos se reían de mí. Pero recuerda la peli “Braveheart”, cuando al final llevan a Mel Gibson a aquella plaza para torturarle, y de entrada todo el mundo grita eufórico, para poco a poco ir callando, hasta que al final acaban pidiendo clemencia para William Wallace. Aquel día en clase fue igual. Incluso entre niñatos de trece años y niñatas consentidas, se acabó pidiendo clemencia. Yo estaba allí de pie, y pensaba que al cambio de clase finalmente me dejarían volver a mi pupitre. Pero no, sonó el timbre y la profesora ni me miró. Mandó a los demás guardar sus libros de mates y sacar los libros de Lengua por la página tal. Fue en ese instante (yo debía llevar media hora de pie tiza en mano), cuando el resto de la clase dejó de burlarse y los gestos se tornaron serios o de circunstancias (quizá tenía algo que ver el hecho de que pudieran pensar que un día les podía tocar a ellos). Yo no sólo era un mal estudiante para las matemáticas, además era muy tímido. En aquel momento era el centro de atención, y lo era por mi propia ignorancia para las ecuaciones (cabe aclarar que tras aquella etapa académica jamás tuve que volver a hacer una ecuación; jamás se me han presentado en la vida situaciones como “Perdona, podemos tener sexo, pero sólo si resuelves esta ecuación”, o, “Señor, puedo venderle los tomates, pero antes tiene que darme el resultado de la ecuación que hay escrita en la pizarra en la que se indicaba el precio”, o, “No señor, no puede poner la denuncia hasta que no resuelva la ecuación que tenemos en los folletos de la sala de espera”…
¿Que quizá había alumnos que querían estudiar ciencias en la universidad? Puede que hubiera sido así si al menos me hubiesen dejado sentarme al cambio de clase. Pero aquello era directamente crueldad, era una cuestión de abuso de poder, de sacar las cosas de quicio, de hacer que odiaras las matemáticas quizá para el resto de tu vida (y una situación muy aplicable seguro al resto de asignaturas).
Cuando la clase de Castellano ya estaba muy avanzada, algunos alumnos le “recriminaron” a la profesora que yo aún estuviera ahí en pie, casi llorando y sujetando la tiza como un idiota. Puede que las veladas protestas llegaran cuando la clase ya llevaba unos cuarenta minutos (me habían tenido de pie una hora y diez). La profesora llegó a olvidarse de mí, de hecho estaba dando clase de espaldas a mí, hasta que los alumnos le recordaron mi humillada presencia. La mujer se volvió hacia mí y me dirigió una mirada permisiva pero de un desprecio auténticamente brutal, como si el hecho de no saber hacer ecuaciones fuera un equivalente moral de haber violado a alguien o traficado con material pedófilo.
Volví a mi pupitre con una sensación de desprecio por todo lo que oliera a “Formación” y aulas, que ya nunca se me fue del todo. El no haber sabido dar con el resultado correcto de aquella operación, me convertía (aunque no necesariamente a la práctica, cosa que yo no podía saber entonces) en ciudadano de segunda, pseudo-niño, infra-estudiante, persona no apta. Aquello, según la profesora (de hecho según todo el mundo adulto) quería decir que yo era estúpido y vago, y que lo era sólo porque yo quería, y porque no sabía esforzarme.
Así pues, durante mucho tiempo, me lo creí.

&

YO

Durante esos años, sobre todo de crío (la universidad dicen que es distinta, pero obviamente yo no pisé ninguna para estudiar), coleccionas unas cuantas de esas experiencias que con tanto melodrama he descrito (y que con el tiempo he ido entendiendo que algo de dramáticas sí tienen). Eso, con suerte, te puede mantener alienado unos cuantos años; los suficientes para que ni te plantees ir a la universidad cuando va la mayoría de gente que va. Y sin suerte, te puede mantener alienado para siempre. La versión con suerte consiste en que quizá siendo aún joven descubras que puedes hacer cosas y descubrir cosas y apasionarte, ser listo, reflexivo, atento, lúcido; todo eso que en el colegio te dijeron que no eras por no saber hacer la ecuación. Y en la versión sin suerte, habrán conseguido convencerte de que eres estúpido, y no te importará mostrarte como tal, no te importará el hecho de que ya hayas perdido la fuerza para interesarte intensamente por nada. Incluso te cobijarás en cierta filosofía sobre lo humilde y sencillo que eres, porque ser especial o distinto incluso te comenzará a parecer ridículo. Te reirás de la gente que se apasiona por algo y te enorgullecerás de ser «normal» y hacer sólo «cosas normales» sin reconocer nunca que alguna de esas cosas te haya podido fascinar, e incluso frenándote antes de que eso cristalice y la lógica de la ecuación fallida que te inculcaron y que has aprendido a valorar, pueda tambalearse.
Como sea, tu yo de ahora –con suerte– ya sabe que las tornas han cambiado aunque todo siga igual en esencia. Sabe que ahora los profesores parecen maniatados y que los padres siguen siendo en general mediocres como padres, sólo que de un modo distinto. Ahora los padres se alían a menudo radicalmente con sus hijos y planean ataques contra el profesor (lo cual es tan idiota como cuando se aliaban radicalmente con los profesores: porque para muchas personas –personas casi siempre muy absurdas– siempre tiene que haber dos bandos). Y sabes que los profesores quizá ya saben que los alumnos necesitan motivación, saberse algo más que números de una lista, saber que no todo se reduce a joderse e hincar codos, sino que a través del asombroso y factible hecho de disfrutar de la vida, también se aprenden cosas (y de hecho es como mejor se suelen aprender). Y que los exámenes miden poco más que el potencial para hacer exámenes. Y que el sistema educativo actual ya tiene la misma credibilidad que la democracia actual, siendo seguramente uno de los principales motivos de la misma.

[Arriba, un poco más de Daniel Johnston. Abajo + pin up.]

Madame Fluoxetina

No camines por la cuerda floja, camina por el hilo que sabes va a romperse. Sonríe durante la caída y compón la canción con la que querías hacer llorar a todos de felicidad mientras tanto. Alguna clase de monstruos nos acecha abajo en el suelo. Pero hay un agujero; oyes una tonada de Radiohead, una letanía mientras el agujero te absorbe y sonríes mientras piensas que a lo mejor lo pierdes todo. Tú sí quisiste arriesgarte tanto que luego quizá ni tan siquiera sabrías explicar con palabras por qué lo hiciste y si existe esa clase amor al arte o la vida o las mujeres en un contexto realista. Porque ya no sabes mientras sigues cayendo en la oscuridad si en realidad te has reventado en el asfalto o si había un agujero de verdad; o si valía la pena esperar o la paciencia o las energías y el cariño enfocados a lo que realmente querías hacer en lugar de lo que realmente deberías haber hecho según suele decir la voz de esa conciencia colectiva de la que tan poco te fías. Siempre estás a tiempo de ser mediocre mientras sigues bajando hacia el infierno, y probablemente no te quede más remedio como a la mayoría. Eres cada vez más normal mientras bajas, y quizá pronto tendrás que hablar con frases hechas como todos, o con los pantalones bajados como todos, o con una sonrisa falsa como la mayoría. El color rojo comienza a sustituir al negro y comienzas a oír risas nada tranquilizadoras. Puede que sí estés muerto y que a Julieta no le vaya la necrofilia y que al arte le resultes demasiado ignorante o pedante o sincero del peor y más destructivo modo. No le caes bien al protocolo. Estás comenzando a notar un calor sofocante, y sin embargo tu sonrisa es cada vez más amplia. La naturalidad secuestrada por el interés hubiese hecho tu hilo irrompible. Pero caes y caes y no quieres mirar hacia abajo a pesar de que sonrías y de que sigas sin saber si ya estás muerto o si el mundo es así o si lo que has hecho es elegir un infierno en trabajos horribles mientras buscabas lo que querías de verdad. Y puede que hayas sido un capullo por no conformarte con el término medio gris popular. Y ahora ya puedes oír las llamas rugir muy abajo aún, pero sumamente hambrientas de irreverencia mal enfocada por ser demasiado personal y contradictoria y por no creer en las frases de los abuelos de los demás y por insultar a esos demás por carecer de frases propias, y por condenar la pose y por no tener productos Apple y por no querer pensar que te vas a quemar mientras opinas que son los demás los que viven quemados. Alguna clase de monstruos has creado, y te da la sensación ahora de que el agujero no tiene fondo y de que esos monstruos muerden y te pueden meter en un lío y quitarte lo que más quieres y dejarte sin tabaco y sin café y sin teclado ni ilusiones. Alguna clase de monstruos desvergonzados que hablan igual de flores que de parejas que de suicidio bien o mal razonado. Alguna clase de libertad en la que crees y que la mayoría usa para levantar una ceja mientras te mira condescendientemente cuando caes y caes y caes… Y al final es agua. ¿Un lago de fuego? No, es agua cristalina de verdad. Te has zambullido muy hondo. Y te preguntas si lo siguiente no será hablar con la clase de monstruo más famosa y espectacular, que es Dios, o si por el contrario el Diablo te dará un cigarrillo mientras te presenta a sus colegas y te dice que están preparando un ataque frontal al edificio de la Bolsa. Tú por si acaso sigues sonriendo. Sabes que a la mitad del camino de intentar aportar algo auténtico al mundo es cuando peor se pone la cosa, cuando estás a punto de ceder. De no cruzar la línea. Decidiste cruzar la línea. Decidiste que te daría igual que te juzgaran. Decidiste que proyectarías la furia en lugar de contenerla y quedarte en tu casilla de la cárcel junto a casi todos mientras otros tres o cuatro camparan a su aire por el tablero de juego. Eres consciente de que esa cárcel está llena de poetas y escritores a los que no les caes bien por no intentar caer bien a todo el mundo. Eres consciente de que además esa actitud sólo será analizada superficialmente y desde el punto de vista de quien se mide la polla con una regla. Eres consciente de que no tienes salida si no has afilado algún tipo de educación basada en las formas. Eres consciente de que existen los cabrones que insultan sin decir tacos. Eres consciente sólo más o menos mientras te sacan de esa piscina del infierno. Y resulta que tiran de ti tres o cuatro mujeres que tú mismo habías imaginado cuando escribías, y que en realidad sólo son una dividida en tres o cuatro, o más bien la misma con distintos nombres y aspectos. Les preguntas si te van a saber decir adónde te llevan. Estás empapado y quieres una respuesta, pero las chicas sólo te sonríen y tiran de tus brazos. Nadie te daba respuestas de crío más allá de la exigencia numérica y el bofetón, así que ya nada va a cambiar a estas alturas. Luego te presentan ante un trono. No puedes ver quién hay sentado en él, demasiado brillo en el ambiente, una luz blanca. Pero luego la vista se te acostumbra. Y ves que en realidad hay dos tronos. En uno de ellos hay una mujer que se levanta muy seria, camina hacia a ti, se arrodilla a tus pies y te dice que se llama Fluoxetina; murmura que siempre podrás tener sexo con ella y que no le importa la infidelidad. En el otro trono hay un ramo de flores y una nota.

[Arriba un poco del genial Daniel Johnston. Abajo + pin up.]

Abluciones

R: Nunca llegaste a pensar que te acabarías convirtiendo en una de esas personas que se sienten como si nadie las comprendiera; personas que a menudo, además, son aún adolescentes. Pero cuando te descubres pensando en eso, te preguntas si lo que pasa no será que no sabes explicarte y punto.
Para luego preguntarte por qué no sabes explicarte.
Como si no existieran argumentos para justificar tus sentimientos; argumentos que fueran más allá (analíticamente) de tu narcisismo o incapacidades o miedos.
Es decir, que según la opinión mayoritaria te sientes así porque aún no has aprendido del todo a sufrir o sacrificarte.
Lo cual convierte la vida en pura paradoja cuando te atreves a concluir que la mayoría sufren y se sacrifican básicamente por ellos, sí (como tú cuando lo haces), pero también por un mal mayor. Sobre todo para que todo siga estancado y gris (sin ellos saberlo; o aún peor, sin que les importe aun siendo conscientes en el fondo de que tu creencia quizá no es sólo producto de tu narcisismo o miedo al sacrificio).
Eso da un miedo de cojones. Cuando el flipado de turno puede llegar a tener algo de razón.
Muchas veces la negación puede llegar a ser el opio del ser racional estándar.
Cuando llega el momento de la historia en que aquello que no tiene nombre o una explicación concreta, debe pasar a formar parte de aquello que arranca sonrisas gélidas y corta abruptamente conversaciones terrenales y prácticas.
Filosofar –o pseudofilosofar– puede ser una táctica sucia para autojustificarse, sí, pero el mundo se acabará cuando ya nadie lo haga (lo de filosofar, no lo de autojustificarse).
A bote pronto todo esto siempre es muy aburrido (ya por simple desgaste), lo de las preguntas sin respuesta, o lo de no saber ni tan siquiera cuáles son las preguntas.

&

R: ¿Que si en serio? Claro que en serio. Yo sabía perfectamente lo que hacía. Desde el momento en que quedé con ella, lo tenía clarísimo. No fue por el calentón. Ni por la bebida. No era porque estuviéramos confundidos. La confusión no justifica nada ni a los 15 años. Incluso a los 15 años sabes perfectamente que si tu semen topa con la punta del condón… ¿Entiende? Yo lo tenía clarísimo. Ni por un momento pensé en enfermedades o bebés. ¿Es tan difícil de creer? Sí, yo había visto todos los anuncios, me los sabía de memoria, conocía marcas de condones, e incluso había llegado a acusar a otros de no habérselos puesto y de lo estúpido que es eso. Yo era plenamente consciente… Gracias… nunca llevo fuego… Yo sabía lo que hacía. Es más, el hecho de saberlo, la idea de la posibilidad de que ella se quedara embarazada, sólo hacía que excitarme más. Por el riesgo. Yo lo que quería era tener sexo con ella, eso era todo lo que quería, no había mañana; aunque fuera consciente de que sí había mañana y de que quería más cosas, lo cual, como le digo, sólo hacía que excitarme aún más. Es cuando mejor funciona, se lo aseguro, a pelo, en casa de una extraña, ambos con los anillos puestos. O a los quince años y sin protección. Cuando te sientes como alguien repugnante e irresponsable, el sexo se convierte en una razón de peso para ser feliz de verdad. Ella y tú lo sabéis, no hay límite. El hecho de que estés haciendo daño a terceros sólo hace que mantener la erección y la humedad. Para decir la verdad, reconozco que todo el tiempo ha sido así, toda mi vida; mi hijo nació y a pasó muy poco hasta que conocí a otras chicas con las que engañar a mi novia madre adolescente. Cuanto más reprochable ha sido todo ética y moralmente, mejor lo he pasado con el sexo. Tanto es así, que le diré que, cuando ya había dejado a mi novia, no quería liarme con chicas liberales a las que no les importara que follara con otras, ¿qué gracia tenía eso?, ¿dónde estaba la emoción? ¿hay alguna clase de sexo, digamos, correcto, con el que no acabes un día intentando metersela flácida a alguien?…

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R: En lo emocional lo tengo claro. Necesito una respuesta. Y sabes siempre cuándo es la adecuada. Le diré que, sí, entiendo que para mucha gente es muy difícil gestionar las emociones. Pero yo no tengo problema alguno. Suelo hablar de modo que la gente me entienda, me adapto. No es tan difícil. Y no es negarse a uno mismo o todo ese rollo íntegro. No tiene nada de malo intentar ser amable. Mis dos hijos no crecerán en ese ambiente de confusión y miedo. Porque se trata sólo de eso, ¿sabe? Sales a la calle pensando que todo el mundo te va a mentir. O sales de viaje pensando que vas a estrellarte con el coche, o que tú avión va a perder el control, o que tu novia te va a poner los cuernos durante esa semana en Irlanda con sus amigos… ¿Para qué?… es una perdida de tiempo pensar todo el rato así. Mis hijos van a crecer tranquilos. No les voy presionar. Ahora tienen cinco y siete años. Son todo sonrisas, debería verlos; enseguida le cogerían cariño. Un día, cuando acaben sus carreras y hayan encontrado a alguien especial, formarán sus propias familias tranquilas y sin miedo. Y le aseguro que muchos me tachan de conservador por hablar así, pero nunca me ha ido mal siendo como soy. El mundo no debe ser un lugar tan cruel como dicen.

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R: Le aseguro que a veces es horroroso estar con ellas. No me considero una mujer rancia o algo así, pero algunas de mis amigas hablan de ciertos temas como si todo fuera banal o no tuviera importancia. Además creo que inflan las anécdotas: ¿usted cree que una mujer puede tener veinte orgasmos seguidos? ¿Y de ser así, tan fácil es llevar la cuenta? ¿No es algo así como si alguien te contara un sueño durante una hora entera detalle por detalle? ¿Alguien puede recordar un sueño con todo detalle? ¿Tanto como para llenar diez folios o una hora?… Y el caso es que luego, como ellas ya han explicado en voz alta todas sus anécdotas sexuales de la semana, me miran a mí y comienzan a pincharme. No entienden por qué yo no río histéricamente con sus historias. No es que mi novio y yo no tengamos una buena vida sexual, pero yo no veo dónde hay tanta comedia en ello. Entiendo que de vez en cuando haya risas, vale, ¿pero es que acaso ellas mientras lo hacen están todo el tiempo carcajeándose o algo así? Creo que mi modo de verlo es muy distinto. He llegado a pensar que, o bien ellas mienten siempre, o bien no están enamoradas de sus parejas y por tanto no les importa largar todas la intimidades (debido a que estas no lo son, sino sólo polvos que echan con sus novios del momento). ¿Entiende?… A lo mejor yo soy rancia o algo así, no lo sé, pero ya le digo yo que lo que yo siento mientras estoy con mi novio no da simplemente para unas risas bebiendo café. Si yo pudiera contar con palabras lo que siento respecto a mi novio, seguramente ya habría cortado con él hace mucho tiempo… ¿No hace mucho calor aquí?…

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R: Solo lo hice una vez, y no fue para tanto. Todos me pusieron el mote por esa vez. Le aseguro que luego jamás volví a hacerlo. Recuerdo a un compañero del instituto que lo hacía cada semana. Cada vez que podía. Pero por lo que sea eso sí encajaba con su forma de ser y nadie le puso mote alguno o le estigmatizó con ello. Sin embargo yo lo hice una vez y por lo que sea, el hecho de que yo lo hubiera hecho, era gracioso. Aún cuando me encuentro con gente de aquella época, siguen llamándome por aquel mote. Ahora lo hacen más avergonzados, como si supieran que te molesta pero su orgullo para mantenerte el mote fuera más importante que la posibilidad de respetarte por fin… Solo hubo una persona que continuó llamándome por mi nombre. En el baile de fin de curso del penúltimo año una chica quería bailar conmigo. Aunque yo era muy tímido, al final acepté. Era mala estudiante igual que yo, y casi se me saltaban las lágrimas cada vez que me llamaba por mi nombre y no por aquel mote desconcertante y horrible.
Estuvimos saliendo después unos dos meses en secreto (después de las vacaciones de verano). A ninguno de los dos nos gustaba la idea de publicar nuestra relación. Ella se avergonzaba hasta cierto punto de salir con un chico estigmatizado y ridiculizado. Y yo no quería que, dado el ambiente que mi mote había generado, el mero hecho de salir con una chica no fuera más que otra excusa para meterse conmigo, puede que incluso poniéndole también un mote a ella.
A los dos meses y medio de relación, ella tuvo un accidente. Iba en el coche de sus padres y su padre se durmió al volante. Me enteré de que había muerto durante una clase. Nos lo comunicó nuestro tutor. Tuve que fingir que no me afectaba más que a los otros alumnos.
Pero pasaron muy pocos días hasta que todo volvió a la normalidad. Lo único que sabían mis compañeros era que había bailado con ella aquel día antes del verano, y que ella era la única que aún me llamaba por mi nombre. Finalmente, llegó el día temido en que alguien me mencionó (obviamente por pura y llana crueldad), que vaya lástima lo del accidente, que para una persona que aún me llamaba por mi nombre, va y se muere. Lo cual hizo mucha gracia al resto de la clase (o al menos al núcleo fuerte), lo cual dio pie a otro mote distinto con el que ridiculizarme, pero que por algún motivo se desgastó pronto, lo cual en realidad sólo hizo que fortalecer el mote de siempre, arrinconando mi nombre ya definitivamente sin que hubiera posibilidad alguna de que resucitara junto a mi novia.

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R: No sabría cómo describirlo. Supongo que se podría decir que es algo suave y pequeño como un cachorro. Vaya, eso cuando no lo lleva rasurado. Antes de atacar siempre tengo el plan de que besaré alrededor de él, que proyectaré el aliento; vaya, que me montaré una especie de rollo en plan Don Juan pero sin susurrar poesía ni rollos aduladores… Pero cuando lo tengo delante, creo que tardo unos cinco segundos en lamer al estilo perrito. Ella dice que tiene que ver con la evolución. Si el hombre de las cavernas se hubiese pasado tanto tiempo ejecutando preliminares demasiado alargados, puede que aún estuviéramos esperando a que alguien inventara la bombilla.
Menudo rollo. No sé. La cuestión es que sí, me gusta pensar en todo eso de tomárselo con calma y demás, pero cuando llega el momento sólo quiero la pasta en mano, el cheque, el diploma, los fluidos de ella… No me suelo parar a pensar. No sé si es un error, pero algo debe tener de malo si pienso tanto en ello. Y bueno, lo de los fluidos no es del todo cierto. Si nos ceñimos a lo sexual estoy dentro del patrón de tío más bien egoísta que necesita mamadas larguísimas pero luego es incapaz de darle lo mismo a su pareja. En cuanto a lo demás, no sé hasta qué punto vamos acelerados o no. Supongo que la metáfora del sexo sirve, ¿no?… puede que no sea muy imaginativa, pero se entiende. El caso es que tengo miedo de despertar un día de estos en mi coche sin poder mover las piernas ni los brazos; inmovilizado y con alguien limpiándome la sangre de los ojos y quitando los cristales de mi regazo. He llegado a preguntarme si un tío que no tiene paciencia para comerse un coño como es debido tiene más posibilidades de morir en un accidente de tráfico. O puede que como peatón cruzando un paso de cebra sólo por ansia, sin ser capaz de esperar a que se encienda el muñequito verde. Es decir, ¿eso convierte a esos tíos que respetan los límites de velocidad en grandes amantes?, ¿o al menos en tíos con más pericia en la cama, etc.? Ya sabe que hay mujeres que dicen que si un tío baila bien también tiene que follar bien; pero yo diría que sería mejor para ellas tener más en cuenta a aquellos que no entran en la autopista casi sin mirar, o que no necesitan adelantar enseguida al camión de turno, etc. Sea como sea…, lo siento, no quería que lo notara, esto ya no cuela como un bulto de cartera en el bolsillo…

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R: Había ido con ella a un parque de atracciones. Y cuando llegamos a la montaña rusa, va y me cuenta que uno debe tener mucho cuidado con no atragantarse si le da por vomitar… Verá, ella no controla el contenido, ¿sabe?, simplemente suelta lo que sea y cuando sea. Estamos comiendo en un bareto imitación rollo de pistoleros, y ella me habla del color de su orina cuando estaba enferma de no sé qué… cosas así. Y, que quede claro, no me refiero a que ese detalle sea el típico que hace que quieras más a una persona. Ese día me hizo pensar en cuando pierdes a alguien de tu familia o a alguien que quieres, y comienzas a recordarlo todo de un modo entrañable. Ese momento suele valorarse como algo objetivo, puro amor y demás, porque echas de menos a alguien a quien querías y todo eso. Pero ese día del parque de atracciones se me ocurrió pensar que puede que después de un funeral sea cuando los recuerdos relacionados con seres queridos están más atrofiados y son más subjetivos… No me malinterprete, yo quiero a mi novia, pero nunca me he creído eso de que cuando quieres a alguien es por sus defectos. No quieres a alguien por sus defectos, ¿qué mierda es ésa? ¿Ya hemos llegado hasta esos niveles de negación-barra-optimismo? Le puedo hacer una lista muy detallada de las razones por las que quiero a mi novia, pero joder, entre ellas no están sus defectos. La cualidades también reflejan el carácter de una persona. ¿A qué viene eso de hacer apología de los defectos de la gente? Me parece un rollo casi religioso (que no espiritual). El rollo de lo religioso y ciertos discursos relacionados con los buenos sentimientos y bla bla blá… creo que se está saliendo de madre. Una cosa es que al recordar los defectos recuerdes a la persona, pero de ahí a hacer apología de los defectos…
¿Sabe qué creo?, que seguro que mucha gente ya se aferra a ese tipo de filosofía y aprovecha para no superar nunca sus defectos. Porque se supone que eso les caracteriza. Porque tener defectos no es sólo dañino y molesto, sino enternecedor y tu marca personal. Le aseguro que, si a mi novia, pobre, le pasara algo y la perdiera, echaría de menos muchas cosas de ella, pero jamás el hecho de vomitar en el lavabo de un bareto imitación Western.

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R: La verdad es que odio la no-linealidad o el desconcierto. Como por ejemplo en la letra de muchas canciones. Todos los fragmentos desligados entre sí, pretendiendo formar un todo coherente. De hecho ya está comenzando a haber incluso gente así, orgullosos de contradecirse o desconcertar y demás. ¿Qué tiene de malo el orden? Una habitación ordenada, un salón ordenado… Todos los libros están paginados, ¿no?, pues ¿a qué viene contar la historia desde el final o desde la mitad?… Y de verdad, no soy un obseso del control. Mi única ambición es pasar por la vida entendiendo al menos un ochenta por ciento de lo que veo o me pasa. ¿Es tanto pedir? ¿Usted tiene hijos?… No me hable, es igual; lo que quiero decir es que no todos podemos permitirnos el lujo de estar todo el tiempo perdidos y dudando. Ya sé que es muy bonito y no sé qué a veces lo de “perderse”… Pero qué quiere que le diga, mi mujer y yo somos buenos amigos y eso es todo. Nos juntamos y nos hicimos reír desde el principio. Y nunca sufrimos. Puede que no seamos muy originales o sentidos; pero yo creo que esas parejas que se separan no eran ni tan siquiera amigos. Fíjese que le estoy diciendo que mi pareja y yo no estamos enamorados, pero que al menos somos amigos. Y que muchas parejas rompen porque ni tan siquiera eran amigos. Y todo por andar soñando con hadas, por ese rollo de alimentar el mundo interior y ser profundos. Pero ¿y qué hay del mundo exterior?. Que yo sepa nadie paga un alquiler con amor. O la ropa de los niños con polvos a de hora y media a cámara lenta. ¿Para qué complicarse la vida pudiendo tocar con los pies en el suelo? ¿Qué tiene de malo intentar simplificar las cosas? ¿Acaso no tenemos derecho a moldearnos como queramos? ¿No cree que se está poniendo demasiado de moda lo abstracto y que eso nos lleva al desastre?

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R: Estamos cocidos. Como patatas cocidas. Conozco a mucha gente que a los treinta y cinco años ya te miran como si la idea de una bañera llena de agua caliente y una cuchilla de afeitar tampoco les pareciera para tanto. Fíjese en que mucha gente reacciona con toneladas de filosofía cuando oye la noticia de un suicidio. Es como si dijeran “Ya ya, qué me vas a contar…”
Yo nunca había pensado en ello, pero una vez estuve a punto de intentarlo. ¿Tiene eso algún sentido? Tenía treinta años y me acababa de divorciar. La gemelas se quedaron con ella. Las veo una vez cada dos semanas. Antes eran mis hijas y ahora son como mercancía. Cada vez que su madre y yo nos cruzamos, las niñas tienen que ver cómo discutimos. No sé hasta qué punto ellas se sienten responsables, pero sí sé que lloran por nuestra culpa.
¿No le parece este planeta un lugar horrible?… No hace falta que intente convencerme, no se preocupe. Verá, el problema es que siempre tiendo a pensar que mis problemas son más profundos que los del resto de personas… de modo que no se me da bien aceptar palmaditas en la espalda y demás… y mucho menos consejos. Putos consejos… Hay gente que sólo vive para enseñar a vivir a los demás. No puedes entender cómo coño a esa gente no le llueve el dinero, y por qué no llevan una relación mucho más electrizante con alguien, o por qué no sonríen siempre o por qué se quejan los domingos por la tarde. Esa gente… esa gente es muy curiosa… Puede no fiarse de mí si quiere, o reírse de lo que digo más tarde cuando quede con su pareja o lo que sea, pero le advierto que también hay un buen puñado de razones para fiarse muy poquito de la gente que te ametralla a consejos. Puede fiarse aproximadamente lo mismo de ellos que de mí. Pero no cometa el error de elegir un bando. Es el error eternamente de moda, pero por más de moda que esté, le sugiero que vaya con cuidado con ese rollo.

[Arriba, un poco de Queens… Abajo + pin up.]

Mundo Tess

Lo que vendría siendo la heroína del libro, Tess, es rubia, incluso de ascendencia sueca (ojos claros, piel blanca, característica delgadez…), pero la chica que te gusta en la vida real (y con la que no has concretado nada aún por inseguridades y motivos aburridos que no vienen al caso) no lo es. De modo que más o menos a partir de la página diez, decides que no imaginarás al personaje tal y como es.
A medida que la historia avance, cualquier descripción o comentario que lleve a cabo el autor aludiendo al aspecto externo de Tess, conllevará un ejercicio de re-estructuración estética en tu cabeza. Así que Tess vive y se aventura en su Estocolmo natal, pero su cabello es castaño y ondulado, sus ojos, marrones, y nada de eso resta coherencia alguna a la trama de la novela, en la que, dicho sea de paso, dejas que el resto sea tal y como el autor lo concibió a cualquier nivel.
El libro es policíaco, hijo de la reciente ola de novela sueca de distribución internacional, eso parece. No hay nada nuevo en él, es lo suficientemente entretenido para cogerlo con ganas después de un día agotador, y, aunque sabes que no te va a sorprender y que sus personajes no te importan demasiado. Aunque sabes que no llegarás a obviar apenas nunca mientras lo lees el hecho de que estás leyendo un libro. Aunque no podrás sumergirte en él porque nada en él te provoca o agita o retuerce o inquieta. O te pone cachondo o te parece estimulantemente corrosivo. Aun así, sigues leyéndolo; porque el dato de cosecha propia que has aportado, hace que por más superficial y de-proyección-masiva que sea la novela, para ti será a priori mucho más emocional e intensa gracias –paradójicamente– a que ésta no te desconecta en absoluto de la vida real.

Cabe decir que, obviamente, el hecho de haber cambiado estratégicamente el aspecto exterior de Tess –añadido a que el libro de por sí no tiene potencial para que te abstraigas de nada–, hace que, por más que quieras, te sea del todo imposible sumergirte en el escenario literario al que el autor quería transportarte (…).
Además, el libro es largo. Vale, eso es algo en lo que no habías pensado. El libro tiene esa característica propia de muchos bestsellers; es gordo y tiene una austera portada. Está bien señalar que, muy probablemente, es la clase de tocho lineal que pesa como un bebé y que normalmente está pensado para que pueda entretener a literalmente cualquiera que empiece a leerlo. Es decir, en su contenido no tiene cabida ninguna reflexión, pregunta o ambigüedad que pueda incomodar al lector en lo más mínimo. Admite violencia y sexo (hasta cierto punto), y eso es todo. Todo eso hace que sea relativamente rápido de “degustar”.
Pero así como a mucha gente el libro le «chiflaría» (un perfil de lector que sólo devora novelas contemporáneas superventas, y de hecho para el que realmente el escritor pensó su obra), otros lectores más experimentados o exigentes (o quizá tan sólo ególatras o modernos ávidos de alimentar cierta pose), podrían comenzar a aburrirse según van leyendo, lo cual, sumado a su ímpetu por llegar al final, podría hacer que, en lugar de acabar con su lectura en apenas unos días, tardaran semanas y semanas de manoseo de la austera cubierta para saber qué coño pasa con Tess en el último capítulo de la puñetera novela sueca. (22,50 euros).

Tú crees que encajas más en el segundo grupo (lector experimentado, o moderno que alimenta su pose). De modo que, el hecho de haber mutado a Tess en la chica que te gusta, se acaba convirtiendo en un arma de doble filo. Al principio pasas las páginas con soltura. Agradeces la sencillez narrativa y sigues la historia empleando el mismo esfuerzo intelectual que tu madre emplea para seguir su telenovela.
Luego vas dándote cuenta de que el libro tiene de policíaco lo que tiene de original. Con horror, deduces gradualmente que en realidad no estás leyendo novela negra sueca (aunque el autor sea sueco), sino que es más bien sólo otro producto pensado para adolescentes descerebrados.
Está bien. Respiras y Googleas.
Descubres que el libro sólo es el primero de una serie de siete (¡siete!) en los que Tess es una veinteañera rubia pero morena que está enamorada de un espía que evita relacionarse en exceso con ella –aun, por supuesto, estando enamorado de ella– para protegerla.

Sea como fuere, sigues leyendo. No te va a hacer ningún mal, y así podrás decir que lo probaste y que por eso sabes de lo que hablas al criticar esa clase de sagas literarias. No sabes si eso decanta más la balanza hacía el Lector experimentado o hacia el Moderno de pose, pero aun así tomas la decisión de llegar al final del tocho cimentando tu actitud en una buena base de estúpida cabezonería.
Con todo, mientras lees, te das cuenta de que hay otro motivo de peso para no abandonar el libro. Vas escaso de pasta, y el único otro libro que te espera sin leer en la estantería es una antología de poesía publicada por un conocido que sospechas podría estar saliendo con quien llamaremos N (la chica que te gusta). Fuiste a la presentación de dicho libro sin saber muy bien por qué (aunque lo sabías), y hasta compraste un ejemplar para quedar bien. Pero en realidad no quedaste bien ni mal, sólo te gastaste 15 euros en la obra de un veinteañero que suele llevar chaleco y sombrero, y que publica poemas en un blog en que sueles aguantar lo que la velocidad de Internet ese día te obligue a aguantar. El libro, en esencia, representa todo lo que odias de tu vida y de ti mismo, así que lo último que harías sería ponerte a leer algo que sencillamente sería imposible que te gustara; siempre encontrarías un motivo para despedazar cada poema. Sería como quemarte el escroto con la colilla de un cigarrillo. Innecesario y doloroso.

Sigues leyendo, y en el proceso calculas sin parar las páginas que te quedan. Es tu ritual nocturno. Sabes que no te dormirás si no lees al menos una hora antes. Podrías releer algo, otra cosa, pero dado que ya llevas trescientas páginas, decides que vas a seguir adelante.
Estás en un error; puede que lleves meses en él. Pero se supone que vas a aprender la tira de eso; eso dicen. No sabes bien si también se aprende cuando uno es consciente del error mientras lo lleva a cabo. Pero lo cierto es que en esta vida siempre topas con alguien lo suficientemente optimista como para justificar casi cualquier lance de la misma. Esos tíos escriben mamotretos en los que se te acusa sin parar de que eres infeliz el 80% del tiempo sólo porque quieres (y sólo por tu culpa). Quieres pensar que esos tíos no son sólo unos tramposos y meras máquinas expendedoras de tácticas de marketing baratas. Según ellos, todos el tiempo que llevas sin haber atacado frontalmente aún a N, son una carrera de la que vas a aprender tanto que luego vas a ser insoportablemente inteligente, benévolo, reposado y brillante. Te vas a levantar todos los lunes con una sonrisa real y vas a ser puro amor para el mundo. Pura productividad. Y te va a llover el dinero, porque nadie va a poder resistirse a tu nuevo encanto. Les vas a decir que todo lo que aprendiste surgió del sufrimiento. Eso es lo que quieren oír; y tú les dirás que es cierto. Que existe el cielo en la tierra. Sólo deben fabricarselo.
Empeño y tesón. Cuatrocientas páginas y Tess cada vez es más idiota. Además el personaje del que se enamora parece una especie de autómata estúpido, como una ametralladora de frases hechas y cursilerías que rayan la toxicidad de un pederasta intentando ligar con su sobrina de cinco años. Pero para Tess, por supuesto, el tío es un encanto.
(Nota: Desde hace como doscientas páginas has comenzado a imaginar al personaje masculino con el aspecto del poeta veinteañero; en el fondo crees que seguramente el chaval (el veinteañero) es bienintencionado e inteligente (aunque sólo sea al estilo Moderno de pose), pero el tío de la ficción es tan rematadamente plano y sin calorías que llega a divertirte hacer ese juego, aunque sólo sea de modo puntual.)
Las descripciones del personaje masculino aluden siempre a rasgos físicos, sonrisas que alivian a Tess, y comportamientos que en la novela potencian la idea de que la «chica» es tonta (pero tonta casi como cuando en una comedia el personaje más idiota choca una y otra vez contra una farola sin saber sortearla), y el chico es recto, de espíritu noble y siempre con la decisión correcta para con ella en la boca.
El libro, piensas, tiene claramente una lectura terriblemente misógina. Hasta el punto de que has imaginado campos de concentración para mujeres mientras lo lo lees. Campos en los que se las obligaba a maquillarse cada mañana, se las obligaba a llevar tacones, a ser dulces de ese modo amanerado que sólo parece tener cabida o encanto ya en ciertas películas más allá del sexo. Campos en los que se las obligaba a ser modernas y a la vez retrogradas, lúcidas pero sabiendo esconder neuronas para no asustar a nadie. Embarazadas pero con planes para seguir haciendo deportes de riesgo. Femeninas pero capaces de hacer trabajos de cualquier tipo cobrando menos que los vigías de las torres. Etc. Campos en los que, para redondear la pesadilla, la mayoría de las reclusas decían sentirse cómodas. Aun siendo juzgadas permanentemente no sólo como el sexo débil, sino también como el sexo ambiguo y hecho un puto lío.
Un puto lío sin razón aparente, añaden muchos.
Sabes que de todas formas el hecho de que el autor sea hombre no es necesariamente significativo; sobre todo teniendo en cuenta que el libro es cualquier cosa menos orgánico u honesto (o que lo es tanto como lo pueda ser la gestión de un agente de bolsa). Sabes que en lugar de un autor podría haber sido una autora la que pariera semejante material, y que de hecho ya muchas lo han hecho. Son esos productos de consumo masivo que sólo crean –o potencian– Princesas en la vida real esperando en su torre. Esperando, en muchas ocasiones, hasta morir. Es el motivo por el que algunas mujeres ya no aceptan casi ni un ápice de amabilidad servil; cosas como que alguien les abra la puerta o les acomode la silla para que se sienten, son detalles que sólo hacen que sospechen de ti. Lo cierto es que, además, si después te insinuaran que eres un machista, ni tan siquiera tendrías demasiado derecho a hacer algo más que callarte y bajar la mirada dadas las circunstancias.
Con libros y películas así, uno siempre se pregunta cómo reaccionaría el sexo masculino si tuviera que enfrentarse a las ambigüedades y contradicciones relacionadas con la gestión de la autorrealización con las que se tiene que enfrentar el sexo femenino

Pero reflexiones al margen, sabes que lo único que estás consiguiendo al leer el libro, es pensar cada vez más en N y menos en todo lo demás.
Tess, al final del libro (que no de la historia, que, recuerdo, tiene seis putos volúmenes más…) se queda hecha un ovillo en su cuarto (cuarto que ocupa y decora desde los cero años) en casa de sus padres, mientras el valeroso espía viaja al extranjero con una misión de vida o muerte, o quizá incluso asesinato, ya que el tío, se insinúa, podría ser también un matarife, posibilidad que más allá de sembrar terribles dudas en Tess, no hace sino mojar aún más si cabe su ropa interior al pensar en el “poeta veinteañero” plano y valiente y siempre con la frase edulcorada de turno en la boca.
Hay dos escenas de sexo en todo el libro. Eso fue lo que te despistó cuando comenzaste a leerlo. Aunque ninguna de las dos son entre la Tess morena y el “poeta veinteañero”.
Al acabar de leer la última página, coges el otro libro, el de poemas. Ese día te sientes bastante tranquilo. N te ha mandado un mensaje bastante ambiguo al móvil (normalmente nunca envía mensajes al móvil; sólo usa redes sociales, en las que todo queda más bien diluido y despersonalizado; Facebook es como una sopa aguada). Comienzas a leer el libro de poemas.
Y es asqueroso, joder. ¿Es que seguimos en el siglo XIX? Menudo payaso efectista y sin alma. Tu conclusión después de haber leído medio poema, es que las mujeres van a seguir confusas y hechas un lío para toda la eternidad. Esta existencia necesita “Don Juanes” de más categoría.

[Arriba, una colaboración (para mí inesperada) de Josh Home con Florence + The Machine. Abajo + pin up.]