Tres no-fábulas metálicas

MAEBA METAL

Planta ochenta y seis del músculo financiero de la ciudad. Una idea complaciente pasa por la mente de Maeba; sonríe hacia nadie y comparte la idea con ídem. Su vaso de cóctel a medias brilla de tal modo por la luz artificial que parece vino aun siendo ponche. Se han recolocado las mesas de oficina y se ha adecuado la planta para celebrar el vigésimo aniversario de la empresa. Se han instalado luces estroboscópicas, focos convencionales de colores; se ha contratado un Dj llamado Turbo y alguien ha querido incluir globos (todos azules y con el logo empresarial) que campan a sus anchas rebotando de unos dedos de manicura perfecta a otros. Los ventanales van del techo al suelo. Son antibalas. El edificio, de hecho, está pensado para soportar la colisión de hasta dos aviones comerciales.
Maeba sabe que su apodo entre los compañeros es Maeba Metal (acentuando en la segunda sílaba siempre, nunca aludiendo al heavy). Maeba Metal porque se la considera una de las chicas más impenetrables (en todos los sentidos) de la planta; se le presume una frialdad que a la larga ella ha agradecido, ya que la leyenda ha crecido hasta el punto de haber apartado a más de un moscón a quien considera poco más que un saco de semen corporativo.
Maeba tiene miedo de algunos de sus compañeros de ese modo en que se puede tener miedo de que un vecino tuyo pueda ser un violador o un pederasta. Los hombres de la planta ochenta y seis son todos productos de la autosuperación medida, con la cara siempre afeitada y brillante, siempre oliendo a cualquier cosa que no sea olor corporal, siempre con cierta actitud de humildad que parece disimular bastante mal algunos egos que prácticamente se pueden palpar ya a unos metros de distancia. La mayoría de hombres, pues, son tan tópicos como cabe esperar en este ambiente.
La mayoría de mujeres se parecen más a Maeba de lo que muchas querrían reconocer; y aun así son bastante distintas entre sí, con ciertas clases de filosofías volubles sobre si están viviendo como quieren, o hasta que punto querrían vivir de otra forma o estar con otros hombres que no son sus parejas actuales (un dato importante es que en la planta ochenta y seis casi todas las empleadas tienen novio o marido, y que a pesar de que el ambiente rebosa cierta clase de oquedad chic de principios del siglo XXI, la promiscuidad o el adulterio no parecen ser una constante).

Maeba oye ecos de las conversaciones. Todo rezuma ese ambiente de hilo de Facebook en que leas lo que leas casi todo carece de autenticidad debido a la inabastable distancia irónica (cuando no se trata directamente del típico peloteo) que aporta el tono general; hasta el punto de que si alguien llega a decir algo que parece de verdad (sea un comentario más o menos acertado), el contraste con el ambiente que todos han aceptado hace que esa sinceridad resulte violenta y totalmente fuera de lugar.
La ventaja que da la distancia irónica hace que puedas decirle incluso te quiero a alguien sin que eso incomode a nadie (a la vez que le incomodará mucho más de lo normal en ese contexto si parece que lo dices de verdad). Es algo así como la versión sobria de cuando dos borrachos se profesan amor eterno ya al borde del coma etílico. Es verdad y no lo es. No lo has pensado, la acción no ha sido inteligente, o puede que fuera verdad pero da lo mismo. Etc.
Obviamente al paso de las horas el alcohol va sustituyendo a la distancia irónica. Maeba Metal mira por los amplios ventanales. La ciudad abajo es una siembra de luces cada vez más escasa al margen del alumbrado público; los otros edificios son ya bloques de cristal vacíos regentados ahora por señoras de la limpieza del turno de noche.
Es viernes y es la cima del mundo, la de verdad, olvida a los escaladores. Dos tíos discuten cerca de Maeba sobre si un suicida saltando desde esta planta no moriría casi seguro infartado antes de estrellarse contra el suelo. Hacen muecas de probable saltador infartado, hablan del 11-S, se ríen y beben.

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MICROONDAS DE EMPRESA

Fíjate en esa zorra de hierro y sin corazón humano. Cada día la primera en la sala de recreo. Con su no sé qué comestible de administrativa pija. Cada día a las seis y media de la mañana (una hora antes de tener que ocupar su mesa). Me abre la puerta y mete esa especie de desayuno en plan postre caliente. No pongas ninguna servilleta encima, no, zorra idiota, deja que vuelva a salpicar todo aquí dentro.
Y luego enseguida llega el pipiolo, ése que es jefe o jefecillo, y que cada mañana se harta de mirarle el culo a la zorra. Cada mañana insinúa una posible cita entre ellos dos, a la que ella responde rechazandole con una indirecta (magistralmente bien orquestada y tajante para no ser directa). Hay que reconocerle habilidad a la zorra. El pipiolo sólo usa la máquina de café (créeme, seguro que has tenido máquinas de compañía más simpáticas). Los dos profesionales proceden a sentarse a una de las mesas. A ella no le importa que él espere a que ella elija una para sentarse él en la misma. Es todo tan patético que le dan ganas a uno de meterse varios rollos de papel de aluminio dentro y ponerse al máximo. El idiota se suele levantar para poner la tele de la sala de recreo (no hay mando a distancia), y mira a la administrativa esperando a que ella elija canal… Da mucha vergüenza ajena, a veces uno preferiría vivir en un piso de estudiantes calentando pizzas recalentadas todo el día. El pipiolo se va directo al canal que sabe que a ella le gusta, pero aun así siempre le pregunta si no prefiere ver otra cosa. Uno se pregunta qué clase de virilidad o ingenio está mostrando este tío para que ella pueda sentir por él algo más que un poco de pena. Te puedes imaginar tanto al tío fornicando con ella como a un secador de manos popular que contenta a todos. Menudo aguantavelas por voluntad propia. El primer aguantavelas que no necesita estar con una pareja; él se basta y se sobra sólo con la mujer.
Al cabo del rato el tío siempre suele volver a intentar concertar algún tipo de cita con ella. La segunda vez suele ser algo más directo. Al hecho indiscutible de que el tipo no tiene puta idea de cómo hablar con la administrativa, se suma la dificultad de que además él es jefe y ella empleada rasa. Eso lo hace todo aún más triste cuando ves que en ningún momento él parece en absoluto una figura autoritaria; ella en ningún momento se muestra cohibida o nerviosa. Así, habla con naturalidad, sarcasmo e indirectas otra vez muy directas, y vuelve a plantar otra calabaza enorme en el regazo del pipiolo mientras este sonríe estúpidamente antes de entrar a trabajar.

En esta empresa dejada de la mano de Dios, cuando la gente no tiene la suficiente imaginación para salir a almorzar fuera, vuelven a esta habitación inmunda con sus portátiles para verme a mí y a la maquina de café, la maquina de café siempre deprimida… Imaginate a uno de esos dramaturgos de ego inflado a quien las críticas teatrales siempre dejan por los suelos, y te harás una idea de cómo es la maquina de café.
Aquí, como decía, cuando la gente no sabe qué hacer, acaban en la sala de recreo soltando las perlas de siempre, rajando de todo el mundo y diciendo cosas como: “Si las paredes tuvieran oídos…”. Payasos oficinistas de alma amputada…
Al final, en el fondo, quien me cae mejor es el pipiolo. El pipiolo es un perdedor, pero al menos parece tener eso que llaman sentimientos. La zorra obviamente parece bastante lejos de tenerlos. Y el resto del personal… bueno, recuerdan bastante a los muñequitos del MSN, todos iguales, siempre iguales y planos por más que quieras cambiar el diseño (resulta irónico que ya no quieran usar precisamente MSN, es como si la herramienta hubiera comenzado a revelarse como ese reflejo metafórico de ellos y ellos lo hubieran notado…).
Es algo muy común en esta empresa, todos creen que cambiando detalles exteriores se podrán cambiar también por dentro. Si eres chico te compras otro móvil, si eres chica te cambias el peinado. Y todos juntos se pasan algún día a medios digitales de aspecto exterior más pulido. Para seguir diciendo cosas como: “Si esta mesa pudiera hablar…”.

El último día, a la hora del almuerzo, todos los muñequitos de MSN vienen como siempre, desfilan con sus víveres y sus portátiles y bolsos masculinos y femeninos. Caras perfectamente anodinas y redondas y sin expresión, dándote a entender que son un individuo más en el mundo y eso es todo, porque eso es todo lo que querían ser (y si les pones en tela de juicio, se desgañitarán por demostrarte que eso es lo que querían ser y punto). A diferencia de las mujeres, las cuales se podrían dividir al menos en dos o tres grupos, aquí los hombres se adaptan a la metáfora MSN de un modo natural y óptimo. No hay ninguno especialmente alto o bajo o viejo o joven, no hay ninguno especialmente guapo ni especialmente feo. Todos rondan los treinta, incluso los superiores, los jefes y jefecillos. Todos pertenecen a otra generación perdida más. Todos conservando y conservando y procurando que nada cambie (sea o no eso lo que les convierte en iconos de la depresión potencial).
El último día es cuando decido que, efectivamente, el pipiolo es el único que parece tener sentimientos, el único que parece entender que uno no puede hacer que los días sean especiales y luminosos cuando casi todas las horas y energías las dedicas a algo que te es indiferente u odias. Cuando la mujer a la que quieres es como el icono de un témpano de hielo, y que ni siquiera va a hablar contigo con tacto para al menos no lanzarte bruscamente más calabazas, e intentar darte la última con el mayor cariño posible.
El último día es el último porque el pipiolo espera a que todos vuelvan a sus mesas de trabajo, para abrirme la puerta y meter su cabeza en mi estómago. Nadie llega para impedir nada. La maquina de café y yo presenciamos impotentes el espectáculo. Huele fatal. El derrame cerebral llega mucho antes de lo que cabría esperar.

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PROTÓN, EL AMIGO DE LOS NIÑOS

Todos los niños le llamaban Protón. Por algo que un día les contó él sobre los protones, y que ningún niño entendió a pesar del entusiasmo de Protón al contarlo.
Protón tenía 43 años y trabajaba muchos sábados en cierto edificio de oficinas. A media mañana le gustaba almorzar en un parque en el que había un banco al que había cogido cariño para almorzar. En el parque había siempre un grupo de chavales del barrio que solían acudir a él para que les contara alguna historia o leyenda escabrosa que jamás oirían de boca de sus padres.
A Protón le gustaba complacer a los niños, así que solía quedarse un momento en silencio, y pensaba en alguna anécdota que pudiera exagerar o ficcionar para cubrir las expectativas de los críos.

Un día, Protón decidió enseñar a los niños algo más. Les comenzó a hablar sobre el precio del petróleo brent, sobre el IBEX y la teoría de las ondas de Elliot. Los niños se reían y decían cosas como: “Hoy Protón está en ese plan…”
Pero Protón insistió en que eso era la realidad, y que cuanto antes la asumieran, sería mejor para ellos. “No entendemos nada, Protón”, decían los niños.
A Protón se le pasó la hora del almuerzo intentando hablar sobre las fluctuaciones de la bolsa, y sobre qué precauciones hay que tomar para invertir con cerebro. Los niños ya resoplaban, querían oír una historia, un cuento. Protón no dejaba de insistir en que le escucharan, por favor, en que ya no eran unos críos (aunque lo eran), y en que les estaba hablando del mundo real.
Unas niñas se acercaron y saludaron a Protón. En aquel momento ya estaba sudoroso, con la cara roja, y hablaba de la zona euro, yéndose por las ramas y desgranando sus argumentos de tal forma que parecía un beatnik, haciendo que los niños comenzaran a dispersarse (algunos ya incluso asustados). Las niñas, que eran dos, se quedaron sentadas a sus pies, y ya se estaban riendo de él. Protón intentaba hacerse entender, pero sus argumentos, ya de por sí complejos, se estaban liando cada vez más.
Hacía un sol de justicia. Poco después, todos los niños, exceptuando a las dos crías, ya estaban jugando a la pelota al margen de Protón. A veces alguno se acercaba, escuchaba, y miraba a los otros negando con la cabeza y volviendo a alejarse; las niñas se desgañitaban en risas viendo todo ese proceso. Protón comenzó a gritar para que todos los niños del parque le oyeran. Gritaba sus teorías sobre cómo las familias debían invertir en bolsa, sobre el papel de los bancos en la crisis, sobre las empresas punteras en la gestión de las vacas flacas. Sobre contratación y despido. Sobre que la vida es así y asá y que todos deberían escucharle. Una de las dos niñas le preguntó que si iba a vomitar, y las dos estallaron en risas. Protón la miro a los ojos. Le dijo que ya conocía a las de su calaña, él también había ido al colegio; le dijo que ya conocía el fracaso escolar, y que ella seguro que sería una de esas alumnas dentro de poco, desarraigadas y sin preparación, perdidas en el océano académico. La niña sólo reía más y más. El mundo es tal y como te estoy contando, le decía a la niña ya furioso, y no va a cambiar, ¿entiendes?… ¡Qué miedo!, decía la niña con sarcasmo. ¿No va a cambiar?, decía la otra también riendo. Sois todos unos ignorantes, gritaba ya Protón. Algunos adultos ya se habían cerciorado de que algo pasaba en el parque. Las niñas se habían puesto de pie y se habían alejado un poco, pero seguían mirando y riéndose de las evoluciones emocionales protónicas. Un señor mayor se acercó al banco y se quedó mirando cómo Protón ya había estallado en sollozos. Los niños del parque habían dejado de jugar y observaban desde lejos. El anciano se sentó junto a Protón y le preguntó “Qué pasa, hombre, por qué se pone así”… Protón sólo conseguía sollozar más y más fuerte. “Venga, hombre, ya pasó, ya pasó…”, le decía el anciano dándole palmaditas en la espalda, “Asúmalo y ya está…”.

[Arriba, otro de esos videos (ni siquiera sé bien qué es) en los que en absoluto se explota la faceta física de kate Upton. Abajo + pin up. Y por favor NO entréis en DESAPAREZCA AQUÍ para leer y comentar el relato que he publicado (publicidad pretendidamente efectista y viral).]

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2 comentarios en “Tres no-fábulas metálicas

  1. Vuelvo y aquí sigues, y respiro profundamente porque leer tus textos es como volver al yo que era antes y sienta bien. Un abrazo.

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