Planes para el Fin

Esto es unas cuantas horas antes del accidente. A la salida de algo extrañamente llamado Chateau Bar, veo lo que parece una caja de pastillas en el suelo de tierra. Recuerdo las advertencias de mi madre cuando era pequeño sobre que no cogiera guarrerías del suelo, y decido coger la guarrería e inspeccionarla, porque mi madre ya está muerta. Quedan dos pastillas dentro, capsulas. No sé qué son, se ha borrado la inscripción de la caja (o más bien la leo y es como si fuera chino, pero eso será lo que contaré si me pasa algo y la cosa se tuerce). Me trago una capsula. Era rosa y blanca y yo necesitaba algo para pasar el día, un cambio, un traspiés. Puede que lo consiga. O que “mejore” mi “otro día más con hernia”.
En el sueño plácido que tengo al volante y a unos noventa por hora hacia el final del día, veo el horizonte y el mar, el cielo es una capota gris, romántica al estilo inglés, no-mediterránea: lo contrario a las vacaciones de un hooligan.
Ya en el coche, con la pastilla deshaciéndose, cojo la libreta que uso a modo de diario, y escribo la versión complaciente.
Una bonita mañana/ He cogido el coche románticamente y he salido hacia ningún sitio/ He estado en un bar de camioneros y he tenido una agradable charla con dos de ellos.
(En realidad no he hablado con nadie, y la mirada del barman me ha acabado acojonando y he salido casi literalmente por patas.)
Uno me ha hablado de la crisis/ Tengo el coche hasta arriba de gasolina y me siento liberado/ Va bien un día así.
Es el diario que quiero que lea quien sea cuando lo encuentren. Sirve como marca blanca de autoengaño, como la versión que los demás esperan de mí: de mis sonrisas y actitud benevolente. Saco el Iphone y hago una foto a la carretera romántica de mi día en coche. La subo a Facebook añadiendo un comentario sarcástico pero optimista. También fotografié mi cerveza, al barman de espaldas, y una naturaleza muerta que había en ese antro y que ya tiene cuatro “me gusta”.
El plan es proyectar un bonito concepto de mí. No importa mucho si parece pose, ya que es una pose de lo más popular. Es lo de siempre pero a distancia. Steve Jobs (1955-2011), el creador de la siguiente aplicación para las sonrisas fingidas potenciales. Un genio, dicen.
Vuelvo a consultar mi Iphone mientras conduzco. Alguien me pregunta si sé quién es el autor de la naturaleza muerta. No lo sé, digo, pero me ha fascinado y pienso investigarlo. Otro coche me pita. Uno ya no puede ni dedicar algo de tiempo a perfilar su carácter.
Un plátano, una manzana, una naranja, un jarrón viejo. La firma ilegible de alguien al pie. Me fascina, digo, aunque sea un cuadro de lo más sencillo. Ese es mi carácter sensible. Planeo seguir alimentándolo en mi diario.

Mediodía/ He parado en un sitio a rebosar de familias/ Me he preguntado si quiero tener hijos y he decidido que sí por raro que parezca/ Me encanta el día de sol que hace/ La camarera ha perfilado un corazón de espuma en mi cortado.
Cada una de las palabras de tinta o digitales sólo pretenden transmitir la idea de que no me voy a suicidar hoy. Era sólo un día más. Ni de broma quiero ser un mártir, no quiero dar esa impresión. Era algo cínico, vale, tardé en comprarme el Iphone y a veces era algo arisco. Pero en absoluto quería matarme por sentirme falso hasta el tuétano sólo por querer encajar. No iba a dar el mensaje de que me sentía superior a nadie. O atormentado. La idea es que me gustan los días de sol, que hago un esfuerzo diario por ser bueno y altruista, que no considero la vida de la mayoría de la gente como algo banal e hipócrita y que por eso no podía aguantar ni 48 horas más de farsa. Ni de coña quiero quedar como un nihilista. Como mucho permitiré que haya dudas, quizá la imagen de algún forense arqueando una ceja, pero nada más. Se trata de que la imagen final sea la de alguien que sí sabía valorar la parte buena de las cosas, y no la de que la mayoría de veces uno ve marrullería hasta en supuestos mensajes de amor y fraternidad.

¿Que si era raro que hubiese salido solo con el coche? Bueno, a veces era solitario, pero tenía amigos.
Vale, lo del coche no encaja tanto. No soy lo que se dice amante de la conducción. Pero tampoco se me van a tirar encima por eso. Puede que lo hiciera a veces, puede que no me gustara conducir con más pasajeros. Se trata de que la investigación sea rutinaria y sólo un enganche entre el anterior caso y el siguiente. Nada, un accidente. Pero para nada planeado durante meses. No estaba planeado, sino madurado casi sin querer, de un modo natural. Como si alguien zarandea un manzano. Yo soy una de las manzanas que caen. Inocente. Sólo era alguien a quien había llamado Dios, no alguien que estaba hecho un puto lío y no sabía cómo afrontar sus problemas o amoldarse al mundo.
¿Que si tenía pareja? No que sepamos, pero casi seguro que no.
Esa es la parte mejor trabajada. Nadie interrogable tiene puta idea de a quién veía o a quién no del sexo opuesto. Por lo que saben, podría ser gay. O virgen.
¿Enemigos? No, no creo, no que sepamos.
Y es verdad. Nada de follones de deudas o chanchullos que pudieran llevar a nadie a meterse bajo mi coche a trabajar. Nunca he sido tan relevante como para que me pinchen las llamadas o me persiga un francotirador.

Hacia las tres de la tarde llaman al móvil. Para mí lo más cercano a la libertad total que puedes experimentar no tiene nada que ver con hacer puenting o rafting o sexo mientras tu novia aprende una barbaridad en su erasmus. Lo más cercano es ver cómo suena el móvil y no sentir presión alguna por cogerlo.
Vale, sí, le llamábamos y no cogía el móvil, pero hablamos de un Ipohne, no de un fijo, puede que sin querer lo tuviera silenciado o mal configurado.
Había mil cosas que sopesar antes de llegar a la remota posiblidad de que eso pudiera significar que me quería matar…
Sin olvidar que yo no sé apenas usar ese trasto. Mi fama me avala.
Incluso actualizando en Facebook. Steve Jobs (19…
Hacia las cinco de la tarde, paro en una zona anodina de lomas y un complejo de bar/restaurante/etc. Me pongo a hacer fotos a todo lo que se mueve. Y también a lo que no. Una chica me increpa por seguirla. Steve y yo, los dos salidos. Uno muerto y el otro puede.
Dicen que una erección puede aguantar post-mortem.
Mientras como algo que parece como mucho el sueño que podría dar pie a la idea de proyectar un plan para cocinar pollo de verdad, repaso las fotos del culo de la chica.
No cuelgo ninguna en Facebook. Pero sí una de un cartel de menú que había fuera lleno de faltas de ortografía. Carne de redes sociales. La chica me mira con mala leche desde su zona del comedor. Va con otras dos chicas y un chaval que no parece su novio, ni el de nadie. Comentan la jugada. Me señalan sin vergüenza. Hasta oigo un «…puto salido».

A decir verdad, la noche anterior a la road movie, me planteo vagamente otras dos alternativas para mi potencial último día.
Una es hacer el mal. Sin más. Comprar algo, un arma. Entrar en algún local y matar a todo quisqui. Por aquello de experimentar. Le digo a la almohada que no me mire así, que mucha gente lo hace aunque no se ensucien las manos y sea dentro del circuito legal. Hacen el mal. Tíos que ganan una pasta gansa y cuyo castigo es follarse cada noche a alguna modelo… ¿Por qué yo no podía desahogarme?… al fin y al cabo yo sólo iba a hacerlo por curiosidad, simple morbo, nada de dinero; puede que incluso subiera algunas fotos a Facebook; algo como alguien con un tiro en la cabeza y algún comentario mío en plan “pasando el día en McDonald’s…”…
Es un espíritu muy tirando a despedida de soltero extrema. Eso de cuando tus colegas contratan una stripper y te dicen que te la folles, que estás en tu derecho, por el último polvo «libre». Que está pagado.
Es eso, pero sacado de quicio.
En realidad encaja mucho con cómo son las cosas. Con cómo son las personas muy a menudo.
La otra opción era hacer el bien, claro. Pero es algo que se antoja bastante más complicado logísticamente teniendo sólo un día. No puedes ir mucho más allá de ayudar a viejecitas a cruzar la calle (si se dejan). Podrías regalar dinero, el que tengas, supongo, pero tampoco habría nadie que se fiara. Cuando la gente paga no sólo está consiguiendo bienes y servicios, están comprando su propia tranquilidad. Y el dinero que viene gratis no da tranquilidad, tiene que haber gato encerrado, tienes que acabar mal si has conseguido algo sin cagarte en todo mentalmente al menos tres o cuatro veces al día.
Por no hablar de otro tipo de ayudas u ofrecimientos o acciones. Ningún tío querrá que le hagas un gran favor porque sí. Ninguna mujer se fiará de ti si en el fondo no estás buscando sexo o algo que ellas conozcan. Nadie quiere que le quieran si antes no ha habido el correspondiente proceso de tanteo del terreno, de sufrimiento sentimental, habladurías y consejos cruzados. No puedes ponerte a repartir amor así porque sí. Lo máximo que podrías hacer es lo que hacen esos tíos que van por ahí con un cartel en el que pone: “regalo abrazos”. Pero yo quería hacer algo más que eso. Iluminar a alguien, hacerle entender que también puede ser especial. Algo así. Lo contrario a conseguir un arma.
Pero lo cierto es que la mayoría de gente entiende mejor el tener que enfrentarse a un tarado con una ametralladora, que a alguien que pueda quererles enseguida de un modo sincero y desinteresado, lo cual en cierto modo puede llegar a darles incluso más miedo.

Es unas dos semanas antes cuando empiezo a plantearme de verdad lo de matarme. La idea solidifica durante un vuelo de negocios. Un vuelo corto de dos horas. De esos que se te pasan tan rápido porque los comparas con el trajín que te supondría realizarlos en coche.
Todo lo de la verbalización del suicidio lo digo en tono de broma. Pero no hay que fiarse de las bromas. A mi lado me toca una mujer de unos cuarenta años. Divorciada según dice. Atractiva según decido. Hambrienta según se ve. Todo en su lenguaje verbal y gestual viene a decir: «tú me vales». Para ella enseguida soy una polla sin peligro. Un polvo sin consecuencias. Con suerte un buen orgasmo. Así que da igual lo que le digo, porque todo vale y nada es en serio excepto la palpable posibilidad de sexo. Me pregunta que por qué quiero suicidarme. Le digo que me pregunte por qué no. Y sólo se ríe con ganas. Soy retorcido según ella, lo cual puede que se traduzca en un prolongado cunnilingus en su mente. + Beso negro. + Quizá un buen acuerdo de follamigos. Le digo que no debería hacer planes a largo plazo conmigo. Nunca se me han dado bien, y en los próximos días tengo lo de morirme. Eso consume mucha energía.
No me parezco a esa gente que vive con una enfermedad terminal y aun así siguen trabajando y haciendo vida normal, demostrando una integridad y entrega infinitos. Digamos que, es mejor que a mí no se me ocurran muchas ideas. Puede que de haber pensado demasiado sí hubiese acabado armado en un McDonald’s. Me río de toda esa gente que se creen la bondad personificada, todos en su útero de la autorrealización autosatisfecha. Un mendigo es mobiliario urbano para ellos, pero luego trabajan un día catorce horas y creen que eso ha de hacer que los demás mojemos la ropa interior de tan jodidamente responsables como son. Le acabo diciendo a la mujer cuarentona que lo de morirme va de verdad. Que además los demás tienen mucha parte de culpa. No ella, ojo, ella es encantadora; se follaría cualquier cosa lo suficientemente roma y húmeda, y eso está muy bien. Pero que por favor se busque a otro. Yo estoy muy ocupado, es un momento de mi vida que es más bien ya un momento de mi muerte. Sueno absurdo y agilipollado, y todo sumado a mi erección perfectamente visible bajo mis tejanos.
Y ella dice: ¿sabes cómo llaman los franceses al orgasmo?

Deja a la mujer cuarentona, la mujer cuarentona no existe. No recuerdo qué hice con ella, o bien es asunto mío.
Me dio su teléfono. Era eso del placer de no coger llamadas.
Cuando son las siete de la tarde, me acuerdo de la pastilla que me tomé a media mañana. Y la pastilla no hace nada. Ni como placebo libertario, que era la intención. El móvil vuelve a sonar. Divorcio. Gemidos. Y ahí se queda.
Busco algún sitio en el que parar. Necesito ver a gente, niños, madres, sufridos padres de familia, camareras resoplantes. Vacaciones fallidas. Colas para conseguir apenas un esbozo de ternera de verdad, un idea vaga de café, planes para disfrutar comiendo. Quiero ver adolescentes agobiadas y hermanos que chinchan. Gente en grupos, todos con intenciones de cariño y familiaridad, proyectos de amistad. O matrimonios en sus raíles, sin decirse una sola palabra mientras engullen sus proyectos de arroz a la cubana, sus gráficos para una buena hamburguesa. Quiero ver a toda la fauna; comiéndose más las recetas que los platos en sí. Todos intentando ser felices y quedándose como mucho en entumecidos. Ideas viables de personas íntegras e ilusionadas. Mi auténtica comida, mi gasolina, mi sol y mi agua potable; la marca blanca de amor por la vida que ahora necesito contemplar.

Poco antes del accidente, escribo algo más en mi diario, y actualizo mi Facebook (me hago una foto en la que sonrío junto a dos chicas suecas que me han permitido hacer la gracia). En la foto soy feliz. Estoy en algún sitio pintoresco y disfruto. Estoy vivo y eso me encanta. Soy normal y adoro serlo. Soy un poco cabroncete, pero muy del montón. Nada de fantasías violentas o sexo casual con divorciadas. Todo eso dice la foto. Dice: “¿Yo morir hoy? ¿Acaso no veis mi sonrisa y mi aspecto juvenil y lleno de vida?”. Y aún me hago otra foto similar, esta vez con dos camareras sobre ruedas de cierto bar, a las que casi tengo que pagar para que pongan buena cara. Han sido unas diez actualizaciones hoy. Y todas dicen que soy como todos ellos, que voy a los sitios y no puedo dejar de trastear en mi Iphone; que amo las nuevas tecnologías y los comentarios escuetos semi-graciosos; incluso adoro los comentarios crípticos y a los pesados que no dejan de colgar enlaces a su blog. Vaya, en definitiva que… ¿cómo iba a querer morir así? ¿Suicidarme en mi coche? Vamos hombre… mirad cómo sonríen las camareras, están encantadas igual que yo; nada de generación perdida, somos todo vitalidad y vida, el espíritu del 15-M personificado.

Acabo un poco cansado/ Escribo esto antes de volver a casa/ Ha sido un día interesante/ Creo que nunca había pasado un día solo así, y la verdad es que la experiencia vale la pena/ Creo que repetiré, puede que muy pronto/ Ya tengo ganas de la excursión de empresa de la semana que viene.

La última parada me nutre de sobras de lo que buscaba. Tanto es así, que parezco el tipo más estable y equilibrado del lugar. Nadie diría que soy yo el que luego quiere morirse más que nada por agenda. Bueno, no sólo por agenda, pero para ser honesto está claro que no es un impulso. Esto es un autoasesinato a sangre fría puro y duro. Afuera tengo aparcada la pistola que luego me llevaré a la sien. Va a ser algo seguro, definitivo, eficaz, puro y acabado; no como la ensalada que tengo delante. Mi última cena no está siendo como esos atracones a la carta que se piden los condenados a muerte. Aunque lo cierto es que ellos no pueden ya tomar la decisión de echarse a atrás…
Luego, ya en el coche, no me siento tenso. La idea ya es salir de él dentro de una bolsa. No lo negaré, la tentación de publicar algo tenebroso en Facebook es algo más que intensa. Nada muy explícito; quizá una foto de mi cara con gesto inexpresivo. La foto de diez minutos antes de morir…
Entonces suena el móvil, y vuelve a ser Gemidos, y por primera vez se me ocurre que ella es la única que tiene la palabra Suicidio en mi boca a tan solo dos semanas antes del mismo…
Pero enseguida me calmo, ya que lo cierto es que me he pasado toda la vida bromeando con el suicidio y demás tragedias. Dudo mucho que nadie se tomara en serio su información, como mucho podrían conseguir sexo…
Tengo que elegir algo contra lo que morirme. Hace unos días pagué a cierto mecánico para que me desinstalara los airbags. Le pagué como cinco veces lo que valdría una instalación. El tío me miraba como si fuera un suicida, claro. Pero se puede comprar todo hoy en día. Si se trafica con personas, le dije, qué le importaba a él quitarme los airbags. Era una cuestión sentimental, le dije, relacionada con mi vida personal. Y tampoco era mentira del todo. Así que el tío hizo algunas horas extra nocturnas y me libro de la seguridad antisuicida de mi coche aún no acabado de pagar. Dos cosas menos de las que preocuparme. De hecho, por más tonto que suene, lo de morirse reduce la lista de tareas pendientes a 0. Una vez intenté hacer eso que se ve en las películas. Una lista de motivos para vivir y otra de ídem para morir. Fue en casa de unos amigos, iba algo borracho, y nadie supo a qué venía de repente mi ataque de risa (que, por cierto, no se le contagió a nadie).
Voy por la autovía con el coche y miro las paredes y los pilares que sujetan los puentes como un mendigo mira un bocadillo.
Me digo que es raro que no esté pensando en las personas que dejo atrás (con lo cual obviamente estoy pensando en ellas). No pienso en mis padres ni en mi hermana. O los amigos. O Gemidos. Bueno, Gemidos ha estado presente todo el día, pero sólo porque no habrá conseguido engatusar a ningún treintañero hoy. Sus llamadas sólo significan que sus bragas siguen en su sitio. Me pregunto cuántas cosas más de la vida serán así de superficiales. Y sigo sin pensar en nadie. Sin plantearme nada. No me pregunto si estoy haciendo bien o si sólo se me está yendo de las manos esta despedida de soltero. Tu último polvo «libre».
Niño. No cojas guarrerías del suelo.
Es entonces cuando, en un recta inacabable, se me cierran los ojos. Se me cierran por más que intento seguir despierto. Y veo ese mar, ese cielo gris relajante y sin lluvia. Y sonrío perdiendo la conciencia.

[Arriba, un poco de Jack White en solitario. Abajo + pin up.]

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4 comentarios en “Planes para el Fin

  1. Muy bueno, tremendamente intenso, y muy incisivo también.

    Por cierto, hay un abala por ahí que rechina bastante…

    Un saludo. Ehse

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