El avión comercial

Tengo que quedarme embobado mirando al cielo siempre que pasa un avión comercial y entra en mi campo de visión. Eso casi tiene más poder para mí que el ver pasar a la típica chica bollycao en verano. Además ya hace tiempo que he dejado de concentrarme para ver si el aparato explota en pleno vuelo. Ahora tengo una visión más amable de esa imagen. Puede que muy metálica, industrial, pero eso no hace más que acentuar el nivel de fascinación. Es uno de los mejores paisajes de ciudad, no vas a encontrar naturaleza a tu alrededor si no haces planes de conducir unas cuantas horas. El avión es una especie de excusa para mirar al cielo, y me siento más identificado con eso que con un pájaro. No sé hasta qué punto es romántico, pero es mi mundo, y no siempre apesta (o sí).
No es que ya no piense en lo del desastre, la explosión allí arriba a lo lejos, el destrozo descendiendo y dejando un rastro de humo negro tóxico. Pero luego enseguida imagino a las azafatas allí arriba, siendo todo amabilidad, a la gente cansada del vuelo, lo que verán ellos en ese justo momento; la iluminación interior, los motores. De todos modos, sería hipócrita no decir que la muerte es entretenida. La completamente ajena, se entiende. Esa resaca mediática después de un accidente y todo el dolor de los indirectamente afectados, y todos nosotros, los demás, con la nariz pegada a la tele, viendo reportajes sensacionalistas. Pero la verdad es que en mi caso, lo único que funcionaría como gran entretenimiento, sería ver la explosión en vivo. Y el mayor placer de todos, sería el de no contar jamás a nadie que lo vi.
Son experiencias personales demasiado valiosas. Un contacto con la muerte de tal calibre no se puede banalizar así como así. Aunque la gente lo haga, del mismo modo que son capaces de intentar describir enseguida un orgasmo, o el amor. Tomando un café y riéndose de lo valioso que es estar vivo.
Genocidas del silencio y las cosas importantes.
Ese es otro de los motivos de fascinación: apenas puedes oír los motores y el esfuerzo del aparato para surcar el cielo. Ya quisiera un Iphone albergar la mitad de encanto.
Todas las raciones de comida, esa comida tan criticada. Todo lo resume el avión si estás dentro. Pero de lejos todo mejora. Lo malo y lo bueno. Puedes mitificarlo. Una señora que llora en la tele después de haber perdido a su hijo en la explosión aérea que has provocado concentrándote… sólo es contenido de programa de variedades. Para el espectador es lo mismo que enterarse de que el muchacho sobrevivió. Sea como sea, es una buena historia, y no te afecta directamente. El 11-S no fue más que un gran espectáculo épico para la mayoría.
Ese es mi mundo, y no sé hasta qué punto mi fascinación por el avión comercial está más cerca de lo romántico que de lo enfermizo. No sé si aquí hay crítica o simple verborrea, ni si eso me importa ya. Puede que ya esté cansado de tener sentimientos y me esté aborregando, uniéndome a las masas obsesionadas por la tecnología y el consumo de cultura como simple modo de pose personal.
La imagen del avión es simple. Es de metal, enorme, y vuela de verdad. No ha necesitado de poetas para hacerlo. Sino ingenieros, pilotos, los profesionales de este mundo. Vocacionales o no. Porque un avión puede volar por más que no podamos dar de comer a todos en el planeta. Eso parece definirnos. Y al mirar el avión de turno, llego a plantearme si me estoy comenzando a sentir integrado. No-cabreado. Quizá el deseo del pasado de que el aparato explotara fuera el resultado de mi rabia por cómo funciona todo, por la incapacidad de ser bueno de verdad para con todo y todos.
¿Me estaré convirtiendo en un pacifista de los que no saben que los cambios sociales casi siempre se dan en los grandes países como resultado de crueles baños de sangre?
¿Será eso un acierto o un error?
Ver un avión comercial. El ser humano surcando el cielo gracias a esa su creación. Evolución. Todos esos logros personales que te han llevado a ser controlador o piloto o ingeniero. Un mago cuya magia no tiene truco.
La historia de la humanidad encastada en esa idea de triunfo.
Te puedes acostumbrar a todo, supongo. Tener una visión demasiado global o amplia no es bueno para ti, sólo te va a traer problemas. Así que ahora, ya, desde hace mucho, me relajo, y veo el avión de turno. Me enciendo un cigarrillo. Siempre puedes estar dos o tres minutos viéndolo si no hay edificios altos rodeándote. Tu vida de hierro y electrónica, te amoldas y sonríes. Lo llaman madurar. Ni siquiera tienes que justificarte. No como cuando imaginabas cómo el avión comercial explotaba. Por no saber explicar el motivo de que esa fantasía te relajara.

[Arriba, clásico de Jack White brutalmente revisado por él mismo en su nueva andadura en solitario. Abajo y en la cabecera, la vuelta de kate Upton al blog de manos de Terry Richardson; estaba claro que el fotógrafo más cachondo del panorama iba a querer pasar alguna tarde con la muchacha…]

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2 comentarios en “El avión comercial

  1. Supongo que algo de eso hay en “madurar”. Relativizar todas las explosiones fantasiosas de nuestra cabeza. Es menos intenso, pero más útil. Al menos en mi caso, claro.

    Amo a Jack White.

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