Interrogatorio a Cupido

Una cosa es el día gris. Eso está bien, tiene encanto si vives en un sitio en el que normalmente hace sol (el sol está bastante sobrevalorado). Otra cosa es cuando empieza a llover y tienes que salir. Y otra es cuando llueve y no tienes que salir. Normalmente dicen que eso mola cuando es de noche, porque estás en el sillón o en la cama, oyes la lluvia, es sugestivo, estás bajo techo, etc. Claro que, eso pasa por la mañana igual si trabajas en el turno de noche. La lluvia, por tanto, tiene encanto cuando no la asocias al paraguas. O al insomnio. O es, digamos, mejor. Como el sexo sin condón, o dormir sin necesidad de pastillas.
Dormir se puede convertir en un problema. Había un psiquiatra o algo así; publicó un libro que hablaba sobre algo llamado: «Los portales del sueño». Por aquel entonces yo era de los que trabajaba en el turno de noche (eso existe). Según el tío, ese lumbreras con años y años de estudio, había un portal a las diez, otro a las doce y otro a las dos de la mañana.
Yo entraba a trabajar a las diez y terminaba a las seis.
Un genio, el tío.
Menudo hijo de puta de la autoayuda.
De modo que yo no tenía portal alguno a mi alcance para aprovechar y poder dormirme. En el libro no se especificaba ninguna regla de tres diurna para gente que currara en el turno de noche.
Lo cierto es que, de todas formas, yo no dormía entonces de noche ni de día. A veces caía en un estado de inconsciencia durante media hora o una hora. Ni siquiera sabía bien si había dormido, a no ser que soñara algo y lo recordara; aquello se parecía tanto a dormir como el psiquiatra de los portales a alguien inteligente u honesto.
La costumbre era ir por ahí con los ojos doloridos, beber café y decirles a los demás que no pasaba nada, que estabas estupendamente; eso era preferible a escuchar un montón de consejos de mierda para conciliar el sueño (como si alguien pudiera competir con Google en eso). Ni las pastillas servían. Si se ponía a llover por la mañana, yo escuchaba el inicio de la lluvia, luego la oía bajar por los canalones del edificio, luego me quedaba escuchando toda la tormenta, luego cómo iba terminando. Y al final, escuchaba hasta cómo salía el puto sol otra vez. Los ojos como platos, la cama revuelta, muerto de sueño pero para nada, sin portales placebo hasta que llegara la hora de volver al trabajo.
Paradójicamente, en esos momentos es cuando te sientes más vivo en cierto modo, cuando miras más la hora y eres más jodidamente consciente de todo. Lo oyes todo, cualquier detalle de la habitación está lleno de putos detalles más pequeños en los que dejas la mirada fija (aunque no selecciones lo que miras). Estás demasiado cansado para levantarte y con una predisposición psicológica perfecta para no relajarte ni en broma.
Es lo contrario a ser feliz. O ni siquiera eso. Solo es una sensación parecida a lo contrario a ser feliz. Ni siquiera eres infeliz. Eres… pseudoinfeliz. Tu problema ni siquiera es lo suficientemente grave u original. Hace mucho que está incluido en el saco de los problemas de segunda que no despiertan compasión en nadie; como mucho… eso, sólo vas a conseguir que la gente te hable del tema y sus posibles soluciones, como si no hubieras probado ya todos los remedios caseros. Sacar el tema otra vez solo resulta desesperante. Es como cuando llamas para solucionar algún problema con tu conexión a Internet, algo falla, y cuando vuelves a llamar tienes que repetirlo todo otra vez. Pulse uno, pulse dos, espere mientras oye nuestra puta música alegre de espera…
Y lo mismo pasaba cuando probaba con un médico nuevo.
Es por este tipo de cosas que muchas veces dan rabia los actores alegres de los anuncios. Todos sonrientes solucionando sus contratiempos de lo más comunes. Cabrones durmientes elegidos vía casting.

Precisamente por aquel entonces, uno de esos cabrones salía con la chica que me gustaba. Además no era un actor de cincuenta años cuya carrera ya no iba a despegar. Era todavía una promesa de veinticinco. Tan sonriente y bien dormido que era bastante difícil al mirarle seguir siendo consciente de que había otras personas en el mundo que morían de hambre. La clase de tío cuya forma de “diferenciarse” de los demás solo incluía rutinas como evitar conflictos, hacerse un tatuaje o decir cosas como: «Vivir amargado no sirve de nada, así que yo siempre veo el lado positivo de las cosas» (es decir, que nunca percibía niños africanos muertos por hambruna, sólo veinteañeras occidentales saludables a las que meterles la polla).
Tener mundo interior era comprar una pegatina nueva para el coche.
Si eras de otra forma estabas exagerando, sacando las cosas de quicio, haciendo demagogia autocompasiva.
Los pequeños detalles positivos te endulzaban la vida. Los pequeños detalles negativos… los negabas. El tío hablaba de sus tropecientas ex y de anécdotas del pasado como si fuera un teletubbie, como si nada tuviera excesiva importancia, como si en lugar de corazón tuviera un peluche que hubiese ganado en una feria. Lo largaba aparentemente todo intentando dar una impresión de transparencia y modernidad (lo cual sólo era más impostura). Nada era lo suficientemente importante para él; eso era lo que parecía querer darte a entender; la vida, psé… no era gran cosa, no podía impresionarle.
Todo eso sucedía en mi grupo de amigos. Yo sólo tenía fuerzas para asentir y pedir otro café.
Si el tío tenía algún miedo, sólo era un miedo de diseño, el promovido por medios y gobiernos. Era emprendedor al modo en que lo eres cuando en realidad lo único que haces es escrutarte en el espejo del ego de mil formas distintas. Si vivías la vida y no lo publicabas siempre a los putos cuatro vientos, no tenía sentido haberla vivido. No querías a nadie si no decías «Te quiero», fuese cierto o no. No eras listo si nadie te había enseñado antes su pulgar señalando al cielo.
Ese gilipollas estándar…, pues eso, así es como era.
En realidad no era culpa suya. Había salido de la misma cadena de montaje que todo el mundo. La única diferencia era que para él el concepto «cadena de montaje» nunca era una metáfora, sólo eso que hacían algunos desgraciados abocados a trabajos de bajo perfil.
Es verdad en parte que hablo de él en estos términos por lo de la chica. Pero también es cierta a veces la claridad que da el analizar sin escrúpulos las cosas. Algo que a menudo sólo haces cuando pasas por esos procesos sociópata-emocionales. En este caso eran celos, pero hay muchas otras formas de estar cerca de ver el mundo tal y como es gracias a una jodienda personal. Mucha gente cree que es una visión condicionada, sesgada, de complacientes autojustificaciónes. Yo creo que es más bien al revés. Cuando eres esencialmente feliz es más fácil que estés mucho más lejos de ser objetivo con lo que te rodea.
Es decir, para qué.

Al final un día un médico me recetó unas pastillas que funcionaban. Llevaba dos años sin dormir de verdad. En ese momento para mí los médicos ya eran más bien camellos. Cuando entraba a la consulta me daban ganas de darle al matasanos de turno una lista a boli de las pastillas que había tomado, todas tachadas, y decirle que se saltara el protocolo, que me recetara otras nuevas. Fuertes, por favor.
Si duermo cuatro horas hoy, volveré y le chuparé su polla licenciada.
Deme drogas.
Duras. Pondré el culo si es necesario.
Pero no. Siempre tenía que volver a contar toda la historia.
(Y luego temía lo habitual. ¿Ha probado a reiniciar el router?… Vaya a Inicio y haga click en Ejecutar…)
De modo que, aquel día iba otra vez sin ninguna confianza. Los abuelos de la sala de espera tenían todos mejor cara que yo. Incluso uno que decía que le quedaba nosecuánto de vida, según decía ya no era tanto una persona como el medio de transporte de su tumor. El tío sonreía hablando de los tratamientos, de que ya le daba igual todo. De qué se le va a hacer. Era un octogenario. Yo tenía los ojos como platos, y estaba demasiado cansado para sentir pena. En aquellos momentos era un ochenta por ciento sueño y un veinte por ciento celos. Pero ni siquiera tenía fuerzas aún para odiar en condiciones al gilipollas de diseño.
Hasta que todo cambió.
En efecto, el médico me recetó unas pastillas nuevas, y la siguiente mañana dormí la friolera de tres horas y media (mi récord personal en más de dos años). Al despertar y mirar la hora, me quedé totalmente pasmado. Ni tan siquiera intenté seguir durmiendo más, quería quedarme con el buen sabor de boca. Esperanza. Salí a la calle y me sentí como esos tíos que duermen siete u ocho horas y sonríen sobrados de energía. Esos que pueden leer un libro sin perder la concentración, que te miran y no dan ganas de darles un guantazo para que espabilen. Era como ser feliz. Me costaba no coger del cuello a todos y gritarles que había dormido tres putas horas enteras. Tenía energía, eso de lo que se habla tanto. No era un mito; uno podía recargar las pilas. La vida era larga, pero joder, es que además podías descansar, y no sólo pasar por ella buscando drogas y engullendo café para poder soportarla mínimamente.
Era un milagro.

Es verdad, todo comenzó a ser distinto de verdad. Comencé a dormir hasta cinco horas cada mañana. Con el tiempo acabé dejando poco a poco las pastillas, y comencé a relajarme de modo natural, como hacía años.
Fue así como reuní las energías necesarias para que mis celos tuvieran todo el protagonismo que merecían, y mi odio por el gilipollas no fuera solo una letanía, sino un sentimiento de verdad; de los que la gente tiene aunque no consuman cafeína como si fuera agua.
Volvía a ser humano, a tener capacidad de elección e ideología. De todo. Podía empezar a sufrir por amor ya sin molestias. Me sentía como debe sentirse un alcohólico que ha dejado la bebida. O como cuando te pasas un tiempo notando que no puedes leer los rótulos por la calle, y cuando te compras unas gafas el mundo adquiere definición y formas, esquinas, letras…
Ahora sí, ahora ya podía comenzar a padecer en condiciones.
Podía ponerme manos a la obra e intentar ser al menos infeliz respecto al asunto de la chica. Por lo menos volvía a tener las energías necesarias para probar suerte. Ya no tenía un problema de pseudoinfelicidad por el insomnio, sino que, con suerte, podía labrarme un follón en condiciones con mi grupo de amigos. Qué sé yo, me vine arriba: pensé que podía incluso intentar romper la estabilidad, dividir al grupo, malmeter, provocar celos y así no ser yo el único que los sentía. Podía vivir. Hacer las cosas que hacen las personas que renuevan las energías cada día sin problemas.
Total, eran una pareja de veinteañeros, casi universitarios aún (sobre todo ella). Sólo era una cuestión de tiempo que rompieran. Ese tío no parecía ni mucho menos alguien que fuera a conformarse nunca en general con nada. Iba a cambiarlo todo mil veces aún en cualquier faceta de su vida. Y por supuesto también cambiaría de novia. ¿Qué sentido iba a tener para ese pavo elegir no follarse a otra tarde o temprano si se ponía a tiro? Por dios, hablamos de un tío que se perfilaba dibujos en la perilla, un tío que llevaba gorros en cualquier época del año por simple estética. Un tío con unos cinco o seis piercings visibles, dos bandas en las que tocaba una especie de no-metal horrible, y como tres o cuatro clases de bolsos distintos. ¿Alguien a quien le preocupa tanto llamar la atención puede querer seguir con su novia para siempre desde los 25? Seguramente ya había hecho incluso el cálculo de cuándo romperían. Algo como al finalizar el verano, o después de navidad… En esas edades las otras personas funcionan muy a menudo como etapas. Ciclos sexuales. Los sentimientos sólo tienen cierto protagonismo en el subidón del inicio de la relación. Luego todo son planes «adultos» para hacer cambios.

Llevaban cinco meses saliendo. Cinco meses; él 25 y ella 23. Cinco meses eran “toda una vida”, un noviazgo “serio”. ¿Había amor?… da igual, probablemente eso era lo de menos. La libertad de elección, el hecho de que las parejas ahora se sientan libres para cortar y no haya presiones exteriores de los padres y etc., pues bueno, es un arma de doble filo. Seguramente muchas parejas tengan menos paciencia de la que deberían, así como hay otras que aún son demasiado rígidas y mantienen la relación aunque ya dé incluso grima verlos juntos. Incluso todavía existen aquellas parejas que cuando la cosa se tuerce creen que lo mejor es tener un hijo. Pero siendo honestos, la etapa de la juventud ahora suele estar gobernada por el caos. Nadie obedece a filosofías como el Carpe Diem por más que se llenen la boca de eso. El Carpe Diem de hecho sería ideal aplicado a una relación de pareja. Sin nadie que pensara en el futuro. Sólo valorando lo que pasa ahora, si ahora estás bien. Eso podría competir incluso con la amenaza de estar rodeados de otras personas siempre potenciales dinamitadoras de la relación.
Como sea, lo cierto es que esa filosofía de vivir el presente y punto, es sobre todo una farsa como un piano; es a las emociones lo que los donuts sin azúcar a la bollería. Al final no engañas a nadie. Todo el mundo, todo hijo de vecino, vive arrastrando quiera o no muchas cosas del pasado, y tiene que convivir también con la perpetúa amenaza del futuro. De hecho incluso estamos educados así. En el colegio ya era así; el colegio era una perpetua apología del pasado y el futuro; era todo amenazas solapadas (o no) sobre lo mal que te iría de mayor si no estudiabas, sobre lo mucho que pensarías en que ya no podrías volver atrás, etc. Tanto era así, que yo no le vi sentido a la vida hasta que comencé a morrearme con una tal «Cristina la vecina» en el portal de mi bloque de pisos a los quince años. Joder, debí pensar, al fin también existe el presente.

Queramos o no, somos esclavos de la memoria, y también de la incertidumbre del futuro. Todo el tiempo. Bueno, quizá excepto mientras duermes… pero mientras duermes no puedes hacer gran cosa…
Cuando más acentuado estaba mi problema de insomnio (llegué a tener visiones poco agradables), llegué a hablar con un… profesional. Y el tío no paraba de decir que tenía que haber algo de mi pasado, o algo de mi presente, algo que me tenía histérico quizá a un nivel subconsciente. Luego el tío intentó usar la hipnosis… y no hubo manera. Yo le decía que si no conseguía dormir ni con diez horas y una cama, sólo con una hora, el péndulo y un diván…
Las sesiones se fueron transformando en una constante burla mal disimulada por mi parte, y un día el buen hombre me echó dialécticamente a patadas de su despacho. Ese mismo día conseguí dormir dos horas enteras.
Sobre todos esos temas hablé con mis amigos una vez superado el problema. Sobre todo lo hacía cuando estaba la pareja de mi interés presente. Cuando estaba ella. Aunque en cierto modo quien era más susceptible de “convencer”, era él. Por más que me duela, la que parecía enamorada en la pareja era ella. Con él, daba la sensación de que la relación no era más que otra arista más de su forma de mostrarse. Mostrarse en el sentido más… somero. Y me refiero a simples posturitas. Creo que el tío disfrutaba mirando a otras mujeres en los locales mientras rodeaba con el brazo tatuado a su novia. Creo que le gustaba “enseñarse” ocupado. Un tío con novia. Creo que quería sembrar comentarios del tipo «Los buenos ya están pillados». De verdad lo creo. Quería tener pareja para poder meterle la lengua en la boca delante de todos mientras su brazo se estiraba sinuosamente para posar la mano en la parte interior de uno de los muslos femeninos de su propiedad. A veces era como ver un anuncio de colonia ultracool en directo.
A veces me daban ganas de buscar el extintor de turno y aplastarle la cabeza hasta acabar machacando huesos y sesos contra el suelo.
Pero lo cierto era que aquel idiota que debía creerse inmortal (nadie piensa que tendrá nunca cincuenta años cuando se hace un tatuaje nuevo cada cinco meses), a ella le gustaba. No sé qué era. No sé si de verdad era algo irracional o si simplemente el tío se la follaba como ella quería y por lo demás era meramente soportable y estúpidamente gracioso (con esas bromas con las que algunas chicas sólo se ríen cuando salen de la boca de un tío físicamente imponente; y esto sí lo hacía).
Realmente tenía facha de modelo; tanto que llegabas a pensar si no estaba errando el tiro queriendo dedicarse a la interpretación.
Una vez claras esas bases, pues, lo que yo hacía era intentar sacar temas trascendentes sobre el pasado y el futuro. Él intentaba demostrar a veces, además, cierta faceta filosófica de sí mismo; era bastante patético, ya que cualquiera se daba cuenta de que lo suyo no era el «pensamiento». Ellas se lo perdonaban por el mismo motivo que le perdonaban las bromas estúpidas, y los tíos nos limitábamos a esperar que se disipase la vergüenza ajena derivada de las risitas femeninas.
A decir verdad, él ni tan siquiera era del grupo de amigos. Sólo era el “novio de”; es decir, hacía cinco meses que salía con nosotros simplemente porque se follaba a uno de nosotros.
Los “novios de”, así como las “novias de”, representan cierta tipología irritante de amigos a la fuerza. Básicamente a veces tienes que aguantarlos quieras o no.
Yo no había tenido ningún roce con ninguna de las parejas de mis colegas. Hasta que ya sabéis…

Con estas cuestiones siempre hay muchas dudas. ¿Por qué yo antes no había intentado nada con esa chica? Se supone que tuvo que haber lapsos de tiempo en los que ni ella ni yo tuviéramos pareja…
La respuesta es fácil y no lo es. La respuesta tiene que ver para muchos con el miedo. Y para mí sólo con cierto concepto romántico sobre la vida que aún dudo mucho que tenga cabida en la misma en la actualidad.
Para empezar ella no me gustó siempre. Era una chica guapa, sí. La conocía desde la niñez. Yo le llevo tres años. Éramos amigos infantiles. Luego pasamos a formar parte de un grupo de amigos mayor. Luego ambos tuvimos algunas parejas. Y de un modo muy gradual (del tal modo que nadie podría simplificar su vida “cogiendo el toro por los cuernos” o con todos esos “procedimientos” muchas veces tan sólidos como lo de los portales), he acabado dándome cuenta muy tarde de que ella es más importante para mí que cualquier otra persona, incluyendo a mis padres, a cualquier miembro de mi familia, a los amigos, y por supuesto a cualquier niño africano a punto de morir.
Mi idea romántica tenía que ver con la esperanza de durabilidad de la relación. Yo no quería ser otra de sus experiencias y punto, ni tampoco un paso más, no quería quedarme en ciclo sexual o mera fanfarria de ex del pasado. No quería pasar a formar parte para ella de algo más que fue saludable dejar atrás. La verdad es que no sé si llevaba algo de razón con esa campaña de orgullo propio; no sé si era un sentimiento bonito por mi parte o sólo pura estupidez o incluso egoísmo. Sencillamente era así como me sentía con ella. Sentía cosas que nunca había sentido antes con nadie.
La diferencia, pues, entre ella y yo, seguramente era que, aunque ella después de cortar con el gilipollas de los tatuajes (durante un numerito, por cierto, ante todo el grupo de amigos; por supuesto él le acabó poniendo los cuernos…) estuviera dispuesta a salir conmigo, seguro que no se plantearía la relación en los mismos términos. Lo que yo pensaba es que era casi imposible que ella me quisiera como yo a ella. Y aunque estaba dispuesto a ser ese cincuenta por ciento de la pareja más entregado que el otro, lo que no quería aceptar era un relación que pudiese contarse en meses, o que se quedara en aquello que ella hizo en un momento de debilidad justo después de cortar con el anuncio andante.
Yo no quería simplemente tener a alguien al lado que se dejara follar. No quería una de esas relaciones que casi se acaban en lo de “amigos con derecho a roce”. No con ella. Creo que eso ya ha quedado claro. Lo que yo quería era que ella estuviera bien, incluso a poder ser hacerla feliz. Lo cual me llevó a la siguiente táctica (absurda o no) con la que preparar el terreno para que un día eso pudiera ser así.

Mi táctica aún dura, y probablemente pueda catalogarse de manipuladora. O al menos poco honesta.
Puede que yo sea más gilipollas que el de los tatuajes. Qué se yo.
Esto no es una de esas cosas que cuentas a nadie sobre ti. La gente está más educada para acabar pensando que estás tarado que para concluir que sólo estabas románticamente desesperado. Quizá haya mucho de las dos cosas. Quizá incluso son indisociables.
Como sea, ella cortó con el gilipollas a los cinco meses y medio; el tío ya tenía otra colección de anécdotas conyugales más para contar al grupo de amigos de su siguiente novia.
Pero yo decidí no intentar nada. Ella aún tiene 23 años. Eso hoy en día la mayoría de veces es estar aún demasiado sediento de vivencias; eso es estar aún muy lejos de querer, digamos, plantarte. O no necesariamente muy lejos. Pero para mí aún es arriesgado intentar nada. Ella ha tenido tres novios de verdad. Con todos, la razón de ruptura de fondo más importante en realidad, era la de que la cosa no iba a cuajar de ningún modo, que ella aún tenía toda la vida por delante (llegó a decir algo así en voz alta). La razón, en definitiva, y dicho sin eufemismos, era: Soy demasiado joven para plantearme atarme a nadie. La razón era: Quiero vivir aún algunas experiencias más, seguir sintiéndome libre del todo, quizá viajar, puede que ir a vivir al extranjero. Etcétera. Para mí querer tener una relación profunda o duradera con ella ahora, se me antoja como intentar atrapar a un ratón en una habitación llena de muebles y escondrijos. Sigo creyendo que toda esa mierda del Carpe Diem sólo es cháchara. Es tan realista como creer en Dios para sofocar la idea de la muerte.
Ahora está liada ya con otro chico (han pasado dos meses desde el gilipollas). Un chaval de su misma edad. No tiene un solo tatuaje y parece tímido. No me cae mal, aunque obviamente tampoco me cae bien. Es tranquilo, puede que sirva para matar otro buen tiempo. Puede que haga bien su papel contemporizador. Parece una buena opción como experiencia bisagra para ella.
Todo dependerá del tiempo que pase hasta que corten (pueden no cortar, pero claro, siempre hay riesgos, y quien no arriesga…). Entonces decidiré si doy el paso ya o no. Mientras tanto evitaré relaciones serias. Viviré del “aquí te pillo aquí te mato” cuando tenga ocasión. De todos modos el sexo tampoco me obsesiona. Así de malvado soy.

[En el video, ese tema fascinante de Donovan que relanzó la película “Zodiac” con su brutal primera escena. Abajo + pin up.]

Anuncios

4 comentarios en “Interrogatorio a Cupido

  1. Es un muy buen relato. Estupendo, de verdad. Y te lo digo desde la más sana discrepancia. Como otras veces, el hecho de estar muy en desacuerdo con algunas (que no con todas, claro) de las ideas que el relato deja entrever (o ver, directamente), no me impide apreciar y disfrutar de la historia, del tono, del ritmo, de la originalidad de algunos planteamientos. Y me ocurre con frecuencia. Supongo que eso es buena señal, supongo que significa que eres un escritor bueno o muy bueno. Al menos, para este lector.

    Y el título es, sencillamente, formidable.

    Bueno… para que no todo sea lubricante, dos pegas:

    1ª) En la frase “Y al final, escuchaba hasta cómo salía el puto sol otra vez”, ¿el sol no debería ponerse en vez de salir? Se supone que el tipo duerme de día y se despierta al anochecer para incorporarse al turno de noche, así que, al final de su estancia en la cama, el sol se pone, no sale. O eso, o yo no me he enterado bien de algo.

    2ª) Esta construcción: “La diferencia, pues, entre ella y yo, seguramente era que, aunque ella después de cortar con el gilipollas de los tatuajes (durante un numerito, por cierto, ante todo el grupo de amigos; por supuesto él le acabó poniendo los cuernos…) estuviera dispuesta a salir conmigo, seguro que no se plantearía la relación en los mismos términos”, ¿no es demasiado complicada? Tantas comas, frases cortadas, subordinadas, paréntesis en tan poco espacio… seguro que hay una forma más sencilla de decir lo mismo; y más a tono con el resto del texto, claro.

    Por cierto que me ha parecido encontrar algo de filosofía Buenafuente por ahí, entre líneas. Ya sabes: la buena gente, los gilipollas y todo lo demás.

    1. Gracias por leer 😀
      Cuando digo lo de salir el sol otra vez, me refiero sólo al hecho de que se vuelva a ver entre las nubes, o que las nubes se van, ya que dormir, el personaje ya se va a dormir por la mañana siempre…
      Y el segundo punto, quizá la frase podía ser más sencilla sí…

      En cuanto a las ideas del relato, pues eso, es un relato, no un ensayo, no hay por qué estar de acuerdo con el personaje; en realidad se puede empatizar incluso sin ni siquiera estar de acuerdo. Puedes entender hasta cierto punto su comportamiento si como lector conoces el sentimiento descrito.

  2. a veces me han sucedido cosas como las que cuentas al final, y pienso que son casualidades, que es as cosas sólo me ocurren a mi, luego hablas con la gente y ves patrones, formas de comportamiento que parecen repetirse con pocas variaciones, quizás no haya gente buena o mala, quizás sólo haya esquemas que a base de repetirse sufren pequeñas varaciones.. quizás no seamos tan únicos como nos creemos.

  3. Interesante, hace tiempo que no te leia y yo siempre he creido en las “no” casualidades 🙂
    es del todo divertido cuando lees algo y comprendes cada linea, cada conjunción, la hilación del asunto, la esencia, el núcleo … besos para ti 🙂 me sacaste una mega sonrisa! Un enorme gusto leerte, te espero anclada en los Mares !

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s