Analítica

Sueño y más de un «joder» susurrado. Paro. Malestar general, físico y mental. Ningún atisbo de optimismo. El mundo como esa amenaza latente constante. La vida asociada con la inercia y poco más. (Aunque sólo sea un rato.) Lunes.
Temprano por la mañana. Análisis de sangre. La sala de espera a rebosar. Todo lleno de puertas que se abren y se cierran como en un vodevil tedioso. Gente saliendo de los habitáculos, sujetándose el brazo pinchado. Caras en ayunas. Son las ocho y media y tenía hora a las ocho menos cuarto. Ojos doloridos. Me llegan recuerdos de ayer por la noche; la mente, tan aleatoria ella, selecciona ese momento del fin de semana. Nadie dice mi nombre por megafonía aún. Suelo marearme con las agujas. Intento recordarme que ya soy adulto y que sólo es un «pinchacito». Ayer se celebraba una cena en cierto lugar que “«me han dicho que está muy bien»”. Una voz de mujer dice un nombre por megafonía, y no es mi nombre. El sitio parecía un restaurante tirando a caro pero disfrutable. Un hombre de la sala de espera no deja de mirar un punto concreto de la pared; unos cincuenta años, lleno de muerte, y no es el único. Pero al final el sitio es de tapas; sólo hay menú entre semana. Mierda, me digo; estaba tranquilo, pero a medida que pasan los minutos, la idea de la aguja vuelve a revolverme el estómago. Yo que creía que iba a ser una cena al uso, reposada; pero tengo mis reservas con los sitios de tapas. Los nombres siguen sucediéndose por megafonía y todos son anónimos en lo que a mí respecta. Somos diez personas a la mesa, entre ellas varias parejas; otros seguimos solteros (y cínicos, al parecer). Más personas con cara de lunes entran a la sala de espera, también somnolientos, con el papel de cita en la mano, vagamente confusos. Comenzamos a estudiar la carta. En realidad ni siquiera me he sentado a esperar para la analítica, todas las sillas están ocupadas, he cometido el error del optimismo horario. Todo parece delicioso en la carta, todas las raciones que compartiremos; ese detalle hace poco más que irritarme.
Primero llegan dos tapas; y confirmo que no solo son más bien minúsculas, sino que además vienen servidas (como si fueran para un solo comensal) de tal modo que hay que despedazarlas y es muy difícil saber qué ración debes coger para ti. Llaman por megafonía a alguien que se llama como tú pero no se apellida como tú. Me como lo que me pertoca (creo) de las dos primeras tapas (dos bocados); delicioso…, y toca esperar a que llegue más comida. Comienzo a caminar en círculos por la sala de espera; una hora y cuarto ya de retraso. Un sitio de tapas es un continuo coito interruptus, casi hace que se me quite el hambre; es como estar en ello con una mujer y que cada treinta segundos te empuje, se separe de ti y te diga «no-no-no, en cinco minutos seguimos». Cinco, con suerte…
Cuando dicen mi nombre por megafonía, se me pone el corazón en la boca de emoción; hora y media de espera.
Las tapas llegan a cuenta-gotas, la cena interruptus, el resto de comensales parecen encantados. Cuando entro en el habitáculo del pinchazo, una silla me espera, una goma, instrumental, peste a alcohol. En cierto momento durante la cena, pregunto con tono de broma/mosqueo si luego iremos a un chino o algo; ya sabéis, ¡un plato para ti solo!; en ese momento no sé si resulto demasiado paleto o demasiado pijo; mi estómago se queja de los lapsos de tiempo muerto. Me van a pinchar en el brazo izquierdo, algo que no tenía previsto; llevaba mentalizado sólo el derecho, y eso me cabrea. El resto de tapas se confirman como momentos aislados de placer. Me atan la goma, me dicen que cierre el puño; golpecitos para buscar la vena. La cena se ha acabado en algún momento y no sé si sigo con hambre; diría que sí. No miro nada de lo que sucede; noto el algodón húmedo; no sé en qué momento va a entrar la aguja. La camarera nos pregunta si vamos a querer postre. La aguja no acaba de entrar y la tía me está poniendo de los nervios. Sí, digo en voz alta, el postre iría bien esta vez. Noto el aguijonazo y guiño los ojos con fuerza. Miramos otra vez la carta para elegir postre. Es un dolor agudo, se nota la aguja dentro y también cómo el émbolo (o lo que sea) retrocede sacándote la sangre: ese proceso se eterniza. La cena se acaba alargando, como siempre que no vas a un chino o a un kebab y estás con más de dos personas; hemos elegido postre y sé que ya soy el quejica del día otra vez. Dolor agudo, Dolor agudo, Dolor agudo, se intensifica. Todos hablan de su trabajo, de todo el trabajo que tienen, de que ya mismo otra vez vuelven al trabajo, de qué suerte porque al menos tienen uno, de que el trabajo por aquí y el trabajo por allá: todos tienen trabajo y odian su trabajo; pero les encanta al parecer el sitio de tapas (o no). Dolor agudo; se extiende brazo arriba; el émbolo se mueve, se mueve a cámara lenta; la sensación de succión acentúa cada vez más el Dolor agudo. Unos diez minutos después me traen un flan; un flan que no tendré que compartir: un sitio de tapas te hace valorar la propiedad privada. El Dolor agudo, persistente; miro un momento, sólo medio segundo, y ahí sigue la aguja, y atisbo un tubo, el tubo por el que va la sangre. Ataco el flan despreocupadamente, sin tener que seleccionar un pedacito y pasar el plato; y me viene a la cabeza que al día siguiente tengo análisis de sangre. El dolor agudo llega a su punta máxima; además, luego noto cómo me quitan la goma sin haberme quitado la aguja aún, lo cual hace que la sienta aún más claramente clavada en mi brazo. El flan me dura dos minutos, quizá por el placer monógamo-gastronómico. La aguja sigue clavada en mi brazo, el brazo no-previsto, la muy puta que me ha pinchado gestiona el tema del tubo o lo que sea antes de sacarme la aguja. Puta, Puta, Zorra. Alguien dice si vamos a querer cafés; yo voy a querer fumar, digo. La aguja aún clavada, de hecho siento como si colgara, se me está revolviendo el estómago de verdad. Todos piden café menos yo; todas las clases de cafés posibles, cafés monógamos. Encima alguien entra en el habitáculo, un médico o lo que sea, y se pone a hablar con la Zorra y la Zorra sigue dejando la aguja sin sacar. Tardan otros diez minutos en traer los cafés; en realidad quince, los traen en dos tandas. El doctor y la Zorra charlan, y yo como un gilipollas evitando mirar la aguja, respirando hondo y procurando normalizar la situación. Todos beben los cafés y se embarcan en conversaciones tediosas; “rutas para llegar en coche a”, animales de compañía, un tal Pablo al que ponen a parir “educadamente”. El doctor, o quien sea que ha entrado a flirtear con la Zorra, habla con frases hechas o refranes, todo pose, nada de cosecha propia. Pablo, joder tío, lo que debería hacer Pablo es echarse novia, eso le vendría bien, se centraría. La aguja colgando, noto cómo cuelga. Es buen chaval, pero no se centra, no está centrado (sorbo de café). Lo importante son los pequeños detalles de la vida, mujer, dice el doctor. Pablo tenía que haber seguido con aquella chica, era muy como él, hacían buena pareja… A quien madruga Dios le ayuda, chica. A ver, siendo sincero, dice alguien, Pablo no le echa cojones a la vida. Perro ladrador, poco mordedor. Una vez vino con nosotros de viaje a Roma y le multaron por mear en la calle. Cada día estás más guapa, chica. Al final alguien se percata de que sigo con la aguja; “enseguida te la saco”. Todo el mundo se ha acabado sus cafés, pero la charla sigue y no hay forma de salir del restaurante. La Puta Zorra me saca al fin la aguja, algo que siento a la perfección, y me dice “sujeta aquí, dobla el brazo”; me ruedan goterones de sudor hasta la barbilla. Bueno, digo poscafé, ¿vamos a fumar? (ninguno de los demás fuma). Al ponerme de pie, mareado, doy un traspiés, aunque no llego a caerme; el gilipollas del doctor me sujeta y me dice algo en tono comprensivo (en realidad sólo sigue ligando). No hay prisa, me dicen todos esos no-fumadores (cabe decir que al cabo de veinte minutos soltarán comentarios como “no sé tú, pero yo mañana me tengo que levantar a las 7”). Salgo del habitáculo, lívido, toda la sala abarrotada; al cerrar la puerta oigo cómo el doctor sigue flirteando. ¿Pablo no era ese chaval gay? (risas). Voy camino de la calle, gasa en brazo, zona de la aguja dolorida, Puta Zorra que moja las bragas con frases hechas. Pablo nunca sale, tiene que salir más, con nosotros, NOSOTROS, nunca nos hace caso, Pablo, gay, incapaz, perdedor. En la calle sigo sujetándome el brazo, tránsito de gente a pie y en coche, atisbo una cafetería cruzando la calle. Bueno, vayámonos que mañana hay que trabajar, como los buenos; este sitio está bien para cenar, ¿no?. Me meto en la cafetería y pido un café con leche y un donut. A la puerta del restaurante, todos en corrillo, despedida de largo formato, tanto que aun habiendo habido ya besos y “ya nos veremos”, la cosa aún se alarga un poco más; vuelve a surgir el asunto del trabajo; miradas de soslayo; “algunos tenemos que levantarnos temprano mañana”. Ojeo el periódico y bebo a sorbos el café con leche. Comienzo a caminar intentando estirar al grupo, separarlo, deslavazar el corrillo. Cada dos por tres aprieto la gasa y la tira pegajosa que debe sostenerla en su sitio; siempre creo que me la quitaré antes de tiempo y comenzaré a sangrar. Finalmente, camino con una de las parejas; vivimos en el mismo barrio. Paz; no hay casi nadie más en la cafetería, ojeo el diario casi sin leerlo; dice que el mundo se acaba tal y como lo conocemos (no me suena tan mal), y que si no trabajamos duro lo acabaremos pagando. Cuando llego a casa, me ducho y vuelvo a recordar el análisis de sangre, mañana, ocho menos cuarto; tardo unas tres horas en dormirme, creo que por un vaga sensación de odio hacia mí mismo, pero sobre todo hacia la aparente calma de los demás, la compañía en la cena.
Se me ocurre escribir algo en mi “diario” al salir de la cafetería (me gusta pensar en que algún día alguien lo lea y se lleve el chasco de que todo es sobre todo ficción; justicia divina), lo que se me ocurre es escribir sobre el sitio de tapas, añadiendo algún detalle divertido sobre que todos los asistentes a la cena acaben luego en la calle vomitando, todos esos sibaritas, racistas gastronómicos, pagando su xenofobia mal encubierta con todo lo diferente. Es como si el sitio de tapas fuera una representación del resto de la vida; pequeños momentos de placer enterrados en largas esperas y jodiendas, y todo el mundo aceptándolo con una amable y resignada sonrisa para con la situación. “Algunos tenemos que levantarnos temprano mañana”. La dignidad que aporta al parecer la aceptación de los sistemas, sean como sean. La negación plausible a hacer analítica alguna sobre la vida más allá del concepto de la sala de espera, las gasas y los desinfectantes.
Tengo varias gestiones durante la mañana después de la Zorra y Frase hecha y el donut. El día que mi doctora de cabecera me mandó los análisis –al cual me retrotraigo de ese modo en que la textura del pensamiento sigue fluyendo aparentemente a su bola–, y ya hace dos putos meses, cuando estaba en la sala de espera, había una matrimonio con un crío (en teoría era el crío el que estaba enfermo, pero no dejaba de corretear y ser el típico niño estándar que algunos dicen es sano precisamente por eso, y a veces también por estar regordete); corretea y no deja de molestar, y sólo es encantador para esas mujeres a las que un niño les llama la atención por defecto igual que a cualquier hombre hetero ellas mismas en biquini. Tiene nombre de niño: Joel. La madre no deja de pronunciarlo para evitar que el crío se tire de cabeza contra las paredes y las sillas (aún no se ha dado cuenta de que es la forma segura de que lo siga intentando). El padre resopla. Son las ocho de la tarde, casi las nueve en realidad (pero yo tenía hora a las ocho). El niño estándar va antes que yo. Dentro de la consulta hay un matrimonio de sesentañeros (la enferma parecía la mujer); llevan casi veinte minutos dentro, ya no parece tanto una cuestión de estar enfermo como de no aceptar tu edad. Trasteo en mi móvil; alguien ha colgado un evento en Facebook. Cena para celebrar los siete años que lleva una pareja formada entre alguien que apenas conozco y su novia. A dos putos meses vista. Estáis invitados, es en tal y cual sitio: me han dicho que está muy bien.
A la cena acuden varios amigos míos, que a su vez son amigos del tipo que en teoría lleva siete años teniendo sexo sólo con una mujer. Son felices y quieren celebrarlo. Luego sabría que la idea de ir a ese sitio de tapas fue de ella; el chaval parecía buen tipo, tenía un buen trabajo (yo sería incapaz de recordar su cargo o qué hace, pero parecía… próspero), aunque cierta luz tenue en la mirada cada vez que hablaba de él. Cuando entro en la consulta después del niño, me siento relajado. Mi doctora de cabecera tiene cierta actitud difícil de vislumbrar en mucha gente. Reposada, sin atisbo de esas toneladas de resignación de las que hacen gala la mayoría en relación con sus rutinas laborales. Una mujer tranquila de mediana edad que parece estar realmente en el sitio que quiere estar. La personificación de ese ente mítico que parece ser hoy en día la palabra «vocación» (aún mucho menos en boga que «sacrificio»). Se disculpa por haberme hecho esperar, y la disculpa es sincera, no hay en la mujer ningún esfuerzo por «ser educada», sino más bien el producto de un sentimiento que superaría en honestidad esa vaga excusa conyugal con la que muchas parejas necesitan justificar el sexo.
Lo que pasa es que había tenido “problemas de estómago” (que es el eufemismo de haber llegado a desmayarme varias veces después de dos horas de vómitos ininterrumpidas). Si una cosa tienen los vómitos, es su capacidad de Drama, de Performance. Entras en en el lavabo y… empieza el espectáculo. Le cuento los pormenores a la mujer de verdad, puedo recordarlo perfectamente (no vomitaba desde crío; entonces lo llamaba «arrojar»). Es un proceder repugnante, primero apoyado en la pared, convulsionando; en cierto sentido físico, y a un nivel de rutina dentro de lo común, vomitar es lo que hay al otro extremo del orgasmo. Como sea, después de haber intentado mantener la dignidad, acabo arrodillado y sujeto al retrete. Es al cabo de hora y media o dos horas cuando pierdo la conciencia.
Así es como pasa, Doctora.
Fue algún virus, algo que acabé expulsando o acabó matando lo que la doctora me aconsejó (básicamente no comer nada que me hiciera disfrutar más allá del mero hecho de “recargar las pilas” durante un tiempo).
Aun así, te mandaré unos análisis.
Supongo que eso lo hizo por la violencia con la que a mí me atacaba el virus.
Intentando vomitar cuando ya no había nada más que vomitar. Así pasé yo varias tardes.
Aun dos meses y pico después, miraba con recelo las tapas del sitio de tapas. A la novia del amigo de algunos de mis amigos, alguien le había dicho que estaba bien. El sitio de tapas. La razón por la que elegí ir antes a ver a mi doctora de cabecera que a urgencias, fue la convicción de que ella me vería como un paciente, pero también como una persona que iba a seguir con su vida después de salir de la consulta.
Mientas hago cola en el supermercado, después de la Zorra y demás, me pregunto por qué todo lo que se me pasa por la cabeza parece ir tan ligado. Me lo pregunto porque no parece que sea así sólo por ser todo recuerdos recientes o muy recientes. Se me ocurre reflexionar sobre el karma. Sobre energías y hechos compensatorios. Sobre acciones a contravoluntad que acabas pagando antes o después por deshonestidad para contigo mismo. Y sobre lo que entendemos por Tiempo. Siempre el tiempo, sin parar, sólo en el reloj para nosotros, en línea recta, sin cambios, sin viajes. Y sin embargo me da por concluir que, debido a que muchos asuntos no están aún –obviamente– bajo el control analítico humano, creo que lo que me provocó los vómitos hace más de dos meses no fue un virus, sino una terrible indigestión (o la combinación de ambas cosas) por haber comido ayer en ese lugar de tapas. De verdad, creo que ya saqué la conclusión ayer al ver, durante los cafés, ese halo tenue deprimente/laboral en la mirada del novio de los siete años.

[Como diría Valentí Sanjuan, se conoce que he colgado un programa entero de “Visto lo visto” aquí arriba (es el de la semana pasada, el de esta aún no está colgado, igual actualizo cuando…). Un programa que, recuerdo, se emite por Internet y del que hablo en calidad de mero seguidor. Abajo + pin up.]

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5 comentarios en “Analítica

  1. Gracias por llegar a mi blog.
    Por tanto, los vómitos y la opción que escogió la doctora, la estoica extracción de sangre para posteriormente analizarla, se deben al hecho de mantener por más tiempo de la cuenta (siete años) una relación sentimental que no tiene porvenir y no lleva a ningún lugar?? curioso.
    alimentar y sostener una relación que quizá acabe fracasada, no sirve para aprender y disfrutar de esos momentos??

    me ha gustado leer este magnífico post.
    también prefiero comer de menú antes que tapear.

    un saludo

    1. jaja, es una buena interpretación sí. En cuanto a sostener un relación, depende de si vale la pena, donde algunas veces puede ser algo inteligente otras veces quizá sólo sea cabezonería (entre otras cosas). En cuanto a lo de aprender, en mi opinión ese verbo está sobreutilizado…

      Gracias por leer 🙂

      Saludos a todos.

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