Holocausto Hipster

Llego y es una puta granja. Una granja a unos treinta minutos de mi casa. De mi piso en la ciudad. Una granja que parece que estemos en Idaho, y no donde siempre: lo que alguien ya muerto de mi familia llamaba sarcásticamente: la ruta secreta, con las personas de a diario, caras de agujero negro que absorben tu vitalidad, anos vírgenes y papeleos. Martes suicidas. Todo eso. Nunca te has metido un dedo por el culo, nunca has hecho nada en secreto, jamás ves a otras personas, te gusta tu cuadrícula, tu panal. Tienes toda clase de criterios según conviene.
Sin embargo, cuando bajo del coche, veo ya a dos tíos vomitando cerca de lo que parece el granero del lugar; vomitando a saber qué más además de lo obvio. 12 de la noche. Me invitaron y pensé que no toparía con ningún moderno, así que venga. Nada de chistes elaborados ni paparruchas literarias. Nada de tíos ligando según el número de referencias culturales que son capaces de soltar por minuto. Nada de chicas que sí pero no. Que a lo mejor. Que son abiertas pero cerradas, muy monas pero “sólo para ellas mismas”.
Y parejas las menos, por favor. Nada de egos pulidos y gilipolleces pijotero-francesas. Os lo prometo, ni una sola palabra gratuita en inglés hoy y os darán un caramelito a la salida.
Al ver el sitio, su aparente cutrez y austeridad (de verdad, no en plan a medio camino prediseñado entre lo hippie y lo pijo), respiro bastante tranquilo.
Un tío me pregunta cómo me llamo (extraño), entro en la casa y, aunque hay barra y Dj, todo huele a polvo y tabaco. Fumar en un interior. Conciencia latente social sobre la mortalidad otra vez. Nuevamente Dios no existe y las drogas legales no incluyen sólo el alcohol. Podrás respirar tu ropa apestando a tabaco al día siguiente y rememorar grandes épocas tóxicas (al parecer) en las que vestir con la ropa de tus abuelos sólo era ridículo y no hipster.
Una granja privada en sábado. Fuera hay fardos de heno enormes. Un tractor. Hay un cobertizo que pienso intentar investigar. La luna casi llena arriba, estrellas de verdad, las que en la ciudad apenas se pueden ver a través de la capa de doble moral. La vida no siempre deja fluir la sangre de verdad, y por supuesto casi nunca la imaginación.
Me voy a saludar al anfitrión. Su novia está en algún sitio, lejos. El único modo de no oler a tabaco es volver al exterior o acercarse a una chica. Te acercas y ahí están su champú y la colonia; dos duchas al día; pelo relavado, 100% explorables con la lengua. Todo sonrisas y orificios amables. El anfitrión me saluda dándome un abrazo, él y su pedal. Me dice que me quiere enseñar las vacas de su tío, los cerdos y las gallinas; dice que su reto es, por lo menos, ver a cierta chica amiga de no sé quién ordeñar a una de las vacas. Grabarlo en video. Algo divertido y en directo. Zoofília de baja intensidad. Todo depende de lo malpensado que seas, y aquí nadie es bienpensado; como mucho sabes disimular, hacerle ascos teatralmente a según qué. Pero para algo está el alcohol.
No es ningún secreto que mucha gente mejora con alcohol. Tíos serios que luego son capaces de intentar escribir su nombre meando en la calle. Tías aburridas intelectualoides que se vuelven cercanas y originales, mucho más sexys, inteligentes de verdad, incluso sexuales.
El Dj debe tener como 35 años, lo cual asegura un buen filtro para lo indie, dejando fuera las modas y dando protagonismo a la música; esos momentos en los que entrar en un garito alternativo no es como si alguien te estuviera forzando a llevar unas gafas elegidas casi vía casting con modelos. Cuando la pose sólo es un ingrediente más y no toda la vida.
Están los móviles, eso sí, hay que estar conectado. La cultura del “si no lo cuentas no lo has vivido” es lo que prima. Ya no hay “mejores amigos”, sólo “muchos amigos”; niveles de hipocresía al alza, altos niveles de abandono, traición y censura selectiva. Los medios son lo que cuenta, las personas sólo están o no. El aparato que maneja la tendencia te grita que si quieres tener personalidad a lo mejor te acabas quedando solo. ¿Qué mierda es esa de querer ser consumidor “a tu manera”?
Así que la mayoría de gente vuelve a hacer aquí eso que ya casi todos hacen, hacer la fotografía en lugar de vivir el momento. La media de edad en la granja bordea peligrosamente los treinta, lo cual puede hacer que algunos necesiten seguir haciendo cosas de adolescentes para no sentirse tan carcas. Intentar imponer tu manera de ser a cualquier tipo de corriente hace que te ganes un montón de adjetivos, y ninguno es positivo. El aparato que maneja las tendencias ha hecho muy bien su trabajo.
En todo caso, todo eso no dejan de ser medios, y todo depende del uso (o no) que hagas de ellos.
Las vacas son vacas, los cerdos, cerdos. Ahí estamos, el anfitrión y yo. También hay un establo, tres caballos (es la primera vez que voy a un sitio y hay de las dos clases de caballo). Son caballos; grandes, muy iguales entre ellos. Todo huele a mierda, la diferencia es que aquí no es una metáfora. Suena el Twitter en el móvil del anfitrión, y los animales se inquietan. La mayoría de la gente cree que no, pero conocen a estos bichos sobre todo por cosas como los logos de empresa.

Ven, me dice el tío luego, creo que tú puedes entender esto, aunque no lo compartas. Estoy seguro que de todas formas no correrás a la policía, murmura. No correré a la policía vea lo que vea, me viene a decir, no iré allí con una declaración confusa para intentar explicar qué suele pasar en esta granja, sea lo que sea.
Durante lo que son unos dos kilómetros cuadrados de llanura, todo es tierra removida. No se ve un carajo. Hoy llega otra partida de modernos a la fiesta, me dice el anfitrión. En el fondo no se trata de qué tribu urbana es; basta con que sea una tribu urbana. Basta con personas que ya son más escaparates en sí mismos que seres humanos de verdad. Un ser humano debería ser algo natural, surgió de la naturaleza, dice, pero lo cierto es que ahora es justo lo que hay al otro extremo de la naturaleza. Es esa gente, tío, me dice, esa gente que cuando lee libros en lugar de ser cada vez más lúcidos se parecen cada vez más a una estantería en la que se puede ver claramente qué es lo que han leído; esa gente a la que una demostración cultural no les alimenta el pensamiento propio, sino que simplemente lo reconduce. Junta a toda esa gente con la que ya es ignorante de por sí, y ya tienes a un buen montón de votantes útiles a tu servicio.
El concepto que tiene que ver con Compartir ya se ha fusionado por completo con el Ego, me dice. No es: “Mira qué bonita es la Capilla sixtina”. Es: “Mira cuánto viajo”.
No te creas que no hacemos un concienzuda selección, me aclara.
Ya, le digo, pero no veo claro hacia dónde vas.

Volvemos a la casa, y vemos que efectivamente ha ido llegando gente nueva. Emperifollados de “Actitud”, todos iguales entre ellos, y a la vez todos creyendo que lo único que hacen es reivindicarse a sí mismos. Hay gente que cree que el único entretenimiento de masas estúpido es el fútbol, me dice el anfitrión: aquí tienes ya a unos cuantos ejemplares.
Un grupito de chicas de veintitantos comienza a hacerse fotos a discreción. Comienza a haber bollycaos por doquier. El doble flash del móvil. “Esto es la caña, una granja de verdad”. “Hay mucha gente mayor, pero el sitio mola”. Cuando tienes veinte años te crees que faltan por lo menos veinticinco para los treinta…
Twitter se comienza a actualizar con sangre postadolescente. Y no tan postadolescente. Les falta tiempo para ir a la barra libre; no te das cuenta y ya están hablando entre ellos de política y cultura como quien hubiese vivido una guerra; decenas de nombres y referencias, citas textuales, crítica siempre constructiva y centrada. Otros hablan de música, nombres impronunciables de grupos que son la imitación de una imitación de… –y así hasta el infinito– de Depeche Mode o Radiohead.
Tenemos a cinco anzuelos, dice el anfitrión. Uno de ellos les cuenta que tiene tres licenciaturas en… lo que se le ocurra en el momento, y un grupo de rock. Otro dice ser el editor de… la editorial guay que se le pase por la cabeza. Otro miente diciendo que es traductor y tiene dos libros de poemas publicados (es un genio metiendo sutilmente eso en la conversación e inventándose los títulos). Hay otro que siempre les cuenta que da clases de literatura en cierta universidad, y suele desarrollar discursos sobre “el papel clave del siglo XIX en cuanto a la influencia sobre la actual literatura posmoderna” (éste es un hacha). Y el último saca a colación siempre la debilidad que tiene de viajar por todo el mundo con lo puesto, y siendo incapaz de no aprender al menos a chapurrear el idioma del lugar que pise (después de haber comentado lo de su flamante máster en… lo que sea).
Los ganchos son la proyección de lo que esos chavales suelen soñar con ser algún día en la vida, me dice el anfitrión. Con las chicas suele ser más fácil. Los chicos son más desconfiados, y es obvio que a menudo ven a esos “listillos” como una amenaza, como “el pavo que igual se acaba follando a la chica que persigo en secreto”. Es todo un juego de egos, estatus e intelectualidad-escaparate.
Lo que no saben esos chicos/as, dice el anfitrión, es que en su mayoría sólo son títeres; indaga en la biografía de los empresarios y políticos más zafios y dañinos que se te ocurran, y verás que de jóvenes no eran tan distintos a estos fans de la tecnología moderna y Vetusta Morla.
Tío, dice, la democracia y el capitalismo de hoy en día se reducen a la idea de que para triunfar debes intentar ser en el futuro uno de los tíos que despide, y no de los que son despedidos. Dentro del sistema todo va encauzado hacia eso, y madurar tiene que ver con aceptar esas reglas. Mejor cuanto más cabrón. Las ideas revolucionarias de juventud, para este sistema…, se trata de que sólo sean una fase. De que las dejes atrás y sientes la cabeza. Y por dios, si tienes un hijo, aún mucho mejor, aún serás más capitalista dadas las circunstancias. Todos estos chavales que ves, me susurra, están a punto de darse cuenta de todo eso, y te aseguro que no intentarán cambiar nada. Porque no podrán, la vida no les dejará, la propia actitud no les dejará. Ahora muchos gritan y se quejan, no digo que sólo por seguir la corriente, pero al final sólo se trata de que esa ideología pega bien con la línea de pensamiento intelectual de pose en las fiestas y la universidad. La prueba está en que con los años la mayoría se adaptarán si nunca llega fase alguna de caos.
Le digo que sigo perdido, que por qué esos chavales están aquí, a qué vienen los ganchos, etc.
El anfitrión se ríe. No te apresures, dice. La cuestión es que entiendas que el futuro sólo se puede condicionar a mejor deteniendo y filtrando lo que se está gestando en el presente; y de que serán chavales como estos, inteligentemente empecinados en acumular preparación y títulos, los que tendrán en sus manos las decisiones que habrá que tomar más adelante. Dime, ¿alguna vez la Historia ha ido en otra dirección con eso? ¿Que sepamos todo el mundo es joven alguna vez, no? No hay gente joven y gente mayor; sólo hay gente. Gente con un futuro por delante que llega con suerte hasta los setenta y pico u ochenta años. Y que querrán sobrevivir, competirán, y si triunfan seguro querrán tener cada vez más. Ha sido así siempre.
Lo que llevamos a cabo aquí es un proceso de selección, dice.
Por eso ahí atrás la tierra anda removida.

Separar al joven prometedor en el que realmente crece una vocación, del que sólo quiere dinero, me dice. Ya conocemos la especie del que sólo quiere dinero, básicamente es la historia de la humanidad hasta ahora. No te negaré que hemos mejorado en algunos aspectos si vemos algunas cosas desde muy cerca… y obviando otras. Pero la realidad es que la mayoría de gente que consigue algo importante en su vida, sólo quiere algo más importante; lo que en el lenguaje universal que aún hablamos, la mayoría de veces significa: «más caro».
Vamos, me dice, seguro que has pensado en estas cosas mil veces. Todo el mundo más o menos lo ha hecho. Al parecer lo que hacen ahora mismo los ganchos, es hablar con unos y con otros. Según dice el anfitrión, hoy hay exactamente dieciocho modernos. Ya veremos cuántos se salvarán.
¿Se salvarán de qué?, digo.
¿Te acuerdas de cuando los nazis invitaban a los judíos a darse una agradable ducha?, me dice.
El error de Hitler, según me cuenta, fue racial. De entrada todo el mundo está lleno de las mismas posibilidades, todos somos iguales. Es cuando ves que alguien se tuerce desde un punto de vista humanista cuando merece la pena llegar a matar para hacer un mundo mejor.
Le digo que si está de coña.
No, dice, no. Nosotros al menos hacemos algo. Nadie hace nada, dice, nadie intenta nada.
Después de un largo silencio, durante el que estoy a punto de irme corriendo a mi coche, le digo (intentando que no me tiemble la voz) que hay un error de base en todo el plan (al margen de la crueldad que conlleva matar, sea por lo que sea que mates… pero eso no lo menciono). El error es que todo saldrá a la luz; que, por mucho que se pueda beneficiar al mundo o al país o puedas mejorar el futuro cargándote el escandaloso porcentaje de manzanas podridas de toda una generación, tarde o temprano todo se sabrá. Lo que pasará, le digo, es que cuando la gente se entere de que os dedicabais a cargaros a todos esos modernillos con potencial de hijos de puta, creerán que esto sólo era una secta de tarados (aunque no uso esa palabra); no habrá mensaje positivo alguno que sirva para cambiar nada.
Le digo que la gente sólo admite la muerte para beneficio propio cuando es, digamos, tradicional, lejana y no tiene papel alguno en su entorno inmediato; vale, sí, todo el mundo ha aceptado –u obviado– que se exprime al tercer mundo, que se les saca petroleo y lo que haga falta. Lo que digo, le digo, es que no es que a la gente le importe el asesinato, pero lo que hacéis aquí es sacarlo del marco del telediario. No son niños negros lejanos lo que estáis matando, sino fans de lo peores discos de Sidonie. Los hijos preparados de occidente, con su futuro aún por resolver.
Treinta años y me veo intentando argumentarle a un contemporáneo por qué matar está mal. Por qué no es un buen plan. Y sin embargo no es eso lo que me preocupa, sino mi propia integridad en la granja.
No se trata de los modernos, me dice, sólo lo hemos hecho cuatro veces más con modernos.
Le pregunto que cuántas veces más lo han hecho en total.
18.
¿Pero no se denuncian las desapariciones?
Claro que sí, me dice, pero no todo el mundo, además no siempre matamos a muchos cada vez, y tenemos un equipo falsificando cartas, e-mails, notas de suicidio. Dice que la sobreinformación está jugando a favor, la paranoia, la no-credulidad con conspiranoias, joder, hasta la crisis.
Internet. A estas altura en Internet aún hay quien confunde el spam con la realidad. La publicidad con una noticia. Lo viral con lo tangible. ¿Y cuánta gente cierra en dos segundos un e-mail con pretensiones filantrópicas?
A unos veinte metros de donde estamos, cuatro tíos se ponen a cavar como locos. El anfitrión me dice que le acompañe, que quiere que vea cómo trabajan.
Algo importante en esto, murmura, es que esos chavales de ciudad no se han peleado en su vida. Si eres de provincias o de según qué zonas rurales, es probable que al menos de crío o de adolescente te enzarzaras de vez en cuando a puñetazos y patadas por alguna idiotez, un partido de fútbol, una niña, alguien que se metía con tu hermano pequeño… Pero lo cierto es que en una gran ciudad muchos de esos chicos y chicas comienzan a hacer amigos de verdad a veces casi a los veinte años. De críos no les dejan salir con tanta facilidad a la calle, y por tanto crecen en una especie de burbuja académica estilo bucle (casa-colegio-casa), aunque sólo sea de clase media.
La única norma a destacar, dice, es que si la chica es muy guapa de cara, no la matan. Lo último que querrían es la foto de una monada de 19 años circulando por los medios como desaparecida sólo por fotogénica. Lo creas o no, me dice, tenemos contacto con un publicista que nos asesora. Consejos para no hacer ruido; un publicista sabe mejor que nadie lo que podría funcionar, lo que los medios creen que el público quiere.
Añade que a veces incluso han dudado sobre si matar a alguna por ser demasiado fea (eso es algo que también podría atraer a los medios); y que los chavales… da igual, a ese nivel sólo vende un niño desaparecido, cuanto más pequeño, mejor.

Luego el anfitrión –cuando el agujero ya tiene unos cuatro metros de profundidad y espacio de sobras para un buen puñado de cuerpos– me explica que a veces basta con entrar en la casa y gritar algo como: «¿Quién se viene al cementerio?». Es un anzuelo potente para hipsters que quizá hayan descubierto ahora a Tim Burton o anden enfrascados en escuchar a todas horas a «ese grupo de los ochenta», The Cure.
No hay ningún cementerio, añade, pero qué coño saben ellos…
De la casa, como a unos trescientos metros de aquí, sale uno de los anzuelos (el que va de poeta), acompañado de tres chicas. A una chica, dice, a veces sólo hay que empujarla al agujero y tirarle siete u ocho paladas encima; con un chico hay que ser más agresivo, un golpe fuerte en la cabeza; basta con que quede atontado; es una perdida de tiempo matarlos antes de meterlos dentro del agujero pudiéndolos enterrar vivos y que… ya sabes, que la tierra los haga suyos…: tiene algo de justicia poética, ¿no crees?
Respiro hondo.
Las chicas están cada vez más cerca, y los tíos que cavaban esperan ahora tranquilamente junto al montón de tierra, fumando (hemos tenido que ayudarles a salir del agujero). El anfitrión me los presenta. Resulta que uno de los cuatro es el publicista.
Las muchachas llegan riendo, claramente ebrias, no cambian la actitud ni viendo el agujero, los tíos con las palas…; una de ellas dice: ¿dónde está la cascada?…
El propio falso poeta empuja a una de las tres, que choca con otra y las dos caen al agujero cubatas de plástico en mano. La otra da un traspiés, se queda mirando, y uno de los tíos le da un palazo para dejarla grogui. Los cuatro enterradores comienzan a echar tierra a toda prisa; demuestran pericia y experiencia, hasta el punto de que cuando alguna quiere decir algo o gritar se ve de golpe con la boca llena de tierra. Si alguna de las tres se levanta recibe un golpe de pala. No pasa mucho tiempo hasta que se les obstruye la boca y la nariz y comienzan a convulsionar cada vez más enterradas. A veces no es fácil, me dice al anfitrión, y hay que cavar otro agujero.
Oigo los gritos ahogados cada vez más apagados; hasta que ya no se oye nada.
A los cinco minutos veo que otro de los anzuelos sale de la casa; esta vez va con dos chicas y un chico. Cuando están llegando, el anfitrión los detiene, yo voy con él, estamos a un buen tramo antes de que ni tan siquiera puedan atisbar que hay un agujero, palas, etc. Se queda mirando a una de las chicas, la enfoca con una linterna. Tiene unos grandes ojos marrones, el pelo ondulado, labios gruesos; no va demasiado borracha y nos mira con curiosidad. ¿Cuántos años tienes?, le pregunta el anfitrión. Ella murmura que 22. El anfitrión me mira y mira a los enterradores. Con ésta no me parece muy buena idea de momento, dice en voz alta para que todos le oigan. ¿Qué te parece?, me dice. Abro muchos los ojos, alterado, la muchacha me mira, la otra chica y el chico también, dan un sorbo a sus vasos; el muchacho pregunta: ¿dónde está la madriguera? Miro a la muchacha morena; sus ojos van del anfitrión a mí y de mí al anfitrión. No, digo de sopetón, no, y miro al anfitrión, creo que es… es mejor que no te arriesgues con ésta… La muchacha da un sorbo a su vaso; ¿Que no se arriesgue a qué?, pregunta. En fin, digo, yo creo que me tendría que ir ya, tío. La muchacha echa a andar hacia el agujero y la cojo por los hombros redirigiéndola hacia la casa de un modo un tanto cómico; parece darle igual y sigue caminando en dirección contraria a la de sus amigos; éstos ya han echado a andar, siguen caminando hacia el agujero sin verlo aún. Vale, tío, me dice el anfitrión, como quieras, ya nos veremos, ¿vale?
Camino en dirección a la casa, hacia el coche. Espero un buen momento, y ya lejos alcanzo a la muchacha, le digo que es importante que se venga conmigo (por si acaso), al coche, que yo ya me voy. Va más borracha de lo que creía. Dice que por qué.
–Eh…, creo que me gustas… –le miento.
Me mira a los ojos.
– Joder, ¿por qué me mientes?… –dice.
–Eh… oye, tú ven conmigo, ¿vale?
–¿Por qué tengo que ir contigo? Ven a la puta casa si quieres, estoy allí…
–Oye, en serio, es mejor que no te quedes por aquí…
–¿Por qué…?
–Porque…
Silencio.
– …porque estoy cachondo, ¿vale?, y…
Ella se comienza a reír.
–Tú estás loco… –dice.
–No, en serio, esto se me da muy mal, pero… en mi coche podríamos… es decir, si quieres…
–¿Me estás diciendo que quieres follar?, ¿que follemos en tu coche?
–Eh… no es necesario aún, bueno, quiero que vengas sobre todo; es verdad que-que me gustas, qué sé yo, ha sido un flechazo, nunca me ha pasado…
–Oye, por favor; he venido con a-mi-gos, ¿entiendes? No voy a marcharme ahora contigo, cúrratelo al menos un poco, llevo aquí media hora sólo.
La cuestión es que no puedo decir la verdad, porque la verdad siempre trae consecuencias, y en este caso las desconozco. La realidad es que ahora la chica camina hacia la casa, y yo voy detrás de ella. Tengo que hacer algo. Normalmente si te quieres ligar a alguien el propósito nunca es tan aparatoso como el de evitar su posible muerte. Y ahora tengo que conseguir que esa chica no se quede por aquí demasiado tiempo. La frase fue: «Con ésta no me parece muy buena idea de momento».
Unos diez metros antes de que llegue a la entrada, me pongo delante de ella, la miro. Se detiene y resopla.
–Oye –digo–, es que yo ya me tengo que ir y…
–Oye, ¿quieres que te dé mi número de teléfono?, ¿así te irás contento?
–Sólo déjame hacer una cosa.
Resopla otra vez, en esta ocasión a la vez que sonríe, supongo que algo halagada.
Me acerco lento para darle la oportunidad de alejarse, hacerme la cobra, lo que sea…
Pero no lo hace, y la beso.
Me separo de ella al ver que el anfitrión viene de fondo, con el resto, los enterradores. La lengua de ella en la boca otra vez. Me separo otra vez.
–Oye, tienes que venirte, por favor, es que hay alguien a quien no quiero ver aquí…
Ella pone mala cara, pero al final accede. No sé si nos han visto juntos. Junto a la casa no hay mucha iluminación. Como sea, entramos en el coche. Arranco bastante histérico, por todo, los muertos, la historia, los números, el beso. Ya en la carretera nocturna, comienzo a plantearme en serio si ir a la policía o no. No conozco el trámite para algo así, y no quiero verme envuelto, no quiero mi nombre en ningún informe; por Dios, esos tarados podrían tener incluso algún infiltrado en el Cuerpo. Me pone la piel de gallina además la idea de que hasta cierto punto entiendo esa histeria nazi. Si te detienes a pensar el suficiente tiempo en cómo son las cosas, es posible que acabes convirtiendo la granja de tu tío en la Casa de los mil cadáveres. La verdad es que irme de allí no ha solucionado gran cosa. Ahora sé lo que pasa en ese sitio a media hora de mi casa y tengo que vivir con ello. Existe la posibilidad de que a alguien de esa “organización” no le parezca bien mi noche de turismo y decida que hay que acabar conmigo antes de que me vaya de la lengua.
A todo eso, ahora hay que sumarle que la chica me mira con cierta ternura, y cree que mi abordaje a sido simple y llanamente porque me he enamorado locamente de ella al verla en la oscuridad, semi-borracha y balbuceando. Es obvio que es guapa y que puede llegar a gustarme; pero sin duda algo que también podría convertirse en un problema es el hecho de que –por más heroico que resulte– no me la llevé de allí porque me gustara, sino simplemente para que no la enterrarán viva, para meterme en mi papel de Schindler puntual.
A ver cómo le dices que sí, que no, que vale, que luego te comenzó a gustar en el coche… Nada bueno puede salir de este Holocausto Hipster. Y entonces ella dice:
–No me has preguntado mi nombre…

[Arriba cuelgo otra vez el último programa de “Visto lo visto”, recomiendo especialmente la entrevista a Jordi Évole y la sección de Loulogio (m. 46). Abajo + pin up (temática).]

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2 comentarios en “Holocausto Hipster

  1. Un conocido mío, buena gente, escribe novelas bajo el lema ”sólo me preocupa el estilo, lo demás se nos da por añadidura”. O algo así. Estoy casi seguro de que vas a discrepar de este principio. Y sin embargo, creo que algunos de tus relatos son buena muestra de que ese principio, a veces, se cumple. Me pasa con éste, por ejemplo. No creo que la historia sea excesivamente original ni sorprendente; es tu estilo, tu sello (si prefieres llamarlo así), lo que le da casi todo el valor que tiene. Quítale la ironía, la agilidad, el ritmo, las breves digresiones, el ingenio que pones en el fraseo… y este relato se quedaría en poco más que nada. Bueno, eso y tu habilidad para encajar en un relato (un relato, oiga, un cuento, una ficción, una historia que no es verdad) tu muy personal perspectiva sobre la realidad y, sobre todo, sobre algunos de sus protagonistas. Afortunadamente, nada de todo eso le falta a este relato. Porque eso es precisamente lo que, a mi modesto e indocumentado entender, hace de éste un buen relato. Eso, y no la historia en sí misma.

    Quizá sea esa habilidad que mencionaba antes la razón de que algunos se molesten. Y si es así, mucho me temo que no van a dejar de molestarse por mucho que insistas en que la historia no es real, en que no existe una granja donde se eliminan hipsters en fiestas nocturnas, en que todo es ficción. Incluso, en que aquello que dice tu narrador no tiene porqué coincidir con tu forma de pensar o de ver las cosas. Nadie te creerá, sobre todo en lo que se refiere a la identidad de pensamiento entre escritor y personaje. Recuerdo un disparatado intento de entrevista de Pablo Carbonell a Fernando Fernán-Gómez en el que el primero le decía al segundo algo así como: ”a usted no se le ocurriría poner en boca de sus personajes algo que usted mismo no pensase”; y el otro venía a contestarle airado: ”¡sí! ¡Pues claro que sí! Si no lo hubiera hecho, me habrían fusilado en el año cuarenta”. Pues eso

    1. Bueno, discrepo bastante con eso de ”sólo me preocupa el estilo, lo demás se nos da por añadidura”, aunque entiendo que se pueda a llegar a decir (y a la vez creo que el que lo diga tampoco se lo cree del todo). Es un tema que para los que nos gusta lo de leer y escribir da para horas… Esa máxima es cierta, pero claro, sólo hasta cierto punto. Por un lado entiendo que se diga, ya que en muchas ocasiones lo que se hace es contar algo ya conocido intentando darle un estilo o forma personales o distintos. Pero por otro lado creo que las ideas deberían tener el mismo peso que la forma de exponerlas.
      Yo suelo intentar que lo que cuento esté equilibrado en ideas y estilo, pero escribo de una forma muy orgánica, así que seguramente soy menos cuidadoso que otros buscando ese equilibro (y en cierto modo me gusta que sea así).

      En cuanto a lo de aclarar una y otra vez que el texto es ficción y que yo no soy el personaje que narra, sino solo el que se ha sacado de la manga el personaje…
      Lo que yo siempre intento es darle una voz creíble al personaje; me da igual estar más o menos de acuerdo con lo que dice. A veces la opinión del personaje tiene poco que ver con lo que yo diría si se me preguntara, y otras veces puede estar relativamente cerca de lo que yo opino, pero en cualquier caso yo dudo mucho más con todo de lo que lo hacen los personajes que perfilo. Sólo me importa que la voz del relato suene sólida, que el personaje exista al margen de mí. Y ese ímpetu + el hecho de que muchas veces escribo en primera persona, hace que a veces la gente crea que sólo uso al personaje para exponer mis principios y punto, cuando en realidad en mis textos muchas veces todo está sacado de quicio en pos del excentricismo, la provocación, la reflexión, la trama o el mero intento de que el lector que sabe que lo importante es la relación entre el texto y él (y no la que hay entre el texto y quien lo ha escrito), se quede pensando o hasta planteándose algunos de sus propios principios.
      (Pero en fin, esto da para hablar mucho más.)

      Gracias por el jugoso comentario.

      saludos!

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