Viejo mundo

“Mi boca sigue en marcha, nadie me escuchacharla con terrible velocidad. Oh, sois tan astutos. Pero con un gesto os digo adiós .Con una sonrisa de comemierda en mi cara.”

-Thomas Pynchon

 

 

Lidia tiene entre brazos a su cerdo bebé. Lo acuna y te mira con su ojos marrones (ella, no el cerdo), o color miel según les dé la luz. Solo es martes. Estás aún en el jardín de su casa. Una parte de la ciudad que se asemeja a una zona residencial. El cerdo bebé apretado contra sus tetas. Y su mirada (otra vez la de ella, no la del cerdo), fría, o como ambivalente. Sin maldad o desconfianza, pero con verdad. Una mujer atractiva, incluso voluptuosa, que de todas formas no te imaginarías en la mansión Playboy. Sus gestos son femeninos, pero hay algo en su cara, sus ojos, sus ademanes…
No me engañes, te dice.
Has estado defendiendo las redes sociales ante ella, los aparejos modernos, lo que pueden llegar a unir a la gente… lo que sea. Un discurso poco habitual en ti, pero que también forma parte de tus opiniones. Eso es algo que mucha gente no puede comprender, que argumentes con el mismo ímpetu lo que te gusta de algo, que lo que no entiendes o te disgusta de ese mismo algo. Es decir, todas esas personas supuestamente inteligentes y que jamás agredirían físicamente a nadie o actuarían de modo irreflexivo, en realidad, digan lo que digan, no quieren tanta paz, de hecho suelen relacionarse con los demás al estilo de la mafia: o conmigo o contra mí.
No me engañes, te dice la muchacha acunando al cerdo bebé, estoy segura de que de un ochenta por ciento de tus “amigos” de Facebook, podría morir cualquiera y lo superarías poniéndote el dvd de “Lost in translation”; juju… fíjate en Bill Murray en ese ascensor con los japoneses y muerto de sueño…
Hay algo peor que no querer a la gente, o que no te importe la gente, dice la muchacha, y es fingir que te importan… eso potencian a menudo esas redes sociales, la idea no es llegar de verdad a unas cuantas personas, sino simplemente llegar como sea a un huevo de personas. Es un concepto empresarial aplicado al mundo de las emociones, te dice. Muchas personas pasan de ser ellas mismas a convertirse en una especie de anuncio de ellas mismas; y todos sabemos lo que son los anuncios, una mera competición plagada de mentiras para conseguir clientes al precio que sea.
Facebook es muchas veces algo así como la Teletienda de la amistad verdadera. Eso dice la muchacha, y el cerdo bebé se agita entre sus brazos y sus tetas, y lo deja en el suelo.
Le preguntas que dónde consiguió el cerdo. Te contesta que no quería ni un perro ni un gato.
Lidia no sonríe, y te dice que la acompañes a dentro (coge al cerdo y lo vuelve a acunar).
El salón es amplio. La muchacha dice que sus padres se han ido de viaje. Están viviendo una especie de segunda juventud, dice, no sé si es que han redescubierto el sexo o algo así; pero no se lo creen ni ellos en el fondo.
Conociste a Lidia a través de uno de sus clientes habituales. En cierta discoteca. Camella y con un cerdo bebé como mascota. 26 años. Lo primero que te dijo fue que la gente que dedica su fe a una religión sólo practica el Nivel Máximo de Negación; se privan y se condicionan la vida, sembrando para recoger después de la muerte. Es como dedicar tu tiempo a hacer planes para acampar en una nube, te dijo. Es la flipada máxima, y encima es la misma gente que casi siempre se niega incluso a fumar un porro.
No le costaba hablar por encima de la música, hablaba con unos y con otros. Tenía un bolso lleno, los bolsillos llenos. Daba todo igual porque los porteros también son clientes suyos. Lo principal de la idea del capitalismo es que todo podría estar en venta, y lo está. Tanto lo tangible como lo intangible, el amor, todo lo abstracto; de todos modos a la gente cada vez le preocupa menos lo de intentar separar el grano de la paja, lo real de lo ficticio, lo auténtico de lo que no lo es;… basta con que haya algo. Una teta es una teta, un pavo de esmokin con una tía vestida de novia es la felicidad. No le des más vueltas o te vas a volver loco. Quédate con el cliché, con el eslogan; el anuncio de Estrella Damm de cada verano tiene tanto éxito por algo. En el fondo tiene tanto mal gusto como tener cabezas de animales muertos disecadas en la pared, pero a quién coño le importa el fondo…
“La vida interior es para los perdedores”; ése podría se un eslogan futuro. No vamos por tan mal camino; si piensas mucho las cosas es porque eres un neuras; si dudas es porque eres un cobarde. Etc. Etc.
“Por favor, deme 50 gramos de Amor, quiero enamorarme este fin de semana.”
Sentimientos, psé, ya ves tú, sólo hay que encontrar objetos para simbolizarlos, el que la gente comience a creer que se pueden comprar sólo es una cuestión de tiempo y publicidad. Una buena moda entre la juventud la próxima década y no se tardará tanto en alquilar Cariño, en vender a plazos Resignación.
Cólera y Odio en el mercado negro para los que no sepan reaccionar ante las burlas y los agravios.

Lidia sigue acunando a su cerdo bebé y te hace entrar en la casa, te lleva a su habitación. Huele intensamente a mujer y notas cómo te crece una erección inesperada. Solo marihuana, dices. ¿Seguro? Sí, seguro, solo colocarse un poco, echar unas risas. Unos colegas y yo, le dices, mañana en casa de uno de ellos, después de cenar, una terraza, colocarse un poco, echarse unas risas. El cerdo bebé va de un lado a otro de la habitación, ruidos encantadores de cerdo bebé. Lidia revuelve sus bragas en un cajón. Te pregunta cuánto quieres. La erección comienza a notarse en tus pantalones y te pones tenso. No lo sé, dices, para unos cinco o seis porros, seremos cinco o seis colegas, colocarse un poco después de cenar, una terraza, echarse unas risas…
Entonces se oye un ruido atronador. Como si algo, un misil, acabara de pasar sobre la casa. Adiós erección. Ambos, Lidia y tú, os ponéis rectos de un salto. El cerdo lechón se pone nervioso y comienza hacer ruidos de matanza. Entonces una explosión sacude el suelo, la casa, y hace temblar violentamente el cristal de la ventana de la habitación.
Lidia coge al cerdo, lo acuna, lo besa, y te dice: Joder, vamos fuera.

Hay restos de un avión comercial por doquier. El cerdo bebé se le escurre a Lidia y comienza a corretear por todos lados. Mierda, exclama ella, ¡Cancerbero! Ella también comienza a correr, y la sigues. Hay restos de fuselaje por todos lados. La cola del avión se ha desprendido y ha aplastado una vivienda y gran parte de otra. No te distraigas, te dice Lidia, hay que encontrar a Cancerbero.
El avión, o al menos un sesenta por ciento del avión, yace destrozado y arrugado como papel de aluminio más allá, cubriendo asfaltos, aceras y propiedades privadas a unos cuatrocientos metros del jardín de Lidia. Llamas, cadáveres, gritos vecinales, varias edificaciones aplastadas. Las alas se han desprendido y han destrozado a saber cuánto y a cuántos. Daños materiales por valor de decenas, quizá centenares de muertes humanas. Ahora todo va junto, está empastado, todo el mundo lo paga todo; bueno, todo el mundo es una forma de hablar… Tropiezas con algo y ese algo es un cadáver chamuscado. Gritas como una niña. Parece que el aparato ha ido soltando tripulantes por el hueco que ha dejado la cola desprendida. Todo el barrio rociado de cuerpos. Torsos convertidos en una barbacoa sin extremidades. Quieres irte de ahí pero no te atreves a dejar de seguir a esa mujer, que sigue buscando a su cerdo bebé, aparentemente ajena a todo. Sabes que ella es más valiente que tú, no por nada, no por lo del avión, lo has sabido… vale, puede que no desde el día de la discoteca, pero sí desde hoy cuando te ha recibido en el jardín de su casa, de la casa de sus padres; tranquila, reposada, camella, etc. Está viva, busca a su cerdo y eso es todo. Los cadáveres desperdigados por el camino ya no tienen utilidad ni representan ningún tipo de oportunidad. No parece que nadie vaya a tener la suerte de poder hacerse el héroe más más allá de apagar las llamas y recoger desperdicios aeronáuticos por todo el barrio.
Os estáis acercando cada vez más al núcleo fuerte de la chatarra accidentada. Lidia ve al lechón de lejos. Corretea entre llamas, vecinos, valientes que ya no tienen nada que salvar. Lleva algo en la boca, un trozo de algo, algo que arrastra.
¡Cancerbero, dice ella, suelta eso ahora mismo!
El animal se queda parado un momento, suelta lo que tiene pillado y lo vuelve a morder para acomodárselo mejor. En ese instante os dais cuenta de que es una cabeza humana. El cerdo bebé corretea entre el caos con la cabeza de alguien en su poder. Parece de una mujer, algo como una tía de cincuenta y tantos, aunque es difícil saberlo debido al aspecto de sus ojos y el maquillaje superviviente. Te apoyas en el buzón de alguien y sientes ganas de vomitar. Lidia te pide ayuda, por favor, no quiere que a su cerdo le pase nada. Su cerdo es mejor que la mayoría de personas que conoce, y no le ha hecho daño a nadie. No quiero que un bombero le dé una patada o algo así, te dice, por favor.
Una vecina está convencida de que su hijo volvía del erasmus en ese avión, y no para de gritar, tocar lo que no debe tocar, quemarse y, curiosamente, seguir la misma ruta que vosotros detrás del cerdo.
Su hijo quería aprender idiomas, grita, quería trabajar, solo trabajar, grita, era un buen chico. Mi niño, grita, no puede ser, grita. El cerdo da vueltas ahora alrededor de ella con la cabeza cincuentona. Lidia va detrás. Cuando parece que está apunto de atraparlo, se le escurre entre las piernas. Aún no se oyen sirenas a lo lejos. Todos los vecinos miran la escena. Trozos del avión, el armazón y la cabina de los pilotos elevándose varios metros por encima de ti, Lidia y la mujer, que, llorando, grita: ¡Es el avión, es el avión de mi niño! Te coge por la pechera y te llora en el cuello. Estaba hablando con él por teléfono, dice, él estaba en el avión, y justo cuando una azafata le estaba llamando la atención, la llamada se ha cortado con un ruido… Le dices que intente calmarse, que tiene que asegurarse de que es ese avión, no debería perder tan pronto el control. Lidia grita: ¡Cancerbero!, grita: ¡Te dejaré sin cena! Comienza a desprenderse algo que parece vómito almacenado de la boca de la cabeza cercenada. Varios vecinos tienen arcadas caminando a trompicones de vuelta hacia sus casas. Lidia tropieza y se tuerce un tobillo, la ayudas a levantarse. El cerdo bebé se detiene a pocos metros y suelta la cabeza; comienza a lamer el vómito del suelo con ansia. ¡Guarro!, grita Lidia, ¡deja de hacer eso! La mujer-madre sigue hablando de su hijo: “Yo sólo quería que él tuviera lo que yo nunca tuve… pobre mío…”. Lidia se vuelve a hacia ella de golpe y le dice: “Si lo que quería para él sólo era más dinero, ¿puede hacer el favor de callarse?… lo último que necesita el mundo es más listillos multiidioma fanáticos del medio que creen que sentir algo sólo proviene de una decisión que toman…”. Joder…, dices en en voz alta, no sabes si más impresionado u ofendido por las palabras de Lidia. La mujer-madre te mira, suelta un gruñido y descarga la palma abierta de su mano derecha contra tu sien. Grita como con todas la vocales a la vez y se hace un ovillo en el suelo mientras algunos vecinos corren por fin a atenderla. Puta tarada, murmura Lidia. Y el cerdo bebé y su cabeza han desaparecido de vuestro campo de visión.

Lidia se dirige hacia el interior de la chatarra. En gran parte, está abierta por encima como una lata de sardinas. La sigues, entráis por un agujero humeante, como producido por la explosión de un motor. Puede haber sido un accidente del mismo modo que puede haber sido terrorismo o una juerga de los pilotos que se ha salido de madre; es también a eso a lo que se refiere inconscientemente la gente cuando dicen que en esta vida todo es posible, que puedes conseguir lo que te propongas: da igual si lo que quieres es sacarte un máster o ser villano profesional; sólo es cuestión de esfuerzo y sacrificio, y no siempre los caminos son tan distintos …
Algunas butacas están arrancadas, más viajeros de los que esperabas siguen en su sitio, pero a todos le falta algún miembro o tienen algo caliente y clavado en la cabeza o el pecho. Parece que vais desde la primera clase hasta la zona del morro. Camináis por el pasillo en cuesta tal y como ha quedado inclinado todo el resto de la aeronave. Tropiezas con un azafata muerta y vuelves a chillar como una niña. Lidia te dice que ha oído a Cancerbero, sus ruidos encantadores. A la que sí se oye por fuera aún es a la mujer-madre. Comenta algo sobre su infancia recogiendo olivas, llora. Lidia se pone de cuclillas, y como quien no quiere la cosa, por la cuesta, desde la puerta que da a la cabina de los pilotos, llega algo rodando. La muchacha lo detiene con las manos. Lo alza y lo mira: la cabeza cincuentona, los ojos fuera de sus órbitas, los colgajos de cuello cercenado, la permanente.
Es Cancerbero, murmura Lidia, vamos.
Pero no suelta la cabeza; avanza con ella. La coge por el pelo, la balancea como si fuese comida y musita: ¿Cancerbero?… ¿Cancerbero? Le dices a Lidia que por favor suelte la cabeza.
Tío, murmura, en serio, ya no tienes que preocuparte por la cabeza, si vas a vomitar, aléjate, no todos hemos trabajado maquillando cadáveres , lo entiendo.
El cerdo bebé arrastra sus patitas contra la puerta de la cabina de los pilotos. Cuando se vuelve, Lidia lo coge con ambas manos a la vez que suelta la cabeza, y lo acuna contra sus tetas.
Os sentáis agitados en dos butacas intactas de clase turista. Te quejas porque quieres irte ya. Hacia el fondo, al final de la cuesta, se ve entrar a la mujer-madre por el mismo agujero. Mira todos los cuerpos uno a uno. Donde estáis, el desastre da al cielo nublado, el techo abierto como una cremallera, y por fin de fondo comienzan a oírse sirenas. Bonito mío, bonito mío, dice una y otra vez Lidia, acunando al cerdo bebé. La mujer-madre sigue subiendo por la cuesta con mucha dificultad, y cuando se da cuenta, un brazo comienza arderle enérgicamente. Dentro del avión aún hay tres o cuatro pequeños incendios activos. Te levantas para ver si puedes ayudar, pero Lidia te coge del brazo y te retiene. Déjala, te dice mientras la mujer grita transmutando en antorcha, seguramente hacía muchos años que buscaba algo así en el fondo, no la prives de eso al menos: ahora es su momento.

[Arriba, un poco más de Ben Howard. Abajo + pin ups (¡belicosas!). Más allá, REUNIONES.]

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5 comentarios en “Viejo mundo

  1. un cerdo bebe llamado cancerbero.. creo que cada vez estas más cerca del salto mortal 🙂

    me ha encantado el giro del argumento y el final… tanta gente anónima, casada de estar en el banquillo y que ven su gran oportunidad en las desgracias ajenas.. lo dicho, que me encanta …

  2. Té un gir que m’ha sorprès aquesta història. Està molt ben aconseguida i escrita. I la frase de Pynchon m’agrada, encara que el poc que he llegit d’ell no aconsegueix endinsar-me dins el món d’aquest escriptor.

    1. Gracias por leer 🙂

      Pynchon es muy duro de leer. Estoy con uno de sus tochos y a ratos vas muy perdido; pero me fascinan los fragmentos que sí “pillo”. Vale la pena ponerse tozudo y arremangarse la camisa con él 🙂

      Saludos a todos.

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