Salida a uno

El pub apesta a algo denso. Algo entre queso y sudor, alcohol, eructo. Todo lo que “tiempos ha” no se notaba por el olor a tabaco. Obviamente no solo se trata de que nadie pueda fumar, está claro que los dueños no deben ser lo que se dice maniáticos de la limpieza. Todo está oscuro, por supuesto, hay velas en algunas zonas de la barra. Hay luces indirectas en las paredes, tan indirectas que sólo iluminan vagamente circunferencias minúsculas del techo, acentuando de algún modo la sensación de boca del lobo. No se pueden ver los rasgos de la cara de nadie a menos que te acerques mucho y hagas un notable esfuerzo ocular.
Hay muchas chicas jóvenes, tanto que algunas deben ver aún los veinte años como algo parecido a hacerse mayor. La crisis de los veinte. Edades de selectividad o como mucho de universidad. Aunque, como sea, el ambiente es ecléctico e invita a pensar que hay todo tipo de mujeres; mujeres-mujeres, mujeres-niña….
Cuando Orfeo entra en el pub no tarda nada en mirar hacia todas partes, guiñando los ojos para mirar los culos y los escotes. Grupos de chicas. Muchos. Tantos que llega a dudar sobre si no será un club de ambiente. Pronto, algunos morreos chico-chica le tranquilizan y enseguida un bulto empieza a crecer en su pantalón; un bulto que de todas formas no es perceptible aquí por más que alcance su máximo esplendor.
Cuando se le acostumbra mejor la vista, puede ver cuellos y escotes con más claridad. Piernas, pies con las debidas sandalias veraniegas, uñas pintadas, ruidos de chica, movimientos gráciles cubata en mano. Es sorprendente que haya tantas, al menos tres veces más que chicos. El pequeño misterio pronto deja de serlo cuando atisba diademas-polla y se denota más follón del habitual. Hay una despedida de soltera.
La misma, cubre un margen de edad que va fácilmente desde los 17 hasta los 45 años. Mujeres con todo tipo de físicos y actitudes. Silbatos ruidosos de vez en cuando. Algunas que juegan a besarse, y que a veces lo hacen de verdad. Rondas de chupitos de tequila. Tirantes y vestidos de una pieza. Sudor en los cuellos de algunas, en los escotes, algún cubata derramado. La polla de Orfeo empuja ya totalmente llena de sangre contra sus calzoncillos y el pantalón. No puede evitarlo, es instantáneo y siempre es así. Es lo contrario a tener problemas de erección, es tener problemas de erección por exceso.

Ha salido solo. De su solitario piso. Es la décima u onceaba vez (o quizá algunas más) que lo hace con un propósito concreto, el propósito que ha crecido ya del todo y comienza a babear sus calzoncillos. Es un viernes de Julio y bebe su segundo cubata en la barra. Nunca ha sabido cómo entablar conversación; el único truco es el alcohol. Luego mira a alguna chica. Insistentemente. No hace falta que sea la “buenorra” del lugar, se trata más bien de localizar a alguna que pueda parecer dispuesta a echar un polvo sea cual sea su situación. A menudo no suele tener mucha importancia si tiene novio o marido. A veces incluso parece un aliciente para ellas. A veces no se trata tanto de follarse a Orfeo como del Engaño. Lo que provoca el orgasmo femenino no es tanto los dedos o la polla de Orfeo como la Aventura.
No es que todas estas salidas a solas le hayan procurado sexo. Lo ha logrado cinco veces en unos nueve meses, y en ambientes supuestamente proclives. No siempre ha sabido elegir las palabras correctas ni a la chica adecuada. Y, reconozcámoslo, un par de veces se ha largado sin intentar nada. Además, las cuatro veces fructíferas han sido con chicas que tenían pareja o marido, y sólo ha repetido con dos de ellas. En ocasiones se imagina molido a patadas por los colegas de algunas de esas mujeres, y pasa de insistir con llamadas o insinuaciones. Otras veces ha pensado que quizá ellas no quedaron satisfechas, pero de ser así es obvio que fingían muy bien… Así que lo que cree que es que más bien dio con mujeres poco dadas a la infidelidad, y que la culpabilidad hizo el resto.
Mala suerte.

Durante el tercer cubata, la chica a la que elige es menuda y puede que menor. En realidad debe estar entre los quince y los veinte, la oscuridad aumenta el margen. Le sostiene la mirada y ella acepta el juego. Puede que ella haya bebido incluso más. Es una criatura de curvas, de piel blanca, lleva un vestido de una pieza, muy escotado. Mirada etílica. Sonrisa ídem. Cuchichea con una amiga sin apartar la mirada de Orfeo. Las dos ríen por el descaro de «ese tío», que también deja ir una leve sonrisa.
Suele esperar a ver si ella se acerca para decir algo. Si no es así, él es el que va. (Normalmente de hecho, él es el que va). Estas situaciones hace años le parecían como de película mala; no creía que estas cosas pasaran, al menos no a tíos como él. No creía que él pudiera provocar situaciones así. En realidad todo lo sostiene el milagro de las drogas; con cierta cantidad de alcohol en la sangre, le comienzan a dar igual las potenciales calabazas. Ha cosechado algunas, de hecho, y la sensación no fue de ridículo ni tan siquiera al día siguiente durante la resaca. “Eh, lo intentaste, no se puede pedir más”.
Esta vez es la chica la que se acerca. Eso no siempre es bueno. A veces sólo significa que te va a mandar al carajo con apenas una frase, normalmente palabras bastante duras acompañadas de una mirada cortante. “¿Oye, qué miras?”, “Mi novio está en el lavabo, tú mismo”, “Quieres parar o aviso al portero?”. Etcétera. Lo que para algunas sólo es un juego, para otras es acoso sexual.
La chica sonríe y le dice algo que él no entiende. ¿Cómo?
–¡Que te estás poniendo las botas!
–Lo siento, no puedo dejar de mirarte…
La muchacha suelta una carcajada y bebe de su cubata.
–¿Estás solo?
Orfeo le dice que sí, que sólo ha salido a tomar algo, que ahora se siente un poco estúpido por haberla mirado así. No es que sean frases de guión; la idea es parecer algo inocente, como si fuera la primera vez que te pasa algo así, que miras a alguien de esa manera.
Luego llega una conversación más bien intrascendente. Aunque ella ya haya decidido que quiere «rollo», siempre suele haber una especie de preliminares dialécticos. Ríen y beben aún más. Puede que Orfeo aún pida otro cubata, incluso invitándola a ella a otro de lo que esté bebiendo si le parece bien. El alcohol nunca ha sido un problema para las erecciones de Orfeo, y él sabe que cuanto más beba la chica, menos más va a pensar y más probable es que actúe.
A veces, de hecho, ni siquiera se trata de las drogas en lo que a la chica respecta. A veces las mismas sólo son una excusa para hacer algo que de hecho harían encantadas sobrias. Al fin y al cabo hablamos de follar, no de hacer puenting o tirarse de un avión…
Para Orfeo, se trata de traspasar el “orgullo femenino”, de que ella no se sienta como una “chica fácil”, lo sea o no, y sobre todo teniendo en cuenta que para él todo ese rollo no es más que reminiscencias machistas relacionadas con el sexo. La prueba está en que nadie habla nunca de “chicos fáciles” o “guarrillos”.
Aun así, Orfeo actúa siempre con la idea de traspasar esa barrera en muchos casos ficticia, o sólo producto del miedo que le tienen muchas mujeres a lo de parecer “unas frescas” y etc. A veces es ese mismo miedo a parecer alguien así delante de sus amigas (a menudo éstas son las más hipócritas, machistas y de doble moral en relación con el sexo).
Pero no siempre es así. A veces dichas amigas son precisamente las que espolean a que las cosas sucedan. Éste ha parecido uno de esos casos.
Después de la charla intrascendente –palabrería que ha durado poco más de un cuarto de hora–. Orfeo no puede esperar más y le dice a la chica que si quiere irse con él a su piso. A tomar algo. Lo que en el lenguaje del flirteo significa… lo que significa.
La muchacha, sin embargo, le coge por el brazo y se lo lleva dirección a los lavabos…

Se encierran en uno de los habitáculos. Ahora ella sí puede ver el bulto en el pantalón.
–Sácatela, quiero verla…
Orfeo se desabrocha el pantalón y se lo baja junto a los calzoncillos. Su polla puede que no sea una monstruosidad, pero él sabe perfectamente que supera holgadamente la media nacional, y lo más importante: es gorda.
La chica la coge con la mano derecha, una mano pequeña y blanca de dedos rosados. Se centra en mirarla, comienza a pajear a Orfeo lentamente. El pene está completamente erecto y venoso; el capullo, púrpura. La muchacha comienza a lamer la punta con su lengua pequeña y roja, algo teñida por la fresa del cóctel que se estaba bebiendo. Él nota el cosquilleo húmedo. Se ha quedado de pie de espaldas a la taza. Normalmente necesita más comodidad para correrse, pero cree que esta chica podría ordeñarle hasta la última gota tal y como está. Se mete hasta la mitad del miembro en la boca; la lengua explora todos los surcos. Escupe en el capullo. Se oyen risitas femeninas que entran y salen de los servicios. La muchacha pajea con la mano y la boca, totalmente centrada en la labor. Se mete la mano izquierda por debajo de la falda del vestido para tocarse. El habitáculo es pequeño y Orfeo está deseando decir que en casa hay una cama. O un sillón de tres plazas. O la ducha. Todo parece mejor. Pero la mamada le nubla la vista y no encuentra el momento de volver a proponer ir a su piso. O a un piso. Una habitación de hotel. Lo que sea, para hacer esto bien. La chica juguetea con el pene, le gusta ver hilos de saliva que cuelgan desde el capullo hasta la punta de su lengua, y a menudo vuelve a escupir para luego meterse la polla en la garganta hasta tener arcadas. La mano pequeña y blanca sacudiendo la piel arriba y abajo…, Orfeo sabe que en una de ésas podría acabarse… Y parece que es lo que la chica busca. Mueve su mano izquierda cada vez más enérgicamente bajo su vestido. Él casi puede notar la leche caliente a punto de ser escupida modo aspersor. El semen en sus huevos. El capullo se infla y late más cada vez que está dentro de la boca, las venas se hinchan. La muchacha saca la mano izquierda de su vestido y se la muestra a Orfeo. Tres dedos empapados de flujo vaginal que ella quiere que él chupe. Él agarra la mano y los lame, sorbe de ellos. La mano derecha femenina tira de sus testículos y los aprieta. Cabezeo, Arcada, Arcada. La mano izquierda vuelve bajo el vestido. La chica sorbe de la polla y llega incluso a morderla de canto.
–¿Quieres follarme? –dice entonces. Y mientras lo ha dicho ya se ha quitado las bragas y se las ha dado a Orfeo. Se ha subido el vestido y ha dejado a la vista su culo de ni-tan-siquiera-veinteañera. Un culo quizá ilegal en este contexto. Así pues, al diablo, se dice Orfeo. Aquí está bien, podemos hacerlo aquí.
Pero tiene la suficiente paciencia como para ponerse en cuclillas y separar los glúteos femeninos. El ano rosado, la vulva desde atrás, toda la zona mojada. Ve cómo ella aún se hurga con dos dedos; los ve entrar en la vagina. Orfeo mete la cara en el culo y lame el ano. Ella se masturba al mismo tiempo, hasta oírse el ruido del chapoteo. Quiero comértelo, dice Orfeo, con voz alta y clara. La chica se da la vuelta y, apoyada en la pared del habitáculo, se abre de piernas aun de pie, se pone de puntillas y apoya la mano derecha en la cabeza de él. Orfeo lame y sorbe, sin demasiado cuidado, más bien con hambre. Solo quiere saborearlo antes de follárselo. No es nada laborioso pero a ella parece darle igual.
Risitas de las chicas que ocupan el resto de habitáculos, casi todo el tiempo ocupados. Algunos comentarios balbuceantes, alcohólicos; “¡Que envidia, chica…! Y más risas.
La muchacha se vuelve ansiosa y aparta a Orfeo.
“Métemela.”
No duda en acomodar las rodillas sobre la taza. Culo en pompa. Orfeo tantea la zona con el capullo, y lo introduce, demasiado ansioso y hasta el fondo.
“Ay… Despacio…”
Pero no puede aguantar mucho antes de acelerar. Da dos, tres cachetes fuertes en la nalga derecha. No hay condón, lo piensa y no le importa. Aunque ella dice:
“No te corras dentro.”
Culea con fuerza sujetando la cintura femenina. Los testículos aporreando la zona del clítoris. La chica no duda en gemir, en soltar tacos. El ruido de la follada haciendo eco por todo el servicio de mujeres. Quizá algún móvil asoma por arriba y hace una fotografía.
Risitas.
Orfeo no puede más. Se veía bien, aguantando, hasta que ella ha dicho:
“Me corro… tío…”
Y raramente esa palabras no hacen mella en él dichas por una mujer. Sus huevos, su polla hinchada, la sensación de la recta final.
La saca justo a tiempo.
Tres chorros gruesos y espesos salpican. Dos en la espalda, uno alcanza el antebrazo derecho. Más gotas salen escupidas manchando el suelo, la taza… La muchacha recoge el semen de su antebrazo, y chupetea los dedos de su mano izquierda. Hace lo mismo con el resto que le ha salpicado.
Orfeo se da cuenta de que tiene las bragas en la mano; ella se las coge y se las pone en dos gestos. El vestido baja con la gravedad. Orfeo, aún tembloroso, intenta subirse los calzoncillos y los pantalones.
Vamos a tu piso, dice ella. Orfeo no contesta, aún intenta reaccionar, recuperarse. Cuando se da cuenta ya están en la calle, y la conduce hasta su casa, a unos diez minutos a pie. No se dicen nada. Ella parece ansiosa por llegar. Sólo murmura algo ya ante el portal del edificio:
“Quiero que me hagas una cosa.”

Ya en el piso, ella se desnuda por completo ante el sillón del salón. La polla de Orfeo se va recuperando ante la imagen de la carne blanca –las tetas– de la muchacha, que lanza las sandalias “a donde caigan”. Se coloca a cuatro patas sobre los cojines. Se da palmadas en el culo;
“Quiero que lo desvirgues”, dice.
“¿Por el culo?, dice Orfeo.
Despacio, dice ella.
Orfeo se desnuda y comienza a tocarse. Aún no la tiene erecta. Se sienta y abre los glúteos blancos. Mete todo lo que puede la lengua en el ano. Escupe en él. Ella se hurga en la vagina con tres dedos. Él lame la zona durante varios minutos, realmente cachondo otra vez, y el pene recupera su erección, hinchado y purpura. El glúteo femenino derecho está rojo de los cachetes del lavabo. La muchacha le dice que empiece ya, que se la meta, que pare sólo si ella se lo dice.
Él se coloca pues en posición. El ano está cuajado de saliva. Esto es lo que mucha gente describiría como una fantasía masculina, piensa Orfeo, otra vez tan puesto como en el lavabo. La misma gente que suele creer que el sexo sólo obsesiona a los hombres.
Guarrilla.
Zorrilla.
Pendón.
Toda esa gente que usa esas palabras. Tanto hombres como mujeres, y que sólo se refieren a mujeres.
Qué guarra.
Vaya zorrilla.
Está hecha un pendón.
El glande de Orfeo comienza a abrirse paso. Su polla no tiene su máximo grosor en esa zona, sino más bien hacia la mitad. Ella suspira, suelta un quejido de dolor cuando siente el capullo entero dentro. Todo está húmedo, pero aún no dilatado. Orfeo se mueve lentamente, solo sacando y metiendo la punta. Escupe sobre ella.
“Metela más”, dice la chica.
Entonces Orfeo recuerda:
“Oye, tengo condones…”
“No me jodas ahora, murmura ella, métela…”
Orfeo empuja más allá del capullo. Ella grita y se oye el chapoteo de su mano derecha en la vagina.
“Ah… AY… Ah…”
Orfeo la saca;
“Puedo usar antes los dedos…”
(Cuando dice eso en realidad ha estado a muy poco de correrse; él, claro)
La chica resopla y se da la vuelta. Se abre de piernas. Orfeo usa los dedos corazón y anular de la mano izquierda. Los mete despacio. Ella se masturba frotándose con la izquierda, y con la derecha coge el pene; Orfeo está sentado en buena posición. Se oye el ruido de un helicóptero. Ella no tarda en decir:
“Joder… Me corro…”
Orfeo cierra los ojos, y el ruido de las hélices que se alejan se convierte en algo celestial.
Guarrilla. Guarrillo.
Otro día quedamos. Otro día quedamos. Continuar el trabajo de prospección. Te buscaré en Facebook. Pero dame tu teléfono. No quiero nada serio. Amigos de momento. ¿Cómo te llamas? Quédate a dormir si quieres. Puedo irme si te molesto. Tienes una cama y el sillón, elige. Otro helicóptero pasa volando bajo. Debe haber un incendio. Sí, un incendio. ¿Qué edad tienes?… Menos mal… Mejor. Sí, mejor. Sobran macarrones si tienes hambre. Mañana tengo fiesta. Puedes quedarte hasta la hora que quieras. Está claro que hay algún incendio. Me duele el culo. Lo siento. No pasa nada. ¿Qué hora es? Tengo un mensaje. Joder qué tarde. Mi hermana es gilipollas. Me duele un poco la cabeza. Desde aquí no se ve humo ni nada. Me duele el culo. Lo siento.

[Arriba, algo de los “Two Door Cinema Club”. Interesantes. Mucho. Abajo + pin up. Y de paso daos una vuelta por el TETAS, mi otro blog.]

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2 comentarios en “Salida a uno

  1. No entiendo tanta diplomacia para hacer ver que no eres una chica fácil… que importancia tiene? Al fin y al cabo lo que quieres es follar y punto. Para que darle tantas vueltas a lo que la gente pueda pensar y disimular las ganas? A parte que tanta estrechez te estas jugando quedarte sin polvo… En fin, influencias educacionales como en todo.

  2. Opino como Levanah, follar es follar. Yo tampoco entiendo eso de no hacerse la fácil…como si al día siguiente fueráis a ir a comprar al Ikea juntos o algo…

    En fin, me gustó tu relato. Muy vívido e intenso, las salidas de a uno a veces funcionan mejor que con escuderos dando la brasa.

    Un abrazo.

    Oski.

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