La Edad del Sacrificio

Aina. Su despacho en el edificio de cristal. Diligencia al menos hasta la fecha, toda su vida. Todo bien, correcto, tal y como todos esperaban. 26 años y con lo que suelen llamar «un buen trabajo». Tener Trabajo en una mala época, a la que quizá se haya llegado porque Aina no tiene miedo de reconocer que se aburre, se aburre mucho. Todo bien y como debía ser… y se aburre mucho más de lo que merecía.
Ese aburrimiento en masa. Aburrimiento, en el mejor de los casos.
Bienvenidos a la Edad del Sacrificio. Un rato para pensar y casi todo comienza a resultar penoso. El ochenta por ciento del tiempo toda la juventud entregada a lo no-vocacional, a lo Material a secas. A la idea de que Crecer significa dejar de “soñar despiertos”. La filosofía con cimientos en alguna especie de plancha de metal helada en la que debes apoyarte todos los días desnuda para que todos asientan. Cuanto más copada, más respetable. Cuanto más agotada. La vida profesional –tu aportación al mundo– como lo que hay al otro extremo de la Imaginación y la fortuna de estar vivos. La edad Adulta. Quizá sólo el sexo ha sobrevivido a esa Evolución. El sexo, que no tiene por qué ser controlado, ni pulcro, ni serio; que, de hecho, es mejor cuanto menos es de todo eso. Como lamer un helado. Comer chocolate. Lo del Ser como hay que Ser no ha podido del todo con el sexo. Puede que porque esa Postura aún vigente sobre cómo hay que vivir, aún no ha matado del todo la Ilusión. Puede que queden aún cosas, una luz al final del… Un probable renacer particular, o al menos un digno suicidio.
Aina se levanta de la silla mientras oye ecos en su cabeza sobre la posibilidad de que la despidan. Ha corrido un rumor por la empresa. Un rumor de que un montón de gente va a ir a la calle. No porque no sean buenos empleados. No porque hayan hecho nada mal. De hecho, como Aina, todos lo han hecho todo bien o muy bien sobre el papel. Quizá demasiado, piensa Aina, mucho más de lo que merecían. De lo que merecían todos, desde lo 0 años hasta los 26. Siempre confiando en Ellos, y ahora como pago tiene un trabajo coñazo del que encima van a echarla. El trabajo que se adecuaba a la perfección a su currículum impecable. Puede que no-vocacional, pero sí impecable. Estaba preparada para entregar los mejores años de su vida a esa labor gris, había luchado por eso, ha luchado durante años. Sólo el dinero. Las salidas profesionales. Sólo iba a ser una pieza más del frío engranaje, del vivir para trabajar, casi autoanulada en pos del Madurar. Y ahora pronto ni siquiera va a tener eso.
Toda una generación de niños y niñas buenas que confiaban en los mayores. La mayoría –niños y grandes– amputados de sus pasiones.
Hola, Dios, piensa Aina. Ella que no cree. Pero Dios es lo único parecido ya a la etapa infantil en la que aún ves la vida como algo mágico, brillante o esperanzador, y no sencillamente como una batalla más bien cruenta y absurda en la que el objetivo es únicamente que no se vuelva aún peor.
Dios, La Navidad, El ratoncito Perez… Y no mucho después, alguien adulto señalándote con el dedo y acusándote de no haberte centrado, de que pronto empieza la guerra de la vida. El querido Miedo, la gasolina de occidente. Si no te rindes y emigras de tu propia piel, te va a ir fatal. Éste es nuestro mundo y tienes que TRAGAR. No importa si no quieres colaborar a que todo siga siendo así. Desnúdese y túmbese en la camilla oxidada. Para siempre.
Puede que el hecho de que un viernes resulte ser tan extremadamente distinto a un lunes fuera el primer gran aviso ignorado.

Llaman a Aina a la oficina. Hay alguien que ha perdido la cabeza, le dicen. Ella está en el quinto piso, y hay alguien abajo en el vestíbulo que ha mordido ya a tres personas. Mordido. Aina mastica su chicle y pregunta si ya ha comenzado el ERE. No, tía –le dicen–, no, te digo la verdad, pero sí, es el Segarra, el Carlos, de marketing, le han echado.
Abajo no hay seguridad desde que no se considerara necesario tener tanto personal de seguridad, por lo que, según le está describiendo la recepcionista a Aina, el tal Segarra ha EXPLOTADO. Ataca a todo el que se le pone delante. Aina sonríe con aburrimiento. ¿El Segarra no era ese pavo friki que siempre hablaba de zombis?, pregunta. La recepcionista no lo sabe, pero Aina juraría que sí. Lo de los zombis no viene de una afición desmedida a ese tipo de películas, sino de cierto discurso habitual, el discurso sobre el “zombificamiento” debido al trabajo. Sobre lo de que te cogen, te contratan y todo se convierte en rutina. La vieja rutina, la más conocida, la del resoplar y maldecir. La del aburrimiento extremo o el lacerante estrés, la de la hipoteca. El madrugar y el sueño. La del ir de culo y que encima todos se alegren por ti, por todas las cosas que estás haciendo y blablablá. Mientras tu vida se convierte en viuda de ti.
La Edad del Sacrificio.
Aina se sorprendería ante lo que está pasando si tuviera suficiente energía para ello. Pero lo cierto es que lleva tres meses trabajando seis días a la semana más de diez horas al día por una miseria, así que, en cierto modo, todo el asunto le resulta divertido. La mujer le cuenta en susurros que está escondida bajo su mesa, que el Segarra grita que se va a encargar personalmente del ERE. La recepcionista llora de miedo.
No está mal otra clase de miedo para variar, piensa Aina.
Al parecer el tipo ha desgarrado varios cuellos, puede que ya haya algún muerto. Aina busca información sobre él. Teclea. Tiene 42 y según lo que ha hecho desde los 0 (básicamente bailar al son de todo el mundo), no parece una reacción tan violenta ya a esta alturas. Un despido puede ser doblemente frustrante si tu trabajo no te gusta. Es, además, lo que algunas empresas te venden como una oportunidad. Un discurso en el que podrías llegar a creer in situ si no fuera porque te lo dicen para que encima te vayas amablemente. Pero un despido puede ser doblemente duro si el trabajo no te gustaba, porque al fin y al cabo ya habías elegido ese camino. Te habías adaptado a poner el culo quizá desde el momento en que elegiste carrera. Habías arrinconado otras cosas, reducido autenticas pasiones a hobby en pos de una visión “realista” de las cosas. Una visión que desde hace ya mucho, para la mayoría, normalmente tiene que ver con aguantar y joderse. Una visión que, sea acertada o no (y parece que cada vez resulta más errónea), era la visión que habías aceptado para tu vida, por la que habías elegido madrugar e hincar codos y trabajar en algo insulso aunque hubieras reducido el sentido de tu existencia a los viernes y las vacaciones.
Es como estar a cuatro patas y sangrando por el ano, haciendo que sí con la cabeza, aceptando la inhumana penetración del Falo Estatal a diario para poder contribuir a la subsisténcia del capitalismo (ese padre que te da palizas y al que aun así sigues queriendo), y que de golpe encima tu Violador te diga que no, que se acabó, que algo ha fallado: te estamos jodiendo pero ahora ni siquiera podemos darte la pasta, sólo mandarte al carajo, pero claro, allí no hay dinero… y todo funciona con dinero, quiero decir que, está montado así… Pero no te lo tomes como algo Negativo. Piensa en ello como una Oportunidad.
De repente todos esos cabrones te vienen a decir que igual también puedes intentar hacer algo que te guste para variar. Según la empresa puede que incluso te hagan preguntas. “Ya ya, usted ha trabajado siempre en este edificio, pero ¿qué es lo que le gusta de verdad?… quizá podría encauzar su vida hacia ahí”…
Es como si te dijeran: Vamos, no me jodas, odias esto, y además sabías que en cualquier momento éste día podía llegar, no tienes que creerte todo lo que te digamos…
El día en el que ni siquiera te dejan seguir haciendo lo que te mata el alma por dinero. Y cuando es muy posible que ya no tengas tiempo ni medios para intentar hacer algo que no odies, para intentar recuperar tu vida-con-sentido, tus ilusiones.

Aina sigue al teléfono mientras la recepcionista narra. Ahora dice que el tipo ha comenzado a destripar a una de Personal, probablemente la primera persona con la que habló aquí. Todo esto pasa mientras la policía viene de camino, en teoría. Aina, en su quinto piso, no tiene más miedo del que puedas pasar en un ascensor que se ha parado. Revisa de reojo su dossier ya hecho polvo, su lista de Cosas, así a secas, ése es título. La idea es apuntar motivos o historias sólidas por las que merece la pena seguir viviendo.
Querer a alguien y que esa persona te acepte al menos como amigo.
A veces son las mismas cosas descritas de distinto modo.
Querer a alguien y que no pase de ti como de la mierda.
Tener suelto para tabaco.
Poder fumar toda la vida sin que el tabaco te mate.
Que el sexo no complique las cosas, que sólo sea sexo.

Cuando puedes pasear sin necesidad de coger el coche.
Cocinar sin quemarse.
Enamorarse sin quemarse.
Ir a la playa sin quemarse.
Porno gratis.

Vivir sin quemarse.
La recepcionista dice que el vestíbulo es ya como un charco de sangre. Y que obviamente ya tiene que haber muertos. Sólo dime si ese tarado coge el ascensor o le da por subir las escaleras, dice Aina. Bueno, ese tarado, o lo que sea… Aina nunca le ha visto como un tarado; su despido, de hecho, confirma que, efectivamente, en la Edad del Sacrificio esforzarse demasiado por algo que al final sólo te aporta un poco de dinero, puede no servir de mucho. Puede que tengamos que aprender a fracasar al menos en los campos que nos interesan de verdad, para empezar. Puede que tengamos que darle algún matiz al significado de la palabra «responsabilidad». Es decir, que no sólo sea responsabilidad para con los demás, para con “el capitalismo y a ti que te den mucho por culo”. Que no se trate sólo de currar en la Mierda para que las cifras globales de un puto partido político sean un buen dato para la campaña electoral.
Así que, sí, es probable que seamos algo muy similar a un zombi, como dice el nuevo asesino en serie del vestíbulo. Puede que su actual comportamiento sea una especie de reacción “lúcida”: «si quieren que sea un zombi, actuaré del todo como uno, y al menos no me sentiré tan gilipollas».
La recepcionista dice que la mirada del tipo está ida, realmente está enfermo, parece querer destruir todo lo posible antes de destruirse a sí mismo. Los datos del hombre siguen en la pantalla del ordenador de Aina. Tres hijos y el resto de la historia sobre su sacrificio.
En el dossier de Cosas, Aina pasa una página.
Que al tío no le importe que a veces se te escape el pis durante el orgasmo.
Los días nublados en los que no llueve pero huele a lluvia.
Ese día en el que ni al tío ni a ti os importa follar durante el Periodo.
La comida en general.
Cuando eliges ir al cine sola en lugar de haberte reunido con un montón de gente para una cena que no te apetecía.
Libros orgánicos, sean ensayo o ficción o lo que sean.
Semen caliente.

Aina mira hacia la pared mientras oye los sollozos de la recepcionista por teléfono. Hay un extintor. La recepcionista le ha dicho que el tío ha comenzado a subir escaleras corriendo. El extintor pesa lo suficiente para, si no dejar inconsciente a alguien, sí hacerle mucho daño. Se pregunta cómo debería atizar a una persona para dejarla grogui. Si a los 18 años hubiese… Cuando eliges una carrera sólo porque en teoría tiene muchas salidas, nunca piensas que entre ellas podrían estar también la muerte o el asesinato. Al menos la recepcionista no le ha hablado de contagio alguno. Es decir, ninguna de las victimas indirectas del ERE se ha levantado con el cuello mordido para echar una mano al Segarra.
Esto sólo va de un pavo que se ha vuelto loco. Bueno, “que se ha vuelto loco” es una forma de hablar. Digamos que todo influye. Ahora Aina no sabe dónde está el asesino del ERE, pero sí ha oído a la policía; la recepcionista ha salido por patas a la calle, prometiéndole a Aina una llamada cuando tuviera novedades.
La posibilidad de poder suicidarte antes de tener que matar a nadie.
La posibilidad de poder matar a alguien antes de suicidarte o que te mate.
Los postres calientes.
Cuando te corres a chorro.
Las noches de verano al aire libre.
Que algún día la Deuda lo reviente todo de una buena vez, y algo con cerebro la sustituya.

Aina permanece sentada y con el extintor entre los brazos. Nadie envía correos electrónicos informativos. Pero el teléfono por fin vuelve a sonar.
La recepcionista dice que la policía ha detenido al tipo.
Estaba lleno de sangre ajena. Ha sido honesto con su rabia en cierto modo, o torpe, cree Aina. No se ha ido a casa para preparar una venganza fría, para venir un día armado hasta los dientes. Ha preferido atacar de un modo más primario. Haciendo caso a sus impulsos quizá por primera vez en su vida. Y sin miedo. Sin creerse por fin que lo inteligente es siempre saber joderse. Puede que matar a la peña no sea la mejor reacción, pero puede que sea eso lo que pase si te contienes el tiempo suficiente amparado por cierta Inteligencia muy rebatible y carácteristica de esta época. Esta clase de violencia natural (es decir, sin intereses de por medio) puede darse, y se da. Si es el 11-S o el tarado del vestíbulo, poco importa. Es siempre la reacción del siempre agredido contra la cúpula de los agresores.
La opción de estar callado.
La opción de insultar a quienes creen que no insultan nunca porque nunca usan palabras malsonantes.

Y Aina deja el extintor en el suelo y apunta otra más:
Cuando te acuerdas de ser tu propio Dios.

[Arriba, un poco de Nirvana, para descargar un poco más de rabia. Abajo + pin up.]

Anuncios

2 comentarios en “La Edad del Sacrificio

  1. Si ya no amas ni te aman, no hagas de tu vida una morada fría, sólo una costumbre que no te hace feliz, ni te permite hacer felices a tus compañeros de vida, no defiendas esa costumbre, no te aferres a nada ni a nadie por apego, no te vistas de hábitos mecanicistas y costumbres…¡¡TIENES DERECHO A DECIR NO!!, o serás esclava de tu costumbre por siempre. Te harás adicta a tu propia esclavitud y a tu dolor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s