El drama de Jota

Jota tiene un problema.
Explicación apropiada previa a la exposición del problema personal: Jota quería crecer con tranquilidad y encontrar una mujer sencilla con quien emparejarse y vivir. Con quien salir y pasear, ir al cine, follar, seguir creciendo… Pero todo con calma y sosiego, sin excesivos dolores de cabeza. Algo adulto y maduro, controlado. Por la vía de la elección propia y evitando “agentes amenazantes externos”. Solo quería una compañía agradable. Él conoce a parejas que juraría que son así, que no han vivido excesivo tormento, que se han conocido y han ido alimentando el cariño, puede que incluso hasta transformarlo en cierta clase de amor.
Es cierto que Jota a veces ha vislumbrado en esas parejas algo que no encajaba, o que chirriaba. Una vez un amigo le dijo que muchas personas se encariñan de otras por el mismo mecanismo provocado por el que te puedes encariñar de un objeto. Es decir, roce, roce y roce; objetos y personas bajo el mismo paradigma emocional. Es una opción quizá basada en cierta clase de negación o miedo (curiosamente algo que no cuadra muchas veces con la forma de proyectarse de esas personas). Eso, aplicado exclusivamente a los seres humanos, es una opción que él cree quizá esté basada en cierta filosofía que sienta sus cimientos en el único objetivo de sufrir lo menos posible.
Aun así, él quería eso, quería “dejarse llevar”, y no esperar o buscar que algo “de película” sucediese en su vida. Es la forma más aceptada de evitar complicaciones sentimentales. Él cree que hay personas que han ejercitado tan bien ese músculo de, lo llamaremos: negación amorosa, que –ya “oficialmente” emparejados– para ellos el resto de personas tienen el mismo valor potencial –y o realista como posibles “desvíos”– que los amantes de una película porno o una ficción americana romántica. Entienden esa otra vía, la de volver a empezar con un cambio de pareja para encontrar algo más auténtico, como algo chocante e incluso inmaduro, y sobre todo como una perdida de control y de tiempo que no están dispuestos a asumir para sus existencias conyugales.
Es, básicamente, ese principio que tiene que ver con planearlo todo y seguir a rajatabla las pautas. Es el culto a la agenda en su máxima expresión; estés forzando el tema o no; lo cual, como sea –y esta es la clase de cosas en las que evitaba pensar Jota– podría ser igual de estúpido que quedarse paralizado sin hacer nada.
Al final, es limitarse a dar con una persona que al menos no te putee o haga sentir nada demasiado intenso, y que te deje meterle mano.
La negación en cuanto a las relaciones es igual a la negación en cualquier otro campo. Jota lo sabe. Te ayuda a sobrevivir. No quiere decir esto que esas relaciones controladas casi desde antes de empezar sean una farsa o no sean de recibo. Jota mismo, aun llevando a cuestas todas esas reflexiones al respecto, estaba dispuesto a asumir ese nivel de neutralidad para su vida amorosa. Aun sabiendo que en el fondo ese control en cuanto a las emociones puede no ser más que otro modo de alimentar un posible descontrol futuro, o final infeliz demasiado tardío para remontarlo.
Y es que el riesgo de ese enfoque “práctico”, en cualquier campo, es que un día alguien, queriendo o sin querer, y dependiendo de tu nivel de “fortaleza” y carácter para proseguir con el mismo, te zarandee y acabes poniendo los pies en el suelo, enfrentándote a la aterradora realidad de que no puedes controlarlo todo. De que, a menudo, de hecho no puedes controlar una mierda, y que tu agenda no es más que un efecto placebo que solo estaba alimentando esa sensación de DiosTotal-de-tu-propia-vida.

El problema: Jota se ha enamorado de verdad de alguien.
Volver sobre El Tema puede ser frustrante y aburrido. Pero viene a cuento recordar al menos que el sentimiento se basa sobre todo en la irracionalidad. En cierto modo está en las antípodas de lo que las parejas anteriormente mencionadas entienden por una relación. La agenda se convierte en papel mojado y ha dejado de haber reglas claras, grandes dosis de dignidad, control de daños, puntos a seguir, planes de confianza (ya no son muy necesarios) o explicaciones que alguien que nunca haya sentido algo así pueda estar ni remotamente cerca de entender o leer entre líneas.
El sentimiento en sí puede ser tan bonito/jodido/desbordado, que Jota ahora es consciente de haber conocido a tíos que, después de un roce significativo con esa sensación (acabada en esos casos en frustración y dolor), se han lanzado a las garras de la negación emocional como un niño africano a por un paquete de comida. Todos a por la Chica Tranquila que les deje en paz, por la que sientan ese tranquilo cariño-y-punto tan buscado, y que no parezca dispuesta a “complicarse” en esa faceta de su vida.
Aunque para ser justos, no es que todo lo relacionado con ese modo de irracionalidad sea caótico o descontrolado. De hecho, cuando ambas partes sienten lo mismo (o al menos algo similar), no hay que hacer esfuerzo importante alguno para seguir adelante con la relación; es decir, hay una sinceridad que ya suele venir de serie, y aunque obviamente hay que estar al loro y no descuidar la situación, no hay que preocuparse casi nada en relación con los llamados “agentes amenazantes externos”, ya que el apego por la persona con la que estás es tan honesto, real, sincero y blindado, que ni siquiera puedes explicarlo con palabras. Es lo que podría llamarse Felicidad Basada en el Descontrol Personal. Algo que Jota sabe que choca con la mayor parte de las filosofías sobre cómo hay que vivir la vida a cualquier nivel.
En muchos aspectos, estar enamorado es lo contrario a ser adulto. Pero con la capacidad de sufrimiento y conciencia de un adulto.
Cuando va bien todo son alegrías.
Y cuando no va, llega el drama de Jota, tan representativo.

Jota sabe en el fondo, y esto lo tiene muy claro, que teniendo en cuenta el tema tratado, todas sus reflexiones nunca son mucho más que cháchara. Aunque se pase la vida dándole vueltas. Es como querer embotellar el aire.
El aire no es gratis porque sí.
Jota, a sus 37 años y tras unas pocas relaciones anodinas, conoció hace dos años a una muchacha de 24 años. Una muchacha con novio. Embarcada en una de esas relaciones en las que parece que discutir sea el opio de la misma. Incluidos varios tropiezos con cuernos, además…; tanto ella como el novio tuvieron sus polvos europeos durante sus respectivos erasmus. Pero aun así Jota sabe que probablemente el tiempo juegue en su contra, ya que cuanto más pasa más épica y aparatosa es la separación si tiene que darse; opción que, visto el asunto desde fuera, y Jota cree que sabe analizarlo aceptablemente al margen de sus sentimientos, parece la más lógica.
Tres años de relación. Y lo único que Jota no sabe es cuánto follan, cómo follan, es decir, excepto sobre el sexo, la muchacha se lo ha contado más o menos todo. Ahora basta con la conexión a Internet para saber más de las personas de lo que saben sus propios padres y amigos (y a veces incluso más que ellas mismas según el caso).
No sabe si la relación se parece más a un plan o si es amor irracional, pero sea como sea sabe que es terminal. Todo lo es si ves que está haciendo demasiado ruido. Solo debe estar lo suficientemente atento para recoger el testigo. Dado su estado de ánimo, le daría igual que ella no le quisiese a él de un modo romántico, siempre que pudiera estar con ella, salir con ella, y mantenerla junto a él el máximo tiempo posible.

Un día ella le llama. Lo siguiente es una prueba más de hasta qué punto de histeria y descontrol te puede llevar un enchochamiento de tal calibre.
Le dice, llorando, que le ha pasado algo, y que no sabe con quién hablarlo, y que por eso le ha llamado a él, y que lo siente porque quizá no debería haberle llamado, porque no es problema suyo.
Hipidos.
Etcétera.
En ese momento Jota se siente descolocado, pero a la vez siente cómo un chute de positividad comienza a recorrerle todo el cuerpo. Porque ella, ante la duda, y tenga el problema que tenga, a quien ha llamado ha sido a él. Jota no se para a analizarlo mucho, sólo sabe que la chica llorando al otro lado del teléfono está haciéndole feliz. Incluso con la preocupación que le genera, incluso con los lloros.
¿Qué te pasa?, le pregunta.
La muchacha le dice que se ha quedado embarazada.
Lloros. Hipidos.
Sorbe, dice un taco, dice que quiere abortar. Pero que no quiere ir sola, y tampoco decírselo a su novio o a sus padres. Dice que conoce a un médico que no le pedirá explicaciones, que es amigo de su padre pero que no va a decir nada, no se va a chivar.
Está bien, vale, dice Jota, es tu decisión. Y poco más. Cuando fantaseaba con situaciones similares con ella, era mucho más lúcido, le soltaba un discurso tranquilizador gracias al cual ella dejaba de llorar. Luego seguía hablándole y ella se calmaba aún más. Al final ella acababa agradeciéndole algo avergonzada lo bueno que él era siempre con ella, decía en voz alta que se sentía mal y avergonzada, lo cual daba pie a que Jota soltara otro bonito y calmado y susurrado discurso… y puede que incluso ella acabara sonriendo ante la calma y lucidez y creatividad-incluso-en-ese-momento de Jota, que sólo estaba intentando ayudarla desde su yo más honesto y altruista; y todo por considerarla a ella una buena chica que no merecía que le pasasen cosas malas, algo que obviamente también le diría. Etc.
Pero en la realidad la llamada no dura más de dos minutos. Ella le da una una fecha, una hora y una dirección. No hay espacio para intercalar palabras cariñosas ni nada por el estilo. Y Jota apunta la información tembloroso en un papel.

Al principio de todo, hace ya la tira, Jota nota que lleva unos días sin dejar de pensar en ella. De hecho lleva unos días masturbándose solo con fotos de ella. Quien dice unos días, dice quizá unas semanas… Pero un día en concreto, después de una de sus salpicantes pajas (las fotos de la muchacha le ordeñan con una eficacia y velocidad de potencial deporte olímpico), se da cuenta de lo que le está pasando. Y es cierto, sucede durante el transcurso de un minuto totalmente revelador en que de golpe todas las piezas encajan: un puzzle emocional que llevaba ya tiempo siendo muy obvio.
Se produce en él una especie de reacción de negación al cuadrado, o de negación sobre la negación, o incluso de negaciones enfrentadas. Es decir, sus planes de encontrar a alguien con quien tener una relación tranquila y sin follones irracionales, esa negación, se enfrenta en ese momento con la negación al sentimiento que ha descubierto de golpe, y con el que al principio decide reírse y pensar que solo es algún aire que le ha dado, que al día siguiente ya no se sentirá así respecto a esa chica. En efecto, la chica se ha convertido en una amenaza para su proyecto de vida. Y, como es de esperar, al día siguiente el sentimiento sigue ahí, y pasa a borrar los puntos de la agenda mental de Jota del mismo modo que a Michael J. Fox se le borraban sus familiares en aquella foto de “Regreso al futuro”.
Resultado: ambas negaciones pierden. Desaparecen. Y Jota tiene que aceptar ese sentimiento nuevo de una forma u otra, es decir, conviviendo con él sin enfrentarse del todo a él (cosa que hace porque le queda poca más opción), o armándose de valor y declarándose a la chica con novio de por medio y toda la pesca… (cosa que haría si no fuera porque así seguramente es más fácil que ella le dé calabazas para siempre, o eso cree él).
Esa situación se ha ido alargando y alargando durante dos años, y Jota solo ha tenido escarceos con un par de chicas a las que ya muy de entrada les dijo que nanay, que el sexo le gusta siempre como a cualquiera, pero que lo demás, quisiera él o no, estaba ocupado.
Puede que si se hubiera entrometido hace un tiempo donde debía, ahora cierta muchacha no tendría que enfrentarse a un aborto. Pero espera.

Nunca es gratis insistir en lo que Jota siente. Hablamos de un tío que tiene un subidón de bienestar solo con ver un puto emóticon sonriente de M por chat para él. Hablamos de un tío que ya está al límite, al que ya le cuesta mucho aceptar a M simplemente como amiga sobre todo virtual. (Nota necesaria: Solo quedaron unas cinco o seis veces; y por situaciones de depresión femenina, aunque nunca por motivos tan desagradables como un aborto). Hablamos de un tío que ya no puede conformarse con una cita amistosa cada tres o cuatro meses, ni con los besitos de saludo y despedida de rigor; es un tío que ya necesita mucho más. Necesita saciar su sentimiento agarrándola de la mano, acariciándole la cara, apartándole el pelo para los besos con lengua, con ademanes insistentes, manos que se cuelan en la ropa interior, los pezones femeninos húmedos entre succión y succión, su vagina abierta, su ano… Hablamos de un tío que rechazó las dos últimas tentativas de ella por citarse con él porque la sola idea de tenerla cerca y no poder hacerle algo más que sonreírle, ya suponía un calvario.
Ahora Jota está sentado junto a la muchacha en la sala de espera de una clínica; otra ciudad. La mirada de M yace anclada en cierta clase de basta tristeza que uno sólo puede encontrar en el gesto de una mujer que está batiendo su propio récord de depresión.
Jota la rodea con el brazo derecho. Ella murmura que ha cortado por teléfono con su novio, pero que le da igual, que lo que no quería era llegar a semejante extremo. Jota siente un ramalazo de nervios, algo repentino, poco definido, entre la felicidad y el miedo. También vuelve a sentir algo que le ha perseguido desde el primer minuto en que se dio cuenta de lo que sentía por M. Se siente viejo, muy viejo, en otro planeta generacional extremadamente distinto al de ella; es decir, no solo un planeta lejano, también muy diferente. Intenta apartar esa sensación de sí mismo cuando una enfermera sale por una puerta y mira a M.
Jota la besa en la sien y le dice que él está aquí esperando, que no se preocupe. (Para él ése es el clímax del día, el momento en el que ha estado pensando, el juego de ego, el gesto de protección que a la vez evita paternalismo alguno; ella no le ve como a un hermano mayor, y él evita cualquier desliz al respecto.
M entra por la por la puerta por la que ha salido la mujer de blanco. Ésta se queda fuera de momento, en la sala de espera. Mira a Jota con algo entre curiosidad y asco. Jota aún no se ha percatado. Ahora que M parece que va a ser libre, debe pensar qué va a hacer, en cómo lo va a hacer. Un enorme interrogante de algún material pesado (pero que curiosamente huele a perfume femenino) le aplasta, y él gesticula para intentar zafarse. Eso pasa por su mente. Y la mujer de blanco dice:
–¿Eres su padre?

[Arriba un poco de Leonard Cohen. Abajo + pin up.]

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3 comentarios en “El drama de Jota

  1. “Una prueba más de hasta a qué punto de histeria y descontrol te puede llevar un enchochamiento”, tal cual. Aunque sí es verdad que cuando no estás sufriendo como un condenado, o cuando no se trata de uno, todo eso puede resultar muy gracioso.
    Siempre paso a leer, cada vez mejor.
    Gracias!
    Saludos.

  2. Pobre Jota, mira que si al final consigue a la chica y no es el coñito que andaba buscando… o resulta que la convivencia con ella es desastrosa… o simplemente es mejor compañera de cama en sus fantasías de lo que lo es en la realidad… o incluso puede que solo sea algo incontrolado que le hace cosquillas en el estomago y no vea a la chica como lo que es, una más. Pero en definitiva, ayudar a la joven para que se quite el “problema” de encima, es de muy buen caballero, quizás tenga suerte y al final la consiga, incluso, quizás, si que sea su “media naranja” (palabra que no me gusta, pero que venía como anillo al dedo)
    Como siempre un placer leerte, meterse en tus historias como si fuesen una película, las escenas que remarcas con ellas son tan visuales que se me hizo corto corto el relato ^^
    Besos mi cieloooooo

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