Virus

Espantar a las niñas bonitas e inteligentes. Pasa a veces con el tiempo. No estás en su universo “calmo y en control”, y acaban dándose cuenta. Y encima te sigue un coche. A ti, que no eres nadie. Como en una de esas películas. Desde casa al trabajo (cuando lo tienes) y viceversa, o el día que fuiste a apuntarte al gimnasio. Un Opel Corsa del año de la pera. Rojo. Desde hace como cuatro meses. Te sigue a unos veinte metros de distancia mientras otra niña bonita te manda un mensaje cortés/frío al móvil después de un prolongado silencio. Tiene cosas mejores que hacer, ahora ya sí, ha hecho amigos, quizá alguno en concreto, algún tipo (él sí en “sus cabales”) con derecho de pernada consentido, y ya eres un virus en esa órbita. Eso se te da bien, acabar siendo un virus. Ya lo eras de crío, desconcertante, al fondo de la clase, sacando malas notas pero sin portarte mal ¿?, desconcertante y un experto en levantar cejas de profesores. Nunca te han visto coherente del todo. Lo cual quizá al principio despierte curiosidad y hasta atraiga, pero con el tiempo acabas molestando, eres la parte no controlada de su agenda con sentido, del futuro pensado, el individuo que no tiene las llaves del candado que asegura el cerrojo de sus bragas o sus tardes de café. Porque pareces serio e interesante, pero luego dejas de parecerlo, y descolocas demasiado, no se te puede poner etiqueta y sabes que ya todo la lleva, la amistad, el tonteo, el follar, las relaciones suelen ser de diseño y encima ahora te sigue ese coche a todas partes, y no entiendes por qué: no tienes mucho más que ofrecer a corto plazo que un suicidio “elegante”.

Algo discreto, un hotel, una bañera, que una mujer de la limpieza suelte un grito y avise a quien sea. Tu cuerpo ya blanco en el agua roja. Qué tragedia. Eso también tiene ya nombre. La muerte es una tragedia y el nacimiento un milagro. No pueden ser un alivio y un accidente respectivamente, por ejemplo. O una decisión meditada y una violación. Todo depende de la información que tengas, el nivel de prejuicios, o qué análisis te haga quedar mejor según quién tengas delante. Además está lo que dices, pero también lo que piensas de verdad. Batman y el Joker.
El Corsa arranca aún cada mañana detrás de ti durante el quinto mes. Incluso de noche. Ese tío es capaz de levantarse a las cinco de la mañana si tú te tienes que levantar a las seis. De algún modo casi siempre sabe cuál es tu rutina. Y no eres precisamente un funcionario; el pavo se ha pasado ya unas cuantas horas aparcado a cincuenta metros de las oficinas del INEM. A veces crees que alguien ha debido cometer un error y están siguiendo a la persona equivocada. A veces te dan ganas de ir a ver quién es el tío y preguntarle si está seguro de estar haciendo bien su trabajo. Debe ser tedioso, como ver crecer el césped. Seguir a una persona que solo tiene problemas al uso, intenta vivir de día y duerme por las noches, intenta follarse a alguien que le guste para variar, va al cine, sale a cenar, pierde otro trabajo, se emborracha, odia, ama, tiene celos, echa las últimas dos gotas en los calzoncillos… Es como querer sacar algo útil cada día de un partido sin goles.
La “inestabilidad” te ama, y eres demasiado sensible aún para darle portazo.
El coche que te sigue era… viejo. Nunca te fijabas en exceso. Reconoces el chasis y te suena el diseño, pero el mundo del motor te interesa tanto como tú a largo plazo a las chicas que te gustan de verdad. A saber, es un vehículo rojo y te sigue, ¿hace falta más información?
El primer mes te dio mal rollo y te acojonaste. Además el asunto se sumó a la penúltima muchacha inteligente que estaba comenzando a darte puerta. Fue una mala época. Aunque ya no recuerdas muy bien cuándo fue la última vez que estuviste realmente satisfecho de ti mismo. Se te da bien ser feliz durante los orgasmos, pero eres incapaz de reproducir en tu mente momentos del último día que te sentiste bien sin que fuera porque follabas a oscuras mientras pensabas en la niña bonita que te atrajese de verdad en ese momento.
Incluso los momentos buenos, a menudo son solo una fantasía de los que querrías vivir de verdad. Te quieres amputar la curiosidad y soltar emóticons sonrientes sí o sí. Ser uno mismo no es necesariamente práctico, solo es honestidad involuntaria. La honestidad no vale hoy dos céntimos como moneda de cambio. Hay que ser más listo que eso. Lo que la gente valorará será tu pericia, tu habilidad para adaptarte al medio sin pensar demasiado. Da igual si es una amistad, una carrera, un noviazgo o el matrimonio, da igual si es tener un hijo. Tienes que ponerle un nombre a todo, serigrafiar el símbolo de la moneda en curso sobre cada acción. Que nadie te engañe; si no quieres ofuscarte, la responsabilidad ahora no está en vivir la vida, está en ser lo suficientemente insensible para que no “te la jodan”. Ser lo suficientemente ambicioso y realista. Y luego ser lo suficientemente inteligente para saber disfrazar todo eso de algo amable y noble.
Es por eso que las chicas inteligentes y bonitas en el más amplio sentido del término se acaban alejando “discretamente” de ti, porque las tienes idealizadas y te acaban calando como “soñador”; lo irracional y lo fascinante solo están de moda por contraste, para subrayar la rutina de saber valorar los “pequeños detalles”. Es otro modo de decirte que intentar ser tú mismo o muy feliz es una forma de altanería, que deberías conformarte con ser mediocre, y con el tiempo aprender a amar esa mediocridad. Si eres tú mismo podrías llegar a ser especial, y si eso sucediera, qué demonios habrían hecho los demás con sus vidas…; ellos, que se consideran representantes de la razón, lo creas o no, se lo crean ellos o no.

A los dos meses ya te habías acostumbrado a que te siguieran. Es decir, no pasaba nada. Nada más. Ni tan siquiera fuiste a la policía, no querías quedar como un paranoico que cree que alguien le sigue, que cree que siempre hay alguien que le sigue. Es casi como decir que oyes voces que te dicen lo que tienes que hacer. O sea, es cierto que eso es lo que suele hacer la mayoría de gente adulta, oyen voces y hacen lo que esas voces quieren, pero esa actitud no disfruta del mismo respeto cuando la voz está en tu interior, ni tan siquiera cuando es la tuya misma. Vuelves a correr el riesgo de ser honesto para contigo y espantar así a otra muchacha encantadora con ello. La Verdad se está convirtiendo en la nueva colonia de los obsequios, en ese regalo que ya irrita; es la forma potencial más rápida de que crean que no les cuidas, que en el fondo no te importa herirles. Y lo piensan mientras sonríen, alejándose –intentando hacerte creer que a ellos tú sí les sigues importando– hasta desaparecer.
Es esa especie de “neopaz” que practica mucha gente. Se llevan bien con todo el mundo cuando están con ellos, hacen como que les interesa saber que todo el mundo está bien. Y claro, no es cierto. Lo cual ha llevado la falsedad típica de una reunión familiar numerosa a los grupos de amigos, a las parejas, incluso a las empresas.
Los niños se dicen: «Ya no te estoy». Luego quizá hagan las paces o quizá no.
Los adultos, sin embargo, pasan a saludarse una o dos veces al año forzadamente, normalmente esperando que a la otra persona le haya ido todo lo mal que preveían para ella (razón por la cual quizá habían cogido distancia, de modo que es mejor que no le haya ido bien…). Y a eso lo llaman: «Seguir adelante», o, «Saber dejar atrás el pasado». De ese modo, cosas como el romanticismo, la verdad, la comunión, el amor, la libertad, etc., dejan de ser el contexto de esas vidas para limitarse a ser el envoltorio.
Saben que el intento de huida de esa existencia en pos de conseguir algo mejor, normalmente significa morir a medio camino en el desierto mental con los grilletes. Y muy probablemente solo. De todos modos, a ciertas edades la ilusión, la creatividad y la vida de la que estaban llenos, a menudo ya han desparecido, se la han extirpado casi siempre por petición ajena, así que muy raramente quieren irse o cambiar, o volver a ser los seres únicos que fueron en algún momento entre la niñez y la adolescencia.

Si podías acostumbrarte a tragar con todo ese rollo y aceptarlo como la mejor forma posible de hacer las cosas (aunque es obvio que tú renegabas), cómo no ibas a poder asumir que tu rutina ahora también incluía un coche siguiéndote casi todo el tiempo…
Te duchas, te vistes, maldices, desayunas, sales a la calle… y ahí está otra vez, a su prudente distancia. ¿Cómo va todo esta mañana?, ¿cómo se presenta el día?, ¿alguna crisis existencial?, aparta eso de tu camino, amigo, no trae más que dolores de cabeza y cháchara literaria que la mayoría de veces no tiene más valor que el de unas cincuentonas infladas de colesterol sentadas en la calle rajando de los vecinos… Vamos allá, no hay que llegar tarde, ¿hoy esperarás aparcado hasta que acabe mi turno?, ¿quieres saber cuál es mi nuevo trabajo?… no lo quieras saber, ¿quieres saber cómo va el asunto de esa nueva niña guapa e inteligente que aún no me repudia?… da igual, es la historia de siempre, aún estamos en la fase de conversaciones de relleno; solo dale un unos días más y comenzará a conocerme: luego tendrá que decidir si quiere complicarse la vida de verdad o si prefiere a alguien estándar (siempre que tenga una polla aceptable). Eso es, guarda la distancia, los dos sabemos que ninguno de los dos quiere que sepa cómo es tu cara. Por patético que suene, eres lo más parecido que he tenido a una pareja estable; y de hecho la relación más tranquila hasta la fecha. Lo que vamos a hacer es irnos los dos a la mierda si te parece. Cuando la nueva niña comience a poner sus sonrisas en modo regateo, los dos conduciremos sin parar hasta llegar al muro que ambos conocemos. Será un final interesante, como la boda gay definitiva entre dos heteros.
Coño…
… pero sueñas con que un día te ponga una pistola en la sien. Has llegado a dejar la puerta de tu piso entornada por la noches, para ver si el tipo entraba y acababa contigo de una vez. Querías que hiciera ya lo que tuviera que hacer; habías pasado del miedo a la rutina al aburrimiento al tedio… No eras una celebridad, por el amor de Dios, no merecías el honor de que te controlara nadie; el «honor», porque al parecer eso es un honor en este mundo. Tu cuenta corriente baja fácilmente a las dos cifras. Sabes lo que es vivir bajo techo con hambre. Más de una chica ha abierto tu nevera y ha tomado una decisión. ¿Qué coño quiere ese tío de ti? No eres un gurú de nada, ni de la paz ni de la prosperidad ni de nada. Solo quieres algo bonito, alguien bonita, real, algo que hayas sentido antes de provocarlo, y no que hayas provocado para luego forzarte a sentirlo. No predicas nada ni intentas convencer a nadie de nada. Por ti como si todo el mundo se casa y tiene hijos antes de saber cómo mierda se hacen los niños. No quieres salvar a nadie, sabes que solo ellos se pueden salvar a ellos mismos y de ellos mismos, del mismo modo que solo tú puedes encargarte de ti. Solo quieres algo mullido y orgánico en lo que recostarte y no perder del todo aún la esperanza.
Eso, o el suicidio elegante.
La paciencia pasa por muchas fases, y se puede estirar como un chicle, pero como sea, al final se acaba. Un día aparcas y sales del coche. Te diriges hacia el Corsa. Das pasos largos. Golpeteas la ventanilla del conductor con los nudillos. Ésta se baja. Es un señor pequeño, anodino, con bigote, un secundario de donde sea que esté, de la calle, de la sociedad. Solo le salvaría tener una inteligencia desmedida o una polla ídem. Te mira como si fueras tú quien ha entorpecido la rutina (y en cierto modo es así).
–A ver, cómo me llamo… –le preguntas. Te dice que tú sabrás cómo te llamas, tío. Estáis deteniendo el tráfico.
–Por qué me sigues… –le dices, bastante histérico. Dice que él no sigue a nadie, que le dejes en paz y arranques, ¿no ves que estás parando la circulación?…
–No me tomes por gilipollas –le dices–, ahora mismo me vas a decir qué pasa, hasta que no lo sueltes no me voy.
Se produce un silencio entre vosotros. Los coches comienzan a pitar. El tipo se pasa una mano por la cara, respira hondo.
–Por qué lo estropeas –te dice entonces, casi como susurrando en voz alta–, por qué ahora…
–…
–Pensaba que había algo, algo bueno aquí…algo que los dos entendíamos…
Te suena el móvil, un mensaje. No sabes de qué habla el tío. Aunque cuadra extrañamente con todo lo que ha pasado, sin que llegara a pasar nunca nada…
–Si quieres que deje de seguirte, lo haré.
Aquí no hay ningún vínculo real, piensas. Como mucho es una pantomima, un teatrillo, como cuando tú follas con una tía mientras imaginas a la niña lista que te gusta.
Te ha sonado el móvil, y debe ser la última de esas niñas, enfriándose, comenzando a menospreciarte muy sutilmente, comenzando a partir. No eres capaz de decir nada ni de coger el teléfono. Los coches pitan, ya es un concierto y la policía debe estar en camino. El hombre, que ya parece contener las lágrimas, se aferra al volante y mira al frente sin hacer nada. Te armas de valor y trasteas en tu móvil para ver el mensaje;

“Creo que es mejor que hablemos solo de vez en cuando, ya no siento la misma confianza contigo, no puedo evitarlo. Lo siento. Cuídate…”

[He puesto la mente en blanco y el de arriba ha sido el primer video que me ha venido. Abajo + pin-up. (Hace demasiado calor y necesito salir de aquí…)]

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