Narración breve (o no tanto) de un suceso imaginario (psé…) con fines morales (?) y recreativos

Ve la foto de “la chica de 21 años desparecida”, y nunca puede evitar pensar que no ha desaparecido, sino que sencillamente ha huido de la vida que conocía. Y la verdad, no le suena nada mal. Luego, para cuando todos buscan un cadáver que coincida con la descripción, no puede evitar pensar en que no hay cadáver, en que la mayoría de los que buscan son mucho más cadáveres que los cadáveres reales, y que la chica debe estar haciendo dedo o viviendo su aventura, quizá para no volver nunca. Para volver a empezar basta con ir a un sitio en el que nadie te conozca. El entorno habitual puede ser muy a menudo un bache, aunque el bache tenga forma de corazón rocoso y bienintencionado.
Le das tu número de teléfono a una camarera. Saludas a un cartero. Sonríes a un niño. Eres tú en el mundo y hay sentimientos que puedes expresar. Hay muchos motivos por los que a tanta gente le aterroriza no tener a nadie detrás susurrando amenazante lo que tienen que hacer.
No se trata del trabajo ni del tiempo libre, sino de ser consciente de que eres , y de que a veces basta con no contar billetes hasta la muerte para que digan que llevas una vida disoluta.

Sigue viendo los carteles de ella en las calles. E imagina a la chica dormida en su cama. Para provocar el caos basta con dejar de coger el teléfono. El problema de estas cosas es que no puedes decirle a nadie que te vas y punto. Había dejado una nota escueta, muy ambigua para los tiempos que corren, en los que tu valía como ser humano está computerizada y solo cuenta cuando levantas el dedo mientras alguien pasa lista. La chica después de su segundo año de carrera. Confusa y harta. Debía sentirse como una versión sin calorías de sí misma, algo cómodo y previsible para el sistema mucho más que para sí.
Recuerda (él mismo, no la chica) aquel viaje a París con el colegio de hace ya diez años. Todo lo que es capaz de rememorar es un autobús lleno de críos, gente por todas partes y a todos esos críos llamando cada cinco putos minutos a sus padres. Estaban en París pero seguían en casa. Sabe que hay personas que da igual lo que se muevan, lo lejos que vayan; siempre están en el mismo sitio.
A menudo ellos mismos lo llaman «estar centrado». Son lo contrario a un esponja. Todos creen que el viaje es físico, pero en todo caso es mental, filosófico, o no es viaje.
Ella podría haber ido en ese autobús a París unos años después. Seria y meditabunda. Un chico podría haber querido algo con ella. En esa edad «algo con ella» significaba lo que significaba, aunque no está muy claro si más adelante las cosas cambian en su esencia. Nos quieren hacer creer que sí, pero nos quieren hacer creer tantas cosas. Ella podría haberse dejado llevar, pero a veces es cierto el mito de que ellas tienen planes más profundos. Quizá con la edad hubiese comenzado a «centrarse», dejando atrás lo que llaman años de juventud, algo que da paso a otro modo de vida. Dejarse llevar significa contestar sí e ir tirando, más o menos. Aunque las proposiciones te nieguen a ti mismo. Dejarse llevar, para la mayoría, no es escuchar voz interior alguna. Quizá la chica más tarde se centrara y comenzara a temerle al placer. Ese temor al placer de ser uno mismo en favor de caminos llanos y paisajes de fondos de windows. Excursiones programadas, no saltar jamás una valla, no decir «jódete» nunca, ni «te quiero».

Lleva dos semanas sin poder sacarse de la cabeza a esa muchacha desparecida. Cena con su cara en el telediario. Era fotogénica, joven, estudiaba, tenía todo un futuro por delante (o quizá sea ahora cuando lo tiene), y sobre todo, su familia está desesperada. Es una buena historia que seguir para el consumidor medio inmune a la desgracia ajena; y es más divertido si cabe, porque la historia es real. Los medios se encargan de poner música triste de fondo en cada reportaje. Siempre se cierra el plano sobre la foto de la chica. Sus ojos inexpresivos y su sonrisa amplia. Varios programas a aprovechan para “dar voz” a sus padres, el padre siempre serio y la madre siempre rompiendo a llorar, en el desayuno y a mediodía y en la cena. Algunos compañeros de la universidad hablan de ella si les ponen un micro delante. Nadie sospecha de nadie, no tenía enemigos, no tenía novio, era retraída, sacaba una notas justitas. Nunca mencionó que quisiera fugarse. Su habitación está tal cual; salió una mañana para ir a la universidad y no volvió más. Hace dos meses de eso. Ese día no llegó a pisar un aula.
Él cree que quizá sí se fugó con alguien: consigo misma. Puede que pensara que antes de conocer a alguien debía conocerse a sí misma, quererse a sí misma, y aceptarse no por parecerse hasta el extremo de la clonación al resto de la gente, sino por lo que ella es, por lo que a ella la define. Es posible que hubiera huido lejos para poder empezar a hacer eso del modo correcto (dura tarea). Puede que pensara que cuando eres tú mismo mucha gente se violenta, y te prefieren en la versión neutra del “me gusta” ocasional.
No sería raro que pensara que la mayoría de las personas se mueren sin haber llegado a conocerse a sí mismas. A veces sólo los espejos podrían capturar mejor lo que eres que tú mismo. Es una vieja historia la de ser uno mismo o no, desgastada. Pero quizá para la muchacha no existieran las modas, sino solo la capacidad de ver los defectos en los raíles fabricados hace siglos.

Él no puede evitar buscar información cada día por Internet. Es un fenómeno social, aunque quizá por las razones equivocadas. Lo cierto es que lo es porque si la chica te da igual es tan emocionante que muera como que aparezca viva. Con el tiempo, quizá el consumidor medio empiece a coger cierto cariño por los padres, quizá incluso desee que todo acabe bien. Pero nunca más allá de lo que puede desearlo viendo una película de trama similar. Accidentes sangrientos en carretera, una niña que dispara a su hermano en el salón de casa, un edificio que se derrumba con los vecinos dentro, la chica desparecida, los deportes, el tiempo. Sonríe.
Recuerda una vez en la que estaba sentado en el patio de un colega, cenando con más amigos, y la madre del colega no paraba de interrumpir y soltar gracias. Entonces comenzó a hablar de no sé qué tragedia, un avión que se había estrellado; una cosa llevó a la otra, y acabó diciendo que a ella lo único que le importaba era «lo suyo», su familia, su casa. Tan digna. Y él, como en broma, dijo algo así como que a ver si un día comenzarían bombardear la ciudad y ella no se iba a enterar… Nadie dijo gran cosa y la ama de casa no se enteró de nada. Lo que se veía por la tele era entretenimiento, esas cosas no pasaban en realidad. Lo de la chica desparecida era la nueva serie de moda. Había cierto grado de egoísmo que estaba bien visto. Podías reconocer con orgullo que eras bastante ignorante y que creías que todo giraba alrededor de tu ombligo. El orgullo personal parecía estar basado en los factores equivocados. Ser un idiota te podía hacer popular, como ser analfabeta y jactarte de ello. El conocimiento no tenía mucha gracia como tal, ya que estaba asociado a hacer «cosas aburridas» como leer; y para ser inteligente tenías que haber estudiado (otra cosa aburrida), y estudiar obviamente era algo que solo podías hacer en rebaño y en un aula. No valía si lo hacías por ti mismo. Eso era hacer trampa; el solo hecho de decir que estabas haciéndolo, que te estabas interesando o profundizabas en algo que solo te daría ciertos conocimientos pero ningún título, era poco más que una mamarrachada. O una torpeza.
Estabas perdiendo el tiempo, volaran los cazas o no.

Por qué no pensar que la chica no estaba muerta, sino que simplemente huía de todo eso, de que tenía que ser atractiva pero como lo demás querían, inteligente como los demás querían, neutra como los demás querían, sufrida, sacrificada, empantanada y DIGNA por todo ello. ¿Qué idea había de la dignidad?
Había una fábula o algo así. Era sobre un señor que había trabajado desde niño. A los 42 años se rompió un brazo en el trabajo. Estaba en casa de baja y no sabía que hacer. Cada día pasaba más y más lento. Su mujer le decía que apagara la tele. Le decía: lee, o al menos ponte alguna película, haz algo, sal, pasea. Pero nada. No quería hacer nada. Así que la mujer llamó al trabajo, y pidió por favor poder hablar con su patrón. Mi marido está mustio, le dijo, no hace nada, solo ve la tele. Le pidió un favor concreto. Su marido estaba cobrando durante su baja, pero no había nadie que le dijera lo que tenía que hacer, así que, de la voz de su patrón, cada día escuchó una lista de quehaceres que iban desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde. Si no los haces, le dijo el patrón (conchabado con su mujer), no cobrarás las semanas de baja.
Así, el hombre escuchaba cada día por teléfono a su patrón, y enseguida se ponía manos a la obra. Era una voz firme y autoritaria, era amenazante. Así acababa. Era la base de la educación.
Si no haces esto te pasarán cosas muy malas.
¿Y si lo hago qué pasara?
Mmm… cosas buenas, calla y hazlo.
Solo se trata de ser productivo. Porque si te planteas por qué haces lo que haces podría comenzar a importarte algo en la vida. Incluso quizá cosas que a priori no tienen nada que ver con «lo tuyo», podrías comenzar a descubrir tu propio yo y acabarías dando con algo que, de seguir descubriéndolo podría incluso hacerte feliz. Y claro, nadie quiere eso.
¿Verdad?
Pues adiós.

Una amplia playa con nadie conocido a la vista. O mejor aún, con nadie. El bosque a media mañana. Una autopista por la que te lleva en coche un señor que te mira raro hasta que le dices que pare y que sigues a pie. Cuando «raro» significa con lascivia. Un bar de carretera y un chico solo en la barra. Dice que es camionero. Tiene 27 años. Su padre era camionero, su abuelo también. El chico te lleva en su camión. La cabina es tan amplia como el kamasutra. Son muchas horas de viaje y el chico solo mira cuando cree que ella no se da cuenta. Está claro que el muchacho no ve mucho los telediarios. O puede que sea por el cambio de color del pelo. Ella tiene mucha hambre y él la invita a comer. Ella le pregunta si haría lo mismo por un tío y él se ríe. Ella le pregunta si haría lo mismo por una chica que no fuera ella y él dice que no. Ella le dice que para muchos ella ya está muerta. Él dice que también él lo está, y que ahora los muertos reales de su vida se comunican publicando en su muro. Ella le pregunta si para él el amor existe. Él detiene el camión en una estación de servicio, y empieza a tartamudear.

“Candy Cigarette”, Sally Mann
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2 comentarios en “Narración breve (o no tanto) de un suceso imaginario (psé…) con fines morales (?) y recreativos

  1. La gente somos esclavos de la estadística y, además, no soportamos a los que huyen, decimos entonces que se han rendido (como si eso fuese algo negativo) Por eso siempre pensamos en muerte, no en renacimientos…

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