Archivos Mensuales: septiembre 2012

Superego

Es una lástima, supongo, que Dios o mi madre no me dieran la pose universitaria adecuada. Llevo gafas, pero no basta con eso. Digo demasiados tacos, y demasiadas veces lo que pienso. Ni mi odio ni mi amor están medidos (aunque no sé si es que los otros saben medirlos o si es que ya no saben sentirlos). No tengo demasiado filtro y no hago cola siempre; a veces me cuelo (lo siento…). No tengo, creo, la elegancia del mueble retro con gafas de diseño y pulcramente barnizado. Supongo que soy más la resina que sin querer te chupas del dedo. He de suponer también, pues, que no doy para una relación seria, y de hecho cada vez se me da peor la amistad. No sé si es por ser yo mismo o sencillamente porque no todo el tiempo estoy intentando actuar con los mofletes rosados de supuesta humildad (¡mira qué hoyuelos!). Ya sé que todo esto sonará a victimismo cool pseudobomehio, pero ya hace bastante que me da un poco igual a qué suene lo que pienso; según muchos/as seguramente lo que debería aprender es a no decirlo tantas veces en voz alta. Morderse la lengua con estilo ahora es sello de modernidad más que nunca. No se trata de la verdad poco a poco, sino de contenerse todo el tiempo y reventar quizá un día humillando por doquier. Al parecer solo vale el chismorreo o la discreción mal entendida. Dicen que Cupido está en una Guantánamo regentada por Hipsters y pijas de doble moral; de los de toda la vida en el fondo.
Así que supongo que es una lástima que la pasión me domine. Porque confundes. Decir «te quiero» o «perdona» ya no significa nada, pero cuando significa algo da mucho más miedo. No te descontroles, me digo, no te descontroles, como si me hubiera controlado muchas veces. Y sin embargo si alguien tiene las bragas por los tobillos aún tengo que susurrarle interrumpiendo un beso que me voy a ir abajo un buen rato antes de irme a lo obvio. La vergüenza de siglos ha en la cultura del Iphone, esa vergüenza que no se puede adquirir en pastillas. La chica a la que a veces te imaginas vestida de novia junto a otro, saludándote desde lejos mientras ella te imagina escarbando en la mierda justo antes de resoplar de alivio. Me he librado, piensa seguro. No sé bajar nunca el volumen para no molestar al vecino existencial. Le veo más sentido a la lluvia dorada que a “la fiesta de la democracia”. Por favor, méate en mi polla tú que me pones, eso me excitará más que que un político se mee todo el tiempo en mi boca. O si no mata al político y méate tú en mi boca. U orínate, llámalo como quieras; si te gusta hacerlo aprovecha ahora antes de echarte el novio serio. Aprovecha que yo no creo en la madurez. Y créete lo que quieras. Un saludo desde aquí a quien solo sabe vivir a través de la vida de los demás. Y dirán que yo no me preocupo todo lo que debería por mi futuro, mientra ellos ni por el futuro ni por el pasado ni por el presente, solo por su ombligo siempre brillante y reluciente. Que la rima venga sola y el orgasmo siempre bien acompañado. El crítico del crítico del crítico, da igual desde dónde hagas el análisis, nunca quedas del todo bien. Eres celoso y también hipócrita. Cóbrate también el café de aquella chica del rincón y no digas que lo he pagado, yo. ¿Por qué? Porque entonces ya estaría a un paso menos de aburrirse de mí o comenzar a tenerme miedo. Oh de mí, puto idiota congelado que no sabe crecer ni autotransportarse al microondas. No todo es una metáfora sobre querer dar entender que follas bien pero eres un incomprendido con los sentimientos. Ya ves que cada línea es una aclaración más de lo anterior. Otra justificación, porque ni tú te libras del ego y de querer que te quieran. ¿Has dicho antes que te gustaba la lluvia dorada? Nunca lo sabrás, puede que sí o puede que no; déjame en paz y sigue con tu plan de comprarte la felicidad. Listo, que eres una lista, que sois tan responsables que supongo debería dar gracias por poder respirar vuestro mismo aire. Echo de menos la época en la que todavía podía haceros tragar mi humo sin que vosotros obviarais vuestro coche y el combustible fósil. ¡Mira qué hoyuelos!, vino a decirme una vez una maestra a final de curso cuando decidió pasar pupitre por pupitre para despedirse de nosotros. “Tienes que estudiar más, (aquí, el nombre propio apuntado en la lista), porque ya te portas muy bien; pero lo que nunca olvidaré de ti son esos hoyuelos que te salen cuando te ríes”. Y me dio dos besos. Estaba deseando irme a casa; suele pasarme todavía. Dicen que el tren ya ha pasado y que yo me he limitado a saludar con la mano. Pero lo que ellos no saben es que luego me he ido al prado que había cerca de las vías, y que junto a las vacas he podido observar un paisaje rural bajo un cielo de tormenta con una tranquilidad que ellos jamás sabrán experimentar fuera de una guía de viaje. Las vacas no sabían qué pensar de mí, pero aun así les he pedido consejo. Me han dicho que ellas ven pasar trenes todos los días, pero que suelen ser distintos entre sí. Me han ofrecido algo de su hierba pero la he rechazado. Solo tabaco, les he dicho, no paso de ahí. Me han dicho que si conozco los datos, la vida media de una vaca. He hecho que no con la cabeza. Se han mirado entre ellas y luego se han quedado observando otro tren que pasaba. Les he preguntado si no se aburrían todo el tiempo viendo pasar trenes; que si no envidiaban a los humanos que iban en ellos, quizá camino de aventuras y lugares apasionantes. Entonces han comenzado a reírse mirándose entre ellas; se ríen a carcajadas, y cada vez que parece que van a dejar de hacerlo, vuelven a mirarme de reojo y vuelven a estallar en risas. Luego me preguntan que si soy un estudiante de erasmus o algo así, y sin darme tiempo para contestar me han dejado claro que aquí no voy a encontrar nadie a quien follarme. No, les digo, creo que sé lo que soy, pero… Bueno, me ha interrumpido una, nosotras somos vacas… No sabía que sabíais hablar, digo. Y no contestan nada. Y luego añado: … pero no me gusta la coprofagia. Se hace un silencio. ¿Con quién hablas ahora?, dice una de ellas. No importa, contesto, por hoy ya está bien.

Reverendo Flanagan

Transcripción de la sección “Consecuencias y agravios” del número 3425 de la revista Topos y Biblias.

(Hemos tenido acceso a los diarios personales del Reverendo Flanagan. A continuación, fragmentos de los “sermones” inéditos (y o experiencias) y relatos que el difunto religioso (popular por su rectitud y entrega a la fe católica en Periferia Microsoft) escribió. Hay algunas acotaciones y aclaraciones intercaladas debido a la dificultosa caligrafía, y a que ha sido imposible legalmente escanear las hojas originales; que también incluyen dibujos, etc. Queda en manos del lector la decisión de hasta qué punto algunos son sucesos reales o simplemente meras fantasías. La investigación oficial sigue abierta.)

Amigos de la realidad, hoy me ha visitado una dulzura de quince años. Una niña delgada y sin apenas curvas que decía estar muy arrepentida. Es obvio que esta ciudad ha pasado tragos terribles; la mía es una misión dura, y de vez en cuando necesito alivio y aliviar a quien me requiere. Mis hermanos de oficio lo comprenden, y vosotros seguro me sabréis perdonar. Ella era sonriente y estaba dispuesta. Dudaba pero hacía que sí con su cabecita. [Aquí se intercala en el texto el dibujo de la cara de una chica sonriente; peinada con cola de caballo y grandes ojos; el Reverendo parecía tener predilección por la estética Manga (dibujos japoneses).]
Comencé a hablar con ella mientras la llevaba a mi estancia. Ella me seguía preguntando que dónde íbamos, que qué hacíamos, que podíamos hablar en cualquier parte, que no era necesario… Solo quería confesarse, algo de apoyo moral, redención. Tendríais que haberla visto; porque el cielo está en la tierra, y hay personitas que no solo son alma y culpabilidad, sino también un manjar de los que te alejan del demonio de la mediocridad, del demonio del suicidio y del Demonio mismo, de la aplastante rutina de la masturbación que también conduce al Limbo digan lo que digan.
Quería tenerla desnuda como lo habría querido cualquier varón no invertido de nuestra querida Periferia. Era del barrio Tecnológico-5, ese hervidero de niñas de buena familia a quienes sus padres sobreprotegen y adoctrinan en mi amada fe católica.
[La transcripción del siguiente párrafo dejado a medias estaba pulcramente tachada con líneas horizontales, y parecía un desvío impaciente de lo escrito hasta ahora; aún así, era legible.]
Se mea en mí, hermanos. No cae ni una gota fuera de mi boca. Me masturbo mirando su tez avergonzada mientras el chorro amarillo baja por mi traquea, caliente, y lo bebo como si fuera agua de una fuente. Succiono esa vagina virgen y ella apenas suelta un quejido. Abro sus glúteos y meto la lengua en su ano, a fondo. Ella llora y la calmo, luego apenas hace ruido. Se tira un pedo y me pide perdón lloriqueando. No me importa, sigo lamiendo. Salen chorros de esperma de mi pene y el nauseabundo olor solo hace que excitarme más. Le azoto el glúteo derecho hasta dejarlo rojo e hinchado; luego pienso en que lo podrían ver sus padres, y eso me hace erectar otra vez… Me
[Fin de la transcripción del párrafo tachado. El siguiente párrafo parece retomar la narración anterior.]
No hicimos nada de lo que yo quería hacer; ella estaba nerviosa. La hice sentarse en mis rodillas y apoyé mi mano derecha en las suyas. Le dije que me [ilegible] fuerte, que no tuviera vergüenza porque yo soy el Reverendo Flanagan y todos conocen mi reputación. Se confesó así como estaba. Había tenido problemas en casa, había hecho uso de un vocabulario sucio, había mentido y había dicho el nombre de Dios en vano. Había un chico que le gustaba y decía que no podía evitar tener pensamientos carnales en los que hacía cosas horribles con él. Se imaginaba besándose con él a escondidas, y luego su fantasía se torcía al pensar que el chico la rechazaría por ser demasiado atrevida o lanzada. Jesús te ama igual, le dije, y sabe perdonar. PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA PUTA [ilegible]. [Bajo esa sucesión de mayúsculas, el dibujo de un pene grotesco eyaculando.]
[El siguiente párrafo también estaba tachado con líneas horizontales, y estaba totalmente desligado del resto del texto pese a no haber separaciones. Choca por su cambio de tono, casi como si hubiese sido redactado por cualquier otro.]
El cabronazo de Jesús se ha follado a otra ninfa caliente en el taller de carpintería. Dicen que la ha dejado medio destrozada en el suelo y llena de heridas. Incluso algunas de las más viciosas del lugar le tienen miedo a Jesús. Pero te gusta el rollo de Jesús y lo sabes. Muchas quieren pasar una noche con él como quien quiere hacer puenting al menos una vez en la vida. El Jesús redentor te [ilegible] el culo y te abre de piernas y no para hasta que salpicas. El Jesús redentor busca igual tus orgasmos que tus gritos de dolor, e incluso dicen que no le hace ascos a la coprofagia si es con un buen mozo dispuesto a soltarlo todo. Algunos dicen que Jesús es el Demonio en persona y que nadie folla mejor que el Demonio y que aunque te duela vas a pedir más y más porque la vida es corta y no existe el cielo. Jesús tiene hijos por todos lados y muchas deudas que pagar. Dicen que lo que más le gusta es follarse a la nueva madre joven que aparezca reclamándole atenciones para algún nuevo bebé producto de algún polvo que Jesús ya no recuerda. Dicen que le gusta oír los lloros del crío mientras vuelve a follarse a la madre [ilegible] … procura correrse bien dentro otra vez y echarla a la calle con el bebé a gritos mientras se carcajea y deja pasar a la siguiente que quiera tener LA EXPERIENCIA. Muchas mujeres hacen cola por las noches para ir a verle. Algunas le piden que las deje embarazadas. Otras le piden sangrar; todo en ellas son susurros y Jesús no parece tener límite alguno. Luego vienen los gritos, las mujeres que no pueden sentarse en mucho tiempo, muchos hombres cabreados que preguntan sin obtener respuestas. Jesús folla toda la noche con las voluntarias que se le presentan y cae rendido casi al amanecer para despertar ya a mediodía.
[El siguiente fragmento vuelve a tomar un desvío; es importante recalcar que aun estando en el original todo escrito en un solo párrafo sin espacios ni punto y aparte alguno, hemos considerado oportuno puntuar y espaciar el texto para el lector tras un análisis del pastiche de redacción del Reverendo.]
Hace días me llegó una carta con la que me masturbé (no sin sentimiento de culpa). Era de una deliciosa niña del Tecnológico-5 de (he sabido) trece años, con quien ya he programado una cita de confesión. Hermanos y comprensivos siervos de Dios, esta es mi parte favorita:

“Reverendo Flanagan, con todo respeto, necesito de su sabiduría. Un niño no deja de seguirme. Me levanta la falda y me dice cosas obscenas acercando mucho su boca a mi oído. El solo hecho de escribir sobre esto hace que me den ganas de llorar. Reverendo, qué puedo hacer, cada vez que el chico viene en mi busca quiero a la vez que se vaya y a la vez que venga. Siento que me alejo de Dios y que no me importa. Pero me importa, Reverendo. Espero ansiosa su consejo. Gracias anticipadas, y gracias también por su servicio a la comunidad.

Suya;
[Firma en el original; el Reverendo parece copiar el trazo de la muchacha, suponemos, para regocijo propio]
Laura.”

[En el siguiente texto, se retoma toscamente (en apariencia) el relato sobre Jesús.]
[Ilegible] … coño abierto porque a Jesús le gusta observar bien los pliegues, las minúsculas y rosadas cordilleras y los acantilados de la vagina. Mete la lengua cuando ellas se corren, y aunque protesten sorbe con fuerza y a menudo les pide a las muchachas que no duden en orinarse en su boca. Se dice que la polla de Jesús es gruesa y de una notable medida, que la fricción resultante es célebre ya entre quienes han sido penetradas por todos los orificios por ella. Se dice que a Jesús le gusta también ver a parejas practicando el coito delante de él, para después apartar al hombre y “enseñarle” cómo se hace “de verdad” el amor con una chiquilla que necesita que se la follen desde el deseo real de una vez por todas.
[A continuación, otro desvío. Esta vez acompañado de varios dibujos al margen; vaginas abiertas que expulsan chorros que tanto podrían ser orina como fluidos vaginales. Destacable también cómo elige para narrar esta parte la segunda persona del singular.]
Vas follártela hasta que sangre. Quieres matarla después y ella también quiere morir; pero quiere hacerlo luego de horas y horas de tu polla asquerosa empalándola. Se ha pasado años aburrida hasta el delirio y quiere que acabes con ella a base de sexo para compensar la falta de sentido de toda su existencia hasta ese momento. Te lo pide a gritos. Te dice que quiere que la maltrates, la penetres, la insultes; que está harta de la buena educación y el romanticismo y los falsos caminos de flores; harta de contar cuentos a los niños y mentirles sobre el dolor en el mundo. Quiere que la dejes inconsciente a base de embestidas y que la despiertes a tortazos. Y lo haces, porque tú sí sabes equilibrar la balanza; sabes lo que necesitan tus hermanas. Si Jesús es el Demonio, tú eres el Anticristo, y el placer solo existe por contraste. Tras habértela follado hasta hacerla picadillo, haces trazos en su vientre con un cuchillo y lo hundes de tal forma que ella vuelve en sí y te mira con terror. Va a morir pero nunca ha estado tan viva. La rajas en canal y sacas sus tripas; se las metes en la boca y le tapas la nariz. Tienes todo el [ilegible] para que ella vaya al cielo, y tú sabes ser un mártir. Eres una estrella mártir, tienes mucho que hacer y puedes demostrar todo lo que has hecho y ocultar todo lo que prefieras no mostrar. Y el mundo es un tablero y está blanco y solo lo atraviesa un chorro de sangre espesa (quizá mezclada con algo de semen). Vuelta a la Iglesia, vuelve y actúa. [Deducimos por ese final de “disquisición” que el Reverendo dirigía esas palabras a sí mismo; lo cual nos lleva a intuir que es probable que la mayoría de textos encontrados fueran escritos antes de tener que efectuar alguna obligación a contracorazón.]
[En el siguiente texto retoma la narración sobre Jesús.]
La cruz pesaba y todo lo demás, sí. Y Jesús incluso se reía con sorna de todos los que le miraban; todos los hombres cuyas mujeres fueron fornicadas por él como si fueran sacos de patatas, por ejemplo. Era una venganza colectiva, un asesinato que incluso el propio Jesús consideraba justo. Pero, ¡ay!, la justicia, era algo demasiado voluble, incluso abstracto; todo dependía del ángulo de visión; hasta qué punto había hecho el mal él dependía de a quién preguntaras. Era un Carpintero horroroso, decían algunos que no se enteraban, pero no como para matarlo. Dejó a mi hermana sin poder caminar para toda su vida, decían otros, espero que sufra y que el Diablo o quien sea se lo lleve. Yo prefiero no decir nada, decían otras con lágrimas en los ojos, o bueno, sí, añadían, conmigo se portó bien… estos moratones son de… me caí por unas escaleras. Algunos aseguraban que no estaba sufriendo, que solo fingía. Lo que sí es cierto es que, en cierta calle por la que pasa un acueducto subterráneo que viene del Monte de Sión, Jesús tuvo una erección brutal, y el grosor de su pene fue avistado por todos los que allí estaban o le seguían. ¡Jesús! –gritó una mujer–, ¡yo sí te quiero!… A la cual fueron sumándose otras. Jesús sonreía ampliamente; era una estrella amada y odiada. Más odiada que amada, sí, pero eso solo parecía hacerle mucha gracia. Dicen que Pilatos estaba arrepentido. Dicen que María no asistió al Calvario (algunos señalan que ese día estuvo teniendo sexo todo el día con cinco hombres a la vez; algo que ni ella pudo disimular con sus más que habituales mentiras y miradas vírgenes). Cuando llegó el momento de la crucifixión y la lanza y todo lo demás, Jesús sólo se limitó a sonreír y mirar a todos como un recluso realmente hijo de puta que solo estaba esperando otra oportunidad para joder vivo/a a alguien.
[El siguiente fragmento parece entrar de golpe otra vez en la posible vida personal del Reverendo.]
La niña, hermanos, me miró y me dijo que tenía una hermana gemela. Ambas de catorce años; solo 28 años entre las dos. Y le dije que ambas vinieran, que las confesaría muy a fondo. No era bueno que anduvieran por ahí arrastrando más culpabilidad de la recomendable, ya me entendéis. Ya en mi estancia, hice que me lamieran donde ya sabéis hasta que aquello se pudo bien duro. Luego vino lo de siempre, la confesión vaginal; la redención anal. Cuanto más gritaban más se redimían. Eran siervas de la cultura del sacrificio y el trabajo duro; eran unas auténticas profesionales de dejarse manosear por todos lados. Hacían que la Biblia me pareciera tan real como las instrucciones de una batidora. Era perfecto y humillante para ellas de tal modo que era casi imposible no mirarlas a los ojos con desprecio y volver a penetrarlas con fuerza por detrás. Llegado cierto punto, la sangre comenzaba a hacer de lubricante natural. Lloraban y se quejaban como cualquier obrero un domingo por la tarde ante la perspectiva de que ya mismo van a estar dándole por detrás como él sabe que, en el fondo, digo yo, le gusta. (Si no de qué sigue aguantando). Está el masoquismo popular; están la Biblia y la Constitución y un montón de documentos oficiales más, y sin embargo ser legal, al final, hermanos, solo consiste en seguir sabiendo tragar como una buena menor. Y cómo tragaron las gemelas. Incluso se besaron jugueteando antes con mi néctar cuando lo ordené valiéndome de mi santo cargo. La vida era algo importante, real, admirable. Era un sinfín de opciones. Solo había que saber elegir, y luego saber que el único camino es el de la dilatación y la sana sumisión que, en el fondo, casi todos aceptan incluso de buen grado y con un más que sano optimismo (casi diría un optimismo anal).
[A medida que el texto avanza, el Reverendo parece adoptar un tono neutro más agresivo, quizá ya naufragando en la volubilidad de su forma de escribir. Lo que sigue es su forma de concluir la historia sobre Jesús.]
Luego el cabronazo resucita a los tres días, y la primera persona con la que topa es una campesina con la que fornica como siempre había hecho con todas. Ella a cuatro patas y babeando, y un ano a punto de ceder ante la polla del quizá auténtico Señor de las Tinieblas. Ahora además Jesús puede moverse a su aire, aparecer y desparecer. Se mete en la cama de las parejas como una leve brisa y fornica con mujeres que no le pueden ver. Enseguida se expande el rumor de que Jesús ha vuelto. En el monte del Calvario un día amanecen todas las cruces derribadas y nadie sujeto a ellas. Comienzan a verse mesas de carpintero al amanecer en las calles, igual de mal hechas que las que Jesús hacía, y con el tiempo todos saben que si una de esas mesas amanece construida cerca de casa, la mujer de esa casa tendrá pronto los orificios dilatados y serias heridas. Algunas campesinas intentan dejar notas y pistas para que Jesús acuda a esa llamada. María, al enterarse de todo, pasea una noche (en realidad pasea todas las noches buscando sexo), y ve cómo una de esas mesas se construye sola ante la casa de una mujer a la que ella odia. ¡Jesús!, grita, ¡y yo qué! Mamá, contesta Jesús desde la invisibilidad, no comiences otra vez; somos la línea de salida, dice, somos el año cero, solo te pido un poco de discreción, a mí no se me da bien. ¡La gente ya lo sabe todo!, grita ella. No, mamá, contesta Jesús, puedes estar tranquila; ellos son solo mi rebaño, eso es todo lo que son ahora; reaccionan solo a las formas, solo debes cambiar el modelo del bastón cada cierto tiempo para que sigan siéndolo.

Gema

Hola, Mandarina

Esta semana han pasado muchas cosas aquí. Hace tres días empecé en el curro nuevo (¡!). Ese chico, el ingeniero que trabaja en Pretecnotimes, me ha regalado flores. Me las ha enviado al despacho, tía. Por cierto, el despacho es enorme. Tengo mi propia tele de plasma y una ventana muy grande que da a la zona pobre de Periferia Microsoft (una de ellas). Acuérdate de que el sábado es el cumpleaños de Víctor. Bueno, es hoy, pero a todos les viene bien celebrarlo el sábado. Dime si a ti te viene bien. Ayer abrieron esa tienda nueva de la Calle Óptica; fui y me pillé de todo (cinco blusas y un pantalón retro). Tengo que cambiarme el móvil, por cierto. Oye, ¿te acuerdas de aquel chico guapísimo con el que salía hace dos meses?, el que bebía sangre de cerdo a medianoche… Pues está saliendo con Gema (la simpática no, la guarra). Nada más verme con él ya se le antojó, alguien debería hablar con esa chica (¿sabes que ha dejado la carrera a medias?). Hoy no tengo mucho tiempo libre por la tarde, tengo que comprar pienso para Victor, y lo del móvil (mucha pereza), (la tía de la tienda es estúpida). Quiero ir a ver esa peli del tío de las gafas de sol, pero nadie quiere verla, y aún me da vergüenza pedírselo a Fran (el de Pretecnotimes).
Ayer me agregó a Facebook la madre de Gema (la simpática), es más mona, es como Gema pero con 22 años más. Me dijo que Gema estaba un poco deprimida, creo que por eso me agregó. Se ve que su novio sale por ahí sin ella y siempre está insinuando que él no aguantará la relación si no está cómodo; dice que solo quiere ser sincero. He escrito un correo para Gema, aún no se lo he enviado; te lo pego aquí, ¿me podrías dar el visto bueno, porfa…?

Hola, guapa.

Me han dicho que andas algo depre. ¿Qué te pasa? ¡Arriba ese ánimo!

¡Quedamos cuando quieras! 😄

Tengo ganas de que vuelvas a la ciudad, hace mucho que no vamos de cena. Quiero que salgamos juntas una noche aparte del cumpleaños.
Creo que tengo que pedir que me cambien de despacho, que me den uno que dé a otra zona. Desde aquí se ven muchas veces cosas horribles en el barrio de ahí abajo. Gema, la chica de personal de aquí, me ha dicho que aún usan teles de tubo, y que al menos la mitad de gente vive sin móvil; hay la tira de mendigos. El primer día de curro vi cómo detenían a un tío que iba en chandal. Oí de una familia con cinco hijos en la que cada uno tiene un nombre distinto (!!!), y dos de ellos dejaron los estudios después de la secundaria. Ya sabes que yo no soy muy conservadora (aunque me guste escribir cartas…), pero hay líneas que no deberían cruzarse.
Hace como dos semanas me llamó Úrsula (mi prima). Es tan inocente. Siempre me llama para contarme sus amoríos. Ya tiene 16 años. Va con su novio (solo ha tenido tres) al cine y demás, y me preguntó que si pasa algo si le dice que solo quiere estar con él por el sexo. ¿Qué se le puede decir?
El novio se llama Víctor, como Víctor; de hecho no quiere venir al cumpleaños de Víctor por eso. En fin, adolescentes.
A propósito del cumpleaños, lo celebraremos en el jardín de mi abuela. Te pego aquí la lista de invitados, le he puesto un interrogante a quien no sabe aún si vendrá (me ahorro apellidos (ya que casi todos son iguales) y voy al grano; si alguien te cae mal o te incomoda, me lo dices):

Gema (la simpática).
Fran (mi primo).
Fran (Pretecnotimes). (?)
Fran (sangre), (sin Gema la guarra).
Gema (la arquitecto).
Fran (Google) + su perro Víctor.
Fran (Marketing)
Gema (la comercial) + su perro Víctor.
Víctor (novio de Úrsula). (?)
Víctor (mi primer novio (pero no es el actual novio de mi prima) :D). (?)
Víctor (el nuevo novio de mi madre).
Fran (el periodista).
Víctor (tragaldabas). (?)
Fran (el novio de mi padre).
Gema (la guarra pero simpática).
Manuel (Franuel). (?)
Fran (pelirrojo, Marketing)
Fran (el medico)
Fran (mi segundo novio) + su perro Víctor. (?)
Fran (el que me desvirgó el ano…)
Fran (el abogado).
Gema (la atleta).
Fran (el comercial que ronda a mi abuela) + su perra Gema. (????)

Bueno tía, espero que estés bien. Ya tengo ganas de ver tu pelazo pelirrojo. Contéstame cuando puedas. No me digas nada de tus ligues, sabes que prefiero no oírlo. Te quiero. ¡Nos vemos!

P.D.: El Día de los Maduritos Atractivos de Dior se nos fue de las manos. Me he acordado ahora. Estaba Fran, claro, el que quiere beneficiarse a mi abuela. Ella tiene 66 años y se conserva muy bien; él tiene 45. Se ve que el tío tiene jueguecitos con Gema (su perra). Ya te puedes imaginar qué tipo de jueguecitos. Y si no, te cuento. Gema es un caniche, uno de esos histéricos, yo tuve uno cuando estaba con mi sexto novio, Fran (el crítico literario), lo dejamos en una perrera cuando cortamos. Los caniches ya no me gustan mucho, pero antes me parecían adorables. El caso es que al parecer el tío droga no sé con qué a su perra, y ella… bueno, se ve que tiene el instinto de lamer el pene de Fran cuando lo ve erecto. Mi abuela le pilló un día en su casa (y en el peor momento). Él no tuvo problemas en llevarse a la perra al lavabo no sé con qué excusa. Y el muy cerdo va y se olvida de echar el pestillo. Ya sabes cómo es mi abuela; no tardó ni dos días en perdonarle (que digo yo, ¿perdonarle?… reaccionó como si le hubiera pillado tocándose con Internet…; ¿te imaginas qué aspecto puede tener un caniche hembra salpicado de… egs…). Pero aquí viene lo mejor. El caso es que aún no se habían acostado juntos (Fran y mi abuela, se entiende), y mi abuela quedó impresionada con el tamaño de los atributos de ya sabes quién. De todas formas a mí ese tío me huele ya muy raro. Temo que esté iniciando a mi abuela en la zoofilia; mi abuela es muy inocente, ese tío es muy capaz de hacer que ella crea que esas prácticas son de lo más normales hoy en día, algo aceptado y moderno. El caso es que, el Día de los Maduritos Atractivos Dior, estábamos toda la familia en casa de la abuela, y también estaba Fran (sin Gema y dos semanas “después de”). Ya sabes cómo son esas cenas de celebración oficial. Y encima uno de los homenajeados era el tipo en cuestión. Y en la casa no estaba Gema, pero estaban Víctor, Víctor y Víctor; el perro de mi madre, el de mi abuela y el de mi prima Gema. Nadie hablaba de nada relacionado con animales, por supuesto, hasta que mi abuela dijo que iba a comprarse un Dogo Argentino. Comenzó a hablar de eso sin parar; decía que Víctor se sentía solo en casa, y que un «amiguito» podría venirle bien. En fin, que no dejó de hablar de ese tema, de hablar en diminutivo y con esa ternura que ella tiene. Fran empezó a ponerse rojo, a sudar; todos podíamos verlo claramente. Hasta que, llegado cierto momento, se levantó y dijo que necesitaba ir al servicio urgentemente. Mi madre se puso en pie y lo echó a gritos de casa. Mi abuela se calló, y luego pareció entender lo que había pasado. A lo que mi madre le preguntó: «Mamá, no habrás hecho nada raro con ese tío, ¿no?».

Barrio rojo

Tumbado de espaldas en el suelo para mantener recta la columna, me viene siempre otra vez la imagen recurrente de los últimos tiempos en lo que a mi persona se refiere. Es cierto barrio de mi ciudad, uno de los bordes de la ciudad en realidad, desde el que se ven unas colinas anónimas, ya sea para el turista al uso o para el recto académico en busca de cultura ya escrita y cercada con perspectiva de dividendos. La imagen escapa a cualquiera empeñado en tocar con los pies en el suelo al precio que sea. Obviamente no es mi caso (por lo cual siento orgullo); pero es una forma de volar, desde luego, muy poco productiva materialmente, la clase de actitud con la que buscarse un montón de problemas en tierra firme.
Al final, solo es el sol cuando se va tras esas colinas, y el modo en que esa imagen hace juego con el paisaje neutro del barrio; zonas residenciales, un polideportivo, bares… Con una libreta-lienzo siempre a mano y el bolígrafo-pincel, espero siempre capturar qué es lo que veo allí. Es una puesta de sol corriente si no te paras a contemplar, pero algo en aquella zona me hace sentir de determinada manera; me hace sentir algo positivo, luminoso, especial, y también algo que me confirma que nuestra visión del mundo es limitada, mediocre, autocomplaciente de la peor forma. Esa confirmación me hace ser optimista, al menos para conmigo; porque ya hace mucho que me desvié –aunque solo sea en relativo secreto– de todo eso, algo que, por otro lado, te hace sentirte la mayoría de veces como un capullo, un imbécil en cenas y reuniones, esas en las que todos se ponen al día y vuelven a darle vueltas a los mismos asuntos aburridos otra vez.

Intentar hacerle entender ciertos sentimientos a alguien que te escuche o te lea, parece un ejercicio de futilidad. Lo más que acostumbra a conseguir un hombre intentándolo es que alguna mujer se interese por él porque sus amigas ya tienen todas novio. Y si lo intenta una mujer, es probable que solo consiga asustar a la mayoría de tíos. En ambos casos casi nunca se consigue transmitir lo que uno siente. Y mucho menos sin que la otra persona crea que solo estás intentando conseguir algo metiéndole ese rollo. La mayoría de personas, en el fondo, no creen en esa clase de clímax o de mundo interior/exterior; creen en los medios, en todos los medios posibles que usamos para embaucar, cobrar o conseguir algo. Para ellos en realidad es un halago que te hacen el pensar así de ti, ya que dan por supuesto que no vas a ser tan idiota como para coger el coche en busca de imágenes o inspiraciones que vayan más allá… de qué. No puedes ser tan idiota, y la perspectiva de que intentas conseguir algo de ellos les hace sonreír internamente: es la prueba de que tú no eres un bicho raro, sino sencillamente tan centrado y en tierra firme como ellos; algo por lo que estás orgulloso, aunque intentes disfrazarlo de chorradas de artista amateur.
Una cosa es la pose intelectual, y otra muy distinta interesarte por las cosas solo para enriquecer tu visión y fascinarte, aunque nunca nadie lo sepa. Todo lo que hacemos es para que nos quieran, dicen. Las frases hechas ya tienen el mismo poder que un logo, que un anuncio cincuenta veces al día. No puedes estar intentando tener una visión más amplia de la vida y el mundo, no puedes amar el hecho de estar vivo más allá de la frase hecha que dice exactamente eso. Lo único que buscas es ligarte a alguien; o fama. Que te quieran, te adoren y no puedan vivir sin ti. Podría haber una línea bastante fina entre quien busca esa clase de amor (que es todos, aunque no significa que sea el único amor que haya en la vida) y la rubia gilipollas que quiere salir a toda costa en la tele para ser famosa.
Como digo, no puedes hacer algo por curiosidad o porque “te gusta” y punto; al menos has de hacerlo para que alguien te quiera… si no, ¿qué haces?… ¿no sabes que mañana vamos a X sitio?, ¿por qué no vienes?, ¿estarás ocupado?, ¿qué vas a hacer?, ¿qué vas a hacer?, ¿es que tienes algo que hacer?, te vas a aburrir todo el día…, aún quedan entradas, bueno, tú mismo…

Obviamente hay un estado de la razón ya diseñado, íntimamente relacionado con ciertos comportamientos que te hacen parecer alguien responsable. Es como cuando un estudiante que ama la literatura elige la carrera de periodismo. Como cuando todo el mundo tiene una ilusión que luego muta en algo común y práctico, lo cual, en términos de haberte acercado a lo que querías, es lo mismo que decir que eres un gran amante de las mujeres pero que, inteligentemente, por tu seguridad genital y económica, elegiste hacer el amor solo con muñecas hinchables.

Ese barrio de atardecer rojo al que voy, pues, es mi tumba social actual. Todo, incluso la cultura del atrevimiento y la valentía, parece estar secuestrado por el simple hecho de dar un paso adelante con algo que ya se haya decidido que es respetable y seguro; aunque lo que haya delante, para ti, sea la boca del volcán. Que todo el mundo sonría nadando en lava parece ser el camino correcto. Así, te conviertes en un profesional del amor establecido. Si no, eres asistemático, y por tanto autodestructivo, o hasta peligroso.

Intento número 1 de parcial plasmación en palabras: Tres o cuatro veces he estado en ese barrio. Una por casualidad y acompañado, las otras tres a caso hecho, y solo. El lugar es un infierno de cuestas para prácticas de autoescuela. El polideportivo al aire libre siempre estaba vacío cuando fui. Hay muchas chicas entre los cero y los dieciocho años. Hay varios bares y, al estar el sitio arrinconado y no en medio de la urbe, se respira cierto ambiente parecido a lo rural. Uno de los bares es típico allí para ir a ver el fútbol (motivo de mi primera visita), y justo al lado de tal bar hay un parque pequeño en el que los pacientes críos esperan a sus padres durante tres horas hasta que acaba el partido de turno. Es ahí, frente a ese bar, desde donde se puede tener una panorámica excelente del horizonte de colinas, postes eléctricos, pájaros y demás. Es decir, el lado izquierdo de la calle no tiene viviendas, solo una alambrada pequeña y una bajada de hierbajos que va a parar a otra alambrada mayor tras la cual está el polideportivo.
Da igual la época del año, se trata de estar allí cuando el sol comienza a descender y lo tiñe todo de rojo; el paisaje tiene cierta cualidad agorafóbica de fin de ciudad que te hace pensar en la cantidad de paisajes “extra”, tanto físicos como mentales, que ha de haber más allá. Puedes pensar en que aquellas colinas han de estar infestadas de jeringuillas o basura excursionista, o que si no tiene nombre por sí mismo es porque seguramente es un emplazamiento que no lo merece, y que por tanto la vida es corta y es mejor asegurar el tiro. Pero en realidad yo me refiero más bien a lo que esa visión exterior puede suscitar interiormente. No solo aludo a la imaginación, sino al alma, al espíritu o el sentido de la vida. Puede que aquellas colinas no merezcan una visita, quizá estén ahí para verlas desde el lugar en el que yo me fijé en ellas.
Fin del Intento número 1 de parcial plasmación en palabras.

Una día me duermo en el suelo del piso, boca arriba. Y sueño con el Hada de la Dignidad. Así es como ella se presentó.
El hada me dice que por qué no valoro las cosas sencillas, las rutinas y los pequeños detalles.
Ya estamos otra vez, le digo, sí que los valoro, pero no quiero ser esclavo de ellos.
Pero, querido, me dice, ¿no ves que así solo te dañarás?… (no amplió esa información).
Verá, le dije.
Puedes tratarme de tú, me cortó.
Verás, le dije, es que creo que una persona debería poder tener una oportunidad educativa de ser ella misma de verdad, antes Persona que Profesional, o Contribuyente, o lo que sea… ¿me entiende?
No sé si te sigo, me dijo el Hada. Tenía un cuerpo delgado, su rostro me recordaba a la incineración. Lo demás no lo recuerdo, pero al despertar apunté lo que sí recordaba. Lo que yo le hubiera dicho, es que las cosas que al parecer nos definen en la sociedad tal y como está establecida, muchas veces tienen poco que ver con lo que somos y sentimos. No eres necesariamente lo que haces. También puedes ser lo que no haces (dado que las cosas que no haces también te pueden amargar, y por tanto te condicionan).
Una situación deprimente y descriptiva y basada en hechos reales: Un tío participa en un concurso de televisión. Está tras un atril. El presentador mantiene una pequeña charla de introducción con él. A pie de pantalla, se nos muestra la identidad del tipo; «Ángel Garrido Gómez, 27 años, Cerrajero». Yo ya sé lo que diría el Hada de la dignidad, pero desde cuándo nos ha servido eso… Tras decir en voz alta también su nombre y profesión, el presentador le pregunta por sus “hobbies”. El hombre dice que le encanta el dibujo, la música y la poesía, pero que ya no tiene tiempo para dedicarse todo lo que querría. Entonces el presentador hace un gesto con la mano teatralizando que abre una puerta o algo parecido. ¡Muy bien –dice entonces– tenemos pues a Cristina, azafata; Raúl, Conserje y a Ángel, nuestro Cerrajero; empezamos!

Durante algunas semanas comencé a sentir cierto terror absurdo. En mi obcecación por la imagen de aquel barrio rojo (como yo lo llamo), pensé que si yo no conseguía capturar la magia que aquel horizonte parecía tener, podía hacerlo cualquier otro, arrebatarme esa oportunidad; como si esas cosas, esos poemas naturales por llamarlos así, estuvieran esperando a que alguien se los llevara. Con un verso hermoso de verdad, un riff de guitarra o unas pinceladas históricas.
Luego, determiné que ese miedo no venía de fuerza superior alguna, que la naturaleza y la existencia no eran así. Que aquel lugar mutaría con el tiempo quizá, pero siempre inspirando algo a quien se detuviera a mirar. Es decir, ese temor mío no venía de lo que yo consideraba una vida libre y bien entendida aun con sus altibajos, sino del sistema oficial de miedos, encasillamientos y etiquetas del que intentaba desmarcarme. El del Hada de la Dignidad, el del Presentador que te reduce a cerrojos.

Intento número 2 de parcial plasmación en palabras: La primera vez que me quedé quieto ante esa visión común en apariencia, la gente que hablaba a mi alrededor fuera del bar comenzó a desaparecer, luego los edificios, y un poco después yo mismo, hasta sentirme totalmente vacío de preocupaciones. Abrí bien los ojos para concentrarme en ello. Había que cruzar la línea, atreverse; pero había muchos tipos de miedos, y también de líneas. Había un sinfín de posibilidades que por fin me atrevía a sentir.

Relato diario (5 de 5) – Camino a la madurez

Chicos, ya mismo llega el día. Hemos estado esperando el momento durante siglos, y el momento está cerca (porque siempre lo está más de lo que parece). La mayoría habéis sido obedientes y trabajadores. Ha sido duro, lo sé, pero ya mismo todos tendremos nuestra recompensa. Os quiero a todos y cada uno de vosotros (incluso a ti, Rebelde Autoestopista Huidizo), y os daré un abrazo llegado el momento. Nuestras ideas y propósitos no han caído en saco roto. Todos los madrugones y las horas de estudio, toda la negación del amor desestabilizante en pos de una inteligente aceptación de aquél que sabemos es constructivo y práctico; la negación plausible también de vuestras propias identidades potenciales, todo el esfuerzo por ser todos UNO, por no diferenciarnos entre nosotros, por haber creado una dignidad SUPERIOR y común relacionada para todos con los mismos hechos y logros concretos. Finalmente todo eso tendrá respuesta. Sé que estáis ansiosos por saber qué respuesta, pero ya se huele en el ambiente, y no hemos de ser curiosos, hemos de matar nuestro ansia de saber antes de tiempo cosas que no sirven de nada hasta que lo hacen. Sabéis que el descanso es importante, y que para el conocimiento sigue habiendo lugares, aulas y talleres en los que podréis seguir formándoos nuevamente todos reunidos y en comunión; somos un solo ser en pos de un logro oficial más por el que sentirnos orgullosos. Hemos hecho grandes cosas. Hemos conseguido llegar a mirarnos a los ojos sin sentir nada, casi hemos logrado vaciar ya de complicados sentimientos los actos de las personas. Lo sabéis, hemos creado algo tan sencillo como chats y emóticons, relaciones productivas a distancia en las que el porcentaje de sufrimiento es mínimo. Hemos hecho que el altruismo y la felicidad sean algo abstracto pero sencillo, jerga, indicaciones, brillantes anuncios de Coca-Cola. De un modo fascinante, estamos convirtiéndolo todo en facilitadora informática, en procesos, casillas, botones; hay gente con más de 500 amigos a quienes les basta con hacer un click en me gusta para sentirse en ese vínculo de amistad, así como el receptor de ese me gusta se sentirá ya arropado sin necesidad de grandes dramas. La realidad es la que nosotros creamos, y somos capaces de todo. El ser humano es complejo solo hasta donde nosotros queramos. La vida no es un paseo, es algo IMPORTANTE, algo CAPITAL que debemos controlar. No me cansaré de decirlo, hemos hecho avances fascinantes. No podíamos dejar nada al azar, ni podemos, ni lo haremos. Somos capaces de medir la inteligencia, de ponerle nombre a TODO, de puntuar a cada ser humano, de incluir la sana competitividad en todo. Somos capaces de prever y controlar el cariño, el amor, el odio, el futuro. Todos los niños lo saben desde el colegio, saben que serán siempre lo que allí sean, lo que allí logren, lo que allí se sacrifiquen; y no podrán engañar a nadie: hay notas, pruebas a superar, tu currículum futuro. Solo debes saber sacrificarte, desechar lo que es inútil y no te va a servir. Solo debes focalizarte en lo que es importante, en lo que todos sabemos que es importante. Es más, lo que hemos decidido que es importante.
Y basta ya, Rebelde Autoestopista Huidizo, sabes que si te desvías del camino acabarás mal, sabes que la realidad es la que es porque la hemos decidido así. Tu vida no es una película ni un bonito libro, no es poesía ni grandeza. Tu vida son los pequeños detalles de los que debes disfrutar, las pequeñas cosas que conseguirás si te sacrificas y dejas de creer que se puede llegar a algún sitio con algo más que no sea sacrificio. Todo es sacrificio. Esto te hará ser, así es como lo conseguirás; obedeciendo sin rechistar a aquellos que quieren lo mejor para ti, tus padres, tus profesores, aquellos que querrán que prosperes, que puedas tener de todo en el futuro, y a la vez sepas controlar el mismo.
Creedme cuando os digo que me emociona todo lo que hemos logrado. Creedme cuando os digo que es en el control y la capacidad de hacer sencillo nuestro concepto de vida donde está la clave de todo. En esa tarde de domingo después de una dura semana de trabajo. En ese bar en el que compartes risas durante tu media hora libre. En el supermercado en el que puedes recibir las recompensas a tu esfuerzo. Ahí está la clave. Eres especial cuando sabes encajar en ese concepto. Han sido muchos años de duro y digno trabajo para llegar a lograrlo. Pero es emocionante. Y es infinita mi alegría, y seguro también la vuestra, que además en todo ese proceso físico e intelectual seamos ya también lo suficientemente maduros para ordenar y haber hecho de nuestra vida en orden cronológico una sencilla y vivaz lista de puntos a seguir.
Cuando tenemos la realidad y las emociones en nuestro puño, cercadas, cerradas, bajo control. Es entonces cuando todo marcha, cuando nuestra cabeza funciona acorde a ese control, y somos inmunes a las amenazas externas de descontrol.

Relato diario (4 de 5) – La polémica y húmeda historia de Silvia Pi

Todo comenzó (o comenzó a torcerse) el día en el que a Silvia Pi le toca sentarse en un avión al lado de alguien que le gusta. Era un tipo del montón, educado y tímido, alguien seguramente millones de veces nacido en la Tierra a lo largo de la Historia. Un tipo tirando a previsible y aburrido, pero lo que mucha gente llamaría «con un gran corazón». Ni tan siquiera era particularmente atractivo; al verle, con su aspecto notablemente lánguido e inexpresivo, uno podía imaginarle montando en el primer tren rumbo a Auschwitz, o siendo de los primeros americanos en morir acribillado en Normandía. En prejuicio, era alguien que parecía cualquier cosa menos muy decidido o especial en modo alguno, y con un físico dolorosamente del montón.
Pero claro, todo está sujeto a opiniones y percepciones, y Silvia Pi vio algo en él, algo que quizá la enterneció. Comenzó a hablar con él y se sintió como hacía años que su marido no la hacía sentirse. El tipo era funcionario, no tenía pareja y no parecía tener intención de ser muy feliz, suicidarse o dañar a nadie. Solo parecía querer estar. No te lo podías imaginar celebrando un gol, tirándose un pedo o soltando un taco. Parecía un tarro esperando a ser llenado, o como si Dios hubiera hecho un boceto sobre el que comenzar a trabajar.
Silvia Pi llevaba tiempo pensando en dejar a su marido. No tenían hijos y ella no dejaba de fijarse en los hombres por la calle; no tanto en ellos mismos como en si la miraban o no. Estaba en una época muy complicada, y la idea de revitalizar su matrimonio de alguna forma se le antojaba como un simple esfuerzo de negación, de intentar resucitar algo que ya había muerto hacía mucho. Su marido era poco parecido al tipo del avión; le gustaban los deportes de aventura y caía bien a todo el mundo; muchas mujeres le miraban al pasar por la calle y era todo vitalidad y decisión. Era leído y tenía un gimnasio. Siempre estaba estudiando y se autodeclaraba optimista; estaba siempre entusiasmado con casi todo lo que acontecía a su alrededor. Solía decir que el Holocausto fue uno de los mayores errores, pero también constructivo, algo por lo que había que pasar como método histórico de aprendizaje. Decía cosas así todo el tiempo, y nada de lo que observara le hacía ver el vaso medio vacío. Todo era natural, inevitable y productivo.

Me llamo Silvia Pi, le dijo ella al tipo del avión, y le estrechó la mano. Eso fue después de una hora de hablar, algo que fue sobre todo un monólogo de ella; él asentía y dejaba ir de vez en cuando una media sonrisa. Ella agradeció que él no fuera hablador, así no tendría problemas en ocultarle que estaba casada. A la segunda hora de viaje, ya a punto de aterrizar, decidió que intentaría tener una aventura con él.

El tipo no ofreció resistencia, ni tampoco comentó nada sobre tener novia o compromiso alguno. Para sorpresa de Silvia Pi, además, el hombre se transformó cuando ella hizo el primer ademán de besarle en la habitación de hotel de dos estrellas que pagaron juntos. La besó con ganas y empezaron a desnudarse mutuamente. Cuando él ya estaba desnudo, resultó estar bien dotado hasta el punto se asustar a Silvia Pi. Aquello, en reposo, ya parecía medir como veinte centímetros, y en erección no solo resultaba mayor e imponente, sino también grueso y peligroso.
Silvia Pi sintió una mezcla de excitación y miedo. Ella venía de haber estado practicando sexo con un marido cuyo pene en erección apenas sí llegaba a los 10 centímetros, algo que avergonzaba al hombre, y seguramente era su mayor secreto social. Ella nunca lo mencionaba; sabía que él estaba en constante búsqueda del físico optimo, y cualquier comentario que se refiriera directa o indirectamente a cualquier cosa relacionada con micropenes o alargamientos, etc., le destrozaría.
Pero ya compartiendo fluidos con el tipo del avión, pensar en el pene mediocre y delgado de su marido, no hacía más que excitarla aún más. Se sentía malvada, y cuanto más lo pensaba, más cachonda se ponía. En su vida jamás se había planteado mentir a ese nivel o poner los cuernos a nadie, pero dado que llevaba meses deprimida y sin ver salida fácil a su supuesta relación ejemplar, acabó rindiéndose como quien la choca con el Diablo y le ofrece heroína a alguien que lleva dos meses limpio. Era esa vieja filosofía: nos vamos a morir, así que hay que probarlo todo.
Estaba tan excitada que se puso a cuatro patas y dio luz verde al tipo del avión. Mientras él metía su monstruo no sin algunas quejas débiles de Silvia Pi, ella cogió su móvil y llamó a su marido de modo impulsivo. Cuando él contestó, ella tuvo un orgasmo repentino. ¿Qué es eso que se oye?, preguntaba el marido. Nada, decía ella, intentando normalizar la voz, y tapaba el auricular y le decía al tipo: «más fuerte, más fuerte…». Así, Silvia Pi, mantuvo una conversación de supuesto interés por su marido mientras éste oía ruidos extraños y preguntaba una y otra vez por qué había llamado ella, si estaba bien o si tenía algún problema. A Silvia Pi se le escapaba la risa y soltaba de vez en cuando quejidos. Llegó un punto en que ya se podía oír el ruido de los testículos del tipo del avión chocando contra la vagina. Un «plop-plop-plop» por el que el marido llegó a preguntar. Es la tele, dijo ella, la tele del hotel. Todo lo que se oía era la tele o el ruido de la calle. El tipo del avión no preguntó ni se extrañó en momento alguno por que ella tuviera el móvil en la almohada todo el tiempo.

La cosa no quedó ahí. De hecho creció y creció del mismo modo que lo hacía siempre el pene del tipo del avión; ese potencial judío camino de estrenar las duchas, ese soldado acobardado e imberbe, eterno adolescente que se follaba sin miramientos a la mujer casada.
Resultó que el tipo vivía a veinte minutos de coche de ella, y ella no pudo evitar volver a contactar con él. (Después del cuarto orgasmo la primera vez, ella había tapado el auricular y le había preguntado el número de teléfono; «tengo buena memoria»). Ella nunca reconocería ciertas cosas en voz alta: siempre había visto a su marido como a alguien a quien mostrar a todos, pero jamás como una persona de la que estuviera realmente enamorada. Él era su escaparate de lujo, y como cabía esperar, con el tiempo, su supuesta integridad y perfeccionismo, todo su altruismo y optimismo comenzaron a hacer mella en ella. Comenzó a sentir cierta clase de muda rabia por él, y cada vez que quedaba en algún hotel con el tipo del avión, aquello no solo era sexo, sino otra oportunidad de derrumbar la confianza y fe ciega que su marido tenía en todo en la vida. Era una idiotez. La vida no era todo lo perfecta que podía ser, ni el mundo, ni el sistema, las cosas no siempre pasaban en pos de un bien mayor. El Holocausto había sido una tragedia desmedida y prueba definitiva de el que infierno estaba en la Tierra. Ya estaba bien de gilipolleces.
Ella sabía que si decía en voz alta eso, todo el mundo pensaría que solo eran excusas para dejarse follar por una de esas pollas que convierten en engañosa la medida media nacional; pero su rabia era cierta, y su sentido de culpa, mínimo.

Esto era así. Pero también era cierto que el placer pedía más placer. Con el tiempo, el tipo del avión dejó de ser alguien interesante para ella, pero no podía dejar de pensar en lo que él poseía. Cada vez que ella viajaba, excusa tras excusa se citaban, y él no tenía problema en darle todo lo que ella quería. No sabía casi nada de él y no le importaba. Los encuentros se reducían a lo sexual de tal modo que a veces no llegaban a intercambiar palabra. El móvil siempre formaba parte del juego. La habitación de hotel comenzó a ser siempre la misma. Silvia Pi comenzó a correrse a chorro (jamás antes lo había experimentado). El tipo resultó ser también un experto en sexo oral, en masturbación. Para ella el sabor de su semen ya era como cualquier otra bebida que uno consume cuando está sediento. Siempre tragaba (algo que tampoco había hecho antes jamás).
Hacia el tercer mes de cuernos, su marido no podía conseguir que se corriera. Ella fingía y él estaba tan embebido consigo mismo y su visión del mundo, que nunca sospechó nada distinto. Él era entregado y sacrificado, muchas de las chicas del gimnasio hubiesen accedido a cualquier petición suya. El ego tenía muchas formas, y él poseía la más pulida y sutil. Su humildad se basaba en la idea de que ser humilde-siempre es tan necesario como ser optimista-siempre. No era carácter, era todo un plan. No se trataba necesariamente de ser bueno y humilde, sino de proyectar esa imagen a toda costa. No se trataba de ser el mejor amante, sino de que todas se lo creyeran. Había que alimentar el prejuicio positivo. Se podía parecer auténtico siendo en realidad solo una lista de puntos que uno cumplía para parecerlo. Había un porcentaje ridículo de naturalidad en su pretendida naturalidad. Y lo más fascinante de todo el asunto, era que él ya no sospechaba todo eso de sí mismo (ya se lo había creído todo). Oír a su mujer conteniendo gemidos por teléfono, para él solo formaba parte de la nueva costumbre que ella tenía de llamarle preocupada por cómo iba todo en casa cada vez que viajaba fuera “por trabajo”.
Para él, ella le quería aún más que antes. Es decir, ¿qué iba a ser? Él era cuidadoso, la llevaba en volandas, se interesaba por lo que ella hacía o pensaba. La escuchaba. Él había leído sobre ello, se había informado, era un estudioso de la mujer. Creía saber lo que les gustaba y lo que odiaban, lo que necesitaban y lo que repudiaban. Sabía que les encantaba que las hicieran reír; que valoraban los detalles que mantenían viva la relación. Ella había visto ya más de mil veces su pene a contraluz con mil velas perfumadas distintas. Ella había llegado ya decenas de veces de viajes tras los que la esperaban baños de espuma mientras en casa sonaba el grupo que a ella le gustara en ese momento. Habían viajado juntos al extranjero cada vez que ambos tenían vacaciones a la vez, tenían océanos digitales de fotos en las que se los ve en decenas de terrazas y acantilados sonriendo al guiri que sostuviera la cámara. Él preguntaba y preguntaba, y luego escuchaba y la miraba a los ojos. Apagaba el televisor cada vez que había fútbol, le leía poesía en voz alta y hasta había escrito poemas (terribles según la opinión de Silvia Pi) en los que se describían las bondades y bellezas de la mujer (cualquier mujer). Él estaba estudiando su segundo máster a distancia pero seguía en el gimnasio porque aseguraba que el dinero era secundario, y que ese oficio era su auténtica vocación (ella sabía que él hacía eso solo porque creía que ella lo valoraba; … a ella le daba igual). Toda la ropa y la decoración, los muebles, las acciones, las risas, las cenas, los libros, el gimnasio, los viajes programados… Todo. Ella llegó a pensar que todo –en el fondo– era para compensar la medida de su pene.
Eso lo hacía todo aún más deprimente para Silvia Pi, ya que no solo sabía que él tenía un plan de idealismo conyugal en el que ella tenía que sentir que estaba con un tipo completamente fascinante que no se avergonzaba de toda su rectitud y romanticismo, sino que además era muy factible que el motivo de todo ello fuera superficial: una inseguridad patológica disfrazada de una supuesta seguridad aplastante.

Era un sucia ironía. Conocer a un tipo más bien gris y parco en casi todo, que además tenía una polla descomunal. Si Dios existía y enviaba señales, eso tenía que ser una señal por fuerza. Si Dios no dudaba en hacer daño en pos de un bien mayor o algún plan divino, aquello formaba parte del plan. La víctima cornuda podía merecer esos cuernos si, tal y como él pensaba, todo lo que sucede, sucede como valiosa lección para un futuro mejor. Todo encajaba de un modo retorcido en su propia forma de ver el mundo. Así, su mujer no era una mala puta, sino sencillamente una mensajera que iba a hacerle entender que no podía engañarla a largo plazo, que no podía hacerlo con nadie que tratara con él más allá del saludo. Que las mujeres no son necesariamente lo que las revistas femeninas o los poetas trillados vociferan siempre a los cuatro vientos. Una polla descomunal era la forma más cruel de hacérselo ver. Pero Dios estaba por encima de la crueldad, la trascendía, el suyo era un trabajo duro. Era el Dios en el que él creía, que no dejaba nada al azar, porque todo sucedía con sentido. En ese mundo en el que todo iba a funcionar si uno luchaba por hacer las cosas tal y como estaban escritas, popularmente aceptadas y academizadas, una mujer que empezaba a correrse de verdad a los treinta y cinco años no podía distar tanto de la belleza y potencia poéticas de un atardecer de acuarela, o de un tornado que se lleva la casa de Judy Garland y su perrito al mundo de Oz.
¿No?…
Como sea, Silvia Pi acabó con la historia al estilo de Dios (sea el Dios que sea). Una noche le hizo una foto al tío del avión. En la foto solo se veía el pene en erección. Otra noche, mientras su marido dormía, hizo una maleta, dejó la foto impresa –con su firma a bolígrafo– en el buzón que compartían ambos, y se fue al piso del tío del avión tal y como ya habían acordado días antes.

Relato diario (3 de 5) – Cadáveres

En los tiempos de primaria, en un autobús lleno de críos, volvíamos un día de alguna parte. Estaba atardeciendo pero estaba todo el cielo tapado: sugestivamente tapado y gris. (Años después soñaría con ir a Londres o Manchester). Algo estúpido sonaba en la radio del autobús, alguna cinta del conductor. Aún era la etapa en la que en la radio la música miserable se combinaba con la respetable. Los días nublados comenzaban a parecerme mucho más interesantes, y los culos de las chicas eran la nueva novedad vital. Todo comenzaba a redondearse y coger su forma. Comenzaban a notarse los bordes de todo. Aun a pesar de la sensación de que el absurdo gobernaba la vida, estaba empezando a discernir las cosas buenas de las malas. La vida real era eso que comenzaba cuando salías del colegio o conseguías quedarte en tu mente. Te estabas desenganchando etiquetas casi sin darte cuenta (unos más que otros), y cómo no, eso daba pie a nuevas dudas y putadas potenciales que la tierra que pisabas te tenía preparadas.
Como buen mal estudiante, reaccionaba a las presiones y veladas amenazas adultas pasando de ellas y encerrándome cada vez más en mí mismo.
Casi todos los profesores, ya en aquella época, me parecían obscenamente limitados y agobiados por sus filosofías de vida. Se suponía que alguien asqueado tenía que motivarte y enseñarte cosas, inspirarte y ayudarte a crecer. El tiempo escolar era un peaje atascado de niños agrupados en clases esperando a que sonara el timbre. Cuando un niño se alegraba por haberlas aprobado todas, enseguida te decía lo que le iban a regalar sus padres por ello. La profesora o profesor de turno cantaba a menudo las notas de los exámenes en voz alta para regocijo del Diablo (así alimentaban la competición). Tenía que aprovechar cada minuto que no estuviera allí dentro para intentar ser yo mismo, descubrir lo que me gustaba y comenzar a apasionarme con ello. De un modo inconsciente, algunas cosas realmente buenas comenzaron a abrirse paso en mi mente. Algo que la mayoría de veces se producía por casualidad, o el simple hecho de moverme y curiosear. Ni que decir tiene que la mayor parte del tiempo no podías hacer eso (era vagancia). Ponía furiosos a mis padres cuando me veían escondiendo un libro dentro del libro que ellos querían que memorizara. Durante años, creyeron que podían obligarme a estudiar dos horas cada tarde de lunes a viernes. Yo no era sacrificado ni buen alumno, así que se me tenía que meter la información en la cabeza como fuera. Leí libros y más libros, terror, novela negra, cualquier cosa que pillara. La paga se me iba en tochos de no menos de 500 páginas (necesitaba que el libro fuera gordo para que me durara más), y las notas seguían siendo mediocres.
La opinión adulta general era que en el futuro iba a ser alguien tonto y desgraciado. Y encima ni siquiera era un chaval muy problemático; lo cual, creo, también irritaba a algunos profesores, ya que no podían entender que no me interesara portarme mal si tampoco me interesaban sus fascinantes clases…
Era en momentos ajenos a ese sistema cuando de golpe algo positivo te invadía, algo por lo que sí estabas dispuesto a moverte, aunque significara construir paredes con tus manos para poder seguir en ello. Estaba todo malentendido, la dosis de esfuerzo no estaba bien encauzada. Unos años después me basta ver la foto de un aula llena de niños para tener clarísimo que eso, así, es un cadáver hace ya la tira, y que la educación se parece ya más a alguna clase de necrofilia social que a algo ni remotamente positivo de verdad para persona alguna más allá del garabato en el currículum.
De ese modo, aquel día en aquel autobús, tuve uno de esos momentos luminosos que te forman y hacen crecer más que mil clases después de mil madrugones. Bastó con que alguien tan mal estudiante como yo le diera una cinta de Oasis al chófer, y ni siquiera recuerdo de qué excursión programada volvíamos.

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Relato diario (2 de 5) – Chica de Pareja

(Fragmento del ensayo “Parejas”, el pseudo-Amor como estilo de vida, de Silvia Pi)

 

La Chica de Pareja es un espécimen habitual a nivel occidental. Hablamos de alguien a menudo aparentemente segura y organizada, ya sea a nivel profesional o sentimental; pero que es casi siempre un pozo sin fondo de inseguridad. Lo que más preocupa a este “serotipo” de la sociedad, por encima de cualquier otra cosa (incluso sus propias ilusiones y metas reales), es la opinión de los demás. Esto comienza a darse en su vida aproximadamente desde el momento en que toma conciencia de que la Verdad no es un valor al alza. A partir de ese instante, la Chica de Pareja no dudará en actuar siempre condicionada por la perspectiva de poder hablar luego de sus actos sin que nadie haga la más mínima mueca o se levante ceja alguna.
Así como reza el título de este ensayo, este tipo de chica no necesita llevar a cabo acciones verdaderas o sinceras para consigo misma; de tal forma que, cuando sienta la imperiosa necesidad de tener novio, eso no será algo que le sucederá de forma espontánea o circunstancial, sino que irá a por ello con el mismo ímpetu con el que busca la aceptación de los demás en cualquier otra faceta de la vida.
De ahí las comillas en la palabra «parejas» en el titulo, ya que, aunque sea un asunto difícil y ambiguo por definición, es obvio que existen las parejas, pero también las “parejas”.

La Chica de Pareja decide que quiere tener pareja cuando en su entorno inmediato florecen otras parejas (ya sean entrecomilladas o no). Hablamos de un “serotipo” que no conoce modo alguno de individualidad o independencia. En cualquier caso, su única idea de independencia tiene que ver con vivir al menos a dos calles de sus padres en un piso que se encargará personalmente de decorar. En cuanto a conceptos como el pensamiento propio o razonamientos a los que haya llegado por sí misma, el cómputo personal será ridículo, algo que para nada tendrá en cuenta (sabe que la mayoría de las personas son así, y eso es lo único que a ella le importa).
De esta forma, un día conocerá a un chico. Pensará en si tal chico recibiría el visto bueno de todo su entorno, y luego se planteará si ella misma le da el visto bueno. Todo, obviamente, a un nivel superficial, de aspecto. En cuanto a la actitud, basta que sea un buen chico (o más bien que no sea malo, que no tenga antecedentes penales, etc.). No importa demasiado que sea aburrido o que solo la quiera por el sexo; todo eso quedará soterrado en las formas (y llegada cierta edad es probable que ambos anden desesperados por “Estabilizarse”). Hay que añadir que, para esta clase de personas, la evolución personal dependerá siempre, también, del beneplácito cronológico ajeno.

Una vez emparejada, la Chica de Pareja presentará la pareja a su entorno. Dado que el rasgo en el que todos se fijarán será el aspecto del tipo, si además no es apasionado ni muestra gran interés por nada en particular, enseguida recibirá el visto bueno de todos.
(Esto no incluye los comentarios que luego todos puedan hacer a sus espaldas, ya que la Chica de pareja tiene gran facilidad para la negación, y realmente cree –al menos casi todo el tiempo– que resulta convincente con sus actos.)

Más tarde la Chica de Pareja procurará que la relación aguante. No pasará demasiado tiempo, quizá un año o menos, hasta que comience a hablar a los demás de cuándo se conocieron –y formaron pareja– y cómo. Ella sabe que eso da sensación de empaque a la relación, y su modo de contarlo y explayarse querrá dar a entender que siguen estando estupendamente juntos. Como es obvio, para ella no habrá ambigüedad alguna en el hecho de celebrar aniversarios a cada momento (como si seguir fiel a esa persona fuera un simple mérito curricular y no un placer; algo paradójico teniendo en cuenta su plan de Credibilidad Siempre). Ella nunca podrá estar relajada, al menos no por dentro. La Chica de pareja ha sido educada para luchar por lo que quiere, pero jamás se planteará si lo que quiere es lo que quiere de verdad, porque eso podría entrar en conflicto con lo que los demás esperan.
Si todo progresa como ella tenía planeado, también se podrán observar ciertos comportamientos conyugales en público, tanto de afecto como de supuesto conflicto. Los comportamientos de afecto serán los de toda la vida, algunos besos, arrumacos, y demás “demostraciones de cariño” de las que hacen que a cualquier soltero que vea la escena le den ganas de adquirir una pistola. En todo caso, la Chica de Pareja, con el tiempo, sabrá destilar y administrar esas muestras de afecto, de manera que cada vez sabrá mejor cómo contemporizarlas ante los demás para dejar de practicarlas justo en el momento en que comiencen a ser irritantes para todos (o eso creerá ella, al menos).
En el apartado de las muestras públicas de conflicto, ella no dejará de oír cualquiera de los comentarios que su novio haga. Así, cuando él bromee sobre algo retorcido, políticamente incorrecto o relacionado con el sexo, ella aprovechará para enfurruñarse y desaprobar lo que el tipo haya dicho durante cierto lapso de tiempo. Esto, a la Chica de Pareja, le sirve en dos sentidos: por un lado, es una especie de reafirmación de su “feminidad latente” (ella no diría cosas así, y, le importe o no, quiere dar a entender que no le gusta que su novio las diga); y, por otro lado, será una nueva oportunidad de que los demás vean que su novio no es perfecto, pero que aun así ella le quiere; cosa que “demostrará” acto seguido cuando, luego de un rato de intentos por parte de él de “desenfurruñarla”, ella volverá a besarle o abrazarle “a pesar de todo”.

La Chica de Pareja no dudará en hablar de su futura descendencia, o de cambios de planes, quizá un cambio de piso («… el que tenemos es muy pequeño -(no suele serlo)-, ¿qué pasa si me quedo preñada?»). Aunque es cierto que no es bueno llamar a los malos tiempos, este “serotipo” nunca pensará que su relación pueda torcerse. No solo confía en sus planes, sino también en la capacidad de su novio para llegar hasta el siguiente aniversario aunque jamás haya sentido nada profundo por ella más allá del cariño que da el roce, y el sexo. Quizá la mayor duda de ella sea qué aconteció de verdad en el pasado de su novio. No es lo mismo mantener a tu lado a alguien que alguna vez se ha colado de verdad por una mujer, que tener atado corto a alguien que nunca se ha enamorado (y por tanto no tiene nada sólido con que contrastar la relación actual).
La Chica de pareja, en definitiva, intenta racionalizar sentimientos y emociones. Intenta archivarlos y tenerlos por orden alfabético. Lo negará siempre, pero su estado de «pareja» reflejo de lo que los demás aprueben, será solo un producto de quien quiere hacer las cosas “bien” y a su tiempo (y no de verdad y cuando surjan; algo que suena demasiado descontrolado para ella). Este sentido común que ella ha aprendido (y no aprehendido a partir de sus propias conclusiones), quedará expuesto cada vez que en reuniones y cenas anime a los solteros (reafirmando su situación otra vez) a ligarse a alguien vayan donde vayan. Para ella es una cuestión de decisión. Para ella la magia no existe, solo es un truco sucio para engañar a todos. Resulta curioso que ella misma ofrezca uno tan aparatoso y de largo recorrido con su propia vida, y casi sin darse cuenta.

Relato diario (1 de 5) – El turista

El turista. Una de las especies humanas más despreciables y patéticas (quizá solo por debajo de cualquier tío que se cuele por una tía); siempre con prisa, forzando la desconexión de su rutinaria vida, viendo algo mientras piensa que está perdiendo el tiempo para lo siguiente que quiere ver. Todo está en la lista. Dos meses antes de partir ya se habrá comprado dos guías de viaje. La ciudad visitada es un terreno que patearse en una o dos semanas. El turista estándar ama madrugar (de repente). Ama el arte (también de repente). Echa pestes de la ciudad en la que vive para subrayar la fascinación por la ciudad que visita.
Hay distintas clases de turistas, pero hay una característica que los une a todos: Cámaras de fotos.
El turista siente auténtico pánico por que algo de lo que pueda ver con sus propios ojos fuera de su hogar pueda cambiarle o hacerle reflexionar lo más mínimo sobre el modo en que administra su vida. El turista odia pensar. Solo quiere que todo devenga en cierta clase de liviana diversión. Nunca cambiará el chip; da igual que esté en un museo o en un parque temático. Mojarse en una parque acuático será lo más cerca que estará de empaparse de otra cultura.
El único objetivo del turista es recordar a cada minuto la suerte que tiene de no tener que volver al día siguiente a un trabajo que odia con toda su alma; la frase que más usará en relación con el mismo será: «y que no falte».
El turista no tiene miedo de parecer ridículo a ojos de los demás. Esto incluye las cosas que dice y la forma de vestir, además de que no tendrá criterio ni medida algunos en cuanto a la cantidad de comida y bebida que ingerirá.
Al turista tipo le parece divertido vomitar. Asocia ese acto siempre, indefectiblemente, a haberse divertido todo lo que es capaz de hacerlo según sus medios.
Algo más que lleva a cabo con facilidad, es la habilidad de echarse fotos posando ante edificios que no tienen importancia histórica o arquitectónica alguna. Esto en los últimos tiempos incluye grandes vallas o pantallas publicitarias; al turista le basta con que aquello con lo que se haga la fotografía sea lo suficientemente grande, llamativo o brillante. No dista tanto del mismo motivo por el que un niño pequeño puede quedarse embobado viendo la tele durante los cortes publicitarios.

Pero algo que se le da de perlas al turista común, es ir a exactamente a los mismos lugares que van el resto de turistas. Es, de hecho, algo inherente a su naturaleza, y seguramente la actitud por la cual no son tanto individuos conociendo lugares extranjeros como seres quemados y hartos huyendo del recuerdo del trabajo que tienen.
El turista, pues, avanza en rebaño, no solo mentalmente como suele ser común, sino también literalmente. Lo fotografía todo (aunque él se crea selectivo), y se suele reír o hacer cachondeo de cualquiera que intente decir algo constructivo o profundo durante sus vacaciones. Es capaz de, a la vez, irritarse si alguien habla de trabajo y hablar de su trabajo él mismo (seguramente para seguir recordando que lo más importante es que no está en el trabajo).
Según el polémico ensayo Turistas… cambia de acera, de Jonathan S. Cuthbert, el turista común no es más que la personificación de un individuo que no solo odia su vida, sino también a sí mismo por seguir tragando con ella. Y eso es algo que uno puede leer mejor que nunca en su modo de moverse, vestir, sonreír, y a la vez estar secretamente agobiado por todo lo que queda por ver.
Se dice que muchos turistas podrían creer que Espontaneidad es una ciudad holandesa (o una modelo escandinava).
El turista común siempre tiene cosas que hacer. Recordemos que uno de sus objetivos es no pensar. Además, suele encajar con el perfil de persona que no sabe hacer nada si nadie le obliga o él mismo no lo ha planeado con mucha antelación.
Según el ensayo Turistas… cambia de acera, el turista común en realidad, objetivamente, jamás viaja. Pero jamás le podrás convencer de eso.