Relato diario (1 de 5) – El turista

El turista. Una de las especies humanas más despreciables y patéticas (quizá solo por debajo de cualquier tío que se cuele por una tía); siempre con prisa, forzando la desconexión de su rutinaria vida, viendo algo mientras piensa que está perdiendo el tiempo para lo siguiente que quiere ver. Todo está en la lista. Dos meses antes de partir ya se habrá comprado dos guías de viaje. La ciudad visitada es un terreno que patearse en una o dos semanas. El turista estándar ama madrugar (de repente). Ama el arte (también de repente). Echa pestes de la ciudad en la que vive para subrayar la fascinación por la ciudad que visita.
Hay distintas clases de turistas, pero hay una característica que los une a todos: Cámaras de fotos.
El turista siente auténtico pánico por que algo de lo que pueda ver con sus propios ojos fuera de su hogar pueda cambiarle o hacerle reflexionar lo más mínimo sobre el modo en que administra su vida. El turista odia pensar. Solo quiere que todo devenga en cierta clase de liviana diversión. Nunca cambiará el chip; da igual que esté en un museo o en un parque temático. Mojarse en una parque acuático será lo más cerca que estará de empaparse de otra cultura.
El único objetivo del turista es recordar a cada minuto la suerte que tiene de no tener que volver al día siguiente a un trabajo que odia con toda su alma; la frase que más usará en relación con el mismo será: «y que no falte».
El turista no tiene miedo de parecer ridículo a ojos de los demás. Esto incluye las cosas que dice y la forma de vestir, además de que no tendrá criterio ni medida algunos en cuanto a la cantidad de comida y bebida que ingerirá.
Al turista tipo le parece divertido vomitar. Asocia ese acto siempre, indefectiblemente, a haberse divertido todo lo que es capaz de hacerlo según sus medios.
Algo más que lleva a cabo con facilidad, es la habilidad de echarse fotos posando ante edificios que no tienen importancia histórica o arquitectónica alguna. Esto en los últimos tiempos incluye grandes vallas o pantallas publicitarias; al turista le basta con que aquello con lo que se haga la fotografía sea lo suficientemente grande, llamativo o brillante. No dista tanto del mismo motivo por el que un niño pequeño puede quedarse embobado viendo la tele durante los cortes publicitarios.

Pero algo que se le da de perlas al turista común, es ir a exactamente a los mismos lugares que van el resto de turistas. Es, de hecho, algo inherente a su naturaleza, y seguramente la actitud por la cual no son tanto individuos conociendo lugares extranjeros como seres quemados y hartos huyendo del recuerdo del trabajo que tienen.
El turista, pues, avanza en rebaño, no solo mentalmente como suele ser común, sino también literalmente. Lo fotografía todo (aunque él se crea selectivo), y se suele reír o hacer cachondeo de cualquiera que intente decir algo constructivo o profundo durante sus vacaciones. Es capaz de, a la vez, irritarse si alguien habla de trabajo y hablar de su trabajo él mismo (seguramente para seguir recordando que lo más importante es que no está en el trabajo).
Según el polémico ensayo Turistas… cambia de acera, de Jonathan S. Cuthbert, el turista común no es más que la personificación de un individuo que no solo odia su vida, sino también a sí mismo por seguir tragando con ella. Y eso es algo que uno puede leer mejor que nunca en su modo de moverse, vestir, sonreír, y a la vez estar secretamente agobiado por todo lo que queda por ver.
Se dice que muchos turistas podrían creer que Espontaneidad es una ciudad holandesa (o una modelo escandinava).
El turista común siempre tiene cosas que hacer. Recordemos que uno de sus objetivos es no pensar. Además, suele encajar con el perfil de persona que no sabe hacer nada si nadie le obliga o él mismo no lo ha planeado con mucha antelación.
Según el ensayo Turistas… cambia de acera, el turista común en realidad, objetivamente, jamás viaja. Pero jamás le podrás convencer de eso.

Anuncios

2 comentarios en “Relato diario (1 de 5) – El turista

  1. Has puesto en negro sobre blanco el pensamiento más recurrente que he tenido esta última semana, tras discutir amistosamente con mi pareja ya que “yo me cago en hacer una cola enooooorme para ir ver los restos expoliados del altar de pergamo en berlín”. En lugar de eso, fuimos a ver a unos amigos, compramos birra y nos fuimos a echarnos en el Tiergarten viendo la puesta de sol. Que le follen al puto pergamo de los cojones y a la horda de turistas que lo respaldan con su visita! Por cierto, cuida la ortografía, tienes una valla con y.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s