Relato diario (3 de 5) – Cadáveres

En los tiempos de primaria, en un autobús lleno de críos, volvíamos un día de alguna parte. Estaba atardeciendo pero estaba todo el cielo tapado: sugestivamente tapado y gris. (Años después soñaría con ir a Londres o Manchester). Algo estúpido sonaba en la radio del autobús, alguna cinta del conductor. Aún era la etapa en la que en la radio la música miserable se combinaba con la respetable. Los días nublados comenzaban a parecerme mucho más interesantes, y los culos de las chicas eran la nueva novedad vital. Todo comenzaba a redondearse y coger su forma. Comenzaban a notarse los bordes de todo. Aun a pesar de la sensación de que el absurdo gobernaba la vida, estaba empezando a discernir las cosas buenas de las malas. La vida real era eso que comenzaba cuando salías del colegio o conseguías quedarte en tu mente. Te estabas desenganchando etiquetas casi sin darte cuenta (unos más que otros), y cómo no, eso daba pie a nuevas dudas y putadas potenciales que la tierra que pisabas te tenía preparadas.
Como buen mal estudiante, reaccionaba a las presiones y veladas amenazas adultas pasando de ellas y encerrándome cada vez más en mí mismo.
Casi todos los profesores, ya en aquella época, me parecían obscenamente limitados y agobiados por sus filosofías de vida. Se suponía que alguien asqueado tenía que motivarte y enseñarte cosas, inspirarte y ayudarte a crecer. El tiempo escolar era un peaje atascado de niños agrupados en clases esperando a que sonara el timbre. Cuando un niño se alegraba por haberlas aprobado todas, enseguida te decía lo que le iban a regalar sus padres por ello. La profesora o profesor de turno cantaba a menudo las notas de los exámenes en voz alta para regocijo del Diablo (así alimentaban la competición). Tenía que aprovechar cada minuto que no estuviera allí dentro para intentar ser yo mismo, descubrir lo que me gustaba y comenzar a apasionarme con ello. De un modo inconsciente, algunas cosas realmente buenas comenzaron a abrirse paso en mi mente. Algo que la mayoría de veces se producía por casualidad, o el simple hecho de moverme y curiosear. Ni que decir tiene que la mayor parte del tiempo no podías hacer eso (era vagancia). Ponía furiosos a mis padres cuando me veían escondiendo un libro dentro del libro que ellos querían que memorizara. Durante años, creyeron que podían obligarme a estudiar dos horas cada tarde de lunes a viernes. Yo no era sacrificado ni buen alumno, así que se me tenía que meter la información en la cabeza como fuera. Leí libros y más libros, terror, novela negra, cualquier cosa que pillara. La paga se me iba en tochos de no menos de 500 páginas (necesitaba que el libro fuera gordo para que me durara más), y las notas seguían siendo mediocres.
La opinión adulta general era que en el futuro iba a ser alguien tonto y desgraciado. Y encima ni siquiera era un chaval muy problemático; lo cual, creo, también irritaba a algunos profesores, ya que no podían entender que no me interesara portarme mal si tampoco me interesaban sus fascinantes clases…
Era en momentos ajenos a ese sistema cuando de golpe algo positivo te invadía, algo por lo que sí estabas dispuesto a moverte, aunque significara construir paredes con tus manos para poder seguir en ello. Estaba todo malentendido, la dosis de esfuerzo no estaba bien encauzada. Unos años después me basta ver la foto de un aula llena de niños para tener clarísimo que eso, así, es un cadáver hace ya la tira, y que la educación se parece ya más a alguna clase de necrofilia social que a algo ni remotamente positivo de verdad para persona alguna más allá del garabato en el currículum.
De ese modo, aquel día en aquel autobús, tuve uno de esos momentos luminosos que te forman y hacen crecer más que mil clases después de mil madrugones. Bastó con que alguien tan mal estudiante como yo le diera una cinta de Oasis al chófer, y ni siquiera recuerdo de qué excursión programada volvíamos.

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