Superego

Es una lástima, supongo, que Dios o mi madre no me dieran la pose universitaria adecuada. Llevo gafas, pero no basta con eso. Digo demasiados tacos, y demasiadas veces lo que pienso. Ni mi odio ni mi amor están medidos (aunque no sé si es que los otros saben medirlos o si es que ya no saben sentirlos). No tengo demasiado filtro y no hago cola siempre; a veces me cuelo (lo siento…). No tengo, creo, la elegancia del mueble retro con gafas de diseño y pulcramente barnizado. Supongo que soy más la resina que sin querer te chupas del dedo. He de suponer también, pues, que no doy para una relación seria, y de hecho cada vez se me da peor la amistad. No sé si es por ser yo mismo o sencillamente porque no todo el tiempo estoy intentando actuar con los mofletes rosados de supuesta humildad (¡mira qué hoyuelos!). Ya sé que todo esto sonará a victimismo cool pseudobomehio, pero ya hace bastante que me da un poco igual a qué suene lo que pienso; según muchos/as seguramente lo que debería aprender es a no decirlo tantas veces en voz alta. Morderse la lengua con estilo ahora es sello de modernidad más que nunca. No se trata de la verdad poco a poco, sino de contenerse todo el tiempo y reventar quizá un día humillando por doquier. Al parecer solo vale el chismorreo o la discreción mal entendida. Dicen que Cupido está en una Guantánamo regentada por Hipsters y pijas de doble moral; de los de toda la vida en el fondo.
Así que supongo que es una lástima que la pasión me domine. Porque confundes. Decir «te quiero» o «perdona» ya no significa nada, pero cuando significa algo da mucho más miedo. No te descontroles, me digo, no te descontroles, como si me hubiera controlado muchas veces. Y sin embargo si alguien tiene las bragas por los tobillos aún tengo que susurrarle interrumpiendo un beso que me voy a ir abajo un buen rato antes de irme a lo obvio. La vergüenza de siglos ha en la cultura del Iphone, esa vergüenza que no se puede adquirir en pastillas. La chica a la que a veces te imaginas vestida de novia junto a otro, saludándote desde lejos mientras ella te imagina escarbando en la mierda justo antes de resoplar de alivio. Me he librado, piensa seguro. No sé bajar nunca el volumen para no molestar al vecino existencial. Le veo más sentido a la lluvia dorada que a “la fiesta de la democracia”. Por favor, méate en mi polla tú que me pones, eso me excitará más que que un político se mee todo el tiempo en mi boca. O si no mata al político y méate tú en mi boca. U orínate, llámalo como quieras; si te gusta hacerlo aprovecha ahora antes de echarte el novio serio. Aprovecha que yo no creo en la madurez. Y créete lo que quieras. Un saludo desde aquí a quien solo sabe vivir a través de la vida de los demás. Y dirán que yo no me preocupo todo lo que debería por mi futuro, mientra ellos ni por el futuro ni por el pasado ni por el presente, solo por su ombligo siempre brillante y reluciente. Que la rima venga sola y el orgasmo siempre bien acompañado. El crítico del crítico del crítico, da igual desde dónde hagas el análisis, nunca quedas del todo bien. Eres celoso y también hipócrita. Cóbrate también el café de aquella chica del rincón y no digas que lo he pagado, yo. ¿Por qué? Porque entonces ya estaría a un paso menos de aburrirse de mí o comenzar a tenerme miedo. Oh de mí, puto idiota congelado que no sabe crecer ni autotransportarse al microondas. No todo es una metáfora sobre querer dar entender que follas bien pero eres un incomprendido con los sentimientos. Ya ves que cada línea es una aclaración más de lo anterior. Otra justificación, porque ni tú te libras del ego y de querer que te quieran. ¿Has dicho antes que te gustaba la lluvia dorada? Nunca lo sabrás, puede que sí o puede que no; déjame en paz y sigue con tu plan de comprarte la felicidad. Listo, que eres una lista, que sois tan responsables que supongo debería dar gracias por poder respirar vuestro mismo aire. Echo de menos la época en la que todavía podía haceros tragar mi humo sin que vosotros obviarais vuestro coche y el combustible fósil. ¡Mira qué hoyuelos!, vino a decirme una vez una maestra a final de curso cuando decidió pasar pupitre por pupitre para despedirse de nosotros. “Tienes que estudiar más, (aquí, el nombre propio apuntado en la lista), porque ya te portas muy bien; pero lo que nunca olvidaré de ti son esos hoyuelos que te salen cuando te ríes”. Y me dio dos besos. Estaba deseando irme a casa; suele pasarme todavía. Dicen que el tren ya ha pasado y que yo me he limitado a saludar con la mano. Pero lo que ellos no saben es que luego me he ido al prado que había cerca de las vías, y que junto a las vacas he podido observar un paisaje rural bajo un cielo de tormenta con una tranquilidad que ellos jamás sabrán experimentar fuera de una guía de viaje. Las vacas no sabían qué pensar de mí, pero aun así les he pedido consejo. Me han dicho que ellas ven pasar trenes todos los días, pero que suelen ser distintos entre sí. Me han ofrecido algo de su hierba pero la he rechazado. Solo tabaco, les he dicho, no paso de ahí. Me han dicho que si conozco los datos, la vida media de una vaca. He hecho que no con la cabeza. Se han mirado entre ellas y luego se han quedado observando otro tren que pasaba. Les he preguntado si no se aburrían todo el tiempo viendo pasar trenes; que si no envidiaban a los humanos que iban en ellos, quizá camino de aventuras y lugares apasionantes. Entonces han comenzado a reírse mirándose entre ellas; se ríen a carcajadas, y cada vez que parece que van a dejar de hacerlo, vuelven a mirarme de reojo y vuelven a estallar en risas. Luego me preguntan que si soy un estudiante de erasmus o algo así, y sin darme tiempo para contestar me han dejado claro que aquí no voy a encontrar nadie a quien follarme. No, les digo, creo que sé lo que soy, pero… Bueno, me ha interrumpido una, nosotras somos vacas… No sabía que sabíais hablar, digo. Y no contestan nada. Y luego añado: … pero no me gusta la coprofagia. Se hace un silencio. ¿Con quién hablas ahora?, dice una de ellas. No importa, contesto, por hoy ya está bien.

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