Todo es ampuloso

Todo es ampuloso como cabe esperar de un restaurante en el que veinte euros solitarios en tu cartera son un chiste. Las chicas visten al estilo pibón, y aproximadamente seis de cada diez hombres llevan las cejas depiladas. El ruido es ensordecedor, totalmente desquiciante y el iniciador de tu dolor cabeza si te limitas a ser oyente. Alguien sobresale, como siempre, es un tipo obeso de unos cincuenta años que no deja de decirles a sus acompañantes (aunque en realidad se le oye en todo el local y seguramente también en la cocina) que él respeta al «amigo especial» de su hija, y que el mismo ya forma parte de la familia, etc. El chico está sentado junto a él, y la hija, lejos de incomodarse, aún grita más si cabe en los escasos espacios en blanco que deja su padre, riéndose con voz ronca y eliminando de sí cualquier atisbo de feminidad conocido. En cierto momento alguien vomita en otra mesa (una chica extremadamente delgada), y enseguida la mayoría de comensales dejan de hablar y permanecen atentos a la escena. Es una especie de (asquerosa) tregua acústica para mí, y el suceso llama la atención a todos por lo mismo por lo que seguramente ven telebasura o deciden elegir la película que van a ver cuando ya llevan un minuto ante la taquillera. La verdad es que cierto mal gusto tradicional se ha adueñado de todo el local; pero al parecer eso resulta divertidísimo, y enseguida, una vez la chica aspersor se ha ido corriendo al lavabo, el ruido ha vuelto con nuevos matices y hasta risitas por lo acontecido. Yo estoy en una mesa con siete comensales. Es el cumpleaños de la novia reciente de uno de ellos; una chica a la que apenas conozco y a la que ya tengo mucha manía, pero en realidad lo que la mayoría de gente llamaría: «una chica normal»; moderadamente atractiva, chismosa, femenina de un modo que me parece prefabricado, y con un contenido de oratoria en que ninguna frase parece suya. No dice ningún taco e incluso su timidez parece reflejar un plan del que ella no es consciente para que el mundo nunca sea un lugar mejor. Las desventajas de eso son muchas; la ventaja es que las posibilidades de sentirme atraído por ella alguna vez, son casi nulas. En la mesa de cumpleaños nos vemos obligados a hablar a gritos para poder comunicarnos. Yo abandono enseguida, comiendo con voracidad y casi rezando en silencio por salir de este lugar cuando antes. Demasiada vida para mi gusto. Prefiero el callejón vacío de fuera, el cielo nocturno y el humo en mis pulmones. Lo cierto es que la mayor parte de las veces estar muerto no parece una opción alternativa tan grotesca o emo. Cada cinco minutos, más o menos, suena el ruido o la melodía del algún móvil o de algún gadget de móvil. Para aproximadamente el treinta por ciento de los comensales, las personas con las que están son menos importantes ahora que quienes les escriben por Whatsapp. Manipulan sus Iphone y escriben “jajas” y “jejes” mientras escrutan la pantalla con cara de palo. A menudo me preguntan (a veces solo con miradas) por qué este tipo de ambientes me deprimen o me irritan. Mi móvil ya tiene la friolera (al parecer) de cuatro años (lo que antes equivalía a unos veinte para que alguien se planteara tirar algo para comprar algo nuevo). Es esa obsolescencia programada que aman la mayoría de ciudadanos actuales al uso (ejemplo potencial número uno en la cumpleañera). No sé cuántos años cumple, por cierto. Algo como 23 o 24. Creo que he oído algo de que acababa la carrera o estaba a punto de acabarla o estaba decidiéndose por algún máster o algo así. El colega que sale con ella tiene tres años más; parece feliz, o al menos tranquilo, o en sus cabales, o quizá es que disimula muy bien. Me importa poco. La mesa del tipo ruidoso y su mujer y la hija y el Amigo Especial ya hace rato que se ha zampado los postres y los cafés. No da la sensación de que ninguno de sus comensales tenga prisa por irse a casa a dormir, ver la tele o follar. El Amigo Especial parece el único que no está dispuesto a que cada ser vivo de aquí se vaya hoy a casa convertido en un yonqui del ibuprofeno. Parece que esa cena es algo así como la presentación en sociedad de la pareja. La chica parece tener unos veinte años, y todo huele a que dentro de diez ya tendrá pinta de tener 45, un crío berreando y algún otro en camino. Ella y el Amigo Especial: viviendo según la previsión, y más felices que yo por puro y probablemente sectario autoconvencimiento. Levantarse con el pie derecho, evitar pasar por debajo de una escalera, tener un hijo…
Mirando a todos, y sobre todo a la cumpleañera (está en modo ametralladora, aniquilando con rumores a todo ser vivo no-presente), veo que se están volviendo sólidos como monolitos todos mis prejuicios sobre ella. No solo no deja de rajar, sino que además cree que es el mejor modo de ganarse la simpatía del grupo; no se plantea la posibilidad de que pensemos que si ahora raja así de Fulano o Mengana, no tiene por qué no hacerlo de cualquiera de nosotros si llega a conocernos lo suficientemente bien como para construirse los suficientes y jugosos rumores negativos que poder exagerar en futuras cenas con otros. Normalmente este tipo de personas siempre creen que te pueden hacer creer que nunca te pondrán a caldo ti; que solo lo hacen con todos los demás. Es tan mona y tan normal que cada vez resulta más apropiado aplastarle la cabeza con un extintor (pero esta es una opinión muy personal). Sonrío. Sonrío. No oigo ningún argumento o anécdota enteros por el ruido, y asiento con la cabeza. Me llegan ecos de que Fulano se porta fatal con su novia, de que Mengana es una guarra y de que el tío de la otra mesa va a tratar al Amigo Especial como si fuera su propio hijo, joder. Su propio hijo de sangre, sangre de su sangre política. Y quiere nietos, y los quiere ya. Si no hay miedo no hay crisis, dice (se me antoja que ha soltado una frase interesante sin querer). La hija ríe y suena como una cobra si las cobras rieran. El Amigo Especial se encoge de hombros, y la cumpleañera aquí ya ha monopolizado del todo la cena enseñando un tatuaje y contando que quien se lo hizo es gay pero que todavía no ha salido del armario; y que está casado y tiene gemelas. Todo es ampuloso y yo miro fijamente al único otro fumador que hay en el cumpleaños. Le miro y miro hacia la puerta de salida. Lo bueno de no poder fumar en interiores es que siempre tienes una excusa para largarte un rato a descansar de tener vida social. Puede que no salgas solo, pero en mi caso solemos ser siempre dos, y no creo que nadie dude ya de que las personas ganan mucho fuera del grupo. No quiero decir que ese momento de la primera calada al aire nocturno sea el mejor de la noche, pero tampoco quiero mentir. Estamos los dos, mi colega de toda la vida y yo, fumando y apenas sin hablar, resoplando y soltando escupitajos verbales sobre las cenas eternas.
Volvemos. El tugurio es ampuloso, sí, pero no al estilo de esos restaurantes en que todo parece una imitación cutre del Palacio de Versalles; es más bien una de esa braserias en las que se eleva la fritanga a la categoría de exquisitez. Grasa de calidad. Lo contrario a tu amiga vegetariana y pacifista. Hay cabezas de animales por las paredes, y banderas. Se oyen comentarios de esos de gente que cree que su pueblo es el mejor del mundo solo porque ellos viven en él (lo cual para mí siempre ha sido una buena base solida sobre la que cimentar un férreo carácter racista y xenófobo; pero al estilo moderno, como cuando alguien que dice no ser racista luego se cambia de acera si ve venir a un extranjero). La cuenta va a rondar como mínimo los treinta euros por cabeza, y toda la carne y la salsa y la sal y demás, van a estar toda la noche despertándote y pidiéndote agua o ir al servicio; ese tipo de digestión es lo más cerca que puede estar alguien sin críos de saber lo que es tener un bebé en casa mientras duermes.

Lo que podríamos llamar la poscena, se alarga igual que se está alargando hasta el infinito la del Amigo Especial. Después del segundo plato, en este tipo de celebraciones aún queda mucho recorrido antes de salir del local. Quedan los postres, en este caso una tarta. Y luego los cafés. Y luego se suele entrar fácilmente en un bucle de chupitos. Uno ya está pensando en emborracharse para sentir el alivio de… ir borracho. Pero uno ha comido tanto que lo que necesita es un cama con sabanas frescas y recién lavadas. Te sientes tan lleno que no podrías ni follar, ni masturbarte; el postre te entra ya por pura gula. Ya es sobre todo una cuestión de vaciar el plato, de no dejar tres centímetros cuadrados de tarta en él que tirarías a la basura sin remordimiento alguno. Te desabrochas el botón del pantalón disimuladamente mientras vuelve a morir alguien más de hambre en algún sitio. La cumpleañera ya se siente totalmente acogida y segura, es la “discreta” reina del mambo. (Creo que ha celebrado su cumpleaños dos veces, una vez con sus amigos de verdad y esta otra con los amigos de su novio, seguramente pensando en estrechar lazos o como quieras llamarlo…). Uno sabe que una mujer joven le cae mal cuando ni siquiera sabe verla en una fantasía sexual. Durante los cafés, vuelvo a mirar a mi colega fumador. Estamos superando las tres horas de cena. Hay que contar el rato que nos tuvieron esperando hasta que prepararon la mesa. Luego nos sentamos y pasó un rato hasta que nos trajeron la carta. Luego nos trajeron la carta, pero pasó un buen rato más hasta que algún camarero vino. Luego el camarero vino y, con esa especie de Game boy que llevan ahora esos tíos, estuvo un buen rato para registrar (o lo que sea) el pedido. El tema de la Game boy es particularmente irritante; cada paso parece requerir unos quince segundos de tecleo; solo con pedir una botella de agua ya le estás dando trabajo al tío. Otro buen rato, y éste obviamente es el que se lleva la palma, es el que han tardado en traernos los platos. Estamos hablando de llegar a rozar el desespero: hablo de cuando llegas con hambre a un sitio y te arrepientes varias veces de no haber ido a un chino en el que ya habrías cenado dos veces si hubieras querido. Hablo de cuando llevas tanto rato esperando que la sensación de hambre parece comenzar a disminuir extrañamente para hacerle sitio al tedio y aburrimiento brutales de no estar haciendo lo que has venido a hacer y no poder hacer otra cosa al respecto que seguir esperando… Y es entonces, cuando mi colega está a punto de levantarse haciendo el ademán de irnos a fumar con los cafés a medias, cuando entran dos tíos con gabardina y sombrero al local. Llevan medias en la cara y esconden algo. Van hacia la mesa del gordo y el Amigo Especial, enseñan dos escopetas, y disparan a quemarropa a la cara y la barriga enorme del hombre. Todo pasa en un suspiro. El tipo resbala con su cuerpo ya inerte hacia el suelo, su pelo engominado y peinado hacia atrás. Tanto el Amigo Especial como la hija han quedado salpicados de sangre, la mujer está pálida, y luego por la puerta ha entrado el Caos saludando alegre y extrañado de nuestra reacción. Los tíos han levantado las austeras escopetas, las han recargado y han gritado que nadie se mueva. Así pues, la cumpleañera se ha levantado y ha salido corriendo hacia la salida… Lo has visto cientos de veces. El estallido de la bolsita de sangre falsa en la espalda, el fogueo del arma, el modo de caer del especialista mientras corría. Solo que esta vez es todo verdad. El ruido del disparo es duro pero seco, no retumba como en una película, y la sangre es oscura, pero empieza a chorrear sobre todo una vez ya el cuerpo en el suelo. Estamos acojonados y quietos. Solo lloran aferrados a sus sillas los que son capaces de hacerlo. Esta es la clase de cosas bizarras sobre las que lees en el periódico local, pero que aun así quieres creer que tú las vas a ver solo en las películas, en videos de cámaras de seguridad en el telediario. La cumpleañera ha intentado huir porque nuestra mesa está relativamente cerca de la salida. Creo que ni ha oído la advertencia. Ha tomado un decisión y lo ha hecho. Uno de los dos tíos encapuchados se coloca en lo que cree es el centro del local y comienza a hablar a gritos. El problema es que desde donde estamos, y teniendo en cuenta que la media atenúa bastante el sonido, no entiendo la mitad de lo que dice. Es en este momento cuando siento cierto alivio: el de que ha muerto la única persona de la mesa por la que no sentía estima alguna. No es que mereciera morir, pero lo único que me ha asustado de verdad es que lo que le ha pasado a ella le puede pasar a alguno de mis amigos. O a mí. No me hagas elegir. Los tipos deambulan de un lado a otro, y no sé bien lo que hacen. Creo que están vaciando carteras y presionando para que alguien les vacíe la caja registradora. Creo que lo que antes decían era que su jefe o quien sea tenía un asunto pendiente con el gordo; una deuda que el gordo ya llevaba demasiado tiempo sin pagar. Esto es lo que da pie a todas esas ficciones, esto es, también, lo que provoca el dinero; y cuanto menos hay, más lo provoca. Como sea, no me he enterado de gran cosa; hablo sobre todo por intuición, he llenado los huecos en blanco. Estoy de espaldas a la escena, mirando a la puerta de salida y el cadáver de la cumpleañera a dos pasos de ella. Detrás de mí, de vez en cuando se arrastra una silla o se oye un grito nervioso de alguno de los dos tipos presionando o metiendo miedo a alguien, respirando con pesadez. Como no sé bien si están pidiendo carteras o no, no sé hasta qué punto debo estar acojonado. Yo ya suelo llevar el miedo de serie, pero esto es demasiado. Me fijo en la puerta de salida. Es amplia y de cristal y hay dos modos de verla: uno, como yo he hecho hasta el momento todo el tiempo no sé por qué, que es viendo a través de ella la calle; y otro es fijándose en el reflejo de lo que pasa aquí dentro, y también a mi espalda. La mesa del gordo se ve. Pero ahora la silla del Amigo Especial está vacía. Normalmente es así, tienes que intentar cuadrarlo todo (al menos si quieres) teniendo solo una parte de la información; es como mirar por el ojo de una cerradura: todo es así cuando se trata de comprender el mundo. La silla del chico está vacía porque, tal y como consigo verle en el reflejo cuando pasa por el lugar adecuado, está pasando con una bolsa de basura por todas las mesas para que todos echen sus carteras dentro; carteras, relojes… Iphones. Reina ahora un extraño silencio. El problema mayor es que este tugurio está en un callejón por el que seguro no pasa nada más que quien tiene intención de venir aquí a cenar. A no ser que alguien haya apretado un botón bajo el mostrador para llamar a la policía, estamos los que se dice en manos de la suerte. Del interrogante. Estamos aquí igual que podríamos haber salido antes, o no haber venido aquí; o yo mismo podría haber puesto alguna excusa para no venir, no hubiera sido la primera vez. Pero en lugar de eso estoy aquí, y tengo la tentación de sacar ya la cartera para tenerla preparada para la bolsa de basura. Colaboración es poco; ahora muchos se la chuparían a uno de esos dos tíos con tal de tener la seguridad de que van a llegar a mañana. Los camareros deben estar escondidos bajo la barra con sus Game boys. El dueño debe estar vete a saber dónde. No hemos visto a nadie que pareciera dueño de esto. Estamos acostumbrados a otra clase de violencia, de acoso, de agresividad elegante: lo que pasa es que cuando no se trata de estamentos oficiales, esto es justo lo que pasa, esos tíos no son más que quienes estamos sentados en las mesas, pero llevados al límite de su desesperación. ¿Son asesinos?, puede. La cuestión no es esa. Quien muera hoy lo va a hacer a manos de un igual. Es la historia de siempre. Cuando el Amigo Especial pasa por nuestra mesa, lo hace sin aspavientos; deposito mi cartera dentro igual que los demás. Puedo imaginarle ligándose a esa niñata solo para trazar un plan. Todo a cara descubierta. No es el primero que lo hace, pero para la mayoría lo único más atrayente que el sexo o el amor, es el dinero. Los tipos salen del local y se van corriendo, seguimos casi todos paralizados. Pasan unos minutos hasta que alguien, un camarero, pulsa teclas en un teléfono. El novio de la cumpleañera se levanta y se dirige hacia el cadáver. Yace sobre un charco de sangre que la rodea por completo. En él se refleja el techo, y ahora también nuestras caras. No lloramos, ninguno. El novio solo está rojo como un tomate. Le conozco lo suficiente como para dudar: no sé si lo que le ronda por la cabeza es una tristeza inmensa que no sabe como exteriorizar, o si se está preguntando cómo debe reaccionar ante nosotros para parecer lo suficientemente sensible sin resultar escandaloso o –incluso en esta situación– ridículo.

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