Archivos Mensuales: noviembre 2012

Cuentos para niños para adultos (5 de 5) – Despedida

Es el abuelo. Lleva tanto tiempo enfermo que ya no recordamos sus tiempos de salud. De hecho algún miembro de la familia ni los ha conocido. Ni tampoco demasiado a él. No es lo que se dice muy sociable, ni cuando podía hacer cosas solo, como mear.
Ahora nos reúne a “toda” la familia en su habitación de hospital, dice que se quiere despedir de nosotros. La verdad es que siempre me ha parecido básicamente un ser despreciable. Ha sido mi referente a la inversa. El tumor familiar. Como si en Navidad en lugar de ver más luces en la calle, quitaran el alumbrado público. Ese ha sido siempre mi concepto de reunión con él.
Es el padre de mi padre. Y voy a ser muy honesto, mi padre tiene mucho de él. Es solapadamente racista y odia a la mayoría de gente. Pero no hablo de esa forma-de-ser superficialmente cínica en la que alguien dice odiar a la humanidad pero en realidad solo refleja un sentimiento de frustración, y en el fondo incluso una expresión de sinceridad proveniente de un espíritu esencialmente bueno. No, hablo de odio de huerta, natural, con todo su sabor, sin aditivos ni colorantes, directamente procedente de una profunda y amada ignorancia. Mala leche ordeñada de las ubres de Satán cuando adopta forma de cabra. Tanto mi abuelo como mi padre son de esa clase de hijos de puta aceptados por los que mucha gente fantasea con la legalización de la pena de muerte desde un sincero convencimiento pacifista. Es lo contrario a llevar un diablo socarrón en una camiseta que te gusta. Es una cincuentona en la tele cobrando por sacar trapos sucios de la vida de los demás.
Esa clase de sensación desagradable de que el mundo está podrido irremediablemente, pues mi abuelo llena la habitación en la que esté presente de eso. Y mi padre está dispuesto a coger el relevo.
No hemos venido todos, obviamente, algunos miembros de la familia han decidido esperar la muerte cómodamente desde sus rutinas. Siempre es un error alterar tu rutina para dedicarle tiempo a la clase de persona por la que el mundo puede llegar a ser tan horrible.
Si algo me alivia y a la vez me frustra, es que encima su maldad nunca explotaba en su contra. Nunca pegó a sus hijos ni a su mujer, nunca se emborrachaba ni causaba desorden público. Nunca nos dio una buena excusa para mandarle oficialmente al carajo. Lo cierto es que en términos administrativos o de legalidad, siempre ha sido un ciudadano ejemplar. Solo le sufre psicológicamente quien ande cerca de él. Se ha pasado la vida en trabajos que odiaba y que a su vez alimentaban su odio por todo, algo que he llegado a pensar que le encantaba en el fondo. Llegaba de currar diez horas y hecho polvo, y con eso tenía excusa para martirizar y maleducar a quien le diera la gana. Pude presenciarlo muchas veces cuando mi abuela estaba viva, la cual además era un ángel, y le soportaba, aun guardando silencio cuando mi madre llegó a preguntarle por cuestiones conyugales. Como digo, nunca pudimos arrancarle un reproche a esa mujer, ni encontrarle un moratón. Era una buena noticia, y a la vez la confirmación de que no podíamos acusar a ese cabrón de nada. No puedes ir a la comisaría y denunciar a alguien que lleva 65 años trabajando sin parar, pagando impuestos y sin antecedentes penales. Alguien que cree en Dios y que por no hacer ni siquiera hacía el amor cuando estaba sano desde hacía la tira. No podíamos acusarle de haber convertido a mi padre en otro mal bicho y que, Dios sabe que a su vez él lo intentó conmigo y mi hermana.
Mi abuelo es una suerte de enfermedad terminal legal que a menudo sobrevive de generación en generación. Por suerte en esta familia ha habido el suficiente coraje como para no hacer puto caso ni al padre ni al padre del padre. Mucha gente cree que el dinero da luz verde moral a una mala educación paterna; creen que si mantienes a alguien económicamente puedes enseñar toda la mierda que quieras y tu descendencia debería asimilarla por vínculo de sangre. Mi padre lo cree, y se ha dejado convencer por eso toda la vida. Se ha creído las chorradas de su padre igual que un niño que ha crecido en una familia ultracatólica cree ciegamente en Dios sin plantearse el resto de posibilidades.
No sé si el moribundo se ha dado cuenta de hasta qué punto ha sido retorcidamente inteligente su juego. No es necesariamente un deje católico, pero cuando te enfrentas a esta clase de personas, lo que haces es intentar no ponerte a su nivel (de algún modo, pones la otra mejilla). Lo cual tiene sus ventajas, pero también sus desventajas. Y además, cuando encima se trata de un familiar, se supone que has de respetarle (puede que incluso quererle). El vínculo de sangre siempre me ha parecido tan frágil como base para un sentimiento positivo como un mero pacto de sangre. Si te fías mucho, al final lo único que podrías sacar del asunto es un corte feísimo en la mano.
Ya ha pasado todo. Ha muerto. Quería hacer una descripción detallada, pero ya veremos. El hombre ha echado a llorar con dificultad. Se ha vuelto clemente en el lecho de muerte. Ha sido su último acto para incomodarnos a todos. No podía enfurecerse y mandarnos al carajo, tenía que decirnos todo lo que nos quería uno a uno, sacando fuerzas de flaqueza. Creo que su intención real solo ha sido católica; … el muy hijo de puta. La buena noticia es que no le ha arrancado una sola lágrima a nadie. No merecía ninguna. Ni siquiera mi padre ha llorado, aunque él no lo ha hecho sobre todo por hacer alarde de su estúpida hombría. Mi hermana tiene una hija de cinco años. La niña miraba a su bisabuelo y a los presentes alternativamente. Parecía cavilar, teorizar en silencio, analizar la escena. En cuanto hemos salido todos del hospital, me he llevado a un lado a mi hermana y le he dicho que a partir de ahora nuestra misión es reducir los encuentros de esa niña con su abuelo a «casuales».

Cuentos para niños para adultos (4 de 5) – (Título del cuento aquí)

Estrella nació en un sosegado invierno de su (nombre de alguna ciudad aquí) natal. No recuerda nada de sus primeros años, pero está convencida de que recibió todo el amor que un bebé necesita. Sus recuerdos más claros comienzan entre niños en una clase. Recuerda haberse enamorado de (nombre de niño aquí), él la cogía de la mano, a veces incluso la besaba en la mejilla. Sus profesores eran cuidadosos y competentes. Cuando sus padres iban a recogerla y se interesaban por lo que había hecho ese día, se daba cuenta de que había aprendido multitud de cosas, todas gracias a los educadores. Los padres tenían una relación cordial con ellos, y se sentía siempre arropada. Tenía libertad para experimentar, aunque con límites que ella entendía, y en casa jugaba y hacía los deberes con deleite infantil. Se iba siempre a dormir cuando papá se lo pedía, aunque a veces podía quedarse cinco minutos más. Luego dormía sus once horas cada noche, despertaba fresca y a punto, y en el colegio volvía a aprender cada día cosas nuevas y emocionantes.
Llegando a la adolescencia, sus notas eran ejemplares. Era un aprendizaje constante. Ella sabía que estaba preparándose para el futuro. Su ilusión era tener una casita algún día, hijos, y dos coches, uno para ella y otro para su futuro marido. Estaba dispuesta a luchar por eso, y sabía que todos la apoyarían; era aplicada, esforzada, sabía que no debía quejarse, y que tenía que escuchar y hacer caso a aquellos que la cuidaban y velaban por ella.
Cuando tuvo su primer novio oficial, fue como en una nube durante meses. Le quería y él la quería, ambos lo verbalizaban sin vergüenza y por eso era un amor real. Al acabar la relación un día de modo amistoso y por mutuo acuerdo, sonrió y se complació de haber tenido ya su primer novio.
Con su segundo novio tuvo sexo por primera vez. Él también la quería, era algo que le decía constantemente. Y al acabar la relación otro día de mutuo acuerdo también, ella pensó aliviada: bien, ya he tenido sexo.
Después de haber estado con (nombre de primer novio aquí) y (primera experiencia sexual), superó con Nota la etapa del instituto y se decidió por la carrera de (nombre de la carrera aquí); se dejó asesorar, y según la oferta laboral, era un camino lleno de posibilidades. Seguía siendo una estudiante aplicada y sacrificada. Sus padres estaban orgullosos de ella. Durante esa etapa tuvo otro novio. El novio con el que más tiempo duró. Al acabar la carrera cortaron de forma amistosa. Dicho novio volvió a su ciudad natal, y ambos quedaron satisfechos con el aprendizaje emocional y la experiencia.
Cada bache posterior a la hora de buscar un trabajo adecuado a su formación, estaba trufado de buenas lecciones vitales y sí, también de enriquecedor fortalecimiento. Cuando consiguió su primer trabajo, llegaba cada tarde algo estresada a casa, a veces con dolor de cabeza después desempeñar su profesión, pero satisfecha por la labor bien hecha. Ya se sentía como una mujer madura.
A sus (edad aquí) años conoció a otro chico que la quería, y ambos se sentían cómodos juntos. Comenzaron a salir y compartían intereses. Ambos tenían una visión clara de futuro, y la compartían. Estrella tenía como modelo a sus padres, y esa era la vida que quería construir para sí misma. Una familia. No le importaba que no sonara moderno. Era una una chica aplicada y nunca se desvió del camino. Se lo merecía.
Cuando llevaba dos años y medio de relación con (nombre de novio serio aquí), ambos decidieron buscar un piso, una casa, el nido en el que compartir este viaje llamado vida. Se servían de apoyo mutuo y se llevaban entre algodones el uno al otro. Ella adoraba a los padres de él y él era como un hijo para los padres de ella. Él había estudiado (nombre de las dos carreras aquí), y era viajado y deportista, un experto en (dos deportes de riesgo aquí), y un gran aficionado al excursionismo y la buena comida.
Todo estaba funcionando para Estrella a pedir de boca. Una vez instalados en un piso del que se sentían orgullosos, comenzaron a paladear los placeres de la rutina conyugal. La convivencia era suave y sin demasiados altibajos: el uno cuidaba del otro. Los viernes por la noche se quedaban en casa, los sábados salían a tomar algo, los domingos iban al cine. Y cada vez que tenían más de dos días libres salían con el coche a realizar algún pequeño viaje o afrontar excursiones programadas. Solían quedar también con otras parejas, y comentaban con cómica autocrítica las pequeñas desavenencias conyugales. Tenían sexo al menos (número de coitos aquí) a la semana, y los domingos después del cine y una cena económica, se centraban charlando tranquilamente –aunque con cierto tono de natural desespero– de lo que les deparaban sus empleos al día siguiente.
Esa rutina se alargó durante (número de años aquí) años.
El primer hijo llegó un año después de la boda. Reunieron a los padres de ambos y les dieron la noticia. Estalló la alegría… La madre de Estrella le dijo a su hija: “Lo sabía, te veía una mirada distinta.”
Fue un niño, y sus primeros años fue el centro absoluto de la familia. El centro del mundo. En el colegio era un calco de su madre. Papá y Mamá siempre sufrían por él. Mamá descubrió, no sin cierto desconcierto, que nunca había sufrido así por nadie ni nada, aunque nunca lo verbalizó en voz alta; era natural, era su hijo, pero por algún motivo le parecía inapropiado.
Una noche, en la cama, en la oscuridad, antes de que el día se durmiera, y como en un acceso repentino no carente de ansia, dijo: “Creo que me voy a apuntar a un grupo de lectura por las tardes…”. Luego, a la espera, escuchó un ronquido como respuesta, y descartó de inmediato la idea.

Cuentos para niños para adultos (3 de 5) – Candidato

P.

Me gustaba aplastar hormigas.

P.

Sí, me quedaba mirando el hormiguero, a veces como una hora. Es fascinante verlas trabajar. Me hacía sentir bien. Y me encantaba que ellas no supieran lo que iba a pasar. Así descubrí de una forma tangible la muerte.

P.

Me gustaba ir al colegio, se me daba bien. Tenía facilidad para las matemáticas y cada semestre era un reto, siempre quería mejorar las notas.

P.

Es verdad, pero la autobiografía no la escribí yo. La escribió Javier Sánchez, un chico al que llegué a dar clases en la universidad, y que ahora es un gran escritor. Y sí, para mí siempre ha sido muy importante la familia, por eso no me parecía extraño tener sexo con mi madre. Bueno… prefería una chica, pero entonces no me fiaba de casi ninguna.

P.

Quería comprobarlo por mí mismo. La política es un acto de responsabilidad, al mismo nivel que tener hijos. Antes de tomar la decisión de llevar allí al ejercito, pedí que me trajeran a alguien de la calle; alguien que no tuviera techo ni familia. Quería hacer el mínimo daño posible, y a la vez demostrar a los chicos reclutados que estaba dispuesto a mancharme las manos de sangre; por eso lo grabé… El asesinato es algo natural. No fue una experiencia agradable, pero a partir de ahí me aficioné a las armas, es un mundo fascinante, puede preguntarme lo que quiera sobre eso (risas).

P.

Estoy convencido de que tendremos mayoría absoluta. Nuestros votantes son fieles, y los partidos en la oposición manejan argumentos imposibles. Promesas imposibles.

P.

No somos un gobierno totalitario, vivimos en democracia, pero ya sé a qué se refiere. Debe entender que las medidas drásticas cuando se trata de maleantes son un ejercicio de amansamiento: es práctico, y sobre todo realista. Cuando sabes como ciudadano que puedes estar mucho peor, te conformas con lo que tienes. La gente sabe eso, los votantes lo saben, y lo entienden, saben que vivir no es el paraíso, pero también saben valorar los tesoros del día a día.

P.

No, ya sé por dónde va, pero verá, no se puede ser capitalista y a la vez querer proyectar alguna especie de carácter personal. Yo doy lo que me pide la mayoría, mi reto es ganar las elecciones. Lo que usted no sabe es que está equivocado. Quieren a alguien que piense por ellos, y a la vez saben valorar el trabajo duro. Usted no entiende la dignidad que eso les reporta. Es un Todos a una. Y si no te sales de ese orden no te va a pasar absolutamente nada malo. Es sencillo, es cómodo, y no está exento de placer.

P.

Las manifestaciones son un modo de desahogo. No me parecen mal. Entras en una habitación y lo destrozas todo, gritas y luego te vas más tranquilo. Quienes salen a la calle en realidad están enamorados del sistema que yo propongo, no quieren anarquía ni nada parecido; ¿no se da cuenta?, son consumistas, señor, nada más, su idea del futuro no tiene que ver con enriquecerse emocional ni intelectualmente, ni con descubrir nada más allá de sus narices. Oiga, lo que quieren es dinero, eso es todo. Al final son tan capitalistas como yo. Ni siquiera usted está aquí por otra cosa, yo no le caigo bien, es solo que tiene un sueldo por el que ha de responder. Por eso aquí nunca hay huelgas indefinidas, ni nada que vaya más allá de quemar containers y romper cristales durante cinco horas. Porque en el fondo no quieren que este sistema se acabe, les aterra la sola idea. Y es un miedo comprensible, han estado muchos años estudiando y trabajando dentro de este sistema (y lo quieran ellos reconocer o no, por él) como para que ahora una leve convicción de que algo huele mal les lleve más allá de las tertulias en los bares o las huelgas puntuales. Acusarme de mal gobernante es como acusar a alguien de mal padre porque su hijo llora a veces. Como digo, yo solo les doy lo que en el fondo quieren.

P.

Llevo toda la vida oyendo hablar del Termino Medio, como usted dice; o de mejorar el sistema para que sea más igualitario. Pero si lo que se demanda es un sistema capitalista, es lógico que muchas personas quieran enriquecerse; porque quieren seguir con esa jerarquía basada en las posesiones. Y las personas que lo hacen de forma ilegal… pues verá, siempre van a existir. Antes se robaban gallinas, y ahora se roba dinero.

P.

La política es un medio como cualquier otro, y yo elegí ser un capitalista. Y elegí ser un capitalista porque me gusta serlo, y porque así soy el reflejo perfecto de la mayoría de la gente de la calle. Ninguno ansía cosas distintas a las que yo tengo, o sigo ansiando. Esa es la situación vigente, señor. No puede pretender tratar al 90% de la gente como si fueran eruditos o filósofos, cuando sus propósitos vitales, cuando les va bien, no van más allá del móvil nuevo, el coche nuevo, la casa más grande, cambiar oootra vez de piso… Y no se confunda, yo no les condeno por eso. Mi política solo se adapta a eso. Como he dicho, yo gobierno para ganar las elecciones, ese es mi trabajo, y una vez estoy de nuevo en el poder, procuro dar a la gente lo que quiere… El concepto que tiene la gente sobre la felicidad es muy concreto, y se basa en un porcentaje altísimo de sacrificio a cambio de una recompensa mínima. ¿Quién soy yo para comenzar a hacerles sentir culpables por ser así? ¿Acaso cree que si tuvieran más tiempo libre y más dinero lo usarían para leer a Wittgenstein o ayudar en masa a los africanos?…

P.

Ya, ustedes siempre dicen lo mismo, “la gente es así porque no tiene más remedio…” No tienen el acceso que deberían tener a los estudios y demás… Pero como le digo, mi trabajo es ganar las elecciones, y no puedo enfocar el asunto según cómo podrían ser las personas dentro de cien años en un mundo mejor de bonanza económica y cultura por doquier. Simplemente trabajo con lo que tengo, y las legislaturas duran cuatro años, amigo mío. A eso, hay que sumarle que ustedes creen que los gobernantes venimos de otro planeta… ¿Usted qué cree que hará cualquier persona de la calle, cualquier chico que ahora tenga 17 años si llega a algún cargo de poder…? ¿Cree que se pondrá a cambiar el mundo?, ¿o más bien que se dedicará a vivir lo mejor posible con su mujer y sus hijos?… El mundo es el que es, la jerarquía es la que es, y es el sistema que la gente ama. Nadie quiere ser igual que el vecino, nadie quiere ser inferior, lo que quieren es fingir humildad mientras son superiores gracias a sus esfuerzos, señor. Quieren tener la posibilidad de tener éxito, de acumular cosas, de llegar más arriba, más alto, de follarse a la reina del baile. Eso es lo que les ofrece el capitalismo. Y por eso les vale la pena –aunque no lo reconozcan– que nuestras políticas ninguneen y hasta expriman al tercer mundo, e incluso a ellos mismos (siempre que no les toque a ellos…). Por eso les encanta, les chifla, adoran que la jerarquía vaya desde el mendigo que se muere en la calle hasta el señor elegante que ama su trabajo, tiene posesiones por doquier y una familia con la que celebrar la navidad por todo lo alto. Dígame ahora mismo que todo eso es mentira, que yo tengo derecho a quitarles eso, o que usted en mi lugar mostraría interés en quitárselo y quizá incluso arriesgar así su acomodada vida.

Cuentos para niños para adultos (2 de 5) – La irritante sonrisa de Hombre Abstracto

Esto es un viejo cuento, y quizá eso sea lo alarmante. La Mujer Preparada (que sería perfectamente intercambiable por Hombre Preparado), comienza a sentirse cohibida e incómoda, porque Hombre Abstracto (también intercambiable por Mujer…), se arrima a ella y no duda en decirle en plena juventud de ambos –y no sin dar algunos rodeos–, que la quiere, y que aunque sea imperfecto y no sepa actuar tan bien como otros, su sentimiento es tan sólido e irracional como auténtico.
Ni que decir tiene que el motivo por el que Hombre Abstracto es tan Abstracto, es que no es oficialmente una persona tan Preparada como Mujer Preparada. Hombre Abstracto es menos práctico para afrontar baches vitales, lo cual supone para Mujer Preparada un problema de los gordos. Tanto que, por más que ella pueda sentir algo parecido a lo que él siente, su perfeccionado yo cabal la impide dejarse hacer, dejarse arrastrar por el universo interrogatorio de ese Hombre que dice valorarla como mujer por encima de las demás mujeres.
Mujer Preparada, aun convencida de que no quiere arriesgarse a viaje vital alguno con Hombre Abstracto, no lo denosta de inmediato. Lo que hace es apartarlo sutilmente (o quizá brutalmente, ya que Hombre Abstracto ve lo que intenta), con la intención de no parecer brutal o desconsiderada. Hombre Abstracto nota esto, y puesto que, como ya he dicho, no sabe actuar tan bien como ella de cara a la galería, se aparta por su propio pie, solo volviendo a agasajarla en momentos puntuales debido a ramalazos de debilidad. Da igual lo humillado que se sienta por Mujer Preparada, él sigue sintiendo lo mismo por ella, y lo peor es que el Dios Digital no siempre deja que el tiempo cure.

Al paso de los meses, Mujer Preparada conoce un día a Hombre Preparado. Comienza a salir con él y tienen cosas en común. Encajan. No solo entre ellos, sino también con todo lo demás. Mujer Preparada está contenta, él es considerado, atractivo, y tiene una visión inteligente del futuro. Hombre Preparado siempre anda en busca de nuevas Oposiciones para aspirar a un nivel superior de preparación. Mujer preparada tiene oficialmente una media de 9 como persona, y Hombre preparado tiene un 9’5. Esto hace sentirse más segura a Mujer Preparada, ya que, sin sentirse inferior, en suma está con alguien que la supera en sus propios principios, que es capaz de ir incluso un poco más allá con su misma filosofía. Mujer Preparada pasa mucho tiempo convencida de que ha acertado; Hombre Preparado era lo que ella estaba buscando. No solo son un buen equipo, además ambos saben cómo no parecer demasiado Preparados, saben cómo no dar la sensación de Relación Robótica. Van al cine y al teatro y visitan museos de arte contemporáneo. Son Vanguardistas en su justa medida y nunca abren la boca si no es para desplegar un argumento medido y cabal. Lo que buscan es la erudición, pero sin que eso se convierta en el rasgo que les define. Como pareja, lo que quieren es resultar cercanos, pero a la vez con mundo propio. Esto incluye que jamás se permiten, ni el uno ni el otro, sentir celos, ya que eso denotaría una imperfección en el sistema conyugal de confianza mutua. A su vez, no quieren parecer desapasionados, así que de vez en cuando se permiten también el soltar algún taco, o llevar a cabo en público muestras de afecto, aunque a ninguno de los dos les haga demasiada gracia.
En cuanto a lo sexual, solo ellos saben qué clase de relación llevan a cabo. Pero no hay que olvidar que ambos dominan el arte de calibrar la impresión que los demás se llevan de la pareja después de haber estado en su compañía. Es complicado, pero lo que suelen hacer es mostrarse casi asexuados, hasta que algún chascarrillo “sucio” deja entrever que es posible que, pese a mostrarse como una pareja de lo más correctamente preparada, avanzada, pulcra y «humilde» en las formas, cabe la posibilidad de que en la cama sepan «follar», y no solo configurar unas pautas de acción carnales que favorezcan a ambos a la hora de saciar en su justa medida el apetito sexual, pero sin hacer nada que pueda considerarse –ni potencialmente– antihigiénico o «pornográfico».

Así, Mujer Preparada, ya rondando lo que llaman edades de merecer, saca la conclusión de que sus tiempos de buscar novio y estabilizarse sentimentalmente, han pasado. Ya está estabilizada; y para qué negarlo, para ella es un alivio, ya no tiene que preocuparse por eso. Tiene una relación adulta e inteligente con un Hombre a la altura. De este modo, Mujer Preparada y Hombre Preparado se van a vivir juntos. Encuentran un buen piso cerca del centro (ni muy cerca ni muy lejos en realidad: perfecto; tranquilo y a la vez a tiro de piedra de las múltiples opciones culturales que ofrece la ciudad. Enseñan el piso a los amigos y organizan cenas en un ambiente relajado, tanto económica como jerárquicamente en términos de preparación. Acostumbran a reunirse con compañeros de trabajo. Es bueno tener en cuenta el dato de que ella es Editora de éxito, y él: Traductor y Autor de dos libros publicados sobre Historia de la Filología. Ambos están instalados profesionalmente en una gran Editorial, cuyo personal es amable y considerado. Las presentaciones de los nuevos libros son oportunidades para tener enriquecedoras charlas, y compartir la emoción de estar dando oportunidades a nuevos autores jóvenes con mucho que decir.
Es en una de esas presentaciones (una chica de 21 años ha escrito un libro de poemas), donde Mujer Preparada suelta a cuentagotas la noticia de su buscado embarazo: El primer y único hijo que tendría con Hombre Preparado. Así, entre charla y charla, y mientras todos en corro comentan lo talentosa que es la autora, a la que publican por eso, y que no tiene nada que ver el que sus padres sean ambos editores de prestigio, Mujer Preparada no deja de dar gracias a Enhorabuenas y Felicitaciones varias. Todo marcha viento en popa. Mujer Preparada siente algo de vértigo, un extraño vértigo, pero el ver cómo todos sonríen a la noticia, la alivia.

Hombre Preparado y Mujer Preparada se centran en la educación de su hijo; y lo hacen con más preocupación a medida que éste crece. Controlan sus notas y procuran que se maneje en un universo de resultados académicos que, aunque pueda dar bandazos, nunca baje del 8.
El trabajo y la educación de Niño en Formación consumen todo el tiempo de la vida de Mujer y Hombre Preparados; y cuando deciden relajarse y salir juntos para rememorar los tiempos de su juventud, dejan a Niño en Formación al cargo de una Canguro de Confianza; una Estudiante de Historia del Arte que sabe perfectamente cómo hacer que Niño en Formación haga sus deberes y no se despiste con alguna de las múltiples actividades que se le ofrecen en casa. Actividades a las que tiene tan fácil acceso logístico cómo difícil es para él conseguir el permiso de los adultos en pos de poder disfrutar de ellas.
Los años de juventud de Mujer Preparada se van agotando, y cada vez es más consciente de que debe comenzar a apreciar la Rutina, los Pequeños Detalles. La sonrisa de su hijo, los esfuerzos de su Hombre para complacerla. Apenas tiene tiempo para pensar en ello, pero eso es algo que no le preocupa siempre que las cuentas cuadren. No se arrepiente de ser una mujer numérica en esencia, eso la ha llevado hasta donde está. Ha tenido una vida llena de trabajo, pero sin altibajos, sencilla, plácida. Nada se ha salido de madre. Puede que algunos pudieran pensar que todo eso suena aburrido, o demasiado clásico, pero, si se es sincera consigo misma, la etapa de más inestabilidad de su vida estaba centrada en las emociones. Su Hombre hace que todo sea fácil. Su hijo, Niño en Formación, aun a regañadientes, es obediente y seguro tendrá un buen futuro, será un Niño Preparado. Ella sabe que él está lejos de entender el concepto de Preparación, pero no quiere quitarle sus años de dudas. Unos años que ella también tuvo, y que todos –aunque hay que controlarlo– tienen derecho a tener.
Hay un asunto pendiente, es verdad, y es el de una posible boda. Tanto Hombre Preparado como Mujer Preparada han evitado el tema durante años; pero después del décimo cumpleaños de Niño en Formación, esa cuestión ha comenzando a planear en el piso familiar. Comenzó un día en que Hombre Preparado le preguntó a Mujer Preparada mientras ambos leían en la cama antes de dormir, si estaba bien, porque la veía más seria en los últimos tiempos. Ella sonrió pero no dijo nada; y él en los días subsiguientes comenzó a lanzar indirectas sobre matrimonio. Hombre Preparado tenía claro que la familia debía seguir unida, eso contestó en voz alta cuando Mujer Preparada preguntó si la quería, porque ella no necesitaba oírlo todo el tiempo, dijo, pero sí sentirlo.
Otro día, ambos sacaron la conclusión, en una templada, inteligente y amistosa charla, de que su relación pasaba por un pequeño bache, y que eso era todo; que pasa en todas las relaciones. La teoría era válida, y les amparaba. Pero el asunto del matrimonio seguía presente, flotaba sobre sus cabezas Preparadas en los escasos minutos libres que compartían al día, cuando no tenían que atender a Niño en Formación ni a asuntos laborales.

Un día fueron a la playa. Fue unas dos semanas después de la charla amistosa en la que se complacieron de ser una pareja normal. Estaban en una preciosa cala privada. Alguien de la editorial la tenía en propiedad. Solo había dos parejas más, amigos de cenas y presentaciones. Hombre Preparado y Mujer Preparada fueron solos por la mañana a tomar el sol. Los demás estaban dentro de una casa, también propiedad de quien poseía la cala. Niño en Formación jugaba con otro de los niños, otro Niño en Formación, hijo de una asentada pareja en la que ambos combinaban trabajos de Arquitectura con encargos de Traducción.
Mientras Hombre Preparado extendía las toallas, Mujer Preparada vio que un hombre de seguridad de los que había contratados para controlar el no-acceso de los no-invitados a la cala, estaba discutiendo con un tipo que iba con una cría y un perro. La cría corría con el perro por la cala, y el tipo de seguridad le decía al Hombre que la niña no podía estar ahí. El Hombre era Hombre Abstracto.
Mujer Preparada lo reconoció enseguida. Había ganado unos kilos y tenía algunas canas. Ella se quitó enseguida el sombrero de paja que llevaba calado y dio unos tres o cuatro pasos indecisos hacia la escena. La misma ocurría a unos cincuenta metros de donde estaba. Entonces Hombre Abstracto miró hacia donde estaba ella, y la vio. Ella no sabía si disimular o si saludarle, no sabía si acercarse y ser amable, mediar entre él y el de seguridad; pero no quería que él pudiera pensar que era mera educación mecánica o impostura (sabía que él notaría eso enseguida). Rápidamente, Hombre Abstracto llamó a gritos a la niña por su nombre y ordenó que cogiera al perro también. Entonces esperó en la línea imaginaria que delimitaba la zona pública de la privada. Miró hacia la casa, una construcción irremediablemente llamativa. Cuando la niña llegó a su lado con el perro, volvió a mirar a Mujer Preparada, y sonrío. Era una sonrisa ambigua, gélida; pero sobretodo daba una sensación de leve hastío (o aún peor para Mujer Preparada: de alivio). Con esa misma mueca, se dio la vuelta y caminó para alejarse con esa niña misteriosa hacia la playa común. Esa sonrisa provocó una irritante melancolía en Mujer Preparada. Comenzó a caminar en círculos –mientras Hombre Preparado le preguntaba qué pasaba–, sin saber qué hacer. Su corazón bombeó brasas, su estómago se contrajo, aunque solo fuera de rabia contenida o algo aún menos definido; todo se perturbó en ella física y emocionalmente como hacía muchos años que no lo hacía. El darse cuenta de eso, la sacó de quicio aún mucho más.

Cuentos para niños para adultos (1 de 5) – Concierto para zambomba y orquesta

Pasa toda la noche sin dormir. Cuando le diagnosticaron la hernia inoperable hace ya cinco años, el médico le dijo que tomara las pastillas solo cuando realmente las necesitara. Gerbin. El dolor resultó ser casi imperceptible a la larga, o más bien se llegó a acostumbrar a él. Decidió que podía vivir sin las pastillas, ya no las tiene; fuma un paquete diario, bebe bastante e incluso a veces folla sin tomar precauciones con chicas sin nombre (alguna hasta sin cara), pero no quiere engancharse a las pastillas. Y la cosa suele ir bien, con la excepción de que ciertos días puntuales la dolencia se multiplica por diez en jodienda y se instala un palmo por encima del culo. Cuando eso pasa, apenas puede caminar. (A sus 33 años.) El médico le dijo también en su día que hiciera natación, que ejercitara la zona con un entrenador personal (a poder ser). Cuando fue a casa de sus padres hace cinco años a decirles que tenía una hernia inoperable, su madre reaccionó preocupándose por lo que los vecinos pudieran decir si se enteraban, y luego se preocupó por la dolencia en sí. A veces odiaba a su madre tanto que se quedaba paralizado; sabía que si movía un solo dedo, el resto del cuerpo iría detrás, imposible de frenar, para golpearla hasta convertir la cabeza materna en pulpa sanguinolenta, en relleno de ataúd.
Hoy pasa toda la noche sin dormir, es uno de esos días de dolor intenso, y amanece con él. Sus padres vienen a comer al piso. Está decidido a tragarse el malestar. No quiere discutir con ellos por no haberse convertido en nadador olímpico. Lo cierto es que no hace todo el ejercicio que debería, pero también es verdad que en cierta forma da igual lo que haga; es una relación padres-hijo muy habitual, en la que por mucho que haga el hijo nunca será suficiente. En la que por mucho que se hable, solo se discute todo el tiempo. El volumen aumenta y la lucidez de los argumentos disminuye. A la practica, nunca es una forma de intentar mejorar algo. Cuando se calla para que ellos hablen y pase la tormenta cuanto antes, ellos hablan y hablan, se crecen, hasta que se le infla la cabeza y no puede aguantar más y también habla, y entonces comienza la discusión. Es una clase de amor que puede acabar contigo, y con ellos. El amor no solo puede ser dañino en pareja, el amor familiar puede destruirte también igual que un cáncer abstracto, poco a poco y con saña; y nadie puede cambiar de padres, o de hijos, no puedes cortar con la familia. Es una lucha para ver quién gana, pero nunca gana nadie, porque nunca nadie reconoce que ha ganado o perdido, se trata de que todo el tiempo que estés en la habitación tus argumentos sean los que suenen más a Verdad. Esa situación absurda se prolonga hasta que sus padres se van o él se va. Es una disputa que nunca acaba, y que puede acabar con cualquiera. Esta clase de relación familiar puede terminar en llamadas a la policía o hasta en asesinato, y lo hace. Cuando la gente dice cosas como: “Eso pasa en las mejores familias”, en realidad el abanico de posibilidades va desde riñas sin importancia hasta parricidios y filicidios.
Cuando los padres llegan a comer, hay saludos protocolarios. Luego comienzan los comentarios maternos sobre la cuestión de la no-pareja fija del hijo. Para ella es una cuestión capital, su argumento siempre se basa en el hecho de que «todos tus amigos tienen ya pareja o están casados, tienen la vida organizada», etc. Él ya no entra en esa discusión ni se pone a hablar de libertad, o a decir que la soledad no tiene que ver con no estar casado, o que se puede uno sentir muy solo rodeado de gente, o casado, o con pareja, o infeliz precisamente por eso, también; no puede argumentar que la soledad o la infelicidad no dependen necesariamente del hecho de no estar haciendo lo que hace todo el mundo. Porque para ella no hay elecciones, hay un camino a seguir, o andar perdido, y eso es todo. Para ella no existe la posibilidad de que su hijo haya elegido la vida que tiene, sino que simplemente ha fracasado a la hora de encontrar la que todos tienen, y además ya se ha rendido. El padre normalmente guarda silencio, y el hijo nunca sabe bien hasta qué punto está de acuerdo con la madre, hasta qué punto ve la situación del hijo como desesperada o simplemente como una situación sin más, incluso respetable. Cuando el hombre entra en la discusión, eso sí, nunca es para mediar. Cuando el hijo comienza a hablar en lugar de asentir sin más, entonces el padre habla de Respeto a los padres, de que el hijo no debe usar según qué tono a la hora de hablar, de que no hay que gritar (la cuestión de los gritos no siempre guarda relación con el volumen o el ruido; a veces basta con que el argumento suene contundente).
Una vez acaba la discusión sobre la no-pareja, la madre sigue con la necesidad de desparramar su bizarra forma de amor por todo el piso, y no duda en preguntar por la espalda del hijo. A esas alturas de la comida, el hijo ya ha perdido el temple, y la sangre ya ha comenzado a hervirle. Además, sabe que esa es la cuestión más delicada, porque aunque intenta cuidarse la dolencia, no lo hace todo lo que debería, no al menos hasta alcanzar ninguna forma de Rutina Ejemplar (opiniones maternas al margen).
Así pues, como ya se le ha soltado la lengua, habla de la noche que ha pasado, de Nolotil, de una o dos horas de sueño como mucho, de que aún tiene muchas molestias, y lo hace intentando tranquilizarse, sencillamente intentando ser sincero con sus padres; incluso con su madre. La misma, reacciona con gestos de indignación, y reanuda la discusión con el mismo tono que con la no-pareja, pero ahora hablando de ir a nadar cada mañana, que ella conoce a quien lo hace, que todos los jóvenes lo hacen, que ella no conoce a ningún joven más que tenga dolores de espalda, ni que no salga a correr al menos tres o cuatro veces a la semana, ni que no lleve sus asuntos como debe llevarlos, ni que no tenga pareja estable a su edad, o hasta hijos, ni que no… Y llegados a este punto, sucede eso que sucede en la familia al menos una vez al año: y es que la habitual discusión comienza a convertirse en algo violento.
El hijo explota. Pero no simplemente por esa comida, sino por las ultimas cincuenta y pico semanas de comidas semanales. Se levanta y señala con el dedo a su madre, y la acusa de humillación gratuita, de que no sabe ni ha sabido nunca hablarle con respeto, de que está harto de que su vida tenga que funcionar por comparación con la de los demás, etc. A esto, la madre aumenta el volumen y solapa algunos insultos. El padre, aun con cierto ademán indeciso y sin verbo, se une a ella. El hijo contesta a los insultos solapados de la madre con insultos desnudos. Tocacojones, Gilipollas, Hija de puta (varias veces, susurrado). Incluso empuja una silla y la tira al suelo gritando que está hasta los huevos. Es una descarga en toda regla, sin mesura, quizá incluso inevitable, es humanidad pura y sin cortar, venas haciendo circular la sangre con alegría, músculos que palpitan. Adrenalina. El padre coge por el brazo a la madre y la arrastra fuera del piso. En esto, los insultos siguen, tanto por parte del hijo como de la madre. Vete a la mierda, tía. Desgraciado. Puta de los cojones. Inútil desagradecido, ya hablaré con tus amigos para contarles lo que eres. Fuera del puto piso. Etcétera.

Pasa en las mejores familias.

Luego se queda de pie y solo en el piso. Aun violentado por la situación, ha descargado mucha tensión, tensión acumulada quizá durante meses. Mueve la cintura hacia delante y hacia atrás, y nota que el dolor se ha ido casi del todo, se ha estabilizado. El desahogo le ha dejado físicamente renovado. No sabe si eso tiene una explicación científica, pero así ha sido. Ha sido como echar una cagada después de dos semanas sin cagar. Para el alma. Se pone los zapatos y la chaqueta y sale a la calle a caminar. El aire parece distinto, renovado. Una sonrisa tonta. Coño, la situación se ha disipado, y se siente en pocos minutos mejor que en mucho tiempo. Físicamente, anímicamente. Avanza sin pesadez alguna. Saca un cigarrillo.

Tránsfuga de Toys “R” Us

Todo fuera del coche es amarillo y el coche está lleno de humo. En realidad siempre voy muy incómodo fumando dentro del coche, pero también es incómodo fumar en la puerta de un bar mientras te pelas de frío. Lo importante, al margen del vicio, es que es mi opción. A veces está peor vista la autodestrucción que el simple hecho de Joder a los demás, de hecho eso en la versión “oficial” lo suelen llamar: «competición». Por poco que te detengas a intentar ver el bosque en lugar de seguir embobado con los árboles, toda la supuesta solidez del sentido común que funciona por el boca a boca (en la versión oficial: «enseñanza»), está plagado de contradicciones y matices. En el colegio se llama Copiar, pero en la vida real es: Colaboración. En masculino es Diversión, en femenino: Ser una guarra. En la calle es Coño, en la consulta del médico: Vagina. Es una triste excusa quizá, pero la corrección política, ética, moral, terminológica, formal… tiene tanta fiabilidad como el container del callejón de atrás de un hospital. Es como hacer la croqueta en un descampado lleno de jeringuillas. De este modo, a veces es mejor hacer algo simplemente porque tú quieres, que agregarte a la masa, incluso aunque lo que tú quieras en determinado momento sea peor que la operatividad de la inercia de la masa: puede que sea peor, pero quizá es también un buen comienzo. Cuando la mayoría de personas te dice eso tan sentido de que “Tienes que ser tú mismo”, muchas veces lo que se preguntan es qué estás esperando a imitarles. Puede sonar a trazo grueso como teoría, pero seguramente no dista tanto de la realidad. Al menos es un pensamiento; es enriquecedor hacerlo (pensar), o lo sería, si no fuera porque el Error estigmatiza a las personas desde que pisan un aula de críos. Es curioso cómo inmerso en el Sistema, el error es a la vez aprendizaje y a la vez motivo suficiente para que te denosten oficialmente. Es alarmante cómo el acertar no te ayuda siempre a ser tú mismo, sino sobre todo a ser Otro más.

Son las tres de la tarde y huyo momentáneamente. Muy pocas veces cojo el coche. Eso hace que sea un conductor prudente hasta la temeridad. Tan responsable que podría poner en peligro la vida de alguien en cualquier momento. Esto parece un microcosmos de cómo son las cosas. Pero me estoy esforzando, ya mismo seré otro conductor más, confiado y relajado, con la música a tope; al menos si provoco una desgracia será haciendo lo que todo el mundo. A veces me esfuerzo por encajar. No siempre es fácil intentar ser uno mismo y a la vez no llamar la atención. Es irónico, precisamente por ser tan importantes los detalles superficiales que tanto me asquean (vestimenta, formalismos dialécticos…), soy capaz de pasar inadvertido en casi cualquier ambiente. La mayoría de compañeros de colegio que me agregué a Facebook a mis treinta, tardaron un buen rato en acordarse de mí; luego unos lo hicieron de verdad, y otros fingieron: era la primera lección para entender el medio. De todas formas, el día que despierte de un sueño profundo en una autovía a noventa por hora, si sigo vivo, sabré que he conseguido ser alguien respetable para todos.
Hay cierto bar de carretera. Fui perfeccionado el gusto por los antros que la mayoría de gente evitaría a toda costa. Entro en esos lugares por los que algunos conductores prefieren mear en cualquier otro sitio, hasta en una bolsa y tirarla al arcén. Digamos que, por más que todo el mundo diga eso de que Lo importante es disfrutar el trayecto, el camino, etc., aun así prefieren aguantarse y cagar cuando llegan a casa. Al final lo único que hay dentro de esos garitos son personas, nada amenazantes la mayoría de veces. A mí me dan más pereza esos lugares de diseño para viajeros en los que la comida parece de Toys “R” Us. No es ninguna guerra personal contra ese estilo de vida (que también), es que al menos en los antros con pinta peligrosa sabes que no habrá niños, ni cierto tipo de impostura. Si hay una forma efectiva de captar las falsedades de la gente, es desde fuera, cuando están en grupos y tú haces como que no les estás escuchando y mirando desde una mesa cercana. Cuando he visitado esos lugares familiares, también aptos para pulidos grupos de amigos, parejas, y “gente de bien” en general, he acabado más acobardado que cuando he observado desde un rincón oscuro a dos tíos amenazándose con el dedo en un tugurio lleno de “indeseables”. Es la diferencia que hay entre un trozo de carne ambiguo que no sabe a nada y una pinta de cerveza aceptable. A veces prefieres que el indeseable se comporte como tal sin rodeos, y no acabar descubriendo que lo es al cabo de años porque el tío ha decidido incluirte en un ERE mientras su empresa obtenía un 20% más de beneficios.

En verdad, la Taberna de carretera a la que suelo ir cuando necesito huir, es más ecléctica de lo que sugiere el tópico. No es que vayas a encontrar universitarios ni grupos que han salido en parejas, pero tampoco es lo que esperaba encontrarme cuando entré la primera vez. El lugar está provisto de los típicos tipos que retrasan la vuelta a casa, y de camioneros, sí, pero también puedes encontrar mujeres solas, a veces prostitutas fuera de servicio, e incluso algún solitario que de repente comienza a hacer garabatos en una libreta. En ocasiones hay lo que se podrían llamar disturbios, pero sucede de forma muy ocasional, y el dueño del antro es un tipo de lo más cordial, aunque no se acobarde cuando tiene que dar un toque de atención o echar a alguien del local.
Mi frecuencia pasó de ser mensual a ser semanal. De todas formas no tenía a nadie esperándome en casa, e incluso alguna vez en que mentí para librarme de alguna cena o cita poco apetecible, me vine a refugiar aquí, a dos horas de la ciudad, donde sabía que era harto difícil que me encontrara a ningún conocido. De un modo natural comenzó a ser mi taberna habitual; estaba lo suficientemente lejos y a la vez no tanto como para escapar al impulso de coger el coche. Y también comencé a hacer buenas migas tanto con el dueño como con alguno de los habituales. Todo encajaba lo suficientemente bien como para sentirme aislado y, digamos, a salvo.

Cuando ya llevo unas cuantas semanas seguidas siendo uno de los clientes cada viernes, una noche entra en el local una chica sola. Al principio creo que solo me ha llamado la atención de un modo especial a mí, pero cuando la chica se marcha digiriendo su cerveza, enseguida todos comenzamos a hablar de ella. No ha dicho una sola palabra más allá del Hola-Una pinta-Adiós, pero su pelo rojo y su físico, su atuendo de tejanos y blusa sencillos, han calado hondo en el lugar. No es la primera chica guapa que entra al local, ni siquiera la primera que entra sola. No parecía prostituta; no lo digo por el hecho de que fuera tan mona y joven, sino más bien por sus ademanes sencillos y su vestimenta de mujer-recién-IndependizadaEnPareja-y-con-planes-al-uso. Parecía la novia de alguien, o tu vecina, tu prima. Muy guapa en un estilo anglosajón, sí, pero en absoluto parecía nadie especial o que marcara alguna diferencia. Más bien alguien del montón, que evita “neuras”, lo quiere todo ordenado en su universo, y cuyo sentido común y coherencia no tienen nada notorio. O sea, alguien normal que juega a su favor y según las reglas –sean las que sean– y ahuyenta los pensamientos propios que considere potencialmente amenazantes en términos de poder hacerla parecer alguien rara.
Para cuando voy a la Taberna a la semana siguiente, el dueño tiene toda una historia que contarme. La chica es de la ciudad y quiere ser actriz, tiene 26 años. Trabaja como camarera y se fue de casa a los 18. Ha ido al local todos los días desde el viernes pasado. Uno de esos días el dueño entabló conversación con ella. Ella explotó, habló de su vida –aun no pareciendo del todo transparente– y luego dijo estar teniendo unos extraños dolores de espalda. Estaba preocupada. No quería ir a casa de sus padres ni comentarlo con ningún amigo. No quería ser la comidilla. Porque le estaban creciendo dos bultos, uno en cada omóplato. Todo el mundo le dice que vaya al médico, pero ella solo pernocta, y lleva días sin ir al trabajo. Dice tener pesadillas. En todas muere y sus padres no lloran en su entierro, pero eso es solo el principio del sueño: luego se la juzga por toda su vida, San Pedro la recibe y la acusa de ser una egoísta y de pensar solo en ella misma. Le dice que se debía a su familia, a su gente, al sacrificio, a todo lo que se considera sinónimo de bondad. Le habla de las mujeres como fuente de renovación, de tener hijos, de no negar La Misión personal en pos de objetivos extraños individuales. Cuando despierta sudando, no puede quitarse de la cabeza el sueño. No se difumina durante el día.
A la semana siguiente, la historia continúa. La chica está en la taberna, pero en la trastienda, refugiada con permiso, y llora más o menos todo el tiempo que permanece despierta. Los clientes habituales la visitan y se compadecen. Clientes cincuentones rudos a los que no he visto transmitir nunca nada profundo, discuten sobre qué pueden hacer con “la niña”. Le hablan con palabras tiernas. El tabernero me la muestra y presenta; está en una habitación llena de cajas de bebidas, sentada en un sillón (muy posiblemente puesto ahí para ella), con solo una pequeña ventana, y un televisor minúsculo conectado sin volumen. Me presenta como un buen chico, alguien que puede ayudar a ayudar. Ella tiene la cara hinchada y el pelo pelirrojo apuntando en todas direcciones; sigue siendo físicamente llamativa, aunque está obviamente desaliñada. Es luego, cuando el dueño le dice a la chica que me enseñe lo que pasa, cuando ella despliega en parte dos grandes alas (no caben en la estancia), dos alas blancas con su plumaje y toda la irrealidad real con la que jamás pensé podría llegar a toparme en la vida. La muchacha se ha acostumbrado a ir desnuda de cintura para arriba; solo lleva dos pezoneras color carne, y dice que si intenta ponerse ropa normal, comprime demasiado su nuevo “complemento” físico, y vuelven los dolores de espalda que al parecer desaparecieron cuando «se acabaron de desarrollar».
El dueño me lleva a un lado y me dice que intentó que saliera a caminar por el local, aunque solo fuera para estirar las piernas; pero se sentía patosa, sacudía las alas como en actos reflejo y desmontaba todo lo que hubiese cerca. El tipo estaba realmente preocupado, y estaba claro que en unos pocos días ya había surgido un vínculo potente con ella. Era una relación padre-hija, él estaba seguro de que eso era justo lo que ella necesitaba. Así, decidió darle ese habitáculo en el que esconderse, y presentarle solo personas que él cree la tratarán con delicadeza. Apenas quiere comer, aunque bebe mucha agua. A veces pone el televisor, pero al poco rato siempre acaba quitándole el volumen o desconectándolo. Cuando comienza a anochecer, y con el local cerrado, suele tener fuertes crisis en las que no deja de gritar que ella no se merece lo que le está pasando, que no ha hecho mal a nadie, que no es mala, etc. El dueño me dice también que a él no le preocupa que alguien pueda hablar más de la cuenta. Dice que se fía de los clientes que lo saben, pero que aunque pudiéramos contarle la historia a alguien sólo conseguiríamos quedar como unos tarados. Es la mejor baza que tiene esa muchacha, me asegura. Me dice que no se veía capaz de guardarse para sí el secreto, la noche que ella le mostró sus nuevos omóplatos él ya estaba apunto de cerrar; ella había ido solo a eso, tarde, con una gabardina que no conseguía ocultar ciertas protuberancias. Se quería suicidar, me dice, así que la cogí por un brazo y la llevé a la trastienda. Suerte que ahora vivo solo, me comenta. El dueño se divorció de su mujer hace dos años, así que, al igual que tantos otros, no tiene motivos poderosos para volver a casa. A veces es desamor conyugal, y a veces es que no hay nadie. Estas tabernas, estos lugares apartados, en efecto –y por paradójico que suene–, parecen ser los refugios por los que mucha gente no se pierde del todo, o se suicida.

Comienzo a ir cada tarde a la taberna. Se convierte en una necesidad. En una responsabilidad. Somos siete los que sabemos que una chica de 26 años ahora tiene alas. Alas de verdad. No académicas, ni profesionales, ni de protocolo. Es posible que volar no sea una metáfora para ella, sugiere Pamela. Pamela es prostituta, forma parte del grupo. Somos cuatro hombres y tres mujeres.
Lo que meditamos cuando la chica ya lleva veintisiete días llorando, aleteando, y perdiendo plumas por impulsos en la trastienda, es que hay que sacarla de ahí. Tiene que moverse, explorar físicamente eso que le pasa.
Una noche nos reunimos con ella. Ella siempre nos acoge entre agradecida y avergonzada. Cuando ya está el local cerrado y la muchacha ha acabado de lavarse (lo cual significa un gran cubo metálico de agua templada, una pastilla de jabón y trajinar con una esponja), nos metemos con ella en la pequeña habitación, y casi no cabemos. Le decimos que parece un paso lógico el que salga de ahí, cuando ella quiera, puede que mañana, o dentro de una semana, cuando se vea preparada; que salga de ahí, afuera. Afuera solo hay una carretera deshabitada por las noches. Solo hay tierra árida en muchos kilómetros a la redonda. No es que se vaya a solucionar nada así de momento, le decimos, pero al menos podrá coger aire, podrá moverse y ver mejor qué ha cambiado en su cuerpo.
Ante nuestra sorpresa, la muchacha se pone de pie y pregunta si puede hacerlo ya. El dueño asiente y abre la puerta sin decir nada. Ella nos dice que vayamos delante o detrás, pero no al lado de ella, aún no sabe «mantenerlas quietas sin más».
Caminamos hasta fuera. Rodeamos a la chica. Las alas desplegadas por completo resultan impactantes. Lo que queréis –dice ella– es saber si puedo volar, supongo.
Ninguno respondemos. La muchacha agita las alas. De entrada, mueve los brazos arriba y abajo como haríamos todos en pantomima. La alas comienzan a moverse con velocidad, levantan polvo. Alza el vuelo unos diez metros…, y baja enseguida por miedo a perder el control y caer como una piedra. Todos hacemos comentarios más bien estúpidos, como si intentáramos enseñar a alguien a montar en bicicleta. Cada vez que vuelve a intentar alzar el vuelo, lo hace más y más alto. A la quinta vez que practica ese ejercicio de alzarse y bajar a tierra, nos fijamos en que muchos de sus mechones pelirrojos se están volviendo blancos. Un blanco que recuerda más al algodón que a las canas. Ella se percata y se queda mirando uno de los mechones, lo acaricia con dos dedos. ¿Te sientes mejor al menos, cariño?, le pregunta Pamela. La muchacha no dice nada, pero hace una mueca esperanzadora. Entonces corre y vuelve a alzarse; parece ir muy lejos y muy alto. Vemos una sombra cerca de una colina enana; la luna está llena. Entonces, unos treinta segundos después, cae una roca de unos doscientos kilos a veinte metros de nosotros. ¿¡Habéis visto eso!?, grita la muchacha volviendo a aterrizar. Estamos con la boca abierta, literalmente, esos bracitos de camarera no han podido levantar… Es justo en ese momento, cuando comenzamos a sentir miedo, cuando la chica sonríe y comienza a correr nuevamente para alzar el vuelo y alejarse con velocidad.
Esta vez, la siguiente vez que la volvemos a ver, es ya por la tele.

A las dos de la mañana, antes de lo habitual, el dueño había cerrado la taberna. A eso de las cuatro y media, en el plasma del local (que acostumbra a estar apagado), hay imágenes de la Torre Eiffel. Puedes hacer zapping y ver lo mismo en todos los canales. Se informa de que alguien, una chica con una cabellera plateada y alas, quizá usando cierta infraestructura o tecnología terrorista desconocida, vuela alrededor del monumento, y de hecho por donde quiere, por la ciudad. Coge a personas, alza el vuelo, y las suelta. Hay toda una ruta geográfica de cientos de kilómetros ya sembrada de cadáveres reventados contra el suelo, como de haber caído desde las torres gemelas. Además, dos aviones comerciales se han estrellado sin motivo aparente; es decir, lo raro es que ya son dos (otra vez igual que en las torres gemelas). Vemos las imágenes totalmente hipnotizados. Varios focos persiguen a la muchacha voladora. No siempre consiguen enfocarla con las cámaras. De vez en cuando alguno de nosotros dice algo como: “¿Tendríamos que hacer algo?…” Mi sensación personal, por todas las historias que el dueño me ha contado sobre ella, es la de que toda su vida ha debido estar bajando la cabeza, al estilo de como nos imaginábamos que era justo cuando entró por primera vez en el local. El problema: ella no era así en el fondo. No todo el mundo es así, y aguantarse puede ser un error. Supongo. Que te den alas además, no lo sé… No sé bien qué es la justicia divina, el karma. o si existe Dios, y mucho menos si tiene sentido del humor, o de la venganza. Una de las noticias que trasciende es la de que la primera persona a la que ha matado ese ser, era su padre. Su propio padre. El resto, supongo, viene por efecto dominó. Ahora ya no parece tanto un ser humano como un fenómeno místico-meteorológico. Y lo que es peor: una consecuencia; y no mera magia o crueldad gratuita.
El ser alado desparece un buen rato, y luego nos enteramos de que un tercer avión se ha estrellado. No solo mueren todos los pasajeros de cada avión, sino que además caen en ciudades atestadas, lo cual suma cientos de víctimas más. A veces se ve al ser sacando de sus tejanos el móvil. Se desconoce qué puede estar consultando en él, qué aplicación. ¿Para qué usaría el móvil alguien que sabe volar? Los cadáveres siguen lloviendo del cielo. Se ha detenido el tráfico aéreo de tres países. No siempre el poder lo tiene una sola persona, y menos si es camarera. Los que vemos las imágenes desde la taberna, tenemos sentimientos encontrados. Obviamente nos sentimos a salvo, no parece probable que ese ángel o demonio pueda tener ganas de venir a por nosotros. Parece que es más bien el resto del mundo lo que le molesta ahora (o desde siempre). Yo lo intento otra vez. Digo en voz alta que deberíamos llamar a alguien, a alguien que conecte con algún cargo de responsabilidad. Contarle la historia. El dueño, sin dejar de mirar la pantalla, dice: “Sí… pongo otra ronda y lo hacemos…”

Seis apuntes para una potencial carta de suicidio

Antes me gustaban los días grises, pero antes era una persona bastante distinta, era cuando estaba en casa (lo cual en mi caso era un piso minúsculo de soltero) y aún no me había venido a la habitación de hotel (más grande que mi piso) para centrarme en mi tedioso debate interno.
Aunque intento apuntarlos, los motivos son aburridos, nada originales, con multitud de precedentes; no se trata tanto de los motivos como de hasta qué punto le afectan a uno. Ni siquiera voy a entrar en hasta qué punto ese nivel de sensibilidad es producto de la estupidez o de una lucidez por encima de la media. No me importa demasiado. Puede que unos años antes eso me hubiera parecido un tema de discusión fascinante, pero antes también creía en las personas. Creo que creía en ellas porque era mi argumento para decir por qué no creía en Dios. Al menos las personas eran tangibles. Podías hablar con ellas, follartelas si se dejaban; podías matarlas o envidiarlas o echarlas de menos dentro de argumentaciones físicas. De hecho a ellas les suele encantar ser números. Es algo simple, cierta clase de ceguera muy útil si cuando dices con tono sarcástico cosas como “La ignorancia es la felicidad” sin dejar claro hasta que punto te lo crees, en realidad esas palabras solo formaban parte de una conversación que tenía como propósito no el desentrañar misterio de la vida alguno, sino simplemente conseguir sexo o trabajo o asentimientos.

Apuntes para una potencial carta de suicidio (1): Viene a cuento recordar la obviedad de que por más que todo el mundo hable de la sinceridad como el santo grial de las relaciones, cuanto más la lleves a cabo más se te puede complicar la vida (y más se pueden acortar las relaciones). Al decir la verdad, en la mayoría de ocasiones solo estarás comprando boletos para perder cosas e incluso el amor –sea de la naturaleza que sea– de algunas personas; en algunos casos, personas a las que quieres y que comenzarán a ignorarte hasta convertirse en un recuerdo amargo (o, actualmente, quizá hasta reducirte a ti a un contacto digital ocasional, algo que te complicará aún más el superar esa “fase”).

No huele muy bien aquí. Creo que es el conducto de ventilación. La tía de recepción me mira sin saber qué pensar cuando entro y salgo. Y no es que esa mirada sea una novedad para mí. No siempre consigues que lo que te ronda por la cabeza no se refleje en tu forma de interaccionar con la gente. A veces basta con pasar junto a ellos. Y a veces es tan obvio como que te pillen mirándole el culo a una tía. O como si la chica joven que te gusta te dice que a ella le pega verte haciendo pareja con alguien mayor. Como si miras al vacío y alguien te pregunta si tienes vértigo y dices que… no. Como si te preguntan por quien te cae fatal y dices que en absoluto te cae fatal. Lo dices, y tu mirada va a su aire, como si sonríes con la boca y tus ojos solo expresan depresión. No es que crea que viendo los gestos de alguien siempre puedas saber cómo es o qué siente, pero a veces es difícil mantener la pose más convincente.
Es una de mis malas costumbres, uno de los motivos por los que estoy aquí preguntándome si es mejor acabar ya o no. He perfeccionado más de la cuenta esa forma de disimular en ciertas situaciones. Aunque alguien me irrite porque he sacado la conclusión de que me desprecia o me considera inferior o nocivo, no puedo evitar acabar portándome bien con esa persona que quizá ya me repudie. Porque en realidad hay casos en que yo no la desprecio, aun contando con su desprecio. Hay pocas formas más efectivas de sentirte como un imbécil. ¿Tiene esto algún sentido? ¿Me pasa solo a mí? ¿Mi madre se equivocó al predisponerme de crío siempre a la paz, la verdad y las buenas intenciones? ¿Es responsable educar a alguien en la bondad en un mundo de formas y actuaciones de oscar en la vida real, de odio solapado, de desprecio sutil, de frases pensadas o prefabricadas que te sueltan para quitarte de en medio?

Apuntes para una potencial carta de suicidio (2): Es mejor no olvidar que todos se ampararán en la Superficie.“Hay muchas formas de decir las cosas”, te dirán, pero nunca tendrán en cuenta que la información de todos modos es la misma, y que muchas veces el hecho de usar eufemismos o caricias verbales sólo será otro truco condescendiente que el receptor detectará y que se sumará a la cruda realidad que le transmites (lo cual hará que la persona receptora de esa verdad se sienta quizá aún peor que con la misma a secas, ya que no sólo le hará sentir mal, sino muy probablemente también inferior, menos lúcida y menos preparada para una vida que los demás sí saben “domar”).
Así pues, en muchos casos mentir será malo, y decir la verdad, también.

El hotel tiene un comedor cutre. Llevo tres semanas aquí. Hace tres días se escuchó un disparo, venía del piso de arriba. Según sé era un tío de unos cuarenta años que ya había reflexionado todo lo que necesitaba reflexionar, y había llegado a una conclusión. Lo que nunca nadie suele decir es que el suicidio también es producto de una difícil decisión que has tenido el valor de tomar. En cierto, retorcido y paradójico modo, no hay nada más valiente y emprendedor que un suicida. Esto es algo que les sonará a gilipollez incluso a las personas más espirituales y religiosas, pero es que el Limbo, de hecho, es la única opción que uno puede elegir al margen del “sistema” después de morir (y quizá incluso antes). Probablemente sea la única forma de anarquismo posible. Un No Me Vais a Joder Más, pero de verdad no lo vais a hacer. Ya sé cómo suena todo esto, pero hay que tener en cuenta quién lo dice, y sobre todo recordar que los que un amigo mío llamaba OptimistaParlantes nunca se han quedado a atrás a la hora de decir memeces potenciales (y en muchos casos más dañinas que sopesar un Vete a la Mierda y Descansa).

Apuntes para una potencial carta de suicidio (3): Cabe recordar que la persona receptora, si confía en ti (lo cual en principio debería denotar sólo un síntoma de vuestra saludable relación), no tendrá en cuenta todo lo que debería que en realidad tú no tienes la verdad absoluta, porque eres humano igual que ella y también te puedes equivocar.
El tono no ayudará sea como sea a esa humanización del asunto para tu beneficio, ya que la verdad suavizada a veces sólo alimentará la falsa sensación de que tienes razón sí o sí (como resultado del esfuerzo que el receptor nota que haces), del mismo modo que la verdad cruda sonará tan contundente que sólo conseguirá el mismo resultado.
El resultado es que: harás daño. Y cuando haces daño la persona receptora tiende a alejarse.

Cada tarde dan un programa en la tele. A menudo invitan a gente que tuvo un accidente terrible, una persona que se quedó sin brazos, o en silla de ruedas…, un día incluso tuvieron a un tipo que decía poder hacer vida normal sin brazos ni piernas. Caminaba con destreza sobre los muñones y el presentador miraba a cámara solemne y no dudaba en decir que esto tenía que ayudarnos a todos a ver que por mal que se portara la vida con nosotros, siempre se podía tirar adelante con ilusión, siempre podías hacer de todo. Y bien, sin entrar a valorar siquiera ese discurso, lo único en lo que podía pensar yo era en no volver a coger el coche, en no volver a tirarme de cabeza a la piscina, en no volver a ser el paquete en la moto de nadie, en no saltar jamás desde roca alguna al mar… Lo que yo veía de repente era peligro por todas partes, gangrena, heridas múltiples, lloros, médicos suavizando la explicación pero no el contenido. Porque no sé si yo luego necesitando a dos personas sólo para cagar, sería capaz de sonreír de forma brillante y ponerme a dar lecciones de vida a todo el mundo. Quiero decir, no sé si conseguiría sacar el ánimo para todo eso. Nunca he sabido ver la enfermedad o la perdida como un motivo más para seguir adelante fortalecido. Vale que uno decida no hundirse, pero de ahí a un discurso romántico por la existencia… Sonará bruto, pero entre poder caminar y no poder hacerlo, prefiero lo primero de calle; entre poder follar y no… entre que todos te miren al entrar a un bar y no… entre poder llevar una vida normal y tener que decir a todos que puedes llevarla a pesar de todo… Puede que yo sea demasiado empírico o algo así, no lo sé. Sé que sonará a obviedad que yo lo diga, cuando yo mismo me aprieto el cañón al fondo de la garganta, pero uno acaba un poco harto de que le disparen lecciones morales y de superación desde todas las direcciones. Porque. ¿Qué hay de esa gente a la que le diagnostican una enfermedad terminal y lo siguiente que hacen es tirarse de un puente? ¿Qué hay de la gente que se queda paralítica y cae en una depresión profunda de la que jamás llegan a salir? ¿Qué hay de quienes pierden a un ser querido y jamás vuelven a levantar cabeza? ¿Dónde están los minutos de pantalla para esa gente?

Apuntes para una potencial carta de suicidio (4): No servirá tampoco la excusa de que sólo intentas actuar por su bien, ya que es conocido que para sobrevivir se requiere de cierto grado de negación de lo que nos rodea (algo que actualmente podría ser definitorio de lo que llaman: Optimismo). Es decir, que quizá la persona receptora acusará quizá “inconscientemente” que le estás negando el derecho a ese porcentaje de negación, y como respuesta, nuevamente, tenderá a alejarse de ti.

Un día decido comer en el comedor del hotel. La comida no es tan mala como uno podía imaginar, pero creo que es porque iba ya demasiado preparado.
Cuando te dicen que valores las pequeñas cosas, nunca añaden que aun así debes recordar que siguen siendo pequeñas. Es decir, cuidado con dejarte el listón de la felicidad demasiado bajo, eso puede tener efectos secundarios. Es el truco de muchos estados, de muchos gobiernos, de muchos dictadores (de muchos matrimonios). O sea, vale, quizá aquí no vaya a vomitar, pero la comida sigue siendo muy mediocre. Valoremosla así: mediocre. Una cosa es que esté planteándome el suicidio, y otra muy distinta que si tomo la decisión de no hacerlo tengo que seguir siendo –aunque solo sea mínimamente– yo mismo.
El problema a veces es el mismo que la solución: la soledad. Si algo aprendes una vez ya tienes vello púbico y te has jodido lo suficiente como para saber sonreír de media cara para abajo y llorar de media para arriba a la vez, es que dependemos de los demás.
Siempre hay dos discursos para todos. Uno aboga por ser positivo y el otro, al parecer, por ser derrotista… Y la verdad, nunca he entendido muy bien por qué uno ha de elegir. Siempre he sido tan burro de pensar que no siempre es bueno forzar la sonrisa, ya ves tú. Y cuando eres así, todos dan por hecho que lo que te define es el derrotismo. Cuando les dices que lo que intentas es ser realista, a menudo sueles dinamitar la conversación o irritar al interlocutor (la reacción física suele ser reírse de ti), porque debe creer que eres una especie de pedante por buscar alguna clase de perfección imposible. A la mayoría de interlocutores no les gusta que matices, quieren que te posiciones, por decirlo así, te quieren ver en un extremo o en el otro, pero no viendo el juego desde fuera pensativo mientras te fumas un mortal cigarrillo. Para ellos decir Te quiero es querer meterle la polla a alguien, decir No es un síntoma de cobardía o pereza, decir Sí es aceptación, pero también un síntoma de intereses ocultos, y así toda una larga lista.
Porque de un modo u otro, creen que estás en un extremo, aunque no lo quieras reconocer. No es que dudes, es que tienes un secreto que no quieres revelar. No es que pases de alimentar informativamente con valiosa intimidad (para ti) a el/la bocazas de turno, es que te da vergüenza tu vida. No es que seas discreto, es que joder, habla ya o no podrán saber si han de sentirse superiores o inferiores a ti. Muchos dominan la retórica, pero lo único que les interesa es la jerarquía. Quieren saber hasta qué punto podrían humillarte, y les enfurece que no quieras darles toda la información. Y encima dependes de ellos; idealizas a una mujer, y aparece un barranco existencial delante que muchos evitaron hace ya la tira haciéndose una casita conyugal bien lejos, aunque esa anticipación pudiese haber estado basada en violaciones emocionales y negaciones blindadas por imperativos cronológicos aceptados. El tirarte por el barranco te podría hacer conseguir algo grande, lo que de verdad en el fondo quieres, o podría abocarte a la clase de fracaso que todos evitan y se aseguran no tener jamás.
Si tienes la posibilidad de ser feliz con lo que otros llaman utopía, es porque quizá supiste esperar, no dar el paso antes de tiempo, decir No unas cuantas veces. Porque quizá te dio igual parecer un cínico o un amargado.
En realidad hay muchas clases de cobardía, lo que pasa es que si la tuya coincide con la de la mayoría, es que te paraste mucho antes del barranco, eres oficialmente Normal…
Y cómo adora eso todo el mundo.

Apuntes para una potencial carta de suicidio (5): Todo esto, como es lógico, te llevará a una calle sin salida. Ya que tus intentos por ser bueno u honesto de verdad, en la mayoría de casos solo te perjudicará. Y mentir, al menos sobre las cosas importantes, hace daño en cualquier caso: al que miente y a los receptores de la mentira. Mintiendo sobre temas realmente importantes falseas tu vida y la de los demás, tu percepción sobre los demás y la percepción que los demás tienen de ti.

Lo cierto es que pasan los días y la intención suicida reblandece. Cada vez me veo menos valiente. Hay un concepto salvador: Caos. Es un enfoque extraño, pero es probable que haya salvado muchas vidas cuando algunas personas lo han aceptado en su seno como algo inevitable. No hay orden, no hay esperanza, no hay futuro, no como son las cosas. Tiene bastante que ver con aceptar que todo es bastante mierdoso si uno se detiene a pensar, pero que aun así, puedes intentar disfrutar de ello. Es un poco como ver que te van a violar y relajar el ano. O sea, no es eso de ver el vaso medio lleno, es verlo medio lleno, pero de heces. Y acto seguido, pasar a reírte de ello. Puede que sea una visión nihilista, pero supongo que es potencialmente peor el suicidio. No tanto por la muerte en sí como por los riesgos en el intento; ya lo he dicho, no me veo en un programa de televisión en una silla de ruedas y con un defecto en el habla intentando decir mientras babeo que lo importante son los pequeños detalles. Es una visión jodida de las cosas, sin demasiado filtro o colonia, tapizados o moqueta. Pero es que el esfuerzo de intentar ver solo la parte buena no solo me parece demasiado difícil, sino también hipócrita e irresponsable. Si aceptas a tu mujer maquillada y tras dos horas de preparativos estéticos, ¿no queda fatal evitarla cuando está con la cara lavada mientras se depila quizá con un cigarrillo colgando de la comisura? ¿El amor no estaba en aceptar también los defectos (o “defectos”)? ¿Acaso no es igual con el mundo?, ¿con la vida? ¿O quizá es que ahí es más duro ver las cosas tal y como son? ¿No será que no nos queremos sentir mal, o culpables, o animales de doble moral? ¿No será que esas filosofías color rosa que mantienen aburrido y adormecido hasta el hastío a occidente no son más que un montón de patrañas de diseño tan falsas como la publicidad o el tarot de madrugada? ¿Para evolucionar no habrá que aceptar antes todo eso?

Apuntes para una potencial carta de suicidio (6): Es honesto recordar también que la única salida que parece viable, que es la de la ocultación o media verdad (siempre muy en boga para mantener vivas parejas y relaciones de todo tipo), al final se rige por los mismos parámetros deshonestos que la mentira. Solo es otra clase de veneno paralizante.
Encontrar el equilibrio en ese océano de la comunicación con los demás, se convierte pues en una empresa en que cada intento sólo deviene en un ejercicio de futilidad. Eso, al menos cuando la relación con la persona receptora de información es de naturaleza más intensa que la que tienen por ejemplo dos usuarios de una red social, o dos conocidos que aceptan que su relación es meramente forzada o puntual, debido a reuniones numerosas o encuentros familiares en fechas señaladas.

Juro que no hace mucho vi un puesto de castañas decorado con motivos navideños. Y por raro que parezca, esa fue la gota que colmó el vaso; ahí decidí irme a un hotel a suicidarme. El puesto tenía una cola de gente de unos treinta metros. Un Papá Noel mecánico que daba mucha grima bailoteaba soltando un ruido estridente, un sonido de tan mala calidad que era muy difícil reconocer la melodía. Era la cima consumista. Era La Castañada y Halloween y Navidad a la vez. Había chicas disfrazadas de prostitutas zombi (creo) que entraban en una tienda cercana y salían con gorritos navideños.
Era la Competición llevada a la pesadilla delirante. La definición de Persona según lo dispuesto que estuvieras a sacar la cartera. Las luces y los disfraces y la prostitución fingida. Aunque en realidad, y por más tosco que suene, lo que era, era la prostitución colectiva del alma. Las mujeres salían transformadas del lavabo y los hombres habían comenzado a imitarlas; y luego, juntos, se iban «de tiendas». No es que lo malo fuera gastar dinero, es que gastar dinero lo era todo, era la definición definitiva, tu dignidad impresa en el número de la cuenta corriente. La crisis seguía siendo un problema de actitud. Un político iba de traje, pero en realidad de lo que iba era de prostituta zombi con gorrito de navidad. Porque lo que hacía se basaba en el mismo principio vital que el de esas chicas. Comprar ya no era el trámite, sino la Actividad por la que uno salía a la calle, a la vida. Todo parecía el final de algo. De algo que iba a entrar en un proceso de descomposición. Mientras lo inmoral seguía siendo que alguien enseñara las tetas o que hubiera violencia en una película, la mierda invadía las calles en forma de luces y más luces y ruido, y joder, seguía funcionando: las moscas seguían yendo a la mierda. No era algo sobre lo que no hubiera pensado antes, pero al volver a pensarlo y echarlo al montón de putadas en las que vivía embarcado… Digámoslo claro, me carcomía que toda esa gente haciendo cola en un puesto de castañas navideño pudiera ser feliz. Les daba todo igual. No veía que nadie hablara del asunto, no veía a nadie indignado o que se riera por no llorar… Era esa clase de aceptación pasiva, ni tan siquiera había cierto orgullo. El precio de las castañas era desorbitado, y la mitad salían quemadas. Pero es que la cosa no iba de castañas, la cosa iba de estar en esa cola, de preparar el billete porque lo tenías, la cosa iba de que no te ibas a quedar atrás. Creo que llegué a oír algún balido, lo juro. Me entró una sensación de agobio, se me empezó a revolver el estómago. Me acordé de un video que había visto (a medias) hacía unos meses. En él, una mujer comía heces salidas directamente del culo de un tío disfrazado de cura. Era la única vez que había podido comprobar lo asquerosa que es la coprofagia. Y recuerdo cómo esa mujer, con la mierda literalmente cayendo en su boca y por su cuello, sonreía. No era una sonrisa forzada, creo que eso fue lo que más me perturbó. Esa sensación volvió con fuerza ese día ante ese puesto de castañas. Fue como llegar a la conclusión inevitable de que somos todos gilipollas, y además nos da igual y nos reímos. Comemos mierda y nos reímos. Nada importa y somos dignos por mero reflejo. Y pensar es una mala idea. Ya hay gente que cobra por ello, igual que hay gente que cobra por educar a nuestros hijos, o por vender castañas. Y eso les define: aquello que hacen y por lo que consiguen dinero. Da igual lo bonito que sea tu nombre, eres Castañera. Nada más importa. Primero ganas y luego compras. Por más que mirara alrededor, no supe ver nada auténtico ese día. Llegué a casa realmente mareado, y vomité muy esforzadamente: vomité durante una media hora. Debía hacer unos veinte años que no vomitaba. Me sentía como si por primera vez hubiera visto el mundo sin filtros y no hubiera sabido pasarlo por alto con una broma o riendo por no llorar. Había llegado a cierto límite. Porque sí, había cierta chica en la cola evitando mi mirada. Eso también ayudó.