Seis apuntes para una potencial carta de suicidio

Antes me gustaban los días grises, pero antes era una persona bastante distinta, era cuando estaba en casa (lo cual en mi caso era un piso minúsculo de soltero) y aún no me había venido a la habitación de hotel (más grande que mi piso) para centrarme en mi tedioso debate interno.
Aunque intento apuntarlos, los motivos son aburridos, nada originales, con multitud de precedentes; no se trata tanto de los motivos como de hasta qué punto le afectan a uno. Ni siquiera voy a entrar en hasta qué punto ese nivel de sensibilidad es producto de la estupidez o de una lucidez por encima de la media. No me importa demasiado. Puede que unos años antes eso me hubiera parecido un tema de discusión fascinante, pero antes también creía en las personas. Creo que creía en ellas porque era mi argumento para decir por qué no creía en Dios. Al menos las personas eran tangibles. Podías hablar con ellas, follartelas si se dejaban; podías matarlas o envidiarlas o echarlas de menos dentro de argumentaciones físicas. De hecho a ellas les suele encantar ser números. Es algo simple, cierta clase de ceguera muy útil si cuando dices con tono sarcástico cosas como “La ignorancia es la felicidad” sin dejar claro hasta que punto te lo crees, en realidad esas palabras solo formaban parte de una conversación que tenía como propósito no el desentrañar misterio de la vida alguno, sino simplemente conseguir sexo o trabajo o asentimientos.

Apuntes para una potencial carta de suicidio (1): Viene a cuento recordar la obviedad de que por más que todo el mundo hable de la sinceridad como el santo grial de las relaciones, cuanto más la lleves a cabo más se te puede complicar la vida (y más se pueden acortar las relaciones). Al decir la verdad, en la mayoría de ocasiones solo estarás comprando boletos para perder cosas e incluso el amor –sea de la naturaleza que sea– de algunas personas; en algunos casos, personas a las que quieres y que comenzarán a ignorarte hasta convertirse en un recuerdo amargo (o, actualmente, quizá hasta reducirte a ti a un contacto digital ocasional, algo que te complicará aún más el superar esa “fase”).

No huele muy bien aquí. Creo que es el conducto de ventilación. La tía de recepción me mira sin saber qué pensar cuando entro y salgo. Y no es que esa mirada sea una novedad para mí. No siempre consigues que lo que te ronda por la cabeza no se refleje en tu forma de interaccionar con la gente. A veces basta con pasar junto a ellos. Y a veces es tan obvio como que te pillen mirándole el culo a una tía. O como si la chica joven que te gusta te dice que a ella le pega verte haciendo pareja con alguien mayor. Como si miras al vacío y alguien te pregunta si tienes vértigo y dices que… no. Como si te preguntan por quien te cae fatal y dices que en absoluto te cae fatal. Lo dices, y tu mirada va a su aire, como si sonríes con la boca y tus ojos solo expresan depresión. No es que crea que viendo los gestos de alguien siempre puedas saber cómo es o qué siente, pero a veces es difícil mantener la pose más convincente.
Es una de mis malas costumbres, uno de los motivos por los que estoy aquí preguntándome si es mejor acabar ya o no. He perfeccionado más de la cuenta esa forma de disimular en ciertas situaciones. Aunque alguien me irrite porque he sacado la conclusión de que me desprecia o me considera inferior o nocivo, no puedo evitar acabar portándome bien con esa persona que quizá ya me repudie. Porque en realidad hay casos en que yo no la desprecio, aun contando con su desprecio. Hay pocas formas más efectivas de sentirte como un imbécil. ¿Tiene esto algún sentido? ¿Me pasa solo a mí? ¿Mi madre se equivocó al predisponerme de crío siempre a la paz, la verdad y las buenas intenciones? ¿Es responsable educar a alguien en la bondad en un mundo de formas y actuaciones de oscar en la vida real, de odio solapado, de desprecio sutil, de frases pensadas o prefabricadas que te sueltan para quitarte de en medio?

Apuntes para una potencial carta de suicidio (2): Es mejor no olvidar que todos se ampararán en la Superficie.“Hay muchas formas de decir las cosas”, te dirán, pero nunca tendrán en cuenta que la información de todos modos es la misma, y que muchas veces el hecho de usar eufemismos o caricias verbales sólo será otro truco condescendiente que el receptor detectará y que se sumará a la cruda realidad que le transmites (lo cual hará que la persona receptora de esa verdad se sienta quizá aún peor que con la misma a secas, ya que no sólo le hará sentir mal, sino muy probablemente también inferior, menos lúcida y menos preparada para una vida que los demás sí saben “domar”).
Así pues, en muchos casos mentir será malo, y decir la verdad, también.

El hotel tiene un comedor cutre. Llevo tres semanas aquí. Hace tres días se escuchó un disparo, venía del piso de arriba. Según sé era un tío de unos cuarenta años que ya había reflexionado todo lo que necesitaba reflexionar, y había llegado a una conclusión. Lo que nunca nadie suele decir es que el suicidio también es producto de una difícil decisión que has tenido el valor de tomar. En cierto, retorcido y paradójico modo, no hay nada más valiente y emprendedor que un suicida. Esto es algo que les sonará a gilipollez incluso a las personas más espirituales y religiosas, pero es que el Limbo, de hecho, es la única opción que uno puede elegir al margen del “sistema” después de morir (y quizá incluso antes). Probablemente sea la única forma de anarquismo posible. Un No Me Vais a Joder Más, pero de verdad no lo vais a hacer. Ya sé cómo suena todo esto, pero hay que tener en cuenta quién lo dice, y sobre todo recordar que los que un amigo mío llamaba OptimistaParlantes nunca se han quedado a atrás a la hora de decir memeces potenciales (y en muchos casos más dañinas que sopesar un Vete a la Mierda y Descansa).

Apuntes para una potencial carta de suicidio (3): Cabe recordar que la persona receptora, si confía en ti (lo cual en principio debería denotar sólo un síntoma de vuestra saludable relación), no tendrá en cuenta todo lo que debería que en realidad tú no tienes la verdad absoluta, porque eres humano igual que ella y también te puedes equivocar.
El tono no ayudará sea como sea a esa humanización del asunto para tu beneficio, ya que la verdad suavizada a veces sólo alimentará la falsa sensación de que tienes razón sí o sí (como resultado del esfuerzo que el receptor nota que haces), del mismo modo que la verdad cruda sonará tan contundente que sólo conseguirá el mismo resultado.
El resultado es que: harás daño. Y cuando haces daño la persona receptora tiende a alejarse.

Cada tarde dan un programa en la tele. A menudo invitan a gente que tuvo un accidente terrible, una persona que se quedó sin brazos, o en silla de ruedas…, un día incluso tuvieron a un tipo que decía poder hacer vida normal sin brazos ni piernas. Caminaba con destreza sobre los muñones y el presentador miraba a cámara solemne y no dudaba en decir que esto tenía que ayudarnos a todos a ver que por mal que se portara la vida con nosotros, siempre se podía tirar adelante con ilusión, siempre podías hacer de todo. Y bien, sin entrar a valorar siquiera ese discurso, lo único en lo que podía pensar yo era en no volver a coger el coche, en no volver a tirarme de cabeza a la piscina, en no volver a ser el paquete en la moto de nadie, en no saltar jamás desde roca alguna al mar… Lo que yo veía de repente era peligro por todas partes, gangrena, heridas múltiples, lloros, médicos suavizando la explicación pero no el contenido. Porque no sé si yo luego necesitando a dos personas sólo para cagar, sería capaz de sonreír de forma brillante y ponerme a dar lecciones de vida a todo el mundo. Quiero decir, no sé si conseguiría sacar el ánimo para todo eso. Nunca he sabido ver la enfermedad o la perdida como un motivo más para seguir adelante fortalecido. Vale que uno decida no hundirse, pero de ahí a un discurso romántico por la existencia… Sonará bruto, pero entre poder caminar y no poder hacerlo, prefiero lo primero de calle; entre poder follar y no… entre que todos te miren al entrar a un bar y no… entre poder llevar una vida normal y tener que decir a todos que puedes llevarla a pesar de todo… Puede que yo sea demasiado empírico o algo así, no lo sé. Sé que sonará a obviedad que yo lo diga, cuando yo mismo me aprieto el cañón al fondo de la garganta, pero uno acaba un poco harto de que le disparen lecciones morales y de superación desde todas las direcciones. Porque. ¿Qué hay de esa gente a la que le diagnostican una enfermedad terminal y lo siguiente que hacen es tirarse de un puente? ¿Qué hay de la gente que se queda paralítica y cae en una depresión profunda de la que jamás llegan a salir? ¿Qué hay de quienes pierden a un ser querido y jamás vuelven a levantar cabeza? ¿Dónde están los minutos de pantalla para esa gente?

Apuntes para una potencial carta de suicidio (4): No servirá tampoco la excusa de que sólo intentas actuar por su bien, ya que es conocido que para sobrevivir se requiere de cierto grado de negación de lo que nos rodea (algo que actualmente podría ser definitorio de lo que llaman: Optimismo). Es decir, que quizá la persona receptora acusará quizá “inconscientemente” que le estás negando el derecho a ese porcentaje de negación, y como respuesta, nuevamente, tenderá a alejarse de ti.

Un día decido comer en el comedor del hotel. La comida no es tan mala como uno podía imaginar, pero creo que es porque iba ya demasiado preparado.
Cuando te dicen que valores las pequeñas cosas, nunca añaden que aun así debes recordar que siguen siendo pequeñas. Es decir, cuidado con dejarte el listón de la felicidad demasiado bajo, eso puede tener efectos secundarios. Es el truco de muchos estados, de muchos gobiernos, de muchos dictadores (de muchos matrimonios). O sea, vale, quizá aquí no vaya a vomitar, pero la comida sigue siendo muy mediocre. Valoremosla así: mediocre. Una cosa es que esté planteándome el suicidio, y otra muy distinta que si tomo la decisión de no hacerlo tengo que seguir siendo –aunque solo sea mínimamente– yo mismo.
El problema a veces es el mismo que la solución: la soledad. Si algo aprendes una vez ya tienes vello púbico y te has jodido lo suficiente como para saber sonreír de media cara para abajo y llorar de media para arriba a la vez, es que dependemos de los demás.
Siempre hay dos discursos para todos. Uno aboga por ser positivo y el otro, al parecer, por ser derrotista… Y la verdad, nunca he entendido muy bien por qué uno ha de elegir. Siempre he sido tan burro de pensar que no siempre es bueno forzar la sonrisa, ya ves tú. Y cuando eres así, todos dan por hecho que lo que te define es el derrotismo. Cuando les dices que lo que intentas es ser realista, a menudo sueles dinamitar la conversación o irritar al interlocutor (la reacción física suele ser reírse de ti), porque debe creer que eres una especie de pedante por buscar alguna clase de perfección imposible. A la mayoría de interlocutores no les gusta que matices, quieren que te posiciones, por decirlo así, te quieren ver en un extremo o en el otro, pero no viendo el juego desde fuera pensativo mientras te fumas un mortal cigarrillo. Para ellos decir Te quiero es querer meterle la polla a alguien, decir No es un síntoma de cobardía o pereza, decir Sí es aceptación, pero también un síntoma de intereses ocultos, y así toda una larga lista.
Porque de un modo u otro, creen que estás en un extremo, aunque no lo quieras reconocer. No es que dudes, es que tienes un secreto que no quieres revelar. No es que pases de alimentar informativamente con valiosa intimidad (para ti) a el/la bocazas de turno, es que te da vergüenza tu vida. No es que seas discreto, es que joder, habla ya o no podrán saber si han de sentirse superiores o inferiores a ti. Muchos dominan la retórica, pero lo único que les interesa es la jerarquía. Quieren saber hasta qué punto podrían humillarte, y les enfurece que no quieras darles toda la información. Y encima dependes de ellos; idealizas a una mujer, y aparece un barranco existencial delante que muchos evitaron hace ya la tira haciéndose una casita conyugal bien lejos, aunque esa anticipación pudiese haber estado basada en violaciones emocionales y negaciones blindadas por imperativos cronológicos aceptados. El tirarte por el barranco te podría hacer conseguir algo grande, lo que de verdad en el fondo quieres, o podría abocarte a la clase de fracaso que todos evitan y se aseguran no tener jamás.
Si tienes la posibilidad de ser feliz con lo que otros llaman utopía, es porque quizá supiste esperar, no dar el paso antes de tiempo, decir No unas cuantas veces. Porque quizá te dio igual parecer un cínico o un amargado.
En realidad hay muchas clases de cobardía, lo que pasa es que si la tuya coincide con la de la mayoría, es que te paraste mucho antes del barranco, eres oficialmente Normal…
Y cómo adora eso todo el mundo.

Apuntes para una potencial carta de suicidio (5): Todo esto, como es lógico, te llevará a una calle sin salida. Ya que tus intentos por ser bueno u honesto de verdad, en la mayoría de casos solo te perjudicará. Y mentir, al menos sobre las cosas importantes, hace daño en cualquier caso: al que miente y a los receptores de la mentira. Mintiendo sobre temas realmente importantes falseas tu vida y la de los demás, tu percepción sobre los demás y la percepción que los demás tienen de ti.

Lo cierto es que pasan los días y la intención suicida reblandece. Cada vez me veo menos valiente. Hay un concepto salvador: Caos. Es un enfoque extraño, pero es probable que haya salvado muchas vidas cuando algunas personas lo han aceptado en su seno como algo inevitable. No hay orden, no hay esperanza, no hay futuro, no como son las cosas. Tiene bastante que ver con aceptar que todo es bastante mierdoso si uno se detiene a pensar, pero que aun así, puedes intentar disfrutar de ello. Es un poco como ver que te van a violar y relajar el ano. O sea, no es eso de ver el vaso medio lleno, es verlo medio lleno, pero de heces. Y acto seguido, pasar a reírte de ello. Puede que sea una visión nihilista, pero supongo que es potencialmente peor el suicidio. No tanto por la muerte en sí como por los riesgos en el intento; ya lo he dicho, no me veo en un programa de televisión en una silla de ruedas y con un defecto en el habla intentando decir mientras babeo que lo importante son los pequeños detalles. Es una visión jodida de las cosas, sin demasiado filtro o colonia, tapizados o moqueta. Pero es que el esfuerzo de intentar ver solo la parte buena no solo me parece demasiado difícil, sino también hipócrita e irresponsable. Si aceptas a tu mujer maquillada y tras dos horas de preparativos estéticos, ¿no queda fatal evitarla cuando está con la cara lavada mientras se depila quizá con un cigarrillo colgando de la comisura? ¿El amor no estaba en aceptar también los defectos (o “defectos”)? ¿Acaso no es igual con el mundo?, ¿con la vida? ¿O quizá es que ahí es más duro ver las cosas tal y como son? ¿No será que no nos queremos sentir mal, o culpables, o animales de doble moral? ¿No será que esas filosofías color rosa que mantienen aburrido y adormecido hasta el hastío a occidente no son más que un montón de patrañas de diseño tan falsas como la publicidad o el tarot de madrugada? ¿Para evolucionar no habrá que aceptar antes todo eso?

Apuntes para una potencial carta de suicidio (6): Es honesto recordar también que la única salida que parece viable, que es la de la ocultación o media verdad (siempre muy en boga para mantener vivas parejas y relaciones de todo tipo), al final se rige por los mismos parámetros deshonestos que la mentira. Solo es otra clase de veneno paralizante.
Encontrar el equilibrio en ese océano de la comunicación con los demás, se convierte pues en una empresa en que cada intento sólo deviene en un ejercicio de futilidad. Eso, al menos cuando la relación con la persona receptora de información es de naturaleza más intensa que la que tienen por ejemplo dos usuarios de una red social, o dos conocidos que aceptan que su relación es meramente forzada o puntual, debido a reuniones numerosas o encuentros familiares en fechas señaladas.

Juro que no hace mucho vi un puesto de castañas decorado con motivos navideños. Y por raro que parezca, esa fue la gota que colmó el vaso; ahí decidí irme a un hotel a suicidarme. El puesto tenía una cola de gente de unos treinta metros. Un Papá Noel mecánico que daba mucha grima bailoteaba soltando un ruido estridente, un sonido de tan mala calidad que era muy difícil reconocer la melodía. Era la cima consumista. Era La Castañada y Halloween y Navidad a la vez. Había chicas disfrazadas de prostitutas zombi (creo) que entraban en una tienda cercana y salían con gorritos navideños.
Era la Competición llevada a la pesadilla delirante. La definición de Persona según lo dispuesto que estuvieras a sacar la cartera. Las luces y los disfraces y la prostitución fingida. Aunque en realidad, y por más tosco que suene, lo que era, era la prostitución colectiva del alma. Las mujeres salían transformadas del lavabo y los hombres habían comenzado a imitarlas; y luego, juntos, se iban «de tiendas». No es que lo malo fuera gastar dinero, es que gastar dinero lo era todo, era la definición definitiva, tu dignidad impresa en el número de la cuenta corriente. La crisis seguía siendo un problema de actitud. Un político iba de traje, pero en realidad de lo que iba era de prostituta zombi con gorrito de navidad. Porque lo que hacía se basaba en el mismo principio vital que el de esas chicas. Comprar ya no era el trámite, sino la Actividad por la que uno salía a la calle, a la vida. Todo parecía el final de algo. De algo que iba a entrar en un proceso de descomposición. Mientras lo inmoral seguía siendo que alguien enseñara las tetas o que hubiera violencia en una película, la mierda invadía las calles en forma de luces y más luces y ruido, y joder, seguía funcionando: las moscas seguían yendo a la mierda. No era algo sobre lo que no hubiera pensado antes, pero al volver a pensarlo y echarlo al montón de putadas en las que vivía embarcado… Digámoslo claro, me carcomía que toda esa gente haciendo cola en un puesto de castañas navideño pudiera ser feliz. Les daba todo igual. No veía que nadie hablara del asunto, no veía a nadie indignado o que se riera por no llorar… Era esa clase de aceptación pasiva, ni tan siquiera había cierto orgullo. El precio de las castañas era desorbitado, y la mitad salían quemadas. Pero es que la cosa no iba de castañas, la cosa iba de estar en esa cola, de preparar el billete porque lo tenías, la cosa iba de que no te ibas a quedar atrás. Creo que llegué a oír algún balido, lo juro. Me entró una sensación de agobio, se me empezó a revolver el estómago. Me acordé de un video que había visto (a medias) hacía unos meses. En él, una mujer comía heces salidas directamente del culo de un tío disfrazado de cura. Era la única vez que había podido comprobar lo asquerosa que es la coprofagia. Y recuerdo cómo esa mujer, con la mierda literalmente cayendo en su boca y por su cuello, sonreía. No era una sonrisa forzada, creo que eso fue lo que más me perturbó. Esa sensación volvió con fuerza ese día ante ese puesto de castañas. Fue como llegar a la conclusión inevitable de que somos todos gilipollas, y además nos da igual y nos reímos. Comemos mierda y nos reímos. Nada importa y somos dignos por mero reflejo. Y pensar es una mala idea. Ya hay gente que cobra por ello, igual que hay gente que cobra por educar a nuestros hijos, o por vender castañas. Y eso les define: aquello que hacen y por lo que consiguen dinero. Da igual lo bonito que sea tu nombre, eres Castañera. Nada más importa. Primero ganas y luego compras. Por más que mirara alrededor, no supe ver nada auténtico ese día. Llegué a casa realmente mareado, y vomité muy esforzadamente: vomité durante una media hora. Debía hacer unos veinte años que no vomitaba. Me sentía como si por primera vez hubiera visto el mundo sin filtros y no hubiera sabido pasarlo por alto con una broma o riendo por no llorar. Había llegado a cierto límite. Porque sí, había cierta chica en la cola evitando mi mirada. Eso también ayudó.

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14 comentarios en “Seis apuntes para una potencial carta de suicidio

  1. Y el contacto con algunos se vuelve una pesadilla, es como si la propaganda los atravesara y se estirara para tocarte a través de ellos.
    Gracias, Jordi, el relato de hoy te lleva tan bien hasta donde quiere que te dan ganas de vomitar junto al personaje.
    Me quedé mirando la foto y no ayudó mucho, ¿esa no es la sonrisa del Gato de Cheshire?
    Saludos 🙂

  2. Nos da miedo quedarnos fuera de la tendencia, despertarnos un día y descubrir que no entendemos una mierda de todo lo que sucede a nuestro alrededor.

    Y, a veces, sólo hace falta eso, un pequeño detalle para darte cuenta de que la única salida que te queda es reconocer que no hay ninguna salida.

  3. brutal! Cuánta verdad incómoda. Creo que empecé a gustarme un poco el día que me di cuenta que al mundo sólo se le puede odiar, empezando por uno mismo y nuestras propias miserias (que son muchas). Aunque ames a determinadas personas, ni que sea a ratos. Pero todo es realmente absurdo. Y por eso no me gusta pensar demasiado. Porqué se me dispara el cañón de odios, y no le encuentro sentido a nada. Quizás lo absurdo sea querer buscarlo. Es una mierda sentir que te han metido en mitad de la partida de un juego del que no sabes las instrucciones…

  4. La vida tiene toda clase de ingredientes indeseables y cuenta con una larga lista de engaños, frustraciones, explotaciones, hipocresía. Quizá por eso el ser humano debe mirarse más a sí mismo, a su interior, y no tanto a esas presiones externas. Nosotros mismos somos nuestro refugio en tiempos de aflicción. Saludos cordiales.

  5. Estoy realmemte impresionada caballero…me gustaria hablarte de un proyecto editorial que creo te va a interesar…

    ¿te aparece mi correo? si es asi puedes ponerte en contacto conmigo? a traves de una botella de cristal arrojada al mar o mediante paloma mensajera,como quieras 😉

    sigo fascinada con tu forma de escribir..

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