Tránsfuga de Toys “R” Us

Todo fuera del coche es amarillo y el coche está lleno de humo. En realidad siempre voy muy incómodo fumando dentro del coche, pero también es incómodo fumar en la puerta de un bar mientras te pelas de frío. Lo importante, al margen del vicio, es que es mi opción. A veces está peor vista la autodestrucción que el simple hecho de Joder a los demás, de hecho eso en la versión “oficial” lo suelen llamar: «competición». Por poco que te detengas a intentar ver el bosque en lugar de seguir embobado con los árboles, toda la supuesta solidez del sentido común que funciona por el boca a boca (en la versión oficial: «enseñanza»), está plagado de contradicciones y matices. En el colegio se llama Copiar, pero en la vida real es: Colaboración. En masculino es Diversión, en femenino: Ser una guarra. En la calle es Coño, en la consulta del médico: Vagina. Es una triste excusa quizá, pero la corrección política, ética, moral, terminológica, formal… tiene tanta fiabilidad como el container del callejón de atrás de un hospital. Es como hacer la croqueta en un descampado lleno de jeringuillas. De este modo, a veces es mejor hacer algo simplemente porque tú quieres, que agregarte a la masa, incluso aunque lo que tú quieras en determinado momento sea peor que la operatividad de la inercia de la masa: puede que sea peor, pero quizá es también un buen comienzo. Cuando la mayoría de personas te dice eso tan sentido de que “Tienes que ser tú mismo”, muchas veces lo que se preguntan es qué estás esperando a imitarles. Puede sonar a trazo grueso como teoría, pero seguramente no dista tanto de la realidad. Al menos es un pensamiento; es enriquecedor hacerlo (pensar), o lo sería, si no fuera porque el Error estigmatiza a las personas desde que pisan un aula de críos. Es curioso cómo inmerso en el Sistema, el error es a la vez aprendizaje y a la vez motivo suficiente para que te denosten oficialmente. Es alarmante cómo el acertar no te ayuda siempre a ser tú mismo, sino sobre todo a ser Otro más.

Son las tres de la tarde y huyo momentáneamente. Muy pocas veces cojo el coche. Eso hace que sea un conductor prudente hasta la temeridad. Tan responsable que podría poner en peligro la vida de alguien en cualquier momento. Esto parece un microcosmos de cómo son las cosas. Pero me estoy esforzando, ya mismo seré otro conductor más, confiado y relajado, con la música a tope; al menos si provoco una desgracia será haciendo lo que todo el mundo. A veces me esfuerzo por encajar. No siempre es fácil intentar ser uno mismo y a la vez no llamar la atención. Es irónico, precisamente por ser tan importantes los detalles superficiales que tanto me asquean (vestimenta, formalismos dialécticos…), soy capaz de pasar inadvertido en casi cualquier ambiente. La mayoría de compañeros de colegio que me agregué a Facebook a mis treinta, tardaron un buen rato en acordarse de mí; luego unos lo hicieron de verdad, y otros fingieron: era la primera lección para entender el medio. De todas formas, el día que despierte de un sueño profundo en una autovía a noventa por hora, si sigo vivo, sabré que he conseguido ser alguien respetable para todos.
Hay cierto bar de carretera. Fui perfeccionado el gusto por los antros que la mayoría de gente evitaría a toda costa. Entro en esos lugares por los que algunos conductores prefieren mear en cualquier otro sitio, hasta en una bolsa y tirarla al arcén. Digamos que, por más que todo el mundo diga eso de que Lo importante es disfrutar el trayecto, el camino, etc., aun así prefieren aguantarse y cagar cuando llegan a casa. Al final lo único que hay dentro de esos garitos son personas, nada amenazantes la mayoría de veces. A mí me dan más pereza esos lugares de diseño para viajeros en los que la comida parece de Toys “R” Us. No es ninguna guerra personal contra ese estilo de vida (que también), es que al menos en los antros con pinta peligrosa sabes que no habrá niños, ni cierto tipo de impostura. Si hay una forma efectiva de captar las falsedades de la gente, es desde fuera, cuando están en grupos y tú haces como que no les estás escuchando y mirando desde una mesa cercana. Cuando he visitado esos lugares familiares, también aptos para pulidos grupos de amigos, parejas, y “gente de bien” en general, he acabado más acobardado que cuando he observado desde un rincón oscuro a dos tíos amenazándose con el dedo en un tugurio lleno de “indeseables”. Es la diferencia que hay entre un trozo de carne ambiguo que no sabe a nada y una pinta de cerveza aceptable. A veces prefieres que el indeseable se comporte como tal sin rodeos, y no acabar descubriendo que lo es al cabo de años porque el tío ha decidido incluirte en un ERE mientras su empresa obtenía un 20% más de beneficios.

En verdad, la Taberna de carretera a la que suelo ir cuando necesito huir, es más ecléctica de lo que sugiere el tópico. No es que vayas a encontrar universitarios ni grupos que han salido en parejas, pero tampoco es lo que esperaba encontrarme cuando entré la primera vez. El lugar está provisto de los típicos tipos que retrasan la vuelta a casa, y de camioneros, sí, pero también puedes encontrar mujeres solas, a veces prostitutas fuera de servicio, e incluso algún solitario que de repente comienza a hacer garabatos en una libreta. En ocasiones hay lo que se podrían llamar disturbios, pero sucede de forma muy ocasional, y el dueño del antro es un tipo de lo más cordial, aunque no se acobarde cuando tiene que dar un toque de atención o echar a alguien del local.
Mi frecuencia pasó de ser mensual a ser semanal. De todas formas no tenía a nadie esperándome en casa, e incluso alguna vez en que mentí para librarme de alguna cena o cita poco apetecible, me vine a refugiar aquí, a dos horas de la ciudad, donde sabía que era harto difícil que me encontrara a ningún conocido. De un modo natural comenzó a ser mi taberna habitual; estaba lo suficientemente lejos y a la vez no tanto como para escapar al impulso de coger el coche. Y también comencé a hacer buenas migas tanto con el dueño como con alguno de los habituales. Todo encajaba lo suficientemente bien como para sentirme aislado y, digamos, a salvo.

Cuando ya llevo unas cuantas semanas seguidas siendo uno de los clientes cada viernes, una noche entra en el local una chica sola. Al principio creo que solo me ha llamado la atención de un modo especial a mí, pero cuando la chica se marcha digiriendo su cerveza, enseguida todos comenzamos a hablar de ella. No ha dicho una sola palabra más allá del Hola-Una pinta-Adiós, pero su pelo rojo y su físico, su atuendo de tejanos y blusa sencillos, han calado hondo en el lugar. No es la primera chica guapa que entra al local, ni siquiera la primera que entra sola. No parecía prostituta; no lo digo por el hecho de que fuera tan mona y joven, sino más bien por sus ademanes sencillos y su vestimenta de mujer-recién-IndependizadaEnPareja-y-con-planes-al-uso. Parecía la novia de alguien, o tu vecina, tu prima. Muy guapa en un estilo anglosajón, sí, pero en absoluto parecía nadie especial o que marcara alguna diferencia. Más bien alguien del montón, que evita “neuras”, lo quiere todo ordenado en su universo, y cuyo sentido común y coherencia no tienen nada notorio. O sea, alguien normal que juega a su favor y según las reglas –sean las que sean– y ahuyenta los pensamientos propios que considere potencialmente amenazantes en términos de poder hacerla parecer alguien rara.
Para cuando voy a la Taberna a la semana siguiente, el dueño tiene toda una historia que contarme. La chica es de la ciudad y quiere ser actriz, tiene 26 años. Trabaja como camarera y se fue de casa a los 18. Ha ido al local todos los días desde el viernes pasado. Uno de esos días el dueño entabló conversación con ella. Ella explotó, habló de su vida –aun no pareciendo del todo transparente– y luego dijo estar teniendo unos extraños dolores de espalda. Estaba preocupada. No quería ir a casa de sus padres ni comentarlo con ningún amigo. No quería ser la comidilla. Porque le estaban creciendo dos bultos, uno en cada omóplato. Todo el mundo le dice que vaya al médico, pero ella solo pernocta, y lleva días sin ir al trabajo. Dice tener pesadillas. En todas muere y sus padres no lloran en su entierro, pero eso es solo el principio del sueño: luego se la juzga por toda su vida, San Pedro la recibe y la acusa de ser una egoísta y de pensar solo en ella misma. Le dice que se debía a su familia, a su gente, al sacrificio, a todo lo que se considera sinónimo de bondad. Le habla de las mujeres como fuente de renovación, de tener hijos, de no negar La Misión personal en pos de objetivos extraños individuales. Cuando despierta sudando, no puede quitarse de la cabeza el sueño. No se difumina durante el día.
A la semana siguiente, la historia continúa. La chica está en la taberna, pero en la trastienda, refugiada con permiso, y llora más o menos todo el tiempo que permanece despierta. Los clientes habituales la visitan y se compadecen. Clientes cincuentones rudos a los que no he visto transmitir nunca nada profundo, discuten sobre qué pueden hacer con “la niña”. Le hablan con palabras tiernas. El tabernero me la muestra y presenta; está en una habitación llena de cajas de bebidas, sentada en un sillón (muy posiblemente puesto ahí para ella), con solo una pequeña ventana, y un televisor minúsculo conectado sin volumen. Me presenta como un buen chico, alguien que puede ayudar a ayudar. Ella tiene la cara hinchada y el pelo pelirrojo apuntando en todas direcciones; sigue siendo físicamente llamativa, aunque está obviamente desaliñada. Es luego, cuando el dueño le dice a la chica que me enseñe lo que pasa, cuando ella despliega en parte dos grandes alas (no caben en la estancia), dos alas blancas con su plumaje y toda la irrealidad real con la que jamás pensé podría llegar a toparme en la vida. La muchacha se ha acostumbrado a ir desnuda de cintura para arriba; solo lleva dos pezoneras color carne, y dice que si intenta ponerse ropa normal, comprime demasiado su nuevo “complemento” físico, y vuelven los dolores de espalda que al parecer desaparecieron cuando «se acabaron de desarrollar».
El dueño me lleva a un lado y me dice que intentó que saliera a caminar por el local, aunque solo fuera para estirar las piernas; pero se sentía patosa, sacudía las alas como en actos reflejo y desmontaba todo lo que hubiese cerca. El tipo estaba realmente preocupado, y estaba claro que en unos pocos días ya había surgido un vínculo potente con ella. Era una relación padre-hija, él estaba seguro de que eso era justo lo que ella necesitaba. Así, decidió darle ese habitáculo en el que esconderse, y presentarle solo personas que él cree la tratarán con delicadeza. Apenas quiere comer, aunque bebe mucha agua. A veces pone el televisor, pero al poco rato siempre acaba quitándole el volumen o desconectándolo. Cuando comienza a anochecer, y con el local cerrado, suele tener fuertes crisis en las que no deja de gritar que ella no se merece lo que le está pasando, que no ha hecho mal a nadie, que no es mala, etc. El dueño me dice también que a él no le preocupa que alguien pueda hablar más de la cuenta. Dice que se fía de los clientes que lo saben, pero que aunque pudiéramos contarle la historia a alguien sólo conseguiríamos quedar como unos tarados. Es la mejor baza que tiene esa muchacha, me asegura. Me dice que no se veía capaz de guardarse para sí el secreto, la noche que ella le mostró sus nuevos omóplatos él ya estaba apunto de cerrar; ella había ido solo a eso, tarde, con una gabardina que no conseguía ocultar ciertas protuberancias. Se quería suicidar, me dice, así que la cogí por un brazo y la llevé a la trastienda. Suerte que ahora vivo solo, me comenta. El dueño se divorció de su mujer hace dos años, así que, al igual que tantos otros, no tiene motivos poderosos para volver a casa. A veces es desamor conyugal, y a veces es que no hay nadie. Estas tabernas, estos lugares apartados, en efecto –y por paradójico que suene–, parecen ser los refugios por los que mucha gente no se pierde del todo, o se suicida.

Comienzo a ir cada tarde a la taberna. Se convierte en una necesidad. En una responsabilidad. Somos siete los que sabemos que una chica de 26 años ahora tiene alas. Alas de verdad. No académicas, ni profesionales, ni de protocolo. Es posible que volar no sea una metáfora para ella, sugiere Pamela. Pamela es prostituta, forma parte del grupo. Somos cuatro hombres y tres mujeres.
Lo que meditamos cuando la chica ya lleva veintisiete días llorando, aleteando, y perdiendo plumas por impulsos en la trastienda, es que hay que sacarla de ahí. Tiene que moverse, explorar físicamente eso que le pasa.
Una noche nos reunimos con ella. Ella siempre nos acoge entre agradecida y avergonzada. Cuando ya está el local cerrado y la muchacha ha acabado de lavarse (lo cual significa un gran cubo metálico de agua templada, una pastilla de jabón y trajinar con una esponja), nos metemos con ella en la pequeña habitación, y casi no cabemos. Le decimos que parece un paso lógico el que salga de ahí, cuando ella quiera, puede que mañana, o dentro de una semana, cuando se vea preparada; que salga de ahí, afuera. Afuera solo hay una carretera deshabitada por las noches. Solo hay tierra árida en muchos kilómetros a la redonda. No es que se vaya a solucionar nada así de momento, le decimos, pero al menos podrá coger aire, podrá moverse y ver mejor qué ha cambiado en su cuerpo.
Ante nuestra sorpresa, la muchacha se pone de pie y pregunta si puede hacerlo ya. El dueño asiente y abre la puerta sin decir nada. Ella nos dice que vayamos delante o detrás, pero no al lado de ella, aún no sabe «mantenerlas quietas sin más».
Caminamos hasta fuera. Rodeamos a la chica. Las alas desplegadas por completo resultan impactantes. Lo que queréis –dice ella– es saber si puedo volar, supongo.
Ninguno respondemos. La muchacha agita las alas. De entrada, mueve los brazos arriba y abajo como haríamos todos en pantomima. La alas comienzan a moverse con velocidad, levantan polvo. Alza el vuelo unos diez metros…, y baja enseguida por miedo a perder el control y caer como una piedra. Todos hacemos comentarios más bien estúpidos, como si intentáramos enseñar a alguien a montar en bicicleta. Cada vez que vuelve a intentar alzar el vuelo, lo hace más y más alto. A la quinta vez que practica ese ejercicio de alzarse y bajar a tierra, nos fijamos en que muchos de sus mechones pelirrojos se están volviendo blancos. Un blanco que recuerda más al algodón que a las canas. Ella se percata y se queda mirando uno de los mechones, lo acaricia con dos dedos. ¿Te sientes mejor al menos, cariño?, le pregunta Pamela. La muchacha no dice nada, pero hace una mueca esperanzadora. Entonces corre y vuelve a alzarse; parece ir muy lejos y muy alto. Vemos una sombra cerca de una colina enana; la luna está llena. Entonces, unos treinta segundos después, cae una roca de unos doscientos kilos a veinte metros de nosotros. ¿¡Habéis visto eso!?, grita la muchacha volviendo a aterrizar. Estamos con la boca abierta, literalmente, esos bracitos de camarera no han podido levantar… Es justo en ese momento, cuando comenzamos a sentir miedo, cuando la chica sonríe y comienza a correr nuevamente para alzar el vuelo y alejarse con velocidad.
Esta vez, la siguiente vez que la volvemos a ver, es ya por la tele.

A las dos de la mañana, antes de lo habitual, el dueño había cerrado la taberna. A eso de las cuatro y media, en el plasma del local (que acostumbra a estar apagado), hay imágenes de la Torre Eiffel. Puedes hacer zapping y ver lo mismo en todos los canales. Se informa de que alguien, una chica con una cabellera plateada y alas, quizá usando cierta infraestructura o tecnología terrorista desconocida, vuela alrededor del monumento, y de hecho por donde quiere, por la ciudad. Coge a personas, alza el vuelo, y las suelta. Hay toda una ruta geográfica de cientos de kilómetros ya sembrada de cadáveres reventados contra el suelo, como de haber caído desde las torres gemelas. Además, dos aviones comerciales se han estrellado sin motivo aparente; es decir, lo raro es que ya son dos (otra vez igual que en las torres gemelas). Vemos las imágenes totalmente hipnotizados. Varios focos persiguen a la muchacha voladora. No siempre consiguen enfocarla con las cámaras. De vez en cuando alguno de nosotros dice algo como: “¿Tendríamos que hacer algo?…” Mi sensación personal, por todas las historias que el dueño me ha contado sobre ella, es la de que toda su vida ha debido estar bajando la cabeza, al estilo de como nos imaginábamos que era justo cuando entró por primera vez en el local. El problema: ella no era así en el fondo. No todo el mundo es así, y aguantarse puede ser un error. Supongo. Que te den alas además, no lo sé… No sé bien qué es la justicia divina, el karma. o si existe Dios, y mucho menos si tiene sentido del humor, o de la venganza. Una de las noticias que trasciende es la de que la primera persona a la que ha matado ese ser, era su padre. Su propio padre. El resto, supongo, viene por efecto dominó. Ahora ya no parece tanto un ser humano como un fenómeno místico-meteorológico. Y lo que es peor: una consecuencia; y no mera magia o crueldad gratuita.
El ser alado desparece un buen rato, y luego nos enteramos de que un tercer avión se ha estrellado. No solo mueren todos los pasajeros de cada avión, sino que además caen en ciudades atestadas, lo cual suma cientos de víctimas más. A veces se ve al ser sacando de sus tejanos el móvil. Se desconoce qué puede estar consultando en él, qué aplicación. ¿Para qué usaría el móvil alguien que sabe volar? Los cadáveres siguen lloviendo del cielo. Se ha detenido el tráfico aéreo de tres países. No siempre el poder lo tiene una sola persona, y menos si es camarera. Los que vemos las imágenes desde la taberna, tenemos sentimientos encontrados. Obviamente nos sentimos a salvo, no parece probable que ese ángel o demonio pueda tener ganas de venir a por nosotros. Parece que es más bien el resto del mundo lo que le molesta ahora (o desde siempre). Yo lo intento otra vez. Digo en voz alta que deberíamos llamar a alguien, a alguien que conecte con algún cargo de responsabilidad. Contarle la historia. El dueño, sin dejar de mirar la pantalla, dice: “Sí… pongo otra ronda y lo hacemos…”

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3 comentarios en “Tránsfuga de Toys “R” Us

  1. no estaria nada mal que a todos nos salieran alas, ser libres de una vez y dejar de esatr encorsetados… es tan utopico y bonito que seguramente resultase doloroso, para los demas…

    nota mental: enganchadisima al blog oiga!! me encanta como escribes

  2. se te dan muy bien las descripciones…ceear atmosferas es algo importante para enganchar al.lector…pero,tecnicismos aparte,para mi la magia está en el fondo de todas tus historias.Hoy en dia es dificil.sorprender (sobreinformación por todos.lados) pero tu.siempre lo.consigues.Me ha encantado cómo dices que un tugurio es mejor que eso bares familiares como.comida toys r us jaja genial; y la mujer alada tambien,porque no has descrito al tipico angelito bueno…me.gustan esos giros 😉

    mordiscos

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