El diario de Frank Lachapelle

Día 50: Algo que hacer

Mis compañeros de refugio creen que soy idiota, y que algún día voy a hacer que los maten. No entienden lo de escribir un diario. Aunque lo cierto es que antes tampoco entendían por qué escribía en general. Lo bueno es que sé que tampoco lo leerán. No por nada, simplemente porque antes ya no leían una mierda por gusto o curiosidad después de haberse sacado sus carreras. Antes, de hecho, para ellos la cosa no era tan distinta. El problema ahora es que no pueden llenar ningún vacío con ruido, pose o frases rampantes. Ya no vale lo prefabricado. Ya casi nada anterior vale una mierda.
Se llaman infectados, me dicen siempre; llamarlos de otro modo llama a la confusión. No les sentó nada bien la primera vez que llamé a uno de ellos Podrido Soplapollas. Están enfermos, me dicen. Pero aun así no dudan en matarlos si hace falta igual que yo. Lo de escribir mientras ellos se preocupan me convierte en poco más que una ladilla. Lo que piensan es que todo esto me da igual porque no tenía nada que perder. Pero lo que yo creo es que a algunos de ellos lo que les cabrea es haberse dado cuenta de que ellos tampoco. Nada valioso que perder, porque en realidad no tenían casi nada auténtico. Esto es lo que yo llamo el final del capitalismo. Ellos lo llaman Apocalipsis (aunque la palabra también les disguste), Dios lo llama oportunidad, el Diablo se ha encendido otro pitillo, y –una vez me he acostumbrado a vivir sin Internet ni café y demás– solo hay una cosa que echo de menos, y es a una persona (que a día de hoy ya podría ser literalmente una cosa).

Día 72: Hambre

Me pregunto qué pasaría si algún día el mundo resucitara y volviera a ser como antes. Si cuando esta generación les hablara a sus nietos sobre el hambre, a ellos les aburriría tanto como a nosotros haber oído hablar de hambre a nuestros abuelos. Cada vez quedan menos lugares que saquear.
Teniendo en cuenta que cuando empezó todo me quedaban unas dos semanas antes de que me desahuciaran, ahora no estoy tan mal. Estoy bajo techo y en igualdad de condiciones con todos. Les he dicho a los demás que solo es mi forma de ver el vaso medio lleno; me han insultado en susurros entre ellos. La teoría popular aquí es que ellos no merecen esto, y que yo me alegro de que sus luchas personales hayan acabado así. En mi opinión lo primero no es del todo cierto en un sentido kármico (aunque solo sea casual), y lo segundo… bueno, en parte sí; pero lo que ellos nunca aceptarán es que en el fondo son igual de ineptos que yo.
Como sea, si el mundo resucitara, creo que con la misma materia prima solo lograría convertirse en un zombi de sí mismo. Me imagino al plantea Tierra con colgajos sangrientos y buscando otros planetas a los que destripar.

Día 82: Comida

Echo de menos mi blog de relatos. Echo de menos escribir relatos. No veo el sentido de hacerlo aquí, ya que nadie lo leerá. Aun así es probable que recupere las ganas, aunque acabe siendo mi propio espectador. El ego en solitario no funciona tan bien como el sexo en solitario.
Pero aun así, hace unos días una de las chicas del grupo reptó como una serpiente viciosa hasta la parte del suelo en la que duermo, y se me folló en silencio. Luego alegó que nadie se iba a creer que ella lo hubiera hecho conmigo, y que no podía hacerlo con ninguno de los otros, ya que tenían un alto concepto de ella, así como ella de ellos. Básicamente me usó, y me gustó mucho, pero no ha vuelto a pasar. Quizá solo deba esperar a que vuelva a estar lo suficientemente cachonda.
También hemos descubierto un almacén, aunque está algo lejos, pero nos abastecerá de comida y bebida hasta que se vacíe.
También hemos decidido que quien haga guardia esté en la calle para percatarse mejor y ahorrarnos más sustos.
Y también tengo miedo de que se haya quedado embarazada, aunque no me corriera dentro. Creo que podría ser que ella no hubiera conseguido correrse, y que por eso aún no ha vuelto a por más.
Sigo pesando por qué aun siendo en teoría el más odiado aquí me han procurado sexo. He pensado en metáforas relacionadas con lo que llamamos el mundo real (el pasado), pero eran aburridas.

Día 100 (creo): Puñetazo

Hace una semana me enzarcé con uno de los del grupo. Fue algo repentino y no supe a qué venía. Luego, obviamente lo asocié al sexo, que ya ha acontecido más veces con la misma chica. Creo que el tipo estaba algo colgado de ella, y no ha acabado de entender que el motivo por el que se me folla a mí es que no me tiene ningún respeto. Al parecer el tipo no moja con ella porque no parece que ella sienta lo mismo por él, y por tanto la muchacha debe haber pensado que follárselo implicaba enviar un mensaje equivocado, así como follarme a mí era más cómodo porque en la versión oficial yo no tengo nada parecido a un sentido de la responsabilidad, o sentimientos definidos, etc. Eso probablemente me convierte en el primer consolador humano del Apocalipsis. Pero lo mejor no acaba ahí. Lo mejor es que la chica me ha confesado que ha sido cuando ha sabido del cuelgue de ese chico cuando ha empezado a correrse follando conmigo (por estar siendo “mala”, por el morbo, obviamente). Es decir, primero follamos y luego se siente culpable, pero vale la pena, quizá por primera vez vale la pena de verdad más el trayecto que el objetivo, quizá también porque no hay objetivo aquí más allá del orgasmo, y además ahora el tipo del cuelgue mata zombis que da gusto de tan enrabietado como está con la situación.
Ahora duermo en otra habitación, pero al tío le basta con ver el hueco habitual de la chica sin bulto para saber que ella está conmigo, porque me odia y soy fácil y estoy vacío sobre el papel. Ahora no se hablan, pero yo con él ya no me hablaba antes, y el resto, si les importa algo lo disimulan muy bien.

Día 127: Joder

Quiero ser muy sincero, desde que se ha acabado el mundo estoy follando más que en toda mi vida. Pero hace dos días ocurrió algo desagradable. El tipo del cuelgue se enfrentó solo a diez o doce de esos Podridos Soplapollas, y acabó destripado mientras el resto entrabamos en la casa y reforzábamos puertas y ventanas. Mi amante “secreta” estuvo llorando durante unas seis horas de forma intermitente. No es que a mí no me afectara, pero ya he visto a los suficientes morir para que la experiencia ya no sea más desagradable en el pecho de lo que antes era levantarme un lunes a las 6 para ir a un trabajo horrible; esa sensación de hastío de los primeros diez minutos, que luego se va disipando durante el jueves (…). Solo que ahora tienes que superarla rápido, porque si no el siguiente puedes ser tú…
Aun así, la noche de ese mismo día en que el tipo murió, la chica volvió reptando otra vez a mí, y pareció disfrutar más que ningún otro día follando. Puede sonar enfermizo, pero digamos que los estándares de lo enfermizo han subido considerablemente. Ahora mi sensación escribiendo aquí ya es casi la misma de cuando podía leerme alguien. Es algo nuevo y extraño. Puede que yo también necesitara despertar de algún modo.

Día 134: El gilipollas

Era finales de noviembre, o puede que ya diciembre. El muy mamón llevaba uno de esos jerseys sin mangas (gris), una camisa blanca por debajo y un sombrero en plan años veinte que le quedaba premeditadamente pequeño. A cada rato sacaba a colación subrayados en latín para cerrar sus intervenciones en la conversación; contracciones gramaticales que a menudo resultaban ser más un añadido o hasta un complemento personal más, algo más estético que verbal. Había publicado un libro de poesía que yo no había leído. Tenía una novia que daba la sensación de estar con él más por cómo hacían juego ambos con el decorado de los lugares que frecuentaban, que por algo ni remotamente parecido a una amistad real o el amor “sufrido” de verdad. Te era imposible imaginarlos follando sin velas y copas de vino a medio terminar. Ella, aquel día, era como la madre de tu novia presente en una cita con tu novia; no sabías a qué venía, pero ahí estaba, sin motivo aparente, sin discurso, sin sentido del humor, sin tetas. Y pegadita a él.
El gilipollas hablaba por los dos. Me figuro que su novia admiraba eso de él; la determinación, la verborrea, el listado oficial de logros, la falta de vergüenza al vestir, su “modernidad”; supongo que lo que irradiaba él para ella, era seguridad en sí mismo. Es curioso cómo la debilidad personal se asocia siempre a la maldad o el cinismo, y cuando un tío se pone sombrero y se expresa como éste lo hacía, casi nadie ve en eso un escudo más. De todos modos, no creo que fuera su caso; no creo que él potenciara esa pose para disimular una terrible fragilidad. Él, realmente, era gilipollas, ése era su verdadero yo, y cada puntada de su ropa o poro de su cuerpo, supuraba gilipollez.
El muy gilipollas se adentraba en largos discursos sobre poesía, aunque al cabo de diez minutos la gente de su alrededor ya tuviera cara de poker y no supiera cómo decirle: «¿Es que eres gilipollas o qué?». El auténtico gilipollas no suele saber que lo es (lo cual le convierte además en tonto). Muy a menudo, las personas que tienden a estar más seguras de sí mismas, están a muy pocos pasos de ser gilipollas. Una línea muy fina los separa de la gilipollez. El gilipollas en cuestión ya hacía mucho que se había meado en esa línea. Su gilipollez ya era de una pureza natural indiscutible. Una gilipollez gran reserva, que había madurado con los años seguramente en un entorno plagado de otros gilipollas como él. Uno no puede saberse gilipollas cuando todo el mundo a su alrededor lo es casi todo el tiempo. Ése parecía ser su caso: parecía provenir de un ambiente de clase media-alta en que el arte no es una cuestión de belleza, sino de estatus, la realización personal tiene que ver sobre todo con los galones acumulados en la solapa, y la vida es una cuestión de optimismo sin fin aunque a tu alrededor la gente vomite con las tripas fuera debido a las minas antipersona que otros gilipollas sonrientes idearon.
Claramente, hay muchas clases de gilipollas, y seguramente todos lo somos hasta cierto punto. Pero lo interesante del gilipollas tratado aquí, es que no había mucha gente que se atreviera a reconocer en voz alta el que ese muchacho pudiera ser gilipollas. En cierto grado, obviamente él no tenía toda la culpa de ser así. Su look indie –aunque no necesariamente por ser indie– ya te estaba avisando de la que se te podía venir encima cuando lo veías llegar a cien metros. Aunque sólo lo traté durante aquel día en una de esas reuniones de amigos con amigos de amigos, ya pude determinar que estaba ante cierta clase de gilipollas cada vez más habitual.
Los gilipollas de pura raza, normalmente provienen de la moda. Cualquier moda. Da igual si es una corriente estética o musical o ideológica, o de cualquier otro tipo. Cuando un estilo original a la hora vestir o crear en cualquier campo artístico o mediático comienza a convertirse en moda por contagio, es cuando de ese grifo metafórico del que salía agua cristalina nueva, potable y refrescante, empieza a salir mierda; una mierda que se convierte en un moho asqueroso en el que se suelen criar todas las clases de gilipollas existentes. Así nacen. Se suman a una corriente a la que ellos no van a aportar nada, y que a su vez va a eliminarles en gran medida su propio carácter. A todas luces, está bastante claro, de hecho, que el haber caído enseguida en las garras de la moda que sea, es el resultado de una ya anterior escasez de carácter. Lo cual quiere decir que, este tipo de gente que acaba siendo tan gilipollas que ya ni pueden sospechar que lo son, siempre operan de ese modo. En todo. A la hora de estudiar o no (y cómo), tener vocación o no, a la hora de ligar o no (y con quién), incluso a la hora de lo que ellos suelen llamar siempre «madurar»… (a los gilipollas les suele encantar dividir la vida en fases). Es el sutil proceso a través del cual una persona con inquietudes propias se convierte en un títere. Y de eso, pasa a regodearse en su condición de títere, y hasta acaba presumiendo de ser como es (de ahí suelen salir esas máximas sobre la confianza propia total, el no arrepentirse de nada ¿?, o el querer forzar momentos mágicos en la vida que llegan cuando te mueves, pero no porque tú los busques; ya que tampoco sabrías cómo ni dónde buscar).
Sea como sea, estaba claro que el tío era gilipollas. Estaba claro que a su novia le encantaba que fuera así. No cabía duda de que se sentía cómodo consigo mismo, encajaba en un millar de clichés muy discutibles sobre cómo hay que ser para triunfar en la vida. Y, lo más terrorífico de todo, estaba clarísimo que le iba a ir bien.

Día 135: Pensar

Es decir, ¿cuántos psicópatas había en el mundo real de los que los conocidos hablaran pestes? ¿Alguna vez alguien oyó a alguien decir de un psicópata cuando le habían atrapado que era un tipo arisco y cínico, cabreado con el mundo o potencialmente peligroso? Coño, solían ser bellas personas, educados, amables, discretos… Eran todos subproductos del sistema educativo, del sistema en sí, de hecho. O sea, todo brillantez exterior y mala hostia por dentro. Y luego pasaron a ocupar cargos de poder, y luego llegó la infección. ¿Cómo es posible que nadie más aquí, entre los del grupo, lo vea?
La infección ha podido ser simplemente karma, o Dios, o la naturaleza ya harta moviendo ficha, pero ¿acaso no es sugestivo que al final haya explotado todo de verdad, y que no haya sido un declive gradual?

Y quiero aclarar una cosa: Lo que hacemos los tíos a los que se nos considera amargados es suicidarnos. O no. Pero no vamos por ahí jodiendo nunca a nadie más que no sea nosotros mismos. Lo cierto es que ser infeliz está muy mal valorado; pero la verdad es que ser todo el tiempo feliz es una mentira, y también el motivo por el que algunos tuvimos que sacrificarnos siendo infelices por nosotros y por muchos otros. Esa descompensación absurda, la negación clásica, no podía aguantar más tiempo, de un modo u otro la cosa tenía que reventar.

Día 142: Amistad

La verdad es que lo de la marcha atrás está funcionando. O eso o ella es estéril, o lo soy yo. Lo que ha pasado los últimos días ha sido raro. La muchacha que me folla porque no le intereso lo más mínimo se debe haber comenzado a aburrir de los demás, y ha comenzado a darme conversación. La verdad es que me descoloca cada vez que lo hace: cada vez que acabamos de follar y ella en lugar de irse a su zona se queda echada boca arriba y comienza a hablar del mundo real y de que ya no sabe si lo echa de menos. Hablamos de la perdida, pero la verdad es que yo no tengo mucho que decir, porque mis padres hace años que cascaron juntos camino a unas vacaciones, y hablar de la única persona a la que echo de menos sería como darle más forma y presencia a una carencia que solo me haría sufrir inútilmente.
Tengo una reputación que mantener aquí. Verme llorar o apesadumbrado sería demasiado incómodo para todos, ya están lo suficientemente desconcertados… siempre he sido de esas personas cuyos comentarios provocan risas tristes o negaciones sutiles de cabeza, y cuando alguien, puntualmente, se muestra de acuerdo conmigo, enseguida empieza excusándose con los presentes y pasa a detallar por qué podría estar de acuerdo con alguien tan capullo como yo en lugar de tomarse mis divagaciones «sanamente» a broma.
Estoy comenzando a tener la paranoia de que quizá sí acabe leyendo esto alguien, y no sé si debería editarlo o arriesgarme a quedar como un hijo de puta. Creo que hay cosas bastante fuertes aquí. La verdad es que cuando se trata de ser sincero, ningún confidente podrá competir nunca con un boli y una libreta vieja.
Otra paranoia que estoy teniendo, es la de que si esa chica sigue acortando distancias emocionales, puede que decida dejar de follarme. No bromeo, ha tenido que acabarse el mundo para que pasen varias semanas seguidas sin masturbarme.

Día 157: Hola

He decidido que el diario se quedará como esté. No voy a tachar nada ni a arrancar hojas. Es todo verdad. Así que si estás leyendo esto porque alguien decidió publicarlo tras mis amenazas editoriales, debes saber que aquí esta gente y yo pasamos un hambre de narices, te importe o no. Debes saber que todo lo que tienes lo tienes gracias a nosotros. Somos el año cero, niñato. Nosotros matamos a toda esa panda de Podridos Soplapollas. Nosotros follamos en condiciones horrorosas de higiene para perpetuar la especie, nosotros dormimos fatal todas las noches e hicimos guardias eternas con un frío que pelaba.
Más vale que estés atento, porque seguramente, quieras o no, te querrán meter esta historia por el culo en el colegio, y tendrás que soltarla sobre el papel. Apunta. Solo eres el nuevo ciclo, procura no cagarla.

Día 190: La persona

Solo quedamos cuatro. Pero dicen que alguien ha inventado un antídoto o algo así. Dicen que muchos infectados están volviendo a ser humanos. Ha comenzado a funcionar una emisora de radio. Y a no ser que se trate de algún tipo de locutor cruel, se ve que el mundo podría tener otra oportunidad.
En cuanto lo hemos sabido, la chica ha dejado de follarme y ha comenzado a hablar de hacerse pruebas, análisis de sangre. Ha comenzado a verme como un error. Ha comenzado a llamarse a sí misma puta. “Licenciada, profesional, recta, y voy y me comporto como una puta…” Da igual que le diga que solo ha follado conmigo, el solo hecho de haberlo hecho conmigo la hace sentirse como una guarra, una salida enfermiza. Se lo estaba entregando todo al fin del mundo, y ahora resulta que su prometido, el mundo real, ha vuelto, y tiene planes de boda. Se siente como si le hubiera puesto los cuernos al mundo real conmigo. No duda en divagar en voz alta ni le preocupa que eso me pueda humillar. Es como si la chica en la que se estaba convirtiendo estuviera cediendo en favor de la chica que era. Y no es que todo eso me haga sentir bien, pero al no extrañarme su reacción a las nuevas noticias, duele menos de lo que cabría esperar. Por no decir que ella nunca ha sustituido en mi mente a la única persona que echo de menos. Puede que ahora pueda encontrarla si ha sobrevivido.

Día 350 (más o menos): Poco formateo…

Nunca pensé que volviera tener este diario viejo entre las manos. Ya no recuerdo por qué puse lo de Frank Lachapelle en la cubierta…
Estoy a la espera de afrontar una entrevista de trabajo para quizá conseguir otra vez un trabajo horrible del que poder vivir/malvivir. Las ciudades no estaban tan jodidas como cabía esperar, los desperfectos no eran tan… apocalípticos. Ha muerto mucha gente, claro, pero aun así sigue habiendo mucha viva, y muchos de ellos serán recordados como la generación de las cicatrices. Infectados recuperados. Mucha pierna ortopédica y muchas mordeduras y heridas terribles que se han cerrado pero han dejado huella. Ha sido una especie de tercera guerra mundial.
Ahora vivo con mis tíos. Me acogieron con el extraño cariño de quien se ha pasado meses creyendo que iba a morir de forma horrible. Antes ni siquiera nos veíamos, ni en navidad, ni ganas. Ahora somos otra familia nuclear más (y tener a mi prima de 20 años pared con pared está siendo, por decirlo así, interesante). Sé que no tardaré mucho en cagarla. Y aún no me he atrevido a hablar con la Persona. Sé que está viva, y está intacta. Había tenido pesadillas con que hubiera quedado deforme y con cómo hubiera influido eso en lo que siento por ella. Pero está perfecta, y probablemente perfectamente comprometida con alguien. Necesito tener algo que ofrecerle antes de tener esa conversación. Necesito al menos parecer alguien estable, alguien a quien el Apocalipsis ha centrado. Existe una corriente psicológica que habla de lo muy positiva que ha sido para muchas personas la oportunidad de volver a nacer. Yo no me siento muy distinto; es como si me hubieran puesto con diez tíos más frente a un pelotón de fusilamiento y hubieran errado el tiro conmigo, como si estuviera en el suelo haciéndome el muerto, más por pura parálisis que por instinto de supervivencia, ya que ya me había mentalizado para morir. Pero no, de golpe tengo que asumir que voy a tener que gestionar muchos más años de vida, y encima con motivos para vivir.
Sé que suena paradójico y extraño. Me siento poca cosa en relación con lo que deseo. Me debato entre cobijarme en la dignidad que se cobija todo el mundo o perseguir lo que quiero, que son muchas cosas, pero quizá cosas para las que yo no estoy preparado, cosas que no merezco, o que no tienen la culpa de nada para tener que soportarme en su universo. La Persona que al final no es una cosa. El sol sigue indiferente arriba. No me gusta la sonrisa de la tía de Personal que me va a entrevistar.

misteriosa

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3 comentarios en “El diario de Frank Lachapelle

  1. Me ha gustado mucho, en muy poco espacio has resumido algo que podría ser, casi casi, una novela completa… Al menos a esos tipos les queda lo que comentas, la dignidad, pueden decidir quitarse de en medio o no, pero no van dado por culo con que si lo hago o no lo hago…

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