El efecto ANE

Cuando era adolescente, a los 14 o 15 años, si hubiese contestado con sinceridad a la pregunta ¿Qué quieres ser de mayor?, mi respuesta habría sido: Nada, pretendo estirar esto hasta los 25 como mucho, luego quiero suicidarme.
Ya de niño era así, lo tenía clarísimo, no veía qué coño hacía en el mundo. Y en la adolescencia esa sensación no hizo más que acentuarse; encima encontré motivos concretos para llevar a cabo mi plan. Los estudios no eran lo mío, de hecho solo me amargaban, las chicas me gustaban pero me aterrorizaban, y en lo que se refiere a mi familia, siempre pensé que tras mi muerte lo pasarían mal, pero que luego se recuperarían al tomar conciencia de haberse quitado un peso de encima. Para colmo, además todo el mundo te decía que la mejor etapa era la que estabas viviendo, que luego todo iba cuesta abajo…
Luego, lo que descubrí, es que si hay algo incompetente e ignorante en esta vida, es un adulto que se crea lo suficientemente maduro y sabio como para contarle una historia coherente sobre el mundo a un niño.

No es que no tuvieran razón en algunos aspectos respecto al futuro, pero con el tiempo puedes acabar descubriendo que ellos estaban al menos igual de perdidos y acojonados que tú, y que en realidad lo único que les hace sentirse normales y a salvo es parecerse a los demás, a la mayoría, sean como sean. Eso no dice mucho a su favor. Nada como el ser humano para unirse en la mediocridad y ser incapaz de cohesión alguna en pos de un cambio a mejor. En definitiva, estaba creciendo en una sociedad en la que la mayoría de gente no sabía cómo gestionar La Verdad en relación con ellos mismos, y donde por tanto preferían conformar sus vidas de pequeñas farsas aceptadas con las que conseguir la aprobación ajena, y ya de paso pagar la hipoteca y sentirse satisfechos y arropados cada fin de mes.
Eso hizo que todo cambiara; pasabas de ser alguien que se consideraba un inútil, alguien enterrado en dudas y miedos que pensaba que los adultos lo tenían todo controlado, a descubrir que en el fondo ellos no hacían más que procurar que no les tocaras las pelotas, que aprobaras en el colegio, que no hicieras preguntas, que no te quejaras, que no pusieras en duda nada de lo que ellos hicieran, etc. Cada relación padre/hijo (o profesor/alumno) sigue siendo poco más que una pequeña dictadura hipócrita. El porcentaje de padres que de verdad sepan gestionar la educación de sus hijos debe ser aún menor que el porcentaje de gente que lee. Si mucha gente no tiene ganas de poner el cerebro en marcha para leer, mucho menos lo van a hacer con un hijo –que es mucho más complicado– a partir del momento en que deje de hacer las veces de muñequito tierno y novedoso.
Estás metido con calzador en un sistema, y debes acatarlo; si no lo haces, quizá le vas a complicar la vida a todo el mundo. Es como soltar el yunque en un campo de concentración moderno y sacar un pitillo, quién sabe lo que estás provocando.
Hay un sentido común común cuyos parámetros parecen infranqueables. Lo único que puede desafiar, para bien o para mal, todo ese rollo de responsabilidad de diseño y sacrificio mal encauzado provocador de un mundo injusto y desequilibrado, es un acto irracional. Y cualquiera que alguna vez haya tenido a una sola persona en su cabeza durante meses o hasta años, sabe cuál es la única forma de que todo ser humano vivo pueda volverse irracional, imprevisible, y quizá incluso creativo. Ese rollo en su vertiente más pura es lo único que es capaz de provocar un pensamiento lateral en cualquiera. La locura no está tan cerca de la genialidad por nada.
El problema con el amor, es que incluso con eso hay gente que cree que puede comenzar a ordenarlo todo en fases de aprendizaje y apartados… Para poder someter siempre también eso a nuestros deseos y necesidades actuales (ooootra vez). E incluso llegan a convertir esa filosofía administrativa de mierda en frases aleccionadoras, alentadoras o supuestamente optimistas que tienen que ver con aprender a querer. Aprender a querer… ¿puede haber una frase más estúpida? ¿Cuándo nos entrará en la cocorota que no podemos controlarlo todo?
A no ser… que se refieran a las formas (ooootra vez), a dar mimitos y demás, lo cual no me parece una gran lección si no sale de uno mismo; el día de los enamorados el novio gilipollas que te está poniendo los cuernos te hará un regalo también. Si no, ya verás

Vas a quedar estupendamente. De eso van la mayoría de las lecciones de la vida aún. No hace falta que seas estupendo (probablemente eso ni tan siquiera encaja en el sistema). Lo importante es que vas a quedar estupendamente. Olvídate de ti mismo de una puta vez y cómprate rodilleras, o práctica la dilatación con zanahorias. Pero no, aquí llega el pipiolo que quiere ser él mismo, que quiere cambiar el mundo… Olvídate de la chica de ese concurso de una maldita vez. No te conoce, y aunque se te plantara delante no le dirías nada.
Eso te dicen. Aunque ellos sienten lo mismo que tú por ella. Joder, todos lo sienten. O lo sentirán.

Una operadora de cámara –la única que faltaba en el equipo– al final ha reconocido que ha caído también. Dice que lleva dos semanas soñando con ella. En los sueños no hay nada sexual, solo un prado luminoso a mediodía. Dice que la concursante coge su mano, sonríe, solas las dos. Me lo confiesa en un pasillo del edificio, me ha llevado fuera del plató. Ha roto a llorar. Le he dicho que no pasa nada, yo hace como dos meses que caí. Todos caen. No importa de qué sexo seas. Ya no es una cuestión de a qué lavabo entras. Esto trasciende todo plan que nadie pueda hacer con su vida. Ya no hay más control, el control en todo lo concerniente a este canal de televisión y su audiencia creciente, ya es algo demodé. Esos sentimientos que algunas columnistas de revista femenina te dicen que puedes gestionar, pues bien, ya pueden ir esas tías y hacerse dedos hasta que no puedan ni tocarse ahí abajo, si sus novios han visto el programa ya no tienen nada que hacer, ni de qué escribir.
No es hipnosis a escala global, aunque la teoría de la extraterrestre coge fuerza. Incluso yo estaba antes enamorado de otra chica, pero no sirvió de nada. Y lo estaba de verdad, hacía mucho, de una chica ya comprometida. Lo estaba tanto que cuando intentaba recordar qué había hecho algún día de hacía uno o dos años, lo único que conseguía rememorar con nitidez es que aquel día también había estado pensando en ella. Así de colgado estaba. Ya ni tenía recuerdos recientes distintos entre sí, todos los días y recuerdos y sueños solo eran el contexto de mi desesperación por no estar con esa mujer.
Y ni con ésas.

La peor pesadilla de todo el mundo es que un día la concursante decida dar un paso al frente y presentar a alguna novia lesbiana al mundo, o a algún empresario joven con metálica proyección de futuro. Alguna amante regordeta con el pelo corto, la cara llena de piercings, los brazos tatuados y un gesto de mala leche debido a la situación. Algún novio de cara rectilínea y sonrisa segura de sí misma. Pero nunca pasa nada parecido. Ella simplemente llega a plató cada día y arrasa con todas las preguntas. Destruye a sus rivales en la ronda final. Es entonces cuando los miembros de seguridad contratados que aún no han sucumbido, entran y se la llevan hasta el coche de empresa que conduce el nuevo conductor de turno que aún cree que puede controlar sus emociones.
Esos tíos existen; hay gente que aún cree que podrá mantener sus relaciones actuales en pie. Sus relaciones con personas normales, atentas, atractivas y responsables. Tíos y tías que no entenderán por qué sus parejas les abandonarán por la obsesión con esa concursante de la tele, a la que ni siquiera conocen. Luego, esos tíos y tías maduros y seguros de sus posibilidades, avergonzados, tardarán mucho en reconocerse a sí mismos sus sentimientos cuando acaben igual.
Esa chica es la primera persona con la cual relacionar el concepto Agujero Negro no hace gracia a nadie. Los chistes sexuales también pasan de moda. El mundo no te prepara para un Apocalipsis potencial sentimental en relación con una concursante de la tele. De hecho ya antes estabas muy poco preparado para nada; como mucho podías creerte que lo estabas. Podías ser lo suficientemente optimista, colgarte esa etiqueta a ti mismo, mucha gente lo hacía. O podías afilar tu negación en cuanto a todos los riesgos que comportaba estar vivo, y no digamos ya en relación a temas de estabilidad conyugal.
Uno, cuando imaginaba el mundo llegando a su colapso, lo que veía era containers y coches ardiendo, edificios oficiales amenazados de bomba, amenazas que con el tiempo pasarían a ser meros avisos al más puro estilo terrorista unos minutos antes de que estallara el artefacto. Uno imaginaba incendios y muerte, el parlamento invadido y sometido no tanto a golpe de estado alguno como a un tsunami anarco-hasta los cojones, puede que el presidente con un tiro en la cabeza, tanques saliendo a la calle mientras alguien dice por la tele que la democracia sigue en pie y hay que defenderla… En fin, se te podían pasar muchas de esas cosas por la cabeza mientras te era imposible disimular una sonrisa torcida.
Lo que no imaginabas era a una chica morena con el pelo ondulado por debajo de los hombros tras su atril en un puto concurso de media tarde.

Es ese tipo de programas. Empieza de golpe, con una sintonía estridente, focos de colores que se mueven alocadamente, cuerpo de baile mostrando un número en el que nadie en sus cabales se fija, publico por encima de los sesenta años, un regidor insistente, y un presentador cuarentón que iba para actor y al que puedes imaginar fácilmente durmiendo algunas noches en una habitación de hotel barata junto a una pistola mientras se secan las lágrimas en la almohada. Aunque solo sea por contraste emocional. Así de falso resulta en directo.
Fue el presentador el primero que cayó oficialmente. De golpe un día dejó de parecer que tenía un palo metido por el culo. Al menos cuando miraba a la concursante. El tío empezó a flirtear. Metía la pata haciendo las preguntas y se perdía con el guión, aunque solo tuviera que leerlo como siempre. Ese primer día en que la concursante participaba, ese tío, que llevaba cinco años presentando cada día de lunes a viernes un formato que en ese momento solo debían aguantar los jubilados y los enfermos de movilidad limitada, y que se mantenía en parrilla por estar en la tele pública, pues sin comerlo ni beberlo, el tío parecía un novato, un recién licenciado haciendo su primera prueba de cámara. Si de normal el hombre ya le resultaba gilipollas a cualquiera entre los 15 y los 45 años con las facultades mentales intactas, ese día en que se abrió esa brecha en su impostura, daban ganas de sacrificarlo solo de ver la cara que ponía cuando intentaba formularle preguntas a la concursante. Era como ver a tu padre intentar ligar con una veinteñaera mientras cree que ella no sabe lo que se propone. Todo encanto natural… Visto así, no resulta tan raro que ese día fuera el comienzo del primer agujero negro emocional en la historia de la humanidad.

Como siempre pasa con estas cosas, no se trata apenas del físico. El físico “solo” es algo… oportuno, y poco más; es eso que, si ella te deja, puedes tocar, acariciar y hacerle el amor para expresar de un modo inequívoco tus sentimientos. Es la mejor forma que conocemos los humanos de llevar lo abstracto a un plano tangible. Y también la mejor forma de joderlo todo, perder a una persona, o de ganártela, o de convertir la relación en un malentendido, o de echar a perder una amistad. Etcétera. Lo malo del sexo es que tiene demasiada personalidad en sí mismo para conformarse con ser solo el complemento de un sentimiento.
Pero claro, aquí no hablamos de dos personas. Esto es demasiado farragoso para llevárselo al terreno físico. El ojo morado con el que salió hace un mes el presentador en las revistas podría ser una pista. Por dios, imaginar el sexo con esa mujer ya es suficientemente perturbador. Hacerlo podría convertirnos a todos en eyaculadores precoces. Todo este asunto es como una especie de cachondeo global muy serio. Porque esta vez no hay un enamorado en el grupo de quien reírse. Esta vez todos vamos con nuestro yunque personal, y los que aún no, solo tienen que ponerse a hacer zapping. Miramos la tele como quien antaño iba en tren cuando comenzó a instalarse luz eléctrica en algunas ciudades, y de noche en cada parada la gente miraba ese resplandor del horizonte sin escuchar a aquellos tíos que aseguraban cartel paranoico en mano que todo el asunto era cosa del Diablo.

Esto funciona desde la misma mujer y hacia todas direcciones. De modo que tienes que recordar el momento en que te sentiste más “atrapado/a” por una persona (si eso te ha llegado a pasar), multiplicarlo por mil, y tomar conciencia de que ahora todos sienten lo mismo que tú. Por la misma persona.
Creo que estamos en esa fase en la que el cuelgue es tan evidente que ni tan siquiera tenemos conciencia sexual aún. Es esa fase mental que te podría joder una erección o evitar la humedad ahí abajo. La persona te impone demasiado respeto aún para poder relajarte y de un modo natural pasar a ponerte cachondo. Ahora ella es aquella chica a la que quieres proteger. No es como si fuera una hija, pero en absoluto se parece todavía tampoco a una amante. Es algo confuso, descolocante, a ratos incluso desagradable por la perdida de control personal que supone todo ese proceso. Todo eso que uno de esos sabios que bombardean a niños con lecciones cerradas catalogarían como: Bonito. Pero que, como suele pasar, es muchas más cosas.

La descripción vacía de significado teniendo en cuenta lo que está pasando, incluye un físico delgado de veinteañera, pelo ondulado por debajo de los hombros, grandes ojos oscuros, una nariz algo aguileña, labios bastante carnosos, manos sin anillos y muñecas sin pulseras. Uñas cortas y cuidadas. Maquillaje televisivo. Siempre tejanos y blusas sencillos. Pocas sonrisas, cierta timidez, buena vocalización. Desde su pecho se proyecta algo que late en el pecho de quien mira. La sola presunción de que tiene pezones y vagina te escandaliza, ablanda y descoloca del modo más tierno que puedas imaginar. En lo concerniente a ella, masturbarte se te antoja una falta de respeto. Hay cierto tipo de admiración exenta de datos verbalizables que hace que te vuelvas más místico que animal cuando la ves. Resulta extraño el hecho de que, cuando la gente habla de ella en términos superficiales, la mayoría lo hagan casi con un tono de excusa cuando dicen que sí, es muy guapa. Todos lo decimos como si fuera una revelación, o algún gusto propio que no estamos seguros que los demás compartan. Todos sabemos que los demás sienten lo mismo, pero también que imaginárnosla bajándose las bragas o duchándose hace que nos sonrojemos como después de un primer beso.
Hay más silencio en todos lados. Aumenta en proporción al aumento de audiencia del programa. Los datos son ya escandalosos, históricos, insuperables. Da miedo, aún más. El formato no se exporta, porque el formato no tiene nada que ver. Desde dirección se ha decidido que la chica sigue en el programa, como sea, no se la puede eliminar; sencillamente se la ha contratado como colaboradora. Ella ha pasado a ser la ronda final. Los dos mejores concursantes se enfrentan antes en una prueba; luego llega el momento de verla a ella. Un día el finalista de la ronda final tiene una erección. En lugar de reírnos todos, nos indignamos y repudiamos en voz alta al tipo, enrabietados y gritándole a la tele, salpicando de saliva la pantalla. Seguridad saca al tío del plató a golpes.

Las emisiones comienzan a ser en directo. Todo el mundo la ve en el canal internacional o por Internet. Y es a los cinco meses desde que el presentador se coló por ella, que se nos despierta a todos el deseo sexual por ella.
Un chico alemán que veía el programa por Youtube acaba hospitalizado sangrando por el pene. Parece el comienzo del despertar sexual a un nivel que el mundo jamás ha conocido. Las salas de urgencias se llenan de gente que asegura haberse resbalado y haber acabado con un botella metida por el culo. O una fruta. Un dildo gigante. Un poster enorme de la concursante empapado hasta ser una pasta y metido también por ahí. Etcétera. Llega un momento en que ese tipo de noticia deja de ser una novedad.
Al sexto mes, el presentador se suicida (al partir de ese momento se usa una seca voz en off para eso). Un compañero y yo nos lo encontramos desangrado en su camerino. No nos sorprende. Era el único del equipo que se atrevía a intentar ligar con ella, y además ya estaba bastante jodido antes. Llamamos a la policía y demás.
Fuera todo está lleno de gente siempre esperando poder ver a la concursante. El polígono industrial en el que se encuentra el plató ya es uno de los lugares más concurridos del planeta en personas por metro cuadrado. Ella siempre suele quedarse en su camerino al parecer mucho tiempo antes de irse. Apenas cruza una palabra con nadie. Y nunca sabemos cuándo se va ni por qué puerta sale. Solo sabemos que al día siguiente está otra vez aquí lista para la ronda final.
Fuera hace un frío de narices por las noches en invierno. Como nadie ve nunca salir a la muchacha, algunos “fans” acaban teniendo serios problemas de hipotermia. Es como si la chica se materializara en su camerino. Como si luego se desmaterializara. Nadie le hace preguntas. Nadie la avisa para que salga a plató. Sencillamente, cuando ella tiene que estar allí, está. Cuando tiene que responder sus preguntas, incluso cuando falla, da la sensación de que se ha equivocado adrede. Es como si intentara ponerse a la altura de los demás, como si sus fallos no fueran tanto fallos como parte de un plan. Es buena en eso, pero después de tantas horas de televisión ya se han publicado incluso un par de libros en los que no encontrarás datos personales sobre ella, pero sí un estudio meticuloso de su modo de moverse, mirar, hablar, asentir, negar, y reaccionar en general en plató.

Me la he cruzado contadas veces por el pasillo. Saluda con un asentimiento. Yo solo consigo mostrar una sonrisa horrible de intento de normalización. Huele como cuando llegas a la cima después de horas de excursión y respiras hondo. No deja ir ese aroma de olor tratado y prefabricado de venta en locales hiperiluminados llenos de dependientas a juego con el decorado. Es un aparte del mundo, le da un nuevo significado a lo de dormirse llorando pensando en alguien inalcanzable. Ahora eso no es algo puntual.
Llegan cartas de amor a un ritmo de tres camiones diarios. Se ha decidido que la gente que decide pasar la noche en la calle en el polígono pueda quemarlas en bidones para calentarse. Todos aquellos que han conseguido colarse en las instalaciones nunca han logrado verla. La cárceles se están llenando de gente sin antecedentes. Los hospitales se quedan sin medios debido a la demanda tras masturbaciones que no consiguen aplacar sentimientos. Los hoteles se han convertido en los lugares a los que familias enteras van a suicidarse entonando tópicos de turista. El personal de la policía local y nacional se renueva a medida que los nuevos integrantes caen en lo que todos. Marcas comerciales se disputan la imagen de la muchacha sea cual sea el producto que vendan, aunque no llegan a nada debido a que no logran nunca contactar con ella. Todo está lleno por todas partes de publicidad en la que la modelo de turno parece un sucedáneo físico de la chica. No se le conoce familia ni pasado. Por más que investigues intentando ver el asunto desde fuera, tarde o temprano acabas cayendo en el embrujo y posiblemente apostado en los alrededores del plató calentándote las manos con un bidón lleno de cartas de amor sin preguntarte lo que estás haciendo con tu vida.
Es una revelación global. De golpe todos descubrimos lo que se puede llegar a sentir por alguien.

Entonces algo sucede. El suceso de descompresión. El principio del final, y el comienzo de otra historia. De algún modo, es la vuelta a la realidad.
El enamoramiento provoca distintas reacciones. Una de ellas es destructiva, y parte seguramente de un principio sólido de obsesión, y de desesperación al saber que, además de estar así de jodido/a por alguien, sabes que todos lo están, y que no conseguirás nunca ni un mechón de ella.
Llega un momento en que solo se sabe de la existencia de dos tipos de personas: Las que no tienen problemas en reconocer lo que sienten, y las que insisten en disimular e intentar proyectar una imagen personal de dignidad y control.
Si llegar tarde a tu trabajo tiene alguna ventaja, es la de que un día desde la autopista veas que donde antes estaba el edificio al que vas cada día, ahora hay un cráter y miles de muertos. Ahora solo hay llamas y restos materiales y orgánicos. Gente muerta o muriéndose, y servicios médicos desbordados que, por si fuera poco, tampoco están muy por la labor, ya que junto a los supervivientes, casi todos han decidido también buscar el cadáver de la muchacha para quizá poder llegar a tocarlo o hasta olerlo, aunque ya solo sea putrefacción.
La descompresión social no es inmediata. Hay un tiempo de luto que en realidad es un tiempo de histeria que se va diluyendo. El porcentaje de suicidios se dispara desde las nubes hasta el espacio. En teoría la chica tenía que estar ahí cuando la explosión en cadena lo reventó todo, pero ni tan siquiera eso es una certeza. Todos mis compañeros de trabajo han muerto, y la ciudad gira en torno a un corazón inmenso e infartado cuyos latidos no cesan hasta al menos pasados unos meses.

Lo mejor es no saber, dice a veces ahora la gente. Lo mejor es sentirlo. Lo mejor es que deje de ser importante el hecho de si sabes o no explicarlo. Las barreras del orden cronológico, mueren. Ya no hay sabios. El nuevo estilo relacionado con la negación se está renovando, pero aún no se sabe qué será de eso. La vida aún es más complicada ahora, aunque más auténtica, pero al menos ya casi no queda gente que se atreva a disfrazarse en el sentido metafórico.

Cinco años después tengo una pareja estable. He decidido presentársela a todo el mundo. Cuatro meses atrás me dio conversación en la cola del cine. Yo iba solo, ella iba con amigas. Es una chica inteligente, cariñosa y responsable.
Todo aquel tema de mi curro volado por los aires debido a una revolución sentimental planetaria, quedó bautizado de una vez por todas como El efecto ANE (Agujero Negro Emocional). Se sigue estudiando qué pasó, qué demonios hizo que todo el mundo perdiera el control así. Se ha hablado incluso de una lección llegada desde el mismísimo ser supremo. Se ha hablado de una segunda venida muy aparatosa y actualizada de Jesucristo en femenino. Se ha dicho que había un mensaje en todo aquello. Y sería inútil negar que algunas actitudes han cambiado desde entonces. Todas relacionadas con las relaciones de pareja. Y obviamente con el matrimonio, cuya demanda ha caído en picado, y también con las, por llamarlas así, políticas de emparejamiento relacionadas con la edad y los momentos adecuados para asentarse con alguien. Ya nadie habla en términos como “mi compañera”, o “alguien con quien compartir este viaje llamado vida”. Etcétera.
Es como un tema tabú, pero es obvio que hay algo nuevo bajo la piel de todos.
El día en que presento a mi novia a mis nuevos compañeros de trabajo, todos ven enseguida lo que pasa. Eso que yo sospecho y aún no me he reconocido del todo a mí mismo. Creo que ella puede sentir algo auténtico por mí. El problema es que lo que antes era políticamente correcto ahora se ha convertido en pura irresponsabilidad. Ahora dejarse llevar no es lo mismo de antes. Tal y como lo están viendo mis colegas, lo que yo estoy haciendo es follarme a alguien que no está en la misma onda que yo; solo somos muñequitos de boda, igual de vacíos. Lo que estoy haciendo es encajar a la perfección con el nuevo perfil de violador con consentimiento. Da igual que ambos tengamos 35 años y estemos planeando vivir juntos. Da igual que hayamos dicho que queremos tener un gato, o que no tenemos claro, ambos, eso de tener hijos. Da igual que nos gusten las mismas cosas o que sonemos genial en las conversaciones grupales. El cadáver de aquella chica que lo cambió todo para siempre nunca se encontró, y lo que estoy haciendo yo ahora con esta tía es simple y llanamente repugnante.

Luis Eduardo Paucar
Luis Eduardo Paucar
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