Relato diario como sustitutivo temporal del asesinato (2 de 5) – El pequeño optimista moderno

Estoy viendo el detalle desde muy cerca. Lo miro y casi tengo que bizquear para poder atisbar algo con claridad. Es mi truco, me entretengo, es la inteligencia.
Me levanto y piso con el pie derecho. Es el inicio de mi raíl. Es como cuando te mareas yendo en coche y te dicen que mires en línea recta hacia la carretera, que eso ayuda a mantener los jugos gástricos en su sitio. No como de crío, que acababa vomitando en el asiento de atrás y lo ponía todo perdido. Enfadaba a todo el mundo, preguntaba todo el tiempo, miraba desde el punto más alto para ver el mundo con perspectiva. Aunque fuera sin quererlo, hacía análisis comparativos. Sacaba unas notas horribles en el colegio porque me aburría y no veía luz alguna en los ojos de los maestros. No entendía que hacían todo lo que podían. Que venían de haber superado una y mil pruebas. Con plastelina hice ceniceros. Con bolígrafos comencé a recuperarme, aprobar y comenzar a ser alguien de provecho. Con condones en la cartera comencé a saber hablar de mí mismo y mi visión luminosa del mundo. Comencé a callar también cuando el paisaje se volvía ambiguo o alguien sonaba demasiado a contracorriente. Les sonreía. Me recordaban a mí mismo cuando era crío. El porcentaje de adultos que siguen siendo niños inmaduros aún de mayores es alarmante; se convierten en seres cínicos que buscan amargarte con explicaciones que se fragmentan y confunden. A pocos pasos de la filosofía te encuentras perdido. De todos modos nunca he sido de esos que funcionan con revistas y libros de autoayuda. Es importante la apariencia, incluso la “auto-apariencia”. E importa poco lo que lleves por dentro siempre que la certeza o el autoengaño te lleven por el buen camino. Es decir, ser consciente del papel que estás jugando no es necesariamente nocivo. Hay gente de mi misma naturaleza que lo lleva con bastante torpeza; se autoproclaman optimistas en voz alta y son capaces de perderse en largas diatribas sobre las lindezas de la vida. Error. Tu proyección de optimismo demanda sutileza, discreción. Y es importante cuidarla, como por ejemplo evitando el consumo de material cultural nocivo (no bromeo). Hablo por mí, obviamente, no todos tenemos la suerte de la ignorancia como pilar básico personal, no puedo basar mi empeño en ser positivo en el no-saber, porque por desgracia en cierta fase adolescente era como una esponja, y me puse demasiado tarde a mutar en el animal académico que puede hacer de ti alguien triunfante a la vez que vital y positivo.
No he conocido a casi nadie que luzca un optimismo real. Debido a mi condición de carácter, sé reconocer a los de mi misma especie. Muchos incluso han llegado a escribir libros sobre autosuperación, han llegado a lucrarse con esto. La pornografía emocional no se limita a la telebasura, pero bien hay demanda de eso igual que la hay de quien necesita inspiración para hacerse una paja. No seré yo quien juzgue. Todos hacemos lo que podemos. Está visto que intentar cambiar las cosas es una utopía. Se trata de encontrar, en este mar de complicaciones mentales, una actitud propia con la que convivir, que sea soportable para uno mismo y a poder ser deslumbre a los demás (eso facilita la autosugestión). E insito: ser consciente de todo el proceso no anula el proceso, no le resta sentido.
No se puede intentar ser realista; de todas formas te van a poner Nombre. De modo que, si te tienen que catalogar, ¿no es mejor dar una buena imagen? No seré yo el primero que diga que los logros funcionan por contraste; ¿vas a dejar que te usen como el Infeliz para sentirse ellos más llenos? Hay que saber jugar. La realidad se compone de demasiados matices. Y de todas formas, esto ya está instaurado. Así van a darte el buen trabajo, vas a ganarte a la chica, vas a madurar, vas saber controlar cada vez mejor aquello que la mayoría –excepto algunos inocentes que solo quieren pernoctar– llaman «conocimiento».

barro

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