Diablo oficial

Elucubración discutible nº 1 extraída del diario de Dedo:
Creo que el motivo por el que se te anima a hacer algo no siempre es honesto o puro, no siempre es bienintencionado. Hay que tener cuidado con eso. Sobre todo cuando el ánimo llega de gente mayor o con más recorrido (teóricamente hablando) vital. A veces la palmadita no llega desde la bondad, sino desde el soterrado propósito de que acabes en los mismos errores, y así ellos puedan quizá sentirse menos solos o absurdos cuando miren atrás.
No significa que esos comportamientos sean conscientes, o no siempre, pero son tan reales como un enamoramiento (cuando de verdad lo hay).

El camino de entrada no augura nada bueno. Ni una rareza. Todo reluce al sol como seguro estaba planeado. Todo emite el reflejo vitalista que debió entrar por agenda. No parece ser la entrada a una casa en la que quien viva pueda ser capaz de asimilar, aceptar o “acunar” ya ningún tipo de desvío emocional imprevisto, ya sea para mejor o para peor a largo plazo. No parece el lugar en el que alguien ha decidido vivir para esperar hacer algo diferente de lo que ya esté haciendo. Es solo una impresión, pero Dedo no cree que sea una de las buenas.
El problema que tiene la duda como modo de vida, frente a la certeza (por más artificial o prefabricada que pueda ser esta), es que la mayoría de veces es incompatible con cualquier plan que otra persona tenga de hacer que las cosas sean sencillas.
La mayoría de las personas intenta hacer que las cosas sean sencillas en el plano emocional. Quieren que ese proceso sea lo más relajado posible, y por ende, se plantean metas “realistas”, siempre asociadas con la edad y el momento de sus vidas que habiten. Dedo sabe que Úrsula ya es así, muy así; pero claro, a veces lo duda. Esa duda es la que le ha llevado a hacer una visita a la casa de los reflejos previstos. Una duda te puede traer la felicidad o el desastre. La “ventaja” de la certeza, por más forzada que sea, es que suele incluir toneladas de obstinación aceptada. Y no es que la duda no se pueda forzar, también es potencialmente dañina si se abusa (esta máxima es muy popular); pero Dedo está convencido de que si hay un exceso de algo en cierto terreno de la existencia, es de certeza. Él piensa de verdad que solo se puede llegar a una certeza real desde la duda, ya que mientras uno duda pasa el tiempo, y así podría llegar algo auténtico; de esa forma en que suele llegar, que es sin haber hecho planes muy concretos para ello, sin haber interpuesto una certeza artificial antes de tiempo, sin haberse autoimpuesto en la vida emocional una serie de puntos en una agenda, o imperativo cronológico alguno.

Elucubración discutible nº 2 extraída del diario de Dedo:
Llevar la contraria es el mayor riesgo social posible cuando se la llevas a una mayoría. La fuerza principal de la mayoría reside en que ellos albergan el sentido común; aunque sea sin quererlo se lo han apropiado, igual que la coherencia o cualquier otra proyección de rasgo que te haga parecer más seguro o inteligente de lo que eres.
Cuando insinúas que ese sentido común
común podría tener fisuras, pueden suceder dos cosas. Una es que estés equivocado y pierdas mucha credibilidad (puede que incluso dignidad), básicamente bajas un peldaño importante respecto al resto. La otra es que tengas razón, aunque solo sea en parte; y con eso solo conseguirás rechazo, puede que incluso quedarte solo (en serio, es difícil conseguir nada más que eso). Esto es así porque has forzado a los demás a pensar, y lo de pensar, en el ámbito de la vida real, no es algo que se practique mucho a cierto nivel, y mucho menos en relación con el modo de llevar las relaciones personales. Todo el mundo te dirá lo bueno que es leer y pensar, tener distintas ideas sobre un mismo tema; pero de esa pose al acto de llevar a cabo esos procesos hay una gran distancia.
Solo les estás confundiendo con todo este rollo, o les estás haciendo perder el tiempo. Obviamente nadie quiere sentirse confuso, aunque eso les pudiera llevar a un camino distinto y mejor a la larga. Y es obvio que nadie tampoco quiere sentirse no-productivo o inútil (y mucho menos parecerselo a los demás).

Úrsula es la que le abre la puerta a Dedo. Se lleva una gran e incómoda sorpresa. Dedo no es una amenaza per se para ella, pero seguro no es alguien a quien le apetezca ver en medio de su vida: su vida tal y como es ahora. Aun así, se ve obligada a invitarle a pasar, no se le ocurre ningún motivo para ser cortante o librarse de él. Dedo lo sabe. Sabe que ella tiene esa educación que jamás puede incluir acción alguna que suponga desconcierto. Es esa sencillez y normalidad de alguien que supones por prejuicio común en sus cabales. Aunque él sabe también que para ella es incómodo tener que actuar con él así, porque ella es consciente de que Dedo nota todas esas imposturas; o, no es que las note (ya que cualquiera puede detectar la cordialidad impostada), es que las repudia, le cuesta pasarlas por alto. Pero incluso conociendo ella la percepción cruda que él tiene de estas situaciones, no sabe qué otro modo de actuación puede parecer apropiado y que además la permita librarse de él enseguida. Así, se hace a un lado e invita a pasar a Dedo con una sonrisa abierta a machete en su cara.
Dentro, en el salón, se topa con un niño muy escandaloso con nombre de niño (Dedo no lo recuerda; Alex o Ricard, algo así), y también con el flamante marido de Úrsula, Oriol. Dedo le da la mano. Le ve igual que a los 20 años, fibrosamente atractivo, pelo corto, vagamente en guardia, ordenado (ni siquiera hace falta echar un vistazo al salón para intuir eso), colocadito en su sitio, como una historia escrita millones de veces, pero también con predisposición a algún discurso intelectual y poco arriesgado en cuanto te despistes. Es, en esencia, una especie novio ideal, al menos en el mundo de las certezas prefabricadas. Buena persona de esa forma que mucha gente espera de una buena persona. Del mismo modo que esperas encontrar porno infantil en el ordenador de un pederasta, o miembros amputados en la nevera de un psicópata. Para Dedo encaja tanto en la Imagen de Buena Persona, que podría ser cualquiera, y a la vez nadie. O ser así para esconder el hecho de que le gustan los niños o violar y asesinar a jovencitas.
Dedo nunca puede evitar pensar en Ted Bundy con él, pero sabe que Oriol es mucho más aburrido que eso.

Elucubración discutible nº 3 extraída del diario de Dedo:
Algo que pasa si intentas razonar tus sospechas sobre las fisuras del sentido común común mencionado, es que casi todos los argumentos resultan demasiado retorcidos. No encajan con la simplicidad que persiguen la mayoría de las personas. De ahí, fácilmente todo tu ejercicio te aboca a la filosofía, o aun peor, a cierto tipo de pseudofilosofía costumbrista. Eso te convierte automáticamente en alguien a quien no hacer caso. Eres otra vez un crío rodeado de “adultos”. En apariencia, con esto siempre hay mil formas de perder solidez en el discurso. No es fácil poner ejemplos, por ejemplo. No cuando abordas temas emocionales. No hay líneas claras que separen la verdad de la falsead en el tema en cuestión, aunque los mismos que dejan de escucharte cuando hablas de estos temas sí las marquen. Lo mismo que les da credibilidad a ellos y a ti, te la quita a su vez a ti como resultado final.

Invitan a Dedo a sentarse en el salón y le ofrecen café. El crío da vueltas por todos lados, rebota contra los muebles de esa forma que lo hacen los críos cuando están occidentalmente aburridos: es molesto, muy molesto. Es sábado por la mañana. Son las once, Dedo bebe a sorbos de su café con demasiada leche. Úrsula y Oriol sacan temas del pasado, hablan de la universidad. Parecen posponer lo que sea que Dedo quiere decir. Dedo comienza a sudar y ahora realmente no sabe cómo encender la mecha.

(CONTEXTO CON RAPIDEZ: Rápido, porque no es nada extraordinario. Hace unos años Dedo tuvo una amistad que mutó en una relación con Úrsula. No hubo sexo pero fue una relación; él lo sabe y ella lo sabe. Fue una relación inesperada, poco probable, corta, pero auténtica, sentida. Entonces, hubo un distanciamiento. De esa forma en que a veces las personas se distancian porque de repente sienten miedo o inseguridad, o la llegada de complicaciones serias; por muchos motivos, y todos tan increíblemente complicados como aburridos e imposibles de intentar describir sin hundir a nadie en el más absoluto tedio. Entonces dejaron de hablar; Dedo se hundió en cierto tipo de apatía muy habitual en él (aliñada con tres o cuatro escarceos “amorosos”), y Úrsula comenzó a salir con Oriol, alguien que, supone Dedo, le gustaba pero no la inquietaba. Alguien con quien no se sentía fuera de control o con dudas. Un perfil en apariencia más estable que Dedo. Era alguien con quien hacer planes al menos relativamente seguros, etc. El distanciamiento por parte de Dedo, o eso piensa él, fue provocado por el propio deseo de distanciamiento de Úrsula. Y sí, probablemente, y aunque ninguno de los dos lo quisiera ni contemplar, hubo motivos físicos y superficiales también para ello.)

Pero tanto el uno como la otra saben que no hay forma de dejar ciertas cosas atrás del todo. Dan igual los discursos de madurez que haya prefabricados al respecto. A menudo se da esa situación en la que una persona se enamora una vez de verdad en la vida, y la persona con la que intenta fabricarse un futuro no es la persona de la que realmente se enamoró. Mientras tanto, la otra, aquella que realmente le llegó adentro, sigue por ahí, y no siempre lo suficientemente lejos, ni en términos abstractos ni en términos físicos. Y no siempre hubo distanciamiento con esa persona porque no hubiera amor en las dos direcciones. Ahí es donde la cosa se pone peligrosa y te puede volver a alcanzar.
Dedo no puede evitar pensar que ese puto niño con nombre de niño es tan gilipollas porque ha nacido de la misma forma que nace un contrato laboral o un acuerdo económico. Posiblemente sea una idiotez, pero le resulta divertido pensarlo, y si estuviera lo suficientemente borracho le parecería un argumento de lo más sólido. Esos putos críos que llegan al mundo para cubrir expectativas personales adultas de plan quinquenal, piensa. Es la versión políticamente correcta de dejar preñada a tu hermana, piensa.
El hecho de que Oriol sea tan aparentemente cordial no hace más que irritar a Dedo. Es lo que está pasando. Es tan y tan cordial y amable que ni siquiera le ha preguntado a Dedo a qué coño viene esta visita un sábado por la mañana después de años. Y sería raro que no supiera que hubo al menos una amistad algo más que amistosa entre su flamante mujer y Dedo. Pero puede que no tanto. No a juzgar por la forma en que Úrsula mira a Dedo ahora, con los ojos muy abiertos, y sin duda temiendo algo desagradable en términos de certezas prefabricadas. (Pero obviamente no en términos relacionados con Dudas).
Dedo decide postergar un poco más el momento –ya que el entrar en materia perece depender de él–, quizá para poner a prueba a la pareja. Saca más temas insustanciales.
Dedo cree que el motivo principal por el que su relación con Úrsula no prosperó, fue cierto pragmatismo que les caracterizaba a ambos en aquellos años. Eran muy jóvenes y muy racionales, incluso cínicos, cerebrales de una forma más bien sintética; y, sin avisar, les invadió un sentimiento que no sabían cómo gestionar. Esto acobardó a Dedo, y en el caso de Úrsula se produjo más bien un proceso de negación. Es decir, según ella verbalizaba, NO había nada raro, es solo que ella era libre y tenía muchas amistades, y por eso poco a poco hubo cada vez más distancia entre ellos. No es que pasara nada, es que era natural que las relaciones cambiaran, fueran a veces más intensas y a veces más puntuales… De ese modo, Dedo entró en una especie de fase de tartamudeo muy poco productivo, y Úrsula racionalizo lo irracionalizable, y se fue alejando en busca de relaciones susceptibles de una descripción más clara y cerrada.

Elucubración discutible nº 4 extraída del diario de Dedo:
Todo es vomitivo, la mayor parte de las veces que uno conecta el cerebro todo apesta. O Casi todo. Y es muy duro que haya tanta gente que no se dé cuenta. Te da pie a pensar que nunca han tenido nada real en su vida, que viven en una burbuja mientras te acusan a ti de vivir en otra. Porque no les imitas.
Hoy ha sido un día asqueroso. Me he cruzado con ella; o más bien con ellos, en un supermercado. Ella ha hecho como que yo no estaba allí, aunque me ha visto claramente. Él no se ha percatado de mi presencia en el pasillo de congelados. El crío estaba desordenando los estantes y gritando, de esa forma en que un crío parece pedirte de rodillas que le des una patada en la cara con todas tus fuerzas. Ese crío es como mi Anticristo. Cada uno tiene el suyo si lo piensa. Si la mujer a la que quieres de verdad, la que representa lo único
real que has sentido en la vida, si esa mujer es inseminada por otro tío, probablemente durante un explosivo orgasmo (si pienso en ello puedo llegar al vómito violento desde el dolor emocional), si esa mujer da a luz a una criatura símbolo de tu más que probable separación de ella para siempre, esa criatura es la representación máxima de tu desgracia, la causante del núcleo inquebrantable de tu dolor. Tu sentido de la vida yéndose por el retrete, algo que muy posiblemente es tan solo el puto plan conyugal adulto de otro tío que quizá no haya sabido jamás lo que es sentir lo que tú sientes.
Lo peor de todo es que encima no quería hablar con ella. Solo hubiera sido dolor sobre dolor. Lo peor de todo es que ella lo sabe. Lo que no sé, la verdad, es si le importa lo más mínimo más allá de la incomodidad de estos potenciales encuentros.

Dedo no lo puede evitar, y comienza a actuar, a jugar a algo a lo que jamás juega. Úrsula lo sabe. Oriol, bueno, puede que se huela algo raro, pero no tanto como para no seguir llevando su traje de diseño de cordialidad. Dedo les pregunta cómo les va, qué tal en sus respectivos trabajos, cómo está el niño, etc. No es que todo eso no le interese, pero no le interesa del modo en que a Oriol le interesa cuando pregunta esas cosas (o como a Oriol le gusta hacer creer que le interesa). Hay mucho veneno en ese juego. Úrsula jamás esperaría de él semejantes preguntas, semejante inducción a una conversación. No así, desde luego. Cuando las personas entran en esa dinámica conversacional siempre hay un acuerdo tácito que tiene como objeto rellenar el silencio, evitar miradas muy significativas o cuestiones en exceso incómodas. Raramente se pregunta con sincero interés a alguien que cómo está, es todo cháchara; eso solo suele ser sincero para con unas pocas personas de tu entorno. Todo eso pasa ahora por la mente de Úrsula, está en su disco duro, y ella misma había teorizado sobre eso hace años.
Las preguntas que se solapan en las que ahora hace Dedo, serían más o menos algo como: ¿De verdad os queréis o es que habíais llegado a una edad en la que lo que más «razonable» os parecía era formar una familia?, ¿De verdad, tal y como sé que eres tú, quieres a este ser salido de ese molde que tú consideras más que discutible, Úrsula?, ¿Y tú, adalid de las filosofías prefabricadas, no te podías buscar a una tía que fuera igual de estándar que tú?, ¿No os da un poco vergüenza?, ¿Me queréis decir que todo esto es real, y no solo mera búsqueda aceptada de cierto estatus personal?, ¿Me dejáis estrangular a ese puto crío con mis propias manos? ¿Por qué no le decís que deje de gritar y dar golpes? ¿Tan desconectados estáis ya?
Úrsula no dice casi nada, solo deja ir sonrisas para parecerle calmada a Oriol (si de verdad lo está consiguiendo es que ese hombre no la conoce lo más mínimo, piensa Dedo). Oriol es quien más habla. Dice que todo va estupendo, suelta varios argumentos recurrentes relacionados con la crisis, y que teniendo en cuenta las circunstancias todo va estupendo. Dedo habló de eso mil veces con Úrsula en tiempos, de que la cuestión del Miedo (justificado o no) suele ser un argumento muy socorrido cuando se trata de personas como Oriol, que suelen ser además quienes más predispuestas están a cacarear que en la vida no hay que tener miedo. Usan el miedo para justificar que no se pueden quejar y que ya están bien como están. Es ese clásico conformismo disfrazado de humildad, madurez y una visión realista de las cosas. Hay veces en que a Dedo le dicen esas cosas y se las cree y las entiende, y otras veces se las dice alguien como Oriol, y no ve más que algunos de los motivos por los que las cosas son como son en global. Ahora, sobre todo lo piensa en términos emocionales, por supuesto.
Dedo sabe que ambos están pagando una hipoteca; eso, sumado a su Anticristo, conforma lo que cualquiera ve como el sólido plan de una pareja joven de clase media. Algo como mínimo bastante complicado de romper a priori. Es eso lo que Dedo sabe que Oriol quiere que se desprenda de su discurso. Por más amable que sea, lo que en realidad dice es: «Tú eres aquí una visita puntual, todo esto es nuestro y somos tan infinitamente adultos, humildes, modernos y pacientes que ya ni tan siquiera oímos los gritos de ese crío, ese crío que ambos creamos con uno de los muchos polvos que hemos echado en esta nuestra casa».

Elucubración discutible nº 5 extraída del diario de Dedo:
Hace mucho ni me lo hubiese planteado. Un minuto basta para que pase del odio al amor con ella. Eso solo puede significar amor, y que estoy jodido de verdad. Ahora lo que me planteo es dejar claros mis sentimientos. Y no quiero hacerlo con un discreto correo, ni siquiera con una invitación para quedar con ella y que ella le diga a su “media naranja” que ha quedado con amigas. Lo que quiero hacer se parece más a un acto terrorista sin victimas. Un acto terrorista emocional, no se me ocurre una definición mejor. Sé que mi actitud conlleva toneladas de subjetividad, y de pensamientos y convicciones condicionados, pero al menos, sea lo que sea esto, es algo definitivamente auténtico. No he hablado de ello con nadie; sé que me dirían que lo dejara correr, que mirara hacia delante; o como mucho que hablara con la chica, que me desahogara y esperara a ver qué pasa. Pero lo último que necesito ahora son lecciones racionales. Las lecciones racionales nunca pueden servir para abordar asuntos irracionales. No puedes abrir una cerveza con un abridor de goma, por más mono e inofensivo que sea éste para el pequeño de la casa. Estaría dispuesto a ser el nuevo Diablo oficial, dispuesto a adoptar al Anticristo. Juntos, si ella lo quisiera, podríamos pertenecer a las masas. Le inculcaría desconcierto y le haría tragar antídotos artificiales para ser feliz, bastaría con seguir dándole acceso al sistema educativo. Estaría dispuesto a parecer alguien del montón, que solo hace cuentas y va a diez bodas al año. Podría perfectamente ser un padre al uso y no intentar mejorar nada con tal de estar con ella. Podría ser basura por ella; si eso es lo que busca ahora ella, joder, puedo ser un mero y estúpido objeto social. Usaré la frase «porque es normal» cada vez que necesite aprobar algo que haga la mayoría, aunque ese algo me repugne. Puedo ser ganado, una oveja por ella, puedo arrastrarme. Quiero arrastrarme. Y eso voy a hacer.

Al cabo de una hora aún no han abordado el tema. Es ya el tercer café de Dedo. Ahora ya se palpa algo extraño en el ambiente. Úrsula apenas se esfuerza ya por disimular; le ha lanzado más de una y de dos miradas interrogativas a Dedo. Dedo ha anotado mentalmente eso, es un matiz interesante; han sido miradas interrogativas, puede que incluso con un matiz de lástima. No han sido miradas asesinas. Ella lleva cierto vestido de andar por casa, Dedo se ha masturbado muchas veces viendo ese vestido por Facebook; es ese look casero, el pelo recogido, poco maquillaje, esas piernas, los tirantes del sujetador a la vista. Dedo incluso empieza a notar una erección. Cada vez se siente más cómodo, incluso con la dosis de cafeína. Oriol cada vez parece más perdido, ni tan siquiera ha hecho aún ningún comentario que incluyera una pregunta indirecta sobre el motivo de la visita. Lo que Dedo cree que hace el tipo es mantener cierta pose de dignidad, algo como “Confío en mi mujer, y si has venido por algo relacionado con ella estoy seguro de que no tienes nada que hacer”. Dedo cree que por ahí van los tiros. Cree que si se queda mucho rato más es posible que consiga arrancarle una sonrisa condescendiente a Oriol.
La erección es cada vez más obvia en su pantalón. La verdad, por más que ya esté disfrutando con lo poco apropiado de su presencia en la casa, prefiere que no se note la erección. Aunque sí le gustaría que Úrsula se diera cuenta de ella, no dudaría en mirarla vehementemente. Ella es la culpable. Cuando Dedo da el último sorbo a su café, dice:
–Bueno, esto os parecerá patético, pero necesito deciros una cosa. –Curiosamente, aun habiendo bebido solo café, ha sonado como si estuviera borracho. «Lo estoy», ha pensado, «de ella… desde hace años… en plural, joder».
Justo en ese instante Úrsula se ha levantado y le ha invitado a acompañarla a la cocina. Se ha excusado con Oriol, que Dedo ya tiene claro que sigue ocupado en demostrar confianza en Úrsula, y de paso en sí mismo.
En la cocina, más amplia de lo esperado, entra el sol con fuerza por su única ventana encima del fregadero. Dedo se ríe, sigue sintiéndose borracho, y no abandona ese tono, como si su lengua fuera más gorda de lo normal.
–¿A qué has venido, Dedo?… –El tono sigue sin ser agresivo. Además ahora no hay matiz lastimero. Eso conforta a Dedo.
–En serio… ¿qué haces con ese tío?
–¿A qué te refieres?, tengo un hijo, Dedo, un hijo con él, ¿entiendes?… Estamos casados, Dedo.
–Es precioso.
–No me… Oye, ya no tenemos veinte años, tengo una vida aquí, Dedo. No puedes venir como si tal cosa y…
–Ese crío es el Anticristo, Úrsula, estoy convencido –interrumpe.
–Pero ¿qué dices?…
–Eso significaría que estás liada con el Demonio, ¿no te das cuenta?
–No estoy para bromas. No hables tan alto o nos va a oír…
–Me da igual, de hecho quería hablar con los dos.
–¿Y qué pensabas decir?
–Ya lo sabes.
–Pues no, no lo sé…
–Ya… Claro que no. Ahora mismo la tengo dura de haber estado mirándote las piernas, ¿eso te da alguna pista?
–De qué, ¿de que eres un salido?
–Ya sabes que soy un salido, pero hace mucho que solo lo soy en una dirección. Y déjame desvelarte un misterio: ese tío de ahí fuera también lo es, la única diferencia es que no lo reconocerá…
–La verdad, no sé para qué hablo contigo.
–¿Cómo has podido acabar con Tintín?, ¿cómo has dejado que…?
–Oye… En serio… Lo siento si no te va bien o lo que sea, pero esto es demasiado para mí ahora.
–¿Qué quieres decir con que no me va bien?, ¿acaso te crees que he venido a pedirte un préstamo?… Sabes qué, tenía como un discurso preparado, pero que me veas así, descompuesto y colocado de cafeína, ya funciona bastante bien, es como mi estado de los últimos años…
–…
–¿Y sabes qué?, creo que estoy haciendo avances, porque creo que te estás aguantando la risa y…
–Tengo un crío, Dedo, ¿te acuerdas?, y estoy bien con Oriol; lo siento, pero es así.
–¿Y por qué no acaba de sonarme todo eso como debería?
–¿Es que no le has visto gritando?…
–Ya sabes a qué me refiero…
–Oye, no puedo hacer esto ahora…
–Creo que te follaría ahora mismo aquí, en la cocina…
–No digas chorradas, Dedo.
–No podría sentir más lo que he dicho. Estoy mojado.
–Joder…
–Te ríes, ahora no puedes negarlo…
–Oye, no…
–Venga, quiero ser el Diablo oficial. Ese crío no podría conmigo.
–Pero… ¿te estás oyendo?
–Ya, pero ríes.
–¿Cómo no me voy a reír?, ¿te das cuenta de lo que haces?
–No sigas haciéndote la normalita, sabes que yo te conozco, no tienes que soltarme esos rollos, sabes que no me los voy a creer.
–Oye, por favor…
–Usa los medios.
La última frase es pronunciada por Dedo completamente en serio. No sabe bien qué ha hecho, o si ha tenido sentido hacerlo. Lo importante era salir de la casa habiendo dejado un rastro a su paso. El rastro es obvio y la vida es larga. Pasa por el salón y se despide con un “Hasta luego, colega; y cuídate, Anticristo”, y se siente aliviado por primera vez en mucho tiempo.
Ya fuera, en la entrada, decide esperar un par de minutos. Retiene una imagen en su cabeza; es Oriol, sale de la casa y lanza puñetazo. Pero ese tío en su vida se debe haber peleado, ni de crío. A cambio, rodea la casa y escucha cómo una discusión aumenta de volumen en la cocina. En ese momento, camina comenzando a alejarse. Es una mañana preciosa, piensa. Destruir una familia, piensa. O puede que la propia familia lo estuviera esperando. Basta con que una de las partes no esté convencida. Puede que acudan a un consejero matrimonial, cavila, encajaría. Como sea, haber sembrado un pequeño (o gran) caos en la casa no le hace sentir en absoluto culpable. Solo se siente como ese tío que ha entrado y se ha tomado tres cafés, ha hecho reír a la chica (aunque también estuviera inquieta y nerviosa), y la ha dejado con, en el mejor de los casos para él, una decisión por tomar. El Diablo oficial no actúa siempre, quizá ni tan siquiera deba, pero cuando lo hace debe ser preciso, se dice a sí mismo Dedo. Hoy ha sido un buen día para el Diablo oficial.

SF bay

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