Cosa diaria (3 de 10) – Buniatishvili

Suelo pasar por una librería unas tres o cuatro veces al mes. Con esto no cuento los antros de libros de segunda mano que tan bien encajan con mi situación económica. No me considero superficial, pero a todos nos gusta una edición actual, una traducción reciente si el autor es extranjero. A todos nos gustan esas librerías flamantes con buen fondo y posibilidad de encargar libros. Al menos a los que entramos en ellas con frecuencia, y no solo una o dos veces al año para comprar regalos.
Mi librería habitual ya es uno de esos lugares que conozco de igual forma que uno conoce su salón o un aula o su lugar de trabajo. Esto ha provocado que, aunque yo no sea la persona más sociable (y de hecho puedo llegar a parecer impertinente), los empleados ya me conozcan y hasta me hagan comentarios sobre sus rutinas. Esto solo sucede de una forma vaga y para evitar formalismos prefabricados, pero aun así todo forma parte de un trato cordial, ese trato cordial que aún está lejos de hacer que la confianza dé asco, pero que incluye un bonito vínculo de “vecinos de la misma ciudad”.
Una de las empleadas es Pili. Ronda los cuarenta años y tiene un hijo pequeño. Su marido tiene uno de esos trabajos que, aunque a uno le comenten tres o cuatro veces qué cargo implican, uno nunca se acuerda. Es algo que suena a oficina, a gestión de… papeles, a lidiar con la informática con el objeto de llevar a cabo labores grises de las que tampoco se acuerda uno bien nunca por más que le hablen de ellas. Pili es sin duda la empleada más abierta, es la que tiene más gracejo y la que peor habilidad ostenta para llevar máscara alguna, por más aceptable que sea la misma. Además no duda en decir en voz alta lo contenta que está de su labor en la librería; y lo más importante de todo: suena siempre completamente sincera.
Creo que me ve como a un buen chico, o al menos como alguien que jamás te putearía a sabiendas, aunque solo sea por pereza.
Un día en que me está cobrando un libro de tapa dura demasiado caro (sección Novedades, Narrativa extranjera), casi como sin querer, me comienza a hablar de «su niño». El crío tiene diecisiete meses, y efectivamente está en esa fase en la que aún se le cuenta la edad en meses. Algo pasa con él que ha desconcertado a Pili, y es que según dice, la primera palabra que ha pronunciado el niño ha sido: «Buniatishvili»…
De entrada empiezo a pensar que la mujer es menos ingenua de lo que creía, y que me está tomando el pelo. Pero en lugar de sonreírse enseguida y darme a entender eso, me sigue hablando del asunto. Dice que el crío pronuncia la palabra perfectamente. No balbucea ni se equivoca. No dice Mamá ni Papá, ni siquiera ningún taco, lo que dice todo el tiempo es: Buniatishvili. Responde con esa palabra a cualquier monería, a cualquier orden, se queja con esa palabra y es la última que dice cada día;
–Que duermas bien, cariño.
–Buniatishvili…
Eso me comenta Pili.
Dice que el crío lleva cuatro meses así. Y que no sabe por qué, pero le preocupa. Cuando hay visita en casa todos preguntan siempre qué es eso que dice el crío sin parar. Entonces Pili intenta dar un explicación de esas que le restan extrañeza e importancia a todo. Eso es algo que al principio, según dice, le funcionaba, pero que ahora hace que algunos conocidos –al ver que el niño sigue igual– se rían de esa forma en que la risa al final se congela o acaba en un cambio brusco de tema. Porque da la impresión de que esa palabra se ha apoderado del crío, y que por puro instinto ya siempre recurre a ella y ha perdido la inercia de cualquier muchacho a aprender más vocabulario de una forma natural.
Para su madre la situación está comenzando a ser demasiado extraña. Dice que tiene la sensación de que, al pronunciar el crío esa palabra tan bien, es más como si fuera un ruido. Como un animal que nace haciendo un ruido concreto, y luego ya hace siempre ese ruido durante toda su vida hasta morir, porque no tiene la capacidad del habla. Dice que ha tenido pesadillas con eso; ha visto a su hijo intentando ligar con chicas solo con esa palabra, yendo a entrevistas de trabajo solo con esa palabra, escribiendo y sin que le salga nada más que esa palabra. Buniatishvili. Complicada, sí, pero solo la misma palabra todo el tiempo. Su hijo yendo a pedir una hipoteca, haciendo el amor, dando el pésame, transmitiendo odio, pesar, tristeza. Y solo cambiando el tono en que pronuncia la palabra. Ha llegado a ver en sueños la tumba de su hijo con la palabra inscrita. Lo ha visto convertido en leyenda urbana; ha visto el futuro, todos conversando entre ellos y riendo mientras piensan en ese alguien, una persona que solo sabía pronunciar una palabra. Ha visto a Modernos jurar que eso no era una leyenda, sino un relato de kafka. Ha visto a ancianos jurando que ellos conocieron al chico.
Se ha imaginado cómo podría ser la vida del chico; qué mujer se enternecería con eso; de qué modo se le podría evaluar académicamente, qué explicación rápida podría dar ella a toda la gente que le conociera por primera vez. Cómo conseguiría que no se rieran de él o le tuviesen miedo. Etcétera.
Le pregunto si ella sabe de dónde viene esa palabra. Dice que hay una pianista, Khatia Buniatishvili, una chica muy joven a la que ella escucha tocar, pero que ni siquiera tiene discos suyos, deja largos videos de Youtube puestos, largos conciertos, pero no recuerda haber pronunciado la palabra cerca del niño. Tampoco sabría cómo se pronuncia de verdad, dice, pero ha visto otros videos de entrevistas en que el sonido de los periodistas al presentar a la joven música es exactamente el que su niño hace. No tiene duda, ha oído la palabra de mil formas de su boca infantil, sílaba a sílaba, dicha en un suspiro y también pronunciada muy lentamente. Ha llegado a pensar si su hijo no será la reencarnación de alguien que pasó enamorado toda su vida de alguna chica georgiana, o si no habrá algún novio de la música que ahora de repente no sepa pronunciar ese apellido pero sí el resto del vocabulario de adulto. O quizá el padre de la muchacha. Una especie de misterio de Dios, o de desorden cósmico. Se pregunta si lo que le pasa a su hijo no será la respuesta a algo realmente relevante y decisivo relacionado con el sentido de la vida o el orden subyacente que rija la existencia.
Me quedo atónito. Intento volver a la tierra y le digo que seguramente esté sacando las cosas de quicio, que lo único que debe estar pasando no es más que una fase infantil; extraña, pero solo una fase, algo de lo que ella hablará relajadamente en unos años, una anécdota sin más. No es que no pueda entender para nada su inquieta reacción, pero no puedo alimentar esa preocupación que, honestamente, creo de verdad gratuita y absurda.
En cierto momento entra en la librería el marido de Pili. Lleva en brazos al niño. Los he visto en contadas ocasiones. El crío tiene unos grandes ojos marrones. Al entretenernos con la historia, Pili aún no me ha devuelto el cambio, no me ha dado una bolsa para el libro, está todo a medias. Pero ahora tengo cierta curiosidad. El tipo se va detrás del mostrador y le da un momento el niño a su madre. El oficinista, aun sin manejarse muy bien, decide encargarse de cobrarme, coge mi billete del mostrador, no me mira a los ojos. De golpe tanto él como ella parecen crispados. Ella sujeta al niño y parece simular que juega con él. Saca un caramelo de un bolsillo e intenta que lo agarre con la manita. Entonces la criatura dice:
–¡No quiero!…
Cuando ya tengo mi libro en la bolsa, me despido con un monosílabo mirando mi reloj. Justo antes de abrir la puerta para salir a la calle oigo un resoplido y un sollozo, pero no sé si ambos de la misma persona, o si el sollozo era del crío. Saco un cigarrillo y echo a andar camino a casa.

bunia

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