Terror en la cabaña de la montaña

J y S querían pasar un fin de semana fuera. Al final tuvieron juntos un puente largo de cinco días y alguien les recomendó cierta zona de montaña. Les prometieron que no habría mucho movimiento turístico en esa zona, que no habría mucho «excursionista ocasional hipócrita-tecnológico» (aunque ellos encajaban bastante en esa descripción). Así que lo dispusieron todo y un sábado por la mañana cogieron el coche. Les esperaba una cabañita bastante aislada. Llevaban ocho meses juntos. El plan que J tenía y que jamás hubiese verbalizado así en voz alta, era follarse a S todos los días del puente, al menos cada vez que su pene se recobrase del anterior polvo (algo seguramente derivado de que no vivían juntos y por tanto lo de disponer de una cama para ellos en una casa solos no era lo que se dice una rutina). El plan que S tenía y que jamás hubiese verbalizado, era decidir si quería seguir con J, ya que había un chico que le hacía tilín y con el que se había enrollado (aunque sin penetración), porque empezaba a dudar de J, porque en realidad sabía que se aburría bastante con él, aunque le gustaba el sexo con él, y aunque arriesgarse a sembrar un siguiente noviazgo era arriesgarse a que ese chico que le hacía tilín en realidad no quisiera eso, y por tanto quizá ella se quedara sin novio y por tanto sin sexo en un marco de noviazgo respetable, ya que no le gustaban los rollos (los tenía) aunque tampoco estar mucho tiempo sin sexo y que los demás supieran que no tenía sexo, porque le parecía importante ser muy transparente con todos sus amigos en cuanto a su situación laboral y sentimental, etc.
Iban a pasar cuatro días. Cuando llegaron les encantó la casa. Era lúgubre pero eso era lo que ellos buscaban en parte, algo completamente distinto a los pisos y casas a los que estaban acostumbrados; esos de mobiliario minimalista, pantalla plana, plantas y una o dos mascotas.
Llegaron a mediodía. Eran seis horas de coche, lo cual convertía el puente en tres días y medio, más o menos. Tres días y medio de sexo guarro, pensaba él; unos días para hablar y ver si «lo nuestro» tiene futuro, pensaba ella.
Aunque J en realidad no pensaba en nada, o más bien era su segunda cabeza la que lo hacía; y S se preguntaba si lo que ella estaba haciendo no era buscar una crisis de fin de semana para poder cortar con J y contactar al chico tilín.
La victoria del puente para J significaba conseguir sexo anal. S solo quería buscar un momento adecuado para hablar, aunque no supiera muy bien para qué.

La primera noche J abrazó en la cama a S, ya tenía una dolorosa erección. Le susurró que necesitaba bajar la hinchazón. Era un diálogo recurrente entre ellos. Pero ella se separó y dijo que estaba cansada del viaje. Habían dado un pequeño paseo por la tarde, un paseo silencioso. A J no le extrañó demasiado, a S no le gustó que él no reaccionara de forma alguna al silencio. Luego él intentó meter mano a S con la esperanza de enrollarse con ella o hasta quizá follársela en algún pequeño claro con la emoción de que les pillara alguien allí. Pero ella se separó y dijo que no iba a hacerlo en medio del bosque.
Tras el segundo rechazo en la cama, J le preguntó si le pasaba algo, si estaba bien. Ella dijo que estaba bien y que solo necesitaba dormir.
A la mañana siguiente salieron de excursión por una ruta que alguien le había recomendado a S. La conversación todo el tiempo se centraba en si estaban yendo realmente por esa ruta recomendada. Era como si ambos necesitaran saber si lo que veían era bonito o simplemente se habían equivocado de ruta. Así pasaron varias horas. El camino era bastante irregular, frondoso, casi no era ni un camino. J solo intentó tocarle el culo una vez a S, la cual se apartó intentando restar importancia al gesto. Luego continuaron preguntándose si la ruta que habían escogido sería la correcta o no. Comieron bocadillos en un claro y apenas hablaron. J, por más que era su segunda cabeza la que seguía pensando, ya sabía que algo raro estaba pasando, y que S no se encontraba mal ni nada parecido, sino que más bien estaba mal con él. Aun así no sacó el tema, y aunque ya creía que ese puente no sería el mejor momento para intentar el sexo anal, al menos quería echar un par de buenos polvos.
Cuando llegó la noche, ya en la cama, S intentó sacar el tema que quería sacar. Lo de hablar de ellos dos, aunque ella sabía que la verdad era que ella lo que quería era hablar de ella misma. S no sabía casi nunca lo que pasaba por la mente de J, y estaba empezando a sospechar que eso era porque la mayor parte del tiempo no pasaba nada importante por la mente de J, lo cual le hacía pensar que eso solo podía significar que J no sentía nada especial por ella, y era posible que por nada en absoluto. Ella parecía solo una de las partes de su vida, no una de las importantes, sino solo una parte: su novia. Lo que todos los de su entorno sabían que era su novia. No tanto «ella» como «aquello». Por más chocante que eso sonara, y aunque pudiera parecer una exageración, a S le parecía que esa teoría estaba más cerca de lo que pasaba entre ellos dos que de una relación íntima que funcionara a algún nivel más allá de la compañía sexual o la apariencia de noviazgo. Ella reconocía que a ella le preocupaba acumular un bagaje «serio» en su vida en cuanto a relaciones; pero se estaba dando cuenta de que no solo quería que pareciera serio, además estaba comenzando a necesitar que también lo fuera de verdad. Cuando comenzaron a salir, y ahora lo tiene bastante claro, no había más que un mutuo acuerdo de emparejamiento; no es que no existiera emoción alguna derivada de la novedad de salir con un chico nuevo y mono (o con una tía guapa y dispuesta), pero no había sido tanto algo espontáneo como un plan para no estar solos. S sabía también que eso no era nada malo, pero estaba comenzando a dudar sobre si todo ese rollo no será más sintético de la cuenta. Algo más forzado de la cuenta. Algo más asociado a un cronómetro o una brújula, que a un volcán o una tormenta, por probar analogías más seculares.
En resumen, S tiene miedo de haber alargado lo que debería haber sido nada más que un par de polvos; y todo por su manía de querer hacer pasar todo placer de su existencia por algo que solo forma parte de un apartado meditado y adulto de su vida.
Cuando saca el tema, J intenta meter la mano entre sus piernas. Ella la aparta. Él la vuelve a meter. Entonces ella la aparta con violencia. La mente de J está llena de imágenes recurrentes: se ve a si mismo cuando acabó la carrera, cuando consiguió hacer reír al tío en su primera entrevista de trabajo; cuando le subieron el sueldo, cuando salió con aquella chica pelirroja y delgada y preciosa (sexo anal la primera noche), cuando se ligó a S, que acababa de cortar con un tío y él la hizo reír y luego follaron en su coche. Estaba tan caliente la tía, ella estaba incluso más caliente que él.
Como J seguía intentando meter mano a S, S le insultó (cerdo) y salió de la habitación. Solo llevaba un salto de cama. Se puso las zapatillas, cogió el tabaco y decidió salir de la cabaña.
Fuera solo le esperaba la boca del lobo. Y encima comenzó a escuchar cómo algunas ramas se rompían. Parecían pasos. O al menos algún animal. «Lo que faltaba», musitó para sí misma.
–¿Hay alguien ahí?
Entonces una figura enorme corrió desde su derecha y hacia ella por el porche de la cabaña. Antes de que pudiera reaccionar, algo cortó el aire y la golpeó brutalmente en el pecho. Se miró e intentó gritar, pero no pudo, tenía un hacha absurdamente grande hundida en las tetas. Antes de perder la conciencia pudo ver cómo esa figura removía el hacha para sacarla de su cuerpo. S cayó desangrándose al suelo. Murió mientras la figura subía por las escaleras hasta la habitación en la que estaba J. Cuando llegó y entró en ella, J se estaba masturbando. Se alzó el hacha y al caer con un gruñido partió literalmente en dos y en vertical la cabeza de J. El pene continuó duro. La figura y su hacha salieron respirando con excitación de la habitación; luego bajaron la escalera y luego saltaron sobre el cadáver de S para adentrarse nuevamente en la oscuridad.
Al día siguiente, una pareja de otra cabaña bastante distante denunció que no habían podido dormir; alguien, no quedaba claro si un hombre o una mujer, no había parado de carcajearse ruidosamente desde el bosque, no se trataba tanto del ruido como de la sensación de terror que producía. El chico de la cabaña incluso echó a llorar, al cabo de un mes su novia le dejó tras dispararse una noche la alarma de la casa en la ciudad en la que vivían, aunque al parecer no había sido más que un fallo técnico.

hallllllll

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4 comentarios en “Terror en la cabaña de la montaña

    1. ¡Oye! Ya, ya sé que poquito tiene que ver con el Anticristo, que ni los personajes, que ni las razones, que realmente ni los sucesos que pasan en el bosque… pero, a veces, al leer lo que sea, me llegan imágenes de lo que siento parecido, aunque parecido tenga poco. En este caso ha sido esa película. Y eso.

      1. No, si lo decía de verdad, no es raro que recuerde a Anticristo. Yo no pensaba en eso al escribirlo, pero el relato tira más por una vertiente conceptual/sarcastica que por una trama cerrada. Lo que pasa es que si intento explicar las ideas que han conducido la narración no tiene gracia. 🙂

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