Cosa diaria (6 de 10) – Pueblo abandonado en la llanura MS2

Salimos mi colega de toda la vida y yo de Periferia Microsoft. Conduce él. La ciudad parece hoy especialmente apestosa. Es sábado, hace mucho que queríamos visitar algún pueblo abandonado, ir en busca de un poco de miedo moderno basado en la autosugestión controlada y los terrores propios. Necesitas un espejo especial para eso, algo en lo inventar el reflejo que te dé la gana. La parapsicología y las leyendas de terror se sustentan básicamente en la posibilidad de que no te lo estés inventando tú todo. Es una lucha contra tu propia percepción racional. Pero cuando uno no es capaz de ganar esa batalla interna, lo único que obtiene si le gustan las historias y los lugares curiosos, es una suerte de diversión friki. Te llevas un bocadillo y te lo comes en un lugar pintoresco. Ese es el plan. También influye la idea de estar rodeado de edificaciones que antes fueron hogares y servicios, y que ahora vuelven al seno de la naturaleza. No es difícil de conseguir, basta con el abandono y las cosas envejecen y se pudren. En la ciudad eso se practica más con las personas que con los objetos, a muchos niveles. Aunque claro, una anciana abandonada en un asilo o un enamorado al que su amada ha dejado no tienen una mierda de encanto, solo es deprimente y aburrido; pero una casa abandonada… eso te da incluso una visión concreta y estética de la muerte, como si de algún modo estuvieras viendo lo que hay después.

La llanura MS2 está a unas tres horas largas de Periferia. Cuando estamos llegando nos extraña ver cierto movimiento de tráfico en la carretera de acceso. Incluso nos resulta raro que la propia carretera no esté peor de lo que está. Vemos a una pareja que parece ir a pie por la cuneta camino del pueblo. Mi colega aminora, no hay carteles indicativos y tememos habernos perdido. El pueblo se llama Maizal de la Placa, la llanura MS2 es básicamente un montón de kilómetros de desierto alrededor del pueblo. La pareja –ambos con un semblante extrañamente afectado– nos dice que sí, que vamos bien, por aquí llegaremos al pueblo abandonado; pero nos dicen que no vale la pena, que nosotros mismos. Todo resulta, de golpe, de lo más… ¿decepcionante? Los edificios que vemos desde la carretera, cada vez más cercanos, no tienen un aspecto de herrumbre que digamos. Seguramente es una primera impresión, nos decimos, cuando lleguemos allí la cosa cambiará. Es probable que haya mucho turismo freak. Suponemos que tendremos que conformarnos con el aspecto de las casas, al final no da la impresión de ser un lugar en el que hallar soledad precisamente…
Por fin, vemos un letrero con el nombre del pueblo. Pero está en buen estado. No es ese trozo de madera podrido que uno imagina, ni tan siquiera una señal metálica oxidada. Solo es un letrero.
Hace bastante rato que no comentamos nada. Cierto malestar se está apoderando del interior del coche. O no malestar, pero sí una sensación de que algo se está cociendo hoy para nosotros, algo no necesariamente malo, pero ni mucho menos que se parezca a lo que buscábamos.
Un detalle extraño es que apenas había información en la red sobre el pueblo. Cuando creíamos que habíamos encontrado una foto interesante siempre acababa siendo la casa hecha polvo de cualquier otro lugar. En teoría este lugar es una aldea, de esas que cuentan sus habitantes por decenas. No conocemos a nadie que haya ido al pueblo. O de hecho, sí, en teoría dos colegas hicieron hace un par de años lo mismo que nosotros, cogieron el coche y se acercaron a este lugar; pero cuando les preguntamos qué tal había ido no obtuvimos nada más que respuestas de turista prefabricadas, cortas y vagas, y enseguida un cambio de tema brusco en la conversación. Pensamos que igual les había pasado algo embarazoso, algo que habían decidido… qué se yo, guardarse para ellos. Y que por eso preferían no hablar de ese día. Llegamos a pensar incluso que cabía la posibilidad de que se hubiesen liado entre ellos…; y no son homosexuales, obviamente, que sepamos. No sabíamos qué pensar, así que optamos por echarnos unas risas con el asunto. Es algo muy propio de Periferia.

Un interrogante flota por encima del coche cuando ya estamos en el pueblo. Hay gente, sí, pero no solo turistas de nuestra especie. Sencillamente hay gente, salen y entran de sus casas, pasean. Y no se cuentan en decenas, sino más bien en centenares. Puede que un par de cientos o tres. Hay ancianos sentados a las puertas de sus casas. Todo el mundo se vuelve a mirar nuestro coche. En el propio pueblo no hay coches, o nosotros no vemos ninguno, a pesar de haberlos visto circular por la carretera. Vale que es un lugar pequeño, pero siempre encuentras algún vehículo, gente que ha venido a ver a familiares, cosas así. Esto es sencillamente un pueblito, pero hay algo en todo el asunto que no cuadra. De entrada nos da malas vibraciones la sensación que nos produce la situación, pero luego decidimos aparcar el coche, porque hemos visto lo que parece un bar.
Cuando nos apeamos y entramos en el local, dentro solo hay lo que parece el dueño, detrás de la barra, lavando un vaso, y un anciano sentado en un rincón. El hombre aparta la mirada y la hunde en su jarra de cerveza.
Mi colega, siempre más sociable que yo, vocifera un Buenos días con tono inofensivo.
–Ajá… ¿Sois de Periferia?… tenéis pinta de ser de Periferia…–dice el tabernero. Esa es la palabra que me viene a la mente: Tabernero.
–Pensábamos que este pueblo estaba abandonado –dice mi colega, continuando con un tono amable, su tono de hacer amigos, de ligar, de las entrevistas de trabajo, y de todo en general.
–Acertáis, sí, Maizal de la Placa lleva muchos años abandonado.
Mi colega se sonríe. El tabernero no.
–Ya… Pues para estarlo veo mucha gente por ahí, y las casas son perfectamente habitables.
–Supongo que tú tienes tu propio concepto de pueblo abandonado.
–Ya…
–¿No habéis notado nada al llegar?
–Pues no –miente mi colega.
–…
–¿Qué teníamos que notar?…
–No me mientas, por favor.
–No te miento.
–Sigues haciéndolo.
–Ya… Dices que el pueblo está abandonado… Entonces supongo que sois todos fantasmas… ¿no?
–Supongo que tu idea de un fantasma es lo de la sabana y el ruido de cadenas; o espíritus de gente que murió hace mucho.
–Más o menos, sí.
–Pues no, no somos fantasmas, somos de carne y hueso. Pero el pueblo está abandonado. Hace mucho que lo está.
–… Ya… –Mi colega y yo nos miramos entre nosotros. Pero no conseguimos sonreír con la situación.
–Bueno –dice enseguida mi colega–, lo que tú digas. ¿Nos pones dos cervezas?
–Por qué.
–Porque tenemos sed, gracias.
–¿Aun sabiendo que estás en un pueblo abandonado, quieres beber aquí?
–Sí. Hemos venido a pasar el día aquí, de hecho. –Crispado.
El tabernero muestra todo el tiempo un semblante completamente ilegible. Como si no sintiera nada de nada. Ni malo ni bueno.
Alguien más entra en el local. Se sienta en la barra junto a nosotros, se nos queda mirando, resopla y luego vuelve a lo suyo. Su semblante es el mismo que el del tabernero, y de hecho el mismo que el del viejo sentado al fondo. Sin decir nada, el tabernero le prepara una jarra al hombre de nuestro lado. No prepara las nuestras. Yo comienzo a tener ganas de salir pitando hacia Periferia. Mi amigo no, de hecho pregunta qué pasa con su cerveza.
–Te he dicho que estás en un pueblo abandonado –dice el tabernero.
–Así que lo de recaudar pasta de la gente de fuera no os va por aquí…
–No. Es que el pueblo está abandonado, no hay nadie aquí. No puedes tomarte una cerveza en un pueblo abandonado, para eso tendrás que volver a la ciudad.
–¿Y él? –dice mi colega señalando al tío de nuestro lado– ¿y aquel viejo de allí?
–Este bar lleva muchos años sin funcionar, chico. Muchos años. Supongo que no puedes entenderlo. Pero es así.
–…
Alguien más entra en el local. Esta vez es una chica. Con la diferencia de que tiene expresión en la cara. Parece rondar los diecisiete años, como mucho. Sonríe. Esa sonrisa nos tranquiliza de algún modo. Para ser más exactos, me tranquiliza a mí y hace menguar el mosqueo de mi colega. Se sienta a dos taburetes de nosotros y nos mira. Es muy guapa y tiene una piel blanca que parece extranjera. El tabernero le sirve una jarra igual que lo hizo antes con el otro tipo. La muchacha bebe un trago largo y sonríe más ampliamente.
–¿Sois de fuera, no? ¿Periferia?
Asentimos, a la espera de una explicación lógica. Mi colega ni tan siquiera le dice nada. Con la mirada de un lado a otro y haciendo un gesto con las manos, intenta expresar interrogación. Una interrogación urgente.
–No os han servido, ¿verdad?
–Pues no… –dice mi colega agitado.
Decido intervenir para compartir la carga:
–Nos han dicho que como el pueblo está abandonado…, que este sitio también lo está, y que por eso no podemos beber aquí…
–Ya… –asiente la chica algo irónicamente, como si nuestro problema fuera algo rutinario, nada extraño.
–A ver –añade–, no os enfadéis conmigo…, pero es que es verdad. El pueblo está abandonado. Creo que hace unos setenta años. Está impracticable. Corren muchas leyendas…, o eso creo. –Bebe otro sorbo de su cerveza. El tabernero sigue limpiando vasos con la misma actitud de antes, mira a la chica y luego a nosotros, pero son gestos de autómata.
–Es una broma de la tele, entonces, ¿o es que estáis todos tarados aquí…? –dice mi colega, otra vez ofuscado.
–No –replica la chica, con un puchero cómico, como pidiendo perdón –de verdad, esto tiene una explicación, pero no sirve de nada darla, no podríais entenderlo. No en este contexto. Quiero decir que, no puedo atravesar todas vuestras capas de raciocinio prefabricado, todo vuestro sentido común, vuestro sentido de la realidad, chicos.
–…
La chica resopla.
–De verdad, chicos, es mejor que os vayáis, porque aquí no hay nada. Y no quiero soltar alguna frase que os haga pensar que estoy aún más loca de lo que ya creéis que estoy. Solo os puedo decir que así como Periferia es una ciudad en activo, este pueblo ya hace mucho que está abandonado. Y lo de la llanura MS2 no es una ironía, es solo el nombre de la llanura. Pero de verdad que esto está vacío. Si lo que buscabais era un pueblo abandonado, este no es el adecuado. Os puedo aconsejar otro si queréis. Pero aquí solo conseguiréis enfadaros, porque sí es un pueblo abandonado, pero no en un sentido que encaje con vuestro sistema racional. Y en serio, no quiero hablar más, porque no me gusta quedar como una loca pirada.
–…
–Lo que os aconsejo es que os vayáis. Y que luego simplemente continuéis con vuestra vida, podréis hacerlo perfectamente. Con vuestro sistema de creencias o no-creencias, y con vuestro raciocinio podréis perfectamente darle una explicación que os convenza. Si os hablo así es porque estoy harta de intentar convertir a neófitos en conversos. Me es casi imposible… y es agotador.
–…
–Al menos vosotros no intentáis ligar conmigo… No sabéis lo complicado que es hacer pensar a un chaval que va salido y que no quiere aceptar las circunstancias tal y como son. Ya ha habido varios tíos de Periferia que se han creído que podrían conseguir sexo aquí. No tienen ni idea de los riesgos de intentar hacer… eso, ya sabéis, en este lugar.
–…
–En fin –la chica bebe un trago largo más y se acaba su cerveza–. Os lo repito y me voy, bueno, o sea, sí, quiero decir, para que lo entendáis vosotros, me voy. El pueblo está abandonado. No hay nada. Nada. Y me gustaría poder daros una explicación que os pudierais creer, pero no la hay, porque el Sistema apesta y por desgracia tiene estas fallas… Pero las cosas son así. Tenéis que marcharos, chicos. Volved a Periferia. Ah… y un consejo importante: No volváis nunca, nunca nunca, porque si volvéis aquí a echar otro vistazo podría ser que todo lo que dais por sentado se fuera al traste. Hay gente que no lo soporta, y estoy hablando de infartos y suicidios… No os quiero meter miedo ni nada. Solo os digo que al final esto que os pasa hoy no es más que un accidente, y que debéis seguir con vuestra vida. –Nos guiña un ojo, nos da un golpecito a ambos con su primoroso puño derecho, sonríe, y sale por la puerta.
Mi colega se queda embobado, mirando al frente como si se hubiera enamorado de la puerta. Me vuelvo y el tabernero sigue fregando vasos, inexpresivo. El cielo se ha tapado por completo, al parecer. Un trueno nos hace saltar de nuestros taburetes como si tuviéramos muelles en el culo. Casi acabamos sentados en los taburetes de al lado.

caracola

Anuncios

2 comentarios en “Cosa diaria (6 de 10) – Pueblo abandonado en la llanura MS2

  1. Sí que está bien la serie de relatos 🙂
    Te cuento que la adicción a este blog llegó al punto en que terminé leyendo Pulp desde un teléfono celular.
    Saludos, buen fin de semana y gracias.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s