Cosa diaria (7 de 10) – La trágica (o estúpida) muerte de Autor Novel

Autor Novel siempre había fantaseado con lo que tenía ahora frente a sus narices. De hecho incluso había fantaseado con el mismo contexto. (Autor había publicado su primera novela, un librito de doscientas páginas cargado de mala leche y buenas intenciones, según él, pero que sobre todo se le antojaba a todo el mundo como un material áspero y crudo, respetable pero desafiante y chulesco; al menos según las críticas que él había leído, y también según lo que le habían comentado con cierto apuro algunos de sus amigos.) La fantasía que al fin se había hecho realidad, y con la que él había llegado incluso a masturbarse no sin cierto sentimiento de culpa (una sensación que siempre le invadía aunque no quisiera reconocérselo a sí mismo después de tocarse), pues bien, la escena constaba de él sentado en el tren, y de una chica a pocos pasos, de pie, joven y guapa, y que leía su libro.
Él sabía que su foto estaba en la solapa, y que su aspecto era exactamente el mismo ese día en el tren. De hecho, Dios no lo quisiera, era posible que llevara en ese momento el mismo jersey que en la foto. Si la chica le reconocía, no quería que ese detalle de indumentaria se convirtiera en una especie de anécdota “divertida” que ella comentaría con sus amigos. A Autor Novel no le gustaba ese cliché del escritor más bien excéntrico, empollón y poco cómodo para el trato. La chica, por supuesto, se acabó dando cuenta de que él estaba allí en el tren, en el mismo vagón que ella, y comenzó a, poco disimuladamente, mirar la solapa del libro para asegurarse. Autor vio que incluso ella leyó en ese instante la pequeña nota biográfica que había bajo su foto. De repente la muchacha tenía delante al autor del libro que leía, una escena no muy habitual para un escritor poco conocido, al menos más allá de las discretas presentaciones del libro, en las que todo quedaba más bien en casa, entre amigos y familiares; aquello era ciertamente bastante incómodo; pero esa fantasía suya, que funcionaba muy bien como tal pero que en ese instante le estaba resultando incómoda al hacerse real, era algo distinto. Para Autor era agradable, pero también casi como sentirse manoseado sin esperarlo; él siempre había pensado que la relación de un lector con un libro era muchas veces la relación más intensa que podía haber entre dos personas. Él siempre había creído que los escritores, al menos los que a él le gustaban, nunca podían ser más sinceros con lo que ellos eran que cuando escribían. No se trataba de que el libro fuera autobiógrafico o no, era algo mucho más profundo que saber con quién folla Fulanito o a quién se la chupó el sábado Menganita. Esa lectora del tren estaba profundizando en él al leerle, en sus historias y miedos y mierdas más jodidas, y también en las más luminosas.
Aun así, si ella le dirigía la palabra, él se tenía que comportar como si no hubiera nada de todo eso. Como si todo ese proceso y la relación autor/lector fuera lo mismo que si fueras camarero y te toparas con un cliente habitual fuera de las horas de trabajo.
Obviamente, Autor fingió que no se había dado cuenta de la situación. Sus ojos no se habían topado con los de Chica del Tren. Se fijó en que ella llevaba un traje de chaqueta ceñido, parecía algo así como una azafata de congresos. Vio que llevaba una placa en la solapa. En ella estaba inscrito su nombre: del Tren, Chica.
Parecía que ella también tenía cierto reparo en decirle algo, pero Autor estaba bastante convencido de que planeaba hacerlo en algún momento. Si eso sucedía, se había decidido a no decir nada extraño, nada de bromas oscuras o comentarios “ingeniosos” con los que ella pudiera arrugar el ceño y que él le tuviera que aclarar lo que había querido decir. Sería parco y agradecido, y solo diría algo gracioso si ella le daba pie de algún modo. Lo que más le inquietaba es qué imagen debía tener ella de él según lo que él había escrito. Aunque cierto es que eso no era importante, sobre todo si el encuentro se reducía tan solo a eso, a un encuentro puntual. Con una fan… Si es que la misma se decidía a decir algo.
Cuando lo hizo finalmente fue en cierta parada, cuando el vagón se vació sustancialmente. Los tres asientos junto a Autor –los dos de enfrente y el de al lado del pasillo– quedaron vacíos. En ese momento la chica se decidió y dio los seis o siete pasos que les separaban. Al ser contemporáneos generacionalmente, la muchacha no dudo en dirigirse a él sin tratarle de usted, y aunque se notaba el rubor (que se sumaba al rubor del maquillaje) en su cara, se la veía confiada e intentaba resultar agradable. Cuando saludó, Autor volvió la cara hacia la muchacha como si se acabara de dar cuenta de que estaba en el tren. No resultaba muy impostado, ya que en esas situaciones siempre puedes alegar que estabas abstraído, en “tu mundo”, etc. Cuando Autor la escuchó atentamente, ella, cómo no, solo le preguntó si él le podía firmar el libro. Era una petición muy lógica, pero con los nervios Autor no había caído en que esos encuentros se suelen resolver siempre así.
Él le preguntó su nombre (aunque ya lo había visto en la placa), firmó el libro con un bolígrafo que ella le prestó, fue una dedicatoria escueta, sin gracietas, y se lo devolvió con una franca sonrisa.
No acabó todo ahí, ya que luego ella se sentó en el asiento de enfrente y, sonriendo ruborizada aún, le comentó lo mucho que le estaba gustando el libro, y que se lo había recomendado una amiga. La conversación comenzó a desarrollarse de una forma aburrida, llena de tópicos y frases hechas, pero que dadas las circunstancias resultaba especial, casi un punto de inflexión en la vida de Autor, ya que hasta ese momento no había conocido a nadie que no hubiese comprado su libro por compromiso o para apoyarle.
Como suele pasar, a medida que el reloj avanzaba, y dado que la chica era respetuosa y discreta, Autor se fue relajando. Esto sucedía cuando él se comenzaba a sentir como alguien tratable para la otra persona. Cuando estaba seguro de que la otra persona se sentía cómoda con él. El caso contrario le resultaba casi un tormento si la persona le importaba lo más mínimo, y en este caso eso hubiese sido devastador.
Ambos se bajaban en la misma parada. Ya fuera del tren, lejos de separarse y seguir cada uno por un camino distinto, continuaron charlando sin moverse del andén. La muchacha parecía encantada ya hablando con Autor y no solo con ese escritor al que ella estaba leyendo. Daba toda la sensación de que estaba surgiendo algo entre ellos. Solo quedaba dar un paso más, que alguno de los dos ofreciera o pidiera un número de teléfono. Chica del Tren parecía cada vez más dispuesta a ello.
Fue entonces, cuando la química ya era electricidad entre ellos, cuando Autor, atribulado, justo cuando llegaba el siguiente tren, dio tres pasos hacia atrás para dejar pasar a un matrimonio de la tercera edad, llegó al borde del andén, se desequilibró, cayó a las vías, y el tren lo arrolló de modo que tanto Chica del Tren como algunas otras personas, quedaron salpicadas de la sangre y las tripas de Autor Novel.

Chica del Tren llegó a su casa completamente desconcertada, rompía a llorar a intervalos. Su ejemplar del libro de Autor Novel estaba salpicado de sangre. Se desnudó y se metió en la ducha. No podía digerir lo que había pasado, y no se sentía con las herramientas emocionales para gestionarlo. Decidió tirar su ropa manchada de rojo, no se sentía con coraje para lavarla y volver a usarla como si nada.
Decidió no hablar con nadie del asunto. Se le hacía demasiado duro. Además era una situación potencialmente curiosa y hasta cómica si la historia llegaba a segundas y terceras personas. No quería percibir esa clase de murmullo en su entorno. Desde el primer momento, Autor Novel le resultó un chico amable, tímido pero interesante, la clase de persona con la que a ella le hubiese gustado mantener el contacto, fuera de si llegaba a algo más íntimo con él o no. Lo sucedido había sido algo terrible. Solo esperaba que no hubiera grabaciones de la estación con el suceso. O que al menos no se la viera a ella claramente si allí había cámaras de seguridad. Esperaba que si existían tales grabaciones no se difundieran. Le parecía horriblemente incómodo verse en la tesitura de tener que dar algún tipo de explicación sobre cómo vivió esa desgracia, o tener que girarle la cara a alguien cortando tajantemente la conversación si el tema surgía.
Al paso de los días, cuando fue calmándose, tenía otra espina clavada, y era que el libro seguía en su piso. No lo había tirado con la ropa. No le parecía correcto. Le había limpiado en la medida de lo posible las manchas de sangre, pero no tenía fuerzas para seguir leyéndolo, aunque sabía que quizá a Autor Novel le hubiese gustado que ella lo terminara.
En los siguientes meses, mientras el libro de Autor, tras la noticia de su muerte, se comenzaba a vender a escala internacional, mientras el chico se convertía en otro Escritor Muerto, Chica del Tren asistía incrédula al fenómeno comercial. Era ese tipo de cosas que se sabe que pasan, pero que cuando se viven de cerca, de algún modo resultan mucho más chocantes, indignantes y deprimentes.
Por suerte no habían surgido grabaciones incómodas, seguramente la familia lo había impedido, ya que Chica del Tren había vuelto a la estación con regularidad, y había visto que en efecto había cámaras de seguridad.
No podía soportar la idea de que de algún modo alguien se metiera en su cabeza, no sabía cómo, pero a veces imaginaba que alguien encajaría las piezas y de repente lo sabría todo. Lo de aquel chico que pintaba y que había muerto a los veinticinco años de un infarto junto a ella en un avión, y del cual ya tenía el número de teléfono; o el muchacho escultor que despertó frío en la misma cama que ella tras la primera noche en que se acostaron; o lo del tipo que quería escribir poesía pero no acababa de dar el paso, y un día sufrió un ataque epiléptico mientras la muchacha le hacía una felación (el chico se tragó la lengua y ahí acabó todo); o lo de su primer casi novio; quería ser bailarín; se desvaneció a los 15 años en la calle paseando con Chica del Tren; muerte súbita, dijeron.
Cada vez que veía alguna referencia a Autor Novel en algún medio, no podía evitar pensar en el modo en que el cuerpo crujió bajo el morro del tren, se escuchó ese reventón líquido y todo salpicó fuera de las vías. Había sido un infierno, la peor de las muertes que ella había presenciado.
Seguía alimentando la terrible idea de que había tenido la absurda mala suerte de haber nacido anti-musa. Además el único novio de larga duración que había tenido, en fin, nunca estuvo realmente enamorada de él, y cada vez le resultaba más difícil apartar de sí misma la idea de que no había muerto a su lado porque el muchacho no tenía ninguna aspiración artística. No sabía si el motivo de esas muertes tenía que ver con el interés real que ella tenía por ellos, o si la cosa se limitaba a que cuando ellos tenían un espíritu creativo surgía la anti-musa y detenía el proceso de la forma más cortante.
Un día, sin poder soportar más la presión que sentía en el pecho con todo el asunto, fue a casa de sus padres a hablar de ello. Necesitaba desahogarse. Su padre se llamaba Rector de la Universidad; su madre, Mujer Moderna. Así pues, el señor de la Universidad y la señora Moderna escucharon a Chica. Al cabo de media hora, cuando la muchacha había acabado de contar su historia, Rector se levantó de su sillón sin decir nada y sacó su móvil del bolsillo. La madre lloraba y no podía mirar a los ojos a su hija. El hombre se alejó hasta el otro extremo del salón. Tecleó. Cuando estaba esperando a que alguien cogiera el teléfono al otro lado de la línea, echó una mirada de reojo a Chica del Tren; era la mirada más fría y terrorífica que ella había visto jamás. No parecía la que cualquiera esperaría que se produjera entre un padre y su hija.

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