Cosa diaria (9 de 10) – Pollas gordas

Salía R de un recital de poesía fonética, e intentaba explicarle a M cómo toda esa «muestra de sonoridad» le había llegado a lo más hondo del alma (y esto no era mera verborrea para intentar meterse en las bragas de M, sino que quería ser un sentimiento real, lo cual le preocupaba más a M que si hubiese sido lo de las bragas). Y M se encendía un cigarrillo y sonreía e intentaba cambiar de tema a cada rato sin éxito. El asunto con el que M intentaba cortarle tenía que ver con cierta idea que se le había ocurrido. Estaba relacionada con folletos de pega de publicidad de una clínica ficticia de alargamiento de pene; lo que ella quería era diseñar esos folletos falsos y dejarlos en los parabrisas de cierto tipo de coches enormes que a veces se ven por ciudad, esos coches cuyos propietarios parecen intentar compensar algo erigiéndose como propietarios de los mismos. Pero R no dejaba de reproducir poemas fonéticos; la gente comenzaba a mirarles por la calle. M se preguntaba en qué momento había decidido quedar con él, en qué momento había cedido dejándose llevar por cierta inclinación del muchacho a cierto tipo de activismo (o eso decía él). Él no paraba de esforzarse para que ella sintiera lo mismo que él había sentido en el recital, y cuanto más lo intentaba más convencida estaba M de que todo ese rollo de la poesía fonética no era más que una farsa posmoderna disfrazada de arte subversivo para engatusar a licenciados con foulard que encajaran con el perfil de R, el cual no parecía consciente de que, al mostrarse tan efusivo y extrañamente receptivo de inmediato con cierta clase de perfomances, lo único que hacía era lograr casi siempre que sus interlocutores comenzaran a fascinarse mucho más con lo gilipollas que él resultaba que con el contenido de cualquiera de los monólogos que soltara.
R era profesor de primaria. M intentaba desgastar el Sistema. Habían quedado en las puertas del teatro; así que ahora, a la salida, y puesto que M no tenía coche, R se ofreció a llevar a M. El coche de R resultó ser enorme, de modo que M decidió no comentar lo de los folletos, aunque en realidad ya había decidido no volver a quedar con R y así no acabar en algún otro tipo de espectáculo con el que luego él se mostrara así de entusiasmado (o todo lo contrario). M había conocido a varios tipos como R. Eran supuestos seres sensibles cargados de carácter y cierto criterio propio, pero no, el problema es que todo eso solo era una Intención; intentaban a toda costa resultar seres sensibles cargados de carácter y cierto criterio propio. Esa impostura extrema no significaba necesariamente que esta clase de tipos no tuvieran criterio o carácter propio alguno, pero muy a menudo el que tenían no encajaba con el que se llevaba en ciertos círculos de los que ellos querían sentir que formaban parte. Las grandes ciudades, las más cosmopolitas, estaban a rebosar de tíos así. En opinión de M ésa era la gran desventaja de las grandes urbes, los niveles de impostura y falsedad estaban por las nubes, por esas nubes llenas de mierda que las coronaban. Tal era así, que cuando ella estaba con un tío así, sabía que su opinión tras ver una obra jamás sería dubitativa o prudente. Enseguida solían soltar toda una serie de críticas o teorías muy positivas o muy negativas en relación con lo que fuere que hubiesen visto; teorías que habían estado ensayando mentalmente mientras veían la peli, o mientras paseaban por la exposición recomendada de turno. M tenía miedo de que las mentes modernas y jóvenes supuestamente más abiertas y receptivas actuales no fuesen más que un pozo sin fondo cada vez menos sutil de ego (o humildad prefabricada).
No es que a ella le gustaran los idiotas que le metían mano en todo momento y solo tenían serrín en la cabeza, pero tener demasiado cuento era igual de malo que tener demasiado poco.

M no se salió con la suya, al final no quiso. Continuó saliendo con R. Había distintos motivos para ello, pero el principal era que se sentía muy necesitada sexualmente. Aunque sabía que R no era ni de lejos alguien con quien ella se pudiese plantear tener algo serio, al menos sabía que no era ninguna amenaza. De hecho, era incluso manejable, manipulable; era un listillo pretencioso a muchos niveles, pero jamás le llevaba la contraria a ella. Una amiga de M había sido la Celestina que los había contactado. Y por más que M jamás lo hubiese reconocido en voz alta, lo que la había impulsado a quedar con él era que su amiga ya había estado con él, y al parecer el muchacho tenía una de esas pollas gordas…; no era exageradamente larga, pero sí bastante gorda. En opinión tanto de M como de su amiga, ésas eran las mejores pollas.
M estaba haciendo un papel, pues, pero al ver hasta qué punto hacía un papel también el chico, no se sentía en absoluto como alguien que estuviese mintiendo o llevándose la historia a ninguna cama.
El plan era: tres o cuatro polvos y adiós muy buenas, pero M topó con dificultades para llevarlo a cabo. El caso es que el chico realmente quería impresionarla. M estaba convencida de que él no estaba enamorado ni nada parecido; lo que le pasaba, según creía ella, era que ese personaje que interpretaba ya le había comido demasiado terreno a la persona que él era, y el chaval se estaba comenzando a anular a sí mismo. M no pensaba que eso fuera nada raro o extraordinario, la mayoría de gente hacía eso con sus vidas, era solo otro modo de negación, el más actual, seguramente casi todas las personas llegaban al lecho de muerte siendo un extraño, alguien que no tenía nada que ver con quien eran de verdad. Es algo inquietante dicho así, pero M estaba convencida de que en el fondo todo eso ya era pura cotidianidad.
Los baches para conseguir el pene de R, se basaban en cierto procedimiento que él quería seguir. El mismo estaba basado en la idea de que ella entendiera que él la respetaba. R quería tener una relación con ella; no porque la quisiera, sino simplemente porque quería tener una relación, y en ese momento M era la chica más cercana en esos términos (o eso creía él). Ni tan siquiera parecía que el chaval estuviera buscando sexo de ese modo masculino en que algunos tíos proceden para agenciarse algún tipo de “follamiga”. Lo que él quería era tener novia; basándose en la idea de que es mejor estar con pareja que estar sin ella; idea que encierra, en opinión de M, toda una serie de convencionalismos “emocionales”, lo cual se resume con el principio de que el sexo siempre ha de ser especial, de que siempre ha de haber “algo más”, etc.
M tuvo que soportar un par de exposiciones tediosas, tres conferencias increíblemente aburridas y pedantes y otras tantas películas de discutible calidad reconocida. Pasaban los días y el chico seguía haciéndose el digno, seguía con su idea de cimentar la relación, de asentarla, de convertirla en algo existente antes de culminar esa especie de prólogo al noviazgo con el primer encuentro sexual. M al principio creía que quizá en la segunda cita el chico ya querría meter mano de verdad. Pero no fue así, ni a la segunda, ni a la tercera. En otras ocasiones no se daban las circunstancias para que el sexo llegara de esa forma “natural”, él tenía algo que hacer o ella no podía quedar a una buena hora. El chico se mostraba insistente mandando mensajes y haciendo lo que él creía que tenía que hacer para “cocinar” la relación, para cocerla a fuego lento, sin precipitarse. Esto era tan obvio que a M le parecía patético, o casi más triste que patético. El chico no leía nada extraño en su mirada. Parecía estar encerrado en sí mismo llevando a cabo su plan. Se habían besado varias veces, aunque no sin cierta ceremonia, cuando él la dejaba a ella en casa, y siempre llevando a cabo una especie de danza ritual de sonrisas y hasta guiños. El chico no sabía que en lugar de estar ganándose una novia que cada vez le quería más, estaba haciendo peligrar unos cuantos polvos con alguien que ya llevaba camino de despreciarle. Para M lo de R no era solo una actitud irritante, era casi el resultado de un proceder tradicional y totalmente vacuo que guiaba la vida de mucha gente, y que no era más que una herencia rancia que solo alimentaba esa autoanulación que las personas llevaban a cabo consigo mismas. La sola idea de que este tío pudiera tener hijos algún día y que ellos le hicieran el más mínimo puto caso, hacía que comenzara a sentirse realmente mal.
Si no hubiera sido porque ella misma estaba siendo falsa; si no hubiera sido porque el chaval era así porque creía que ésa era la mejor forma de ser… en fin, a veces había que hacer ciertos sacrificios por una polla gorda. O bien Dios les dio pollas gordas a esta clase de tíos –pensaba M– por ese sentido del humor entrañable que tiene Dios.

Al final, después de cuatro semanas saliendo, que incluyeron al menos cinco o seis ocasiones claras de sexo potencial, M notó que algo se avecinaba. R quería pasar un fin de semana fuera con ella. Sus padres tenían un apartamento en los morros del mar. M fue descubriendo que la familia de R podía tener muchas cosas si las quería; y las querían. No era raro deducirlo del comportamiento del chico; toda su vida, incluida la vertiente emocional, parecía un cuadro pintado por numeración.
Lo que M pensó fue que en ese fin de semana, R, calculadamente, atacaría. Hacer ese plan era como montar todo un ritual (otro más) para que «la chica» se sintiese segura, y nunca presionada. Las formas de R tenían la discutible cualidad de ser tan sutiles como obvias. M se podía imaginar las cuatro semanas que habían pasado juntos en un Excel. O en una agenda Moleskine;

Viernes 12.

Apartamento en la playa.
9;30: Cena romántica en el Restaurante Pre-relaciones carnales.
12;00: relaciones carnales.
12;04: abrazos masculinos.

Cuando llegaron al apartamento M ya lo tuvo claro. Era enorme, tenía hasta una chimenea, que sin duda R usaría.
R trajo vino y preparó la chimenea. A esas alturas M ya tenía ganas de darle un puñetazo. Y lo peor es que se estaba comenzando a odiar a sí misma por provocar todo ese circo.
Luego no cenaron fuera. R hizo la cena. Era una posibilidad. Hombre con habilidades culinarias; hombre que cocina para la chica. Si hubiera sido algo espontáneo hasta le podría haber parecido tierno a M, pero solo era otra casilla marcada más. El tío era como acercarse a un rosal precioso y al intentar oler una rosa descubrir que el rosal es de plástico. Y lo peor es que no parecía ser consciente de ello, de verdad no lo parecía, ni siquiera era un “espabilado”. Su plan era honesto, sincero, solo que dentro de un marco asépticamente académico, numérico. M pasó de una inicial sensación de odio en el apartamento, a sentir una especie de curiosidad malsana. Quería saber cómo iba a montárselo el chico. Cómo procedería para llevar a cabo acciones como tocarle el culo o las tetas, o cómo haría para ponerse el condón. Si sería capaz de hacerle un cunnilingus. Si pediría perdón de producirse una ventosidad vaginal o un pequeño lío de posturas en la cama. Joder, incluso le resultaba de lo más inverosímil que el muchacho pudiera prestarse a algo tan ancestral y “sucio” como el sexo.
La única forma de hacer que ello cuadrara, era verlo en ese auto-contexto hipócrita de Moderno que en realidad es clavado a su padre.

De la mesa de la cena pasaron al sillón de los preliminares. Era como un telefilm, pensó M, como una de esas pelis eróticas que pretenden poner cachondo al personal pero que solo tienen gracia vistas con amigos, en modo burla. Con esos actores de mandíbula cuadrada y con la mirada vacía. Con esas actrices supuestamente atractivas. Esos planos a contraluz con la chimenea; la mujer mirando al tipo como si el tipo transmitiera algo con la mirada, el tío tocando a la mujer como si estuviera desactivando una bomba… Mucho se temía M que ese sería el estilo de R.
M tenía que reconocer que el chico no besaba mal; excepto que en algunos momentos era tan delicado que la muchacha se sentía como si la estuviera besando una mujer…
La tenía rodeada con los brazos, pero no bajaba ni subía de la cintura. M se separó de él, se puso de pie y se quitó la ropa sin preocuparse por parecer sexy. R hizo lo mismo sentado en el sillón. M pensó que se lo follaría ahí mismo. Sería su primera aportación sincera al noviazgo, y probablemente la primera en general. El chico se fue murmurando que iba a por los condones. En seguida regresó.
M estaba completamente desnuda, y quería ver ya ese famoso pollón. Quería hacerle una mamada, comenzar a sentir algo por fin con ese tío. Recitaría poesía fonética con su polla en la boca si eso hacía que se le pusiera dura.
Y… sí, acabó por pensar en hacerlo.
R tenía una buena polla. Es decir, incluso en reposo resultaba amenazante. Pero ese día la polla de R, incluso sin ser el motivo por el que R se había comprado un coche estúpidamente grande, pues bien, no erectaba, no se le ponía dura.
Se toqueteaba e intentaba despertarla, pero no había manera. M le dijo que ella podía intentar… pero nada, R no quería saber nada de ayudas externas, su orgullo estaba cayendo en picado. Todo su plan de cuatro semanas. Su sangre no se distribuía como él tenía planeado ese día a esa hora.
12;01: Polla dura, pensó M.
R no había podido hacer cálculos con la naturaleza. Y aún se puso peor cuando a M se le comenzó a escapar la risa. Y lo que al principio fue solo un escape, se convirtió en un ataque de risa. El momento más embarazoso en la vida de un hombre.
01;00: Nada de nada.
R se arrodilló lejos del sillón y se machacó el pene a base de bien. M se tapaba la boca para que no se oyeran sus carcajadas.
01;30: Nanay de la China.
R empezó a sollozar. Era comprensible desde su punto de vista. Fracasar ya era frustrante de por si, pero aún daba más rabia no poder controlar alguna faceta de la vida. Así lo veía él, M estaba segura, y no podía dejar de reír. Por primea vez una polla flácida le estaba pareciendo una celebración de la vida. De la vida tal y como ella la entendía. Ese pimpollo fracasando era un motivo tan bueno como cualquier otro. Un polla gorda no servía de nada si no se alzaba. Lo importante es que era algo inesperado, un giro de guión que nadie había planeado, algo natural, espontáneo, crudo.
Así que mientras el chico seguía tocándose sin conseguir nada, M se comenzó a masturbar.
Sabía que estaba siendo cruel, retorcida, pero no lo había planeado. Se sentía como se sentía, y se dejó llevar de una forma real.
Llego al orgasmo y continuó. Cuanto más lloraba él, más fuerte se corría ella viéndolo.

C

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