Archivos Mensuales: junio 2013

Manzana Smith*

Bajando en espiral hacia el destino de todos, te preguntas si la expresión “hacer el amor” no se la debió inventar uno de esos tíos que prefiere follar con camiseta. Es como si alguien muy repelente e hipócrita hubiese asentado las bases del sentido común del mundo. Haciendo diferenciaciones y separando a la gente mientras hablaba en público sobre la igualdad y la unidad. Un auténtico gilipollas que creó auténticos gilipollas a su imagen y semejanza, y luego a Dios para rematar la faena. Para añadir otra buena dosis de confusión productiva.
Ese verdadero líder bebe de las fuentes que chupan los perros y te pegó ladillas licenciadas al ir justo antes que tú al lavabo existencial. Pero no cuenta esas cosas, claro, y su expediente es ejemplar. Ya se aseguró de que el triunfo no tuviera necesariamente nada que ver con tener buenas cualidades. Incluso puedes ser el mayor hijo de puta, morir tranquilo, ir al cielo y que te enchufen en marketing celestial. Ese mamón elegante y discreto podría tener la polla podrida y ponerse cachondo yendo de putas de lujo con carrera para infectarlas. Se encargó bien de que todo tuviera cierto orden; de día se vive y de noche se duerme; a los veinte se estudia y a los treinta se merece. Se estudia lo que sea y se merece lo que toque. Es una cuestión de oportunidad, si no has cogido tu tren ya la has cagado, te han dejado atrás. Eso te dirá nuestro Señor de ladillas y putas. Se dice que su novia formal se pone hasta el culo de manzanas gala –sin serpiente consejera ni nada–, luego vomita y sigue con las manzanas smith, le gusta hacerlo especialmente mientras observa a alguien practicando durante horas alguna actividad que casi siempre odia o le es indiferente. Lo llaman trabajar. Luego te preguntan a qué te dedicas, y lo que te define es esa actividad, aunque la odies. Poner Nombres es importante, luego llegan los números, y luego el machete oficial para tu alma, a la que hay que profesionalizar. Madurar es guardar tu espíritu en un tarro mientras alguien te la chupa (si tienes suerte) y te inflan a Coca-Cola y FM. Es crucial el ruido. Una combinación del suficiente agotamiento y el suficiente ruido puede adormecer más fácil de lo que parece las ilusiones y los sueños de cualquiera. Cuando se habla de sueños tiene que ser sobre todo una ficción, o psicología barata; o en todo caso el puto sueño que tienes por la mañana; pero aun así tienes que irte a consumir horas de vida en las que parezca que no estás hasta los huevos de tu miserable dignidad de diseño.
Cuando todos te miran, das gracias por esa dignidad, aunque nunca llegues a entender por qué cuelga de ella una etiqueta con una “R” dentro de un círculo.
Todo te hace sospechar, y muchos de los que antes te llamaban conspiranoico ahora callan y se dedican a sus cosas. La gran mujer sigue observando mientras engulle manzanas, a veces ni siquiera muerde, se puede ver el bulto en el cuello; la fruta bajando entera hasta un estómago ideado en reuniones ficticias que muchos inventaron para follar con otras. No se trata del pecado, sino de que peques como todos. No solo la felicidad suele ser de diseño, también hay formas y formas de fracasar. Lo que buscan muchos no es el triunfo, sino encajar en los parámetros en los que el fracaso pueda tener una excusa popular (suelen llamarlo «sencillez», o, agárrate: «humildad»). Si tienes o quieres poder, no hay mejor forma de dominarles que con una mentira que tanto tú como ellos sabéis que lo es, pero que están dispuestos a creerse. Te ves a ti mismo volviendo a votar, te parece haber oído una risita cuando tu sobre entraba en la urna; pero el tipo al que le ha tocado apuntar tu participación te mira serio preguntándose aún cuánto le van a pagar por ese domingo dedicado a la democracia moderna. Una fiesta de la dignidad. «Capacidad de decidir», «edad adulta», «compañerismo», «confiar», ser «inteligente». Todos los objetivos, todas esas palabras escritas con tinta electrónica sobre papeles llenos de las directrices que has de asumir para ganarte el respeto, la vida. Ese cómo te ganas la vida, esa vida que tú no elegiste, que te vino, y que te enseñan a vivir con optimismo otros que tampoco pidieron vivir. Dicen que si haces la mueca de la sonrisa aun sin tener ganas de sonreír, el cerebro cree que estás contento, que eso funciona. Pero ella sigue lejos y –sin ser la mujer que come manzanas– te dejó el culo torcido (y casi hubieras preferido que literalmente); a veces tu mujer/novia/compañera es la suplente sin ella saberlo. Llegas a cierta edad y comienza a crecerle en la barriga un nuevo votante. Carpe Diem otra vez, aunque lo hubierais planeado (y aunque tú no supieras muy bien por qué).
No hay mejor forma de dominar que con una mentira que tanto tú como ellos sabéis que lo es, pero que todos están dispuestos a creerse. Son legión aquéllos que son capaces de ser cínicos con la fantasía de una película o un libro, pero que luego se vuelven plastelina para con la realidad; es esa capacidad de supervivencia tan socorrida. Lo que llaman valentía en la realidad, a menudo se parece extrañamente a dejar que alguien te inyecte un somnífero y te monte en un helicóptero hacia Isla Coherencia Prefabricada. Eres M. A. en El equipo A, solo que obviamente lo de la serie era una chorrada y tú estás rebosante de sentido común, tienes un montón de documentos para demostrarlo. Y varias lenguas. Sabes dejarte dominar ya en varios continentes sin la barrera del idioma, y estás dispuesto a aprender a decir “Sí señor” también en chino. Se te da genial la gramática y memorizas que da gusto el vocabulario. Y eso que sabes que eso no lo es todo…, que no te impidió follar como un conejo las primeras semanas de erasmus (aunque supieras que el tuyo (tu erasmus) nunca estaría al nivel del de Superman (al que sí admiras), y que desde luego no era tan necesario). A veces tienes un secreto que podría avergonzarte, y no me refiero a gilipolleces tipo “me cagué encima en un viaje en autobús”, sino a pensamientos que consideras profundos pero que evitas verbalizar. Esos pensamientos a veces están relacionados con dudas tamaño Godzilla sobre por qué has de vivir como vives, o por qué vives como los demás viven, o si de verdad vivir como vives es más fácil que hacerlo de otras formas. Todo el mundo te ametralla con definiciones sobre la soledad o la compañía, sobre el trabajo, o sobre la familia (siempre de sangre) y lo importante que es, todos con palabras enormes untadas con nata y salpicadas de chocolate en virutas. Te sonríen y se curran con algún programa manejable un modo de enseñarte esas palabras sobreimpresas en una puesta de sol, la sonrisa de un bebé, o dos putos gatitos cínicos en una cesta a los que su dueño les importa una mierda y menos. Van a querer aleccionarte siempre; no porque quieran ayudarte (o al menos casi nunca será por eso), sino por dos factores mucho más presentes y realistas. Uno de ellos es que se quieren convencer a sí mismos de que esas palabras de nata son la única verdad inteligente y que todo lo abarca. Y el otro factor, aún más complejo, tiene que ver con que, de algún modo, pueden llegarte a ver como una simbólica amenaza. Por regla general, la gente que se cree con la mente amueblada, la gente se cree adulta, y que usa constantemente palabras como «madurez»; en resumen, esa gente que suele hacer cosas como hablar entre ellos en inglés en foros aun teniendo el castellano como lengua materna ambos; esa gente que intenta, sutilmente, demostrar cosas y prefabricarse como eruditos/as y personas capaces a la vez que humildes a la vez que amorosas a la vez que capitalistas a la vez que responsables a la vez que naturales de una forma desvergonzada pero divertidamente egoísta… pues bien, esa gente no soporta que pueda haber habido alternativas. Lo negarán, por supuesto; o mejor dicho, no lo negarán, saldrán adelante con retórica, pero en el fondo les escocerá el culo como si la verdadera Eva les hubiese metido una manzana smith en él. El mayor enemigo de lo que llaman libertad es la masturbación que no salpica. El diploma. La sonrisa de la chica del periódico con la nota de selectividad más alta del año. El líder. Las lecciones vienen de ahí; y es la vía más segura para que desconectes el cerebro. Ya está todo hecho, así que amóldate; todos los años de colegio sirven sobre todo para que ese mensaje florezca dentro de ti, y así no se te ocurra plantar semillas propias. Conspiranoia o no, suena cada vez más real. Y la mujer total te sigue observando. Hasta que no te atrevas a aferrarla por el cuello cuando una de esas gala o smith le baja por él, todo eso seguirá igual. La palabra revolución ya es solo una camiseta. Tu problema es tu vida; es posible que tengas que evitar tu vida, sortearla. Esté ella lejos o no. Sea ella la titular o no. Sea tu familia de sangre o no. Encaje o no tu proceder siempre con palabras de nata. Tengas o no papeles tuyos igual que los tienes del coche. Comprende que la vida es mucho más grande que todo eso, que el cínico a veces en el fondo es el más romántico y optimista de los compañeros, y que los soldados diarios de la coherencia con frecuencia solo se preocupan por que no llegues jamás más allá de lo que llegaron ellos. No hay ningún plan para el ser que crece libre. Una urna ahora es una pecera de peces de papel nacidos ya muertos. Una erección nunca miente. Ella nunca será del todo reemplazable. Prepara ya los fondos con amaneceres, porque ya mismo va a ser hora de cambiar las palabras por hechos, y quizá incluso la nata por esperma.

chica pistolas

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Escorts

El Señor P. fue a visitar una de esas mansiones centenarias, de esas abiertas al público. Quedó muy impactado por el mobiliario, las barrocas estancias, el jardín… Excepto por los letreros verdes luminosos que le guiaban y los atriles minimalistas con descripciones, era como viajar al pasado, casi como ser parte por unos momentos de ese pasado. Le atrajeron a un nivel personal los cuadros. La casa había sido obviamente de una familia adinerada, y la colección de arte –aunque el Señor P. no era un experto y no conocía las firmas– parecía de calidad, pero sobre todo era abundante. Esas niñas, mujeres, hombres de época pintados, te miraban fijamente, adustos, importantes. A veces parecía que movieran los ojos, era curioso, era en parte terrorífico. Nadie de hoy en día se podría imaginar viviendo en esa casa de noche; ni siquiera era una construcción cercana al mar, sino de interior, en plena ciudad, siempre: también hacía 100 años, cuando la ciudad era una villa un tercio de lo que es en la actualidad. Podías consultarlo en un mapa detallado del vestíbulo.
Lo que más se le quedó en la memoria al señor P., fue uno de los cuadros que tan atentamente había escrutado. En él había una suerte de ninfas desnudas, se bañaban en un lago (o similar), ninguna de ellas miraba de ese modo extrañamente amenazador que se desprendía de muchas otras obras de la casa. Parecían mujeres alegres, o al menos no profundamente culpables al atisbar algún tipo de infierno postmortem si se atrevían a sentir demasiado placer en vida. No daba la sensación de ser una obra extraordinariamente ejecutada, pero al menos no tenía esa cualidad mortuoria de casi todas las otras.

El señor P. podía permitirse que una mujer pasara cada día unas horas a hacer faenas en la casa. La Señora P. desgraciadamente había fallecido hacía cinco años. No habían tenido hijos (por acuerdo mutuo). Él ya había perdido la esperanza –a sus 55 años– de encontrar una pareja que le entendiese como lo hacía la Señora P. Esto incluía toda una jerga matrimonial, todo un lenguaje amoroso y una paciencia femenina carente de límites aparentes. A eso había que sumarle cuán intensamente se compenetraban en sus relaciones sexuales, en las que la Señora P. era –aun en férreo secreto de algún modo debido a su discreción y su forma de ser– toda una experta, al menos en lo que se refería a satisfacer todos los caprichos carnales de su marido, los cuales incluían desde masajes de todo tipo (incluidos los estrictamente masturbatorios, en los que la Señora P. llegaba a conseguir orgasmos del Señor P. solo con sus pies) hasta inconfesables sesiones de lluvia dorada (las cuales siempre constaban de varios vasos de agua que la Señora P orinaba sobre el Señor P., y por mandato de él nunca al revés, ya que no consideraba caballeroso mearse encima de su cariñosa y atenta mujer, aunque ella se lo hubiese permitido sin problemas).
El Señor P. vivió en una secreta desolación tras la perdida de su mujer. Ella no solo era a quien quiso de verdad, sino también alguien que nunca le culpó por ser él mismo, nunca le echó en cara defecto alguno y le perdonó todas las manías. No eran un matrimonio al uso en el que toda la solidez se hubiese forjado en años de pereza o miedos. O acomodaticias decisiones relacionadas con proyectar una imagen de estabilidad. Nunca vivieron para los demás de ese modo erróneo, engañoso y nocivo para con ellos, ya que nunca se apagó la llama. Hacía 25 años que estaban casados; el Señor P. –y esto es algo en lo que pensaba con regularidad– se excitaba con su mujer de un modo que cualquier otra no hubiera conseguido; y cuando pasaba dos o tres días sin verla, comenzaba a notarse hueco, así lo definía él para sí mismo; era un sentimiento horrible, no le avergonzaba reconocer que dependía de ella: emocionalmente, físicamente.
Tras la larga enfermedad que se la llevó, el señor P. llevó a cabo varios intentos de suicidio, aunque ninguno de ellos con mucho convencimiento. Pastillas, algunos atropellos provocados…, se trataba casi más de buscar un dolor físico que le hiciera olvidar el emocional. Durante varias semanas fue el tío que cruzaba la calle en el peor momento, o que despertaba en la cama tras diez horas de inconsciencia y con un bote en el regazo, un bote vacío de unas pastillas mal elegidas. Los pantalones llenos de orina y heces, la cabeza resacosa, el vomito que llegaba y que le hacía ponerse en posición fetal con tal de no ir al lavabo. No le importaba estar hundiéndose, porque en esos momentos no le parecía que pudiera estar peor. Para él solo era un maquillaje de la tragedia. Era como un adolescente que intentara llamar la atención sin nadie alrededor. Era el show patético del Señor P. para el Señor P. Se había acostumbrado a no contestar las llamadas de trabajo, y pasaba días y días sin salir, alimentándose de lo que fuera que hubiese, dos zanahorias, yogures, pizza congelada sin pasarla por el horno, mantequilla comida a cucharadas, etc.
Se sonreía solo al recordar cómo el barrio pensaba que él y la Señora P. no habían tenido hijos no porque no hubieran querido, sino porque debían tener algún problema de esterilidad. A veces sí conseguía reunir fuerzas para levantarse meado y cagado e ir al lavabo, y mientras vomitaba, recordaba.
Al cabo de dos meses decidió reincorporarse a su trabajo como comercial (trabajo que odiaba, y al que solo le daba sentido el volver a ver cada día a su mujer en casa), y aunque pensó que le habrían despedido, se apiadaron de él y se mostraron comprensivos. Tanto que no preguntaban por las frecuentes heridas con las que habitualmente le veían, ya que continuó mucho tiempo provocando pequeños atropellos en ciudad, aun después de haber dejado de tragarse botes enteros de pastillas poco potentes.
El último atropello se dio nueve meses después de la muerte de la Señora P. Una anciana que conducía una auténtica cafetera casi tan vieja como ella, se encontró de golpe en una zona sin paso de cebra con el cuerpo del Señor P. rodando por el parabrisas, y dando luego contra el asfalto de forma violenta. Algo habitual para el Señor P., ya que se había convertido en un experto en recibir atropellos, casi no era más que uno de los detalles de sus paseos de las tardes. Pero la señora no lo sabía, y al ver el cuerpo en el suelo, inmóvil al principio, comenzó a sufrir un infarto provocado por el susto y la culpabilidad.
Al percatarse el Señor P. de que algo no iba bien, y teniendo en cuenta que casi no había transito en la zona y que nadie se acercó a socorrerle ni comprobar el estado de la señora, él mismo apartó a la mujer del asiento del conductor y la llevó a urgencias lo más rápido que pudo. Se saltó semáforos y cometió varias infracciones graves (no se quiso reconocer a sí mismo que en ese momento tampoco le importaba si en un cruce alguien le embestía y todo llegaba a su fin, señora incluida).
La mujer se salvó. El marido de la misma fue al hospital y le agradeció al Señor P. su valentía tras haber sufrido un atropello tan terrible. Eran emociones nuevas en un sentimiento nuevo. De un modo natural, el Señor P. comenzó a darse pereza a sí mismo, y gradualmente inició una nueva vida más cuerda tras la desaparición de la Señora P.

Como tantos otros viudos, se volvió un experto en los asuntos de Internet. O no un experto, pero sí se convirtió al menos en otro tipo que se cabreaba estúpidamente delante del ordenador. Antes nunca lo usaba fuera de horas de trabajo, lo cual quería decir que nunca lo había usado en pos de investigar opciones de ocio. No es que estuviera solo en el mundo. Sí tenía un par de amigos, y muchos conocidos; pero su carácter dado a resolver las cosas solo y a no aceptar nunca palmaditas o invitaciones para acudir como asistente a cumpleaños, bodas, cenas de empresa, etc., hacía que los demás guardaran una distancia prudencial para con él; distancia que había crecido bastante cuando él mismo se volvió mucho más arisco tras la muerte de la Señora P. Eso no solo le había dejado secuelas emocionales evidentes, sino también cicatrices, en el sentido más bélico. El desgraciado destino de su mujer había hecho que el dolor que él sentía acabara saliendo a la superficie para volverse visible. No es que hubiera quedado desequilibrado, pero pasado el tiempo aún miraba los coches con ganas de saltar sobre ellos y hacer un par de croquetas en el asfalto. Quizá un buen esguince, o un hueso roto, o al menos una torcedura. Podías ahorrar una buena pasta, por cierto, si aún recordabas las normas viales y no te importaba el riesgo, y el señor P. las recordaba y no le importaba. Como con tantos otros ejemplos potenciales, ganar dinero era una cuestión de hacerse daño a uno mismo. A veces era convertirse en un zombi oficinista y a veces era tirarse a los coches en zonas de visibilidad aparente. No había sido un plan, el dolor de la perdida había sido el detonante, pero sí se había convertido en un juego macabro, y como en todos esos juegos, acabó habiendo mucho dinero de por medio. El dinero era la recompensa que el sistema te ofrecía a cambio de ti mismo. Tú entregabas tu alma y ellos se preocupaban por que no te faltara de nada, pero solo lo suficiente como para que no te doliera el vivir sin alma. El fallo de ese cruel método, era que otra persona aún podía salvarte. Al menos durante un tiempo, hasta que un terrible cáncer se la llevara.
De algún modo, tenías que saber incluirte en el negocio en que se había convertido la vida. Eras un negocio, y el Señor P. lo sabía. Hacía mucho que las personas no eran tanto personas como productores. A nadie le interesaba una mierda que fueras alguien inquieto o deseoso de vivir o aprender. De hecho el aprendizaje se asociaba a términos y campos absurdos de la existencia en los que todo iba más bien de casualidades o suerte. Pero eso no pegaba, tenías que creer que tú tenías el control total. El señor P. comprendió que una de las cosas más importantes que había aprendido de su etapa psicótico-suicida, era que él no podía manejar su vida como él creía. Una de las pruebas más evidentes era que odiaba su trabajo, y en un porcentaje alarmante también a sí mismo. A él mismo, que había sido ejemplar donde se esperaba que lo fuera, académicamente, laboralmente; y la vida le había recompensado con la perdida de su mujer (a la que había conocido de casualidad) y un trabajo con el que se sentía una completa y absoluta farsa. Un individuo mentiroso que maquinaba amparado por un sistema repugnante para vender vacío a personas absorbidas por el desconocimiento de que ya hacía mucho que no tenían alma.
El Señor P. se convirtió en simpatizante del caos. Un caos en el que la corrección, el sentido común o la coherencia, la moral y la ética eran poco más que palabras.

La felicidad era momentánea, o, dicho de otra forma, subjetiva. La felicidad se entendía –o casi todos la entendían– en contextos muy concretos.
Entrabas en una nueva dimensión, decía la web, otro concepto de local… sencillamente otra historia. En La Vie en Rose sabían que tenían clientes especiales, clientes que esperaban lo mejor, y que por eso acababan en La Vie en Rose. El local era el más emblemático de la ciudad, y por eso la exigencia era máxima. Habían mejorado las instalaciones y todo estaba a pedir de boca. La vida sin duda tomaba un rumbo distinto para el Señor P., y la cosa no iba a ir de tirarse por acantilados, hacer puenting o comenzar a viajar como si estuviera buscando algo que solo encontraría dentro de su cabeza. Investigó sobre las escorts, las señoritas de compañía que campaban por este mundo multicapas de moral.
Las habitaciones, las camas, los baños, era casi todo futurista estando ya allí, en ese otro mundo al que el Señor P. descubrió que tenía acceso.
LVR Group, pionero en conseguir la ISO 9001, decía la web.
Alquiler de habitaciones por estancias cortas de tiempo para escorts y parejas.
Sueños palpables. Iba a ser una escort, porque la pareja había muerto en la vida tal y como dicen ha de estar amueblada.
El grupo empresarial LVR Group, formado por La Vie en Rose y Perla Negra, había sido pionero en obtener la certificación ISO 9001 en reconocimiento a su calidad como establecimiento de alquiler de habitaciones por estancias cortas de tiempo. Decía la web.
La chica era ese tipo de chica que un cincuentón casado vería en la tele igual que ve un tiroteo en una peli o a la presentadora del telediario de cintura para arriba. Un ovni. Una irrealidad que en realidad tenía un coño prieto y real que succionaba el considerable pene del Señor P. bajo la certificación ISO 9001. Otra persona aún podía salvarte. Al menos durante un tiempo.
El señor P., pues, se corrió como hacía mucho que no lo había hecho. Habían pasado dos semanas desde que vio a las ninfas de aquel cuadro en aquella casa centenaria. Después de vaciarse solo podía mirar al techo notando las uñas de la chica en el pecho. No se había atrevido a pedirle lluvia dorada. Podría ser en una próxima ocasión. Dejó de notar peso encima del cuerpo, y unos pasos ligeros abrieron una ventana, y un aire veraniego invadió la estancia, y una mujer había muerto casi del todo (porque nunca se superaba del todo), en –según se sentía el Señor P.– ese interior de nave espacial con escort incluida, antídoto de la jungla moderna para suicidas.

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Ese aire que tan bien huele a tormenta

Es todo de un color azul intenso. Desde esta terraza se pueden ver relámpagos en el horizonte, se agrieta el cielo y no llega ruido alguno. Sin duda mi vista favorita, muy por delante del sol y la luna, aunque no lejos de los tornados y los tsunamis televisados. Esos remolinos ingobernables, la gente subida en sus tejados, los coches arrastrados, la muerte en vivo, la precariedad, la pobreza presente, o la futura (que atisbas sin esfuerzo). Pero aun así todo eso no puede competir con esta vista. Las tormentas lejanas también pueden tener la virtud de la señal de la desgracia ajena, sugestiva, que te hace desconectar o que viene hacia ti; te hace latir más fuerte el corazón, como la persona que te gusta o el primer beso. Solo que es un beso más adulto, más maduro. Ves el mundo con otros ojos y aprendes a aceptarlo, a relacionarte con él, y luego a filtrar la información. Lo que te pasa por la cabeza es una cosa distinta en esencia a lo que dices, no son conceptos necesariamente relacionados; puede que solo en ciertas situaciones, quizá algunas entrevistas de trabajo o una declaración de amor o de guerra. Pero tampoco con esos ejemplos puede uno hablar muy claro. Abajo dos tíos se han puesto a discutir en la terraza de un bar, está siendo un cigarrillo emocionante. Ella se ha quedado dormida. No fuma, no bebe, tiene algo así como dos carreras, no llega a los treinta años y no me conoce. Yo solo sé de ella lo que ha dado tiempo en la cena, mientras me limitaba a asentir. Mi cartera estaba temblando, de entrada por el aspecto acristalado del restaurante, luego por los números de la carta. La discusión abajo crece en intensidad con el sonido de varias sillas que se arrastran. El hotel también va a ser caro. Recuerdo que una vez, hace muchos años, vi a dos tíos pelearse a puñetazos en la calle, en el barrio en que me crié; uno de los dos cayó al suelo como un boxeador medio grogui; intentaba levantarse pero no podía, era como una tortuga panza arriba y con los ojos en blanco, y el otro seguía dándole con el puño cerrado en la cara, un sonido seco y acuoso, poco perceptible para el oído pero muy violento a la vista. Una mejilla se puede inflar en apenas unos segundos; los nudillos, por raro que parezca, te pueden hacer cortes en la cara y en las cejas tal que si te tajaran con una cuchilla. Pero nunca he vuelto a ver una pelea así. Parece que la tormenta se acerca, ahora tras los relámpagos se oyen un poco esos testarazos siempre raros del cielo, como cabezas de dioses ensangrentadas, como si algo enorme se hubiera caído y desmontado en piezas. Ahora hay unas diez personas observando a los dos tíos que discuten abajo. Aún no han llegado a las manos. Un par de chicos les graban con móviles. Se me acaba el cigarrillo y me enciendo otro. No ha sido un buen polvo, hacía demasiado que no follaba y estaba nervioso; cuando me he corrido, hacía unos veinte segundos que ella había comenzado a calentarse. He llenado la punta del condón, luego la muchacha me ha sonreído y no me ha dicho nada. Me ha dado por perdido para esta noche, y yo también. Ahora me siento mejor. Abajo uno de los dos tipos le ha lanzado el puño al otro, pero solo ha azotado al aire. Un tercer tío intenta ponerse en medio para separarles, nadie le ayuda. Lo veo todo desde un cuatro piso, a salvo. Más gente se ha asomado desde otras ventanas y balcones. No se oyen sirenas de la policía. Hace mucho calor, un calor pegajoso, húmedo; pero empieza a correr ese aire que tan bien huele a tormenta. Decido quedarme un rato más en la terraza, me enciendo otro. Tengo que ver cómo acaba la escena abajo. Ahora los tipos siguen insultándose, sin tocarse, pero desde aquí arriba apenas se captan algunas sílabas. Solo llegan gritos, puede que dotados de más pureza sobre lo que acontece que las medias frases o gilipolleces que estén diciendo esos tíos intentando argumentar esa tan habitual subnormalidad de barrio, de capullo que roza los cuarenta y sigue siendo un gilipollas de diecisiete que solo ha ganado en arrugas y amargura. Puede que encima con algún crío que depende de él. Esas “figuras paternas”, hijas de la misma inercia de mierda de siempre de los impulsos vacíos de cierta idea cerrada sobre la evolución personal. Uno a veces imagina al doctor y las enfermeras que han traído al mundo a los críos de soplapollas como los de ahí abajo; en qué pensarán cuando llegan a casa y se dan cuenta de que han puesto al bebé al cargo de un chulo barato y una atontada que de milagro debió saber abrirse de piernas en pos de la reproducción. Esas parejas follando y dando pie a términos técnicos y naturales que no comprenderán nunca, esas palabras raras del diccionario. Esos “chicos de barrio” que se creyeron sus bajas notas y se aceptaron con un raro orgullo como fracasados disfrazados de gente sencilla, pensando que ya no podían adquirir más conocimientos por sí mismos porque no estaban dotados para ello tal y como demostraban los números. La vida era un rollazo, así que había que simplificarla y cebar el Orgullo de Ignorancia. Era culpa de ellos y no lo era, pero háblales de todo eso sin que se sientan amenazados si es que puedes. Los imbéciles de barrio lo son por el mismo motivo por el que puede serlo la chica que sigue dormida con sus dos carreras. Ambos se creyeron todo lo que les dijeron, unos la falta de galones, y otros los galones. Pero en ambos casos es muy probable que una Persona haya quedado arrinconada con la prohibición de hacer preguntas o cambiar de postura. La única diferencia sustancial es que algunos del primer grupo acaban practicando la violencia en la calle, y otros en los demás ámbitos de la vida, los emocionales, los éticos, no digamos ya los morales, los políticos… Es por eso que los tarados como los de ahí abajo, por más dañinos que parezcan, al final suelen ser los que menos daño hacen. No tienen poder alguno, jamás tendrán cargos de responsabilidad, y su faceta más reprochable suele aflorar cuando intentan convertirse en votantes, ya que esa ignorancia tan popular de bar acaba en las urnas, y eso sí acaba dañando a todos, como los supuestos intelectuales dañan desde puestos administrativos o de poder, o simplemente mirando hacia otro lado aunque ellos sí conozcan muchas verdades sobre la vida.
Uno mismo se reconoce un gilipollas, aunque solo sea por no decir más veces lo que piensa, quizá por miedo a que le respondan con algún argumento irrefutable a primer golpe de análisis. Lo que cuenta es el momento y las formas, siempre. La chica que sigue dormida es oficialmente inteligente porque ciertos días concretos supo dar ciertas respuestas concretas de cierta forma concreta y a gusto de ciertos profesores concretos. En realidad su forma de inteligencia tiene más que ver con la capacidad de adaptación que con la Capacidad en un sentido general. No hay gente con carrera que tenga chorros de faltas de ortografía por nada, entre otras cosas. Esos procesos oficiales son como comer y cagar en una cárcel. Comes lo que te dicen; luego, si cagas como quieren que cagues te dan un papel, y al final tiras de la cadena, haces un corte de mangas saliendo del edificio e hinchas tu pecho de orgullo. Lo malo es cuando ya en casa sigues con el culo sucio, pero en lugar de usar el papel para limpiarte y bajarte los humos, lo enmarcas y lo cuelgas en la pared.
El problema es que todos, la chica de la cama y los idiotas de abajo, creen en la jerarquía, en la, digamos, unidad de medida actual de capacidades. No creen en el caos, ni en nada parecido, sino en una forma de dignidad que es, en su mayor parte, artificial. Y la tormenta… Lo bueno de la tormenta es que se define en sí misma como caos, una tormenta es anárquica, entiende perfectamente cómo es la vida porque no le queda más remedio, porque ella es la vida. Y de esa forma, si por esa puta casualidad se nos tiene que llevar a todos por delante, lo hará. La revolución raramente llega desde el ser humano, pero no por ello la naturaleza va a detener su curso.
El papel mojado podría resumirlo todo. No eres nadie sin papeles, pero los papeles, en esencia, son papel mojado. El fondo se sigue perdiendo porque las formas siguen imperando. La chica despierta y la verdad es que es un encanto; te abraza desde detrás en la terraza. Te perdona en silencio que no la hayas follado como es debido. Vuelves a mirar abajo y ya no hay nadie (quizá nunca lo hubo). La tormenta estalla y nos metemos en la cara habitación de hotel para verla a cubierto.
Eso (y ella) hace que endurezcas, y, paradójicamente, que te vuelvas a ablandar, a la vez que acaba salpicando el chorro (esta vez mucho mejor). Por lo que este chorro cede.

i found my heart in San Francisco

Prono

Prono es la equivocación que también queda en la estadística, entre otras cosas. La falda que ella no se arremanga para ti, el probador que no usa para ti, las horas de peluquería que no se dedican pensando en ti. Prono es el error del que aprendes y no te perdonan; igual que la paz es una bonita palabra y poco más. Nos encantan las palabras, mírame a mí si no. Prono es una forma de hablar, para algunos incluso una forma de vivir. La ventaja que tiene es que de ahí es de donde salen las historias. Las historias no salen de las vidas de los buenos chicos, a no ser que estén dispuestos a morir por otras palabras, las recurrentes, como la mencionada paz. Chicos buenos los hay a mares, y no sé si deberías mirarme a mí con eso; pero los hay a mares, y son también inútiles si se trata de algo más que hacerse sus pajas oficiales hasta allá donde llegue ahora la esperanza de vida. Quién podría culparles; ellos hacen lo que pueden igual que yo; o más bien dicho lo que supuestamente deben, a diferencia de mí. Es complejo, nunca sabes en qué momento has sacado la regla para comenzar a medirte la polla, o si lo has hecho o no. A veces es difícil proyectar algo hacia fuera que no sea fálico, ego por otro lado muy bien visto muchas veces, aunque a mí nunca se me ha dado muy bien eso. No el no tener ego, sino lo de usar el que está bien visto, el ego que opera con tino dentro del sistema, con sus cifras y asentimientos, el que llama a las chicas responsables y al futuro teóricamente ídem. Quizá a las muchachas de las que no verás la ropa interior, o lo edificios de los que no verás sus flamantes oficinas. Tú imaginas más el infierno de Dante para ti, algo que te lleve a uno de sus círculos. Puede que acabaras domando a las Furias, se murmura que podrías valer para eso, te pitan los oídos con eso. Y te haces mayor, ya no estás tan lejos. Eres el hombre Prono, uno de ellos. Ni como los buenos tipos ni del todo como los malos. Un interrogante mal puesto en una frase nuevamente sin el interrogante de inicio. Un hombre Prono con un solo idioma útil y un follón emocional que salpica en ocasiones desde tus dos cabezas, a veces incordiando y a veces manchando. Quieres creer que tienes muchas dobleces, como la palabra. Muchos significados. Y que la vida no es solo la que ven los tipos rectos que se llevan a la chica inteligente y conocen todos los rincones de los edificios de cristal, esos que se han ganado la entrada a pulso porque o bien fueron listos o bien se desconectaron a tiempo. Quizá personas vacías o puede que mucho más llenas que tú. La generación más preparada de la historia, o quizá la más sofisticadamente tirada por el retrete desde el inicio de la aún absurdamente imperante Revolución industrial. Linces intelectuales con una vaga sensación de perdición que se soluciona yendo a cenar fuera cuatro veces a la semana solo porque puedes. Medios que demuestran sus capacidades, sus méritos, pero sobre todo sus buenas elecciones; esos trenes que cogieron, esos que dicen no vuelven a pasar, y que mientras se llenaban de los espermatozoides que saldrían disparados hacia un futuro menos brillante del que esperaban, tú te quedabas en el anden dudando de todo y leyendo, leyendo sin que eso supusiera el estar preparando algún examen de acceso a los edificios de cristal. Un mejor futuro que el de tus padres, el que querían tus padres para ti, y que no viste claro, porque eres un ser pensante o un burro. Mezcolanza de perdición o brillantez potencial. Tu cabeza de arriba asiente y la segunda pregunta por faldas de oficina, siempre las parafilias. O no las parafilias, sino la desesperación romántica llevaba cada vez con más dignidad. Quieres vomitar un día en las cortinas de algún hotel de Las Vegas, cuando tengas pasta, si eso llega. La desgracia está al caer, lo notas, la muerte de seres queridos. Es probable que pronto te hagas otras preguntas, entre las cuales esté la de por qué no le diste la mano al dios de todos los de tu entorno generacional. Al dios crudo, el de las caídas tontas para partirse el culo, el del los freaks del zapping, el de los anuncios cool, los aparatos de última generación, el de la titulitis, el de los cinco idiomas con los que poder hablar sobre cine francés con chicas de piel blanca y preciosas tetas pequeñas en Londres. El de la emigración, las guerras, la energía nuclear, Twitter, las conexiones, las fotografías de incalculable valor periodístico y artístico de niños que van a morir de hambre. Ese Dios era el tuyo, formabas parte de esa nueva generación y tenías que aprovecharlo, y no quisiste, y ahora no sabes qué pasará mañana. No tienes planes, no al menos más allá de algunas erecciones y más folios garabateados, o más allá de los cuatro duros mal ganados, de las alertas por Internet, del flirteo con alguna chica guapa que no es la que querrías. De los correos de extraños que te odian o te quieren porque hablas de amor y odio y lo publicas, y no todo el mundo tiene tu mismo concepto del amor, ni del odio. Ni de la vida, putamente sobrevalorada. Tanto que es tan tomada en serio que ya casi solo se malvive en medio planeta y se vive de una única puta sola forma en el otro medio. Llamamos valentía a tal clase de puñetera cobardía occidental de rebaño escolar y laboral, que es un milagro que aún no andemos todos con máscaras de gas por las calles, mientras los atardeceres nucleares son fotografiados para más redes sociales. Gloria a Dios en el cielo, que nos trajo solo lo bueno, algo que solo nos gratifica, dicen. Donde el Diablo secuestra cuerpos en las películas, Dios penetra niños en la realidad. Los soldados de dios; y qué mal está generalizar, aunque qué bien sienta a veces cuando donde unos capturan ángeles tú solo sabes embotellar aire. Eso te cabrea como habitante del histérico término medio conceptual, perdido entre el bando de los ganadores y sus trenes cazados, y el de los supuestos perdedores y desconfiados de las grandes lecciones de la vida. Una vez soñaste que una chica de colegio privado iba por la ciudad metida en un tanque, y lo pilotaba causando destrozos en la periferia. El tanque iba equipado con un equipo de megafonía, y la chica de vez en cuando soltaba frases de su propia filosofía, y tenía clarísimo lo que iba a hacer en el futuro. Cada vez que decía algo, lo traducía al inglés, luego al francés y luego al alemán, y luego, como en una especie de paréntesis oral, aseguraba que ya sabía chapurrear chino. Poco después, alguna casa explotaba, y desde dentro solían salpicar niños negros, mutilados, madres llorosas y padres destripados. El culo del tanque estaba dotado de una compuerta que a ratos se abría y escupía libros de texto. Para cuando otros críos, esta vez rubios y de aspecto sano, se acercaban y metían con interés esos libros en sus mochilas, te despertabas. Era poco sutil. Necesitabas ducharte, hacer algo, salir a correr, fumar mucho o beber mucho café. Olvidar. Olvidar. Olvidar… Pero no que la palabra Prono, según leíste, es la segunda más buscada de Internet, porque la primera es Porno. Porno, como la vida, el planeta es pornográfico, y su porno menos dañino es el que más buscado está. Eso, a veces, solo a veces, te ha llegado a dar esperanza.

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Épico encuentro indirecto con Beatriz*

Es mi terraza favorita, aunque a ráfagas. Coincido de vez en cuando con ese señor gordo que se dedica a sus cosas. Mirar al vacío, leer el periódico, o a veces mirar el periódico, leer el vacío, disimular para sí mismo que lee, o que mientras mira al vacío no tiene la mente en blanco, sino llena de pensamientos profundos, etc. A veces interrumpe su frenético ritual personal para ir al lavabo. Raramente pide otra cosa que no sea una cerveza. Suele fumar un puro. Y lo curioso es que cuando hablo de él con mis amigos me refiero a él como Señor Obeso. Al cabo del tiempo me ha comenzado a caer bien. No sé si sencillamente porque parece un hombre incapaz de hacer daño, o porque yo no estoy tan mayor o absorto en el vacío o las páginas centrales de los periódicos, en las que siempre suele haber grandes fotos de celebridades con prominentes escotes añadiendo sal a noticias estúpidas sobre sus vidas privadas públicas. Ambos, muchas tardes, seguramente observados desde fuera, hemos podido parecer simplemente tíos capaces de la soledad, o por contra víctimas de la depresión creciente. Todo depende siempre de quién nos vea; y sobre todo si se trata de alguna persona a la que le guste realmente hacer milimétricos análisis sobre lo que unos llamarían aburrimiento, y otros tranquilidad. A veces uno cree que casi nunca pasa nada, y otras veces que cualquier cosa tiene un interés tal que todo es susceptible de hundirse en filosofía montado en conversaciones que no tienen fin, y que irritan a unos tanto como fascinan a otros. Yo diría que, en general, es todo bastante irritante, mucho más vacío que lleno, mucho más circunstancial que predestinado; coyuntural, y no parte del plan de ente universal alguno que actúe como voyeur desde una sala llena de pantallas ubicada en alguna realidad paralela.
Se le puede sacar punta a todo. Pero si me dispongo a rememorar cierta tarde concreta que pasé en esa terraza a dos mesas del señor obeso, es por mi, como yo lo bauticé, épico encuentro indirecto con Beatriz*. Últimamente mis encuentros con ella son escasos, y nunca lo son de cuerpo presente, siempre tienen que ver con otras personas, otras imágenes, otras historias que solo relaciono con ella por ansiosa asociación. Por eso de que todos vemos el mundo con nuestro filtro.

Era otra tarde de echar al montón. Otra vez mi cortado y mi propio ritual; aunque yo soy, digamos, menos contemplativo. Cojo el periódico que no esté usando el señor obeso y busco de verdad algún artículo que me interese leer. Fumo dos o tres cigarrillos, pago y casi siempre paso por el lavabo antes de irme. Todo lo hago con lo que yo considero parsimonia, en unos 25 o 30 minutos. Una media hora en la que no suele pasar nada, nada que pueda interesar al publico de multisalas al menos. Nada más allá de que me dé por mutilar alguna página del diario que me interese, u otras “gamberradas” de pimpollo curioso y tardío. El señor obeso tiene tanta facilidad para pasar de mí como yo para pasar de él; convivimos ese rato en un acuerdo silencioso de no rellenar esos minutos también de saludos protocolarios o educación de inercia. Es un homenaje diario al silencio, una oda coyuntural a nuestra complicidad no buscada. Solo habla la pequeña plaza, el dueño del bar si está aburrido, el viento, puede que los espíritus urbanos si los hay. Es una zona poco transitada entre semana, pero con cierto encanto si odias de verdad en grado alguno a la gente. Diría que el señor obeso la odia más que yo; pero puede que solo por ser unos 25 años mayor. Tiene más práctica, ha tratado más tiempo con ellos.
Lo que yo no sabía es que esa persona fuera algo más que cliente de ese bar. Puede sonar tonto, pero a veces es muy extraño comprobar cómo personas que asocias con dos o tres detalles muy concretos (en este caso el bar, la soledad, la cerveza, el gesto poco definido, la barriga que se desborda…), también tienen familia, amigos, nocheviejas, y que no solo existen en ese momento y lugar en el que tú siempre los encuentras.
La tarde de la que intento comenzar a hablar de una vez, fue la que, entre otras cosas, descubrí que ese hombre no tenía solo su cerveza y su diario. Ese hombre estaba rebosante de amor. Supongo que, en resumen, lo vive hacia dentro. Esa tarde llegó una chica de unos veintipocos y le dio dos besos. Se sentó con él y era radiante, pura energía, casi diría nuclear si no fuera por lo natural que era, y porque su onda expansiva de carácter, de la que fui placentera víctima, en lugar de enfermarte te hacía entender por qué muchos padres no tienen problemas para, con una sonrisa en la cara, enterrar sus ilusiones y casi a sí mismos con tal de allanar el camino a tales criaturas, y que quizá ellas sí puedan seguir siendo fascinantes al paso de los años.
La chica me recordaba a Beatriz*, con la diferencia sustancial de que ella sí podía rechazarme en persona; no estaba tan lejos, quizá en ningún sentido, aun siendo una desconocida. Su cara era muy similar, su inquietud física, su forma de cruzar las piernas. Cada vez que le hablaba a su padre, la ola de calidez nos envolvía a ambos. Era imposible abrir el periódico y estar a lo tuyo. Hay personas que actúan como agujero negro (o rosa) para el alma, te están absorbiendo, puede que te acaben matando a cierto nivel, pero tú solo quieres más. Casi preferirías que te odiaran a que te ignoraran. Nadie quiere flotar a su suerte en el espacio.
Me alegré de que la chica hubiera llegado sola a ver a su padre. Me complacía el no tener que ver junto a ella a algún novio maqueado como un porche, empleado como una bisagra de alto perfil del sistema, y no más íntimo que la idea del siguiente condón por usar. Algunos tíos, cuanto más consiguen meterse en este tipo de mujeres, más fuera de ellas están. Los hay que a los veinte años ya son como esos ricachones viejos en busca de chochitos tersos. Suena paradójico, pero encaja si de verdad hay algo que no cambia en una persona nunca. La madurez es una palabra.
Intentaba no mirar con mucho descaro a la chica. No quería que pensara que la estaba mirando exactamente a ella. Ella en ese momento era más como una máquina del tiempo, o como algo en lo que proyectar a Beatriz*; lo que un folio es para un lápiz; sí puedes usar el lápiz sobre otras superficies, pero si tienes un folio todo resulta más sencillo. Mirarla a ella me daba una pequeña opción de ver a la otra*. Pensé que si le hubiera explicado por qué la miraba así, primero se hubiera sentido un tanto extrañada, puede que hasta despreciada por no ser ella el motivo central de mi atención. Y que luego, es posible, quizá, podría haber pensado que Beatriz* había muerto. Que ella me la devolvía a la memoria y que por eso necesitaba mirarla, aunque solo fuera para regodearme en mi trágico luto. Si hubiera sido otro, podría haber dejado que ella lo creyera, puede que para haber conseguido algo de sexo fácil. Siempre me ha parecido que un modo bastante infalible de enternecer a una chica, es tener en tu pasado a una novia muerta. La muerte es excitante por definición en ciertos contextos; la tragedia; la injusticia; la derrota; el pasado negro en general. No es como si alguien te viene y te dice que hace tres años se sacó el máster, que ahora ha conocido a una chica que adora y que todo le va bien en el curro. Eso no le importa a nadie, y además es de un aburrimiento atroz.
La sustancia relevante está en los interrogantes, incluso aunque Beatriz* no haya muerto. La gracia está en la incertidumbre, y en ella flotan los grandes éxitos, fuera de los caminos seguros, de las chicas cercanas y sin asterisco, de las dobles y las vidas que puedes resumir con dos frases, y que no dejan margen a la duda. Esa chica de la terraza hubiese sido mi felicidad de marca blanca a la larga; la Felicidad que de hecho sigue más concurrida; porque no depende de un proceso de incertidumbre, sino de decisiones concretas, objetivos realistas y cálculos cerrados. La felicidad personal no va con banderas ni perfiles ni números, ni tiene que ver con tu sentido del control o tus manías sobre el orden y la practicidad. Decir novia la mayoría de veces también es solo una palabra. Aunque sea una palabra que tenga orificios de entrada y deje que te la folles. Al final la chica miró en mi dirección un par de veces, nada molesta, y enseguida me di cuenta de hasta qué punto no se parecía a Beatriz*. Solo lo digo por el físico, vale, pero no tenía nada que ver. Era erróneo, todo. Aunque fuera agradable y eso diera pie a más dudas. Condones comprados para autoengaños planeados. Alguien a quien llamar suegro en broma. Un secreto con un asterisco tan grande que aplastaría a toda tu familia política potencial. Una mueca casi imperceptible al final de cada sonrisa, que ella te vería como si hubieras exagerado como Jim Carrey al inicio de su carrera; puede que viendo al fondo de tus ojos algo con forma de chica delgada, lejano pero a la vez muy en ti, como muy tuyo, como, nuevamente, con un asterisco, del que dirías no saber nada si te preguntara.
Pero esperar es muy impopular, ya casi tanto como tener ciertas esperanzas. Quién sabe si luego hablé con esa muchacha o no. Qué importancia tiene. No es misoginia, es que no la tiene. Puede que hablara y puede que no, creo que antes dije algo de condones y autoengaños. Puede que sí. A veces reseteo cosas muy recientes. O me digo Carpe Diem y me repito a mí mismo que yo controlo mi vida y decido si voy a ser feliz o no, todo eso. Voy variando, me aplasto, me inflo, exploto, vuelvo ser masticado. Todo como un chicle en tu boca. El parque es real, y el señor obeso, y su hija, sí, ella es muy real, tanto que casi cuesta digerir lo real que es; es tan real que despiertas con marcas como después de haber soñado con Freddy Krueger. Y no todos los días está el señor obeso en esa terraza, y cuando eres tan fiel a una hora y un lugar, quien te quiera encontrar lo tiene fácil; más si conoce los tránsitos y horarios de su padre y no le gusta dar conversación a ningún muchacho bajo supervisión progenitora. Pero como digo, y aunque haciendo memoria sea fácil desactivar el reset, esas historias son cortas, y no están más llenas de lo que la punta del condón pueda tolerar en mililitros de esperma. No hay como tener a una favorita para saber que el sexo está sobrevalorado. La prueba está en que el recuerdo más claro de toda esa pequeña historia es el de la energía parecida* con la que se inundó la terraza cuando esa muchacha sin asterisco llegó y la vi. Y aun así, a veces hay que ir cambiando de bar, de cafetería. Mientras tu oportunidad no llegue. Mientras los anticonceptivos no sean tanto un milagro de la ciencia por el que dar gracias, como la opción de no tener hijos*. En la actualidad he vuelto ser fiel casi a diario a la terraza. Y he vuelto a ir coincidiendo con el señor obeso. Creo que no sabe nada de nada. Pero no le importa, porque sabe que yo tampoco.

Así es en Sonora

Un chico de barrio fue a cantar una serenata a su novia enfadada. No le conozco, no sé si era alguien proclive a hacer cosas así o si sencillamente reunió fuerzas para que su chica viera hasta qué punto estaba dispuesto a ridiculizarse por ella.
Pero sí conocimos en parte la naturaleza de esa relación, hasta el punto de los detalles que supongo de normal no hubiesen salido de la alcoba.
La chica no solo se asomó a ver al chico mientras el muchacho intentaba cantar con tres mariachis; no solo sonrió proyectando el perdón ni se limitó a centrar su mirada sólo en la del muchacho de ese modo en que seguramente tan solo algunas mujeres saben hacerlo (es decir, obviando todo lo demás, trascendiendo formas y al resto del mundo).
Además de todo eso, que uno piensa es el final feliz de alguna discusión y que ya no le pueden sorprender más en su paseo de las tardes; además, la muchacha, en el balcón, se bajó las bragas y se subió el vestido. Y dejó ir un abundante chorro de pis encima del tipo, mientras los mariachis seguían tocando aun dando unos pasos hacia atrás, y los que mirábamos nos quedamos decidiendo cómo, exactamente, debíamos reaccionar.
Creo, de verdad, que es una escena bastante representativa de la ciudad de Sonora.

Llegué a Sonora practicando ese deporte mundial que es el de viajar para intentar huir de uno mismo. Como si al llegar a otro lugar te hicieran algún tipo de lavado cerebral y pudieras volver a empezar. Como si existiera tal cosa: Volver a Empezar. Huí más bien de una mujer; o no de ella, sino más concretamente de la certeza de que ella pasaba completamente de mí. Pensaba que irme lejos, mudarme, me ayudaría; pero resultó que antes ella solo era la chica de la que estaba colado, y luego pasó a ser la mujer Mítica y Lejana de la que continuaba enamorado; antes era, bueno, mi favorita, y luego pasó a ser Legendaria, una Diosa real a la que se follaba otro en otra franja horaria, que hacía milagros para ese otro, y que además seguramente debió suspirar aliviada de que yo me largara. La vida suele parecerse más a este tipo de aventuras que lo que nos suelen vender para vendernos cerveza o compresas. No me costaba imaginar al tipo que se la tirara como alguien que al verla no sintiese mucho más que la mera perspectiva de sexo. Es posible incluso que el tío tuviera en mente a otra que no le hiciese ni puto caso. Alguien dijo que la persona a la que amas y la que te ama nunca son la misma persona. Bueno, «nunca» es una palabra muy fuerte, pero puede que no tanto, puede que en este mundo sea, más que nada, descriptiva.
De modo que, por el procedimiento de seguir siendo un humano del montón con filosofías del montón y dramas del más puñetero y tópico montón posible, acabé en medio del antaño Desierto de Sonora, luego reconvertido en ciudad crecida de las ínfulas negociantes de unos cuantos triunfadores materiales de la vida a los que prosperar les parece un “encriptado” sinónimo de Destruir. Pero en el fondo puede que sólo más tíos de los que otras “mujeres legendarias” pasaron, y se refugiaron en la forma más sintética de triunfo; pero, ah, a la vez también la forma de triunfo más respetada. La DIGNIDAD con mayúsculas del presente occidental. Inflación académica parapetada en parámetros concretos para encaminar al mundo hacia su final rojo, lento, sangriento y ardiente: El ombligo metafísico de la tía que pasó de Dios, y que quizá sea el soporte del planeta en el que hacemos abdominales y creemos que sonreír no es algo espontáneo, sino eso que uno hace porque es más inteligente que todos esos perdedores, esos tíos que solo lloran y se quejan en sus vidas malolientes perdidas en supuestas necesidades o sentimientos.
Capullos de mierda…
Y yo era uno de ellos.
Pero había que ganar algo de pasta para poder llorar bajo techo, así que me inventé una, digamos, nueva personalidad. No quería volver a pasar horas y horas encerrado en talleres, almacenes u oficinas.

Me inventé a un tipo con una larga tradición detectivesca en su familia. Alguien que conoce todos los entresijos de una investigación. Alguien que encontraría a tu gato en menos de media hora, o a los maridos que salieron a por tabaco hace dos años. Alguien que sabe mezclarse en cualquier ambiente sin llamar la atención y a la vez haciendo preguntas extrañamente concretas. Pero el truco final, y que hizo que me comenzaran a llegar clientes, fue inflar los precios. Hay cierta clase alta –y no tan alta– de la sociedad que cree que lo bueno siempre es caro, y que lo barato siempre cuesta ídem. Como con todas las cosas, en eso también hay grises, pero cuando comencé a cobrarles lo que les cobraba por hora, si hacía algo extraño o fuera de lugar, era porque yo era un genio excéntrico; si tardaba mucho en resolver el caso era porque era demasiado complicado incluso para mí. Si no lo resolvía, era porque seguramente era imposible de resolver. Porque yo costaba mucha tela, y por tanto era alguien competente de verdad. Me compré un par de trajes en cuanto pude, y también gomina. Me mordía los carrillos en las conversaciones y asentía como si nada fuera nuevo para mí. Como si la desesperación de la gente por que yo les ayudara no fuera ninguna novedad, como si siempre estuviera pensando en hacer cualquier otra cosa, en que ya veríamos si aceptaba el caso, etc. Cuanto más complicado e inaccesible me veían los clientes, más seguros estaban de que yo era la solución; no como ellos, que perdían las llaves en su propio piso y tardaban una hora en volver a encontrarlas. Gente normal y estúpida… Casi me lo llegué a creer.
De alguna forma, comencé a ganar dinero gracias a esa desesperación ajena. Fíjate en la expresión de una madre cuando cree que ha perdido a su hijo pequeño en la calle en medio de una multitud: esa expresión es capaz de conseguir dinero de debajo de las piedras, dinero que viaja a tu bolsillo a ritmo de sonata de drama familiar para piano y orquesta. Cualquier político o empresario lo sabe. Incluso las familias de clase media están dispuestas a meterse en una segunda hipoteca si hace falta con tal de beneficiarse de tu supuesto talento. Lo pone bien claro en el anuncio del periódico, un pastón por el servicio, pero por un servicio bien hecho, no como esas otras agencias baratas y sus capacidades baratas. Si había algo mejor que una mentira, era un montón de mentiras demasiado rebuscadas como para que nadie dudara de ti. Además el mundo ya era así, los tíos que lo llevaban en volandas hacia el crematorio del fin de los días no eran más que grandes mentirosos enterrados en medallas, “trayectorias impecables” y miles de comparecencias ante las masas con la subsiguiente cobertura en los medios. Ser importante no conllevaba necesariamente ser alguien con grandes capacidades intelectuales, o dotado para una gran ética o un sentido inteligente de la moral. Lo que necesitabas era empuje, ambición y una carencia escalofriante de principios propios y sentido de la empatía.
Mi caso no era tan grave, obviamente. Simplemente la gente buscaba ayuda de forma puntual y yo me ofrecía a ayudarles. Solo que no tenía experiencia alguna, y tuve que ir aprendiendo sobre la marcha. Siempre tenía buenas intenciones. Pero eso sí, tenía que seguir sabiendo venderme; lo cual hacía que tuviera que montar siempre mi elaborado teatro de la mitificación.

Había tenido un par de golpes de suerte al principio de mi andadura en Sonora (obviamente); había encontrado relativamente rápido a una pareja de adolescentes huidos y a una chica que se había escapado también de su casa (de sus horribles padres, en realidad). De modo que cuando me ofrecieron el caso de Sandra Olivares, pensé que no podía complicarse mucho.
Primero me llamó el padre. Parecía bastante serio, incluso crispado (más que triste). Le dije que en cinco días podía ponerme con su caso, que estaba muy ocupado. En ese momento ya ponía caras interesantes incluso hablando por teléfono. El tipo me gritó que quién me creía que era. Sin subir el tono de voz, y tras dar varios rodeos, le dije que muy bien, que al día siguiente me presentaría en su casa. Todo debía sonar siempre como si yo tuviera algo mucho más importante entre manos, como si mi intervención asegurara la resolución del problema, de los problemas en general. Insisto, tenían que verme como cuando un niño ve a su progenitor y cree que ese hombre puede hacerlo todo, pero sin la parte en la que el crío crece y se da cuenta de que papá es sólo otro tipo del montón tan limitado como cualquier otro…
Al hablar al día siguiente con el tipo en casa de los Olivares, enseguida me di cuenta de que era otro de los míos. La mujer sentada a su lado solo era un “apaño”, la mujer a la que él quería debía vagar por sus recuerdos, aún con veintipocos años, y con otro tipo, algún otro desgraciado cuya chica amada real debía andar con algún otro otro. Era una plaga.
Me dieron varias fotos de Sandra, algunas eran muy profesionales. La chica tenía 20 años. Parecía una versión morena de Sophie Guillemin, busto generoso y sonrisa infantil: sin duda el futuro quebradero de cabeza amoroso de algún chaval al que ella no haría caso, si no lo era ya. La madre era muy servicial, tenía una mirada vagamente consternada, más allá del asunto de su hija; creo que sabía en el fondo que ella no había sido nunca la primera opción de su marido, así que estaba todo el tiempo a punto de ir a por café, a punto de ir a cocinar, a punto de poner una mano en el hombro de su querido como apoyo moral…; estaba inquieta y deseando ser útil, o al menos no ser un estorbo. No me pareció que ella tuviera exactamente el mismo problema emocional que él, era peor, daba más la sensación de que nadie la hubiera querido nunca de verdad, puede que ni sus padres pasada la etapa de lactancia.
Puede que estuviera completamente equivocado con mi análisis de los Olivares, pero cuando uno sospechaba ese tipo de historias no solía equivocarse de mucho. Se podía respirar esa tensión en la casa, igual que notarías el olor de los porros de haber estado alguien varios años fumándolos en ella. Era como estar en una casa encantada antes de que comenzaran las desgracias.

Tenía una lista de locales y gente que ella frecuentaba. La redactó su madre, con una caligrafía infantil que podía romperte el corazón. Casi todo lo que hacía esa mujer te acababa dando una pena horrible; y lo más curioso es que ni aun así te daban ganas de llevártela a un lado y hablar con ella o darle un abrazo. Comencé a sentir cierta ansiedad con que al menos la hija la quisiese un poco, un poco más que a su móvil o a los polvos con desconocidos: no me parecía fácil… Si lo pensabas bien, era una familia bastante típica. Eso llamado familias disfuncionales no es una excepción, a mí me parece más bien la confirmación de que muchas veces la excepción no es la que confirma la regla, sino la que la define como falsedad acomodaticia. Los ejercicios de negación comunes tienen una fuerza inusitada en las sociedades supuestamente evolucionadas, y en ese contexto Sonora suele erigirse como terremoto sentimental que hace salir a la superficie lo que en otras ciudades queda bastante bien soterrado. “Bien”. Pero eso tiene sus ventajas, y es que la gente aquí no se esfuerza demasiado en disimular, como tampoco en hacer alarde de excentricidad. No está tan latente como en otros lugares ese mirar de reojo constantemente a los demás para intentar intuir qué estarán pensando de uno. Si lo que le va a mi novio es la lluvia dorada, pues lluvia dorada; si me quiero ir de casa, pues lo pruebo; si no quiero a mi mujer, pues qué se le va hacer ya a mi edad y con una hija… La vida sigue, y justificarla constantemente es una perdida de tiempo para los habitantes de Sonora, que parecen tener siempre muy presente que van a morir, y que esa frase hecha sobre que lo importante no es la meta sino el camino, solo opera cuando ves tu vida desde el nacimiento hasta la muerte, sin contar las pequeñas historias o retos de en medio, a los que no aplican dicha filosofía; sí, disfruta el camino, pero no pierdas siempre, ni arriesgues a perderlo todo, nadie tolera eso, ni en ellos mismos ni en los demás (a no ser para crucificarles). Tampoco he topado aún con ningún creyente; creo que las cuestiones religiosas solo son algo demasiado complejo e invisible para la gente de aquí. No es que no tengan fe, es que no parecen dispuestos a tenerla con nada con lo que no vayan a toparse antes del lecho de muerte. Se trata de una especie de férrea filosofía sobre la vida, pero no particularmente voluntaria o planeada, sino basada en un sentido común que alguno podría catalogar de demasiado pragmático, pero que personalmente considero: relajadamente cabal.

La primera duda estaba clara. Y era si Sandra habría huido de Sonora o seguiría en ella. La gente de Sonora no es muy proclive a eso de “coger el coche y a la aventura”. La segunda duda era si estaría con alguien, con algún chico o alguna amiga.
Me fui a uno de los bares de la lista. El golpe de suerte mayor consistía en la posibilidad de encontrarla en uno de ellos; pero el plan realista era hablar con la gente, preguntar, insistir; en el peor de los casos: atosigar. Me sentía muy fuera de lugar en ese garito. Era por lo menos diez años mayor que casi todos. Las chicas estaban a poco de poder ser mis hijas; los chicos daban la sensación de ser críos en comparación con las chicas, todas cuidadosamente emperifolladas, ya fuera para parecer mujeres o para parecer modernas. Los muchachos tenían cara de alumnos traviesos y obviamente buscaban sexo como una mosca busca mierda. Incluso los más tímidos parecían ansiosos. Era algo distinto a cuando yo salía; entonces la mitad o más éramos una panda de vírgenes o semivírgenes, casi te resultaba violento imaginar a un colega tuyo liándose con alguien. Estos casi-aún-niños de 17, 18, 19 años… estaban hechos de otra pasta. O al menos así daban la sensación de ser en Sonora entonces.
Vale, se me olvidó un dato importante: Sandra llevaba desaparecida tres semanas, no más. Pero solo Dios sabe por qué la policía no estaba en ello. Caí en la cuenta de eso en ese garito cuando conseguí dar conversación a dos chavales. Todo el asunto comenzó a oler fatal, el padre de la chica tenía fama de estar metido en varios chanchullos. Uno de los chicos me dijo que le sorprendía que nadie hubiera pedido un rescate aún. Incluso me detallaron una posible escena en la que unos secuestradores pudieran haber matado sin querer a Sandra. Su cadáver mal enterrado en vete a saber dónde. Eso no era bueno para mi gana-pan. No todo el mundo te paga por decirles que su hija ha muerto; es decir, en aquel momento no lo tenía tan en cuenta, pero a veces muere alguien, no entra en estadísticas tercermundistas, y eso te puede destrozar la vida. Seguramente se refieren a ese tipo de cosas cuando dicen que el dinero no compra la felicidad. Porque no compra la inmortalidad, ni la resurrección de tu niña quizá terriblemente violada y asesinada.
Qué sabíamos nosotros, solo estuvimos fantaseando un rato, echándonos unas risas a mala leche. Tres chicas se apuntaron más tarde, eran amigas de los chavales con quien estaba. Ya de entrada parecía ser uno de esos grupos en los que la amistad había nacido en la más tierna infancia, ellas querían seguir creyendo que esa amistad seguía igual e imperturbable, y probablemente ellos tenían fantasías en las que ellas hacían cosas inconfesablemente guarras en la cama con ellos. Casi tenía ganas de advertirles sobre todas las formas fáciles de perder amigos, sobre las complicaciones de los grupos de amigos unisex en los que las chicas no están ni en calidad de “novia de”, sino sólo como solteras en la edad del bollycao. El masculino de Ninfómana es Chico Adolescente (u Hombre). Podía ver el futuro inmediato de esos chavales en 3D y pantalla Imax, todo tenía un punto deprimente; pero a la gente adulta le parecen entrañables esas cosas, adoran los tópicos de juventud (ciertos o falsos); nunca parecen recordar el dolor intenso del rechazo o la perdida o las separaciones, sumado al dolor de huevos tras largos morreos que acababan a menudo en pajas inevitables. Todo ese largo etcétera de noches dulces y AMARGAS a la vez. La verdad, en mi caso, y sin haber sido del todo un perdedor, no echo de menos en absoluto aquella etapa, y ahora me enorgullezco de haber sido aquel muchacho que más bien repudiaba en gran medida ese mantra que habla sobre “la mejor fase de la vida”, que se dice está en esos años y que luego todo va a peor. Puede que yo no perdiera la virginidad a los 16, pero me ahorré un montón de dolores de cabeza (y aun así sufrí un buen montón de ellos). Casi quería decirles que a los treinta nadie muere, y que de hecho se sigue siendo joven, y que la vida resulta más clara, más inmediata, la polla se te sigue poniendo dura y las mujeres siguen estando buenísimas.
Cómo odiaba esas monsergas adultas sobre la juventud que solo añadían presión a la juventud para que no dejaran de hacer cosas y corrieran (y se corrieran) a toda velocidad… Pero callé, me limité a estar ahí con ellos, y tardaron muy poco en caerme bien, quizá por eso me daban ganas de abrirme. De todas formas no tenía la presión de quedar bien con nadie, o de gustar a las chicas del grupo, que seguro me veían en un planeta distinto al de ellas.

Las mujeres seguían estando buenísimas, e incluso en muchos casos eran más reposadas y tratables que a los 20 años, pero era inevitable no seguir notando la atracción que ejercían esas muchachas de caras aún casi infantiles, redondas, y ese brillo de los ojos, no solo juvenil, sino a veces también casi pornográfico, y en constante sed de una diversión que, para desgracia de mis nuevos colegas, raramente buscaban en amigos de la infancia. Ese “palabro” nuevo, «Follamigo», no era más que otra modernez vacía, un eufemismo calculadamente malsonante para volver a disfrazar el sexo de algo más “correcto”. Porque el amigo del bollycao, el amigo de verdad, lo tiene crudo para mojar si ella realmente puede elegir.
Los dos chicos estaban enamorados de sus amigas, cada uno de una de ellas. Y ellos no gustaban a la tercera, pero ésta se sentía repudiada. A veces no es que quieras que te quiera alguien concreto; pero en ciertas circunstancias el solo hecho de que ese alguien quiera a otra persona muy próxima y no a ti, puede llegar a doler, aunque en realidad solo le fueras a dar una calabaza si fuera a por ti. Así se sentía esa tercera chica, y además le pasaba no con un chico, sino con dos, y desde hacía ya la tira. Creo que el motivo era que ella estaba un poco más rellenita. Eso te hacía dudar sobre si lo que esos chavales sentían por las otras era profundo en realidad; pero siendo tan jóvenes no hacía falta demasiado para que la cosa hubiera comenzado como el obvio deseo de sexo, y que eso hubiera “degenerado” en un cuelgue mero producto del claro rechazo de las chicas. Era todo tan tópico que chirriaba.
No es que dedujera toda esa historia solo echando unas cervezas con ellos, es que justo ese día la cosa se complicó entre ellos, y la chica “en discordia”, herida claramente en su orgullo desde hacía mucho, soltó toda la parrafada cuando uno de los muchachos, tras ser (otra vez) rechazado por la chica que le gustaba, atacó a la chica rellenita en un patético intento de dar celos a su objetivo real. De modo que, la chica rellenita no solo le separó de sí dejándole muy claro que ella no era el segundo plato de nadie (o el monigote con quien dar celos a nadie), sino que además no dudó en acusar a ambos amigos en voz alta y clara de llevar más de dos años detrás de sus amigas a la vez que hacían como que no, y añadió que en cada ocasión que quedaban en grupo, ella (la chica rellenita) cada vez se sentía más estúpida, más mascota de ellos, y que más valía que solucionasen ese rollo, porque ella ya se había cansado de ser algo así como la aguantavelas de dos relaciones que ni tan siquiera existían, etc. En fin, era algo ambiguo, y creo que la muchacha no se acabó de saber explicar, acabando por quedar más como una perdedora frustrada que como cualquier otra cosa. Pero no cabe duda que sacó los colores a sus amigos, sobre todo porque las otras dos chicas no se sentían acusadas de nada demasiado grave, a la vez que miraban alternando a la chica rellenita y a los chicos, que eran quienes realmente estaban dando más sensación de ridículo.
Yo observé la escena desde fuera, no solo en cuanto a cierta distancia física, sino también generacionalmente. Agradecí otra vez en silencio el no seguir en esa etapa de la vida, y salí a fumar con una sonrisa algo maliciosa en la cara. Las crueldades y los líos seguían siendo los mismos de toda la vida entre los postadolescentes, solo que ahora la tensión sexual parecía ser mayor, debido a que la presión para que te liaras con alguien, para que follaras y vivieras a tope cada día, era tan dura e insistente como la que las parejas de tiempos ha tenían con lo de no hacer casi nada antes del matrimonio.
Sonora no se había librado de eso. Vivía en ese otro extremo ético, como todas las demás ciudades supuestamente civilizadas y avanzadas. Los casos de chavales que huían de sus casas eran muy habituales, y siempre eran casos relacionados de un modo u otro con la vida nocturna. Muchos de esos padres no entendían que entraban en contradicción cuando hacían apología de esa juventud que a ellos ya se les pasó. Muchos de esos padres eran, en resumen, padres terriblemente malos; malos en el sentido de completamente incapacitados, y con un orgullo de autoridad que en suma les convertía en poco más que patrones opacos para sus hijos. Me encontré continuamente en medio de conversaciones en las que el argumento más recurrente de algunos de esos progenitores solía ser, de un modo u otro, el dinero. Frases desgastadas como “Cuando tú ganes tu sueldo y tengas tu casa llegas a la hora que quieras”, o, “Mientras vivas bajo este techo…”. Si uno escuchaba bien, y si no fuera porque además eran frases mecánicas en las que ni tan siquiera se paraban a pensar (porque en general no se paraban a pensar en nada), era casi como si culparan a sus hijos por haber crecido en el vientre de sus madres sin avisar para luego comenzar a pedir y pedir, «¡como si todo fuera gratis!». Diálogos que ya todo el mundo ha oído y que ya son poco más que ruido, analizados te llevaban a conclusiones aterradoras, a la detección fácil de hipocresías salvajes y peligrosas (desde el punto de vista educativo), pero sobre todo me escandalizaba el que, queriendo como querían de verdad a sus hijos (al menos casi siempre), tuvieran tan pocos argumentos con sentido para demostrarlo de verdad, tan pocos recursos propios; y esa manera de caer casi todo el tiempo en semejantes lugares comunes, siempre asociados con lo material (dando a entender que eso le definía a uno)… Era casi como si uno pudiera entender el capitalismo salvaje de repente, entender su origen, y que éste podía estar también en el salón de familias de clase media humildes, que, sin quererlo, parecían empeñadas en cavar sus propias tumbas sistemáticas, morales, éticas, pasándose la pala de generación en generación.

No siempre tenías que dar con pistas concretas que te llevaran a otras pistas. La senda hacia la resolución del caso no siempre era un trabajo policial con pautas cerradas e informes vacíos. A veces tener una vivencia “indirectamente” relacionada te podía dar una idea con la que saltarte unos cuantos rodeos, unas cuantas deducciones estériles. Comencé a creer que tenía un sexto sentido relacionado con la intuición. No era una fantasía, me había funcionado de verdad en casos anteriores. La prueba está en que he podido seguir mitificando a “mi chica” bajo techo en otra ciudad, he comido bastante bien, y hasta de vez en cuando doy un paseo con café incluido en la plaza más concurrida de Sonora: una especie de recordatorio estético de Roma (o eso creo, nunca he ido a Roma).
Es decir, a veces conocer de verdad el ambiente en el que se ha movido siempre la persona que buscas, te acerca a la idea de base sobre por qué ha huido (y en ocasiones incluso hacia dónde). No hacía falta estar hecho de una pasta especial para intuir que vivir en casa de los Olivares tuvo que ser deprimente para esa chica hasta límites insospechados. Con un padre que parecía ser claramente el típico gran Empresario (en el peor sentido de la palabra), una persona para la que su hija ya no era tanto una responsabilidad para la que se requiere un agudo sentido de la sensibilidad, como otra tarea material más que tachar en la agenda mensual. Con una madre totalmente anulada a sí misma, profundamente amargada, probablemente cornuda, y sujeta a un clavo ardiendo para no ser engullida por la voracidad occidental. No era de extrañar que las relaciones estuvieran muy caldeadas en esa casa, y que Sandra no viera más salida a la salvación de lo que ella era, que largarse cuanto antes de allí. Una chica tiene derecho a ser ella misma (aunque pase del tío que la quiere de verdad y se líe con algún capullo que está con ella porque la muchacha a la que querría de verdad le rechaza).
Apenas pisé un par de baretos más, y conociendo a más chicas como ella, “infiltrándome” en grupos de amigos y viendo que en realidad solo estaba haciendo un estudio involuntario de la frustración existencial, emocional y sexual de Sonora, decidí que todo apuntaba a la Casa Odisea.
Era un lugar de paso para algunos jóvenes, pero también una especie de comuna de lujo a la que algunos acudían cuando no soportaban más el ambiente en sus casas. Al principio me hizo pensar en la secta de Manson, pero el tipo ricachón que sonreía y acogía a toda esa piel tersa en su mansión te recordaba más a Hugh Hefner (o a Gatsby, si querías ser amable). El, muy a menudo, relajado carácter de los habitantes de Sonora, ha hecho que casi nadie especule mucho con lo que pasa en esa ampulosa construcción, que en realidad, y como yo había descubierto ya, no es más que una especie de hotel gratuito, en el que su dueño solo te acoge si decide que no le vas a causar problemas. Obviamente ganas puntos si eres joven y no tienes lugar en el que quedarte, y es obvio que el tipo no es reacio a tener relaciones sexuales con, se dice, tanto chicos como chicas; pero se suele asegurar que jamás chantajea a nadie con ello. La descripción de excéntrico millonario venía muy a cuento. Y, para qué voy a hacerme el interesante a estas alturas: la mayoría de casos que he resuelto han tenido que ver con dos factores: lo reacias que son ciertas familias en contactar con la poli, y que más de la mitad de los chicos y chicas perdidos solían quedarse en la Casa Odisea. Yo soy, en gran parte, una farsa, pero lo único que hago es habitar las brechas de la sociedad, sacar petróleo de ellas. Si todos esos padres hombres de negocios de clase alta no desviaran pasta a cuentas en paraísos fiscales, ni estuvieran asociados con ninguna trama de corrupción, podrían llamar a la poli sin problemas o miedos, y en lugar de esperarme a mí y pagar un pastón, tendrían el asunto resuelto en unas horas y gratis. Pero supongo que cuando todo en tu vida lo basas en el dinero, al final te acabas convirtiendo en un yonqui del mismo, y esos tíos deben encontrar incluso cierto placer en gastar y gastar, supongo que como muchas de esas pijas yendo de compras: ya no se trata tanto de qué compres, sino de la persona que eres capaz de fabricar con la pasta que ganas, y que esa persona tiene que sobresalir y a la vez encajar, tiene que erigirse en la proyección fascinante de un ente lleno de carácter y medios; aunque todo, al final, solo sea un montaje, y lo que fueras tú de verdad, haya quedado engullido por el monstruo de papel conformado por todos los documentos oficiales que te acreditan como apto o apta para este mundo que a menudo dices está enfermo.

Así que me acerqué la casa de Hefner, de Gatsby, en la que ya era un conocido, casi un amigo de no ser por mis insistentes negativas a quedarme a dormir algún día. Hefner no era Hefner, ni Gatsby: se llamaba Aquiles Galán, y era y es un cincuentón muy bien conservado y soltero, alguien cuyo trabajo consiste en hacer y recibir llamadas para poner al día sus múltiples negocios, los cuales son más bien un misterio, no porque tengan que ser ilegales, sino porque no habla nunca de ellos. De hecho hubiera sido raro que los padres corruptos de muchas de las “criaturas” que acababan en Casa Odisea no le conocieran si de verdad hubiese sido uno de los suyos.
Nunca hablo con nadie en Sonora de mis habituales visitas a la casa, eso daría pie a otras preguntas que no estaría dispuesto a contestar.
Aquiles me invitó a pasar a su despacho del segundo piso (había tres). De camino tuvimos que esquivar a más de una veinteñaera jugando a perseguir a alguna otra, todas descalzas, en bragas y camiseta. El ambiente en la casa siempre tiene esa tensión de que en cualquier momento alguien podría follarse a alguien, o alguien podría rasgar una guitarra o comenzar a liarse un porro (el único tipo de droga que he visto allí), y se hace. Siempre suele haber varios hilos musicales dependiendo de la habitación que tengas cerca, curiosamente mucha música de los setenta, la cual suele gustar a los chicos y chicas que deciden quedarse un tiempo en la casa, y que obviamente les hace pensar en la época de los hippies, quizá en Woodstock, el amor libre, etc. Una etapa de la historia que ya está casi más asociada con sus abuelos que con sus padres, cosa que probablemente saben, y que si es así seguramente les encanta. Por regla general los jóvenes de Sonora repudian a sus padres y odian lo que representan, pero sobre todo les aterra la idea de acabar siendo como ellos. Se podría decir que es una característica poco novedosa en los hijos, pero en Sonora esa preocupación resulta aún más común, no suele quedar disfrazada o apartada fácilmente: muchos actos de los hijos suelen tener como objeto el alejarse filosóficamente lo más posible de los padres. De su sentido de la responsabilidad y del concepto cuadriculado que suelen tener casi siempre sobre la vida, hasta el punto de que cualquier revés de agenda no es algo lógico de vez en cuando para ellos, sino una imperfección irritante del universo que deben pulir cuanto antes para que la pasta siga fluyendo. La ideología de los chavales suele definirse por la despreocupada falta de una ideología clara, y la forma de pensar de sus progenitores se basa en el clásico plan de adaptarse al clima social imperante sea cual sea, ya sea justo para todos o aberrante para la mayoría.
Lo que parece definir el modo de ser y de actuar de Aquiles, es el empeño por habitar un término medio simbólico entre esos dos bandos generacionales claros de Sonora. Por un lado es un hombre de negocios que conoce perfectamente las claves del triunfo capitalista, y por otro, parece entender perfectamente la frustración y el pasotismo de esos chavales, que se resisten a aceptar la idea de un futuro en el que tengan que entregar cuerpo y alma a una maquinaria social a la que apenas ven sentido. En mi opinión, Aquiles intenta salvar su propia alma no juzgando a esos chicos, haciendo un ejercicio de compresión para con esa juventud que raramente otro adulto está dispuesto a hacer. Y claro, ya de paso no duda en mezclarse con ellos, y a su vez evitar cierto tipo de vida de Hombre de familia que está claro no le va en absoluto.
Aquel día me invitó a tomar asiento como siempre, creo que me ve bastante parecido a él, sin demasiadas ganas de parecerme a todo Dios para respirar tranquilo. Alguien diría que estamos dotados del mismo tipo de inmoralidad o irresponsabilidad. Somos como socios, e incluso él me anima a seguir con mis tareas de investigador mitad currante mitad farsante. Sabe que sin Casa Odisea mi carrera podría irse a pique, aunque cuando surge el tema siempre me anima y me dice que seguro que saldría adelante. Al final, a veces ser un farsante cuesta el mismo trabajo que ser legal, eres como ese alumno que a base de ingenio piensa y prepara una sofisticada chuleta dedicando un tiempo que dedicado al estudio quizá le hubiera dado el mismo resultado. Ser ilegal o supuestamente deshonesto no siempre es sinónimo de ser un vago o un mal bicho, sobre todo cuando se trata de dinero o números en general (aún amos del mundo). Por suerte Sonora no está llena de gente con lupas éticas y morales. Poner o no el culo aquí es una decisión personal, y se suele respetar como tal.
De entrada bromeamos como siempre con la posibilidad de que las chicas y los chicos de la casa me odien por ser el tipo que viene a devolverles a casa, y Aquiles como siempre me dijo que me callara, que incluso había un par de chicas a las que no les hubiese importado que yo me quedara a pasar alguna noche allí. Aquiles siempre dice que quienes habitan su casa nunca sienten la presión en sentido alguno, ni de seguir en ella ni de irse. Algo que debe ser verdad, porque nunca he encontrado grandes impedimentos para acompañar de vuelta a sus hogares a ninguno de los chicos, los cuales la mayoría sobre todo intentan dar un toque de aviso a sus padres, o simplemente sacarles de su negación vital. Muchos de esos chicos descubren que sus progenitores son seres sensibles y no solo monstruos voraces, cuando les dan un susto de verdad. Aunque otras veces hay padres que no solo se resisten a mostrar sensibilidad cuando el niño o la niña vuelven a casa, sino que añaden a todo el asunto una bronca aleccionadora impresionante sobre la responsabilidad y qué cosas se han de hacer y cuáles no. Lo cual deriva muchas veces en segundas y terceras huidas del hogar para dar otra vez con Casa Odisea, con mi subsiguiente nueva visita a Aquiles y otra devuelta a los padres de la criatura de turno, que si vuelve a ser recibida en casa con gritos metálicos y fríos, no duda en volver a escaparse. Evidentemente la idea de Hogar no es la misma para los hijos que para los padres. Para los padres es una cuestión de propiedad inmobiliaria y aspectos consanguíneos, pero para los hijos tiene que ver más con dónde les hacen sentirse realmente en casa. Así es en Sonora. Lo cierto es que la mayoría de veces uno no sabe bien por qué habría que ponerse de lado de los padres en esa guerra.
Le dije a Aquiles que estaba buscando a una chica, muy guapa, muchas curvas, pecas, morena, sonrisa endiabladamente encantadora, de nombre Sandra. Aquiles solía acordarse de todo en lo que respecta a sus inquilinos, pero una descripción física ayudaba mucho… Esa chica lleva días en el tercer piso, en una de las habitaciones más pequeñas –me dijo– aunque no ha sonreído demasiado, mucho menos cuando alguno de los chicos ha intentando hablar con ella, llegó sola. Él les dijo a los demás que la dejaran en paz hasta que ella decidiera abrirse, relajarse. Aquiles tenía miedo de que la chica decidiera cortarse las venas o algo así, de modo que pasaba de vez en cuando cerca de la habitación y espiaba, la puerta no siempre estaba cerrada del todo, a menudo estaba entornada; creo que ella lo prefería así, para tranquilizar a los demás y que a la vez la dejaran sola. Solo cerraba cuando decidía poner música en el equipo de la habitación, en casi todas había uno. Raramente ponía algo que no fuera Pink Floyd o Jefferson Airplane. Aquiles aún funcionaba solo con cd’s, y los había por toda la casa en pequeñas estanterías. Cuando se pasaba por el tercer piso y oía música en su habitación, se marchaba tranquilo decidiendo que no había forma de que se hiciera daño ahí dentro, no imaginaba cómo podía hacerlo. Nunca nadie ha llegado tan mal a Casa Odisea como para que la misma no actúe a modo de eficaz antidepresivo.
Cuando nos armamos de valor, decidimos ir ambos a la habitación de la muchacha. Aquiles tenía la costumbre de mediar todo el tiempo, y es obvio que se le daba bien: mantener a todos los chicos que había en esa casa a raya no debía ser tarea fácil, lo cual es otra de esas cosas que no compra el dinero. Creo que me presentó a ella como “Un amigo”, “Un colega que quiere charlar contigo”… “si no te importa…”. Tras aquello, la chica asintió y el anfitrión se fue dejándome solo, algo que también solía hacer siempre.
Ya me había visto unas cuantas veces enfrentado a esa situación, y la primera regla era: jamás, nunca les entres intentando resultar simpático, ni con rollo alguno de Profesional “cercano”, Educador o Adalid de la Ética, porque es justo de toda esa mierda de la que han huido. Nada de Optimismo petulantemente académico mal disimulado por una potencial licenciatura en Sociología, ni discursos demasiado calculados. Solo guarda silencio algunos minutos y luego suelta tu información. No quieren nada más de ti, solo que seas una persona, y de hecho así tienes una pequeña posibilidad de que entablen conversación contigo. (Y por dios bendito, no sonrías o hagas muecas a menos que sea algo completamente sincero.)
Estaba sentada en una amplia silla de jardín pija, una de esas de paja, y de cara a un ventanal abierto que daba a unas colinas a las afueras de Sonora; una paisaje árido en gran parte que no carecía de encanto al sol del mediodía. Todo, la habitación apenas amueblada con una cama y el estante de los cd’s, el equipo, y además esa vista más atrayente cuanto más miraba uno, parecía hacer juego muy bien con el gesto impertérrito y aun así indiscutiblemente bello de la chica de los Olivares.
Me senté en una silla no demasiado cercana a la de ella. También me quedé mirando hacia la ventana.
–¿Cómo se llama aquel árbol de allí?… –dije, y lo intenté señalar.
–… –Me miró intentando decidir si estaba haciéndome pasar por alguien amable, de ese modo sintético que seguro ella era una experta en detectar.
–…
–No se llama de ninguna forma. Es una acacia.
Había estado a punto de perderla, de que perdiera toda confianza en mí. Hice la pregunta sin pensar demasiado, intentando hablar sobre la dirección en que se dirigía su mirada.
Estuvimos en silencio un buen rato más. El viento caliente de Sonora agitaba las hierbas altas y secas de las colinas, uno lo podía ver si estaba lo suficientemente abstraído. La acacia se resistía al aire ofreciendo su propia danza del abandono. Uno podía cavilar, hacer paralelismos con la situación personal de muchos de los chicos y las chicas de la Odisea, y también con la situación de uno mismo.
Me dijo que no me iba a complicar la vida, que sabía quién era yo, que sabía que su padre me estaría pagando una buena pasta para volver a creer que tenía una familia normal y unida. Repitió que en serio, que no me quería complicar la vida. Pero que la dejara un par de semanas más en la Odisea, y que le sacara a su padre toda la pasta que me tuviese que pagar por ese par de semanas. Que luego ella vendría conmigo y dejaría que la llevara del brazo al hogar. Yo no dije nada. Nos quedamos unas dos horas, puede que más, en silencio total, solo interrumpidos una vez por alguien que asomó la cabeza por la puerta entornada, para avisar de que había llegado comida encargada para todos. No respondimos, quien fuera se fue. En ningún momento en compañía de esa chica quince años menor que yo, pensé en la Chica Legendaria y Lejana que debía estar follando con otro en el Mundo Real. No porque me sintiera románticamente atraído por Sandra Olivares, sino porque allí, junto a ella, frente a esa ventana que daba a las afueras de Sonora, al fin conseguí sentirme como hacía mucho que no me sentía.

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