Así es en Sonora

Un chico de barrio fue a cantar una serenata a su novia enfadada. No le conozco, no sé si era alguien proclive a hacer cosas así o si sencillamente reunió fuerzas para que su chica viera hasta qué punto estaba dispuesto a ridiculizarse por ella.
Pero sí conocimos en parte la naturaleza de esa relación, hasta el punto de los detalles que supongo de normal no hubiesen salido de la alcoba.
La chica no solo se asomó a ver al chico mientras el muchacho intentaba cantar con tres mariachis; no solo sonrió proyectando el perdón ni se limitó a centrar su mirada sólo en la del muchacho de ese modo en que seguramente tan solo algunas mujeres saben hacerlo (es decir, obviando todo lo demás, trascendiendo formas y al resto del mundo).
Además de todo eso, que uno piensa es el final feliz de alguna discusión y que ya no le pueden sorprender más en su paseo de las tardes; además, la muchacha, en el balcón, se bajó las bragas y se subió el vestido. Y dejó ir un abundante chorro de pis encima del tipo, mientras los mariachis seguían tocando aun dando unos pasos hacia atrás, y los que mirábamos nos quedamos decidiendo cómo, exactamente, debíamos reaccionar.
Creo, de verdad, que es una escena bastante representativa de la ciudad de Sonora.

Llegué a Sonora practicando ese deporte mundial que es el de viajar para intentar huir de uno mismo. Como si al llegar a otro lugar te hicieran algún tipo de lavado cerebral y pudieras volver a empezar. Como si existiera tal cosa: Volver a Empezar. Huí más bien de una mujer; o no de ella, sino más concretamente de la certeza de que ella pasaba completamente de mí. Pensaba que irme lejos, mudarme, me ayudaría; pero resultó que antes ella solo era la chica de la que estaba colado, y luego pasó a ser la mujer Mítica y Lejana de la que continuaba enamorado; antes era, bueno, mi favorita, y luego pasó a ser Legendaria, una Diosa real a la que se follaba otro en otra franja horaria, que hacía milagros para ese otro, y que además seguramente debió suspirar aliviada de que yo me largara. La vida suele parecerse más a este tipo de aventuras que lo que nos suelen vender para vendernos cerveza o compresas. No me costaba imaginar al tipo que se la tirara como alguien que al verla no sintiese mucho más que la mera perspectiva de sexo. Es posible incluso que el tío tuviera en mente a otra que no le hiciese ni puto caso. Alguien dijo que la persona a la que amas y la que te ama nunca son la misma persona. Bueno, «nunca» es una palabra muy fuerte, pero puede que no tanto, puede que en este mundo sea, más que nada, descriptiva.
De modo que, por el procedimiento de seguir siendo un humano del montón con filosofías del montón y dramas del más puñetero y tópico montón posible, acabé en medio del antaño Desierto de Sonora, luego reconvertido en ciudad crecida de las ínfulas negociantes de unos cuantos triunfadores materiales de la vida a los que prosperar les parece un “encriptado” sinónimo de Destruir. Pero en el fondo puede que sólo más tíos de los que otras “mujeres legendarias” pasaron, y se refugiaron en la forma más sintética de triunfo; pero, ah, a la vez también la forma de triunfo más respetada. La DIGNIDAD con mayúsculas del presente occidental. Inflación académica parapetada en parámetros concretos para encaminar al mundo hacia su final rojo, lento, sangriento y ardiente: El ombligo metafísico de la tía que pasó de Dios, y que quizá sea el soporte del planeta en el que hacemos abdominales y creemos que sonreír no es algo espontáneo, sino eso que uno hace porque es más inteligente que todos esos perdedores, esos tíos que solo lloran y se quejan en sus vidas malolientes perdidas en supuestas necesidades o sentimientos.
Capullos de mierda…
Y yo era uno de ellos.
Pero había que ganar algo de pasta para poder llorar bajo techo, así que me inventé una, digamos, nueva personalidad. No quería volver a pasar horas y horas encerrado en talleres, almacenes u oficinas.

Me inventé a un tipo con una larga tradición detectivesca en su familia. Alguien que conoce todos los entresijos de una investigación. Alguien que encontraría a tu gato en menos de media hora, o a los maridos que salieron a por tabaco hace dos años. Alguien que sabe mezclarse en cualquier ambiente sin llamar la atención y a la vez haciendo preguntas extrañamente concretas. Pero el truco final, y que hizo que me comenzaran a llegar clientes, fue inflar los precios. Hay cierta clase alta –y no tan alta– de la sociedad que cree que lo bueno siempre es caro, y que lo barato siempre cuesta ídem. Como con todas las cosas, en eso también hay grises, pero cuando comencé a cobrarles lo que les cobraba por hora, si hacía algo extraño o fuera de lugar, era porque yo era un genio excéntrico; si tardaba mucho en resolver el caso era porque era demasiado complicado incluso para mí. Si no lo resolvía, era porque seguramente era imposible de resolver. Porque yo costaba mucha tela, y por tanto era alguien competente de verdad. Me compré un par de trajes en cuanto pude, y también gomina. Me mordía los carrillos en las conversaciones y asentía como si nada fuera nuevo para mí. Como si la desesperación de la gente por que yo les ayudara no fuera ninguna novedad, como si siempre estuviera pensando en hacer cualquier otra cosa, en que ya veríamos si aceptaba el caso, etc. Cuanto más complicado e inaccesible me veían los clientes, más seguros estaban de que yo era la solución; no como ellos, que perdían las llaves en su propio piso y tardaban una hora en volver a encontrarlas. Gente normal y estúpida… Casi me lo llegué a creer.
De alguna forma, comencé a ganar dinero gracias a esa desesperación ajena. Fíjate en la expresión de una madre cuando cree que ha perdido a su hijo pequeño en la calle en medio de una multitud: esa expresión es capaz de conseguir dinero de debajo de las piedras, dinero que viaja a tu bolsillo a ritmo de sonata de drama familiar para piano y orquesta. Cualquier político o empresario lo sabe. Incluso las familias de clase media están dispuestas a meterse en una segunda hipoteca si hace falta con tal de beneficiarse de tu supuesto talento. Lo pone bien claro en el anuncio del periódico, un pastón por el servicio, pero por un servicio bien hecho, no como esas otras agencias baratas y sus capacidades baratas. Si había algo mejor que una mentira, era un montón de mentiras demasiado rebuscadas como para que nadie dudara de ti. Además el mundo ya era así, los tíos que lo llevaban en volandas hacia el crematorio del fin de los días no eran más que grandes mentirosos enterrados en medallas, “trayectorias impecables” y miles de comparecencias ante las masas con la subsiguiente cobertura en los medios. Ser importante no conllevaba necesariamente ser alguien con grandes capacidades intelectuales, o dotado para una gran ética o un sentido inteligente de la moral. Lo que necesitabas era empuje, ambición y una carencia escalofriante de principios propios y sentido de la empatía.
Mi caso no era tan grave, obviamente. Simplemente la gente buscaba ayuda de forma puntual y yo me ofrecía a ayudarles. Solo que no tenía experiencia alguna, y tuve que ir aprendiendo sobre la marcha. Siempre tenía buenas intenciones. Pero eso sí, tenía que seguir sabiendo venderme; lo cual hacía que tuviera que montar siempre mi elaborado teatro de la mitificación.

Había tenido un par de golpes de suerte al principio de mi andadura en Sonora (obviamente); había encontrado relativamente rápido a una pareja de adolescentes huidos y a una chica que se había escapado también de su casa (de sus horribles padres, en realidad). De modo que cuando me ofrecieron el caso de Sandra Olivares, pensé que no podía complicarse mucho.
Primero me llamó el padre. Parecía bastante serio, incluso crispado (más que triste). Le dije que en cinco días podía ponerme con su caso, que estaba muy ocupado. En ese momento ya ponía caras interesantes incluso hablando por teléfono. El tipo me gritó que quién me creía que era. Sin subir el tono de voz, y tras dar varios rodeos, le dije que muy bien, que al día siguiente me presentaría en su casa. Todo debía sonar siempre como si yo tuviera algo mucho más importante entre manos, como si mi intervención asegurara la resolución del problema, de los problemas en general. Insisto, tenían que verme como cuando un niño ve a su progenitor y cree que ese hombre puede hacerlo todo, pero sin la parte en la que el crío crece y se da cuenta de que papá es sólo otro tipo del montón tan limitado como cualquier otro…
Al hablar al día siguiente con el tipo en casa de los Olivares, enseguida me di cuenta de que era otro de los míos. La mujer sentada a su lado solo era un “apaño”, la mujer a la que él quería debía vagar por sus recuerdos, aún con veintipocos años, y con otro tipo, algún otro desgraciado cuya chica amada real debía andar con algún otro otro. Era una plaga.
Me dieron varias fotos de Sandra, algunas eran muy profesionales. La chica tenía 20 años. Parecía una versión morena de Sophie Guillemin, busto generoso y sonrisa infantil: sin duda el futuro quebradero de cabeza amoroso de algún chaval al que ella no haría caso, si no lo era ya. La madre era muy servicial, tenía una mirada vagamente consternada, más allá del asunto de su hija; creo que sabía en el fondo que ella no había sido nunca la primera opción de su marido, así que estaba todo el tiempo a punto de ir a por café, a punto de ir a cocinar, a punto de poner una mano en el hombro de su querido como apoyo moral…; estaba inquieta y deseando ser útil, o al menos no ser un estorbo. No me pareció que ella tuviera exactamente el mismo problema emocional que él, era peor, daba más la sensación de que nadie la hubiera querido nunca de verdad, puede que ni sus padres pasada la etapa de lactancia.
Puede que estuviera completamente equivocado con mi análisis de los Olivares, pero cuando uno sospechaba ese tipo de historias no solía equivocarse de mucho. Se podía respirar esa tensión en la casa, igual que notarías el olor de los porros de haber estado alguien varios años fumándolos en ella. Era como estar en una casa encantada antes de que comenzaran las desgracias.

Tenía una lista de locales y gente que ella frecuentaba. La redactó su madre, con una caligrafía infantil que podía romperte el corazón. Casi todo lo que hacía esa mujer te acababa dando una pena horrible; y lo más curioso es que ni aun así te daban ganas de llevártela a un lado y hablar con ella o darle un abrazo. Comencé a sentir cierta ansiedad con que al menos la hija la quisiese un poco, un poco más que a su móvil o a los polvos con desconocidos: no me parecía fácil… Si lo pensabas bien, era una familia bastante típica. Eso llamado familias disfuncionales no es una excepción, a mí me parece más bien la confirmación de que muchas veces la excepción no es la que confirma la regla, sino la que la define como falsedad acomodaticia. Los ejercicios de negación comunes tienen una fuerza inusitada en las sociedades supuestamente evolucionadas, y en ese contexto Sonora suele erigirse como terremoto sentimental que hace salir a la superficie lo que en otras ciudades queda bastante bien soterrado. “Bien”. Pero eso tiene sus ventajas, y es que la gente aquí no se esfuerza demasiado en disimular, como tampoco en hacer alarde de excentricidad. No está tan latente como en otros lugares ese mirar de reojo constantemente a los demás para intentar intuir qué estarán pensando de uno. Si lo que le va a mi novio es la lluvia dorada, pues lluvia dorada; si me quiero ir de casa, pues lo pruebo; si no quiero a mi mujer, pues qué se le va hacer ya a mi edad y con una hija… La vida sigue, y justificarla constantemente es una perdida de tiempo para los habitantes de Sonora, que parecen tener siempre muy presente que van a morir, y que esa frase hecha sobre que lo importante no es la meta sino el camino, solo opera cuando ves tu vida desde el nacimiento hasta la muerte, sin contar las pequeñas historias o retos de en medio, a los que no aplican dicha filosofía; sí, disfruta el camino, pero no pierdas siempre, ni arriesgues a perderlo todo, nadie tolera eso, ni en ellos mismos ni en los demás (a no ser para crucificarles). Tampoco he topado aún con ningún creyente; creo que las cuestiones religiosas solo son algo demasiado complejo e invisible para la gente de aquí. No es que no tengan fe, es que no parecen dispuestos a tenerla con nada con lo que no vayan a toparse antes del lecho de muerte. Se trata de una especie de férrea filosofía sobre la vida, pero no particularmente voluntaria o planeada, sino basada en un sentido común que alguno podría catalogar de demasiado pragmático, pero que personalmente considero: relajadamente cabal.

La primera duda estaba clara. Y era si Sandra habría huido de Sonora o seguiría en ella. La gente de Sonora no es muy proclive a eso de “coger el coche y a la aventura”. La segunda duda era si estaría con alguien, con algún chico o alguna amiga.
Me fui a uno de los bares de la lista. El golpe de suerte mayor consistía en la posibilidad de encontrarla en uno de ellos; pero el plan realista era hablar con la gente, preguntar, insistir; en el peor de los casos: atosigar. Me sentía muy fuera de lugar en ese garito. Era por lo menos diez años mayor que casi todos. Las chicas estaban a poco de poder ser mis hijas; los chicos daban la sensación de ser críos en comparación con las chicas, todas cuidadosamente emperifolladas, ya fuera para parecer mujeres o para parecer modernas. Los muchachos tenían cara de alumnos traviesos y obviamente buscaban sexo como una mosca busca mierda. Incluso los más tímidos parecían ansiosos. Era algo distinto a cuando yo salía; entonces la mitad o más éramos una panda de vírgenes o semivírgenes, casi te resultaba violento imaginar a un colega tuyo liándose con alguien. Estos casi-aún-niños de 17, 18, 19 años… estaban hechos de otra pasta. O al menos así daban la sensación de ser en Sonora entonces.
Vale, se me olvidó un dato importante: Sandra llevaba desaparecida tres semanas, no más. Pero solo Dios sabe por qué la policía no estaba en ello. Caí en la cuenta de eso en ese garito cuando conseguí dar conversación a dos chavales. Todo el asunto comenzó a oler fatal, el padre de la chica tenía fama de estar metido en varios chanchullos. Uno de los chicos me dijo que le sorprendía que nadie hubiera pedido un rescate aún. Incluso me detallaron una posible escena en la que unos secuestradores pudieran haber matado sin querer a Sandra. Su cadáver mal enterrado en vete a saber dónde. Eso no era bueno para mi gana-pan. No todo el mundo te paga por decirles que su hija ha muerto; es decir, en aquel momento no lo tenía tan en cuenta, pero a veces muere alguien, no entra en estadísticas tercermundistas, y eso te puede destrozar la vida. Seguramente se refieren a ese tipo de cosas cuando dicen que el dinero no compra la felicidad. Porque no compra la inmortalidad, ni la resurrección de tu niña quizá terriblemente violada y asesinada.
Qué sabíamos nosotros, solo estuvimos fantaseando un rato, echándonos unas risas a mala leche. Tres chicas se apuntaron más tarde, eran amigas de los chavales con quien estaba. Ya de entrada parecía ser uno de esos grupos en los que la amistad había nacido en la más tierna infancia, ellas querían seguir creyendo que esa amistad seguía igual e imperturbable, y probablemente ellos tenían fantasías en las que ellas hacían cosas inconfesablemente guarras en la cama con ellos. Casi tenía ganas de advertirles sobre todas las formas fáciles de perder amigos, sobre las complicaciones de los grupos de amigos unisex en los que las chicas no están ni en calidad de “novia de”, sino sólo como solteras en la edad del bollycao. El masculino de Ninfómana es Chico Adolescente (u Hombre). Podía ver el futuro inmediato de esos chavales en 3D y pantalla Imax, todo tenía un punto deprimente; pero a la gente adulta le parecen entrañables esas cosas, adoran los tópicos de juventud (ciertos o falsos); nunca parecen recordar el dolor intenso del rechazo o la perdida o las separaciones, sumado al dolor de huevos tras largos morreos que acababan a menudo en pajas inevitables. Todo ese largo etcétera de noches dulces y AMARGAS a la vez. La verdad, en mi caso, y sin haber sido del todo un perdedor, no echo de menos en absoluto aquella etapa, y ahora me enorgullezco de haber sido aquel muchacho que más bien repudiaba en gran medida ese mantra que habla sobre “la mejor fase de la vida”, que se dice está en esos años y que luego todo va a peor. Puede que yo no perdiera la virginidad a los 16, pero me ahorré un montón de dolores de cabeza (y aun así sufrí un buen montón de ellos). Casi quería decirles que a los treinta nadie muere, y que de hecho se sigue siendo joven, y que la vida resulta más clara, más inmediata, la polla se te sigue poniendo dura y las mujeres siguen estando buenísimas.
Cómo odiaba esas monsergas adultas sobre la juventud que solo añadían presión a la juventud para que no dejaran de hacer cosas y corrieran (y se corrieran) a toda velocidad… Pero callé, me limité a estar ahí con ellos, y tardaron muy poco en caerme bien, quizá por eso me daban ganas de abrirme. De todas formas no tenía la presión de quedar bien con nadie, o de gustar a las chicas del grupo, que seguro me veían en un planeta distinto al de ellas.

Las mujeres seguían estando buenísimas, e incluso en muchos casos eran más reposadas y tratables que a los 20 años, pero era inevitable no seguir notando la atracción que ejercían esas muchachas de caras aún casi infantiles, redondas, y ese brillo de los ojos, no solo juvenil, sino a veces también casi pornográfico, y en constante sed de una diversión que, para desgracia de mis nuevos colegas, raramente buscaban en amigos de la infancia. Ese “palabro” nuevo, «Follamigo», no era más que otra modernez vacía, un eufemismo calculadamente malsonante para volver a disfrazar el sexo de algo más “correcto”. Porque el amigo del bollycao, el amigo de verdad, lo tiene crudo para mojar si ella realmente puede elegir.
Los dos chicos estaban enamorados de sus amigas, cada uno de una de ellas. Y ellos no gustaban a la tercera, pero ésta se sentía repudiada. A veces no es que quieras que te quiera alguien concreto; pero en ciertas circunstancias el solo hecho de que ese alguien quiera a otra persona muy próxima y no a ti, puede llegar a doler, aunque en realidad solo le fueras a dar una calabaza si fuera a por ti. Así se sentía esa tercera chica, y además le pasaba no con un chico, sino con dos, y desde hacía ya la tira. Creo que el motivo era que ella estaba un poco más rellenita. Eso te hacía dudar sobre si lo que esos chavales sentían por las otras era profundo en realidad; pero siendo tan jóvenes no hacía falta demasiado para que la cosa hubiera comenzado como el obvio deseo de sexo, y que eso hubiera “degenerado” en un cuelgue mero producto del claro rechazo de las chicas. Era todo tan tópico que chirriaba.
No es que dedujera toda esa historia solo echando unas cervezas con ellos, es que justo ese día la cosa se complicó entre ellos, y la chica “en discordia”, herida claramente en su orgullo desde hacía mucho, soltó toda la parrafada cuando uno de los muchachos, tras ser (otra vez) rechazado por la chica que le gustaba, atacó a la chica rellenita en un patético intento de dar celos a su objetivo real. De modo que, la chica rellenita no solo le separó de sí dejándole muy claro que ella no era el segundo plato de nadie (o el monigote con quien dar celos a nadie), sino que además no dudó en acusar a ambos amigos en voz alta y clara de llevar más de dos años detrás de sus amigas a la vez que hacían como que no, y añadió que en cada ocasión que quedaban en grupo, ella (la chica rellenita) cada vez se sentía más estúpida, más mascota de ellos, y que más valía que solucionasen ese rollo, porque ella ya se había cansado de ser algo así como la aguantavelas de dos relaciones que ni tan siquiera existían, etc. En fin, era algo ambiguo, y creo que la muchacha no se acabó de saber explicar, acabando por quedar más como una perdedora frustrada que como cualquier otra cosa. Pero no cabe duda que sacó los colores a sus amigos, sobre todo porque las otras dos chicas no se sentían acusadas de nada demasiado grave, a la vez que miraban alternando a la chica rellenita y a los chicos, que eran quienes realmente estaban dando más sensación de ridículo.
Yo observé la escena desde fuera, no solo en cuanto a cierta distancia física, sino también generacionalmente. Agradecí otra vez en silencio el no seguir en esa etapa de la vida, y salí a fumar con una sonrisa algo maliciosa en la cara. Las crueldades y los líos seguían siendo los mismos de toda la vida entre los postadolescentes, solo que ahora la tensión sexual parecía ser mayor, debido a que la presión para que te liaras con alguien, para que follaras y vivieras a tope cada día, era tan dura e insistente como la que las parejas de tiempos ha tenían con lo de no hacer casi nada antes del matrimonio.
Sonora no se había librado de eso. Vivía en ese otro extremo ético, como todas las demás ciudades supuestamente civilizadas y avanzadas. Los casos de chavales que huían de sus casas eran muy habituales, y siempre eran casos relacionados de un modo u otro con la vida nocturna. Muchos de esos padres no entendían que entraban en contradicción cuando hacían apología de esa juventud que a ellos ya se les pasó. Muchos de esos padres eran, en resumen, padres terriblemente malos; malos en el sentido de completamente incapacitados, y con un orgullo de autoridad que en suma les convertía en poco más que patrones opacos para sus hijos. Me encontré continuamente en medio de conversaciones en las que el argumento más recurrente de algunos de esos progenitores solía ser, de un modo u otro, el dinero. Frases desgastadas como “Cuando tú ganes tu sueldo y tengas tu casa llegas a la hora que quieras”, o, “Mientras vivas bajo este techo…”. Si uno escuchaba bien, y si no fuera porque además eran frases mecánicas en las que ni tan siquiera se paraban a pensar (porque en general no se paraban a pensar en nada), era casi como si culparan a sus hijos por haber crecido en el vientre de sus madres sin avisar para luego comenzar a pedir y pedir, «¡como si todo fuera gratis!». Diálogos que ya todo el mundo ha oído y que ya son poco más que ruido, analizados te llevaban a conclusiones aterradoras, a la detección fácil de hipocresías salvajes y peligrosas (desde el punto de vista educativo), pero sobre todo me escandalizaba el que, queriendo como querían de verdad a sus hijos (al menos casi siempre), tuvieran tan pocos argumentos con sentido para demostrarlo de verdad, tan pocos recursos propios; y esa manera de caer casi todo el tiempo en semejantes lugares comunes, siempre asociados con lo material (dando a entender que eso le definía a uno)… Era casi como si uno pudiera entender el capitalismo salvaje de repente, entender su origen, y que éste podía estar también en el salón de familias de clase media humildes, que, sin quererlo, parecían empeñadas en cavar sus propias tumbas sistemáticas, morales, éticas, pasándose la pala de generación en generación.

No siempre tenías que dar con pistas concretas que te llevaran a otras pistas. La senda hacia la resolución del caso no siempre era un trabajo policial con pautas cerradas e informes vacíos. A veces tener una vivencia “indirectamente” relacionada te podía dar una idea con la que saltarte unos cuantos rodeos, unas cuantas deducciones estériles. Comencé a creer que tenía un sexto sentido relacionado con la intuición. No era una fantasía, me había funcionado de verdad en casos anteriores. La prueba está en que he podido seguir mitificando a “mi chica” bajo techo en otra ciudad, he comido bastante bien, y hasta de vez en cuando doy un paseo con café incluido en la plaza más concurrida de Sonora: una especie de recordatorio estético de Roma (o eso creo, nunca he ido a Roma).
Es decir, a veces conocer de verdad el ambiente en el que se ha movido siempre la persona que buscas, te acerca a la idea de base sobre por qué ha huido (y en ocasiones incluso hacia dónde). No hacía falta estar hecho de una pasta especial para intuir que vivir en casa de los Olivares tuvo que ser deprimente para esa chica hasta límites insospechados. Con un padre que parecía ser claramente el típico gran Empresario (en el peor sentido de la palabra), una persona para la que su hija ya no era tanto una responsabilidad para la que se requiere un agudo sentido de la sensibilidad, como otra tarea material más que tachar en la agenda mensual. Con una madre totalmente anulada a sí misma, profundamente amargada, probablemente cornuda, y sujeta a un clavo ardiendo para no ser engullida por la voracidad occidental. No era de extrañar que las relaciones estuvieran muy caldeadas en esa casa, y que Sandra no viera más salida a la salvación de lo que ella era, que largarse cuanto antes de allí. Una chica tiene derecho a ser ella misma (aunque pase del tío que la quiere de verdad y se líe con algún capullo que está con ella porque la muchacha a la que querría de verdad le rechaza).
Apenas pisé un par de baretos más, y conociendo a más chicas como ella, “infiltrándome” en grupos de amigos y viendo que en realidad solo estaba haciendo un estudio involuntario de la frustración existencial, emocional y sexual de Sonora, decidí que todo apuntaba a la Casa Odisea.
Era un lugar de paso para algunos jóvenes, pero también una especie de comuna de lujo a la que algunos acudían cuando no soportaban más el ambiente en sus casas. Al principio me hizo pensar en la secta de Manson, pero el tipo ricachón que sonreía y acogía a toda esa piel tersa en su mansión te recordaba más a Hugh Hefner (o a Gatsby, si querías ser amable). El, muy a menudo, relajado carácter de los habitantes de Sonora, ha hecho que casi nadie especule mucho con lo que pasa en esa ampulosa construcción, que en realidad, y como yo había descubierto ya, no es más que una especie de hotel gratuito, en el que su dueño solo te acoge si decide que no le vas a causar problemas. Obviamente ganas puntos si eres joven y no tienes lugar en el que quedarte, y es obvio que el tipo no es reacio a tener relaciones sexuales con, se dice, tanto chicos como chicas; pero se suele asegurar que jamás chantajea a nadie con ello. La descripción de excéntrico millonario venía muy a cuento. Y, para qué voy a hacerme el interesante a estas alturas: la mayoría de casos que he resuelto han tenido que ver con dos factores: lo reacias que son ciertas familias en contactar con la poli, y que más de la mitad de los chicos y chicas perdidos solían quedarse en la Casa Odisea. Yo soy, en gran parte, una farsa, pero lo único que hago es habitar las brechas de la sociedad, sacar petróleo de ellas. Si todos esos padres hombres de negocios de clase alta no desviaran pasta a cuentas en paraísos fiscales, ni estuvieran asociados con ninguna trama de corrupción, podrían llamar a la poli sin problemas o miedos, y en lugar de esperarme a mí y pagar un pastón, tendrían el asunto resuelto en unas horas y gratis. Pero supongo que cuando todo en tu vida lo basas en el dinero, al final te acabas convirtiendo en un yonqui del mismo, y esos tíos deben encontrar incluso cierto placer en gastar y gastar, supongo que como muchas de esas pijas yendo de compras: ya no se trata tanto de qué compres, sino de la persona que eres capaz de fabricar con la pasta que ganas, y que esa persona tiene que sobresalir y a la vez encajar, tiene que erigirse en la proyección fascinante de un ente lleno de carácter y medios; aunque todo, al final, solo sea un montaje, y lo que fueras tú de verdad, haya quedado engullido por el monstruo de papel conformado por todos los documentos oficiales que te acreditan como apto o apta para este mundo que a menudo dices está enfermo.

Así que me acerqué la casa de Hefner, de Gatsby, en la que ya era un conocido, casi un amigo de no ser por mis insistentes negativas a quedarme a dormir algún día. Hefner no era Hefner, ni Gatsby: se llamaba Aquiles Galán, y era y es un cincuentón muy bien conservado y soltero, alguien cuyo trabajo consiste en hacer y recibir llamadas para poner al día sus múltiples negocios, los cuales son más bien un misterio, no porque tengan que ser ilegales, sino porque no habla nunca de ellos. De hecho hubiera sido raro que los padres corruptos de muchas de las “criaturas” que acababan en Casa Odisea no le conocieran si de verdad hubiese sido uno de los suyos.
Nunca hablo con nadie en Sonora de mis habituales visitas a la casa, eso daría pie a otras preguntas que no estaría dispuesto a contestar.
Aquiles me invitó a pasar a su despacho del segundo piso (había tres). De camino tuvimos que esquivar a más de una veinteñaera jugando a perseguir a alguna otra, todas descalzas, en bragas y camiseta. El ambiente en la casa siempre tiene esa tensión de que en cualquier momento alguien podría follarse a alguien, o alguien podría rasgar una guitarra o comenzar a liarse un porro (el único tipo de droga que he visto allí), y se hace. Siempre suele haber varios hilos musicales dependiendo de la habitación que tengas cerca, curiosamente mucha música de los setenta, la cual suele gustar a los chicos y chicas que deciden quedarse un tiempo en la casa, y que obviamente les hace pensar en la época de los hippies, quizá en Woodstock, el amor libre, etc. Una etapa de la historia que ya está casi más asociada con sus abuelos que con sus padres, cosa que probablemente saben, y que si es así seguramente les encanta. Por regla general los jóvenes de Sonora repudian a sus padres y odian lo que representan, pero sobre todo les aterra la idea de acabar siendo como ellos. Se podría decir que es una característica poco novedosa en los hijos, pero en Sonora esa preocupación resulta aún más común, no suele quedar disfrazada o apartada fácilmente: muchos actos de los hijos suelen tener como objeto el alejarse filosóficamente lo más posible de los padres. De su sentido de la responsabilidad y del concepto cuadriculado que suelen tener casi siempre sobre la vida, hasta el punto de que cualquier revés de agenda no es algo lógico de vez en cuando para ellos, sino una imperfección irritante del universo que deben pulir cuanto antes para que la pasta siga fluyendo. La ideología de los chavales suele definirse por la despreocupada falta de una ideología clara, y la forma de pensar de sus progenitores se basa en el clásico plan de adaptarse al clima social imperante sea cual sea, ya sea justo para todos o aberrante para la mayoría.
Lo que parece definir el modo de ser y de actuar de Aquiles, es el empeño por habitar un término medio simbólico entre esos dos bandos generacionales claros de Sonora. Por un lado es un hombre de negocios que conoce perfectamente las claves del triunfo capitalista, y por otro, parece entender perfectamente la frustración y el pasotismo de esos chavales, que se resisten a aceptar la idea de un futuro en el que tengan que entregar cuerpo y alma a una maquinaria social a la que apenas ven sentido. En mi opinión, Aquiles intenta salvar su propia alma no juzgando a esos chicos, haciendo un ejercicio de compresión para con esa juventud que raramente otro adulto está dispuesto a hacer. Y claro, ya de paso no duda en mezclarse con ellos, y a su vez evitar cierto tipo de vida de Hombre de familia que está claro no le va en absoluto.
Aquel día me invitó a tomar asiento como siempre, creo que me ve bastante parecido a él, sin demasiadas ganas de parecerme a todo Dios para respirar tranquilo. Alguien diría que estamos dotados del mismo tipo de inmoralidad o irresponsabilidad. Somos como socios, e incluso él me anima a seguir con mis tareas de investigador mitad currante mitad farsante. Sabe que sin Casa Odisea mi carrera podría irse a pique, aunque cuando surge el tema siempre me anima y me dice que seguro que saldría adelante. Al final, a veces ser un farsante cuesta el mismo trabajo que ser legal, eres como ese alumno que a base de ingenio piensa y prepara una sofisticada chuleta dedicando un tiempo que dedicado al estudio quizá le hubiera dado el mismo resultado. Ser ilegal o supuestamente deshonesto no siempre es sinónimo de ser un vago o un mal bicho, sobre todo cuando se trata de dinero o números en general (aún amos del mundo). Por suerte Sonora no está llena de gente con lupas éticas y morales. Poner o no el culo aquí es una decisión personal, y se suele respetar como tal.
De entrada bromeamos como siempre con la posibilidad de que las chicas y los chicos de la casa me odien por ser el tipo que viene a devolverles a casa, y Aquiles como siempre me dijo que me callara, que incluso había un par de chicas a las que no les hubiese importado que yo me quedara a pasar alguna noche allí. Aquiles siempre dice que quienes habitan su casa nunca sienten la presión en sentido alguno, ni de seguir en ella ni de irse. Algo que debe ser verdad, porque nunca he encontrado grandes impedimentos para acompañar de vuelta a sus hogares a ninguno de los chicos, los cuales la mayoría sobre todo intentan dar un toque de aviso a sus padres, o simplemente sacarles de su negación vital. Muchos de esos chicos descubren que sus progenitores son seres sensibles y no solo monstruos voraces, cuando les dan un susto de verdad. Aunque otras veces hay padres que no solo se resisten a mostrar sensibilidad cuando el niño o la niña vuelven a casa, sino que añaden a todo el asunto una bronca aleccionadora impresionante sobre la responsabilidad y qué cosas se han de hacer y cuáles no. Lo cual deriva muchas veces en segundas y terceras huidas del hogar para dar otra vez con Casa Odisea, con mi subsiguiente nueva visita a Aquiles y otra devuelta a los padres de la criatura de turno, que si vuelve a ser recibida en casa con gritos metálicos y fríos, no duda en volver a escaparse. Evidentemente la idea de Hogar no es la misma para los hijos que para los padres. Para los padres es una cuestión de propiedad inmobiliaria y aspectos consanguíneos, pero para los hijos tiene que ver más con dónde les hacen sentirse realmente en casa. Así es en Sonora. Lo cierto es que la mayoría de veces uno no sabe bien por qué habría que ponerse de lado de los padres en esa guerra.
Le dije a Aquiles que estaba buscando a una chica, muy guapa, muchas curvas, pecas, morena, sonrisa endiabladamente encantadora, de nombre Sandra. Aquiles solía acordarse de todo en lo que respecta a sus inquilinos, pero una descripción física ayudaba mucho… Esa chica lleva días en el tercer piso, en una de las habitaciones más pequeñas –me dijo– aunque no ha sonreído demasiado, mucho menos cuando alguno de los chicos ha intentando hablar con ella, llegó sola. Él les dijo a los demás que la dejaran en paz hasta que ella decidiera abrirse, relajarse. Aquiles tenía miedo de que la chica decidiera cortarse las venas o algo así, de modo que pasaba de vez en cuando cerca de la habitación y espiaba, la puerta no siempre estaba cerrada del todo, a menudo estaba entornada; creo que ella lo prefería así, para tranquilizar a los demás y que a la vez la dejaran sola. Solo cerraba cuando decidía poner música en el equipo de la habitación, en casi todas había uno. Raramente ponía algo que no fuera Pink Floyd o Jefferson Airplane. Aquiles aún funcionaba solo con cd’s, y los había por toda la casa en pequeñas estanterías. Cuando se pasaba por el tercer piso y oía música en su habitación, se marchaba tranquilo decidiendo que no había forma de que se hiciera daño ahí dentro, no imaginaba cómo podía hacerlo. Nunca nadie ha llegado tan mal a Casa Odisea como para que la misma no actúe a modo de eficaz antidepresivo.
Cuando nos armamos de valor, decidimos ir ambos a la habitación de la muchacha. Aquiles tenía la costumbre de mediar todo el tiempo, y es obvio que se le daba bien: mantener a todos los chicos que había en esa casa a raya no debía ser tarea fácil, lo cual es otra de esas cosas que no compra el dinero. Creo que me presentó a ella como “Un amigo”, “Un colega que quiere charlar contigo”… “si no te importa…”. Tras aquello, la chica asintió y el anfitrión se fue dejándome solo, algo que también solía hacer siempre.
Ya me había visto unas cuantas veces enfrentado a esa situación, y la primera regla era: jamás, nunca les entres intentando resultar simpático, ni con rollo alguno de Profesional “cercano”, Educador o Adalid de la Ética, porque es justo de toda esa mierda de la que han huido. Nada de Optimismo petulantemente académico mal disimulado por una potencial licenciatura en Sociología, ni discursos demasiado calculados. Solo guarda silencio algunos minutos y luego suelta tu información. No quieren nada más de ti, solo que seas una persona, y de hecho así tienes una pequeña posibilidad de que entablen conversación contigo. (Y por dios bendito, no sonrías o hagas muecas a menos que sea algo completamente sincero.)
Estaba sentada en una amplia silla de jardín pija, una de esas de paja, y de cara a un ventanal abierto que daba a unas colinas a las afueras de Sonora; una paisaje árido en gran parte que no carecía de encanto al sol del mediodía. Todo, la habitación apenas amueblada con una cama y el estante de los cd’s, el equipo, y además esa vista más atrayente cuanto más miraba uno, parecía hacer juego muy bien con el gesto impertérrito y aun así indiscutiblemente bello de la chica de los Olivares.
Me senté en una silla no demasiado cercana a la de ella. También me quedé mirando hacia la ventana.
–¿Cómo se llama aquel árbol de allí?… –dije, y lo intenté señalar.
–… –Me miró intentando decidir si estaba haciéndome pasar por alguien amable, de ese modo sintético que seguro ella era una experta en detectar.
–…
–No se llama de ninguna forma. Es una acacia.
Había estado a punto de perderla, de que perdiera toda confianza en mí. Hice la pregunta sin pensar demasiado, intentando hablar sobre la dirección en que se dirigía su mirada.
Estuvimos en silencio un buen rato más. El viento caliente de Sonora agitaba las hierbas altas y secas de las colinas, uno lo podía ver si estaba lo suficientemente abstraído. La acacia se resistía al aire ofreciendo su propia danza del abandono. Uno podía cavilar, hacer paralelismos con la situación personal de muchos de los chicos y las chicas de la Odisea, y también con la situación de uno mismo.
Me dijo que no me iba a complicar la vida, que sabía quién era yo, que sabía que su padre me estaría pagando una buena pasta para volver a creer que tenía una familia normal y unida. Repitió que en serio, que no me quería complicar la vida. Pero que la dejara un par de semanas más en la Odisea, y que le sacara a su padre toda la pasta que me tuviese que pagar por ese par de semanas. Que luego ella vendría conmigo y dejaría que la llevara del brazo al hogar. Yo no dije nada. Nos quedamos unas dos horas, puede que más, en silencio total, solo interrumpidos una vez por alguien que asomó la cabeza por la puerta entornada, para avisar de que había llegado comida encargada para todos. No respondimos, quien fuera se fue. En ningún momento en compañía de esa chica quince años menor que yo, pensé en la Chica Legendaria y Lejana que debía estar follando con otro en el Mundo Real. No porque me sintiera románticamente atraído por Sandra Olivares, sino porque allí, junto a ella, frente a esa ventana que daba a las afueras de Sonora, al fin conseguí sentirme como hacía mucho que no me sentía.

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8 comentarios en “Así es en Sonora

  1. Buen análisis de la sociedad actual. Aunque no puedo evitar quedarme con “Casi quería decirles que a los treinta nadie muere, y que de hecho se sigue siendo joven, y que la vida resulta más clara, más inmediata, la polla se te sigue poniendo dura y las mujeres siguen estando buenísimas”. 😉

  2. Sobra decirlo pero… excelente narración. El mundo que narra el protagonista es muy detallado, como de novela negra. En algunos puntos, y no sé exactamente porqué, me recordó “Ciudad de Cristal” (de la “Trilogía de Nueva York” de Paul Auster) se puede sentir lo oscuro del mismo, la sensación de reconocer que las preocupaciones de la juventud eran tonteras, y el alivio del protagonista al poder vivirlas desde otra perspectiva, tal vez aprendiendo de ello que la melancolía de su presente (la Chica Legendaria) también sería algo que con el tiempo reconocería como fútil.

    Finalmente, tanto el protagonista como Sandra Olivares se han evadido de sí mismos y me resulta especialmente representativa de ello la escena final: ambos mirando a través de la ventana, sabiendo que regresarán pero reconociendo que necesitan un poco más de tiempo.

    Excelentes toques de humor aquí y allá, para muestra me quedo con “Pero había que ganar algo de pasta para poder llorar bajo techo”.

    Saludos.

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