Épico encuentro indirecto con Beatriz*

Es mi terraza favorita, aunque a ráfagas. Coincido de vez en cuando con ese señor gordo que se dedica a sus cosas. Mirar al vacío, leer el periódico, o a veces mirar el periódico, leer el vacío, disimular para sí mismo que lee, o que mientras mira al vacío no tiene la mente en blanco, sino llena de pensamientos profundos, etc. A veces interrumpe su frenético ritual personal para ir al lavabo. Raramente pide otra cosa que no sea una cerveza. Suele fumar un puro. Y lo curioso es que cuando hablo de él con mis amigos me refiero a él como Señor Obeso. Al cabo del tiempo me ha comenzado a caer bien. No sé si sencillamente porque parece un hombre incapaz de hacer daño, o porque yo no estoy tan mayor o absorto en el vacío o las páginas centrales de los periódicos, en las que siempre suele haber grandes fotos de celebridades con prominentes escotes añadiendo sal a noticias estúpidas sobre sus vidas privadas públicas. Ambos, muchas tardes, seguramente observados desde fuera, hemos podido parecer simplemente tíos capaces de la soledad, o por contra víctimas de la depresión creciente. Todo depende siempre de quién nos vea; y sobre todo si se trata de alguna persona a la que le guste realmente hacer milimétricos análisis sobre lo que unos llamarían aburrimiento, y otros tranquilidad. A veces uno cree que casi nunca pasa nada, y otras veces que cualquier cosa tiene un interés tal que todo es susceptible de hundirse en filosofía montado en conversaciones que no tienen fin, y que irritan a unos tanto como fascinan a otros. Yo diría que, en general, es todo bastante irritante, mucho más vacío que lleno, mucho más circunstancial que predestinado; coyuntural, y no parte del plan de ente universal alguno que actúe como voyeur desde una sala llena de pantallas ubicada en alguna realidad paralela.
Se le puede sacar punta a todo. Pero si me dispongo a rememorar cierta tarde concreta que pasé en esa terraza a dos mesas del señor obeso, es por mi, como yo lo bauticé, épico encuentro indirecto con Beatriz*. Últimamente mis encuentros con ella son escasos, y nunca lo son de cuerpo presente, siempre tienen que ver con otras personas, otras imágenes, otras historias que solo relaciono con ella por ansiosa asociación. Por eso de que todos vemos el mundo con nuestro filtro.

Era otra tarde de echar al montón. Otra vez mi cortado y mi propio ritual; aunque yo soy, digamos, menos contemplativo. Cojo el periódico que no esté usando el señor obeso y busco de verdad algún artículo que me interese leer. Fumo dos o tres cigarrillos, pago y casi siempre paso por el lavabo antes de irme. Todo lo hago con lo que yo considero parsimonia, en unos 25 o 30 minutos. Una media hora en la que no suele pasar nada, nada que pueda interesar al publico de multisalas al menos. Nada más allá de que me dé por mutilar alguna página del diario que me interese, u otras “gamberradas” de pimpollo curioso y tardío. El señor obeso tiene tanta facilidad para pasar de mí como yo para pasar de él; convivimos ese rato en un acuerdo silencioso de no rellenar esos minutos también de saludos protocolarios o educación de inercia. Es un homenaje diario al silencio, una oda coyuntural a nuestra complicidad no buscada. Solo habla la pequeña plaza, el dueño del bar si está aburrido, el viento, puede que los espíritus urbanos si los hay. Es una zona poco transitada entre semana, pero con cierto encanto si odias de verdad en grado alguno a la gente. Diría que el señor obeso la odia más que yo; pero puede que solo por ser unos 25 años mayor. Tiene más práctica, ha tratado más tiempo con ellos.
Lo que yo no sabía es que esa persona fuera algo más que cliente de ese bar. Puede sonar tonto, pero a veces es muy extraño comprobar cómo personas que asocias con dos o tres detalles muy concretos (en este caso el bar, la soledad, la cerveza, el gesto poco definido, la barriga que se desborda…), también tienen familia, amigos, nocheviejas, y que no solo existen en ese momento y lugar en el que tú siempre los encuentras.
La tarde de la que intento comenzar a hablar de una vez, fue la que, entre otras cosas, descubrí que ese hombre no tenía solo su cerveza y su diario. Ese hombre estaba rebosante de amor. Supongo que, en resumen, lo vive hacia dentro. Esa tarde llegó una chica de unos veintipocos y le dio dos besos. Se sentó con él y era radiante, pura energía, casi diría nuclear si no fuera por lo natural que era, y porque su onda expansiva de carácter, de la que fui placentera víctima, en lugar de enfermarte te hacía entender por qué muchos padres no tienen problemas para, con una sonrisa en la cara, enterrar sus ilusiones y casi a sí mismos con tal de allanar el camino a tales criaturas, y que quizá ellas sí puedan seguir siendo fascinantes al paso de los años.
La chica me recordaba a Beatriz*, con la diferencia sustancial de que ella sí podía rechazarme en persona; no estaba tan lejos, quizá en ningún sentido, aun siendo una desconocida. Su cara era muy similar, su inquietud física, su forma de cruzar las piernas. Cada vez que le hablaba a su padre, la ola de calidez nos envolvía a ambos. Era imposible abrir el periódico y estar a lo tuyo. Hay personas que actúan como agujero negro (o rosa) para el alma, te están absorbiendo, puede que te acaben matando a cierto nivel, pero tú solo quieres más. Casi preferirías que te odiaran a que te ignoraran. Nadie quiere flotar a su suerte en el espacio.
Me alegré de que la chica hubiera llegado sola a ver a su padre. Me complacía el no tener que ver junto a ella a algún novio maqueado como un porche, empleado como una bisagra de alto perfil del sistema, y no más íntimo que la idea del siguiente condón por usar. Algunos tíos, cuanto más consiguen meterse en este tipo de mujeres, más fuera de ellas están. Los hay que a los veinte años ya son como esos ricachones viejos en busca de chochitos tersos. Suena paradójico, pero encaja si de verdad hay algo que no cambia en una persona nunca. La madurez es una palabra.
Intentaba no mirar con mucho descaro a la chica. No quería que pensara que la estaba mirando exactamente a ella. Ella en ese momento era más como una máquina del tiempo, o como algo en lo que proyectar a Beatriz*; lo que un folio es para un lápiz; sí puedes usar el lápiz sobre otras superficies, pero si tienes un folio todo resulta más sencillo. Mirarla a ella me daba una pequeña opción de ver a la otra*. Pensé que si le hubiera explicado por qué la miraba así, primero se hubiera sentido un tanto extrañada, puede que hasta despreciada por no ser ella el motivo central de mi atención. Y que luego, es posible, quizá, podría haber pensado que Beatriz* había muerto. Que ella me la devolvía a la memoria y que por eso necesitaba mirarla, aunque solo fuera para regodearme en mi trágico luto. Si hubiera sido otro, podría haber dejado que ella lo creyera, puede que para haber conseguido algo de sexo fácil. Siempre me ha parecido que un modo bastante infalible de enternecer a una chica, es tener en tu pasado a una novia muerta. La muerte es excitante por definición en ciertos contextos; la tragedia; la injusticia; la derrota; el pasado negro en general. No es como si alguien te viene y te dice que hace tres años se sacó el máster, que ahora ha conocido a una chica que adora y que todo le va bien en el curro. Eso no le importa a nadie, y además es de un aburrimiento atroz.
La sustancia relevante está en los interrogantes, incluso aunque Beatriz* no haya muerto. La gracia está en la incertidumbre, y en ella flotan los grandes éxitos, fuera de los caminos seguros, de las chicas cercanas y sin asterisco, de las dobles y las vidas que puedes resumir con dos frases, y que no dejan margen a la duda. Esa chica de la terraza hubiese sido mi felicidad de marca blanca a la larga; la Felicidad que de hecho sigue más concurrida; porque no depende de un proceso de incertidumbre, sino de decisiones concretas, objetivos realistas y cálculos cerrados. La felicidad personal no va con banderas ni perfiles ni números, ni tiene que ver con tu sentido del control o tus manías sobre el orden y la practicidad. Decir novia la mayoría de veces también es solo una palabra. Aunque sea una palabra que tenga orificios de entrada y deje que te la folles. Al final la chica miró en mi dirección un par de veces, nada molesta, y enseguida me di cuenta de hasta qué punto no se parecía a Beatriz*. Solo lo digo por el físico, vale, pero no tenía nada que ver. Era erróneo, todo. Aunque fuera agradable y eso diera pie a más dudas. Condones comprados para autoengaños planeados. Alguien a quien llamar suegro en broma. Un secreto con un asterisco tan grande que aplastaría a toda tu familia política potencial. Una mueca casi imperceptible al final de cada sonrisa, que ella te vería como si hubieras exagerado como Jim Carrey al inicio de su carrera; puede que viendo al fondo de tus ojos algo con forma de chica delgada, lejano pero a la vez muy en ti, como muy tuyo, como, nuevamente, con un asterisco, del que dirías no saber nada si te preguntara.
Pero esperar es muy impopular, ya casi tanto como tener ciertas esperanzas. Quién sabe si luego hablé con esa muchacha o no. Qué importancia tiene. No es misoginia, es que no la tiene. Puede que hablara y puede que no, creo que antes dije algo de condones y autoengaños. Puede que sí. A veces reseteo cosas muy recientes. O me digo Carpe Diem y me repito a mí mismo que yo controlo mi vida y decido si voy a ser feliz o no, todo eso. Voy variando, me aplasto, me inflo, exploto, vuelvo ser masticado. Todo como un chicle en tu boca. El parque es real, y el señor obeso, y su hija, sí, ella es muy real, tanto que casi cuesta digerir lo real que es; es tan real que despiertas con marcas como después de haber soñado con Freddy Krueger. Y no todos los días está el señor obeso en esa terraza, y cuando eres tan fiel a una hora y un lugar, quien te quiera encontrar lo tiene fácil; más si conoce los tránsitos y horarios de su padre y no le gusta dar conversación a ningún muchacho bajo supervisión progenitora. Pero como digo, y aunque haciendo memoria sea fácil desactivar el reset, esas historias son cortas, y no están más llenas de lo que la punta del condón pueda tolerar en mililitros de esperma. No hay como tener a una favorita para saber que el sexo está sobrevalorado. La prueba está en que el recuerdo más claro de toda esa pequeña historia es el de la energía parecida* con la que se inundó la terraza cuando esa muchacha sin asterisco llegó y la vi. Y aun así, a veces hay que ir cambiando de bar, de cafetería. Mientras tu oportunidad no llegue. Mientras los anticonceptivos no sean tanto un milagro de la ciencia por el que dar gracias, como la opción de no tener hijos*. En la actualidad he vuelto ser fiel casi a diario a la terraza. Y he vuelto a ir coincidiendo con el señor obeso. Creo que no sabe nada de nada. Pero no le importa, porque sabe que yo tampoco.

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