Prono

Prono es la equivocación que también queda en la estadística, entre otras cosas. La falda que ella no se arremanga para ti, el probador que no usa para ti, las horas de peluquería que no se dedican pensando en ti. Prono es el error del que aprendes y no te perdonan; igual que la paz es una bonita palabra y poco más. Nos encantan las palabras, mírame a mí si no. Prono es una forma de hablar, para algunos incluso una forma de vivir. La ventaja que tiene es que de ahí es de donde salen las historias. Las historias no salen de las vidas de los buenos chicos, a no ser que estén dispuestos a morir por otras palabras, las recurrentes, como la mencionada paz. Chicos buenos los hay a mares, y no sé si deberías mirarme a mí con eso; pero los hay a mares, y son también inútiles si se trata de algo más que hacerse sus pajas oficiales hasta allá donde llegue ahora la esperanza de vida. Quién podría culparles; ellos hacen lo que pueden igual que yo; o más bien dicho lo que supuestamente deben, a diferencia de mí. Es complejo, nunca sabes en qué momento has sacado la regla para comenzar a medirte la polla, o si lo has hecho o no. A veces es difícil proyectar algo hacia fuera que no sea fálico, ego por otro lado muy bien visto muchas veces, aunque a mí nunca se me ha dado muy bien eso. No el no tener ego, sino lo de usar el que está bien visto, el ego que opera con tino dentro del sistema, con sus cifras y asentimientos, el que llama a las chicas responsables y al futuro teóricamente ídem. Quizá a las muchachas de las que no verás la ropa interior, o lo edificios de los que no verás sus flamantes oficinas. Tú imaginas más el infierno de Dante para ti, algo que te lleve a uno de sus círculos. Puede que acabaras domando a las Furias, se murmura que podrías valer para eso, te pitan los oídos con eso. Y te haces mayor, ya no estás tan lejos. Eres el hombre Prono, uno de ellos. Ni como los buenos tipos ni del todo como los malos. Un interrogante mal puesto en una frase nuevamente sin el interrogante de inicio. Un hombre Prono con un solo idioma útil y un follón emocional que salpica en ocasiones desde tus dos cabezas, a veces incordiando y a veces manchando. Quieres creer que tienes muchas dobleces, como la palabra. Muchos significados. Y que la vida no es solo la que ven los tipos rectos que se llevan a la chica inteligente y conocen todos los rincones de los edificios de cristal, esos que se han ganado la entrada a pulso porque o bien fueron listos o bien se desconectaron a tiempo. Quizá personas vacías o puede que mucho más llenas que tú. La generación más preparada de la historia, o quizá la más sofisticadamente tirada por el retrete desde el inicio de la aún absurdamente imperante Revolución industrial. Linces intelectuales con una vaga sensación de perdición que se soluciona yendo a cenar fuera cuatro veces a la semana solo porque puedes. Medios que demuestran sus capacidades, sus méritos, pero sobre todo sus buenas elecciones; esos trenes que cogieron, esos que dicen no vuelven a pasar, y que mientras se llenaban de los espermatozoides que saldrían disparados hacia un futuro menos brillante del que esperaban, tú te quedabas en el anden dudando de todo y leyendo, leyendo sin que eso supusiera el estar preparando algún examen de acceso a los edificios de cristal. Un mejor futuro que el de tus padres, el que querían tus padres para ti, y que no viste claro, porque eres un ser pensante o un burro. Mezcolanza de perdición o brillantez potencial. Tu cabeza de arriba asiente y la segunda pregunta por faldas de oficina, siempre las parafilias. O no las parafilias, sino la desesperación romántica llevaba cada vez con más dignidad. Quieres vomitar un día en las cortinas de algún hotel de Las Vegas, cuando tengas pasta, si eso llega. La desgracia está al caer, lo notas, la muerte de seres queridos. Es probable que pronto te hagas otras preguntas, entre las cuales esté la de por qué no le diste la mano al dios de todos los de tu entorno generacional. Al dios crudo, el de las caídas tontas para partirse el culo, el del los freaks del zapping, el de los anuncios cool, los aparatos de última generación, el de la titulitis, el de los cinco idiomas con los que poder hablar sobre cine francés con chicas de piel blanca y preciosas tetas pequeñas en Londres. El de la emigración, las guerras, la energía nuclear, Twitter, las conexiones, las fotografías de incalculable valor periodístico y artístico de niños que van a morir de hambre. Ese Dios era el tuyo, formabas parte de esa nueva generación y tenías que aprovecharlo, y no quisiste, y ahora no sabes qué pasará mañana. No tienes planes, no al menos más allá de algunas erecciones y más folios garabateados, o más allá de los cuatro duros mal ganados, de las alertas por Internet, del flirteo con alguna chica guapa que no es la que querrías. De los correos de extraños que te odian o te quieren porque hablas de amor y odio y lo publicas, y no todo el mundo tiene tu mismo concepto del amor, ni del odio. Ni de la vida, putamente sobrevalorada. Tanto que es tan tomada en serio que ya casi solo se malvive en medio planeta y se vive de una única puta sola forma en el otro medio. Llamamos valentía a tal clase de puñetera cobardía occidental de rebaño escolar y laboral, que es un milagro que aún no andemos todos con máscaras de gas por las calles, mientras los atardeceres nucleares son fotografiados para más redes sociales. Gloria a Dios en el cielo, que nos trajo solo lo bueno, algo que solo nos gratifica, dicen. Donde el Diablo secuestra cuerpos en las películas, Dios penetra niños en la realidad. Los soldados de dios; y qué mal está generalizar, aunque qué bien sienta a veces cuando donde unos capturan ángeles tú solo sabes embotellar aire. Eso te cabrea como habitante del histérico término medio conceptual, perdido entre el bando de los ganadores y sus trenes cazados, y el de los supuestos perdedores y desconfiados de las grandes lecciones de la vida. Una vez soñaste que una chica de colegio privado iba por la ciudad metida en un tanque, y lo pilotaba causando destrozos en la periferia. El tanque iba equipado con un equipo de megafonía, y la chica de vez en cuando soltaba frases de su propia filosofía, y tenía clarísimo lo que iba a hacer en el futuro. Cada vez que decía algo, lo traducía al inglés, luego al francés y luego al alemán, y luego, como en una especie de paréntesis oral, aseguraba que ya sabía chapurrear chino. Poco después, alguna casa explotaba, y desde dentro solían salpicar niños negros, mutilados, madres llorosas y padres destripados. El culo del tanque estaba dotado de una compuerta que a ratos se abría y escupía libros de texto. Para cuando otros críos, esta vez rubios y de aspecto sano, se acercaban y metían con interés esos libros en sus mochilas, te despertabas. Era poco sutil. Necesitabas ducharte, hacer algo, salir a correr, fumar mucho o beber mucho café. Olvidar. Olvidar. Olvidar… Pero no que la palabra Prono, según leíste, es la segunda más buscada de Internet, porque la primera es Porno. Porno, como la vida, el planeta es pornográfico, y su porno menos dañino es el que más buscado está. Eso, a veces, solo a veces, te ha llegado a dar esperanza.

reality

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3 comentarios en “Prono

  1. ¿Al final quien resulta estar más vivo (o menos muerto)?, ¿el recluso por decisión o el libertino por dejadez?. Ciertamente, muchos hemos dejado pasar al “dios de nuestro entorno generacional” y a veces la sensación de no encajar del todo es abrumadora, sin embargo participar en las redes sociales con fotos de atardeceres nucleares no me resulta interesante aunque refleja muy bien lo que interesa al rebaño. Mi generación, y supongo que las que vienen después, reconocemos rápidamente palabras como “prono” y “pr0n” porque nos encontramos cada vez más inmersos en sueños sobrevalorados que nos han sido implantados con facilidad, como ese de vomitar en las cortinas de un hotel en Las Vegas.

    Interesante post, de reflexión. ¡Saludos!

  2. Este post es brutal. Va acelerándose hasta el punto de agobiarte. La vida, el sueño, olvidar, olvidar, olvidar y, de repente, ese final. Me gusta mucho como escribes, haces que lo viva.

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