Escorts

El Señor P. fue a visitar una de esas mansiones centenarias, de esas abiertas al público. Quedó muy impactado por el mobiliario, las barrocas estancias, el jardín… Excepto por los letreros verdes luminosos que le guiaban y los atriles minimalistas con descripciones, era como viajar al pasado, casi como ser parte por unos momentos de ese pasado. Le atrajeron a un nivel personal los cuadros. La casa había sido obviamente de una familia adinerada, y la colección de arte –aunque el Señor P. no era un experto y no conocía las firmas– parecía de calidad, pero sobre todo era abundante. Esas niñas, mujeres, hombres de época pintados, te miraban fijamente, adustos, importantes. A veces parecía que movieran los ojos, era curioso, era en parte terrorífico. Nadie de hoy en día se podría imaginar viviendo en esa casa de noche; ni siquiera era una construcción cercana al mar, sino de interior, en plena ciudad, siempre: también hacía 100 años, cuando la ciudad era una villa un tercio de lo que es en la actualidad. Podías consultarlo en un mapa detallado del vestíbulo.
Lo que más se le quedó en la memoria al señor P., fue uno de los cuadros que tan atentamente había escrutado. En él había una suerte de ninfas desnudas, se bañaban en un lago (o similar), ninguna de ellas miraba de ese modo extrañamente amenazador que se desprendía de muchas otras obras de la casa. Parecían mujeres alegres, o al menos no profundamente culpables al atisbar algún tipo de infierno postmortem si se atrevían a sentir demasiado placer en vida. No daba la sensación de ser una obra extraordinariamente ejecutada, pero al menos no tenía esa cualidad mortuoria de casi todas las otras.

El señor P. podía permitirse que una mujer pasara cada día unas horas a hacer faenas en la casa. La Señora P. desgraciadamente había fallecido hacía cinco años. No habían tenido hijos (por acuerdo mutuo). Él ya había perdido la esperanza –a sus 55 años– de encontrar una pareja que le entendiese como lo hacía la Señora P. Esto incluía toda una jerga matrimonial, todo un lenguaje amoroso y una paciencia femenina carente de límites aparentes. A eso había que sumarle cuán intensamente se compenetraban en sus relaciones sexuales, en las que la Señora P. era –aun en férreo secreto de algún modo debido a su discreción y su forma de ser– toda una experta, al menos en lo que se refería a satisfacer todos los caprichos carnales de su marido, los cuales incluían desde masajes de todo tipo (incluidos los estrictamente masturbatorios, en los que la Señora P. llegaba a conseguir orgasmos del Señor P. solo con sus pies) hasta inconfesables sesiones de lluvia dorada (las cuales siempre constaban de varios vasos de agua que la Señora P orinaba sobre el Señor P., y por mandato de él nunca al revés, ya que no consideraba caballeroso mearse encima de su cariñosa y atenta mujer, aunque ella se lo hubiese permitido sin problemas).
El Señor P. vivió en una secreta desolación tras la perdida de su mujer. Ella no solo era a quien quiso de verdad, sino también alguien que nunca le culpó por ser él mismo, nunca le echó en cara defecto alguno y le perdonó todas las manías. No eran un matrimonio al uso en el que toda la solidez se hubiese forjado en años de pereza o miedos. O acomodaticias decisiones relacionadas con proyectar una imagen de estabilidad. Nunca vivieron para los demás de ese modo erróneo, engañoso y nocivo para con ellos, ya que nunca se apagó la llama. Hacía 25 años que estaban casados; el Señor P. –y esto es algo en lo que pensaba con regularidad– se excitaba con su mujer de un modo que cualquier otra no hubiera conseguido; y cuando pasaba dos o tres días sin verla, comenzaba a notarse hueco, así lo definía él para sí mismo; era un sentimiento horrible, no le avergonzaba reconocer que dependía de ella: emocionalmente, físicamente.
Tras la larga enfermedad que se la llevó, el señor P. llevó a cabo varios intentos de suicidio, aunque ninguno de ellos con mucho convencimiento. Pastillas, algunos atropellos provocados…, se trataba casi más de buscar un dolor físico que le hiciera olvidar el emocional. Durante varias semanas fue el tío que cruzaba la calle en el peor momento, o que despertaba en la cama tras diez horas de inconsciencia y con un bote en el regazo, un bote vacío de unas pastillas mal elegidas. Los pantalones llenos de orina y heces, la cabeza resacosa, el vomito que llegaba y que le hacía ponerse en posición fetal con tal de no ir al lavabo. No le importaba estar hundiéndose, porque en esos momentos no le parecía que pudiera estar peor. Para él solo era un maquillaje de la tragedia. Era como un adolescente que intentara llamar la atención sin nadie alrededor. Era el show patético del Señor P. para el Señor P. Se había acostumbrado a no contestar las llamadas de trabajo, y pasaba días y días sin salir, alimentándose de lo que fuera que hubiese, dos zanahorias, yogures, pizza congelada sin pasarla por el horno, mantequilla comida a cucharadas, etc.
Se sonreía solo al recordar cómo el barrio pensaba que él y la Señora P. no habían tenido hijos no porque no hubieran querido, sino porque debían tener algún problema de esterilidad. A veces sí conseguía reunir fuerzas para levantarse meado y cagado e ir al lavabo, y mientras vomitaba, recordaba.
Al cabo de dos meses decidió reincorporarse a su trabajo como comercial (trabajo que odiaba, y al que solo le daba sentido el volver a ver cada día a su mujer en casa), y aunque pensó que le habrían despedido, se apiadaron de él y se mostraron comprensivos. Tanto que no preguntaban por las frecuentes heridas con las que habitualmente le veían, ya que continuó mucho tiempo provocando pequeños atropellos en ciudad, aun después de haber dejado de tragarse botes enteros de pastillas poco potentes.
El último atropello se dio nueve meses después de la muerte de la Señora P. Una anciana que conducía una auténtica cafetera casi tan vieja como ella, se encontró de golpe en una zona sin paso de cebra con el cuerpo del Señor P. rodando por el parabrisas, y dando luego contra el asfalto de forma violenta. Algo habitual para el Señor P., ya que se había convertido en un experto en recibir atropellos, casi no era más que uno de los detalles de sus paseos de las tardes. Pero la señora no lo sabía, y al ver el cuerpo en el suelo, inmóvil al principio, comenzó a sufrir un infarto provocado por el susto y la culpabilidad.
Al percatarse el Señor P. de que algo no iba bien, y teniendo en cuenta que casi no había transito en la zona y que nadie se acercó a socorrerle ni comprobar el estado de la señora, él mismo apartó a la mujer del asiento del conductor y la llevó a urgencias lo más rápido que pudo. Se saltó semáforos y cometió varias infracciones graves (no se quiso reconocer a sí mismo que en ese momento tampoco le importaba si en un cruce alguien le embestía y todo llegaba a su fin, señora incluida).
La mujer se salvó. El marido de la misma fue al hospital y le agradeció al Señor P. su valentía tras haber sufrido un atropello tan terrible. Eran emociones nuevas en un sentimiento nuevo. De un modo natural, el Señor P. comenzó a darse pereza a sí mismo, y gradualmente inició una nueva vida más cuerda tras la desaparición de la Señora P.

Como tantos otros viudos, se volvió un experto en los asuntos de Internet. O no un experto, pero sí se convirtió al menos en otro tipo que se cabreaba estúpidamente delante del ordenador. Antes nunca lo usaba fuera de horas de trabajo, lo cual quería decir que nunca lo había usado en pos de investigar opciones de ocio. No es que estuviera solo en el mundo. Sí tenía un par de amigos, y muchos conocidos; pero su carácter dado a resolver las cosas solo y a no aceptar nunca palmaditas o invitaciones para acudir como asistente a cumpleaños, bodas, cenas de empresa, etc., hacía que los demás guardaran una distancia prudencial para con él; distancia que había crecido bastante cuando él mismo se volvió mucho más arisco tras la muerte de la Señora P. Eso no solo le había dejado secuelas emocionales evidentes, sino también cicatrices, en el sentido más bélico. El desgraciado destino de su mujer había hecho que el dolor que él sentía acabara saliendo a la superficie para volverse visible. No es que hubiera quedado desequilibrado, pero pasado el tiempo aún miraba los coches con ganas de saltar sobre ellos y hacer un par de croquetas en el asfalto. Quizá un buen esguince, o un hueso roto, o al menos una torcedura. Podías ahorrar una buena pasta, por cierto, si aún recordabas las normas viales y no te importaba el riesgo, y el señor P. las recordaba y no le importaba. Como con tantos otros ejemplos potenciales, ganar dinero era una cuestión de hacerse daño a uno mismo. A veces era convertirse en un zombi oficinista y a veces era tirarse a los coches en zonas de visibilidad aparente. No había sido un plan, el dolor de la perdida había sido el detonante, pero sí se había convertido en un juego macabro, y como en todos esos juegos, acabó habiendo mucho dinero de por medio. El dinero era la recompensa que el sistema te ofrecía a cambio de ti mismo. Tú entregabas tu alma y ellos se preocupaban por que no te faltara de nada, pero solo lo suficiente como para que no te doliera el vivir sin alma. El fallo de ese cruel método, era que otra persona aún podía salvarte. Al menos durante un tiempo, hasta que un terrible cáncer se la llevara.
De algún modo, tenías que saber incluirte en el negocio en que se había convertido la vida. Eras un negocio, y el Señor P. lo sabía. Hacía mucho que las personas no eran tanto personas como productores. A nadie le interesaba una mierda que fueras alguien inquieto o deseoso de vivir o aprender. De hecho el aprendizaje se asociaba a términos y campos absurdos de la existencia en los que todo iba más bien de casualidades o suerte. Pero eso no pegaba, tenías que creer que tú tenías el control total. El señor P. comprendió que una de las cosas más importantes que había aprendido de su etapa psicótico-suicida, era que él no podía manejar su vida como él creía. Una de las pruebas más evidentes era que odiaba su trabajo, y en un porcentaje alarmante también a sí mismo. A él mismo, que había sido ejemplar donde se esperaba que lo fuera, académicamente, laboralmente; y la vida le había recompensado con la perdida de su mujer (a la que había conocido de casualidad) y un trabajo con el que se sentía una completa y absoluta farsa. Un individuo mentiroso que maquinaba amparado por un sistema repugnante para vender vacío a personas absorbidas por el desconocimiento de que ya hacía mucho que no tenían alma.
El Señor P. se convirtió en simpatizante del caos. Un caos en el que la corrección, el sentido común o la coherencia, la moral y la ética eran poco más que palabras.

La felicidad era momentánea, o, dicho de otra forma, subjetiva. La felicidad se entendía –o casi todos la entendían– en contextos muy concretos.
Entrabas en una nueva dimensión, decía la web, otro concepto de local… sencillamente otra historia. En La Vie en Rose sabían que tenían clientes especiales, clientes que esperaban lo mejor, y que por eso acababan en La Vie en Rose. El local era el más emblemático de la ciudad, y por eso la exigencia era máxima. Habían mejorado las instalaciones y todo estaba a pedir de boca. La vida sin duda tomaba un rumbo distinto para el Señor P., y la cosa no iba a ir de tirarse por acantilados, hacer puenting o comenzar a viajar como si estuviera buscando algo que solo encontraría dentro de su cabeza. Investigó sobre las escorts, las señoritas de compañía que campaban por este mundo multicapas de moral.
Las habitaciones, las camas, los baños, era casi todo futurista estando ya allí, en ese otro mundo al que el Señor P. descubrió que tenía acceso.
LVR Group, pionero en conseguir la ISO 9001, decía la web.
Alquiler de habitaciones por estancias cortas de tiempo para escorts y parejas.
Sueños palpables. Iba a ser una escort, porque la pareja había muerto en la vida tal y como dicen ha de estar amueblada.
El grupo empresarial LVR Group, formado por La Vie en Rose y Perla Negra, había sido pionero en obtener la certificación ISO 9001 en reconocimiento a su calidad como establecimiento de alquiler de habitaciones por estancias cortas de tiempo. Decía la web.
La chica era ese tipo de chica que un cincuentón casado vería en la tele igual que ve un tiroteo en una peli o a la presentadora del telediario de cintura para arriba. Un ovni. Una irrealidad que en realidad tenía un coño prieto y real que succionaba el considerable pene del Señor P. bajo la certificación ISO 9001. Otra persona aún podía salvarte. Al menos durante un tiempo.
El señor P., pues, se corrió como hacía mucho que no lo había hecho. Habían pasado dos semanas desde que vio a las ninfas de aquel cuadro en aquella casa centenaria. Después de vaciarse solo podía mirar al techo notando las uñas de la chica en el pecho. No se había atrevido a pedirle lluvia dorada. Podría ser en una próxima ocasión. Dejó de notar peso encima del cuerpo, y unos pasos ligeros abrieron una ventana, y un aire veraniego invadió la estancia, y una mujer había muerto casi del todo (porque nunca se superaba del todo), en –según se sentía el Señor P.– ese interior de nave espacial con escort incluida, antídoto de la jungla moderna para suicidas.

escort

Anuncios

3 comentarios en “Escorts

  1. Todo es cuestión de tiempo… menos del que creemos y el señor P llegó a tiempo para descubrirlo ;D
    Excelente el relato, todo un sentir ese señor P
    Bss

    1. Muchas gracias. De “fan más” nada, que yo valoro mucho los comentarios, además tampoco tengo tantos (aunque no me quejo de visitas). Y dejar de escribir no lo haré, si no es por este medio será por otro, así que, es el mono, siempre vuelve… 🙂

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s