La playa

Vamos a la playa. Con todo lo que eso conlleva.
No son las diez de la noche. Estamos en lo que en términos televisivos se llamaría: prime time playero. La gente va a la gente. El turismo va detrás del turismo. Todos vamos donde todos vamos más o menos igual que cuando todos entraban en las duchas colectivas en tiempos. Pero aquí no somos judíos o gitanos (no todos, al menos), ni hay militares cerca. En realidad basta con ser humanos. Lo de las celdas es algo muy relativo ya. Lo de los cercos o la libertad. Antes se trataba de campos de concentración. Estaban de moda. Ahora todo ha evolucionado. No necesariamente para bien, pero ha evolucionado; actualmente el Totalitarismo es una cualidad social mitad provocada por otros mitad “autoimpuesta”, y ahora se llama: Democracia. Por ejemplo, cuando hoy hemos planeado pasar un buen día, no hemos pensado demasiado en el cómo, y ahora buscamos dos metros cuadrados de arena cerca del mar en los que afinarnos con otros bañistas; llevamos a cabo una tradición ya aparentemente inamovible asociada con el calor y supongo que con muchos posters y postales. Todas esas horas de publicidad del cliché basado en el ocio.
Porque nos lo merecemos. El merecido descanso. Yo dije que durante el día prefería ir a otro lado, y que esperaría al menos hasta las siete de la tarde para ir a la playa, y se rieron de mí y me llamaron cínico solo a base de miradas maduras y rebosantes de ese sentido común común tan en boga. Ya estaba yo otra vez jodiendo el día. Siendo el amargado que quiere amargar a los demás. Hay un montón de citas sobre eso; aléjate del que quiere crisparte, sé feliz y construye una alambrada a tu alrededor, electrificada, que no deje pasar energía negativa o pensamientos… pensamientos, en definitiva. Aleja las reflexiones o las ideas. Son veneno para el verano, para las vacaciones. Merecidas vacaciones. Qué suerte poder dividir la vida en fases. Hace como diez años que uso la misma toalla, habrá visto la playa unas diez veces… Es demasiado pequeña y poco útil para casi nada. Nunca llevo chanclas, me limito a llevar las deportivas; al venir, con calcetines, al irnos, sin calcetines. Todo mi protocolo de acción playero suele ser muy criticado. Y probablemente también todo mi protocolo de acción en la vida en general. Si eso me preocupara –y esto es lo más extraño de todo– bastaría con ir un día de compras, pillar otra toalla, chanclas, cortarme el pelo y rajar como un descosido después de haber quedado con alguna chica (etc.); si quisiera dar la sensación de haber mejorado, bastaría con dar la impresión de querer parecerme a ellos (a todos), aprobando por tanto todo lo que hacen y a la vez reconociendo que yo antes era peor que ellos y que por fin me he decidido a mejorar mi vida, para quizá así poder alcanzarles algún día. Por todo eso ahora estoy encajonado con ellos entre una familia muy ruidosa y otro grupo de amigos muy jóvenes con el sol arriba en su momento más nazi del día; porque si yo fuera del todo como soy; es decir, si yo fuera yo mismo, estaría completamente solo y solitario, entre otras cosas.
Así es como hemos (he) decidido pasar el día, pues. Y lo más frustrante de todo es que el cinismo tampoco sirve para nada. Como mucho para cabrear o divertir, o para parecer posmoderno, o más listo de lo que eres, o pseudo-anarquista, o para impresionar a alguna chica muy joven que esté en una fase literaria nihilista y quizá poder follártela en secreto, puede que a espaldas de su novio, ese chico universitario (tanto como un cromo repetido) que intenta ser positivo y que repudia a la gente que tiene tu carácter de toallas pequeñas y guerra personal anti-chanclas (una guerra que siempre libras haciendo el comentario del hipotético imbécil en chanclas que tiene que correr para pillar el autobús, etc.). Es decir, que de todas formas estás gravemente atrapado, y tampoco tienes soluciones convincentes que aportar para los grandes problemas (y de todos modos no te harían caso). Una de las pocas buenas ideas para sortear mínimamente el tedio, es el movimiento.
Me levanto de mi toalla cutre y decido dar un paseo por la orilla. Mis amigos creen que me pasa algo, y también que yo creo en el fondo que me pasa algo muy malo pero que no lo quiero reconocer, y que sé que a ellos no les pasa nada y todo lo que hacen es lo mejor que pueden hacer dadas las circunstancias, sean cuales sean. No es una situación extraordinaria. Solo se trata de otro día más con vida.
Mucha de la gente que no se come la olla de esta manera, suele albergar un cinismo de clase media mucho más profundo (en mi opinión, claro), y que está enraizado y enquistado en lo más hondo del “por qué” las cosas son como son. Esto complica mucho el saber quién está más equivocado o más acertado. Yo no me atrevería a decir nada concluyente, pero ellos seguramente te dirían que, como sea, yo soy quien pierde aquí, porque ellos sí saben ser felices la mayor parte del tiempo. Así que supongo que al final se trata de cuán espabilado seas para pulir tu volubilidad, para saber valorar las circunstancias no según tu capacidad para ser tú mismo, sino en relación al nivel de autenticidad que puedas otorgar a tu sonrisa aunque la mierda chorree por tus comisuras. Hay demasiadas piedras por la orilla, y esto no es una metáfora. El “quejica” tiene muy mala fama por varios motivos. En la actualidad, ya en mi treintena, suelo callármelo casi todo, pero con veinte años no lo hacía. Hablaba porque pensaba que era normal que hubiese distintas opiniones (incluso en periodo vacacional), pero luego fui descubriendo que eso molesta mucho a la mayoría de las personas. Me quejaba en voz alta para poder desahogarme igual que ellos querían ver a todas horas el vaso medio lleno para poder sentirse bien siempre (o al menos no sentirse mal nunca; y aunque solo fuera una impostura de cara al exterior). Más que de optimismo o pesimismo (algo que solo veo como etiquetas), se trataba y se trata de quién quiere observar y sacar una conclusión y quién quiere simplemente que le dejen en paz en su pequeña parcela alquilada en la zona residencial y sacrificada del Razonamiento Común –y probablemente académico– junto a millones de otros vecinos en el barrio de la laureada Existencia Sintética. No hay nada como sentirse apoyado, acompañado; todo el mundo lo sabe, aunque no lo digan: te da más ventajas sociales estar acompañado en un error (aunque sea un error fatal) que estar solo con la verdad. No es que yo tenga todo el tiempo la verdad, pero a veces cuando me he equivocado he tenido los huevos de haberme equivocado solo. Creo que me he hecho sangre en un pie; y creo que no sabré volver al parasol adecuado. Y creo que tengo una semi-erección con tanta tía en bikini o biquini; aunque no es tanto por verlas como por las cosas que pienso al verlas; esas mismas tías que jamás se pasearían por la calle en ropa interior pero que con trajes de baño a veces incluso más pequeños no tienen problema alguno en hacerse cientos de fotos e incluso subirlas a Internet si hace falta. Es increíble cómo la actitud, los principios y la percepción de la realidad que tiene la gente se modulan según el contexto, el momento y los dictámenes tradicionales. Entiendo que no es lo mismo estar en una oficina que en la playa, pero lo de Libre Albedrío se está convirtiendo gradualmente –a todos los niveles– en poco más que dos palabras. Cada vez estoy más convencido de que si tu vocabulario es reducido, tienes más opciones para ser feliz. Y si además las palabras pierden su polisemia o se convierten en meros sonidos, eso es aún mejor. Si casi no sabes ni hablar, solo debes congratularte. Si te limitas a emitir sonidos, si sabes asentir, si permaneces lejos de calibrar cualquier mecanismo de entendimiento propio, todo eso solo te puede traer cosas buenas. Folla y ten un hijo con alguien como tú. Cuando acabe la universidad (recuerda que los títulos lo son todo), dile que te deje leer algo que haya escrito. Busca a alguien que te sepa decir qué hay en esa redacción, y controla que no se desmadre su vocabulario, que recuerde que lo importante es salir adelante. Prepara al chaval para el mundo que viene, déjale claro que solo los perdedores bajaban al sótano con chicas mientras él estudiaba y trabajaba duro en su cuarto. Porque eso era lo correcto.
Creo que un vocabulario amplio te permite desencriptar a veces ciertas intuiciones sobre lo podridos que podrían estar algunos convencimientos comunes. Es más fácil obviar una intuición negativa sobre lo que sea cuando no sabes poner en palabras lo que sientes, cuando no sabes ponértelo en palabras a ti mismo. La gente que plantea una pregunta o un problema, o que te pide una opinión, y que después de haberte oído dice que no te has mojado, algunas veces lo que les irrita no es que tu respuesta no fuera cerrada, sino la sospecha desagradable de que quizá no haya una respuesta cerrada para todo. Es irritante no saber traducir esa intuición a algo con lo que poder profundizar en ella, y por tanto todo acaba siendo irritación sobre irritación. Así que a veces lo mejor es callarse, sonreírles y dejarles creer que sigues siendo un cobarde o lo que sea que quieran pensar respecto al tema que sea que plantearan. La mayoría de personas han/hemos crecido dentro de un sistema en el que todo estaba cercado y medido (o eso queremos creer), incluida la inteligencia. Así que topar luego con ambigüedades debe ser para pillarse un cabreo de narices para algunos. Ni siquiera se trata de filosofía, sino de meros análisis de acciones muy asociadas a cualquier hijo de vecino. Toda esa concatenación de decisiones extrañas y aceptadas, de respuestas cerradas a la fuerza, de convencimientos bizarros y comunes, de coherencias clones y viajando en paralelo, son las que van a hacer que hoy seguramente me queme en lugar de haber podido dar un paseo al anochecer por una playa tranquila después de haber visto el pueblo costero y haber tomado algo refrescante en un par de terrazas.
Todo eso, y que yo lo he elegido. Porque aún creo que es mejor no ser un ermitaño. Y quizá también por una mujer en concreto.

sf

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