Lara bot

Ahora cruza las piernas, sentada en la cornisa, los pies colgando. Hago como que no las miro (las piernas), como que no hundiría la cara entre ellas. Tiene un moreno poco intenso, un extraño tono nuclear y natural a la vez a los focos de los helicópteros de la tele y la poli en plena noche. Una pulsera tobillera. Chanclas de las que quedan tan bien a las tías y hacen parecer guiris estúpidos a los tíos. El vestido es de una pieza, ceñido, de algún color que no conozco, entre rosa y lila, que brilla, que te apetece –y podrías– quitarle de un tirón, que te pondría a tono en circunstancias más apropiadas. Los pechos de aparente buen tamaño suben y bajan con la respiración en un escote discreto. Hay tirantes junto a los tirantes del sujetador en los hombros bronceados como las piernas. Las tetas parecen de esas que sin sujetador darán la impresión de ser más grandes de lo que creías. Las manos y los pies son finos. Los pies son proporcionados, no como los de algunas modelos (obsesionadas sin embargo con la delgadez de sus tobillos), no como esos pies que parecen aplastados y de dedos larguiruchos. Los tobillos están presentes, a la vista (insisto, algo de suma importancia para muchas chicas), también muy femeninos y como parte del resto del plan natural de las piernas de causarte una dulce y perfumada impresión. No puedes imaginar un pubis frondoso, más bien muy recortado o rasurado del todo. La franja de edad de las mujeres bot (o 100% orgánicas) que va de los 17 a los 40 tiende a cuidarse mucho de que el pelo sea algo solo competencia de la cabeza. El aspecto del pubis, las piernas y las axilas tiene –obviamente– más o menos relevancia de puesta a punto según el día de la semana que sea; si quedas con una chica y ves que ha descuidado aunque solo sea mínimamente el depilado en alguna zona visible con ropa (cabeza aparte), es casi seguro que no le interesas ni remotamente en un sentido carnal (puede que incluso busque ahuyentarte). Si es miércoles o martes o algo así, la cita podría no ser ni siquiera tal para ella; así como si es viernes o sábado y realmente se ha arreglado es bastante probable que haya perspectiva de carnalidad, aunque no sea necesariamente ese mismo día (dato que podría implicar que no solo hay potenciales intenciones carnales, sino que además quizá se ha hecho algún tipo de idea seguramente bastante equivocada de cómo eres). Uno de los puntos flacos de muchas mujeres (en genérico) es que tienden a pensar que todos los tíos son muy parecidos, descuidados y poco observadores; este cliché viene potenciado por la certeza de que un tío sí puede ser observador, pero es probable que no saque conclusiones de lo que vio hasta pasados días o semanas (porque ni siquiera pensó que tuviera que sacarlas). Puede que se deba a la falta de perspicacia deductiva relacionada con ciertos campos visuales –y con las formas en general– con los que las mujeres viven mucho más presionadas. Lo que es una verdad inamovible, es que, al menos desde el punto de vista masculino, si la otra persona realmente te interesa a algún nivel, solo algo muy chocante (mal olor, higiene muy descuidada) podría hacer que te plantearas las cosas, hablemos de una chica intra-armada o no (algo que algunas mujeres estéticamente obsesivas y/ o quirúrgicamente arrepentidas no parecen saber bien). En relación –y por contraste– con el prejuicio global, las mujeres son más superficiales de “lo acordado”, y los hombres más profundos, permisivos e inseguros. Una prueba clara está en la percepción condicionada por la moda y los cánones estéticos. Detalles físicos o de vestimenta que a menudo son conflictivos entre las chicas, a los hombres no les suelen importar lo más mínimo; ni aun habiéndolos visto y siendo conscientes de ellos (y ni aunque bromeen con crueldad a veces sobre ellos o las bots). El “calvario” por el que pasan muchas mujeres en cuanto a fotos potenciales y espejos y comparativas con otras, podría ser escalofriantemente gratuito en lo concerniente a lo masculino. Esto incluye el peso, las facciones de la cara, el pelo, el maquillaje y muchas otras preocupaciones de las que les hacen retrasar la salida del lavabo hasta límites rayantes en el tedio para muchos novios y maridos. Es un dato indicativo de que ese concepto sobre la mujer que sencillamente –y en teoría– dedica mucho tiempo a lo visual solo para sentirse a gusto consigo misma, a veces no es más que alguna clase de “auto”-imposición sintética (resultante de la presión social provocadora de una innecesaria “baja autoestima”) y poco práctica que tiene más que ver con el capitalismo (sí) que con nada objetivamente relacionado con dar una buena impresión o provocar una buena erección (cosas que lograrían igualmente sin problema dedicando mucho menos tiempo y ahorrando mucha irritación propia y ajena, además de un montón de chorradas sobre cómo hay que mostrarse, ser y acabar).

Lo paradójico aquí (y no), pues, se verá, es que la chica de la cornisa es guapa incluso para los/las que dejan que las revistas, la televisión y el cine piensen y decidan por ellos todo el tiempo qué es bonito y qué feo, manteniéndose siempre inconscientemente lejos de tener gustos propios de tipo alguno (y mucho menos estéticos). Si nos sobrevuelan en círculos dos helicópteros (uno con una ametralladora Gatlin perfectamente cargada y a punto), es porque la muchacha aparentemente relajada (ahora) de la cornisa podría ser o bien una suicida o bien una futura asesina de masas. La efeméride de periódico que ha provocado este caos ya televisado en directo tiene ver con cierta bot de primera generación a la que no se le ocurrió antaño otra cosa que subirse al tejado de un hospital para comenzar a ametrallar indiscriminadamente a todos, tras lo cual la policía de Periferia prácticamente tuvo que renovar forzosamente a todo su personal (además de afrontar los gastos públicos de sustitución de dos helicópteros derruidos a tiros, entre otras cosas). Es harto improbable, de todas formas, que hoy en día una bot vuelva a entrar en uno de esos trances destructivos debido a un fallo orgánico-mecánico. Si esta chica quisiera hacer algo malo tendría que ser por voluntad propia. No es que yo apoye las operaciones o todos los productos de Pretecnotimes, pero hace ya muchos años que a una bot no se le va la pinza (hasta el punto de que se ha vuelto a estabilizar la estadística de delitos comunes callejeros), y cuando algo falla suelen entrar en un coma a menudo irreversible (lo cual –aunque ellos lo nieguen –creo personalmente que fue la corrección secreta desde la junta de la mencionada empresa para evitar nuevas escabechinas a pie de calle). Estamos (yo no del todo) en la cornisa del último piso del hotel Eremar, seis pisos de caída. Abajo hay una de esas enormes piscinas de nueva generación, algo cada vez menos exclusivo de la gente de Eremar; la construcción ofrece el dudoso placer de poder bucear bajo un cristal de unos cuatro centímetros de grosor (a modo de hipotética placa de hielo sobre la que está prohibido caminar) que tiene dos agujeros circulares con espacio de entrada y salida para dos adultos o tres críos no-obesos a cada extremo de la piscina. El asunto se ha puesto de moda. Se dice que se evita el ruido, los chapoteos nocturnos, las denuncias –justificables o no– debidas a críos que saltaban al agua y se mataban –o quedaban en silla de ruedas– contra un borde o el suelo del fondo en la zona menos profunda, etc. Más que una nueva experiencia, es una nueva treta legal amparada en una nueva idea sobre la «seguridad», sobre todo desde que comenzara a ser habitual entre los turistas hace años el saltar desde los balcones de ciertos hoteles hasta la piscina de turno (turistas que aun de vacaciones no sabían que la muerte o la invalidez no cogen vacaciones). Al final, se ha evitado el llamado “balconing”, pero los niños ahora siguen muriendo ahogados, solo que en lugar de cortes de digestión –por algún motivo menos habituales ahora– o golpes en la cabeza, sucede por juegos macabros infantiles (relacionados con el cristal) o la manía de no abrir los ojos bajo el agua y no saber encontrar la salida de la misma, entre otras cosas.

[Artículo de Marion Lola-Bop originariamente para la revista ¡DISPARA! –editada por el Grupo Ediciones Pretecnotimes–, tras el cual la feminista anteriormente de la rama conservadora fue fulminantemente despedida. El texto se filtró a la red unos pocos meses antes del cierre de la publicación.]

LA BOT-BOT-BOT-¡BUM!
Marion Lola-Bop

¿Visteis la tele el otro día? Claro que la visteis, todo el mundo la vio, y la sigue viendo. Un fallo del sistema meca-neurológico condicionado por algún descuido de post-operatorio (dicen) hizo que una de las primeras bots en la vida pública perdiera la chaveta y se cargara a un tercio de la población de Periferia desde lo alto del Hospital Placa-Base. Ay, mi amada Periferia Microsfot, donde obtuve mi licenciatura y soñaba con ser una de esas periodistas aguerridas para una gran publicación comprometida y honesta. Ya habréis visto que el futuro controlado a veces solo es una idea; esos planes de futuro… Y hablo de mí igual que hablo de la chica bot, una dependienta de una tienda de golosinas (o algo así) que se quedó en blanco (o algo así), y descargó la munición de sus salidas bucal y vaginal convirtiendo el futurismo en un infierno que hizo que el desembarco de Normandía ahora nos parezca un atropello y fuga…
¿Qué lleva a una mujer a operarse? ¿Por qué apenas hay tíos que se operan? ¿Por qué me convertí yo en una puta corporativa (aunque sea algo que pienso corregir)? No es que aquello del hospital fuese lo único, ya sé, todos recordamos también a ciertas gemelas lanzallamas. Que ahora la imagen de una tía buena con las comisuras ennegrecidas y calientes igual que el cañón de una Colt sean algo erótico tiene un sentido alejado del espíritu juvenil de hace cuarenta y cincuenta años. Es muy raro, como si hubiéramos arrancado de raíz a cinco o seis generaciones y las personas que ahora vagan por ahí no fuéramos más que cultivos de alguna especie de secuela peliculera tardía de la Revolución Industrial del ferrocarril y la electricidad. ¿El camino es ir siendo poco a poco cada vez menos humanos? Ya sé que muchos diréis que ahora apenas hay una estadística de delitos a pie de calle, que ahora casi nadie se atreve a tocar a una mujer, etc. Pero ¿vale la pena si la cosa deriva a una especie de Estados Unidos Armados Mundiales? ¿Hay alguien tras todo esto que planee algo más que la continuidad del ya conocido y alambicado engranaje de típicos intereses comerciales? ¿Nos dirigimos hacia otra Época en la que las grandes empresas habrán conseguido asentar nuevos métodos para que el ciudadano de a pie se autoveje a varios niveles, mientras alimenta La Máquina siendo a su vez una pequeña máquina no metafórica de nueva “dignidad” que ni tan siquiera salga una vez cada diez años a manifestarse por sus derechos? Para cuando al menos la mitad de la población sean intra-armados, ¿con qué contratacarán los antidisturbios?, ¿o ya no harán falta antidisturbios porque el Sistema habrá logrado lo que siempre ha querido, que es a pequeños robots trabajando para ellos sin pausa ni protesta ni alma ni objetivos creativos y/o evolutivos de naturaleza alguna?
¿Solo se trata de armas o hay algo más?

Para llegar a meterse en un lío de estas proporciones (y ahora hablo de mí, si es que antes no lo hacía), antes has pasado por la universidad, sin olvidar las ramas de la sociología y la psicología. Para desempeñar la profesión tienes que «saber escuchar», algo en lo que te insisten sin parar durante años. Es curioso cómo la mayoría de los consejos (académicos o no) que te han dado son casi siempre muy genéricos y vagos. Te servirían igual (o no) para un terrorista que para un suicida que para una cita para cenar con Fulanita la de la oficina… Es como si todo el tiempo te estuvieran diciendo «¿Seguro que no prefieres ser periodista o algo así?»… Es como si en realidad te hablaran de las cosas que has de hacer en el mundo civilizado para al menos no parecer un imbécil, como si acabaras de salir de la selva. Escucha, habla con la gente, construye el respeto, prepárate para las situaciones con las que te vas a topar (esto lo dicen como si hubiera nada más que dos o tres perfiles de problemática de negociación, cuando en realidad ningún caso se suele parecer al anterior, al menos fuera de papeles oficiales, en los que todo son descripciones escuetas y adjetivos de lugar común tipo «perturbado», «peligroso», «desesperado»…); te conviertes en una especie de filósofo de la calle bien vestido, y te llaman cuando nadie más se atreve a hablar con el Diablo de ese día. Porque lo pone bien claro en tu ficha, tú te preparaste para eso; como si todo fuera susceptible de cercarse con metodología erudita. Un ejemplo incontestable son la mayoría de los profesores que tuve, que supuestamente estaban preparados para enseñar cosas, ilusionarte por el proceso de aprendizaje y formación, y en cambio la mayor parte del tiempo lo que mejor hacían era provocar que tuvieras los ojos llorosos de tanto bostezar. Eran perfectos para conseguir que miraras el reloj unas veinte veces en una hora, pero por lo demás era todo exactamente como el acertado –y alarmante– prejuicio que todo el mundo tiene sobre el hecho de recibir una Formación: que el proceso es en un 90% básicamente un coñazo que tienes que soportar para que te den un título y así la gente pueda creer que tú vas a saber hablar con la chica bot de la cornisa para que no haga alguna estupidez. Es todo un mal cuento académico y administrativo, o al menos lo es seguro en este caso. Pero como con la mayoría de pautas oficiales deontológicas (por pilladas por los pelos que estén), hay dinero de por medio. Si decides abrirte con alguien sobre el tema, si le dices que por más horas que uno se encierre en aulas y conteste correctamente a preguntas no se ve preparado para afrontar ciertas situaciones negociadoras, lo que harán será aconsejarte que completes aún más tu formación; cursos, idiomas, técnicas reconocidas, autores, autores, autores de otros siglos, más autores, lecturas obligadas, notas, más notas, firmas, bonitas firmas, la firma de alguien jerárquicamente notorio otra vez en alguna lámina elegante. Enmarcas, sonríes, celebras. Mi idea sobre este trabajo, como suele pasar, estaba más asociada al cine o las novelas negras (es decir, más con el tiempo libre que con el resto del tiempo), pensaba en el emocionante trabajo de campo, eran ideas románticas, y ni en la universidad consiguieron sacármelas de la cabeza. A veces te conviertes en el último tío al que algunas personas ven –en libertad o vivos–, y otras veces no sirves de gran cosa. Las negociaciones con secuestradores y similares suelen consistir en engañar y ganar tiempo, y el procedimiento con los suicidas se resume con la idea de que el tipo o la tipa en cuestión no se despeñen al menos mientras tú estás delante. Entre las cosas que aprendes relacionadas con los delincuentes que piden rescates, está la sórdida certeza de que a menudo algunos hombres con dinero de verdad se escudarán en su dignidad todo el tiempo que puedan para no soltar un duro, esto sucede incluso con sus hijos secuestrados. A veces no sabes si se trata más de no ceder a los mandatos terroristas o de la pereza por soltar la pasta. Mientras el equipo policial de turno intenta localizar llamadas y demás, lo que suele haber (más a menudo de lo que cabría esperar) es un ricachón haciendo números, una madre llorosa y una chica bollycao maniatada en alguna parte. Cuando alguien quiere morir, sin embargo, llega un punto en que has de deducir si realmente quiere morir o solo llamar la atención.
La desconcertante conclusión a la que llegas mientras sudas como un corredor de maratón hablando con un tío que tiene planes poco ortodoxos, es la de que la subjetividad de las películas se acerca más a la realidad de lo que cualquier académico te pueda dictar. Y es lógico, porque las situaciones que enfrentas siempre son de naturaleza subjetiva. Ser secuestrador o suicida no significa ser idiota, cuando te ven llegar o te escuchan por teléfono ya saben que estás actuando, saben que vienes de casa con la cabeza llena de tretas para que bajen los brazos y tú te puedas ir a comer. En realidad depende muy poco de ti, lo único que puedes forzar es que el reloj avance sin que nada malo pase. Es una gran responsabilidad, y no es que no ayude en absoluto haber oído una y otra vez ciertos consejos básicos para afrontar ciertos problemas, pero aquí tú nunca tienes las riendas, no tienes el control; cuando hablas con alguien más desesperado que tú, está claro quién lleva el timón; incluso aunque en un caso de secuestro fueras y secuestraras a la madre del delincuente, aun así solo estaríais empatados. Él o Ella siempre te llevan mucha ventaja, y normalmente suelen ser ellos los que deciden cómo acaba la historia; al fin y al cabo tú solo tienes un montón de pájaros y retórica en la cabeza; tienes la misma posibilidad de éxito que un chico asustadizo del montón intentando convencer a la tía más espectacular y varios años mayor de la discoteca para llevársela a la cama: ella es quien decide, y es probable que la única forma de que acceda se base en el desgaste, en la insistencia. Raramente suele tratarse de atracción o sentimiento, raramente hay un arrepentimiento o convencimiento real del otro bando, solo consigues postergar la situación desagradable personal o social, no seduces a nadie, solo mejoras tu expediente, les cuentas a tus colegas que al menos esa noche te la follaste; pero más valdría que no te hubieses colado por ella. Más vale que no creas que puedes hacer que nadie en este contexto se convierta en una buena persona, o en una persona feliz.
No cambias el mundo, solo intentas moldearlo sobre la marcha para que al menos la mierda no te salpique a ti.
La chica de la cornisa es una pantalla en blanco. Llevo como diez minutos hablando solo. No recuerdo qué ponía en los libros de texto sobre esto, sobre qué hacer cuando no pasa absolutamente nada y eso no es ni una buena señal ni una mala. Casi es preferible que se te echen a llorar y te intenten alejar, que te griten que les despistas de su objetivo de saltar y acabar contra el suelo de una vez por todas para poder superar los problemas al modo de la vieja escuela. Con cojones. Los suicidas tienen que reunir mucho valor, aunque escojan la opción relativamente equivocada. Muchas personas autoconvencidamente cuerdas te dirán que también hace falta ser muy valiente para equivocarse; pero no siempre hay un día siguiente tras una equivocación. Cada cita tiene su contra-cita igualmente convincente.
Para dejarse caer solo tendría que alzar su cuerpo con las manos apoyadas en la cornisa e impulsarse sin mucho esfuerzo hacia delante.
Sus bonitas pantorrillas cuelgan balanceándose, ha descruzado las piernas.
Cuando finalmente dice algo, habla sobre un rechazo amoroso. Ni tan siquiera eso, más bien un insulto en un mal momento en una fiesta, entre canciones, delante de gente importante para ella. El tono de voz no insinúa desesperación, está donde está igual que podría estar esperando ver un taxi.
–La fiesta es cerca de aquí, esperaba que pasase cierta persona por los alrededores y usar… –Se señala la boca con el dedo. Planeaba matar, aunque dice que también ha sopesado la idea del suicidio. Dice que ahora mismo no ve una salida clara. Le pregunto la edad, el nombre, a qué se dedica. 25, Lara, Adiministrativa. Le digo que me siento bastante desubicado con ella, que preferiría que reflexionara en algún otro lugar más seguro. Es la primera cosa que me sale, digamos, sin guión. Algo que por cierto no se te recomienda bajo circunstancia alguna. Le digo que se han cotejado datos, que se ha contactado con su familia, que alguien en comisaría conocía a alguien que la conoce a ella.
–Todos tienen miedo de que hagas algo que en el fondo no quieres hacer –digo.
El silencio nuevamente como respuesta.
Ahora cuando alguien ve a una chica así al borde de una cornisa o llorosa por la calle o simplemente con la mirada perdida, no se preocupan tanto por qué le pasará como por que a la muchacha le dé por montar una carnicería al más puro estilo Americano. Discutir sobre la potencia devastadora de las intra-armas es una calle sin salida, sería como decirle a un toxicómano que deje las drogas e invierta en chicles de menta. La opción de las armas asociadas a lo orgánico y lo neural está ya tan enraizada como cualquier otra forma de consumo occidental.

[Editorial de Vanesa Lamar para su revista Epílogo Mundial. Popular publicación de línea dura introductoria de la corriente renovada de nihilismo ilustrado (etiquetas de las que la revista reniega); polémica por las constantes negativas de algunos puntos de venta a ponerla a disposición del público.]

INCOMPRENSIÓN ILIMITADA
Vanesa Lamar

Mi abuela (casi centenaria) siempre me dice que antes la gente se indignaba con el asunto de las armas. Era algo, como poco, políticamente incorrecto. Incluso la gente que las defendía no parecía demasiado orgullosa con los argumentos de miedo “lógico”, autoprotección y realismo crudo que siempre esgrimían. Europa no era un continente fácil para empresas como Pretecnotimes, la cual está quedándose con el monopolio de la tecnología a nivel mundial, y no solo de la tecnología. Hace no mucho leí una noticia en la que se describía cómo una muchacha sueca de 19 años había disparado con un micro-cañón R-Taruma saliente de su boca a su novio, el cual oliéndose una de esas nuevas discusiones modernas de pareja se había puesto un chaleco anti-balas que le salvó la vida. La chica se había operado en un centro privado de Pretecnotimes, y el chico había adquirido su chaleco a través de la enloquecedora e intuitiva web de venta de… sí, Pretecnotimes. Pretecnotimes lleva años patrocinando guerras familiares, tiroteos conyugales y genocidios “de ir por casa” que no habrían tenido lugar de no haber puesto las intra-armas en el mercado igual que si fueran tejanos o compresas.
Pero ¿qué ha pasado?, ¿qué ha cambiado en la percepción de la gente respecto al asunto de las armas de fuego?
Mi teoría es algo loca quizá, pero creo que una vez más ha sido una cuestión de formas y lavados de cerebro. Ahora cuando ves a alguien no sabes si va armado ni en la desnudez (está claro, ¿no?). Los inhibidores de neurotransmisores específicos de aeropuertos y aviones y ciertos lugares que en teoría han de tranquilizarnos, hacen el mismo dudoso papel que un paraguas de toda la vida frente a una lluvia torrencial. Las empresas solo se preocupan de que sus logos y productos no se asocien con masacres o asesinatos potencialmente mediáticos. Las imágenes de antaño de alguien con una bomba atada a la cintura o una metralleta en los brazos era clave en lo relacionado con el rechazo que mucha gente tenía respecto a ir armado por ahí con una pistola como quien lleva su cartera. Pero ahora cuando ves a una chica de aspecto dulce no sabes qué lleva dentro. Antes los chicos querían meterse en el corazón de las mujeres a las que querían (o al menos en sus vaginas), ahora en las primeras citas quisieran saber qué hay junto a sus traqueas y estómagos. Se dice muy a menudo que Pretecnotimes siempre dio más importancia al hecho de eliminar cicatrices después de las operaciones que a la posibilidad de que el producto no estuviera perfeccionado. Algo en lo que siempre he creído.
Y también me ha parecido siempre sumamente factible la relación de los “bajos” precios de las operaciones con la notable recuperación económica de varios países; países en los cuales además con los primeros e imperfectos bots se produjeron las suficientes masacres (a menudo ocultas tras cortinas de humo) para que la tasa de mortalidad equilibrara ciertas balanzas. No es tan de extrañar que nuestros entrañables gobiernos neo-capitalistas se sentaran enseguida a aprobar leyes y volverse permisivos con la violencia. La violencia siempre ha formado parte de la gestión gubernamental, y el fácil acceso a las operaciones no ha hecho más que alimentar una nueva clase de miedo a salvo de principios sobre la integridad, la paz o el sentido común relacionado con la convivencia. Ahora hay una nueva “paz” en detrimento de la que generaciones anteriores conocían (al menos en ciertos lugares). Una paz relacionada con la tecnología armamentística introducida muy gradualmente en la sociedad (sobre todo entre los jóvenes) aprovechando la evolución de nuevas tendencias iniciadas hace décadas con revolucionarias novedades para videojuegos, teléfonos, coches, y que ahora también guardan relación con las propias personas.
Es una locura. Es esa clase de cosas que la gente no cree que puedan llegar a suceder. Es miedo sobre miedo. Es sentido común armado. Coherencia metálica sustentada en una nueva y ruinosa forma de concebir la realidad.
No se si las teorías conspiranoicas sobre anular ciertos instintos humanos durante las operaciones tiene alguna base, pero teniendo en cuenta el cambio salvaje de las percepciones, hay argumentos bastante sólidos para creer. Una cosa está clara, aquí solo gobierna cierta empresa, y cierta empresa es la niña mimada de varias monedas globalizadoras. Si esto no tiene visos estadísticos de ser el principio de alguna clase de epílogo a escala mundial, es porque ahora simplemente estamos en el ojo de huracán. Una falsa calma reina. Entre comillas. Una calma probablemente más que planeada.

La muchacha dice que hay dos amigas que tienen que volver de la fiesta aún. Las dos compañeras de la habitación de la que que tengo medio cuerpo fuera. Abajo se ha acordonado la zona, pero se oye el murmullo vecinal y turístico. Otra de las cosas que enseguida aprendes es que mucha gente parece tener (porque casi seguro tiene) una extraña necesidad de –por ejemplo– ver cómo alguien revienta contra el suelo desde una gran altura y muere en el acto. Como siempre, se amparan en la excusa de averiguar si al final todo va acabar bien por fin, pero eso les importa un carajo, en el fondo la mayoría solo quieren que pase algo de lo que poder hablar, y una muerte en tu presencia siempre da más que hablar. Quieren ver crecer el charco de sangre, ver cómo tapan el cuerpo, poner caras de tragedia, alimentar al monstruo de clase media o media-alta que llevan dentro, el mismo que devora telebasura y cree que lo mejor que hay en la vida es coger color en la playa. Quieren poder llegar a casa de las vacaciones y poder decir que esa experiencia les jodió las vacaciones, quieren que alguien les diga que deberían quedarse con lo bueno y olvidar aquel terrible suceso (que por otro lado estuvieron esperando ver como quien espera a que empiece un partido de fútbol). Son, en su mayoría, hipócritas enfermizos cobijados en una aceptada curiosidad de discutible naturaleza. O aún peor, turistas sin más, de la vida. En resumen, ninguna novedad. Puedo entender a quien viendo una peli de terror se tape los ojos en ciertos momentos (aun habiendo elegido verla), pero no puedo entender qué clase de ética de doble rasero lleva de serie esa gente de ahí abajo. No entiendo qué esperan, no puedo ni llegar a deducir qué clase de idea simplista y reduccionista de la vida (la propia, la ajena, la genérica) pueden tener. Qué se les pasa por la cabeza cuando tienen hijos y qué cuando esos hijos de repente no desaparecen después de haber sido monísimos, después de esa gran decisión adulta de procrear. Lo único que hacen es complicar el trabajo de quienes no tienen más remedio que estar aquí. Lo único que hacen es balar, como siempre y desde siempre, al menos que yo sepa y haya visto.
Los bomberos abajo despliegan una de esas grandes lonas. Todo está preparado, tanto la posibilidad de matarla como la de salvarla. Tengo la mente poco clara, algo reaccionaria, y digo cosas que no suelo decir nunca en estos casos (al menos como las estoy diciendo) porque la sola idea de seguir hablando sólo como un libro de texto hoy me resulta agotadora. Le pregunto si hay un chico que le preocupa, que le gusta, al que odia, lo que sea. Asiente con la cabeza. Le digo que aunque él no quiera nada con ella, ella podrá seguir con su vida, y que en presente a veces sientes cosas que crees que no podrás superar, pero que por puro desgaste se acaban yendo de ti, te acaban dejando en paz. Esto es mentira, al menos en parte, se parece más a lo que cualquiera te diría que a la verdad (mucho más compleja y larga), pero no le hablo así en modo profesional, sino más bien de esa forma en que se miente para proporcionar alivio, para ayudar a la otra persona a comenzar a pasar a otra cosa. Algunas veces siempre encuentras motivos, mejores o peores, para mentir, y pocas razones de peso que no sean moralistas –en modo radical– o poco productivas para decir la verdad. No es el hecho de mentir en sí lo que daña, no necesariamente; a veces puedes ser un cerdo diciendo la verdad, todo depende del contexto, el problema, etc. Y en otras ocasiones puedes ser benévolo y estar acertado elaborando un engaño. Hay veces en las que incluso la otra persona intuirá que mientes para ayudarla, y eso no le hará tener peor concepto de ti, sino todo lo contrario. Desear el bien de los demás es algo más complicado que tres o cuatro directrices sobre la honestidad; no hay bandos de Mentirosos y Sinceros, todos queremos salir adelante, y nadie puede hacerlo solo; ni sólo de una forma.
Le digo a la chica que solo debe agarrarme la mano derecha y podremos hablar en la habitación. Al paso de los minutos ha ido soltándose, ha hablado de sentirse poco madura, más pequeña de lo que es, más dolida de lo que debería estar, peor estudiante de su máster de lo que debería ser, menos femenina de lo que se espera de ella y su cuerpo, más cerrada de lo que se espera de una chica de su edad, menos sociable de lo necesario, más encerrada en sí misma que las chicas que conoce, etc. Todo lo que dice suena a falsos defectos, a inseguridades que no ha creado tanto ella misma como las personas e instituciones con las que lidia. Le digo que solo parece frágil, pero que la fragilidad suele ser síntoma de sensibilidad e inteligencia, y que solo la gente más obtusa, que son más bien la mayoría, se jacta ante la gente frágil desde una fortaleza que no es tal, que solo es impostura, que es tan profunda como lo pueda ser ir en coche a comprar el pan en tu propio barrio. No son mejores, le digo, solo les desconcierta que tú tengas carácter propio, y prefieren hacer que te sientas rara y peor a tener que meditar sobre la posibilidad de ser ellos mismos. (Este último párrafo que le suelto está en modo más naïf, relajado, sin técnica y sin cuenta-gotas. Me he olvidado del tempo y he decidido imaginarla como la chica de la barra de un bar a la que quizá pueda engatusar.)
Por fin, me mira y rompe a llorar, aunque creo que sobretodo porque acaba de decidir que no quiere caerse, y de golpe ha reconocido el peligro. Alarga su brazo izquierdo. Debe pesar unos sesenta kilos. Le digo que camine por la cornisa sin mirar abajo, solo está a dos pasos de la ventana. Se pone en cuclillas, pegada a la pared, y se dispone a avanzar. Cuando ya todo parece solucionado, se oye la sirena de una ambulancia demasiado cerca. Lara lloriquea. Abajo los bomberos se mueven ligeramente hacia la izquierda con la lona. La muchacha se queda quieta. Se oye un crack apagado. Cuatro bomberos han acabado resquebrajando el cristal de la piscina, seguramente de tanto tiempo como llevaban de pie sobre él.
El operativo de rescate abajo se va al traste. Los bomberos hundidos en esa parte (unos seis metros de profundidad) patalean e intentan no ahogarse dentro de la lona, que se hunde. Nosotros estamos quietos, intento calmarla y que solo me mire a mí. Los tipos de aparatoso uniforme abajo parecen estar haciendo un número de payasos de circo intentando salir de la situación en la que se han metido. Ahora apenas hay espacio para sujetar la lona en la zona clave, que además se está acabando se sacar de la piscina. Cuando me quiero dar cuenta, y después de haber mirado tan solo dos segundos la escena de abajo, Lara da un traspiés. Oigo un gemido apagado de terror. Luego el ruido de su MK-Ymex, el restallido vaginal del cañón ametralla de forma desesperada los restos de cristal intactos de la piscina de Eremar. Lara cae abierta de piernas, “de pie”, procurando no dispararse a sí misma, y entra en el agua muy cerca del borde y encogida, salpicando de forma violenta a bomberos y policías.
Antes de que a alguien le dé tiempo a irse a por ella, sale a la superficie; parece sonriente por haberse salvado, intacta, y lo está, aunque aún no ha visto que flota en parte de su propia sangre.

boti

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