Archivos Mensuales: septiembre 2013

Manada de elefantes

Si un día Dios quiere decirme algo importante, creo que el mensaje acabará en correo no deseado. No acabo de cuajar esa idea en la que la sangre de alguien desmayado gotea por el hueco de una escalera desencadenando algo realmente importante. Más importante que el asesinato. O puede que el bloque de pisos no tuviera ascensor por un no-acuerdo de los vecinos, y solo se trate de un tropiezo de tu madre septuagenaria, que ahora muere lentamente mientras la rutina sigue su curso en la escalera. Tampoco se te ocurre qué puedes hacer con la imagen de la manada de elefantes que atraviesa la ciudad; o puede que mamuts, algo ya extinto, marcianos está muy manido, señoras mayores no es mala idea, o profesores de universidad agitando sus fotos enmarcadas y tamaño motor de camión de sus encuentros con académicos canosos. Apisonadora… Travelling lateral: la misma muchacha de siempre camina hacia la siguiente parada vital. Resopla de alivio, no ve tu cámara. Se encuentra con un chico joven. Ambos están en el mercado; como dicen en las películas en las que una mujer madura (y ridículamente atractiva) aún se seca las lágrimas por un divorcio o una muerte, y alguien ridículamente secundaria y menos atractiva le aconseja: Tienes que Ponerte en el Mercado Otra Vez. El mercado significa: Follar y lo que surja. Es curiosa la ambigüedad del romanticismo; su arrebatadora Vida e Inteligencia, y que de algún modo todo acabe dependiendo del polvo de turno, de los polvos, de los polvos monógamos, de los polvos supuestamente monógamos, de Follar como es debido (o al menos follar); pero eso no define a la pareja, o al menos eso te quieren vender mientras te enseñan el baño, la cocina, el dormitorio; te dan ganas de presentarle una pelirroja fiestera a tu colega y que se lo piense un momento en los márgenes de la inercia responsable dominante. ¡Bum!, dispara, sobre todo cuando sabes que casi nadie te lee. Mucha de la gente que no lee cree que hay una elección en la vida entre Leer y Vivir. No hacen más que demostrar una y otra vez que no leen; que ellos estudian, estuuuudian, ya estudiaaaaaaaaron… Una de las gotas de sangre podría caer de casualidad en la frente de una estudiante que sube las escaleras; quizá la hija de la señora septuagenaria; podría ser esa cosa de seguir teniendo hijos aun en una edad peligrosa solo para evitar el vacío del piso, ese síndrome de nido vacío o como lo llamen; eso podría explicar lo de una cría de 16 años y una madre de 70. Misión: ser madre. Otra vez esa historia de ser padres como quien compra una Nancy. Padres maduros con deseos de niños en la mañana de invierno que sea. Tanto planear el futuro y para lo más importante no parecen vislumbrar demasiado bien las consecuencias potenciales de ese futuro con descendencia, etcétera. Y ¡bum!, tienes una pesadilla cojonuda pero luego no recuerdas nada. Hace años, muchos años que tuviste tu último sueño realmente agradable; fue en la época en la que aún ibas a clase y soñabas a menudo de domingo a lunes que cuando despertaras iba a ser sábado. Estabas siempre acojonado. La etapa más feliz de la vida fue feliz solo cuando estabas por ahí haciendo de niño; en general está muy mal visto académicamente hacer de niño. Para la pregunta de por qué algunos críos se vuelven tan pesados y ruidosos por ahí con sus padres en restaurantes y terrazas y cines y por todos lados, la respuesta lógica te viene con la imagen de treinta y pico críos sentados en un aula siete u ocho horas, cada uno en su pupitre y obligados a hacer tareas (todos las mismas) de la cuales un 90 por ciento les importan tres mierdas y solo quieren salir de allí y poder moverse. A lo que un periodista entrevistando a un maestro de una escuela con métodos alternativos, dijo: «Pues algunos ya nos hemos apañado con lo que hay.» Hay gente que está tan segura de que todo raya la perfección, que una crítica les parece algo poco objetivo, poco profesional, poco fiable, poco realista, poco de todo, porque sus vidas son muy distintas. Es decir: El Sacrificio Ha Tenido Que Servir Para Algo; No Me Vengas Ahora Con Que Soy Algo Así Como La Víctima De Un Sistema Que Ha Podido Lastrar Mi Potencial. Niño bueno hoy, adulto palo mañana. El adulto palo va por ahí como un palo, come como un palo y curra como un palo, invita a todos a su cumpleaños como un palo y celebra como un palo y casi con toda seguridad folla como un palo y se empareja como un palo y se compromete como un palo y se casa como un palo y tiene hijos palito como un palo y vive como un palo y piensa, también, como un puto palo, joder. Como una caña, como una caña de pescar peces de papel nacientes en una sociedad palo. Qué palo que mañana es lunes otra vez. Qué palo que es domingo por la tarde. Qué palo ser tan palo; ¿por qué hay tantos palos? ¿Te has fijado?, como esas cañas por las que suben esas plantas trepadoras. Palo. Enhorabuena, aquí tiene su certificado como ciudadano palo, tenga cuidado y no se le desmadre la imaginación, no acabe como esos dejados troncos de la naturaleza; ya sabe lo arbitrarios que son los incendios. Como palo tendrá su propia vivienda palo, bueno, quizá, ya sabe, jiji, palo, pero es digno, es digno ser un palo, porque es lo normal, no lo olvide, usted quiere ser normal, porque ser normal es ser humilde, y ser humilde lo es todo. Del montón. Palo. Travelling lateral: el chico al que la muchacha se acerca parece claramente paloso. Sonríe con una naturalidad leída y escuchada de cien mil idiotas que no pueden evitar compartir sus expertas experiencias palo. Tiene todos sus certificados palo en regla y todos sus actos y conversaciones son palosos y está delgado y fibrado y tiene un sentido del humor tipo APM! que hace que quieras comenzar a partir palos con las rodillas y convertirte en un tronco terrorista provocando así quizá las iras de algunos pirómanos palo con altos cargos de responsabilidad. El travelling se detiene. El chico le regala algo a la chica. Oh, espera… no, no es un regalo, es una… ¿carta? Zoom al papel sospechoso. Es una… Ajustar nitidez. Es un ¿poema…?, es un poema… Es un poeta. Un poeta palo es más o menos como decir una cárcel libre. O: Libertad para los Campos de Concentración. Lucha por la causa justa de las causas injustas. Contrata de niñera a un pederasta, él también es humano. Pon la literatura en manos de palos, y luego todo se te llenara de campos de cultivo de blogs que un jodido montonazo de gente pelotera fumigará con fluidos vaginales y comentarios tendenciosos. Y ahora, una pausa para el bocadillo: …grumf… … … grh… … … grumf… glop… … grmf… grumf… glop… glop… grumpf… glop… grumps… … … Y ahora vuelve a levantarte y tira el papel de plata y recuerda que no vales una mierda y que el sacrificio lo es todo en la vida. El sueño bueno de hace años no era lo de soñar una y otra vez en domingo que al día siguiente era sábado, eso solo era un simpático sueño recurrente (aunque a veces al despertar y ver que era lunes casi echabas a llorar); el sueño bueno era muy corto, y consistía en que ibas de la mano de la muchacha recientemente receptora de cierto poema. Al despertar te sentías salvado, incluso siendo martes o miércoles, incluso siendo la vida aún sospechosamente sospechosa de Error General en el Sistema. Cambio de rollo. Error, Señor Tronco. Gracias por avisar. Señor… Qué. Creo que vienen otra vez al bosque esos… ya sabe, esos palos; vienen a… No hace falta que añadas más, muchacho, has sido un buen chico. Ha sido un placer convivir con usted, Señor. Fundido a negro. Ruido de motosierras. Gritos sordos. Resina salpicando. Astillas. Serrín. Profesionales de la vida currando de verdad. Sacrificio. Distorsión productiva del paisaje. Travelling lateral (ahora en la otra dirección): La muchacha pasea junto al poeta palo. Apenas se oye lo que dicen, hoy los pertiguistas han pasado de venir (demasiado arriesgado, decían; capullos…). Creo que van a un mueso (Muchacha y Poeta). Uno de esos museos en los que de vez en cuando algún programa envía a un reportero para rondar cerca y preguntar a los visitantes qué les inspira la lámina artística que lleva, y que en realidad ha llenado de rayajos un crío de dos años… Se alejan, pero los veo entrar a base de Zoom y corazón encogido. Entonces una manada de elefantes corre hacia nosotros y… mierda para mí… nunca es buen momento para incluir eso. Un narrador omnisciente me enfoca. Recojo los bártulos. Tiro el papel de plata en una suntuosa papelera pública. Fundido a negro. Olor a familia estable de los noventa. Despierto y es sábado. Así que puedo seguir durmiendo al menos hasta las once. Luego vuelvo a despertar, descansado, feliz y lleno de vitalidad por primera vez desde el lunes. Once y diez. Vagabundeo por el barrio. Paso junto al portal de mi bloque de pisos. Los vecinos del primero y segundo se niegan a pagar tanto por un servicio que ellos no van a usar. Lo sienten, pero no darán su brazo a torcer. A mediodía (me contaron por la noche), dos horas después de la reunión de vecinos, la señora que vive sola y septuagenaria en el sexto piso, se desequilibra y cae bajando el último tramo de escaleras. Se golpea la cabeza y crece un charco de sangre en el que se comienza a reflejar el techo. Unos diez minutos después, un señor que vive en el primer piso, sube el único tramo de escaleras obligado hasta su puerta. Va aferrado al pasamanos, pero de repente algo espeso salpica sus ojos. Se le mete en los ojos y le comienzan a picar de un modo muy desagradable. Deja la bolsa de la compra; pero al estar a medio subir el tramo de escaleras, todo lo que llevaba la bolsa comienza a rodar y desperdigarse. El hombre se pone nervioso y pisa en falso entre escalones. Cae de espaldas y se lesiona la columna. Al pie del primer tramo de escalera sigue consciente; pero solo puede parpadear. Mi madre me lo cuenta todo durante la cena. Antes de despertar de verdad.

elef

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Relatos potencialmente irritantes (6 de 6) – Libres

No me dices nada, no haces nada, te quedas ahí como… …, ¿quieres ver mi coche nuevo, por cierto?… Uf, qué calor…, aún no has visto mi piso, por cierto (aunque ya mismo nos mudamos a uno mejor)…, ¿quieres que te presente a alguien?, conozco a una chica que pega mucho contigo, os veo, hum, sí, os veo… Solo quiero…; a ver, cuéntame, hum, a ver, a ver, venga, dime qué pasa con esa persona de la que no quieres hablar, qué es concretamente lo que pasa, cuál es tu opinión, has de tener una, ¿no?… ¿En serio no quieres venir?, tengo el coche en un parking, cerca. Esta noche vamos a cenar a un japonés, creo…, ¿te vas a ir a casa?, ¿qué vas a hacer en casa?… Oye, en serio, tienes que venir a ver el piso, lo han visto todos… ¿Aún llevas ese móvil? Venga, es sábado, y mañana domingo y luego ya lunes, y ya sabes lo que pasa… El otro día estuvo muy bien, ¿dónde estabas?, y el otro día te fuiste muy pronto, te llamamos al móvil y no contestabas, ¿la batería?… Un segundo. Espera… Sí… Un mensaje… a ver… Hum… … hum… … Jiji… … … … Hum… Oh… Sí, yo una jarra de cerveza, ¿qué tenéis…?, sí… sí…, pues una de esas. Hum, disculpa, nunca me dejan en paz… Sí…, es que mañana vienen a instalar… espera, llaman… … ¿Síí?… no, estamos aquí en… sí… ¿En media hora?, sí… sí… vale… ¡Hasta ahora! Vale… Muy bien… Un momento… a ver… nunca me aclaro con este teclado… Mierda, espera…, a ver quién es ahora. ¿Sí?… Hola, sí… Pues sí, ha ido muy bien… sí-sí… Sí, oh, sí, las cataratas… No, a esa parte no pudimos ir… Sí, Laia se puso mala del estómago… Es que es para ir más días… Sí, tres semanas es muy poco… Claro… Pues sí, estamos aquí en… Sí… Sí, luego ya iremos a cenar… Creo que hay un mejicano que… Sí, pero no está muy lejos… Ajá… Ajá… … Sí… Bueno…, ya, es que no os vi, había mucha gente, nosotros fuimos al escenario principal a esa hora… Sí, es que a Laia le molan mucho… Ajá… Ya… Bueno… Pues sí, más tarde nos vemos… Estamos por aquí, por el centro… Hum… Ya… Vale, pues luego pegad un toque… Sí… Venga, hasta luego-hasta luego… Bueno… Oh, gracias, eh, pero había pedido una jarra, una jarra, sí. ¿Tú no quieres otra birra?… Vale, sí, tranquilo, una… una jarra, sí. Bueno, esta noche hay preparada una buena… ¿Te vendrás, no?, creo que Laia trae a dos chicas de la uni. Dice que una te conoce de nosequé… Como quieras… No creo… Uf, hace un poco de frío ya aquí fuera, ¿no?… Pues sí, tío, el coche va bien, solo lo tuve que llevar el otro día al mecánico por un ruido que hacía… No, hace la tira que no vamos al cine… Laia no quiere… no, es que no le gustan esas pelis. Ayer fuimos a cenar a ese…, sí, ese sitio de cocina moderna o lo que sea… Es muy caro, pero vale la pena ir alguna vez, nos dieron un pescado que… Espera… A ver… Sí, nada, que ya vienen estos… Pues sí, que comimos muy bien, nos iban trayendo raciones pequeñas, parece que no pero acabas lleno… Oye, es mi cumpleaños en dos semanas, por cierto, te apuntas, ¿no?… No sé que haremos… Antes es el de Laia, pero creo que iremos a cenar ella y yo y luego ella lo celebrará con sus amigas; y puede ser que luego con nosotros, no lo sé… Para el mío habíamos pensando salir todos fuera un fin de semana, pillar unas habitaciones, aunque no sabíamos si esperar al puente de… Espera… ah pensaba que era el móvil… Bueno, que eso, que algo haremos… La semana pasada fue mi santo pero no hicimos nada, tengo un follón en el curro que no veas, llevo semanas agobiado, y encima se me ha olvidado dejar en casa el móvil de empresa… A ver… espera… … que dicen que en media media hora o un poco más llegan… ¿Te vas a ir?, ¿por qué?… Ya, bueno-bueno, pero ahora te quedas, ¿no? ¿Y qué vas a hacer hoy?… ¿…? Vente a ver mi coche, anda, y espérate que igual te interesa conocer a las chicas esas de… a las amigas de la Laia… A ver, perdona, espera… ¿Hola?… no te oigo bien… ¿Hola?, ¿Laia?… Oh…, ¿y eso?… te tomaste la… Y cuándo te ha empezado… Oh… Bueno… ya compraré algo… ¿Laia?… ¿Laia?… ¿Me oyes?… Sí, que digo que ya compro yo algo… Sí… oye, no te oigo nada… ¿Eh?… ¿Estás en el tren?… Oye… Oye… Entonces qué quieres hacer… ¿Te duele mucho?… ¿Si no es dolor qué es…? Un momento, perdona… … … Pero esta noche íbamos a cenar… ¿entonces qué quieres comer?… vamos a ese sitio de… Sí… No, mejicano, no… Ya pero… … …

Mikminnie

Relatos potencialmente irritantes (5 de 6) – Retro-Post-Gonzo

Un hotel que paga la empresa. Despertar en posición fetal y descubrir que se ha estado gestando una gran vomitona durante toda la noche. No te da tiempo a llegar al lavabo y el suelo es una suerte de moqueta en la que la acidez del vómito va a causar estragos. De todas formas esa mañana te marchas. Los ojos se te llenan de lágrimas mientras haces terribles esfuerzos por sacarlo todo. Sale en parte por la nariz. Alguna venita revienta y añades al plato también algo de sangre. Imaginas la cara de la mujer de la limpieza de tres estrellas. Te vas al lavabo e intentas recuperar la compostura. No es la primera vez que haces tus necesidades para ir después al lavabo. Tu estómago te suele enviar correos a los que debes contestar de inmediato si no quieres volver a convertirte en alguien repugnante. A veces quiere salir por abajo. Es un desconcierto de tus tripas, viejas conocidas de tu médico de cabecera. Has dinamitado un par de banquetes durante los postres. Un par de chicas han salido despavoridas en medio de citas en restaurantes preparados para cualquier cosa menos para ti. Una de ellas te gustaba de verdad.
Del suelo comienzan a subir vapores de la cena y el alcohol de ayer. Te miras al espejo y te devuelve la mirada un tío que se pensaba que nunca iba a ser lo que llaman Un Adulto, o alguien mayor, alguien con más de 14 años. Haces la maleta como quien va a ganar algo por acabar antes de treinta segundos. Por suerte no llevas equipaje abultado.
Abajo la tía de recepción te mira pensando simplemente que no has dormido mucho (o eso crees). Has intentado lavarte un poco, pero no querías meterte en la ducha y que entrara alguien a hacer la habitación y viera un lago de vómitos mientras tú canturreabas algo de Franz Ferdinand bajo el chorro. Para colmo la mujer te parece atractiva, la de recepción. Así que sales del edificio lo más rápido que puedes y te pierdes un par de veces por el minúsculo parking hasta que das con el coche de alquiler.
Te metes dentro y te enciendes un cigarrillo. Odias conducir fumando, así que arrancas pitillo en boca y sales echando ostias de la periferia de Periferia; seguir buscando placer en lugares conocidos como desagradables es el deber de todo gilipollas que no acabe de creer del todo que lo es. Te cuesta bastante recordar qué viniste a hacer, o qué has hecho. Solo recuerdas que ayer enviaste algo por correo electrónico, algunas líneas poco meditadas hablando del Restaurante Piccola Lola. Un antro italiano cuya idea de la higiene consiste en no dejarte cruzar el umbral de la cocina, capullo. Eran tan simpáticos como tirarle a alguien las gafas y pisarlas. Lo malo de salir después y beber demasiado, es que nunca sabes si el garito de turno te ha podido servir comida intoxicada. Además, siempre te largas a la habitación de turno a chapurrear tus impresiones cuanto antes para quitártelas de encima, cuando sabes perfectamente que lo que quiere la revista es que contextualices el texto, que hables de tus correrías y seas divertido al modo que lo es intentar escribir tu nombre meando. Si quisieran comentarios sobre pasta italiana o rollitos rancios llamarían a un crítico gastronómico de verdad. Lo malo de algunas publicaciones es que quieren prefabricarse como gamberras y atrevidas, quieren un Hunter S. Thompson, o varios, en sus filas, pero no tienen en cuenta que precisamente ese tío ponía a parir a sus editores y la gente para la que trabajaba, y que la profesionalidad y el quemar vivas las reglas del juego no casan. No tiene sentido.
Aun así, la idea del viaje no está mal; cuando los dueños dictatoriales de los antros que pisas creen que te importa un carajo cómo llevan el local, puedes llegar a caer bien a algunas camareras. El truco, como casi siempre, está en vestir como alguien que va más allá de saber diferenciar un vino de gourmet de un Don Simon. Tu capacidad en la cocina se resume con un delantal de V de Vendetta que por algún motivo te hizo mucha gracia, una cuchara o tenedor grandes, y la tapa de alguna olla para protegerte de los proyectiles de aceite hirviendo. Y un día hiciste una paella; y luego, mientras comentabais tus amigos y tú la jugada en Burguer King, conociste a esa chica que te gusta pero que luego salió a cenar contigo un día en que tu estómago te guardaba correo en tu antigua dirección. Lo que le habías dicho a la chica por chat, es que ya habías superado tu minúsculo problema con la bebida, que te habías convertido en un buen chico, y que lo de tu cuerpo descompuesto por dentro no tiene nada que ver con posibles desajustes debidos a una mala vida disfrazada de travesuras sin importancia del pasado.
Volviste a perder. Te estás convirtiendo en el tipo exótico del que huyen las chicas que te gustan. Las que te hacen arder de verdad y a varios niveles. Las que saben que salir con un tipo problemático es eso que acaba en peleas de mierda, malos tratos y un sufrimiento de pareja que es mejor sospechar a tiempo y archivar en la carpeta de Cosas que Yo Sé que NO Debo Hacer.
La excentricidad o incluso la inteligencia, la genialidad, son esas cosas que dejan de ser atractivas en presente para una mujer cuando la misma comienza a imaginarse como secundaria en un futuro documental sobre tu atribulada y absurda vida. Y eso, en el mejor de los casos.
El tiempo dirá si eres un genio. Aunque quizá si ya estás pensando en si lo eres o no, es porque seguramente ni tan siquiera seas muy destacable. Supongo que hay de todo, ¿verdad?, ahora conduces y piensas en ti mismo, las pajas tienen muchas formas. A veces Escribir es como ser el operario Para Todo en una cadena de montaje de pajas. El problema es haber conocido tantas vidas ajenas y cómo se gestaron y acabaron; y aún mayor problema es haber admirado a esos tíos. Tíos que vivieron otras épocas y cuyas rajadas orgánicas de máquina de escribir tenían enfoques concretos producto del momento concreto de sus décadas de auge o caída. Ahora todo es post-algo. Parece imposible ser original, pero lo peor no es eso. Lo peor es que todos, también los tíos a los que admirabas, vivieron en épocas en las que todos pensaban igualmente que la originalidad y la frescura eran cosas de tiempos pasados. Así que al final la única conclusión a la que llegas, es la de que si no eres original es simplemente porque no tienes las pelotas o el talento para serlo. Si no resultas fresco es porque no has encontrado el modo. La pasión, se sienta por lo que se sienta, te puede dejar atado en varios ámbitos a la cama, mientras le echas la culpa a alguna puta de la que decidiste fiarte.
La noche anterior te comiste un plato de pasta mientras algunos empleados te miraban de reojo. Suele ser por las gafas finas estilo oficinista. Las gafas y el hecho de estar solo te convierten potencialmente en alguien que no ha ido tanto a comer como a trabajar. A buscar taras. Ni siquiera la forma de bromear con las camareras te absuelve. Al contrario de lo que se podría pensar, en algunos locales deciden no hacerte la pelota. Deciden todo lo contrario a hacerte la pelota. Una de las pocas probabilidades que tienes de saber que te han escupido en el plato, es la de que el gargajo incluyera una buena dosis de mucosidad. En según que zonas de la geografía de carretera, algunos locales han recibido palos y más palos de ciertos críticos. Pero son locales con la clientela asegurada; clientela de paso; así que cuando sospechan de otro tipo solitario, lo que hacen es escupir (literalmente) en la posible mala publicidad que les puedas hacer. Siempre se trata o bien del dueño o de los cocineros. Es una forma de reivindicación del ego. Es como decir: No somos muy buenos, pero es que además contigo vamos a ser unos cabrones.
Después de cenar, y procurando no pensar en saliva, orina, semen o estornudos, te esperaste a que terminara su turno una de las camareras. Te dijo que iba a salir con unas amigas luego. Le dijiste que antes tenías que pasar por el hotel. Tu tiempo record de escritura, envío y salida a la calle es de 25 minutos. En lo único que podrías parecerte a H. S. Thompson es en el número de erratas y lo caótico de los artículos. La chica te preguntó a qué te dedicabas. Le soltaste alguna chorrada. Te dijo que no, en serio. Le preguntase dónde solía ir con sus amigas. Justo en ese momento un calambre de ardor de estómago te atravesó. La chica no se parecía en nada a Ella.

Kyle Thompson
Kyle Thompson

Relatos potencialmente irritantes (4 de 6) – Pi, Silvia

[Relato universitario de Silvia Pi. Fulminante suspenso y reunión con el director del centro tras un altercado en clase.]

DIALÓGO GENERACIONAL
Silvia Pi

Sujeto 1: Beee…
Sujeto 2: Beee…
Sujeto 3: …
Sujeto 1: Beeeee…
Sujeto 2: Beeeee…
Sujeto 3: …
Sujeto 1: ¡Beeeeeee!…
Sujeto 2: ¡Beeeeeee!…
Sujeto 3: …
Sujetos 1 y 2 (al unísono): ¡¡Beeeeeeeeeeeeh!!
Sujeto 3: No.
Sujetos 1 y 2: …
Sujeto 3: …
Sujetos 1 y 2: …
Sujeto 3: No y ya está. Es mejor que no añada nada más…
Sujeto 1: ¡Bweeeeeeh! Ihih…
Sujeto 2: ¡Bweeeeeeh! Ihih…
Sujeto 3: ¿De qué os reís?…

Fin

 

El despacho temido de naturaleza jerárquico-académica. El director del centro universitario más reputado de Periferia Microsoft invita a sentarse a Silvia y a sus padres. Luego consulta algo en su ordenador. Consulta. Teclea. Sonríe y dice «Disculpad, buenas tardes, enseguida estoy con vosotros». Teclea… teclea.
Luego mira a Silvia con seriedad y entrelaza sobre la mesa los dedos de las manos;
–¿Qué pasó ayer, Silvia?
–…
–…
–¿Aún no conoce todas las versiones?, sólo tiene que elegir una…
–Pero quiero tu versión.
–¿Y la de mis padres también?… Ellos no estaban.
–¿Me vas contar lo que pasó o no? Te recuerdo que hay una chica ingresada en el Placa-Base…
–Oh… pero hay muchas como ella, no se preocupe. El futuro del producto interior bruto del país está a salvo…
–…
–¿Y por qué han llamado exigiendo la presencia de mis padres?, pensaba que estas cosas solo pasaban en Primaria…
–Han venido porque han querido, porque querían hablar conmigo, nada más.
–¿Me vais a expulsar?
–La intención es arreglar las cosas, Silvia…
Beee…
–Ya lo sé, mamá…
–Deberías escuchar a tus padres.
–Siempre les he escuchado.
Beee…
–No, papá, siempre estás igual…
–Tus padres no quisieran que te expulsara del centro… Sabes que ellos estudiaron aquí, supongo, ellos querían un buen futuro para ti…
Beeee…
Beeee…
–No, oídme, oiga, no se trata de eso. No es que crea que no quieran lo mejor para mí, es que creo que en esencia quieren lo mismo que quieren para ellos, o que querrían para ellos, y nada más.
–Creo que estás muy equivocada, y que no conoces el mundo de ahí fuera, el que tendrás que afrontar cuando acabes los estudios…
–Creo que…
Beeeee…
–No me interrumpas, mamá, tengo derecho a decir lo que pienso. La verdad es que no me gusta este centro. En realidad es peor, no me gustan estos centros, estas instituciones, hay algo en ellas que…
Beeeee…
–Papá… es que siempre estáis igual, no hacéis el más mínimo esfuerzo por…
¡Beeeeee…!
–No, mamá, no, y no me trates como si fuera uno de tus pacientes.
–Silvia, solo intentamos que te calmes. Ingrid está en el Placa-Base, acabará con varios puntos de sutura, seguramente dejen cicatrices, y ya sabes el trauma que eso puede suponer para ella.
–El trauma de Ingrid es ella misma, es omnitraumática, es como un trauma en sí misma. Además yo no hice casi nada, solo le puse la zancadilla.
–Solo dijo que tu texto era reduccionista, simplista, ¿no es así?
–Dijo que era exagerado y demagógico, si la entendí bien…
Beeeee…
–Sí, señora, solo intentamos solucionar el asunto, procurar que la sangre no llegue al río, si es que no ha llegado ya…
–¿Sabe qué?, la verdad es que le tenía a usted por alguien distinto, un director joven, pensaba que era bueno que usted llevara las riendas aquí, pero parece que con el tiempo se ha ido acomodando…
–No, Silvia…
–Sí, la verdad es que el primer año, y no me avergüenza reconocerlo, estaba incluso bastante colada por usted, o aunque solo fuera impresionada, lo que sea… Pero, ¿qué le ha pasado…?
–Silvia, la cuestión es que has agredido a una compañera, y en el centro no podemos pasar por alto una…
–… como si no fuéramos nada más que piezas que…
–… este edificio centenario que…
–… un engranaje académico que creo que está lastrando y dinamitando las diferencias lógicas que hay entre los alumnos.
–¿Qué quieres decir?
–¿Usted les oye hablar?
–¿A quiénes?
Beeeee…
Beeeee…
–Silvia…
–Creo que… necesito estar un tiempo fuera de este… Creo que ahora lo mejor para mí es dejar la carrera…
¡Beeeeeeeeh…!
¡Beeeeeeeeh…!
–Silvia…
… eeeeh…!
Beeeeeh…!
–Silvia, reconoce que tus textos tienden a ser muy duros para con tu entorno, para con tus compañeros.
–Solo describo lo que yo veo. Lo que yo veo.
–El tema del relato iba relacionado con tu generación, con la gente de tu edad, y eso…
–Exacto, creo que siguen siendo igual de superficiales y previsibles que las generaciones anteriores, entre otras cosas. O peor aún, que lo van a ser, y que lo quieren ser.
–Tus personajes eran una burla.
–Una sátira.
–Una burla.
–Un retrato.
Beeeeeh…
–No llores, mamá.
Alguien llama a la puerta. Un chico asoma la cabeza y se dirige al director:
Beeeee, beeeee…
¿Beeeeee?
Beeeeee…
–Dios bendito…
–…
–…
–¿Qué te pasa, Silvia?
–¿Qué ha sido eso?
–Como ya habrás visto, uno de tus compañeros. Ingrid ha venido al centro. O eso he entendido…
–Pero, ¿qué coño ha sido eso? Usted…
–Lo mejor es que venga aquí y arreglemos esto, ¿te parece?, ¿les parece?…
–…
Beeee…
Beeee…
–Muy bien. Espérenme aquí.
El director se va a recibir a Ingrid. La rabia comienza a crecer en el pecho de Silvia. O no rabia, sino frustración. Comienza a tener unas ganas locas de hacerle alguna putada física a alguien. De volver a hacerlo. Se saca el paquete de tabaco, extrae un cigarrillo y se lo enciende;
¡Beeeeh!
–Sabes de sobras que fumo, mamá…
¡Beeeeeh!
–Él fuma como un carretero, y también aquí, lo sabe todo el mundo en la universidad…
No pasan más de cuatro minutos. Se oyen pasos. Al abrirse nuevamente la puerta, Silvia se sobresalta. El director suena claramente acompañado.
Por suerte, Ingrid viene sola. No hay más padres de por medio.
Silvia se levanta, intenta armarse de sobreactuación controlada para sortear el asunto. Pero Ingrid enseguida la mira con desprecio y dice:
¡Beeeeeeh!… ¡beeeeeeh!, ¡beeeeeh!
Silvia le da la espalda y se sienta, muy lentamente. El director intenta que Ingrid se calme. Los padres de Silvia se echan a un lado e invitan a la chica a tomar asiento al lado de su hija. Lleva 22 puntos de sutura en la frente. La muchacha gesticula y se pone a gritar otra vez señalándose la herida cerrada.
–Ingrid –interrumpe el director–, Ingrid… supongo que no has venido a discutir y ya está, ¿no?…
La muchacha le mira con cara de extrañeza, como si no hubiera entendido una sola palabra. Frunce toda la cara rompiendo a llorar, se levanta bruscamente, roja,  y cuando se dirige rauda a la puerta, Silvia coloca el pie izquierdo en el peor sitio posible.
Ingrid tropieza y cae de boca, un sonido acuoso;
¡BEEEEEEEEH!… ¡BEEEEEEEEEEEEH!
–Tienes que aprender a poner las manos, chica…
… EEEEEEEEH!!!
–Siempre la cara para aterrizar…
¡Beeeeeh!
–Lo siento, mamá. No he podido evitarlo…
¡¡¡BEEEEEEEEH!!!
La herida se ha abierto y de repente hay sangre por todas partes. El director mira con extraña neutralidad a los padres de Silvia, que recogen del suelo a Ingrid.
¡¡¡BEEEEEEEEEEEHH!!!
–Siento lo de la moqueta… de verdad –le susurra Silvia al director, sin poder contener ya en absoluto la risa.

tets

Relatos potencialmente irritantes (3 de 6) – Auto-Retazos

Yo tenía unos nueve años. Estaba en casa de un vecino, él era tres años mayor que yo. Jugábamos a la consola, una Master System de 8 bits (no sabíamos ni qué era un bit, pero siempre hablábamos de bits). Atardecía, se veía por la ventana tras el televisor. La madre de mi amigo entró entonces en la habitación de mi amigo y dijo: «Se ha muerto el Rafi»… a lo que mi colega (al que admiraba), contestó: «Uno menos». Y nos echamos a reír.
El Rafi era un niño del barrio de siete u ocho años con quien apenas teníamos trato. Al parecer se comió dos bocadillos, se lanzó a la piscina, se le cortó la digestión y se ahogó (o eso nos contaron los adultos). Cada vez que alguien volvía sobre el tema, nos daba la risa, y tan así era que acabábamos con dolor de estómago y los ojos llorosos. No podíamos parar de reír y reír.

Cuando tenía diez u once años, una de las modas del barrio era el monopatín. Todos teníamos uno, y si veíamos a alguien de nuestra edad que no lo tenía, nos preguntábamos a qué esperaba a tener uno. Las niñas de trece, catorce y quince años entonces aún jugaban a la goma cantando canciones. Los chicos nos lanzábamos sentados en el monopatín por la bajada que hacía la acera que cercaba los parques delante de los pisos. Los coches estaban aparcados en batería junto a nuestras carreras. Al llegar abajo, la acera hacía curva de 90 grados y girábamos bruscamente haciendo derrapar las cuatro ruedas bajo la tabla. (Se trataba de aquellos monopatines bastos y pesados con dibujos estilo graffiti y ruedas de pasta, nada parecido a lo que hoy día llevan los adolescentes.) Al final de la bajada, si seguías recto, había una carretera notablemente transitada. Hubo frenazos de coches, monopatines partidos en dos, conductores discutiendo con padres, niños discutiendo con conductores, niños vacilando a conductores para vacilar delante de las niñas de las gomas, padres castigando a niños, cabezas abiertas, muchos puntos de sutura, monopatines paternalmente lanzados a la riera que había junto a la carretera, niños paseando por la riera (después de haber saltado sobre hierbas altas y ratas desde el otro lado de la baranda: una caída de unos cinco metros) buscando dónde había caído el monopatín; hubo rodillas rascadas hasta verse el hueso, huesos rotos, muchos esguinces, codos ensangrentados, niños volviendo de la riera desde una zona de escaleras situada a unos dos kilómetros y con el monopatín de turno y hasta a menudo restos de revistas porno con las páginas enganchadas. Hubo alguna mordedura de rata, y hasta accidentes de tráfico ajenos a nuestras gestas presenciados de primera mano (incluidas lluvias de cristales) mientras bajábamos impulsándonos y manoteando los parachoques de los coches aparcados.

Hacía poco de la primera paja, tenía trece años. Un día, una mañana, caminábamos buscando petardos. Cada uno llevaba un tarro de mermelada vacío (o similares). La noche anterior había sido la verbena de San Juan. Lo que hacíamos cada año esa fecha era buscar restos, despistes, perdidas, la gente desperdiciaba por un motivo u otro decenas de petardos; estaban intactos en el suelo, polvorientos y resecos, perfectos. Íbamos por caminos cercanos al barrio que actualmente están asfaltados, pero que por aquel entonces eran caminos de tierra; siempre había alguna jeringuilla, condones usados, revistas porno, bolsas andrajosas, basura de vertedero desperdigada. Nos encantaba estar allí.
Cuando nos cansábamos de buscar, nos disponíamos a disfrutar del botín. Primero gastábamos los petardos más flojos, y los más gordos quedaban para el final. Los petardos eran sagrados, cada verbena de San Juan y su día siguiente eran NUESTROS; era la dictadura del ruido y el destrozo. San Juan significaba plantas reventadas, flores que se esfumaban, ladrillos partidos o hechos trizas; significaba coger los pepes (largos y verdes) por el extremo opuesto a la mecha, encenderlos y tener las narices de no soltarlos hasta que explotara la parte delantera. San Juan era hormigueros como pequeños Hiroshima y Nagasaki, lagartijas dentro de botellas de Coca-Cola y meter un rompetochos encendido dentro y poner el tapón. Significaba más de una luna de coche rota, más de un container amaneciendo derretido, algún que otro dedo amputado, y perros y gatos histéricos durante horas. No siempre éramos nosotros los responsables, pero nos encantaba que alguien lo fuera y poder ver los desperfectos, la resaca, la distorsión de la rutina.
El día de búsqueda de petardos de mi decimotercer año con vida, cuando ya solo nos quedaban algunos de los gordos, había que afinar el ingenio. Entonces tocaba buscar objetos que poder destrozar. Lo ideal era una botella de cristal, a poder ser grande. No era fácil dar con una, pero ese año fue especial porque sí lo logramos. Una preciosa y gran botella oscura y vacía de cerveza. Una de las cabronas. La dulce promesa de la metralla salpicando, el corte de mangas infantil a la Amenaza que representaba cualquier decisión que tomáramos. Y vaya si la metralla salpicó. Lo hizo tanto que llegó a dos ventanas; y el vecino de siempre, el que nos llenaba de agua día sí día también la plazoleta para que no jugáramos al fútbol, salió enfurecido diciendo que habían entrado cristales en su casa. Nosotros, muertos de risa, corríamos y le hacíamos pedorretas a aquel hijo de puta.

Mi vecino, cada año, cuando íbamos a la piscina o a la playa juntos, se metía en el agua a medio comer su bocadillo, y fingía estar ahogándose. Nunca podíamos parar de reír.

Una vez, por un camino cochambroso saliendo del barrio, y “detrás” de los pisos (donde había más plazoletas como las de “delante”, aunque no estábamos en ellas), encontramos un sapo. Había llovido toda la noche. Un sapo enorme enquistado en el barro aún muy húmedo. Nos preguntábamos qué pintaba allí un sapo. Nosotros íbamos con palos y cañas; los usábamos para fingir lanzarnos los condones usados o las porquerías que pinchábamos. El sapo murió.

Cuando los “cunnilingus” infantiles, no debía tener más de ocho o nueve años. Yo tenía un amigo, y conocíamos a dos niñas del barrio; dos trastos. Separadas no hacían nada, pero juntas se hacían fuertes y siempre estaban planeando algo. Los bloques de pisos tenían cada uno su típico portal; un escalón, un pequeño descansillo, los timbres, etc.
No recuerdo bien cómo se inició el asunto, pero de vez en cuando, allí mismo en el pobre escondrijo que proporcionaba el portal del segundo bloque de pisos (había cinco bloques), a ellas les divertía subirse el vestido y bajarse las bragas para nosotros. Luego se sentaban en el suelo con las bragas por los tobillos, y nosotros metíamos la cabeza en el vestido (cuando ellas lo permitían). A veces cambiábamos de pareja. Lamíamos las rajitas. Pero apenas profundizábamos; se trataba más de caricias que de lametones. Recuerdo que nos encantaba el olor, el regusto salado, la suavidad de la zona. Esto duraba exactamente hasta que ellas se cansaban o la cosa dejaba de parecerles divertida. Nunca ningún vecino nos pilló, y si lo hizo no se fijó en lo que pasaba. Solo éramos cuatro críos por los suelos.
Luego, cuando ya tenía quince años, para tan solo un puñado de morreos con cierta chica un año mayor que yo, todo eran problemas; no estábamos tanto besándonos como escuchando quién venía o se iba, o qué puerta se abría o cerraba. Entrábamos en el portal, en el que fuera, y, una vez más, todo acababa cuando ella pensaba que nos iban a pillar, o simplemente cuando decía que se tenía que ir. Aunque creo que, en realidad, la mayoría de veces lo que hacía que de golpe tuviese prisa por irse, era que ya no podía disimular que no notaba mi erección.

beyne

Relatos potencialmente irritantes (2 de 6) – Aquella muchacha claramente demasiado joven del aeropuerto

En serio, no tenía edad ni para sospecharle un erasmus. Estaba allí sentada, en la Terminal, con una de esas maletas con ruedas (si es que aún las hay sin). Muy sola. Daban ganas de socorrerla aun sin motivo aparente, a no ser blandiendo algún papel con estadísticas de violaciones con gráficos con puntas de actividad alarmantes relacionadas con muchachas claramente demasiado jóvenes y solas. Era una niña con tetas y curvas y esa cara igual que esas caras de niña, redonda, con la mirada aún poblada de sed, pero no enturbiada por malas experiencias, esa mirada como algo adormecida y la vez a la expectativa. Ademanes de chica occidental cuya idea de un mal día debería tener que ver con malos encuentros en el instituto, desmanes de profesores o compañeros. Dramas de buena vida salpimentados con buenos tratamientos de higiene, cabello largo y oliendo a algo muy agradable y juvenilmente femenino, y un más que potencial problema para que algún día algún chico sepa ver con relativa rapidez más allá de sus labios o tetas, o la sola duda de cómo llevará recortado o no el vello púbico, si no es –Dios bendito– que lo lleva depilado del todo o al natural del todo (cualquiera de las dos opciones parecía igualmente excitante). Hablamos de alguien claramente menor, muy menor, ilegal, rayando el lolitismo Nabokob (aunque más parecido al de Kubrick). Todo el que pasara a diez metros a la redonda le echaba una mirada aunque solo fuera mínimamente reflexiva, incluso las mujeres, que a veces hasta hacían alguna pequeña mueca de esas que hacen con los bebés por más feos o pringosos que sean (y quizá sorprendiéndose a sí mismas por ello, teniendo en cuenta que podrían haberse ahogado con una de la tetas de la cría/mujer-niña…) La muchacha estaba estática y con las piernas cruzadas, llevaba un vestido de una sola pieza y no toqueteaba ningún móvil. Solo tenía la mirada perdida, aunque no con atisbo alguno de tristeza, ni tan siquiera aburrimiento. Estaba allí en el mundo real, y era como si hubiese saltado de un catálogo de los que no existen, en los que no hubiese chicas retocadas y todo fuera todo lo natural y poco adulterado que pueda ser factible en alguien común enterrado en publicidad. No se sentía incómoda, parecía acostumbrada a ella misma, a ser el centro de atención de un modo que no se puede planear. La ambigüedad parecía cubrir todo el espectro de atracción. De chavales salidos comunes a pederastas. Parecía encajar en cualquier idea sobre el amor eterno o el sexo guarro. Podía ser igual modelo que presentadora del telediario que actriz porno que camarera que prostituta que profesora de primaria. Era la chica guapa estilo Elige tu Propia Aventura. Te costaba imaginarle una vida futura sin altibajos ni problemas. Estar tan buena tenía que traer problemas, probablemente pocos menos que no atraer a nadie, y quizá sin atraer a nadie te ahorraras algunos. Los caminos del suicidio social son más inescrutables de lo que todos creen. Que se lo digan si no a esas tías que se operan por todos lados y acaban brillando como el capó de un coche y siendo tan naturales como el comportamiento de la tía de Personal de cualquier empresa viviente a la que le vaya bien. Así, estábamos todos allí haciendo como que no la mirábamos ni susurrábamos, en un acuerdo tácito silencioso con ella de que tanto ella como nosotros sabíamos que la estábamos mirando y susurrábamos, pero que no tenía importancia ni había malicia, porque ella ya estaba acostumbrada a ser observada y susurrada directa e indirectamente, y se había hecho a estar sola mientras le pitaban los oídos y de vez en cuando escuchaba algún atenuado «joder…», etc. Nadie se atrevía a sentarse a su lado. Complejo de Acteón. Los dos asientos de su izquierda y derecha llevaban vacíos desde que ella llegó. Antaño se decía que ciertos multicines de Periferia Microsoft tenían subcontratadas (en secreto por los miembros del personal que, entre otras cosas, tenían que limpiar las instalaciones) a varias chicas de este estilo para repartirlas por las salas e inundarlas de miedo a la belleza casi sobrenatural que desprendían. De esta forma, un porcentaje de espectadores mayor de lo que cabría esperar no se atrevía a tomar asiento cerca de ellas, y acababan saliendo de la sala, sin decirse nada entre ellos cuando eran grupos o parejas, y daban un paseo silencioso y se sentaban en alguna terraza a tomar algo y el tema no salía, y el resto del día continuaba igual, y hasta que no habían pasado incluso meses no se atrevían a comentar qué había pasado aquel día en la sala de cine de la que huyeron aun habiendo pagado la entrada. Se comentaba que los taquilleros mandaban a la compañera menos impresionable a pagar a las chicas, y luego ya se limpiaban unas salas de entre semana en las que apenas había nada que limpiar. Las leyendas urbanas de Periferia nunca son de terror, siempre tienen que ver con alguien aprovechándose de alguien, o con miedos relacionados no con nada extraño de un modo no-palpable, sino con traumas psicológicos o enfermedades mentales de “uso común”.
Una pareja mayor llegó a la Terminal. Apenas había asientos libres, a no ser los que todos sabíamos, y poco más. La muchacha los miro y se cambió de silla para dejarles dos juntas para ellos. Estaba claro que ninguno de los dos se había fijado realmente en ella. El muchacho que ahora estaba justo al lado de la chica, comenzó a sudar; pero decidió aguantar, no quería huir mientras todos hacíamos como que no mirábamos. Al otro lado estaba junto a ella el anciano. Una vez se acomodó junto a su mujer, entonces echó un vistazo de verdad a su alrededor. Ahora la muchacha parecía tener un semblante distinto, de preocupación. El anciano, con esa forma de hacer las cosas que tiene algunos ancianos, ya sin cortarse, porque no tienen reparos en quién se puede fijar o no en ellos y lo que hagan, comenzó a mirar a la muchacha. Sus piernas y su cuello, sus orejas sin pendientes, alguna peca en la nariz. El hombre tenía los ojos como platos mientras su mujer, a lo suyo, rebuscaba algo en su bolso.
Entonces sucedió. El viejo se llevó la mano derecha al brazo izquierdo y lo apretó con fuerza. Todos supimos sin atisbo de duda que estaba sufriendo un infarto. Se deslizó de la silla y cayó al suelo, junto a los pies de la chica. Algunas personas se acercaron, alguien gritaba si había un médico. La muchacha resopló. Se levantó de la silla y preguntó a la mujer mayor si el hombre estaba tomando alguna medicación para estos ataques. La muchacha ya le estaba tomando el pulso en la arteria carótida. ¿Sabes lo que haces?, le repetía una y otra vez la mujer. Todos nos miramos entre nosotros cuando la chica estaba haciéndole el masaje cardíaco al hombre, y casi en un susurro dijo algo como «estoy harta de esta mierda…». Luego le dio a tomar un betabloqueante, se lo iba describiendo todo a la anciana. Alguien había llamado a una ambulancia.
Se llevaron al hombre, estable, y terminó recuperándose. Cuando la mujer le dio las gracias a la chica, ella, seria y con ganas de irse, dijo algo como:
–A nosotras nos enseñan estas cosas, señora, ¿me disculpa?
El muchacho que había comenzado a sudar de modo poco agradable, tenía una mancha oscura en la entrepierna de los tejanos, y sollozaba.

trenz

Relatos potencialmente irritantes (1 de 6) – No sabes

No sabes cuándo dejar de escupir después de lavarte los dientes. Y estás empezando a pensar que en general no sabes cuándo parar con casi nada. No te lo sabes acabar; incluso aunque a veces hayas meditado seriamente la posibilidad de acabarte a ti mismo. Y de hecho no sabes ni cuándo dejar de cepillarte, incluso escupiendo sangre sigues inseguro; tú, que dudas sobre hasta qué punto descuidas tu higiene por no usar hilo dental. No sabes parar tampoco con según qué persona; aunque intentas aprender a dejar en paz a todo el mundo. No sabes dejar de fumar; no es que no sepas cuándo, es que no sabes. El dolor es más relativo de lo que se dice. Y más adictivo. Incluso el malestar agudo físico a veces se puede llegar a echar de menos; aunque solo sea por la calma luego de la tormenta: lo mejor del dolor es que está carente de aburrimiento (o pensamientos, casi), e incluso cuando ya no te duele es difícil que te aburras debido a tu renovada valoración del alivio. Para conseguir lo que llaman Piedras en el Riñón, es adecuada una alimentación poco cuidadosa, rica en calcio y limitada en agua. Vive a base de leche y yogures, eso hará que tu cepillado dental vaya acorde con una ingesta idónea en pos de la fortaleza de los huesos y los dientes. Ignora el pequeño dolor de estómago diario aparentemente creciente; pero si estás en un sitio público y ves que te llega una ventosidad, discúlpate o disimula y sal, es importante dejar salir gases. Si al paso de los días una noche te despierta un dolor en un costado mucho más amenazador de lo que parece, incorpórate. Ve al lavabo y siéntate en el trono, no intentes leer nada, solo siéntate y comprueba de qué se trata. Si luego no tienes que tirar de la cadena, si el dolor no se marcha y además aumenta y comienzas a transpirar y luego tienes miedo de desmayarte y un poco después querrías desmayarte de lo que te duele, es que ya lo has logrado. Lo siguiente es ponerse algo para salir de casa (a no ser que en casa se tenga algo con hidrocodone, horamidopirina, metamizol, diclofenaco o indometacina; cosa que, aunque fuera así, no sabes bien qué tienes dentro, con lo cual aun con un dilatador capaz (algunas veces) de hacer desaparecer el dolor, tendrías que esperar unos treinta o cuarenta minutos muy largos de tambaleo (el dolor no te deja echarte y esperar), vómitos y quizá incluso rezos mucho más allá de la religión, hasta notar algo de alivio, si es que llega). Si el dolor no desaparece, y a esas horas de la madrugada, tendrás que arreglártelas para llegar al hospital sin desmayarte. Una decisión importante que tendrás que tomar después de haber conseguido vestirte con mucho esfuerzo, es si vas a ir en coche o a pie. Pero en realidad antes sopesas despertar a un vecino, sacarle de su sopor, luego de su pereza y luego probablemente de su hastío, para explicarle lo que puede que te pase, y que así no puedes conducir y casi ni andar, y que necesitas de un alma caritativa que te lleve de alguna forma a que te pinchen un calmante (siempre que no le importe oírte decir cosas potencialmente terribles y desconcertantes en voz alta para poder combatir la situación; no son formas de expresión, ni siquiera de socorro, no es nada personal ni que forme parte de ti, es mera desesperación que sale por la boca salpicando saliva con sabor a vómito). Si no te atreves o no consigues reunir fuerzas para llamar a un vecino, o si simplemente tardan demasiado en abrir la puerta porque o bien no se despiertan o bien prefieren negarte para no cargar con ningún problema ajeno (si donde vives la gente no es así, enhorabuena, pero esa gente existe), y teniendo en cuenta que Urgencias tiende a estar lejos (porque solo un puñado de personas viven realmente cerca para poder llegar a pie aun sollozando y a punto de desmayarse), irás apoyándote en todo por la calle hasta donde sea que tienes el coche, te meterás dentro e intentarás conducir con tu cólico nefrítico de copiloto. Como sigue siendo muy tarde o muy temprano, decidirás que no va a haber circulación. Habrá semáforos. Te saltarás algunos. Respirarás como una parturienta, gritando cada vez que tengas que parar el coche. Incluso en ese momento alguna persona concreta se te pasará por la cabeza, con la diferencia de que el placer o el dolor –o la mezcla de ambos– que te produce pensar en ella no podrán competir (ni de coña, ni aunque en las películas sea de otra forma) con el sufrimiento y dosis de Existencia que te está proporcionando con una energía arrolladora lo que tienes alojado en los riñones. Te pitarán los pocos coches que anden cerca al ver tu conducción errática. Toda esa gente aparentemente sana te insultará de camino a sus trabajos sencillamente porque pueden, y tú les insultarás a ellos aunque no tengas fuerzas y no te oigan, y lo harás con tanto aplomo y agresividad que si te oyeran quizá se acobardarían y bajarían la cabeza. Te subirás por las aceras y rascarás otros coches, los pasos de cebra con poca visibilidad serán mera pintura seca en el suelo, una lotería; los ceda el paso serán tu gordo de navidad, aunque parpadees antes poniendo y quitando las largas. Tendrás los ojos inyectados en sangre y tu cara parecerá unos diez años mayor. Aun habiendo dormido solo dos o tres horas, estarás más desvelado que nunca, nunca te habrás sentido tan vivo; una mañana en la playa a veinte días de volver al trabajo no será nada en comparación con la dosis de vida salvaje, sentida y brutal que recibirás. No siempre uno puede decidir qué días recordará, y no siempre está uno más contento después de haber pasado un buen día que después de haber pasado uno realmente jodido; y sobre todo cuando se trata de una buena dosis de sufrimiento físico por culpa de algo que le puede pasar a cualquiera (pero que curiosamente a nadie de tu entorno le ha pasado, aunque todos conozcan a quien sí). Es lo que pasa después de haber malogrado parte de tu actividad sináptica de supervivencia. No todo el mundo tiene pasta para coger un avión e irse a buscar problemas a aeropuertos o países extranjeros. No todos podemos estar todo el tiempo diciendo cosas como «Me pareció indignante el cacheo antes de entrar en Estados unidos», o, «No pienso volver a la India, me pasé los días revuelto por culpa de la comida», o, «En DF más vale que tengas cuidado, nos atracaron tres veces, y dos de ellas le pusieron a mi novia la pistola en la cara». No, algunos tenemos que buscarnos nuestras propias jodiendas locales, nuestras propias aventuras peligrosas y fatales; y el cuerpo humano es ideal para eso, es algo que poder machacar, de lo que poder contar luego infinidad de cosas, tienes mil opciones para maltratarte, y, si eres los suficientemente cuidadoso, puedes forjarte más de uno y de dos malos días. Además, es una buena forma de evitar el dolor emocional relacionado con… lo que sea; la familia, una mujer, la escasez de una mujer, un tío, hijos… Lo que suele hacer todo el mundo es comprar billetes de avión, pero créeme, solo puedes desconectar tu mente durante algunas horas, y París o Berlín no pueden competir con una noche de fiebre y vómitos provocados por el intenso dolor que te provoca algo solido en algún conducto estrecho ubicado dentro de ti y cerca de los genitales. Cuando superas eso, cuando la chica del turno de noche te pega el pinchazo, cuando descubres que sientes un nuevo y estrecho amor por las agujas (a las que siempre has odiado), la sensación de haberte salvado de una buena es un placer poco comparable con casi nada. Luego te enchufan otra buena aguja, la vía, y te meten una buena bolsa de rica droga líquida que mata aquello que te estaba matando. Cuando comienzas a sentirte sencillamente sin dolor alguno, cuando ves que solo eso ya es un motivo de sobras para estar la hostia de contento, eso vale más que cualquier viaje o beso, vale más que todo lo que puedas comprar (excepto drogas, quizá). Cuando te das cuenta de que tu simple y llana existencia a salvo de terribles dolencias ya es de algún modo puro placer, el mensaje te llega alto y claro. Aunque pase poco tiempo para que el potencial dolor emocional vuelva, aunque enseguida vuelvas a estar sin saber.

bombi

La Chica Asterisco

La Chica Metástasis hace ídem en el chico, esa es la diferencia crucial entre ella y la Chica Resfriado. El foco canceroso se suele iniciar en el estómago masculino o el corazón (según a quién preguntes), y se expande órgano a órgano por el resto del cuerpo. Los más románticos dicen que se trata del corazón, y la versión del estómago es más propia de quienes prefieren no caer en lugares comunes. Es una cuestión de naturaleza irracional y descontrolada; aunque mucha gente (mayoritariamente por motivos de edad o cronológicos), quizá la mayoría, intentan prevenir sufrimientos forzando que el asunto se planee y decida en el cerebro, relegando corazón y estómago a la categoría de meros órganos por los que hay que comer o no hay que fumar o hay que controlar el colesterol, etc., (esto, paradójicamente, se suele dar entre personas supuestamente bien preparadas, formadas y maduras). La gran diferencia que subyace entre quienes tienen fe ciega en el cerebro y quienes aseguran haber enfermado desde los otros órganos mencionados, es la de que probablemente unos mienten y los otros ni tan siquiera se sienten con fuerzas de calumniar a los demás respecto a la potencial Chica Metástasis. Otra diferencia entre la Chica Metástasis y la Chica Resfriado que cede, es que la Chica Resfriado opera en la mente masculina práctica desde cierta atracción y/o comodidad en relación con una futura vida sexual activa asegurada, además de una oportunidad masculina de mostrarse y llegar y presentarse con pareja ante su entorno, enviando señales de crecimiento y capacidad propia de emparejamiento y fornicio en un contexto monógamo (haciendo pasar por una enfermedad grave lo que se puede contagiar con un simple beso en la boca).
Obviamente los Cerebrales (cazadores habituales de Chicas Resfriado) nunca reconocerán que lo son (ni tan siquiera a sí mismos), así como los Cardiaco-Estomacales algunas veces guardarán silencio, otras estarán extrañamente decaídos –a veces durante largos periodos de tiempo–, y otras no podrán dejar de hablar (a menudo –si la Chica que ha hecho Metástasis se siente cómoda como enfermedad terminal– solo diciendo idioteces que a nadie le importan, y mostrando una actitud positiva escalofriante en contraste con los avatares de la rutina y las amenazas vitales comunes potenciales).
Un día todas esas Chicas Jarabe, Frenadol y Gelocatil, entre otras, pueden acabar poniendo en peligro una relación con una Chica Resfriado. A veces la vertiente cerebral no conlleva la fortaleza necesaria. Esto se da sobre todo entre chicos jóvenes liados con Chicas Resfriado con todo el futuro por delante. El Atractivo que actúa como denominador común de las Chicas Medicina en general, tiene que ver con la facilidad que tienen para que comiences a creer que se está mejor “solo” y con drogas blandas. La tendencia omnitemporal de estar –o fingir estar– realmente enfermo puede llegar a parecerte una celda protoexistencial, y se conocen muchos casos en los que decantarse por la vertiente femenina medicinal ha acabado con muchos palurdos demasiado mayores entre brazos de –entre otras– la Chica Cocaína, una mujer invisible cuyas tretas de persianas bajadas y salidas solo para pillar se acaban convirtiendo en lo que hay al otro extremo del éxito cerebral, con la diferencia de que La Chica Resfriado no te proporciona una muerte del alma tan rápida.
Obviamente no todas las personas tienen una conciencia clara de lo que quieren, o más bien de lo que tienen en su vida. Muchos Cerebrales, por ejemplo, en el intento de convertir a una Chica Resfriado en algo más, incluso intentaran darle celos acercándose calculadamente a las demonizadas Chicas Cigarrillo. Es un plan erróneo, pero es producto de la desesperación, ya que alguien que actúa al modo cerebral podría querer en el fondo ser alguna vez un Cardíaco-estomacal; aunque lo que más miedo le dé en general sea quedarse solo.

Se cuenta una historia en la que un chico ya no demasiado joven vivía muy lejos de su Chica Metástasis. Tal chica se sentía cómoda con su papel de enfermedad terrible de color rosa, pero resultó que, en el vuelo que el chico cogió para mudarse un día para estar con la Chica de sus debilidades, conoció a una azafata. Una azafata que resultó ser una de esas escasas Chicas Radioterapia. El chico habló con ella durante el viaje y luego coincidieron en la cafetería del aeropuerto; la Chica Metástasis no pudo ir a recibirle, entre otras cosas porque aún estaba en el trabajo, y además luego (aunque esto el chico no lo sabía), quería solucionar y cerrar cierto asunto con un tipo para quien ella estaba segura de ser una mera Resfriado, aunque él no dejara de insistir en que sentía la debilidad inconfundible provocada por las células cancerosas. Ella sospechaba que él solo quería atarla como Pareja, y hasta había habido alguna Chica Cigarrillo a la que ella en momento alguno dio crédito.
Pero el Chico que nos ocupa, mientras surcaba el cielo y luego durante varios días, fue notando cómo su propia enfermedad menguaba, y cómo crecía un foco nuevo –invadiendo de modo simultáneo cada célula de su cuerpo– relacionado con esa mujer Radioterapia*. Era una putada, había pasado mucho tiempo colgado por la misma chica. Comenzó a preguntarse si no se habría tratado solo de una mera Resfriado, si la Chica Metástasis no era en realidad más que un asunto psicológico, y no Cardíaco-estomacal. Se comenzó a preguntar qué narices significaba el asterisco, por qué notaba lo que notaba en todo su ser (incluido el cerebro), y todas sus prioridades se reordenaron y la vida se volvió aún más jodidamente complicada.

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