El Gran John

El de siempre se cuela en el despacho sin llamar a la puerta ni nada parecido, (la confianza sacada de quicio), lleva un palillo en la boca estilo fumador-pero-no-pero-sí. Mi colega. También lleva un caramelo, se mueve de un lado a otro (él, no el caramelo). Es J. D. K., las mujeres aquí le llaman Babas. Él cree que ellas le respetan y admiran, aunque creo que hace poco está comenzando a creer que cree que le respetan pero solo le ignoran: una compañera dice que pronto sabrá que cree que le respetan pero solo le ignoran para ocultar que le desprecian. Él es como yo o cualquier tío, pero sin saber decidir cuándo es mejor mirar escotes y culos; calculando al menos para que las chicas sepan que lo haces pero puedan obviarlo a la vez que tus esfuerzos por ocultarlo puedan llegar a parecerles tiernos o monos y así también sentirse atractivas. No se trata de si miras o no (porque vas a mirar), sino de tu capacidad para la decoración abstracto-voyeur de lo que proyectas hacia fuera. La timidez puede funcionar, también la timidez fingida, el silencio, a veces, pero no modos de comportamiento como tener que acordarte de volver a mirarles a los ojos en una conversación. No ayuda tampoco que, como le pasa a Babas, vuelvas a tragar saliva demasiado tarde. El tipo que fundó la empresa (siempre ausente, o bien –dicen– camuflado en señor anodino de la limpieza), conformó un equipo de Personal masculino cuya política de contratación en lo relacionado a las mujeres de la empresa es poco menos que descaradamente sexista: siempre mucho más basada en cuestiones físicas que en capacidades que una persona pueda cultivar por sí misma y no dependan solo de la suerte en el reparto genético, etcétera. Así, el sesenta y cinco por ciento exacto de la empresa son chicas que van de los veintipocos a los treinta y pocos (con sueldos de chica), y siempre atractivas al modo femenino y sutilmente erótico en que lo son las mujeres que se suelen contratar en ciertos canales de televisión. Aquí, sin embargo, no existe la excusa discutible de la audiencia, es solo un asunto meramente paisajístico, es como decoración de interiores humana; lo que más se consigue es que todos los tíos se distraigan y se pasen el día mirando aquí y allá como quien no tenía la intención. Algunos, con dignísimos ademanes, han llegado a comentar que están deseando que les den un despacho para poder engalanarlo con fotos de sus hijos y sus mujeres (normalmente mucho menos atractivas que las empleadas y dadas a poner caras raras los días de puertas abiertas en los que se reúnen empleados y familias de empleados).
Babas se traga el caramelo sin querer y maldice. Se sienta en la silla frente al escritorio.
–¿Sabrás que dicen que el Gran John llega a la ciudad? –murmura, con cierta ansiedad.
–Sé que lo dicen…
–¿Sabes que lo dicen…?
–…
–Tío, es como si todo te diera igual.
–¿Quién lo dice?
–¿Lo del Gran John?
–Lo de que todo me da igual.
–Eso lo digo yo, pero lo del Gran John lo dice todo cristo, pon la tele si no. Las chicas van de un lado a otro como locas, cuchicheando, poniendo esas caras de miedo barra emoción, como si algún negro se acabara de bajar los calzoncillos, es un espectáculo.
–Como si algún negro le hiciera justicia a la leyenda, tío, ya.
–¿Me estás escuchando?, todo se puede ir a la mierda en cuestión de días…, ¡o de horas!
–Te escucho, cuestión de horas.
–¿Cómo puedes teclear y escuchar a la vez?
–Teclear y escuchar, sí, dime.
–El Gran John, tío, ¿te imaginas?
–El Gran John.
–No sé si lo has visto.
–Por la tele.
–Tío, es como un asesino en serie de ciudades…
–De ciudades.
–Increíble, yo aquí perdiéndome el espectáculo de tías que hay ahí fuera y tú ni caso.
–El despacho no es mío, solo aprovecho que aquí esto no parece la mansión playboy y avanzo faena, J. D. K.
–¿El despacho no es tuyo?
–No, es de Verónica, está de baja por maternidad o algo así.
–¿Te molestaría decirme qué cosas del despacho son suyas?
–No, puedes hablar, pero no te voy a dejar olisquear ni reptar por aquí.
–Dios, Verónica… no me extraña que le hayan hecho un bombo, yo también me hipotecaría si tuviera acceso diario a esas…
–Espera.
–Qué.
–¿Has oído eso?
–…
–…
–El qué.
–Nada. Solo necesitaba cinco segundos, puedes seguir.
–Tío… ¿Pero entonces te estás follando a esa titi?
–A quién.
–¡Verónica!
–Te he dicho que creo que está de baja por maternidad.
–¿Y?
–Olvídalo.
–Tío, el Gran John, esa cosa, tío.
–Lo sé.
–Ya sé que eres muy parco y muy hierático y que llevas alguna especie de máscara empresarial o lo que sea, pero el Gran John no va a hacer una excepción contigo, colega; no es como esa palurda de recepción que te mira como asomándose al gran cañón.
–Vanesa.
–Lo que sea, oye, estás… eres solo otra pieza del Tetris, ¿entiendes?, y la Game Boy se va a ir al carajo. Esta vez ni tú te vas a librar.
–Es el final de la partida, ¿es eso?
–Justo eso, tío. Y lo peor es que no se puede prever. Esa cosa llega de repente y comienza a morder y agitarse y toda esa mierda post-nuclear.
–Una Game Boy para un crío demasiado pequeño, lo sé.
–Exactamente, tío, ¿oye, no vas a acabar eso?, tengo una hambre de narices, quiero ir a la cafetería.
–Idoia.
–Oye, no es solo por la camarera, es que necesito un paréntesis, creo que me voy a caer redondo, carencia de azúcar.
–No, creo que esa chica te gusta de verdad, y no sabes cómo gestionarlo.
–¿Ahora dejas de escribir? ¿Y tú sabes…?, ¿cómo has dicho?… ¿gestionarlo?
–Nadie sabe, y quien te diga que sí no solo miente, además seguramente sea un capullo de la vida. De todas formas la Game Boy va al cubo de la basura, ¿no?
–Pues por ejemplo ese chaval de la fotocopiadora parece que sabe gestionarlo…
–No, yo hablo de… ya sabes de qué hablo, no hablo de meter mano. Hablo de sufrir, todo eso que dicen que al Gran John se la trae al pairo.
–A veces me gustaría ser el Gran John.
–Si no te vas no podré acabar esto.
–Tú sigue, solo necesito algo de desahogo. No sé qué hacer.
–Ahora no sé de qué hablas.
–Ni yo sé de qué hablo…
–Oí que algunas parejas irán al Acantilado Óptica para ver cómo llega el Gran John…
–¿Qué?
–Lo que oyes, es como… qué se yo, romántico o lo que sea. Se ha hecho en otras ciudades, van a miradores, sitios elevados. No sobrevives, pero tienes una posibilidad de ver algo espectacular antes de…
–Pero cómo saben cuándo llega…
–Yo qué sé. Oye, el gran John escarba, ¿verdad?, cava túneles… Los biólogos y demás dicen que no hay un patrón de comportamiento claro, pero que a veces suele seguir en la dirección en la que se fue del anterior destrozo. De modo que supongo que alguna gente acampará y esperará.
–¿Parejas?
–Quien quiera, pero he oído que es bastante propio de las parejas. Lo que hacen las familias y la gente normal y demás es huir en coche, gritar, rezar…, y luego morir como vivieron, acojonados, pero ya sin poder fingir valentía; oye, ¿no puedes dejarme ni diez minutos?
–¿Insinúas que invite a Idoia a morir conmigo?
–Bueno, o puedes invitarla a cenar…
–…
–…
–Oye, ¿por qué te burlas de mí?, ¿qué es esa sonrisa?…
–Has sido tú el que ha venido con el cuento del Gran John y la Game Boy, como si esta empresa no fuera ya como un gran Tetris en el que van cayendo piezas y desapareciendo a medida que encajan…
–No te sigo…
–El Gran John no hace falta, ninguna falta, es como un extra, es incluso emocionante; tú lo has dicho, todas en la oficina cuchichean, ya llega el gran negro mutante con su Coca-Cola de dos litros para follarnos. Además es imprevisible, huir es tan seguro como no moverse del sitio, y creo que eso a alguna gente le gusta en secreto… Y no me he inventado lo de las parejas, lo hacen de verdad, al menos las que llevan un tiempo juntas, el suficientemente poco para creer que una muerte horrible puede ser romántica.
–Mi madre estuvo el otro día viendo durante media hora un reportaje con videos del Gran John pensando que era una película… o eso me dijo mi padre por teléfono.
–Puede que lo hiciera tu padre. Mis padres proyectan sus mierdas entre ellos, llevan cincuenta años jugando una especie de tenis del sarcasmo. Mi madre está aterrorizada con eso del Gran John, y tiene 85 años; es probable que se muera antes de vieja que por ese bicho.
–Esa tía, la pelirroja tipo peli de los 90 que fuma como un carretero, me dijo que en los relojes públicos también debería haber debajo de la hora un mensaje: El Tiempo Mata. Dice que los avisos con las drogas conllevan una hipocresía casi metafísica.
–Vivir mata.
–Está buenísima, por cierto, es irreal, como si en Pixar hubieran decidido dejar las pelis y hacer tías.
–No voy a poder acabar con esto, y nadie te ha dado permiso para manosear ese boli, que además es mío.
–Tío…
–Vete y espérame abajo. No le tengas miedo a esa tía.
–¿A Idoia?
–Sí, te aterroriza. La fumadora será de Pixar, pero para ti Idoia ahora es como una peli de Lynch chutado de LSD… Y eso que es como un bizcocho humano…
–Eres un cabrón retorcido. No le tengo miedo, pero no quiero cagarla.
–Lo bueno de Idoia es que ya sabe que eres idiota, pero no le importa. En realidad estás en un musical de Robert Wise y aún no te has enterado.
–…
–Sonrisas y Lágrimas…
–Oh…
–Y sin embargo sigues aquí. Y yo tengo que seguir demostrando que un tío puede hacer más de una cosa a la vez.
–Es que no quiero que piense que voy solo para verla.
–Claro, no sea que crea que te gusta, no queremos eso…
–No seas capullo, no es eso…
–Si no te gustara como te gusta quizá ya te la habrías llevado al piso ese de estudiantes sin estudiantes que tienes… No digo que te comportes como siempre, pero si te ve tartamudear un poco a lo mejor capta mejor lo que pasa.
–No quiero tartamudear, pero tampoco quiero que piense que…
–Oye, ¿qué va a pensar?
Alguien llama con los nudillos a la puerta. Digo Adelante y entra. Es el hombre que se encarga de vaciar las papeleras.
–¿Qué va a pensar? –repito. Pero Babas no dice ni mu. Espera a que el tipo se vaya.
–Tío…
–¿En serio te crees esa mierda de que Gustavo es el amo de la empresa?
–Oye, nunca se sabe, ¿vale?
–Oh, claro, claro, es muy sospechoso…
–Lo que va a pasar es que ella me va a dar largas si yo no…
–Pero oye, cuál es la conversación más larga que habéis tenido, algo como “Eh, perdona, era con sacarina”, pero de qué coño vas, ve abajo, hay tías a las que les enternece andar por ahí con un tipo como tú diciendo sandeces, en serio.
–No sé por qué te pones así, tú te cagas igual que yo cuando una tía…
–Claro que sí, joder, pero esto es como aparcar: se ve mejor desde fuera, y yo soy el pavo que ve que estás a un palmo del coche que crees que vas a rozar, tío. Hazme caso.
–Ella no es un aparcamiento.
–Todo es como un aparcamiento, tío. A no ser que seas el Gran John…

Cafetería. Idoia va de un lado a otro, haciendo las cosas de Idoia la camarera (como la suele llamar mi colega a menudo). Babas no deja de evitar mirarla.
–Oye, ¿crees que el gran John tendrá alguna especie de Gran Pene con escamas o algo así?
–¿Qué coño dices?
–Lo digo porque al ritmo que vas, si llega ahora, igual se lía antes que tú con la camarera… El Gran John, Idoia, podrían tener una cría, La Gran Idoia, aunque si fuera crío podría llamarse Gustavo; podría haber viajado atrás en el tiempo para vaciarnos las papeleras mientras nos paga el sueldo base para licenciados…
–¡Calla, joder! –me susurra.
–Hace ya demasiado tiempo que esa tía es Idoia la camarera, ya debería ser Idoia la tía por la que ya no te veo la mitad del tiempo que antes te veía. Ya deberías estar con ella y tus colegas del barrio cada viernes en una terraza pensando en si alguien dirá algo de ti que no quieres que ella sepa.
–No se de qué coño hablas.
–Ya podríais ser una pareja, J. D. K. e Idoia la novia. Si quieres pido yo los cafés cuando se acerque…
–Te creces mucho cuando el problema de faldas no lo tienes tú, ¿verdad?
–Qué quieres que te diga, es divertido, si no lo largaras todo siempre quizá avanzaras más rápido con estas Idoias, y yo seguiría a lo mío. Ahora podríamos estar hablando del Gran John, de qué hacer pocos días antes de morir y todo eso.
–Ya…
–Pero te gusta montar un pequeño drama urbano. Eres como esas becarias del curro que creen que un día cobrarán mucho más, que van por ahí con el foulard y creyéndose mujeres sufridas e inteligentes a los 22 años. Esas chicas de follabilidad extrema que cuchichean y han pasado de creer que hablar más de la cuenta es malo a creer que es moderno y necesario.
–La mitad del tiempo no sé de qué hablas.
–Alguien tiene que decir algo, tú ahora estás anulado… Pero es normal, es esa cosa de cuando crees que te vas a poder follar a la tía que te gusta y se te encoge el estómago y desaparece el hambre y te crece una especie de dolor de barriga agudo y crees que ni se te pondrá dura llegado el momento. Es como si te estuvieras encogiendo sobre ti mismo y te fueras a convertir en canica humana. Ops… aquí viene…
–¿Qué va a ser chicos?
–Hola, Idoia. –Babas.
–Hola… qué va a ser…
–Yo café solo, gracias. –Yo.
–Yo… eh… yo también café solo.
–Muy bien…
Idoia se va dando pequeños pasos, como brincos tipo Idoia.
–Bueno, no ha ido tan mal…
–Calla. Esto es una mierda, casi ni me sale la voz cuando está cerca.
–Creo que alguien está empezando a necesitar un colapso urbano tipo Gran John.
–Además está eso, para decir la verdad estoy acojonado, doblemente acojonado. No quiero que esta tía se me escape, y tampoco quiero morir…
–Si la muchacha viera que la metes en el mismo saco que al Gran John podría ser un buen piropo.
–A veces no sé si eres muy previsible hablando o si eres jodidamente previsible hablando. ¿Qué me dices de esa muchacha de recepción que te mira como si en el fondo no fueras un pozo de miedo e inseguridad camuflado con seriedad natural y movimientos calculados?
–Joder, movimientos calculados…
–Si la invitaras a salir yo podría decirle algo a esta tía y podríamos salir los cuatro, creo que eso me ayudaría…
–Entiendo, ahora quieres meterme en la ecuación, compartir la presión.
–Vamos, Samsagaz Gamyi, comparte la carga si tienes huevos…
–Ni tan siquiera conozco a Vanesa.
–Joder, ni yo a esta tía.
–Ya, pero tú llevas una flecha rosa atravesándote el torso desde hace la tira, y eso no es culpa de nadie. ¿No estabas hambriento, por cierto?
–Lo estoy, pero me he bloqueado cuando ha venido; joder, has pedido sólo un puto café solo y de golpe me ha parecido estúpido pedir comida…
–Ahora tu desnutrición urbana será culpa mía…
–A veces creo que ver un par de rascacielos desmoronándose en directo me tranquilizaría.
–No te preocupes, no estás solo en eso, mucha tente quiere que pase algo de una vez, aunque por supuesto nunca se imaginan dentro del edificio que engrose el currículum nuclear de ese bicho.
Idoia llega con los cafés, como aparecida de la nada. Babas hace un gesto brusco para ayudarla a dejar los platillos y tazas, y tira un servilletero al suelo.
–Oh, lo siento…
–No te preocupes.
Ambos se agachan a la vez a recogerlo. Al final lo agarra ella y lo deja encima de la mesa. Idoia sonríe de un modo raro, quizá incómoda, y se va meneando la pesadilla de mi colega.
–Tío, al final va a pasar de creer que le gustas a creer que es mejor no toparse contigo en un callejón oscuro…
–¿Crees que sabe que me gusta?…
–… Más bien espero que aún piense eso… porque si no no sé qué cojones debe pensar ya…
–¿Tan mal crees que va la cosa?
–Cuando uno deja que la cosa no vaya de ninguna forma durante demasiado tiempo, al final, por sí sola, comienza a ir regular…
–¿Regular?… cuando necesito algo preciso saltas con una ambigüedad.
–Mira la ventana, está comenzando a llover… ¿No dicen que a ese bicho le gusta la lluvia?
–Eso dicen, que le gusta hacer su numerito de Gene Kelly…
–La verdad es que está muy buena, eso hay que reconocerlo. Y siento sacar el tema tabú, pero la posibilidad de que tenga pareja supongo que no es algo en lo que pienses…
–Está claro que te diviertes con todo esto… y encima hablas de las chicas con foulard…, eres mucho peor que ellas…
–Siga el tabú, pues.
–Capullo… Pues no, no sé si sale con alguien, pero ¿qué tiene?, ¿veintiún años?, si sale con alguien lo más fácil es que solo sea un futuro ex, alguien de quien hablar con rabia contenida dentro de un tiempo con otras chicas con foulard y todo eso rollo que te saca de quicio. Todo eso del carpe diem está envenenado, tío. Yo no quiero carpe diem, quiero lo que quiero, quiero… posesiones humanas… propiedades privadas humanas, entre comillas, y ser yo también eso para alguien, no quiero experiencias ni todas esas gilipolleces de revista de peluquería. Prefiero ese rollo del Acantilado Óptica con ella y morirme con lo que quiero que no pasarme la vida con ese rollo de las experiencias y todas esas mierdas modernas urbanitas. No quiero ser moderno ni ir de un lado a otro ni tener siete grupos de amigos distintos sin tener casi nada de verdad, ni a nadie. Quiero sentir cosas de verdad y… no sé, tío…
–Vaya…
–No quiero tener un montón de cosas ni saber un montón de cosas sin haber profundizado en ninguna más allá de datos que se pueden escribir en un post-it. Me conformo con unas pocas, pero tiene que haber alguna real, verdadera, alguna que no puedas resumir en una puta cena de sábado en dos minutos delante de diez personas como quitándole hierro a todo.
–No conocía esta faceta tuya, en serio.
–Esa gente que habla sin parar de chorradas, tío. ¿Sabes por qué creo que le quitan hierro a todo lo que dicen respecto a sus vidas? No es humildad, tío, no es humildad ni temperamento ni temple ni pollas. Solo quieren hacerte creer que le quitan hierro a su vida, pero lo que pasa es que en el fondo saben que probablemente no tienen nada de verdad en ella, y que no tienen cojones ni de buscarlo ni de esperarlo. Es algo casi inconsciente; y lo ven como algo normal, tío.
–Me estás dejando pasmado…
–Yo no quiero estar vacío y fingir que no lo estoy a la vez que luzco esa pose de mierda condescendiente y metahipócrita para con todos. No quiero ser una falsedad urbanita andante y normalizada a cincuenta niveles distintos. Quiero tener algo tan importante como para que merezca silencio, como para no poder definirlo, algo que poder tomar en serio y que no caiga en las mismas chorradas recurrentes juveniles de mierda y se convierta en anécdota y luego en recuerdo y luego en una puta experiencia enriquecedora de los cojones. No quiero enriquecerme, ni creo que se aprenda de todo: quiero algo auténtico, algo por lo que liarme a puñetazos si alguien se atreve a bromear con ello para quitarle importancia…
–Ya veo…
–…
–…
–En fin…
–…
–…
–La verdad, esto era lo último que esperaba hoy aquí en la cafetería, con la sombra del Gran John flotando sobre nuestras cabezas y con Idoia la camarera tan cerca… Y yo que llevaba en la recámara un montón de bromitas y sarcasmos más, me has chafado el plan…
–Siento haberte chafado el plan del café, señorito, pero estoy demasiado afectado por… no puedo fingir mucho rato cuando la cosa no va bien…
–Y yo que cuando alguien menciona tu nombre me viene una imagen tuya quitándote el condón sin que la tía de turno se dé cuenta… Ahora no sabré qué pensar…

Periferia Microsoft. Anochece antes. Acompaño a Babas a su piso y me invita a subir a tomar algo. Hacemos auto-bromas sobre homosexuales, luego sobre alcohólicos. Al final Idoia nos despidió con un saludo y una sonrisa brillante y sincera. Eso calmó un poco a mi colega. Le he dicho que quizá ha sido una forma de decirle que ella sigue esperando, paciente, puede que hasta totalmente disponible. Bebemos cerveza, la tele está puesta sin sonido (algo muy propio de J. D. K., que parece necesitar tener algo neutro y cambiante en lo que fijar la vista en ciertos momentos). Una mujer de unos cincuenta años largos grita en la tele y mueve enérgicamente su brazo y señala a otra tan maquillada y poco atractiva como ella. El plató es colorido, hay sillones chillones y un presentador que finge intentar poner orden. El piso de Babas es desordenado pero limpio, no hay cosas como ropa usada por el suelo ni platos acumulados en la pila. Hay cd’s desperdigados, revistas, algún libro, trastos, fotos antiguas, un par de móviles, un ordenador portátil. Me sorprende ver en un mueble una foto enmarcada de sus padres; de fondo una cascada, sonríen, hará unos veinte años. Hay también un par de consolas, el GTA V muy bien conservado y metido entre dos cojines; al verlo se mosquea consigo mismo por haberlo dejado ahí tirado. Un clásico, me dice. Dejó de llover un rato, pero ahora vuelve a caer agua con fuerza, incluso relampaguea y truena.
–Tío –me dice J.D.–, cuando se pone el tiempo tan chungo, no sé por qué, pero me acojona más el tema del Gran John. Es como si aún estuviéramos más expuestos, o como si él pudiera llegar de un modo más silencioso…
–Bueno, creo que no es precisamente silencioso. El problema no es la lluvia, es la oscuridad. Él se debe sentir como en una maqueta muy detallada cuando está en una ciudad, pero no le importa joderla por accidente, no va lo que se dice con cuidado. De hecho dicen que el ochenta por ciento de lo que destroza es sin querer, es puramente accidental, solo por su tamaño. Solo va de paso, no come seres humanos, ni siquiera animales. Por lo que se sabe es vegetariano, pero incluso un vegetariano puede sentirse amenazado a veces. También se sabe que las balas y demás es como si le rebotaran. Y sobre todo se sabe que no se sabe de dónde ha salido. Tenemos solo un poco menos de información de la que tenemos con el origen de la humanidad; o sea, que es casi seguro que no lo ha hecho Dios, que es otro rollo tipo Darwin demasiado cortado, y que tenemos energía nuclear y demasiada mezcla de mierda. Parece que solo cabe esperar a que muera de viejo o algo así. Además tampoco ha echado crías al mundo, así que el Gran John parece que de verdad es John, a no ser que sea hermafrodita. Es una aberración huérfana. Es como una ironía de la naturaleza, la naturaleza tiende mucho a hacer estas cosas; hasta ahora solo se trataba de tornados, tsunamis, inundaciones… Puede que a partir de ahora de vez en cuando se generen engendros tipo Gran John. Con nuestra sabia colaboración, claro. Hasta que no sepamos de dónde ha salido y por tanto cómo se puede erradicar ese asunto, no desparecerá ese ambiente de amenaza constante en las ciudades. Además esta vez da igual dónde vivas, da igual si tu ciudad es enorme o si vives en la puta montaña, ya no se trata de terrorismo. Lo que sí tiene la naturaleza es que es justa, es igual para todos. No entiende de jerarquías, es todo puro caos, o lo más cerca que el caos y el orden pueden estar, solo que a la gente le da por construir en las faldas de los volcanes. El Gran John es una de esas cosas que no está asociada al dinero, no hasta ahora al menos, aunque puede que sí indirectamente, ya se sabrá.
–Me gusta ver las caras de esa gente que en el fondo lo ven como algo emocionante. Enseguida muchos dirían que es algo cruel, que ha muerto mucha gente y demás, pero quienes viven ese rollo con emoción no son crueles, solo prestan atención a algo extraordinario quizá por primera vez en sus vidas. Es normal que se sientan emocionados.
–Las chicas de la oficina.
–A muchas de ellas les pasa, es lógico, se han pasado toda la vida encajonadas en pupitres, o en sus habitaciones preparándose para volver a los pupitres… y ahora que son adultas se encuentran con que el premio a todo el esfuerzo es estar encajonadas en una mesa de oficina manejando más material que no les importa. Cuando se te aletarga así es normal que luego te cueste fascinarte con algo, que necesites a un bicho tipo Gran John para eso.
–Es como ese tío que llegó nuevo el mes pasado.
–Currículum Fran.
–Sí, ese tío al que llaman Currículum Fran. Cuando le hablas de algo que no sea el curro, te mira como si necesitaras ir al baño porque te estás cagando encima…
–Si piensa en el Gran John solo debe ser en términos curriculares. Debe soñar con que se lo carga el solito con un tirachinas y luego corre a actualizar el Currículum…
–La única vez que escuchó que le llamaban así, solo se acercó y dijo que no era Currículum, sino Currículo, y se fue.
–Tío, hay varios de esos en esa puta empresa. Por eso agradezco tanto que Gustavo sea un cerdo sexista. Las mujeres así, por superficial que suene, te pueden hacer el día mucho más llevadero, incluso aunque no te hagan caso. Ver constantemente de pie a tres o cuatro de esas tías de un lado para otro con papeles y murmurando sobre morir horriblemente bajo una montaña de cascotes, es ya más de lo que tienen muchos tíos en sus curros. Es un curro de mierda, gris y burocrático, puede que hasta dañino, pero uno puede olvidarse de ello echando una mirada a la que esté de pie en ese momento…
–Entiendo…
–Sé que no tengo credibilidad hablando de tías, pero…
–Solo con una.
–Ya… Oye, ¿por qué tienes tres vasos de agua en la repisa de la ventana.
–Es por Jurassic Park. El otro día la daban en la tele. Recordé esa escena del vaso, cuando el agua del vaso tiembla y se sabe que llega el Tiranosaurio…
–El Gran John.
–Sí, tío, el Gran John.
–…
–…
–Aunque… puede que no venga…
–Bueno… Nunca se sabe.

Edward Hooper
Edward Hooper
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