Mis arenas movedizas, tus arenas movedizas

Se trata del contenido de un sueño, de sueños por párrafos, y luego puede que recuerdos, pero espera. La imagen es muy concreta, y como en todos los sueños, o al menos en los míos, todo parece suceder de un modo simultáneo, como si más que una sucesión de hechos se tratara de un concepto que se te presenta sin más a un palmo de la cara. Como si fuera algo que potencialmente se pudiera describir con una sola palabra. Con la dificultad de que la palabra no existe. Y cuando digo que no existe, lo digo de la misma forma que existe “el amor” pero la palabra «amor» puede parecer un eufemismo relamido en relación a esa punzante y demoledora sensación cuando de verdad uno la siente.
(De ahí quizá muchas confusiones vitales: el lenguaje se define por sus limitaciones; el intentar trascenderlas es lo que podríamos llamar Literatura.)
Este sueño también suscitaba una sensación clara, aunque muy distinta a la mencionada, e igualmente necesitada de cierta paja mental descriptiva teniendo en cuenta –insisto– que sugería un concepto para el cual no existe una palabra, aunque dé la sensación de que debería haberla teniendo en cuenta lo intenso que era el sentimiento. Es decir, como cuando en la vida real lo mejor es callarse la boca. Cuando llegas a la conclusión de que no todo se puede largar, aunque quizá sí haya cabida para un intento de escritura al respecto.
Otra forma de decirlo: Cuando no existe el adjetivo y no puedes ser, digamos, científico a un nivel de vocabulario y gramática, te limitas a explicar una historia, la historia; hablas de formas y colores y sensaciones y lugares, hablas con palabras que sí existen y las amoldas a la fuerza (aunque finjas elegancia o hasta mientas) para ver si puedes hacer que expresen algo cercano a lo que sentiste o sientes. Violas el lenguaje contra la pared de tu sentimiento. Con todos estos sueños. Embistes fuerte y esperas que quien lea atisbe al menos un tercio de lo que tú percibiste.

En este caso se trataba de la habitación donde dormí hasta los 14 años. Luego ha sido una pequeña sala de estar, habitada –sobre todo en invierno– básicamente por mis padres. Un mueble, un sillón de tres plazas, otro sillón de una, una mesita con revistas y crucigramas y una tele. El día es nublado y oscuro. Toda la información llega junta, como un pegote de argamasa cerebral. El día es nublado y oscuro y es por la tarde, simplemente lo sabes. Hay una leve vibración en la habitación y también en la calle, en la que no hay nadie. Yo no suelo habitar esa habitación desde hace años, pero en ese momento estoy en ella con mis padres porque estoy seguro de que todo ha llegado a su fin. Aun no siendo una familia en la que nos demos fácilmente a besos, abrazos o efusiones por el estilo, en ese momento me siento en el brazo izquierdo del sillón de tres plazas e intento rodear a mis padres –sentados muy juntos– con mi brazo derecho. Es crucial estar con ellos. Miro de reojo la ventana que queda detrás del sillón por encima de mi hombro izquierdo. Aumentan los tonos grises en la calle, y flotan una suerte de esporas obesas que revolotean; todo adjunto, hay que recalcarlo, a esa leve vibración que no me hace pensar en un terremoto, sino en lo que antecede a Absolutamente Nada. La sensación no es de pavor, sino de una tremenda tristeza o nostalgia, o la certeza de que ya, sea para lo que sea, no hay solución para nadie: algo así como un punto de no retorno global. No miro a los ojos a mis padres, solo les rodeo fuertemente con el brazo y me encojo sobre ellos. Tengo los ojos llorosos, pero no les miro no por eso, sino por no poder soportar la idea de verlos a ellos también así. Los grises se van convirtiendo en negro, y no es hora de que se haga de noche, además es algo demasiado rápido para los tránsitos de un atardecer. En última instancia, no aumenta la vibración, pero es como si lo hiciera. En la recta final de pocos segundos, antes de la neutralización de todo lo conocido, mi madre no puede evitar soltar un grito.
Era terrible sentir que, quien les había dado a entender sin hablar que ya no había mañana, había sido yo. E incluso que, de alguna forma, algo que siempre había estado presente –algo Superior, algún tipo de Ente omnipresente, Dios o el Diablo o puede que sencillamente la Naturaleza– había dicho Basta.

En otra ocasión, yo era pequeño y despertaba una mañana en un día cualquiera. Era otra vez un día encapotado (esto me jode, porque de normal me gustan los días encapotados). El caso es que era demasiado pequeño, tanto que mi madre aún me supervisaba en cosas como ir al baño o ir a dormir (mi madre era un Ser Superior en el sentido de depender a múltiples niveles de ella). Al salir de la cama ya sentía que estaba solo en casa y que algo no iba bien. Me dirigía al comedor, era un sueño recurrente de la infancia y siempre era igual (una vez se lo conté a mi madre y culpó a la peli Cocoon…), siempre despertaba y me iba al comedor. Luego me daba por ponerme de puntillas y asomarme bien por la ventana, buscaba respuestas en la calle. Abajo, en una de las plazoletas más distantes de mi bloque de pisos, ahí estaban TODOS; esa palabra que luego te enseñaban que según el contexto podía ser conjunción, adjetivo, adverbio o sustantivo, y que en la edad adulta algunas personas asocian a todo un país o el planeta entero… pero, al fin, un conjunto obvio de letras que de crío solo entiendes como el único Todos real que conoces y vas a conocer en tu vida; es decir, tu familia y la gente que quieres o tiene por un motivo u otro alguna relación personal contigo. Ahí abajo estaban todos, mis padres, mi hermano mayor, mis amigos, algunos vecinos del barrio, y formaban un círculo y se agarraban de las manos. Yo, cómo no, enseguida saqué una conclusión, era un ritual de abandono y el que se quedaba atrás era yo: me dejaban solo y se largaban. No solo en un sentido físico, sino puede que incluso metafísico, espacial/temporal, algo en lo que de ninguna forma yo –en pijama y aún en la edad de informar a mi madre cada vez que iba al baño– tenía voz ni voto, no podía evitar lo que estaba pasando.
Como no podía ser de otra forma, lo primero que hice fue localizar a mi madre en ese círculo. Cuando la vi, comencé a llamarla a gritos. Llamaba y llamaba, y ella no me hacía ningún caso. Yo no merecía estar ahí con ellos, ese era el mensaje, no merecía ir a donde ellos –todos– iban. Entonces, el cielo sobre las personas de mi vida se comenzó a abrir. Una luz que no era del sol manaba de aquella grieta. El motivo por el que yo no salía de casa para correr llorando a los brazos de mis padres o para pedir explicaciones de lo que estaba pasando, no era solo logístico –nunca había usado aún unas llaves ni había ido solo a sitio alguno–, el motivo era que lo que yo entendía de aquello es que esas personas que habían –obviamente– fingido que me querían, no querían que me fuera con ellos. Iba a tener que arreglármelas solo (en todo) a partir de ese momento. Yo gritaba hasta desgarrar la voz, y eso era todo lo que me merecía tener.

Lo peor que hay es que una pesadilla comience –en contenido– contigo en la cama. Mi madre me despertaba de madrugada, me zarandeaba y decía algo con la voz temblorosa. Lo que me decía era que mi padre había muerto mientras dormía. Cuando desperté de eso, aún estuve al menos un minuto en la vida real pensando que mi padre había muerto. El escenario era exactamente el mismo, solo faltaba mi madre sentada en la cama dándome la noticia. Además de lo terrible en sí de la noticia, además de la perdida del ser querido, otra cosa que convertía a ese sueño en, con diferencia, el peor que he tenido, era que mi madre se sentía súbitamente completamente sola, y que no estaba tanto informándome de lo que había pasado como buscando apoyo, como intentando no desmoronarse. Fue la época en la que –con once o doce años– me parecía que los padres de los demás niños eran todos más jóvenes que los míos (esto era así en algunos casos, pero en otros no, claro, pero se me metió esa cosa en la cabeza), y que faltaba muy poco para que los míos se murieran, algo para lo que, de alguna forma, he estado –sanamente o no– toda la vida preparándome.

Esos entrañables sueños de la que llaman la Etapa más Feliz de la Vida… La Etapa más Feliz de la Vida parece definirse por la idea de que es casi seguro que no vas a crecer como es debido (porque esa cosa no está muy claro que exista), y que solo vas a ser un superviviente, y que más vale que aproveches de crío eso de ser una persona o un ser humano libre o lo que fuere, porque de mayor, objetivamente, solo vas a tener tiempo, medios y carácter, para ser poco más que una sidosa, purulenta y amargada Puta con tu País como Chulo. Fea del modo en que es fea una persona que no es feliz y se pudre por dentro, y feliz del modo que lo debe ser alguien que habite un campo de concentración –ideado por uno mismo– y vea que ha sobrevivido un día más… Cuando te preguntan de crío qué te gusta o qué quieres ser de mayor y tú lo dices (si lo haces), lo que recibes a cambio es una broma adulta, a veces incluso en un tono que se debe al hecho de que el adulto no solo cree que no vas a poder ser lo que quieras, sino que ni siquiera –al igual que él– sabrás cuando has de saberlo qué coño quieres o te gusta, y te dedicarás nada más que a pagar facturas y a tener otro hijo del que reírte por lo inocente y pobrecito que es con su visión limitada de la vida. La Educación de los niños parece estar a un “paso responsable” de la castración. Ya encontramos el modo de dejarlos en algún lugar mientras los papás se van a pagar facturas; quizá si a partir de hora castramos a los más activos, se tranquilicen y molesten menos cuando estén en el parque o de veraneo, puede que así se queden quietecitos y estén más monos. Se hace con los perros, el mejor amigo del hombre. Son soluciones prácticas. Has sido papá, enhorabuena, tu hijo es un niño precioso y lleno de vida, pero tendrá que centrarse. Parking de niños y luego parking de coches bajo el parking de trabajadores. Luego, atesorar recuerdos cuando a uno le dejen.

Hay algo en los recuerdos que casi parece un mecanismo inconsciente de defensa. Así como se tiende a minimizar e intentar arrinconar los malos recuerdos, también se tiende a exagerar y mitificar los buenos. Diría que incluso hay gente que hace planes no tanto para hacer cosas como para tener buenos recuerdos (habitualmente la misma que habla de Carpe Diem). Esta idea es bastante retorcida, pero a menudo me ha parecido factible. Planes para tener bonitos recuerdos: es decir, decides que tal día vas a ir a tal sitio con ciertas personas; y, a no ser que ese día pase algo realmente malo, algo que no se pueda negar (del orden de ser víctimas de un accidente, un atraco violento, un atentando bomba o similares), todos diremos que el día fue un buen día; y al cabo del tiempo el día ya será genial cuando se hable de él, y luego será un día mítico; las vivencias del mismo evolucionarán, ganarán en matices, los detalles se convertirán en historias, las sonrisas en carcajadas, los momentos divertidos en momentos hilarantes, etcétera. No resulta tan extraña la teoría teniendo en cuenta que de normal la gente ya lo planea todo; no es tan raro que puedan planear la leyenda de los días, el pasado que está por venir. Hay que asumir que, por raro que suene, hay personas que creen que el razonamiento propio o la espontaneidad se obtienen en la sección de guías de viaje, en inmobiliarias, en Ikea, en gimnasios, en aulas. El esfuerzo titánico que hacen por simplificarlo o controlarlo todo puede afectar también a los recuerdos. Y nadie va a ir a decirles que tienen que recordar las cosas como fueron, o, si eso es imposible, al menos dentro de lo posible. Nadie les va a decir que ya es triste vivir de recuerdos, pero que vivir de recuerdos que encima son falsos o están hinchados de esteroides, bueno, ni siquiera hay un adjetivo para definir eso…

Yo tampoco soy original, y como cualquier otro también tengo recuerdos adulterados. El problema es que no tengo ni zorra idea de cómo mi cabeza gestiona ese asunto. No parece el mecanismo habitual de negación o mitificación. No parece haber un proceso de filtrado claro. Así como los sueños solo me sugieren Basura del Subconsciente, los recuerdos parecen estar ahí para algo más que dar de comer a álbumes de fotos o violarlos en favor de alguna cena multitudinaria. Creo, aun así, que tienen una utilidad relacionada con el aprendizaje mucho menor del que casi todo el mundo quiere creer. Creo que creer eso es solo otro mecanismo de defensa. Algo te ha ido como el culo y alguien viene y te dice que eso es bueno, etc.
En el recuerdo, por ejemplo, la infancia me parece ahora casi otra vida, una vida anterior. Algo que debió llegar a su fin más o menos cuando en el colegio hicieron todo lo posible –a base de buenas intenciones…–para convencerme de que era un inútil y que solo serviría para ir por ahí como un zombi cabeza-hueca hasta el fin de mis días. Como alguien que jamás tendría una idea propia o capacidad para razonar nada de lo que viera. Digo esto porque, a pesar de haber sido mal estudiante a partir de los diez u once años, ahora cuando paso cerca del colegio en el que mal-cursé la primaria, me siento extrañamente relajado, me siento bien, y no tengo la más remota idea de por qué. Cualquiera te diría que es porque me invaden enternecedores recuerdos de mis compañeros de aquella época, o que echo de menos la hora del patio o los jaleos en clase o los espectáculos forzados de variedades. Pero lo cierto es que no pienso en nada de eso cuando me siento así. No hay nada concreto en mi cabeza, nada de nombres ni días buenos ni malos días ni castigos…, ni siquiera es por recordar a alguna niña en concreto, y mucho menos a algún profesor.
Esto no solo me pasa con el colegio, también me siento así, relajado, positivo y como anestesiado de un modo natural, cuando pienso en el pueblo al que fui a veranear con mis padres hasta los 17 años (creo). Y tampoco se trata de recuerdos concretos, aunque allí sí lo llegara a pasar objetivamente bien. Cabe decir, eso sí, que siendo un niño tímido, retraído y demás, tener que volver a retomar amistades o contacto con familiares que también veraneaban allí, era un proceso agotador para mí. Además de que en dicho pueblo, uno extremeño para más señas, algunas niñas me veían como alguna especie de manjar exótico y lejano, algo que provocó más de una y de dos anécdotas que, al margen de lo buenas o malas que fueran (las anécdotas), me hicieron pasar por momentos de tensión y nervios que no recuerdo con mucho cariño (aunque tampoco con drama). De entrada, yo no quería ir; yo quería veranear en mi casa de siempre y estar con mis amigos, y no tener que amoldarme a otro grupo de amigos en otro lugar (nunca pensaba en que mis amigos de la ciudad seguramente estarían fuera también). Luego llegaba al pueblo, y tras dos o tres días de adaptación y saludar sin parar a gente y aguantar besos desagradables de familiares y evitar contestar a preguntas y etc., había momentos de todo tipo, y algunos muy buenos. Normalmente los buenos momentos tenían que ver con partidos de fútbol de los que participaba en cierto polideportivo al aire libre. La gente se sentaba a mirarnos jugar en unos grandes escalones a modo de gradas, y cuando acabábamos nos íbamos a la piscina que había justo al lado. Los “malos” momentos tenían que ver con el hecho de tener que adaptarse a la fuerza a los quehaceres del pueblo si no querías, en resumen, quedarte solo; esto incluía, durante las fiestas (principios de septiembre), toros en una plaza portátil, entre otras lindezas. Y los momentos incómodos, o poco definibles, o que incluso abarcaban lo malo, lo bueno y lo extraño a la vez, tenían que ver con niñas, y luego con chicas de 16 y 17 años. Los dos últimos años fueron especialmente tensos en ese aspecto… y no porque yo fuera un crápula precisamente.
Tanto en el caso del colegio como en el del pueblo, insisto, no se trata de hechos concretos, sino de una sensación residual en particular.
No me atormenta que no haya palabras específicas para definirlo, o que solo pueda tirar de verborrea. Pero no dudaré en maldecir al interprete de los sueños y los recuerdos. No dudaré en cagarme en los muertos de quien crea que puede explicarme lo que yo siento. O en, sencillamente, quien crea que tiene siempre respuestas cerradas o que hay palabras para todo.

masc

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2 comentarios en “Mis arenas movedizas, tus arenas movedizas

  1. Chico, me dejas siempre sin saber que comentarte.
    Mi madre sueña con personas muertas o a punto de estarlo, a mi eso me resuelta curioso, por el mal rollo que da, ella lo ve medio normal, pero supongo que es una versión autorodada de las cosas que nos pasan. Pienso que los sueños son los miedos que tenemos por aquello de no poder definirlos o darles una explicación.

    (Soy Pio, no sé porque WordPress no me deja comentar con Blogger y encima me ha borrado el comentario, ¡aarrg! )

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