Recortes rojos de cartulina

El vecino de arriba es uno de esos tíos que parece buscar el sentido de la vida a través del bricolaje. Cuanto más confuso se siente, más fuerte y más temprano se dedica a taladrar y dar golpes. Se han oído rumores de que intenta dejar de fumar. Incluso en una reunión de vecinos a la que no asististe, te han comentado que se le intentó convencer de las maravillas del arte con palillos, esas construcciones milimétricas –tamaño palma de la mano– de monumentos famosos. Cada vez que acabara uno podría calzarse con sus botas más bastas para aplastar y aplastar con furia la obra… como sustitutivo del siguiente cigarrillo invisible. Hay quien dice que en su piso ya no se debe poder mover de tantas estanterías y muebles y sillas de carpintero amateur como debe haber; ahora la preocupación debe ser darles un uso. Fumes o no, deberías ir arriba con un paquete de Lucky y ofrecerle una tregua. Al mundo.

La chica joven e inaccesible se ha ido. No en el sentido de dar el pésame a nadie. La muerte no siempre conlleva llamadas telefónicas ni funerarias. Dicen que se la ha visto por algún país europeo. Son rumores. No tiene Facebook en el que presumir de tetas metafóricas (o literales). Alguna amiga suya ha paseado alguna vez con algunas otras amigas suyas por la calle y sonreían sabiendo toda la información. Viste también a un ex suyo en Fnac. Iba con otra tía de perfil similar. Eso te ha acabado de convencer de que no la quería (a la “tuya”), quería un perfil que pudiese descambiar al margen de la tribulación emocional. El tipo también sonreía, le tocaba el culo a la siguiente clon subjetiva. Tenía entradas pero iba muy bien rapado, a la vez que vestido, a la vez que afeitado; y sonreía y le buscaba la boca a la aún-bollycao. Es como tirar a matar a ciegas con ráfagas de energía veinteañera. Compró algunos dvd’s. Estuvo a tu lado trasteando, olía a planes para follar. La chica estaba encantada. Tu cartera te pellizcó un testículo avisándote sobre tu situación económica.
Pasa por delante del tío de seguridad sin nada y sigue a la pareja y no digas por qué.

El hombre del bar es un hombre que habitualmente habita el bar, ese bar, y suele hojear una revista siempre en la misma mesa, y, coma o no, siempre pide cerveza. Has observado que mira con fruición a cierta camarera y que no le importa que le veas sonreír como un salido cuando lo hace, ni que la camarera también le vea. Nunca se le oye hablar, solo mira, pero nadie ha sospechado nunca que sea mudo aunque pida señalando en la carta. No es mudo, una vez le viste en la calle, hablaba con una señora que parecía intentar acabar la conversación cuanto antes. Crees que en realidad el señor solo se porta mínimamente bien en ese bar, y que usa ese bar para calmarse o descansar de lo que sea que haga habitualmente fuera del bar. Intentas obviar la mancha roja extraña que un día lleva en el cuello de la camisa; y cómo nadie le pregunta sobre ella y el tipo come en el bar ese día y se bebe su cerveza y mira sin parar otra vez a la camarera que al cabo de unos días dejas de ver por el bar y no te atreves a preguntar por ella.

El tío del coche tiene la cara roja y más de cuarenta años, y aparca cada dos días a unos veinte metros del colegio y se queda dentro del vehículo y a veces parece que le tiemble el labio inferior. Una niña de siete años despierta en su casa y se encierra una mañana en el lavabo a vomitar.

Una azafata va muy nerviosa de un lado a otro del avión. Le buscas la mirada para ver si te dice algo. No consideras que tengas miedo a volar, pero no es lo que se dice complicado comenzar a tener miedo dentro de un avión que ya ha despegado. No parece que nadie más se haya dado cuenta aún del estado de nerviosismo de la mujer. Luego habla con dos azafatas más tras unas cortinas; se esfuerzan tanto por esconderse que eso solo alimenta más tus miedos. Tienes intención de levantarte y preguntar directamente si vas a morir. Puedes ver uno de los motores de un ala desde donde estás sentado, te gusta estar junto a la ventanilla a poder ser. Miras fijamente el motor. El avión parece estable, sólido, aunque has visto muchas veces que cuando estos trastos se estrellan acaban como el papel de plata del bocadillo de un crío a la hora del patio. Es todo carcasa, la seguridad en un avión depende sobre todo de Dios, por decirlo así. Al final es otra pasajera la que se levanta por fin y no duda en preguntar qué pasa a las azafatas. Cuando le han dicho lo que sea que le hayan dicho en voz baja, la mujer se lleva las manos a la cara y prorrumpe en sollozos. Ahora ya tienes claro que vas morir, algún día al menos, incluso aunque el avión siga estable y ni tan siquiera sientas turbulencias. Pero no quieres preguntar a nadie sobre el presente. La mujer informada habla con otra pasajera, y dicha pasajera abre primero los ojos como platos aterrorizados, y luego echa a llorar también como una cría. Ésta informa al chico en calidad de novio que tiene a su lado, y, aunque éste tarda un poco más, finalmente procede a deformar su cara y unos goterones le ruedan hasta la barbilla. A medida que la noticia que sea se contagia, la gente se tapa la cara, enrojece, llora, se desespera, curiosamente en “calma” y sin aspavientos, aunque desesperados y sin atisbo de esperanza en sus gestos. Luego las otras azafatas también lloran. (Pero no hay caos y nadie hace nada más.) El avión en sí sigue tranquilo y ningún piloto comunica nada desde cabina. Llega un punto en que todos lloran o fingen que no lloran o se tapan la cara o llenan de mocos sus mangas, etcétera. Una señora, descompuesta, interrumpe un rezo machacón a media voz y te pregunta (con ademán informativo) si sabes lo que está pasando. Le dices que sí, gracias, y le sonríes como si te echara una foto un domingo durante la boda de una ex de la que sigues enamorado.

La cajera no te atiende. Parece tener treinta y muchos. No es una niña, pero es tan guapa que es como si la guapura dependiera de una postura coital concreta en la que insistieron con ahínco sus padres. La mujer no solo pasa de ti, además no tiene prisa alguna por cobrarte. No hay anillos a la vista. Parece que quien está al otro lado del teléfono es su novio, o su intención de novio, su “follamigo” o ese alguien a quien haya dado luz verde física tras haberse creído alguna mentira que se haya ramificado en otras mentiras peores. O eso parece por cómo sube la conversación de volumen. Tú solo querías comprar alimentos. La mujer habla ya con los ojos vidriosos, a veces se te queda mirando mientras habla, pero no te está viendo, su cabeza echa humo por lo que oye por el auricular. Está metida en una especie de batalla interna en la que ya no oye lo que le dicen. Se acumula gente detrás de ti. Todos imagináis a otra mujer en la ecuación. Alguna chica más joven y lozana a la que mentir mejor. La cajera está levantando la voz cada vez más. Ignorando la vocecita masculina, pregunta sin parar quién es. Quién es. De quién se trata. Todos intuís que la chica más joven no presente es una conocida de la cajera. Puede que –Dios no lo quiera– su hija menor de edad y muy avanzada para su edad. Dicen que el límite está en el infinito, con todo. Pero entonces la mujer cuelga, y sin soltar el teléfono se da la vuelta, y con el mismo aparato golpea a una compañera que está atendiendo en otra caja, la número tres concretamente. El móvil se llena de sangre de la cabeza de la otra cajera, una muchacha que no parece llegar a los 20 años y que masticaba chicle. Alguien, algún tipo de gerente, os invita a hacer cola en otra caja (la cinco). Mientras te cobran por fin, la mujer, sin que nadie la detenga aún, golpea con el filo del móvil la cabeza de la muchacha, cuyo cuerpo ya no se defiende. El mismo tipo, el gerente, os sonríe mientras espera a que alguien le conteste por un teléfono que parece de circuito interno.

Como cada mañana desde hace algunos sábados, ves por la ventana cómo esa niña de los vecinos golpea a su muñeca. Está en el jardín de su casa. Tú has ido a ver a una chica a la que a veces vas a ver. Lo dices siempre así; «Voy a ver a esa chica». La niña es vecina de la chica. La chica ha salido a hacer alguna cosa y te ha dicho que por favor la esperes, que comas algo si quieres o pongas la tele. Prefieres no tocar nada. Además el asunto tiene algo de perturbador, la niña parece realmente cruel con esa muñeca. No parece una niña “bipolar” al uso que cambie de humor y que reaccione de forma extraña y que luego abrace a su muñeca. Solo la golpea; y lo hace calculadamente, no quiere desgarrarla o destruirla, quiere poder seguir haciendo lo que hace, torturarla. Debe tener unos cuatro o cinco años. La muñeca es algo parecido a la Nancy con la que las niñas de tu generación jugaban; aunque las niñas de tu generación –por más que a veces arrastraran a la infante ficticia por los pelos para llevarla de un lado a otro– eran bastante más cariñosas con sus juguetes. Esta niña es rubia y tiene algo raro en la mirada, no sabes si es una mueca o si es que su cara es siempre así. La cara de la muñeca recibe puñetazos y se deforma y luego vuelve a su forma original con sus ojos azules y su sonrisa vaga. Es como si esa niña viera algo muy raro e irritante en el hecho de tener que conformarse con que su juguete tenga que ser también una niña pero de mentira. Además una niña que no es de carne y que no respeta las proporciones físicas naturales. Eso parece dar luz verde a la infante real para ser poco considerada, agresiva y hasta violenta, y esa violencia crece a cada minuto. La chica a la que has ido a ver vuelve por fin y le preguntas por esa niña de los vecinos. Te dice que conoce a la madre, que la niña no es muy del montón que digamos, que hace poco descubrió más o menos para qué sirven, precisamente, los condones –saca una caja de ellos de una bolsa y te la da–, y que alguien le ha dicho que a veces los fabrican en el mismo lugar que a esas muñecas, y que sus padres andan locos por saber quién le ha metido eso en la cabeza, y que hace semanas que esos progenitores no pueden darse un beso en la mejilla si la niña está a menos de cien metros a la redonda.

Sábado y bastante tarde. Te contesta su voz cálida y femenina y a pesar de todo incorpórea a través del contestador. Nunca habías tratado con nadie que realmente usara contestador. Las redes sociales no son algo que ella tenga pensado incorporar a su rutina. Al cabo del rato llamas otra vez. Coge el teléfono un tío, habla en francés. Cuelgas. Buscas en tu ordenador las fotos que tienes de ella. Luego buscas un video porno de alguna pareja que folle en francés, a los que se oiga jadear y hablar en francés. Cuando tardas demasiado en ese proceso, no siempre consigues acabar.

A veces la gran nube te hace toser. Le preguntas al primero con el que te topas qué pasa de verdad. Qué es lo que pasa, joder. Te susurra que te calmes. Has caminado como dos horas sobre una especie de textura de lodo blanca que no te deja nada en las suelas. Preguntas cómo funciona el tema de las mujeres, es decir, ¿las hay? (no sabes por qué, pero eso te carcome de repente). Caminas junto al tipo, pero no parece muy dispuesto a colaborar. No te cuadra que haya mujeres, y si las hay deben ir ataviadas de tal forma que te parezcan hermanas de sangre o algo así. Técnicamente, caminas sobre nubes, aunque quizá dependa de a quién preguntes. Entonces comienzas a notar un dolor agudo en el pecho, todo se oscurece. Es un proceso repentino. Notas humedad en la espalda, y que de golpe estás echado boca arriba. Alguien te llora en la cara. Comprendes. Intentas notar todas las extremidades, y aunque todas te duelan eso te alivia de una forma indescriptible. No conoces a la tía que te llora en la cara, así que supones que ha de ser la conductora. Oyes la sirena de lo que debe ser una ambulancia que llega con mucho retraso. Recuerdas cuando un colega te dijo que si te pasaba algo realmente chungo y necesitabas ayuda muy muy rápida, era mejor que tuvieras el teléfono de un restaurante chino a mano, al menos el chaval de la moto tardaría mucho menos que una ambulancia, y es muy probable que pudieras delegar en él, para que cogiera las riendas de urgencia de la situación. Vienen dos o tres tíos a levantare para ponerte en una de esas camillas. Se supone que es un momento crítico, que si alguien la cagara haciendo lo suyo, en ello podría residir la diferencia entre acabar paralítico o sano del todo algún día. Cuando te levantan para trasladarte, un destello de dolor brutal te recorre desde la cabeza hasta el culo.
No sabes a qué se debe, pero mientras viajas luego dentro de la ambulancia, solo puedes pensar en uno de los primeros recuerdos mínimamente detallados que tu cabeza consiguió retener; un día con una bata en una clase primaria, quizá primero o segundo de primaria, cuando estabas un día recortando trozos de una cartulina roja, y la profesora te decía algo como que tenían que ser «independientes entre sí», los trozos; y no tienes ni idea de por qué te decía eso, ni cuál era el ejercicio o la actividad de Plástica. Y no solo eso, además te preguntas por qué te hablaba así siendo tan crío, y cómo si en teoría no podías entender esa frase, ahora crees poder recordarla perfectamente.

Sandy Coben
Sandy Coben
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10 comentarios en “Recortes rojos de cartulina

  1. He empezado a leer y me he quedado enganchada a las historias de tus retales rojos. La del avión, en particular, me ha dejado intrigada.
    Me gusta mucho como escribes. Seguiré pasando por aquí 🙂

  2. Para empezar el sentido del humor es exquisito en esta narración, eso es un aliciente para seguir a toda costa leyendo hasta el final. Las historias se entretejen como cuando alguien está a punto de morir y le pasan las imagenes de recuerdos inconclusos como una película transparente. Llegamos al final con una sensación de ternura hacia el personaje que trata de entender ahora lo que en su momento no pudo, estupendo.

    Gracias por tu visita. Espero que sigamos leyendonos.

  3. Buenas tardes!
    Primero agradecer la visita a mi espacio y tu lectura.
    Muy buenos tus recortes rojos de ingenio y buena narrativa!!
    Se leen sin pausa…captas totalmente la atención y logras muy bien remover sentidos y sentimientos!
    Felicitaciones!!
    Te enlazo a mi blog roll, a fin de seguir tus lecturas!
    Saludos

  4. Hola hola! :):)
    Es sencillamente… exquisito. Tienes ese duende del que hablaba Lorca. Tus palabras envuelven y te atrapan sin posible escapatoria.
    Me ha encantado, en serio. Cómo entremezclas la vida cotidiana, las descripciones, las personas, las sensaciones. Me quedo con ese final agridulce recordando la infancia.
    Besitos 😉

  5. Leerte con Andrés Suárez sonando en directo y saboreando una copa de vino tinto, hacen el conjunto demasiado perfecto para ser verídico… engancha, y sí “hay fases en la vida que son incontrolables” ;P

  6. Jo! guaau! Mmmmmm … luego vuelvo a soltarte más onomatopeyas… no vaya a ser que me vea el resto de pasajeros y se me asusten ;))

    Lástima que en tus comentarios no enseñes de lo que eres capaz aquí… ¿eres como el tipo del bar?:))

    Un placer de verdad, mil gracias… tú ni caso, sigue escribiendo aquí, si no nos pasamos más solo es porque olvidamos el camino…pero siempre merece la pena la visita.

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