Gotas de ricino (3 de 5) – La cárcel torácica

Aún dura. No se apaga fácilmente. Tampoco quiero que lo haga. Y sabía que iba a ser así. Desde el primer minuto en que supe lo que pasaba (eufemismo de sentía), tuve claro que la cosa iba a ir, como mínimo, de varias nocheviejas. De varios teléfonos en silencio y alertas que no están. Pero no quiero enumerar calendarios ni circunstancias. Ni siquiera tretas de perdedor o planificador, o elucubraciones de una maquina de sufrir (esto último no lo garantizo). Aún dura, y de momento eso es lo importante. Puedes llegar a echar de menos el sufrimiento, siempre que no se trate de sufrimiento estrictamente físico. Encerrado en la cárcel torácica es donde a veces te sube a nivel de tráquea algo que no es aire acumulado; a no ser que eso también te haga respirar hondo de esa forma en que eres demasiado consciente de estar vivo. Hablo de lo que deduces, no te dispares a la cabeza buscando soluciones. La cárcel torácica es una cárcel individual en la que no se te suele avisar de que vas a recibir visitas. Y si viene alguien no es quien querrías. Está bien, las personas a menudo son bienintencionadas, pero a veces no te hacen sufrir lo suficiente para que les prestes atención. No es culpa de nadie. No hay patio de cárcel ni te dejan salir a hacer nada de nada, te pasan un par de comidas al día y te dicen otra vez que no hay correo. No tienes compañeros de celda, en ti mismo solo cabes tú, de hecho no se trata tanto de estar encerrado como de ser el funcionario de prisiones de uno mismo. Es extraño, por eso hay tanta literatura al respecto. Lo bueno de esto es que funciona igual que cuando vomitas, aunque estés solo en el proceso acabas aliviado igual. Aunque nadie entienda. La cárcel torácica ha sido simplificada y convertida en productos de consumo vital ya demasiadas veces. Para mucha gente solo se trata de habladurías, aunque te aseguren haber hecho también las oposiciones y haber estado en activo como funcionarios de sí mismos por alguien. Hay quien cree que puede montarse un bonito prado torácico, o una bonita estancia torácica llena de comodidades sexuales constantes. Creen que pueden acampar bajo un bonito castaño torácico y merendar mientras les pasa eso de verdad. Mucha gente debe pensar (aunque no se atrevan a decirlo) que dentro no tienen tripas ni corazón, sino minimalistas conductos, todo lleno de embellecedores y placas gomosas que duran toda la vida. Sonríen de ese modo circunstancial y a la vez insistente (si es que eso tiene sentido). Aún hay demasiada gente que cree que la felicidad solo está en tu cara. En tu firma. He llegado a conocer trabajadores kafkianos que estaban sentados con la espalda erguida en alguna sala bisagra que te daban los buenos días como quien sigue encallado en el primer día de clase. La oscuridad no siempre es una cuestión de falta de luz. La cárcel torácica no siempre está incluida en el manojo de llaves femenino adecuado. El juez intracraneal te dijo que había sido culpa tuya, y que lo seguiría siendo. Era un juez muy moderno, me dio a elegir, ni tan siquiera se regía por ninguna pauta legal. Era un juez con rastas. De hecho ni parecía un juez, más bien parecía algún cuarentón en un festival de música. No es que me cayera mal, pero prefería el encierro. Mucha de la gente que se llena la boca siempre de Libertad, suele ser, curiosamente, la que más juzga, la que más condiciona los comportamientos de los demás. El trabajador kafkiano no es tanto una persona brillante como un subproducto de las bocas sonrosadas que hablan de Carpe Diem a la vez que viven solo de sábados y fechas oficiales. El concepto de Responsabilidad que muchos tienen solo es un eufemismo de la responsabilidad que conlleva el ser responsable para con la libertad personal auténtica.
Como sé que posiblemente no estás en mi situación (o que al menos te has convencido de ello), seguramente no has entendido casi nada de todo esto; así que no hará falta que le diga a nadie que guarde el secreto. Es probable que quede poco para tener que volver a darle la vuelta al reloj de arena Apple.

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