Lo Femenino

La pareja que tengo cerca hoy mantiene una conversación que denota poco tiempo de relación, aunque podría ser que él hubiera dejado hace bastante su Personalidad guardada adrede en algún tarrito años 2000 en pos de cierta clase de “madurez”; o quizá arrinconada en la bolsa escrotal, expulsada cada pocos días con forma de calientes goterones blancos justo antes de que vuelva a expandirse hasta su corazón y su cerebro. De forma pasivo-agresiva la chica obliga al muchacho a compartir una ensalada. A veces los clichés de pareja toman formas físicas rellenas de tiernos asentimientos ambiguos y decepcionadas tripas reales. El chico parece un chaval al uso con unos 25 años de obediencia responsable (y puede que ciega) a sus espaldas. Siguiente tarea: novia formal. La chica es casi seguro un torbellino perfumado alrededor del cual revolotean exámenes exitosos y calendarios llevados a rajatabla. Puede leerse en su sonrisa y su forma de llevar sutilmente las riendas, adoptando no tanto los ademanes de un carácter propio como la peor clase de feminismo: actuar como un hombre al que ella repudiaría.
Mi cena de hoy consiste en algo marítimo que he pedido como entrante (que podría colgarse de un árbol de navidad perfectamente), y un entrecot con patatas del que un marciano que no conociera nuestras prácticas se comería el elegante plato con forma de encantadora barquita luego de tirar lo demás. El entrecot pedido al punto me hace pensar en el desembarco de Normandía, las patatas son alguna clase de experimento con algún tipo de condimento verde rebuscado con el que mi paladar se siente como una lectora de Crepúsculo que lo intentara con el Ulysses de Joyce…
Abuso de la mayonesa (creo que es mayonesa), viene aparte. Las patatas están cocidas y tengo que partirlas en dos para poder llevar a cabo con dignidad el ejercicio de trituración bucal. Otra vez el aspecto de todo tiene más importancia que la comodidad del cliente (la practicidad en tu maldita casa, parecen decirte). La muchacha de la otra mesa no para de hablar, pregunta retóricamente varias veces a su novio si le gusta la ensalada, y verbaliza (decide) también varias veces que están muy bien aquí (ellos, no las ensaladas) y que han elegido fenomenalmente el lugar. Usa el plural mayestático, aunque no huele a que el chaval haya decidido nada, simplemente no existe en apariencia la opinión masculina. En cierto momento la tía me mira de soslayo; creo que, aunque no me conozca, decide que –gracias a Dios– ha logrado su objetivo de no convertirse en alguien como yo. Creo que a partir de ese momento para ella ni siquiera soy un tío. Creo que ella se ha encargado personalmente de que yo oiga todo lo que pasaba en su mesa, y que después ha hecho ese sutil gesto de desprecio queriendo dar a entender que debería meterme en mis asuntos. Creo oír decir a mi entrecot descuartizado que le diga a su madre que la quiere, que no debería haber venido a esta estúpida guerra. Quizá yo tampoco.

Dinero.
–No tengo puta idea de gastronomía.
–Eso da igual, ve a esos sitios, no queremos que hables como un experto, habla de lo que veas.
–Lo pagáis vosotros.
–Afirmativo. Además ¿qué más te da?, es escribir, escribe, escriiiiibe, no te vas a hacer rico, pero no se te pide nada inmoral, son gente normal, salen a cenar, nada más, es lo que hacen.
–¿Entonces se trata de la gente?
–Se trata de comida, pero si hubiéramos querido un especialista en ello ahora estarías en algún bar y no hablando conmigo.
–Estoy en un bar…
–Bueno, ya me entiendes…
–Creo que me han dado plantón.
–¿Plancton?
–…
–Podrías pedirlo en algún sitio, creo que se come. Oye, creo que es una prueba, un…
–Ni siquiera sé qué queréis de mí, ¿es algún rollo rebuscado?, ¿alguien me quiere ligar pagándome cenas?
–Lo que tendrás que hacer es mandar un par de folios con lo que sea que hicieras el viernes o el sábado, lo que sea que hagas.
–Con lo que haga, ya…
–Creo que es cosa del editor, se ha puesto en plan experimental, creo que está harto de probar con postuniversitarios o qué sé yo… o que su mujer le ha mandado al sillón y se ha puesto reflexivo.
–Sabes que lo voy a hacer, como y me visto y demás, pero tanta libertad descoloca, normalmente hay al menos una reunión, alguien te mira por encima del hombro un rato, te sonríe tras su mesa, te pide una especie de mamada verbal, cosas así, no estoy acostumbrado a encargos vagos y administración por correo…
–Vale, colega, nos vemos para los detalles…
–…
–Oye, perdona, estaba…
–Os pienso mandar los artículos en el cuerpo del mensaje…
–Coño, hazlo como siempre lo haces, ese rollo desganado que haces siempre, es lo que quieren, y luego mándalo como te dé la puta gana…
–Bueno vale, oye te dejo, estoy ocupado.
–Has dicho que estabas en el bar.
–Sí, y se me calienta la cerveza.
–Vale, tío, bueno…, mete muchas salidas de tono, tacos, tonterías, qué se yo, habla del culo de las camareras.

En otro encargo hace un frío que te mueres hasta que llego. No es cosa habitual en Periferia, aunque es cierto que el tiempo aquí es irregular como un profesor de primaria; igual se vuelve cálido que al momento frío y suicida, te arropa y apoya y al segundo siguiente te escupe la mierda de la acera en los ojos. El lugar es un italiano. Nunca me acuerdo bien de los nombres, una vez tuve que volver atrás cuando ya me iba, para echar otro vistazo a la fachada del local. Siempre reservo mesa (si es que el local acepta reservas). ¿Me ha dicho para uno? Sí, para uno. Uno ya no muy joven, malviviente, poco ejemplar para seguir sus pasos, lleva una tarjeta de crédito sospechosa que no tiene pinta de ser suya.
¿Me repite el nombre, por favor? No soy crítico gastronómico. No, es que necesito un nombre para la reserva. Vale, pero que quede claro que mi idea de la cocina consiste en evitar que me salpique el aceite hirviendo, soy así, de gustos sencillos. ¿Señor?
Aun así, esta vez me han dado una especie de mesa de lujo para uno, con vistas, y hasta han dado orden (sí) de que cierta camarera en concreto me atienda. Han apartado a la que se encargaba de esta zona del restaurante. Me han traído tres cartas, como para que las estudie y analice, la de vinos es tan nutrida y barroca que parece alguna rareza de Tolkien. No digo nada, no aviso a nadie de que podrían estar estropeando una de las mesas buenas con alguien que hasta hace poco creía que la vichisua era un grupo francés de la nueva ola de música electrónica. La camarera asignada es tan guapa que casi resulta ridículo, cuando una mujer es exageradamente bonita por fuera me siento como si hablara con un anuncio de United Colors of Benetton o algo así, me cuesta un buen rato superar el asunto físico y hablar con la Persona que hay en algún lugar tras los ojos y las perfiladas tetas y demás. Te hace sentir como debe sentirse un surfista con el mar agitado más allá de lo prudente, miedo y excitación, o ganas de salir corriendo y pegarle un guantazo a alguien y saltar en medio del tráfico sonriendo como si ya no tuvieras nada. La sola idea de que esta chica tenga teléfono o duerma en alguna cama (quizá sola) por las noches, hace que te entren ganas de comenzar a hacer ecuaciones para demostrar algún día antes de morir que todo está interrelacionado.
Enseguida decido que no escribiré sobre ella, porque de ser así me pasaré tres pueblos y todo el artículo irá –solapadamente– sobre cómo me la tiraría, la futura casa con valla blanca, las gemelas iguales a ella pero en pequeño, etc. En el fondo esto a veces es un ejercicio de mitificación espontánea bastante vacío. ¿Obvio? Los hombres me entenderán.
Lo malo de las mesas para uno es que son también las mesas para dos, de modo que suele haber varias mesas así agrupadas; esto hace que los extremos conceptuales se toquen, o vas solo o vas en pareja; el intermedio, que son los grupos de amigos y demás, habitan el resto del restaurante, en un ambiente más ruidoso quizá, pero en cierta forma también más relajado, menos violento a nivel emocional. Una chica cenando sola puede parecer misteriosa y resultar atrayente y… misteriosa. Un tío cenando solo normalmente parece un cutre, un perdedor; no digamos ya si es viernes o sábado y no tiene pinta de haber salido de trabajar de ninguna oficina…
No entiendo gran cosa de la carta, leo los entre paréntesis bajo la palabras en italiano. De todas formas casi todo lleva queso. Cuando la cosa se pone tensa es a la hora de elegir un vino. Se están preocupando tanto conmigo que pedir agua sería como un acto de cinismo; me limito a señalar uno de los vinos tintos no-precisamente-baratos de la carta. La chica, como salida de la mente de mi versión con quince años (imagínate), sonríe y se lleva todas las cartas mientras simulo que no me afecta su onda expansiva.
Nadie se sienta cerca, es un alivio. Cuando me he comido (pasándome claramente de la raya) un plato de pasta y media pizza, me vuelven a traer la carta de postres. Quería meterme en el papel de crítico serio, pero con semejante mujer yendo y viniendo se hace imposible, está todo perfectamente calculado, hacer una mala crítica del sitio te haría sentir como si le hubieras pegado una patada al encantador perro del vecino sin saber muy bien por qué. La carta de postres es casi como escupir en una foto de la Madre Teresa, nada baja de los seis euros, y hay cosas de hasta ocho. Aunque mi estómago ya comienza a escribir mensajes que me mandará a no mucho tardar, le señalo a Helena de Troya uno de los dulces caros, algo realmente cerdo, chocolate por todos lados + una bola de helado, etc. Todo presentado muy fino, obviamente. Reviso la presencia de la tarjeta de crédito en mi cartera.
Al salir del sitio tengo que apoyarme un momento en la pared. Pasa un matrimonio mayor y piensan que estoy borracho. La broma se ha ido a los 45 euros. El vino, el postre. Saco un cigarrillo, me apoyo en la espalda y miro la hora. No consigo recordar el nombre de la pasta del primer plato.

–Me gusta esta cafetería porque antes trabajaba aquí una muchacha que…
–¿Que fondos tiene esta tarjeta?
–… y estaba tremenda, me colgué de ella, tío, era como cuando íbamos al colegio, ¿te acuerdas?, como mirar el culo a las niñas cuando…
–Supongo que no tengo límite de precio en las cenas…
–… el pelo rizado, pero oí algo de que quizá podía tener un crío, no sé. No te preocupes por la tarjeta, guarda los papeles y métela en tu cartera, no te confundas y pagues con la tuya, te lo vas a pasar bomba, colega, te van a mandar a los mejores garitos de la ciudad, vas a ser el tipo solitario resultón, el romano que vomita para seguir comiendo, vas a ganar cinco kilos, tío, ya verás, es una ganga, aprovéchalo, y cúrrate los artículos, creo que te están tanteando.
–Irene, la pelirroja.
–¿Qué?, no, tío, no se parecía a esa niña del cole, ésta era morena, pelo castaño, muy rizado, no se parecía a Irene… Irene… joder… Ni me acordaba.
–Seguro que no…
–Ya sé que fue como el primer culo de los críos de la clase, la primera paja y demás, pero esto era distinto…
–Hago mucho esfuerzo por no pensar en el motivo real por el que sigues viniendo aquí…
–Tío, no sé, me gusta el sitio, y durante un tiempo oí algo de que podía volver, que quizá estaba de baja.
–¿No se te ha ocurrido preguntar a…?
–Tssss, ni de coña, no quiero que la asusten… Es como un cervatillo, ¿me captas?, un solo paso en falso, un solo ruido, y fallas el tiro…
–Ya…

Diez semanas y diez artículos, obscenamente bien pagados a mi juicio, y la siguiente semana es el turno de Central Periferia, cocina moderna, sin lista de espera para mí, raciones de a dos bocados de experimentos realmente caros para mi paladar realmente mediocre. Comentarios elaborados como “Qué rico está esto”, o, “Se me hace que las raciones son muy pequeñas”, se oyen todo el tiempo. Rodeado de votantes de derechas y empresarios, o bien gente del mundo del espectáculo, la verdad es que me suenan varias caras, pero no las ubico, no sé los nombres, y tampoco me prestan mucha atención. Y eso que hoy me he puesto elegante de verdad, una chaqueta de vestir, un rollo de lo más modernete, una camiseta de Jane’s Addiction y mis mejores tejanos (o los más nuevos al menos). Tengo la pinta adecuada, parezco un hipócrita de lo más fino, uno de esos con gusto exquisito para el cine y la música, y la cabeza tan «bien amueblada» que de solo darle el aire se produce tal efecto mariposa kármico que varios niños africanos muy sonrientes pierden la vida en ese mismo instante. Un Tipo de Gran Ciudad, en definitiva. Tecnológico y repleto de curiosidad por mi mundo, por el futuro, por la moda, por la arquitectura. Cena conmigo, nena, soy humilde incluso triunfando, tengo miles de cosas de las que hablar y sé hacer de maravilla como que escucho. Esa es la imagen que proyecto.
Bueno, era lo más que podía conseguir para no desentonar.
Todo resulta extrañamente aséptico. El problema es que para la mayoría de “canapés” finolis que me sirven ni tan siquiera tengo el referente mundano. De repente alguien te dice “Esto recuerda al (nombre de vegetal)”, y tú asientes mientras algo se deshace en tu boca con tanto estilo que quieres echarte a llorar de pura occidentalidad. Cada ración de lo que sea viene acompañada de una explicación, es como si mientras estuvieses follando alguien te hablara desde un aparte sobre cómo sacar más partido a la postura, o qué celebridad se corrió en la Navidad de 1975 haciendo lo mismo que tú ahora. No es tanto comer como un estudio sobre la nueva cocina, algo que siempre he asociado económicamente con cosas como la exploración espacial, es como la versión hipster de la exploración espacial. Es como si le diera un infarto a alguien mientras escribo en la misma habitación y le pidiese (por favor, eso sí) que se muriera en silencio porque acabo de dar con una idea cojonuda para cerrar el artículo.
Como sea, algunas cosas me gustaron y otras no. Tampoco descubrí ningún mundo nuevo, y el arte para mí sigue siendo algo muy distinto de experimentar con croquetas o cobrar una pila de billetes de 50 por dar de comer filigranas a tipos horteras podridos de pasta. No soy ni de lejos lo que este mundo espera.
Me paso toda la cena (por llamarla de alguna forma), pensando en esa etapa de mi infancia en la que unos amigos y yo encontramos una olla abandonada y cada sábado la llenábamos de agua y metíamos en ella todo lo que pillábamos (también bichos) y con palos de madera lo aplastábamos todo, lo machacábamos y cantábamos no sé qué canción repetitiva.
Me calzan 178 euros; menos mal que no a mí… En alguna parte de la carta el lema era “No es solo una cena”. Cierto, parece algo bastante más estúpido y grave.

El Mamut: Los heterosexuales no salen del armario

El restaurante se llama El Mamut. Bandera multicolor como símbolo por todas partes. Hablé con alguien que no se presentó como el dueño pero que actuaba como tal (suele ser siempre así). Volvieron a creer que yo soy alguien a quien la comida le importa más allá de la, digamos, ausencia de nutrientes. Un camarero muy amanerado me atendió casi todo el tiempo. Estoy seguro de que piensan –igual que muchos heteros– que el amaneramiento homosexual viste de sofisticación todas las cosas. Bandera multicolor, en la carta, en los platos, el techo. El restaurante en general te hace pensar por algún motivo en esas personas que en un momento u otro, sin que sea necesario para la historia que te cuentan, sacan a colación a sus «amigos gays». En cuanto a la simbología y la intencionalidad, El Mamut parece querer sumarse a esa corriente de Orgullo Gay que, con buena intención, reivindica los derechos de los homosexuales y recrimina la homofobia; a la vez que, por desgracia, al parasitarse en esa batalla, no dejan que la opción sexual personal se acomode como algo natural. El mayor poder de lo heterosexual es que nadie se declara heterosexual ni habla de tener «amigos heterosexuales». Nadie dice cosas como “El otro día fui al cine a ver la última de Los Mercenarios con mis amigos heteros, y se lo pasaron genial, ¡cómo se reían!”… Pero qué sé yo, quizá caigo en contradicción mencionando así todo el asunto homo, y supongo que todo eso tiene más sentido que, por ejemplo, vestir a bebés con camisetas de equipos de fútbol, hacerles socios de un club, adoctrinarles e intentar planificar sus fines de semana antes de que puedan decir la primera palabra… Quizá alguien hetero debería ser el último en querer dar lecciones de cordura.
Lo bueno del restaurante es que la comida está de miedo. En serio, id. Todo resulta amanerado también en la presentación, pero las cantidades son generosas, no hay ápice de vergüenza a la hora de rebañar la olla o la sartén o lo que sea. Disfruté de una ensaladilla rusa deliciosa como entrante y luego de una fuente de carne a la brasa con la que gasté hasta dos de esas cestitas de pan tan monas.
Pero abramos aquí un paréntesis en cuanto al pan.
Y no me refiero ahora solo al pan de El Mamut, sino a la manía que tienen casi todos los restaurantes de ofrecer ridículas porciones de pan, como si las hubiera cortado alguien con serios problemas de personalidad, como si cada vez que en la cocina de un lugar público necesitaran ofrecer pan, trajeran para cortar la barra a alguien que acaba de perder a toda su familia en un accidente aéreo y apenas puede sostener el cuchillo… ¡Un poco de generosidad! ¿No? ¿Soy yo el único al que le gusta el pan como algo más que el adorno de una cestita mona? Demonios…
Cerremos el paréntesis.
El Mamut, en definitiva, es un buen lugar al que ir a comer, a no ser que consideres que “no deberían llamarlo matrimonio”, o que “lo de los 6 millones de judíos no está demostrado”, etc. Y no dudéis en entrar al trapo si alguien del personal os da conversación sobre cualquier tema social o político (no, en serio, no dudéis…).

Durante mi periplo gastronómico, cierta noche de viernes tengo cerca de mí –en la parte del restaurante de mesas individuales y para parejas– a una mujer cenando sola. No surge la más mínima química, aunque estemos casi solos en el local, no hay miradas interesantes ni florece una conversación cebada de intenciones. En resumen, no me pasa nada fuera de los límites de mi cráneo o mi caja torácica; o lo que pasa está más cerca de la meditación trascendental que de nada concretamente relacionado con Hombres y Mujeres y todas las historias conocidas al respecto. Si tuviera que resultar pragmático diría que la chica ha quedado para luego, se ha emperifollado para ver a alguien más tarde y tiene su mente puesta en eso. Lleva un vestido de una sola pieza y ceñido, también tacones, parece que no demasiado maquillaje, nada de medias; no te hace pensar en una chica arreglada para nochevieja, pero tampoco en un prototipo de Tía Buena buscado durante un par de horas ante el espejo. Todo denota cierto tipo de naturalidad en sus ademanes, en su aura. No estoy hablando de sexo, aunque nunca esté fuera de la ecuación. Si tuviera que dar una descripción estética rápida diría que es una especie de Nicole Kidman de texturas Eyes Wide Shut visitando a la Christina Ricci de Sleepy Hollow; pero es lo mismo que si no dijera nada. Quizá solo se trata del inicio de una mala digestión mía, o puede que el vino me convierta en la peor clase de analista abstracto; pero había algo en esa mujer que la conectaba con la tierra, con los orígenes, con las montañas no mutiladas por planes gubernamentales; resultaba fresca y natural aun embutida en diseños contemporáneos. E incluso haciéndote pensar en pájaros no-domésticos o hierba mojada lejana a polígonos industriales, la geometría de la mesa, su silla, y la inundación de luz tenue del lugar, parecían amoldarse con poética dignidad real a las curvas no poco generosas de la muchacha. La idea de que lo que sentía al verla fuese alguna clase de enchochamiento, me resultaba burda, incluso siendo todo el asunto un Fenómeno indudablemente Femenino, igual de poco combatible que la meteorología, los tornados o la lluvia que alimenta las cosechas.

–¿Crees que son horas de llamar…?
–Tío…
–¿Qué pasa?
–He oído que te quieren meter en nómina.
–Ah, ¿o sea que accederán a verme?, ¿algo así de extremo? ¿Tu jefe mide treinta centímetros o tiene escamas o una aleta dorsal o algo así? Dile que no debería sentirse tan cohibido, la revista no es peor que otras…
–Menudo halago…
–Así que has oído un rumor…
–Una tía muy enfadada ha llamado y quiere denunciar a la revista.
–¿Cómo?
–Y se dice que ha sido por un artículo tuyo. Te has ganado el corazón de alguien de arriba.
–¿De arriba?, así que tenéis buhardilla…
–No es coña, tío, ningún publicista puede conseguir lo que dicen que has conseguido.
–Así que alguien me quiere matar y debo alegrarme…
–Exacto, esa es la gran noticia, la rueda comienza a girar cuando le tocas las pelotas al colectivo adecuado… O al menos cuando ellos creen que querías tocárselas…
–¿Ha llamado alguna madre enfadada…?
–No ha sido una maruja, las marujas… ¿Sabes que se dice que bastantes marujas se vuelven pirómanas debido al hastío?, hay videos, se ve que salen con esas pintas de amas de casa ingenuas, provocan un incendio menor, o mayor (si pueden), y después se dedican a esperar ante la tele a que se interrumpa la programación para poder ver la gesta que han llevado a cabo. Luego deben toparse con las vecinas y comentar compungidas la desgracia, y lo ajenas que son ellas a los males del mundo…
–…
–¿Sigues ahí…?
–Así que no ha llamado una maruja…
–No, tío, era una tía, joven, estaba histérica, dicen que apenas se entendían algunas sílabas, solo muchos tacos y tu nombre muchas veces. Casi que igual es alguna tía que va mojada perdida detrás de ti y quiere llamar la atención…
–Me da que no va a ser eso…

No sé cómo narices se les ha ocurrido mandarme a un lugar ampuloso cuando se celebra algún tipo de fiesta de tiros largos. Creo que les divierte notarme cabreado en lo que escribo. Si uno de los candelabros se me cayera encima, moriría antes de que llegara la ambulancia solo de la impresión. Todo reluce, todo es cristal o apliques dorados, he contado como unas diez parejas ya en las que la chica tenía por lo menos 25 años menos que el tío al que iba pegada como una lapa.
Al fin conocí las oficinas de la revista. Como, insisto, creo que les gusta verme en aprietos, me reunieron con una lesbiana más fuerte, masculina e inteligente que yo a la que tuve que convencer de que no la odiaba, y de que en realidad apoyo su lucha. Hablaba todo el tiempo de Su Lucha, aunque nunca especificaba, como si el asunto fuese tan obvio que le diera vergüenza argumentarlo. Era tal su entusiasmo y estaba tan ofendida, que te hacía pensar en esas personas tan nacionalistas y/o independentistas (nombre del país al margen) que si les otorgaran lo que quieren, les dejarían con nada más que un inmenso y agorafóbico futuro por delante, aterrador por vacío de objetivos. Hablaba como si más que luchar contra un enemigo, lo necesitara. Pero no le dije nada de eso, claro, porque vuelvo a repetir que en realidad era más inteligente que yo (al menos en el terreno retórico), y tenía como poco tres o cuatro réplicas preparadas para cualquier cosa que le dijera. Pero que quede claro: incluso aunque yo hubiera sido un homófobo redomado, en ese momento en cuestiones de cabreo y desconfianza habríamos estado a la par. Había algo que no cuadraba en todo el asunto, pero ese algo era incluso más profundo y turbio que el tema de ser gay o no y las consecuencias que lo acompañan.
Camino como si estuviera harto de estos lugares de techos altos y tías vestidas de tal forma que no me parecen tanto mujeres como figurantes de alguna película de James Bond, que es donde estoy acostumbrado a ver tantas así juntas… Ha sido para verme alquilando el esmoquin… la incomodidad es óptima. Si de verdad este ir como un pincel siempre es inversamente proporcional a la comodidad, algunas de las chicas del lugar deben estar pasando por un ritual equiparable con el parto. Diría que hay bastantes menores, aunque disfrazadas de cazafortunas, de hecho algunas diría que lo son; o puede que incluso vengan a aprender de las que ellas consideren mayores, la tías de 22 o 23 años… Este ambiente hace que lo del antro de la cocina moderna parezca una barbacoa en el campo. Comienzan a surgirme dudas, así que llamo a mi jefe. Cuando hablamos por teléfono siempre me da la sensación de que se está aguantando la risa, o de que se tapa la boca con fuerza con una mano para que no le oiga reírse de mí. Creo que eso pasa porque se está riendo de mí casi todo el tiempo… Mi jefe me dice que la sala en la que estoy debería darme acceso a canapés y champán. Pero que debo estar atento, porque lo que pasa en realidad es que la revista me ha enviado a una entrega de premios, una de ésas genéricas, en las que igual le dan un trofeo al alcalde que a un deportista. Un rollo en plan Personajes del Año. A estas cosas me refiero con reírse de mí. La idea es mantenerme siempre desconcertado. Al paso del rato me doy cuenta de que incluso he leído sobre este rollo en el periódico, pero en ningún momento lo he asociado con mi encargo. Simplemente he venido a la dirección que me han dicho y he hecho caso con lo del esmoquin. Esto me pasa por creer que mi labor solo va de escribir. Mi jefe me dice que esté atento a los tránsitos del rebaño de lentejuelas humanas, que luego tendré que pasar a otro salón igualmente pijo y que a la entrada tendré que decirle mi nombre a un pingüino humano para que me diga dónde he de sentarme. Se supone que la cena va en paralelo con la entrega de premios.
Algunas mujeres pasean por el lugar mirando a un lado y a otro como un gato abandonado lo hace por la noche, y puede que igual de desamparadas. Algunas se esfuerzan tanto por parecer agresivas a través del modo en que han moldeado su belleza, que es casi como si pidieran socorro a gritos. Lo que a priori parece una clara demanda de sexo y puede que intención de cultivar una relación con propósitos económicos, en el fondo se me antoja un deseo casi histérico de que alguien las abrace, no las atosigue con discursos éticos o morales, y luego les dé unas zapatillas planas. Es posible que solo con un gesto por el estilo se ablandaran, se plantearan el presente que llevan a cabo. Los tipos del lugar sin embargo no parecen ver nada raro en el ambiente, supongo que porque hay una jerarquía muy clara que no tienen problema en asumir, seguramente porque les beneficia a muchos niveles, tanto en lo material como en, seguro, muchas de las películas emocionales que se montan. Estoy seguro de que muchos de los tíos sesentones que hay aquí creen que la chica de 25 años que llevan del brazo es algo real. No es tan raro de entender teniendo en cuenta la idea del éxito que predomina. Todo este lugar huele a las respuestas a muchas preguntas que solemos decir no las tienen (o que son demasiado complejas); empezando por la prostitución a varios niveles y en varias direcciones, y acabando por el paripé de la entrega de premios.
El pingüino me ha señalado con el dedo mi silla, lo cual teniendo en cuenta a qué distancia estaba era como señalar todo un tercio del puto edificio… Por suerte había una etiqueta con mi nombre junto a una de las dos o tres copas, el plato y los tropecientos cubiertos que he de usar de fuera para dentro (no sé por qué sé esto…). Solo me queda averiguar para qué es cada uno de ellos….
Me toca junto a una señora enterrada en la no-aceptación de su edad y una chica que se va a llevar la decepción de la noche si está buscando a alguien podrido de dinero cual gata nocturna que busca un buen coche bajo el que que hacer noche… La señora se presenta como enviada de no sé qué revista de la que me dice el nombre (suena a francés) tres o cuatro veces sin que llegue a entenderlo. La chica joven al final es una postuniversitaria que viene también a cubrir el acto para algo llamado Arte y Sociedad. Me doy cuenta de que estoy sentado en la zona de prensa… La señora me recuerda a las marujas pirómanas, y la muchacha a cierta chica fascinante de un encargo anterior, esto me descoloca y descentra por completo.
Los camareros son como un ejercito con un palo metido por el culo, van de un lado a otro y todo el tiempo tienen tanta prisa que casi parece que algo trascendente vaya a ocurrir. Son todo responsabilidad y comentarios escuetos, hablan de usted incluso a los niños y tratan como a Diosas incluso a las chicas de pinta más manipuladora. Llevan un look y una actitud tan extrañamente relamidos que no te cuesta imaginarlos chapoteando en el océano atlántico apocalipticamente burbujeante mientras el Titanic va camino de convertirse en leyenda.
Antes de que traigan el primer plato, tengo la imperiosa necesidad de mear. Cuando uno es propenso a las piedras en el riñón, tiene que elegir entre el sufrimiento o ir al lavabo cada dos por tres. Ya no recuerdo la última vez que vi una peli en el cine sin interrupción. Tengo que preguntar hasta a dos camareros dónde están los servicios. Cuando por fin los encuentro, descubro que son unisex. No sé por qué no me sorprende; el contexto del lugar parece llevar a lo unisex. Hay algo enfermizo en todo el interior del edificio, como de oscura realidad paralela, como de Margen de la Sociedad. Supongo que podría llegar a acostumbrarme, y eso es en cierto modo lo que más miedo da. Parece que todos estamos a un paso de ser putas o puteros, de ser esclavistas o guerreros de clases.
Cuando entro a los amplios y nada acogedores baños, descubro que la chica periodista compañera de mesa está dentro. Al principio me pregunto cómo ha podido llegar si cuando yo me fui ella estaba plácidamente sentada, pero supongo que simplemente le ha dado tiempo mientras yo estaba perdido y charlando con las víctimas del Titanic. Se está retocando el maquillaje y no le altera lo más mínimo mi presencia. Cada vez se me antoja más parecida a la chica que me dejó pasmado cenando sola en cierto restaurante del que no recordaría ahora el nombre ni a punta de pistola. Comienzo a dudar de verdad sobre si no es ella. Podría ir algo más maquillada, podría ser que verla hoy bien desde todos los ángulos hiciese que pareciera otra. Mi recuerdo es el de haberla visto más que nada de perfil, no quería ser descarado en aquella cena. Todo esto hace que ahora me la quede mirando casi sin querer, algo de lo que ella se percata. Mira con confianza, me pregunto por un momento si será periodista de verdad. No sería la primera profesional con ganas de ser “Princesa”. Intento resolver el momento incómodo:
–¿Te conozco de algo?
La chica se da la vuelta y guarda el pintalabios en un bolso en el que casi no le cabe la mano. Sonríe. No con suficiencia ni sexualmente amenazadora, pero sí con cierta superioridad natural.
–¿Crees que me conoces?
–Creo que te vi no hace mucho en un restaurante…
–¿Sí?
–…
–Me pasa bastante…
–…
–¿Y crees que soy yo o no?
–Eh… Perdona, creo que me he perdido…
–Ya lo he visto, te he visto hablando con los maniquís…
–No, me refiero a que…
–Ya lo sé…
–…
–Yo creo que quieres creer que soy aquella chica.
–¿Y…? O sea, tú no te acuerdas de mí…
–Podría ser que yo fuera aquella chica y no te recordara… Hoy todos vais de esmoquin, en estos saraos fascistas todos los tíos os parecéis demasiado unos a otros… Las tías podremos ser más o menos zorrones, pero al menos nos preocupamos por ir distintas…
–…
–Ahora te da un poco de miedo volver ahí fuera y sentarte otra vez a mi lado, lo siento…
–No… No, no tengo miedo.
–Entonces qué tienes…
–La verdad es que al llegar te he confundido con una cazafortunas, temía que intentaras algo conmigo creyendo que yo era…
–¿Entonces creíste que la chica del restaurante era una cazafortunas?…
–No, me refiero a que…
–Creo que tienes la cabeza hecha un lío desde que viste a aquella chica, y que ahora no sabes si quieres que yo sea ella o no.
–…
–¿Qué fue lo que te puso así de patas arriba en aquella cena?
–Pues…
–Tengo curiosidad.
–No tenía la sensación de estar delante de una mujer cualquiera, por decirlo así.
–Y…
–Me hizo pensar en muchas cosas, me desconcertó el que sin conocerla me hiciera pensar tanto…
–En qué.
–No sabría cómo decirlo.
–Creo que no hablas exactamente de un enamoramiento repentino.
–No me gusta esa palabra para definirlo, no. Aunque supongo que no podría asegurar que fuese algo muy lejano a eso.
–Porque era algo así, pero superior.
–Sí. Yo diría… trascendental.
–Una iluminación.
–Bueno, entiendo que era solo una persona, pero al verla vi más una parte importante de la Naturaleza que no simplemente a una chica a la que sería interesante conocer o…
–O follarse…
–O follarse…
–…
–No sé, llevo unas cuantas semanas viendo a mucha gente… No viéndoles, sino… observando. Y creo que ese día vi algo en esa chica que no tenía mucho que ver con el resto de las personas, casi ni con el resto de las mujeres.
–¿Quieres decir que podría haber sido un hombre?
–No. No. Se trata de algo claramente Femenino, es… Es algo relacionado con… con la Creación. Creo. Un hombre no puede parir. Pero no solo se trata de eso, también es algo abstracto, y a la vez íntimamente relacionado con la estética femenina, el cuerpo de la mujer, el aura femenina…
–Y cuándo te diste cuenta de todo eso…
–Creo que fue hablando con una chica lesbiana… Aunque no era el hecho de que fuera lesbiana…; era casi como si me hubiera tocado por destino hablar con esa lesbiana con aspecto masculino para darme cuenta de que ella tampoco tenía eso. Como si en realidad ella estuviera a la misma altura que los hombres, también los hombres gays (ya que aunque puedan ser amanerados siguen teniendo cuerpos de hombre, al menos en su origen); y todos un poco, bastante, muy por debajo de aquella chica del restaurante.
–Quieres decir que era la Chica de Chicas, algo así, la representación de todas las mujeres…
–Algo así.
–Pero eso no es todo.
–No, no es todo… Creo que hay una conexión con todos los fracasos de pareja, o con muchos de ellos. Y con los fracasos de la humanidad.
–Piensas que la mujer no está en el lugar que le pertoca.
–Lo gracioso es que hace poco me echaron bronca, me acusaron de homófobo; y también de misógino.
–Creo que lo que no te atreves a decir es que has llegado a pensar que la mujer del restaurante…
–…
–Llegaste a pensar acaso que esa mujer era… ¿Dios?
–Llegué pensar que esa mujer era Dios…, o al menos un Dios… relegado de sus funciones.
–Comprendo…
–Aunque sé de quien ahora solo me diría que doy por hecho que una lesbiana ruda no podría ser Dios…
–No intentes cambiar el rumbo, no lo estropees.
–Lo siento…
–Siempre hacéis eso…
–Quiénes.
–Los hombres. Os abrís y luego enseguida queréis cambiar de tercio o bromear para que nadie piense que os habéis tomado la molestia de intentar profundizar en algo.
–Ya…
–Sigue con lo que ibas a decir cuando te has interrumpido a ti mismo.
–… Lo que iba a decir es que yo no creo en Dios.
–Entiendo.
–Pero sí creo en lo Femenino… Si eso tiene algún sentido.
–Porque estamos sentadas en el banquillo…
–Más bien… maniatadas en el banquillo…
–Maniatadas…
–El hombre… parece que haya dado mil vueltas sobre lo que quería ser, sobre qué libertades quería tener o cómo tenía que administrarlas. Pero la mujer, en lugar de haber tenido su propio camino, siempre ha estado sujeta a la senda abierta por un Dios masculino.
–…
–No sé por qué hablo de todo esto… Seguro que voy a arrepentirme mañana cuando despierte.
–Eso les pasa a los borrachos, ¿estás borracho?
–No. No estoy borracho.
–…
–…
–Te doy miedo. Ahora sí te doy miedo.
–…
–Crees que te vas a dar la vuelta y que yo habré desaparecido…
–…
–O que te irás antes que yo del baño, a paso rápido, y que cuando llegues a la mesa yo estaré allí sentada tranquilamente charlando con la maruja pirómana.
–Yo no te he hablado de eso. No te he hablado de eso…
–Por fin un poco de desconcierto… Sé que adoran tu desconcierto. Tienen razón…
–Creo que… Creo que tengo que irme.
–No. No… Creo que tienes que decidir si vas a querer volver a verme.

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3 comentarios en “Lo Femenino

  1. Introducirme en tus textos es como una especie de éxtasis raro y desquiciante, pero me desquicia de manera orgásmica, no sé, supongo que vivo en cada una de esas metáforas que nos regalas como caramelos de puerta de cole.
    Es curioso cómo la vida de un crítico culinario puede ser tan emocionante y al tiempo aburrida, ambas cosas al mismo tiempo, como fusionadas, o emulsionadas en plan chocolate para una tarta (esa metáfora molaba por el tema, pero ahora me siento estúpida de haberla escrito, o no, no sé…) total, que me enredo, creo que tanto el éxito del escritor de comida pagada, como la sucesión de los hechos, con esa mujer de apariencia sin importancia, y resulta que ha retorcido la historia a la par de tomar todo el protagonismo con tan solo unas líneas.
    Un relato sencillamente cojonudo.
    Eres muy cabrón cuando escribes y creo que por eso te quiero. He dicho!

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