Relatos con una mancha sospechosa (3 de 5) – Los cuervos habituales

Era de sobras sabido que el difunto había tenido esa muerte dulce propia de la vejez que se produce en medio del acto de echar un polvo propio de una franja de edad distinta. La reciente “viuda” celebró no hace mucho su veintipico cumpleaños, y le quedan no pocos veintipico aniversarios que celebrar. El difunto no era rico, algunos se sorprendían al saber ese dato en el funeral. Solo era un septuagenario, pero dicen que con un pene activo más allá de los 20 cm, y de un grosor delirante. La leyenda era sexual y no económica. Era todo real, también el dolor. La muchacha había acabado no hacía mucho sus estudios. El viejo había tenido ya dos infartos; se dice que ella se sentía culpable y que quería haber cortado la relación; la cual se dice comenzó cuando la chica tenía 18 años y el difunto ya 70. Cuentan que hubo no pocos susurros en el funeral; y no pocas cámaras/móviles desvergonzados y mal escondidos. La rubia aniñada que lloraba se había cargado a polvos a un anciano. Flotaba un ambiente de ironía que se superponía en la pena. Los hermanos del finado, con el cual ya no tenían demasiada relación en los últimos años, parecían ambivalentes, sintiéndose invitados a un acto extraño cuya desconcertante atracción principal era la… Esta lloraba de ese modo entrecortado, apucherado, como se ve llorar a las niñas de cuatro años. Su presencia desprendía algo que no invitaba al desprecio, nadie la miraba pensando en adicciones sexuales o prostitución. No se mascaba nada de eso en el ambiente. Incluso, cuando la comitiva comenzaba a alejarse tras el entierro, uno de los hermanos del difunto se acercó a ella y soltó alguna clase de recriminación poco contundente, casi como si hacer eso hubiese sido algún tipo de obligación moral de la que no estaba en absoluto convencido.
Los cuervos habituales comenzaron a sobrevolar en círculos sobre la reciente “viuda”. Algo comenzó a suceder alrededor de ella, y ese algo se hizo cada vez más grande, luminoso e incontrolable. Como un enorme pene abstracto que se erigía en representación de todos los penes heterosexuales habidos, existentes y por haber. La historia del polvo y la muerte no eran algo desconocido, había precedentes, pero por algún motivo esta en concreto cogió cada vez más fuerza, y las distintas versiones comenzaron a correr como la pólvora. Un anciano sin hijos menos y un mito más. La muchacha comenzó a recibir cartas. Una familia tenía al abuelo postrado en el Hospital Placa-Base, querían que esa chica de la noticia de moda le hiciera una visita al hombre, un tipo viudo de erecciones aún solemnes y obvias que a sus 68 años quería perecer haciendo el amor con una veinteañera. La familia estaba dispuesta a negociar con ella. Y no fueron los únicos. La gente no quería autógrafos, querían una muerte distinta para sus mayores, algo que no se limitase a esperar en La Última Habitación. Los viejos podían asumir el dolor y algunos últimos segundos de agonía si lo que había sobre ellos era esa hermosa joven acoplada.
Ella no aceptó oferta alguna, pero otras comenzaron a aprovechar el filón. De haber sido legal la prostitución, la muchacha podría haber reclamado derechos de imagen quizá a través de algún representante, ya que los ancianos que estaban comenzando a perecer en medio del sexo habían pedido a la puta de turno que se disfrazara, que querían algo como la Chica Aquella del Viejo Aquel, peluca rubia incluida, para facilitar la fantasía. La familia hacía guardia fuera de la habitación mientras la Profesional cabalgaba al anciano que fuera hasta que el pitido se volviera sonido final. Aumentó la venta de Viagra y la muerte se puso aún más de moda. Un halo de ironía comenzó a invadir los hospitales y los geriátricos, y los cementerios –una especie de efecto colateral– se convirtieron más que nunca en lugar de encuentro para parejas jóvenes que iban a tener relaciones allí en los lugares menos apropiados que encontrasen. Comenzaron a verse manchas resecas en las lápidas, condones usados, envoltorios, botellas de todo tipo vacías. Y el lugar en el que estaba enterrado el septuagenario única víctima de la chica de moda, se convirtió en uno de los dos o tres emplazamientos de la ciudad de foto obligada para cualquier turista. Un documental, una película, estudios alrededor del sexo y la tercera edad, de la muerte en la tercera edad, de la soltería y la tercera edad, del alargamiento en la tercera edad, de las parejas con mucha mucha diferencia de edad, los casos similares en la Edad Media y antaño en general, un refresco de marca/guiño al asunto, un menú de MacDonalds de nombre sospechosamente alegórico, miles de cortos y videos, gags, imitaciones hipotéticas, humor negro, prensa rosa y amarilla, magazines televisivos que recuperaban el tema cuando tenían cinco minutos en blanco, un grupo de rock llamado Ella y el Anciano, minutos basura en el telediario, etc., etc., etc.
Era la Mierda de siempre otra vez. Previsible y aburrida y extenuante otra vez. Era el regocijo pasional de la sociedad alrededor de algo irrelevante fuera de los protagonistas. Pero todos querían chupar del bote. Nadie pensaba aún en el novio joven, formal y común que unos pocos meses después se echó la muchacha. Alguien que le gustaba de verdad (o eso parece). Y a quien no se le levantaba. Ni de broma. Ni para atrás. Un pene del montón de 13 cm en su mayor esplendor y con un grosor del tipo Eso y Gracias que no podía soportar la presión. Ese pene con carrera y máster y ya anteriormente conocido por la chica, un pene cuyo portador era una aparente buena persona por el momento, correcta, casi un yerno ideal. Y asexuado. Aquello colgaba sin vida. Era como un Final de la Fiesta constante, más bien un Después de la fiesta, un Bajón de entrepierna en toda regla. Un colgajo. Material postadolescente defectuoso. Como una polla humana pero mucho más pequeña y blanda. Ese mamoncillo. Torpe como él solo intentando meter ese chicle dentro de esa Hermosura. Imbécil propio de la juventud con pico de oro. Soplapollas tan alejado de la muerte y ya con problemas para ponerla dura. No puedo imaginar por lo que estará pasando Ella. Ese hombrecillo hasta arriba de Aprobados y asentimientos y todo ese semen desperdiciado con porno de Internet. Es posible que ni hablemos de 13 cm, podrían ser once, o diez, o bien podría ser un zurullo de cuatro, que de hecho es lo que es. Ese Vivo descarado que ya no lo es tanto, que me diga alguien quién puede vivir si una Polla. Ese mentecato que no sabe aún lo que es traspasar la madera yaciente a un palmo de tu cara y ver cómo todos rodean tu ataúd sin que nadie se percate de tu Otro Mundo. Mi niña preciosa abandonada a manos de la flacidez de un Moderno sin genitales, futuro Cuervo en un mundo de Vivos lleno de los Cuervos habituales.

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