Relatos con una mancha sospechosa (4 de 5) – Sesión en el hangar

El hangar de aviones abierto por ambos extremos. Las afueras de Periferia. Focos de estudio. Un frío que pela. Una avioneta, una modelo y mi tía Cloret haciendo fotos. Le gusta trabajar “sola”. La chica de hoy no debe tener más de 22 años. Me suena de algo pero no la ubico. Son casi las dos de la madrugada. La muchacha no lleva mucha ropa que digamos, es uno de esos conjuntos tipo bikini “modelo polar”, algo como un culot y un top por la parte de arriba, blancos. Los pies modélicos enfundados en unas botas rojo navideño, y en la cabeza rubia un gorro de Papá Noel. Tía Cloret tiene unos… casi sesenta años, creo, (juega al despiste desde hace unos diez con eso), y le han dejado estar aquí a esta hora gracias a algún enchufe. Está soltera, pero la lista de amantes de su juventud es casi obscena, y no exenta de celebridades. Tía Cloret es una de esas personas que aun viviendo y habiendo vivido intensamente tiende a adornar las historias, a veces haciéndote dudar sobre si está mintiendo. La quiero tanto como quiero a mi madre (su hermana), y algunos sábados me llama para que le haga de mozo de los bártulos. Hoy tenía una cena y he llegado tarde, pero sabía que la sesión aún seguiría.
–Lo que no entiendo es por qué quieres hacer esto siempre por la noche, Tía.
–Es el momento libre que tengo, muchacho, y no siempre lo hacemos por la noche.
–¿Esa chica te ha llegado por agencia? ¡Buenas noches!… Creo que está con principios de hipotermia…
–Cállate, tiene como 15 años, a su edad solo está al principio de su vida… ¿¡Apoyas la mano derecha en el morro, cariño!?…
–No tiene quince años, Tía, no mientas, tiene 20 por lo menos…
–Tiene los que tenga, no me la despistes.
–Yo no despisto a nadie, Tía.
–No me hagas hablar…
–¡Éste es mi sobrino, tiene 38 años, está casado! –(¡Encantada!)– ¡¿Vuelves a hacer lo que has hecho?!
–No tengo 38 años, tengo 31 y estoy soltero, y ¿por qué sigues haciendo las fotos desde tan lejos últimamente?
–Tienes la edad y el estado civil que yo quiera mientras haya cerca una chica 40 años más joven que yo a la que le esté haciendo fotos…
–Creo que te has hecho una imagen de mí muy equivocada en los últimos años… La chica sigue perfecta, solo tiene un frío que se muere la pobre…
–Solo quiere que vayas y le eches la manta por encima, no te creas que no conozco a las universitarias de ahora, desde aquí he visto cómo le han brillado los ojos al verte llegar.
–… una imagen muy equivocada de mí… Esa chica debe conocer a diez chavales de su edad con los que querría estar antes que conmigo…
–Ya, como la niña que me mandaron de Sports Illustrated. No creas que no os vi. La sesión fue un desastre desde que te vio.
–No nos viste…
–Os oí…
–Y qué, fue solo una vez, tengo la vida sexual de una cincuentona casada, Tía, no creo que por que una vez…
–Me da igual que vayas por ahí con diez mujeres a la vez, pero no despistes a las niñas que vienen por trabajo.
–No intereso a las niñas que vienen por trabajo, Tía, no te preocupes tanto.
–Mira… Mira aquí. ¿Dónde está mirando la chica en esta foto…?
–…
–¿Está mirando mi cámara acaso…?
–… Estoy empezando a pensar que mamá y tú planeáis todo este rollo para subir mi autoestima. Esto no son recriminaciones, ¿verdad? Solo quieres que piense que las modelos que pueden tener a quien quieran se fijan en mí. Y lo de la pelirroja encima os dio más cuerda…
–Yo no hago esas cosas, muchacho, tu madre y yo somos muy distintas…
–Ya, la Tía moderna…
–Exacto, siempre he sido la Tía moderna, eso mismo, y me encanta encajar en ese cliché. ¿Qué te crees que pensó mi padre cuando le dije que quería ser fotógrafa…? Dios bendito, ni siquiera había televisores entonces…
–No te repitas, Tía… ¿Te das cuenta de que eres tú la que se despista cuando llego, y no la modelo? Hace como cinco minutos que no das una sola indicación.
–…
–Parece que hemos llegado a alguna conclusión… Al menos puedo descartar por el momento lo del complot y la autoestima. Quiero seguir teniendo mi derecho a odiarme.
–Échale esa manta por encima a esa cría, anda, o se va echar a llorar.
Hago gestos para que la chica venga hacia donde estamos. Cojo la manta y nos encontramos a medio camino;
–¿Tienes mucho frío?…
–N… n… No…
–Mi tía está un poco loca pero…
–¡Te he oído!
–… es buena persona.
–Estoy bien, de verdad.
–¿Cómo lo llevas, cariño? –Mi tía.
–Tiene frío, Tía, está temblando, ¿no la ves?… ¿Qué edad tienes?
–Diecinueve.
–Estás en la universidad.
–S… sí.
–¿Y cómo te llamas?
–Se llama Marie Claire
–Tía…
–Me llamo Úrsula.
–Ah, es bonito. ¿Te quedan muchas fotos por hacer, Tía?
–Quiero hacer hacer algo con las hélices, sí.
–Y Mamá Noel se puede poner algo más o tiene que seguir…
–Se puede poner algo más, se tiene que poner algo más. Ve a la furgoneta y trae la chaqueta de aviador que hay, y también las gafas. Y tú da saltitos o algo, nena, no te quedes helada…
La furgoneta está aparcada por algún motivo a unos ochenta metros. Tengo, de camino entre otros aviones, uno de esos momentos solitarios que se me antojan casi extremos, mucho más que estar solo en casa o tomando algo solo en un bar. Es el tipo de detalle que me hace desconfiar de mi tía, con todo su discurso agrio sobre mantenerme separado de sus «niñas». Es como si hubiera aparcado el vehículo expresamente a esa distancia planeando mandarme a por cosas justo después de haber tenido un contacto directo con la muchacha. Ella (Tía) sabe mejor que nadie que el momento en que descubres que alguien te ha calado hondo se produce cuando das la vuelta a la esquina alejándote de esa persona y quedándote, aunque solo sea un minuto, solo. La luz crece dentro de tu pecho, y cuando eso pasa tiende a alquilar tu pecho y después quizá hipotecarse en él. Diecinueve años. Vuelvo con la chaqueta y las gafas. Tía me hace ponerle el abrigo a la chica. Se coloca siguiendo órdenes las gafas de aviador en la frente sobre el gorro navideño. Vuelvo junto a Tía y actúa como si nada, haciendo trabajar su cámara otra vez. No creo que pase hoy nada inmobiliario en realidad en mí, pero se produce en mi mente –como poco– un momento de magia sutil; la pose de la chica, obviamente atractiva a la vez que bizarra con su atuendo, me hace pensar en ese tipo de fotos que alguien conserva durante sesenta años, y que siguen durante un tiempo en mesillas y baúles hasta que las personas mueren también en la memoria. Quién sabe si las modelos y sus espíritus gozan de una vida gráfica más larga. Pero enseguida paso a tener otra vez un odio exacerbado por mi persona. Gracias a Dios.

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